sábado, 18 de junio de 2022

Estoy en la higuera

 


La naturaleza no deja de mostrarme su sabiduría con ejemplos que son contraejemplos de lo que aceptamos como natural. Eso que ven en la fotografía, colgando del techo, y de considerable tamaño aunque no se aprecie, es nada menos que un árbol, exactamente una higuera. Yo, si fuera árbol, sería una higuera, además, estoy seguro, de que también estaría al revés. 

Hay circunstancias inimaginables para unas cosas, y para otras, en cambio, ves que encajan a la perfección. Una higuera colgando del techo, no extraña a nadie, pero todo el mundo vería que eso es algo imposible para un roble. Lo bueno de la higuera es que te puedes esperar de ella cualquier cosa, es un árbol que está como una auténtica cabra. Incluso las que crecen en el suelo y no en el techo, tienen cosas la mar de extravagantes. Por ejemplo, sus frutos, no son frutos sino infrutescencias, que a su vez son consecuencia, no de una flor, sino de una inflorescencia. Lo de los higos y las brevas, ya ni lo cuento, pero ahí está el fenómeno.

Las higueras son célebres por crecer en los lugares más inverosímiles, quizá en la grieta de una roca, o en la pared vertical de un acantilado, pero echar raíces  en la bóveda de las ruinas de unas termas romanas, es lo nunca visto. El presente ejemplar está en Bacoli, muy cerquita de Nápoles, a la entrada, o la salida según se mire, de unas termas de antes de Cristo, como ya ha quedado dicho.

¿Cómo ha llegado a crecer boca abajo? Pues de la misma forma que boca arriba, ya que en nada difiere esta higuera antípoda con otra que tenga los pies en la tierra. Por lo visto da unos higos estupendos y de excepcional calibre, siendo los más sabrosos, como siempre, los que están en la parte más alta del árbol, en este caso en la más baja,  los más sencillos de coger. Por fin, una higuera que para recoger lo mejor que da, basta con agacharse ligeramente. Hubiera sido el paraíso de Platón y de Aristoteles, entre otros grandes filósofos clásicos de la Antigua Grecia, que como sabemos, eran entusiastas comedores de higos. Y quién no, están buenísimos. Los higos.

La frase, "estar en la higuera", en este caso, añade una nueva dimensión a su significado, haciendo más evidente la analogía buscada. Propongo acuñar la expresión "estás en la higuera de Bacoli" para cuando el caso de distracción del aludido, es de tal magnitud, que exige recurrir a la exageración.

Lo bueno que tiene, por añadir una cualidad más a la higuera referida, es que resulta imposible caerte de ella, y si te caes, porque te has encaramado a sus ramas y luego no ves manera de bajar, subir más bien, te caes para arriba. El porrazo es el mismo porque el suelo está arriba, no vamos a engañarnos, pero en cualquier caso, la experiencia es única. 


Leoncio López Álvarez


jueves, 26 de mayo de 2022

Fumando espera

 


Dejé de fumar hace veintiún años, que se dice pronto. Veintiún años sin pasar por un estanco y según digo esto, me doy cuenta de que los estancos son tiendas totalmente desaprovechadas. Las únicas mercancías que puedes encontrar entre sus paredes,  están todas dedicadas al mismo vicio. Serían más rentables si también pudieras encontrar allí artilugios para satisfacer otras debilidades, así, el multivicioso, en un solo viaje, se podría proveer de todo lo necesario para pasar una tarde estupenda. Pero esa es otra historia.

El caso es que el otro día pasé por delante del estanco que yo solía frecuentar cuando fumaba, y me quedé de una pieza, o dicho de otra forma, me quedé hecho pedazos que parece lo contrario pero es lo mismo. Tengo que decir que el estanco tiene un enorme ventanal desde el que se puede ver desde fuera todo su interior, al menos el mostrador, y por milagro de la refracción de la luz, sin ser visto. Me detuve a mirar, no sé por qué, y  me llamó la atención algo terrible, algo que hizo que se me encogiera el corazón: el dependiente. El dependiente estaba detrás del mostrador, sentado en un taburete alto, con el codo apoyado en una rodilla y la mirada perdida sobre una vitrina con mecheros de todo tipo. 

Parece algo normal en un estanco, ¿verdad? ¿Qué tiene de terrible? Lo terrible... es que se trataba del mismo dependiente que hace veintiún años. Estaba exactamente en la misma postura que solía poner entonces, en el mismo taburete y con la misma mirada, solo que más envejecida, perdida en la misma vitrina. Seguramente, los mecheros ya no fueran los mismos, pero el resto era tal cual.

Ese señor, con el que durante mucho tiempo, quizá otros veinte años,  mantuve una relación casi de amistad, pues lo veía a diario y muchas veces pegábamos la hebra (en un estanco no tiene nada de extraño), seguía en la misma postura, con la misma ropa y en el mismo taburete, que la última vez que fui a comprar un paquete de Camel. 

Echando cuentas, el estanquero llevaba más de cuarenta años haciendo exactamente eso y exactamente de la misma forma. Ocho horas diarias sentado en un taburete mirando una vitrina con mecheros. De vez en cuando entra un parroquiano, cada vez menos, le pide un paquete de cigarrillos, comenta un par de tonterías sobre la actualidad, y a por otros veinte años. Sin moverse de su incómodo asiento, sin apartar la mirada de un montón de mecheros Bic, que visto uno, vistos todos.

No sé por qué, pero me acordé de los zoológicos; bueno, sí sé por qué: ese dependiente era lo más parecido a un oso o a un elefante que había visto en mi vida. Encerrado en un cuchitril, con un montón de gente desfilando por delante de él a diario, que lo miran, le dicen un par de frases cortas y se van. 

Deberían prohibir los zoos para no hacer asociaciones tan terribles. Todos tenemos un estanco en alguna parte de nuestra vida.



Leoncio López Álvarez

martes, 24 de mayo de 2022

Si vais a la Feria del Libro de Madrid...

           


Si tenéis pensado ir a la Feria del Libro del Retiro, y la casualidad determina que paséis el lunes 30 de mayo, entre las 18:00 y las 20:00 horas... ¡Podemos vernos!

Yo estaré, en la caseta 205 detrás de una cola enorme firmando libros, con Javier Pioz, coautor de La sonrisa escondida.





PEEEEEEEERO....

... Si el destino prefiere que sea el miércoles 1 de junio, el día que paséis por la Feria, en tal caso ¡también podemos vernos!

Estaré en la caseta 339 por la mañanita, de 12:00 a 13:00
terminando de gastar la tinta que haya quedado del lunes.




Si no nos vemos este año, no será porque yo no he hecho lo posible...

Leoncio López Álvarez

martes, 26 de abril de 2022

Lentos, silenciosos y ricos.

 


Todos nos emocionamos cuando vemos los campos coloreados por multitud de diferentes flores, porque  anuncian la llegada de la primavera, ¿y a quién no le gusta la primavera? Correcto, pero, ¿qué pasa con otros indicios de la naturaleza, también con título de pregoneros? Me refiero a mis queridos caracoles. Nadie los tiene en cuenta ni comentan lo bonitas que se ponen las praderas, pletóricas de caracoles, con su rastro de babas brillando bajo el sol.

