No hay nada más actual que hablar del pasado. Nos encanta. Para poder hacerlo es imprescindible tener eso, un pasado, algo que está al alcance de todo el mundo, niños incluidos. Sin embargo, antes, el pasado tenías que ganártelo, solo lo tenían las personas que habían vivido muchos años, es decir, los viejos, no como ahora que cualquier joven ya tiene tres o cuatro pasados.
El presente cada vez dura menos, todo se desvanece en un decir Jesús, sin darnos cuenta. No estoy exagerando, mira tu teléfono móvil, ese chisme que tienes a tu lado desde que te levantas como si formara parte de tu cuerpo. ¿Lo ves? Ya es antiguo.
Cuando yo era joven, el tiempo duraba muchísimo más, dónde va a parar. Nos daba tiempo a saborear la última tendencia, las modas duraban lo suficiente para que todo el mundo se enterara de qué era lo que estaba pitando, no como ahora, que hay modas que nadie se entera de que ya han pasado. Hoy, los que "farmean" auras, mañana lo verán en Tik Tok y se verán ridículos. Lógico, yo los veo ridículos sin esperar a mañana. Nada que ver con lo de antes, yo me tiré diez años diciendo "demasié composé", que también era ridículo, por cierto.
Hoy, mi amigo, el pintor Marcos Carrasco, me ha mandado una foto de un kiosco precioso que se ha encontrado paseando por su barrio. Abandonado, por supuesto. Pertenece a ese estilo fernandino que se puso de moda en Madrid en su mobiliario urbano en los ochenta: farolas, chismes muy voluminosos redondos dónde colocaban publicidad, kioscos, bancos,... ahora, todo aquello apenas se ve y cuando se ve, se ve que son fantasmas.
El kiosco, sea fernandino o como sea, ya es un fantasma. Un fantasma de los de antes, de los que han vivido durante mucho tiempo y ahora vagan arrastrando sus cadenas poniendo todo perdido de ectoplasma, no como los fantasmas de ahora, que ni arrastran cadenas ni tienen ectoplasma ni han vivido muchos años. Son fantasmas que no asustan a nadie, fantasmas que no tienen vida, si me permitís el pleonasmo.
Ahora tenemos fantasmillas sin ninguna personalidad. Son los llamados fantoches de toda la vida. Una mierda.
Os pongo un enlace de Instantes Narrativos, el canal de YouTube que manteníamos mi amigo Marcos y yo, donde los protagonistas son los quioscos ya cadáveres. Entonces escribí quiosco con "Q" y ahora con "K". Qué más les da a ellos si ya no existen. Pobres.
Y este es el quiosco, ya fantasma, que se encontró el otro día Marcos. ¿Da pena o no? Pues eso.