Es un trato desigual e injusto. Los campos se llenan de estos maravillosos gasterópodos en los primeros días del florido mes de abril, y nadie les presta la mínima atención, salvo los lagartos y tortugas que se los comen. También nos los comemos los humanos, aunque algunos tuercen el gesto solo con imaginárselo. Vale, si no te gustan no te los comas, pero tampoco los desprecies. Por ejemplo, ¿por qué no regalar un ramillete de caracoles por san Jordi? Luego el que se los quiera comer que se los coma y el que no, que los ponga en un florero.

Los caracoles son unos animales con una vida interesantísima y totalmente desconocida. Por ejemplo, su esperanza de vida es de siete años ¡Viven la mitad que un gato! 
Ahora tengo dos gatos, pero cuando era pequeño, recuerdo que una de mis mascotas fue un caracol. Lo tuve durante dos años largos y lo alimentaba con hojas de lechuga. Yo creo que era el caracol más feliz del mundo, y probablemente también el más sorprendido. Lo guardaba en una caja de zapatos (en aquella época todo se guardaba en cajas de zapatos o en cajas de galletas), y una mañana, misteriosamente, apareció con la concha rota. Fue uno de los días más tristes de mi infancia. Al poco tiempo murió. Por supuesto le hice un entierro con gran ceremonia y boato.

Desde entonces, mi amor por los caracoles ha continuado incólume, aunque transformado. Ahora en lugar de cuidarlos en una caja de zapatos, los dispongo en una cazuela con los pertinentes aditamentos, y cuando están en su punto, les rindo merecido homenaje en el altar del sacrificio supremo.

Por cierto, muchos se preguntarán, que dónde se meten cuando pasa la primavera, pues en cuanto empiezan los calores desaparecen del paisaje, como las mismas flores, y hemos quedado en que viven siete años. Pues resulta que los caracoles hibernan, tal como hacen los osos. Vale, hibernan, seguirá  el inquieto lector de antes haciéndose preguntas, pero el invierno empieza en invierno, y en junio ya resulta extraño encontrarte con un caracol, ¿entonces, qué pasa durante el verano con ellos? 

Pues francamente, no tengo ni la menor idea, el caso es que están muy ricos. 



viernes, 18 de marzo de 2022

Somos troncos

 



Según he leído recientemente, existen cinco fases diferenciadas del sueño. Aunque para lo que voy a decir sólo me interesa un momento determinado de cuando estamos dormidos, voy a describir rapidísimamente las cinco etapas porque nunca viene de más saber lo que nos pasa durante la tercera parte de nuestra vida. Nada menos.

Fase uno o etapa de adormecimiento. Esta parte mola mucho, es cuando notas que se te están cerrando los ojitos irremediablemente. Mola aunque a veces te ocurra en el momento menos apropiado. A todos nos ha pasado. 

Fase dos, de sueño ligero. Es la que más dura, aproximadamente la mitad del sueño total. A pesar de que la llamen, sueño ligero, puede ser extremadamente profundo. Nuestras pulsaciones bajan una barbaridad, tanto que el cerebro tiene dificultades para contactar con el cuerpo. Cuando esto sucede, envía un impulso para confirmar que ese cuerpo que continuamente está controlando y que ahora parece que se le va, sigue estando ahí y que no pasa nada. Esto resulta escalofriante, pero es así. La repentina sensación que tenemos dormidos de que caemos por un abismo (soñar que caemos), sucede en ese preciso instante. Da miedo, pero el respingo que sufrimos al precipitarnos por el hueco del ascensor onírico, nos salva la vida.

La fase tres dura muy poquito, entre dos y tres minutos, y es la fase de transición al sueño profundo, por lo que yo la llamo la fase chorra.

La fase cuatro, es, como ya he adelantado, de sueño profundo o fase delta. Ocupa el veinte por ciento del sueño total y es muy importante porque es la etapa reconstructiva del sueño. Es cuando nos reponemos, nuestro cerebro se recupera del cansancio del día. También es cuando se secretan las hormonas del crecimiento y otras similares para curar músculos y reparar los daños que se encuentren por los tejidos, y ya que están, supongo que atenderán otros pequeños problemillas que siempre aparecen en un cuerpo que ha estado dieciséis horas danzando por el mundo.

La fase cinco, que todo el mundo conoce, incluso yo, antes de enterarme de todo esto porque no consigo dormir bien, es la fase REM, que es cuando se producen los sueños. Sin duda es la fase más divertida, sobre todo con determinados sueños.

Toda esta introducción me sirve para que todos seamos conscientes de que si el cerebro se desconecta totalmente del cuerpo (fase dos), y luego no se vuelve a conectar de nuevo, el resultado es que palmamos sin darnos cuenta. Así: plas. Esa noche nos quedamos sin fase REM, mala suerte. A cambio nos morimos plácidamente, sin enterarnos, y eso, según en que momento de la vida te pille, es estupendo.

Y ahora viene lo bueno. Como hemos visto, dormir es morir un poquito, es un tiempo que para todos los efectos no cuenta y despertar es como si resucitáramos. Todos los días morimos y todos lo días resucitamos a golpe de despertador.  No lo tenemos interiorizado, pero es así. Por otro lado, cualquier médico, psicólogo, terapeuta y gente bien informada, dicen que lo más importante para vivir bien, es dormir mejor. Es decir, para llevar una vida sana es preciso que su opuesto, morir durante unas horas, se produzca de forma regular y sin tropiezos. Es algo así como si para que nos quede dulce el pastel, le tuviéramos que añadir cada cierto tiempo una cucharadita de sal.

Cuanto mejor morimos por la noche, mejor viviremos por el día. Esta es la conclusión contradictoria que me está obsesionando últimamente, pero me obsesiona mucho más lo de soñar que me caigo por un abismo.  Nunca me ha resultado completamente placentero, pero ahora que sé que se trata de una llamada angustiosa de mi cerebro para ver si su cuerpo (el mío, yo) sigue ahí, es mucho peor. Seguro que cuando me ocurra y me venga esa visión de caída por un precipicio, me la pego irremediablemente contra el suelo. Verás.



Leoncio López Álvarez


viernes, 11 de marzo de 2022

Apocalítico desintegrado




Cuando sucede algo bueno, muchas personas dicen "gracias a Dios".  ¿Cuál es la fórmula homóloga de responsabilidad divina para cuando aparece la catástrofe? Ahora podría decirse, desgracias a dios, estamos en guerra, o a dios desgracias, ha subido la electricidad una barbaridad. Sin embargo esas expresiones no existen, lo que demuestra un partidismo considerable en los que creen en la Divina Providencia. 

Así da gusto, si solo te achacan las cosas buenas y de las malas ya se buscará a otro responsable, puedes estar tranquilo en tu pedestal. Eso les pasa a los dioses, y también a los líderes terrenales. Al menos a los líderes terrenales dictadores, que, por cierto, necesitan la colaboración de la ceguera de sus seguidores, porque si no, tampoco. Como los propios dioses.

Iba a decir que los grandes imperios han nacido a partir de grandes líderes con seguidores obedientes (se puede ser obediente por muchas razones, el miedo es la más extendida), pero como tengo mis dudas no lo digo. Pero hay algo que sí tengo claro, mejor dicho, clarísimo: la democracia no es consustancial al ser humano, o dicho de otra manera, la democracia es antinatural. A los hombres, como a los chimpancés (y a los ciervos, búfalos, leones...) les va más el orden totalitario. Un líder incuestionado, el macho alfa sin competidor (ejemplo Putin). 

La democracia es un sistema de organización social muy sofisticado, demasiado sofisticado para mentes simples. Duele reconocerlo, pero admitámoslo, en conjunto nos comportamos como una gigantesca mente simple. Esto no es óbice, cortapisa o valladar, como decía un profe que tuve, para que individualmente se puedan observar destellos deslumbrantes de genialidad.

¿Dudas? Basta con observar cualquier grupo de guasap, en los que siempre aparecen opiniones que son dictados, o cualquier ciudad, comunidad autónoma, país (nuestro parlamento es un triste ejemplo), continente y, ya puesto, planeta habitado por humanos, para darnos cuenta de que la democracia nos resulta desconocida.

Y ahora estamos en el mejor momento de nuestra historia, porque las democracias, totales o no, que nunca son totales, son de reciente implantación.

Cuando las guerras decididas e iniciadas por el macho alfa correspondiente se libraban a base de mamporros, eran dolorosísimas pero no ponían en peligro la supervivencia del planeta. Ahora, sin que haya evolucionado la mente de los machos alfas, si lo ha hecho la forma de darnos mamporros, y las guerras además de dolorosísimas, ponen en peligro la supervivencia de todos. Aunque no haya ninguna bomba atómica, el hundimiento de la economía global es suficiente para asolar todo el planeta. 

Dicen que durante la guerra, los políticos ponen las armas, los pobres ponen el hambre y los ricos ponen la comida; después de la guerra los políticos recuperan las armas, los ricos hacen negocio y se hacen más ricos y los pobres, cuyo número ha aumentado estrepitosamente, siguen poniendo el hambre.

Soy consciente de la ausencia de unidad en lo que estoy diciendo y de que voy de un lado para otro como gallina sin cabeza, pero es así como me siento. Llevo unos días que me miro en el espejo y me veo con plumas pero sin cabeza; no me conozco, estoy apabullado por todo lo que está ocurriendo.  Mi cerebro aún no ha asimilado la nueva realidad pero intuye que va a ser cada día peor y eso me produce un intenso desasosiego. Miro hacia adelante y me da escalofríos lo que veo. Miro hacia atrás el último par de años y, siendo una mierda, sé que lo que nos espera va a ser peor. 

He llegado a pensar que lo que me ocurre es que he cogido la Covid, y que en mi caso se manifiesta con unos síntomas así de raros. También puede ser que estoy sufriendo las primeras manifestaciones de una enfermedad nueva. Si alguno de vosotros también notáis lo mismo, ya no hay duda: es una nueva pandemia. Lo que nos faltaba.


Leoncio López Álvarez



miércoles, 2 de marzo de 2022

Malos tiempos para todo



Vivimos tiempos difíciles. Esta es la frase más repetida últimamente, lo que puede indicar que tal vez sea cierto y los tiempos que estamos viviendo sean difíciles. Siempre, en todas las generaciones, nos hemos ocupado de que haya un suceso que convierte la existencia en algo difícil, muy difícil, incluso insuperable. En la naturaleza del ser humano, va implícito ser inhumano. Los de mi generación pensábamos que nos íbamos a librar, pero todo parece indicar que también nos vamos a llevar lo nuestro. 

He oído por algún lado que a lo mejor Putin, con ánimo de amedrentar, hace explotar una bomba nuclear de baja intensidad lejos de cualquier población, de modo que no haya ninguna baja. Algo así, como el pistolero que primero avisa disparando al aire. Siempre he pensado que esa bala perdida en el cielo, en algún momento tendrá que caer y, a lo mejor, lo hace sobre un señor que paseaba tranquilamente a su perro y lo mata. Al perro o al señor, pero lo mata. Pues si eso pasa con una bala no quiero imaginarme qué puede pasar con una bomba nuclear disparada así, al aire, sin querer dar a nadie.

El analista político que lo dijo, puso el Mar Negro como posible lugar para hacer la baladronada, pero digo yo, que aunque no mate a nadie y sea de pocos megatones, algo sí matará: besugos, sardinas, algún barco pesquero..., todo lo que pille en ese momento, por no hablar de la contaminación radiactiva.

Si hace eso, el analista político, preguntado por la moderadora del programa, no sabía qué podía pasar a continuación. Claro, así es muy fácil conjeturar con hipótesis descabelladas, me dije yo, y luego pensé que ahora, cualquier hipótesis descabellada, puede ser una hipótesis cabal.

En este mismo programa de radio, otro periodista, también analista, comentó con cierto alivio que mientras todo quedara en eso, en un misil atómico sin ánimo de matar,  que bien íbamos. Parece que el pesimismo en tiempos normales se puede considerar optimismo en tiempos extremos, y que cuando no hay buenas noticias, tenemos que alegrarnos con las malas. 

Que siga habiendo noticias ya es una buena noticia, pues significa que seguimos vivos, aunque la conocida frase "no news good news!" diga justo lo contrario. Yo ya no sé a qué atenerme, lo único que tengo claro es que siempre, en todos los momentos de la historia, aparece alguien que se encarga de hacer la vida imposible al resto.

Esto me lleva, sin querer, a la película 2001: una odisea del espacio, que empieza con un mónido, predecesor nuestro, haciendo el bestia. Y así seguimos. En la película, en lugar de aparecer luego la nave Discovery evolucionando a ritmo de vals por el espacio, tenía que haber continuado con el mismo mono, vestido con traje y corbata machacando los huesos, los mismos, de sus congéneres. De este modo, la mayor elipsis de la historia del cine estaría más ajustada a la realidad.





Leoncio López Álvarez

lunes, 21 de febrero de 2022

Con buena función de onda




Siempre que encuentro algo sobre mecánica cuántica lo leo a sabiendas de que no voy a entender absolutamente nada. Richard Feynman, premio Nobel de Física en 1965, exequo con otros dos colegas, dijo que le habían dado el Premio por unas teorías que ni él mismo conseguía comprender. Sería impensable que alguien que hace este tipo de declaraciones no sea además un excelente divulgador. Feynman lo era, por supuesto. Normalmente, los buenos divulgadores tienen un sentido del humor muy desarrollado, mientras que los malos, aún poseyendo los mismos conocimientos, o tal vez más, que los buenos, no lo tienen y sus escritos resultan pesadísimos. 

La mecánica cuántica explicada sin fórmulas matemáticas es de las lecturas más entretenidas que existen, tienen una imaginación desbordante. Naturalmente, su estudio es harina de otro costal; una cosa es leer teorías y otra muy diferente estudiarlas, comprenderlas y elaborarlas.

A mí, la mecánica cuántica me parece respecto de la física, lo que la mitología respecto de la historia. Son historias fantásticas que no se puede creer nadie, pero que contienen una lógica tan ilógica, que resultan fascinantes. Por ejemplo: ¿es o no es fascinante que dos partículas que están separadas años luz puedan comunicarse? ¿Increíble, verdad? Pues será increíble pero  ha sido comprobado en diferentes laboratorios, vete a saber cómo. Einstein se refería a este fenómeno como "la espeluznante acción a distancia",  "the spooky action at a distance". Para él tenía que ser realmente espeluznante pues iba en contra de todas sus teorías. En general, la física cuántica va en contra de todo, por eso es tan atractiva.

Uno de los principios fundacionales de la mecánica cuántica, es la función de onda de Louis de Broglie, que recibió el Nobel de física en 1929 por descubrir la naturaleza ondulatoria del electrón. Pero que el electrón se comporte como una onda no excluye que también pueda hacerlo como una partícula con masa, lo que le confiere el famoso carácter dual. Al electrón le pasa lo mismo que nos pasa a los humanos, tenemos dos naturalezas que no son excluyentes y de la misma forma que el primero se puede comportar como una onda y como un pegote muy pequeño, nosotros tenemos ese pegote un poco más grande, llamado cuerpo, y una función de onda que llamamos mente. 

A nuestra mente, el equivalente a la función de onda del electrón, la hemos llamado de diferentes formas, según la cultura y el momento, las más conocidas son espíritu y alma, pero la llamemos como la llamemos, todos sabemos a qué nos referimos. 

También como a los electrones, tener esta doble existencia, nos da mucho juego. Algunos piensan que son divisibles, y que una vez reconvertida nuestra parte material en materia disponible para nuevas construcciones, nuestra naturaleza ondulatoria permanece y sigue vagando por algún sitio. Otros piensan que una vez disociada la onda de la partícula con masa, la onda puede encontrar nuevos pegotillos másicos a los que acoplarse y continuar unidos una nueva existencia. Y luego estamos los que pensamos que si desaparece la masa, desaparece la función de onda. 

Una lástima, sí, pero tampoco me parece bien que mi función de onda, la que en estos momentos está asociada a mi cuerpo serrano, se largue con otro cuerpo cuando casque el actual, o sea, el mío: vamos yo, o al menos, la mitad de mí. Y si no se va con ningún otro cuerpo y aparece en un "cielo" lleno de otras funciones de onda solitarias, lo que me parece es un rollazo. Si a nosotros los humanos y, también a los electrones, nos quitan nuestra parte material y nos dejan en función de onda picada, nos quedamos en ná, admitámoslo.

Lo más intrigante de todo esto es que, como ya sabemos, la materia ni se crea ni se destruye, solo se transforma, según la ecuación más conocida de la física, de modo que los electrones no se pueden destruir; lo que nos lleva a la conclusión de que nosotros tampoco.

Conclusión: ya que nuestra función de onda la vamos a seguir teniendo durante los siglos infinitos que haya por delante, más vale que sea una buena función de onda. Cuidémosla y si tenemos ocasión de mejorarla, hagámoslo.



Leoncio López Álvarez





viernes, 11 de febrero de 2022

Hay que botarlos



El próximo domingo son las elecciones que nadie necesita, convocadas por el gobierno de Castilla y León (desde Madrid) con fines exclusivamente estratégicos, sin que medie el interés de los ciudadanos, tan solo el interés del partido convocante. Una vez más, hemos de decir; no es la primera vez que los votantes se ven obligados a adelantar su deber de asistir a las urnas por imperativo del que manda y que espera con la maniobra seguir mandando, pero con más escaños, es decir, mandando más, y en este caso con el objetivo añadido de que el gran triunfo esperado refuerce la posición del líder frente a amenazas internas. A este hecho, ya de por sí bastante indecente, se le se suman otros que lo son aún más, pero no voy a entrar en ese campo de estiércol. Me voy a adelantar a pasado mañana, domingo, por la noche.

                                   


Supongamos, que es mucho suponer, que gana quien ha propiciado todo este lío, y nos encontramos ahora en los momentos siguientes a los que ya se conoce con certeza que finalmente ha salido victorioso en esas elecciones. No hace falta decirlo, pero quien gane tendrá la responsabilidad, enorme responsabilidad, de conseguir que los ciudadanos de Castilla y León mejoren sus vidas respecto a como eran antes de las elecciones. Son para eso, ¿no? Tendrán que enfrentarse al paro, a los problemas en el campo, a mejorar la salud y educación de sus paisanos, dotar de nuevas infraestructuras a la región, avances sociales, apoyo a los necesitados, incentivos para evitar el vaciado, administrar los fondos comunes... una tarea por delante, durísima, sin ninguna duda.

Sí, el que ha ganado va a tener que trabajar duro, pero, ¿qué vemos? ¿Qué vemos y escuchamos en los primeros minutos de conocerse la victoria? Pues vemos a los políticos vencedores presos de una alegría desbordante. Sonríen, se abrazan, aplauden, dan saltos y animan a sus seguidores a que se unan en su júbilo y que también salten; se felicitan, se siguen abrazando y ríen abiertamente sin poder contener la alegría de haber ganado. 

Se comportan como si les hubiera tocado la lotería. No se ve ni un sólo gesto de preocupación por lo que les viene encima, ni un atisbo de incertidumbre. 


                                       

A mí, qué queréis que os diga, ese comportamiento me parece la mar de sospechoso. ¿Cabe imaginar, por ejemplo, que un jefe de negociado, ante la noticia de que ha sido promocionado a director general, se ponga a dar botes y que luego salga al balcón de la oficina gritando que es el nuevo director de la empresa? ¿O que un administrativo se abrace a su director general porque le han nombrado director financiero, y le obligue a levantar los brazos en señal de victoria?

Se ve que los que no nos dedicamos a la política controlamos más las emociones; o que las emociones de los políticos cuando ganan, son incontrolables. Por algo será.


Leoncio López Álvarez








sábado, 5 de febrero de 2022

Juguetes rotos

 


Me gustan los niños que destrozan sus juguetes, tienen algo que reconozco en mí. Yo, cuando era pequeño, no los destrozaba demasiado porque en mi espíritu infantil ya existía el conflicto entre dos visiones del mundo. Por un lado me apetecía practicar el destripe, por curiosidad normalmente, pero al mismo tiempo tener un juguete duradero estaba muy bien porque garantizaba su disfrute durante más tiempo. Siempre me ha acompañado la contradicción, qué le voy a hacer sino asumirla como parte inevitable en el proceso del juicio crítico.

Ser contradictorio no tiene nada malo, al contrario, ser contradictorio te permite ver diferentes puntos de vista sobre las importantes cuestiones que te rodean, mucho mejor que tener sólo uno. Contemplar varias posibilidades simultáneamente es una ventaja frente a cerrarse en una única visión, esto no lo duda nadie, lo malo es estancarse en la mera contemplación sin tomar una decisión, acertada o no. Hay que decantarse.

Las personas que no son contradictorias no tienen este problema, lo tienen clarísimo porque solo ven un lado de la realidad. Eso no es bueno. Tomar una decisión cuando solo contemplas una opción puede ser un problema aún mayor que no tomar ninguna decisión porque te lo sigues pensando. Es decir, que hay dos tipos de personas decididas, las contradictorias y las convencidas. Lo curioso es que tanto las primeras como las segundas se pueden equivocar de la misma forma, por eso nunca se hace esta distinción y se habla siempre de personas decididas, y se habla de ellas como algo estupendo, sin especificar si son decididas por falta de miras o lo son tras un minucioso análisis que sólo el sufrimiento de la contradicción proporciona. Estamos metiendo a estúpidos y listos en el mismo grupo de personas estupendas, qué lamentable injusticia.

Yo, como ser contradictorio confeso, prefiero observar las contradicciones ajenas que las propias, hasta me permito el lujo de aconsejar cuando veo a un colega contradictorio devanarse los sesos sin decidirse por una opción. Cuando llega mi turno me falta esa claridad de miras, y me bloqueo. En estos casos lo mejor que me puede pasar es tener a mi lado a otra persona contradictoria, da igual que sea decidida o no, y que haga conmigo lo mismo que haría yo con ella, es decir, aconsejarme. Otra cosa es que yo le haga caso, eso no lo sabe nadie, menos yo que soy contradictorio.

En cuanto a los niños que destrozan sus juguetes, origen de todo este lío, cuando sean mayores ¿qué destrozarán? La tendencia a romper cosas no es algo pasajero, empiezas rompiendo juguetes porque es lo que tienes a mano en esos momentos, pero el ánimo destructivo permanece y seguirás destruyendo diferentes cosas a lo largo de la vida; a no ser que seas contradictorio y el destripe sólo representaba una opción.

Yo estoy convencido de que los destrozones de ahora, los que vemos por doquier, han sido destrozones de pequeños, pero lo han sido sin contradicciones, eran destrozones convencidos. Por eso ahora lo hacen de maravilla, sin dudar, sin plantearse qué pasaría si no destrozaran. 

Miedo me dan, y estoy, mejor dicho estamos, rodeados.


Leoncio López Ávarez


sábado, 29 de enero de 2022

... y adiós al olor al miedo.





Una de las cosas que más me sorprende de los seres vivos es su necesidad de comunicarse entre ellos. Tal como lo he dicho parece que yo no fuera un ser vivo, pero lo soy, lo que pasa es que trato de ser lo más imparcial posible y por eso me excluyo. 

Todos sabemos que la comunicación no sólo es entre individuos de la misma especie sino que entre ejemplares de especies diferentes también se produce. Un reptil venenoso muestra unos colores muy vivos, muy visibles y podríamos decir que amenazantes, para comunicar a cualquier otro bicho viviente que se cruce con él, que provocarlo va a traer fatales consecuencias. Es un aviso clarísimo: "no me molestes porque soy un hijoputa con muy mala leche". Hay gente que no avisa, y son unos asesinos.

Nos comunicamos de todas las formas posibles, por señas, con sonidos, por colores, batiendo las alas,  haciendo gestos... y también con olores y ese es el punto al que quiero llegar, a las feromonas. Las feromonas son sustancias químicas que secretamos los seres vivos con el fin de provocar determinados comportamientos en otros individuos de la misma especie. Un perro detecta las feromonas de otro perro pero no las de un elefante a pesar de que las del elefante son mucho más evidentes. Ahora podría hablar de sexo, pero voy a soslayar el tema. También podría hablar de cómo hemos perdido los humanos la capacidad para detectar las feromonas de nuestros semejantes, pero voy a hacer lo mismo que con el sexo, ni caso.

A lo que voy: el miedo es algo que se puede detectar a través del olfato, los animales que sean capaces de hacerlo, claro, pues una feromona distribuye su olor. Y ahora viene la noticia: hay un limpiador doméstico, Vanish, que elimina el olor a miedo. Es de las pocas formas, quizá la única, que existen para quitar el olor a miedo una vez que se ha esparcido en un lugar. ¿Cómo sé yo esto? por mi gato. Tengo un gato que se caga de miedo cada vez que lo llevo al veterianario, de modo que en cuanto lo pongo en el portagatos, ya se jiña porque nada más entrar huele las feromonas del miedo que él mismo excretó en su último viaje. Es un aviso de él para él y para otros gatos, advirtiendo de que quien se meta ahí, acabará en un lugar donde lo más probable es que le pongan una inyección. 

Mal asunto, pero para eso están los veterinarios, para saber qué pasa con los gatos. El mío, o sea, el de mi gato, me explicó todo este asunto que acabo de contar y me dio la solución: Vanish en aerosol. Mano de santo, oiga. Una rociada de Vanish en el portgatos y la siguiente vez que necesites llevar al minino a que le pongan la vacuna de lo que sea, se meterá él solito en el portagatos como si lo llevaras a casa de Micky Mouse.

El mundo animal nunca dejará de sorprendernos.




sábado, 22 de enero de 2022

Un pedazo de cerdo


Este nuevo año ha empezado de la mejor manera posible para la medicina, y por tanto para los humanos. Por primera vez en la historia se ha realizado exitosamente un trasplante de corazón, siendo el corazón trasplantado de un cerdo. 

Este logro abre un horizonte de esperanza sin límite para todos los enfermos cardiacos, pues si bien la cirugía de este tipo de trasplantes, desde que el doctor Barnard realizó en 1967 el primero de la historia, está completamente dominada, tiene el problema de la escasez de órganos. Faltan corazones humanos, yo siempre lo he dicho: nos falta corazón. 

Sin embargo, cerdos hay millones, cada uno con su correspondiente corazón. "Un suministro inagotable de estos órganos para pacientes que sufren", dijo Muhammad Mohiuddin, el director científico del programa de xenotrasplantes (de animales a seres humanos) de la institución americana dónde se realizó la cirugía. Este comentario, aunque la intención es buenísima tiene algo de espeluznante.

Bien es cierto que el corazón trasplantado necesita unos retoques, manipulación genética, para garantizar la aceptación del paciente. Esto de la manipulación genética, para entendernos, es como editar una peli, consiste  en quitar azúcar de aquí, añadir este gen allá, aquí vendría muy bien una proteína, alargamos un poco esta secuencia... y el cerdo ya está listo, mejor dicho, su corazón. 

Nosotros, ahora que nos hemos enterado de que España es el tercer país del mundo, después de China y Estados Unidos, en producción de cerdos, podemos respirar más tranquilos. Los cerdos en cambio tienen algo más de lo que preocuparse.

De momento, que el verbo utilizado sea "producir", no es bueno para los cerdos. Producimos gorrinos como los alemanes producen coches.

Yo me alegro muchísimo de este logro, por supuesto (me refiero al trasplante exitoso cerdo-persona), aunque lo siento por los cochinos, es lo que les faltaba a los pobres. Pero al margen de que luego el cerdo sin corazón no va a poder seguir vivo, a no ser que se les trasplante el corazón de un babuino y así sucesivamente, me planteo un problema de índole moral: si el paciente que ha salvado su vida gracias a la donación involuntaria del cerdo, se come un chorizo, ¿estará cometiendo un acto de canibalismo?

Tengo otra duda, y yo creo que también es de tipo moral. ¿Qué se hará luego con el resto del cerdo una vez que se le ha quitado el corazón? ¿Se aprovecharán sus perniles para hacer jamón? ¿Acabará su tocino dando sabor a un cocido madrileño? ¿Sus costillares se untarán de cocacola para ponerlos en una barbacoa?

Cualquiera de las dos opciones, o seguir aprovechando la totalidad del cerdo hasta hacerse unos mocasines con su piel, o mandar el despojo descorazonado a la incineradora,  merece una reflexión. Esto os lo dejo para que cada uno haga la suya y llegue a sus conclusiones. 

Por si os sirve de guía, mi opinión es que si ya has empezado así con el cerdo, arrancándole el corazón, lo mejor es que termine el sacrificio y que se aproveche la totalidad de los recursos que ofrece como si tal cosa; choped por aquí, lomo por allá, salchichas por acullá... Hay menos hipocresía en esta opción, o al menos eso me parece a mí.

Lo que está claro es que lo peor que le puede ocurrir a un ser vivo es nacer cerdo.


                                                                                                                        Leoncio López Álvarez


sábado, 15 de enero de 2022

Araña que no araña




La confianza auténtica entre dos personas se ve cuando pueden estar en silencio los dos solos sin que resulte incómodo. Las personas cuanto menos se conocen, más necesitan hablar cuando la situación los acorrala a solas, sin nadie más que pueda meter baza. Esas conversaciones forzadas sí resultan realmente embarazosas. 

Yo tenía un amigo que se parecía mucho a Lovecraft en aspectos que no viene a cuento mencionarlos, que era muy tímido pero un maestro en salir airoso de situaciones de este tipo. Cuando se encontraba con alguien que conocía someramente, en lugar de forzar una conversación sobre temas de actualidad o trivialidades, de las que era descarnado enemigo, se inventaba una historia estrafalaria. Conseguía de este modo eliminar la fatiga de no saber qué decir una vez agotado el tema de las mañanas soleadas de Madrid. Además, su interlocutor se lo pasaba bomba escuchando su historia, y él no digamos inventándosela.

Una vez, mi novia que lo conocía de sólo un par de tardes, me comentó que se había encontrado a mi amigo y que la historia de la araña le había dejado fascinada. ¿Qué araña?, pregunté. Mi novia entonces me contó que mi entrañable amigo, cuando se encontraron, le dijo que estaba muy triste porque se acababa de morir su mascota, que sí, lo han adivinado, era una araña. 

Según le contó, la tenía desde hacía mucho tiempo, desde que era pequeño, y la relación que les unía era tan estrecha que no se separaban en ningún momento del día, hasta dormían juntos, le dijo. Mi novia, realmente conmovida, se solidarizó con el  dolor de mi amigo por haber perdido a su querida araña, y consiguió convencerme para que lo llamara inmediatamente como muestra de que lo acompañaba en el sentimiento.

Nunca antes había dado el pésame a nadie por la muerte de su araña más cercana, pero siempre, para todo, tiene que haber una primera vez.

Esta historia la cuento porque me apetecía muchísimo escribir para mi blog pero no sabía de qué hablar. Dejarlo en blanco, sin poner una sola palabra,  además de absurdo sería tanto como encontrarme con alguien y mantener un pesaroso silencio, o peor aún, hablar de las soleadas mañanas de Madrid.



Leoncio López Álvarez



jueves, 6 de enero de 2022

El mundo al revés




metamorfopsia



Últimamente tengo la sensación de que todo lo hago al revés. O al verrés, ya no sé. Hacer las cosas al revés en absoluto significa hacerlas mal, simplemente quiere decir que las haces a destiempo, en el sentido contrario o confundiendo de pe a pa lo que tenías que hacer. Por ejemplo, puedes bajar perfectamente las escaleras, con estilo, soltura y ademán atlético, pero resulta que lo que tenías que hacer era subirlas; la operación ha sido ejecutada a la perfección pero... al revés. El camino del Sur, también te lleva al Norte.

Pues eso me pasa a mí, que lo hago todo con auténtica maestría, pero al revés. Si tengo que ir a Madrid a comprar unos tornillos, por ejemplo, en lugar de coger la moto que no tardo nada, voy en coche, me tiro una hora para llegar y luego compro unas tuercas.

Empecé escribiendo cuepro en lugar de cuerpo, por lo que deduzco que lo que me pasa es un tipo de dislexia exagerado, algo patológico. A lo mejor es un síntoma aún no generalizado de la Covid.

Todo lo que yo sé sobre el funcionamiento del cuepro humano lo aprendí en el colegio, se ve que antes enseñaban esas cosas, y recuerdo algo que me dejó marcado: lo que vemos, realmente lo vemos al revés, es decir, que lo vemos del derecho sencillamente porque nos hemos acostumbrado a verlo de esa manera y ya nos parece que es lo correcto, pero estamos engañados, en nuestro cerebro la imagen está proyectada justo al revés de como nos parece verlo. 

El profesor que nos reveló esta verdad suprema y metafórica de otras muchas, al ver nuestros infantiles rostros marcados por el escepticismo, se apresuró a dar la explicación que necesitábamos. Veréis, nos dijo, para comprobar que esto es cierto se ha hecho el experimento de poner a un sujeto unas gafas que cambian la posición de los objetos de modo que todo lo ve al revés; pues bien, tras unos primeros porrazos por no atinar con exactitud su posición, el sujeto llegó a desenvolverse con absoluta facilidad porque "veía" todo perfectamente normal, del derecho, como siempre había ocurrido. Naturalmente, añadió nuestro profesor, al quitarle las gafas tuvo de nuevo que  acostumbrarse a ver todo al derecho, o al revés según se mire.

Es decir, que lo del derecho y del revés depende exclusivamente de cómo se mire. Otra cosa más que es relativa en el universo que habitamos. Lo de que todo es relativo va a acabar siendo una verdad absoluta, verás.

Existe una enfermedad que se llama metamorfopsia invertida,  que consiste en eso, en ver todo al revés pero siendo consciente de que el mundo que tienes delante de tus narices está al revés. Debe ser un suplicio. Supongo que se trata de una incapacidad para acostumbrarse a ver las cosas invertidas y por tanto verlas derechas. 

Esto nos ocurre constantemente en otro orden de la vida, y lo digo en plan metafórico. Cada cual que saque sus conclusiones y lo aplique dónde crea conveniente porque cada cual es consciente de que también le ocurre a él. Damos por normales cosas que si las analizamos en profundidad veremos que están justo al revés. No decimos nada ni nos quejamos porque nos hemos acostumbrado, pero... están al revés y lo sabemos. Todos padecemos metamorfopsia invertida y disimulamos como si nada nos pasara. 

Yo me he dado cuenta de esta gran verdad cuando me encontré, viniendo a mi casa de comprar unas tuercas en Madrid,  con un conductor kamikace. 

Me llevé un susto de muerte, y él también, porque el pobre iba en dirección contraria por error. Sé que era por error porque pude distinguir perfectamente su cara de espanto al verme a mí lanzado hacia él, aunque en realidad era él quién venía lanzado hacia mí. Era un señor bastante mayor y a su lado iba otra señora también muy mayor con el pelo blanco, lo que no sé es si ya lo tenía de antes o se le puso blanco en esos segundos.

Inmediatamente me detuve en el arcén sin saber qué hacer. Por un momento tuve la estúpida idea de perseguirlo hasta darle alcance, adelantarlo y hacer que se parara. Es la idea más idiota que se le puede ocurrir a alguien en esas circunstancias. Luego pensé en llamar a la Guardia Civil, y fue entonces cuando se me ocurrió que a lo mejor el que iba en dirección contraria era yo, de modo que no hice nada. 

Desde entonces sigo con esa duda. 


Leoncio López Álvarez

domingo, 2 de enero de 2022

Cumplo años feliz



Hoy ha sido mi cumpleaños y como siempre, yo mismo me he hecho un par de regalos con los que espero acertar. Algunos años, el par es de tres, y siempre consiste en libros, pero no los que me compraría de no ser mi cumpleaños, sino de los otros. Yo creo que todo el mundo sabe a qué clase de libros me refiero.

Últimamente, no sólo por mi cumpleaños, me ha dado por comprar libros raros, de esos que tienen, a lo mejor, una página entera dedicada a enumerar las bacterias que habitan en nuestro intestino delgado, todas con sus nombres en latín, por supuesto; como para enterarse. Este libro sobre el salvífico poder de las bacterias lo terminé de leer en la sala de espera del médico, por si salía como tema de conversación.

También he leído un libro interesantísimo que trata de los ciclos circadianos, muy revelador, y del que he sacado algunas conclusiones. Lo malo es que mis conclusiones son tan obvias que la mayoría de las personas ha llegado a ellas sin necesidad de leer un libro raro. No me importa. Recuerdo que cuando visité las médulas en León, dejé el coche al lado de un chiringuito y empecé una interminable ascensión por un tortuoso camino flanqueado por viejísimos castaños; realmente hermoso y realmente empinado.  El primer kilómetro fue terrible, y a partir del segundo la cosa se complicó notablemente. Después de tres o cuatro horas de penosa caminata, trepando por lugares prácticamente inaccesibles, sin resuello, a punto de morir por hipoxia, conseguí llegar hecho unos zorros a lo más alto. El panorama era de una belleza indescriptible y hubiera estado toda la tarde contemplándolo extasiado si no llega a ser porque un griterío a mis espaldas hacía imposible la deleitación ante lo sublime. Me giré al tiempo que una anciana, rodeada de toda clase de niños, se acercaba sonriente hacia mí. Detrás iba alguien que perfectamente podría ser el padre de la anciana. La señora venía con su teléfono móvil extendido como si quisiera regalármelo. Pensé que me lo ofrecía para que llamara inmediatamente a una ambulancia para recoger mis despojos, pero  lo único que quería era hacerse una foto rodeada de sus nietos y su vetusto marido. Cogí su smartphone para satisfacer sus deseos reprimiendo las ganas de lanzarlo por el barranco y busqué con profesionalidad un fondo adecuado. Lo que veía detrás de ella era un espantoso parking atestado de coches poco apropiado para inmortalizar un recuerdo. 

Pero sigamos con los libros. El número de libros que un ser humano puede leer a lo largo de su vida es muy limitado y conviene elegir muy bien cuál será el próximo, pues empezar uno huero es un lujo que no nos podemos permitir. Pero, y aquí viene lo bueno, hay libros que sin descubrirte nada del otro mundo merece la pena leerlos. Es la magia de los buenos libros, te enganchan desde el principio independientemente de qué traten. 

Encontrar ese je ne sais quoi que hace obligatorio terminar la lectura empezada es el santo grial de los escritores y divulgadores, también escritores. Todos deberían perseguirlo pero lamentablemente no es así, hay libros que pasadas las dos primeras páginas te preguntas por qué diablos alguien se ha tomado la molestia de imprimirlos.

No hay distinción entre libros de divulgación o novelas, se pueden escribir ensayos sobre peliagudos asuntos con la capacidad suficiente de engancharte aunque no entiendas gran cosa de lo que te están hablando, como mi libro raro sobre bacterias, o entiendas todo, como mi libro raro de ciclos circadianos. Lo importante es sentirte atado a las paginas que estás leyendo con el deseo de que no terminen nunca. Qué cosa tan difícil de conseguir por parte de los escritores y qué tesoro tan maravilloso cuando lo consiguen, para sus lectores.

La caminata que me pegué para subir a las médulas y llegar al mismo sitio al que otros llegaron en su coche es de las mejores cosas que me han pasado en mi vida. Sé que en esto que acabo de decir hay un mensaje oculto pero ni yo mismo  caigo en cuál puede ser. A veces me lío de manera espantosa y ya no sé qué quería decir.

Voy a tener que dejar de cumplir años, me parece.


viernes, 31 de diciembre de 2021

Con mis mejores deseos, 2022.

 


2.022 es un número que iba para bonito pero ha fallado y se ha quedado en número normal tirando a feo. Es curioso que le ocurra eso, que ni fu ni fa, cuando los dos únicos dígitos que lo componen, el dos, que es como un cisne, y el cero que es redondo, son realmente hermosos. Esto me recuerda a una modelo publicitaria que  tenía unas manos perfectas, y hacía anuncios de cremas, unos pies perfectos y la llamábamos para anuncios de sandalias, un culo perfecto, apropiadísimo para anuncios de ropa interior,  y sus  perfectos ojos verdes los hemos visto mil veces en diferentes anuncios de rímel, pero si veías a la modelo en conjunto, era una chica del montón, larguirucha y desgarbada en la que nadie se fijaba.

2.022 podía haber sido bonito, pero le falta algo, y no solo le falta simetría. Parece ser que en nuestro universo, salvo excepciones, lo bello va unido a lo simétrico. Muchas veces los artistas plásticos se afanan en romper la simetría buscando formas de belleza que no sigan el patrón que manda la naturaleza, pero se trata de eso, de una búsqueda. Lo que encuentras bonito sin buscar, es simétrico. 

2.022 no lo es, en general los números no lo necesitan para resultar bonitos, pero 2.022 está demasiado descompensado, o le faltan ceros o le sobran doses. Arreglar el desequilibrio significaría cambiar de siglo, demasiado drástico.

Además 2.022 es un año que uno mira con desconfianza, el recelo es inevitable. Últimamente miramos con desconfianza a todo. Esto sucede a escala mundial, no sólo en España. Esta mañana he leído que en Estados Unidos, que miden todo y de todo hacen estadísticas, el número de agresiones en los semáforos ha aumentado una barbaridad. ¿Por qué en los semáforos? Yo también me lo estoy preguntando pero ese detalle a juicio de quien cubría la noticia carecía de importancia por lo que nos quedamos sin saberlo. 

Aquí hacemos menos estadísticas, pero a ojo, se dice que también ha aumentado la agresividad entre nosotros sin especificar si el número de casos registrados en los semáforos es significativo.

Yo lo siento por el nuevo año, que ya antes de empezar, lo recibimos con una ceja levantada. Hay quien preferiría un año usado en lugar de uno nuevo, pero los años no son como los coches que puedes elegir el que te da la gana, en esto te toca el que te toca y sanseacabó.

A mí me gustaría que 2.022 fuera 2.001, quizá porque me dejo llevar por la mitología jolibudiense, así, escrito como suena, pero me tengo que aguantar con lo que hay, qué le vamos a hacer.

En fin, en cualquier caso, deseo a todos dos cosas, primero que no os peguéis en los semáforos y segundo que 2.022 sea un año mucho mejor de lo que parece.



Leoncio López Álvarez


jueves, 23 de diciembre de 2021

Sospechar es de sabios y también de tontos.






Me encanta escuchar conversaciones ajenas. Muchas veces entro en una cafetería exclusivamente porque veo un grupo de personas hablando y un hueco cerca desde donde puedo satisfacer mi condenable manía. Prefiero las parejas a grupos mayores, es una forma de evitar conversaciones sobre fútbol, que me trae sin cuidado lo que se diga.

Tengo que aclarar que muchas veces me he encontrado con parejas que no se dicen nada, y eso para mí tiene el mismo valor que si no pararan de hablar. Mi afán no es el cotilleo sino la observación de las conductas humanas, y no hablarse forma parte del estudio. A veces, me resulta más sencillo sacar conclusiones de los silencios que de la efusividad; soy un experto y sé cómo hacerlo.

El otro día, me aposté (lo que yo hago en las cafeterías, más que ponerme en la barra es apostarme en la barra) muy cerquita de una pareja joven, de esas que aún ignoran qué es el hastío. Hablaban con faltas de ortografía, pero esos errores, imperdonables leyendo, son más llevaderos escuchando, de modo que no me importó y seguí atento a lo que se decían. 

Mantenían una conversación de cafetería, muy apropiada para el entorno, pero la cosa fue derivando de lo general a lo particular. Pronto dejaron de hablar de trivialidades y pasaron al terreno personal en el que es imposible moverse sin que aparezcan los reproches. En un momento dado, la chica le dijo: es que tú siempre estás sospechando. El chico se puso a la defensiva, negándolo todo, pero estaba claro que efectivamente siempre estaba sospechando. Estaba claro para mí, que como ya he dicho soy un experto, y estaba claro para la chica que estaba harta de que sospechara de ella.

A los seres humanos lo que más nos gusta hacer es sospechar. Siempre estamos sospechando, pero gracias a esta obsesión, progresamos. La chica no lo sabía, pero es así.  Por ejemplo, si Golgi no hubiera sospechado que algo tenía que pasar con las proteínas y los lípidos dentro de las células, no sabríamos dónde se produce la síntesis de polisacáridos de la matriz extracelular, cuya importancia doy por descontado que no es necesario explicar. 

Hemos llegado a la Luna y más allá, traspasado los límites de nuestro sistema solar, gracias a las sospechas sucesivas que Newton, Kepler..., Braun y otros inminentes científicos y matemáticos tuvieron en un momento de sus vidas sobre el comportamiento del mundo que los rodeaba. Queda claro que las sospechas conducen al progreso, no es necesario buscar más ejemplos.

Pero sí, qué caramba, sigamos con ejemplos: el genetista y biólogo John  Burdon Sanderson Haldane, dijo y luego lo escribió, porque si no, no sabríamos que lo había dicho: Mi sospecha es que el universo no sólo es más extraño de lo que suponemos, sino más extraño de lo que podemos suponer. 

Esta frase me encanta porque topológicamente es como la botella de Klein, se contiene en sí misma, y aunque vista de lejos parece normal, si te acercas te das cuenta de que se trata de una superficie no orientada abierta cuya característica de Euler es igual a cero, es decir que no tiene ni interior ni exterior. El ejemplo más recurrido de este tipo de superficies es la cinta de Moebius, éste de la botella es para nota.

Pero volvamos a la pareja con problemas que tenía delante de mí mientras pedía mi cuarto tortel para disimular.  ¿Qué sucede cuando las sospechas aparecen dentro del ámbito de la pareja? Pues en general acaban destruyéndola, lo cual no contradice sino refuerza mi tesis: las sospechas conducen al progreso. En este caso por oposición, prescindiendo del que sospecha. Si esa chica quisiera progresar tendría que deshacerse cuanto antes del sospechador.

Antes de que pudiera pedir mi quinto tortel ya habían hecho las paces y los arrumacos sucedieron a los reproches. Esa pareja jamás iba a progresar, pensé; pagué y me fui con el estómago lleno de cabello de ángel,... con lo poco que me gusta.



Leoncio López Álvarez










viernes, 17 de diciembre de 2021

La indiscutible y admirable fuerza de las hormigas

las hormigas de fuego crean una balsa atrapando aire para salvar la vida en crecidas.


Está documentado que si una hormiga  cae al agua casi seguro que morirá ahogada, pero si se ponen de acuerdo muchas hormigas, unen sus pinzas, garras, o lo que tengan las hormigas para unirse, y forman una balsa entre todas que flota sin problemas; de este modo cruzan ríos y salvan sus vidas en inundaciones. 

Este comportamiento es ejemplo de lo que se llama inteligencia colectiva y  funciona en seres tan absurdos como las hormigas y en otros más absurdos aún como los hombres. Una comunidad de vecinos podría ser ejemplo en el caso de los hombres, aunque no sé yo si es un buen ejemplo. 

Lo que está claro es que cuando varios individuos se unen aportando sus conocimientos y habilidades para una causa común, lo normal es que consigan sus objetivos, y desde luego, tienen más probabilidades de alcanzarlos que si cada uno va a su bola. Por eso se llama inteligencia colectiva, si no consiguieran nada, se llamaría de otra forma, mamarrachada colectiva, o algo así.

A uno le llena de orgullo ser testigo de estos comportamientos que consiguen salvar una situación difícil gracias a la colaboración de todos, es un momento de triunfo de la especie, ilusiona pertenecer a un grupo que merece la pena. Dan ganas de sacar pecho y gritar alguna proclama que el tiempo convertirá en topicazo, tipo, "la unión hace la fuerza", "todos a una", "somos un equipo" y otras frases sin las que no existirían los "coaching" de motivación.

Pero claro, vivimos en un universo binario, todo tiene su opuesto y de la misma forma que existe la inteligencia colectiva que nos salva, también existe la estupidez colectiva que nos lleva al desastre. 

La pandemia, la maldita pandemia, la insistente pandemia que lleva ya dos años de eternidad, ha provocado que se den las dos formas de aportación colectiva. Por simple cuestión matemática es muy poco probable que ambos grupos cuenten con el mismo número de afiliados, por decirlo en términos contables. Si hubiera empate.., no sé qué pasaría, lo malo es que haya más individuos participando de la estupidez colectiva que de la inteligencia colectiva

Nuestro futuro, una vez inventada la vacuna, depende exclusivamente de este detalle, de en qué grupo hay mas personas aportando su granito de arena al destino común.

El tiempo lo dirá. Como siempre. De momento felices fiestas y a ver en qué bando nos apuntamos.



Leoncio López Álvarez