lunes, 29 de junio de 2026

Catástrofe natural


    

   

    No hay alivio para el dolor. Ya sé que la noticia no es de ahora, que va con retraso, pero bajo esos escombros el tiempo se ha detenido, ya no cuenta. Hubo un momento en que aún se podían salvar vidas, quedaba la lejana posibilidad de escuchar alguna señal que animara a escarbar hasta con las manos, pero ahora eso ya no es posible, no hay ni esperanza. 

    Igual que este edificio hay cientos, imposible conocer la cantidad exacta. Lo que sí se conoce es que muchos de sus moradores están muertos. Niños (siempre ponemos a los niños en primer lugar, porque la injusticia es mayor con ellos), ancianos, jóvenes, mujeres que atienden, atendían a sus familias, profesionales que iban a sus trabajos, comerciantes a sus negocios... todos han perdido sus casas, nadie está a salvo del horror.

    Donde hubo barrios llenos de vida, ahora es una montaña de edificios muertos y parece que la suerte, la mala, se ha cebado con los hospitales: el 92% está destruido. El panorama no puede ser más desolador: sin agua, sin electricidad, sin servicios de limpieza, sin policía, sin bomberos, sin profesores porque ya no hay colegios, sin comida, sin casas dónde vivir ni hospitales dónde morir ni siquiera cementerios dónde ser enterrados,... y lo peor de todo ¡sin ayuda!

    Nadie ha acudido a echar una mano porque no dejaban entrar a nadie, tan solo podía pasar el ejército más moral del mundo. Muchos lo han intentado y sus coches han sido bombardeados.

    Van más de 73.000 muertos y Netanyahu sigue matando con toda naturalidad. Es lo que tienen las catástrofes naturales.








sábado, 6 de junio de 2026

Casi


 

    El otro día leí de un sesudo escritor (los hay que no lo son, estoy seguro), que comparaba el acto de leer con el de caminar. Y no le falta razón (por eso era sesudo), pues en ambos casos transitas de un sitio a otro, el viaje enriquece y te da la posibilidad de visitar lugares interesantes o nuevos y por supuesto, interesantes y nuevos simultáneamente.

    Siguiendo con el símil, puede ocurrir, que en ese caminar tropieces con alguna palabra que sobresalía ligeramente en el camino. Vas andando distraídamente, admirando el paisaje y de repente... ¡zas! se produce el traspiés. Mi abuela decía que quién tropieza y no cae, avanza terreno; en el caso de los tropezones con palabras mientras lees, sin ninguna duda. Casi todo en la lectura es un avance en el terreno, incluyendo los traspiés.

    Puedes tropezar con una palabra desconocida y como eres curioso, a partir de ese momento deja de ser desconocida. La miras, te agachas, la tocas y a continuación la tienes en cuenta para no volver a tropezar en ella en posteriores paseos.

    También puede ocurrir que el tropiezo sea con una palabra sobradamente conocida, pero que por las razones que sean, sobresalía más de la cuenta y te hace trastabillar. En este caso, lo normal es que continúes con tu paseo sin darle mayor importancia, o... no.

    A mí me pasa continuamente con la palabra "casi". Sé de sobra lo que significa, pero cada vez que aparece en un texto, tropiezo en ella y me obliga a detenerme para ver qué ha pasado. Me he encontrado con personas casi dispuestas a todo, gatos casi cariñosos, madres casi abnegadas, profesionales casi perfectos, policías casi atentos, hijos casi respetuosos, y últimamente partidos (políticos, claro) casi intachables. Ni que decir que los políticos casi honrados abundan de la misma manera que abundan los casi corruptos, aunque afortunadamente sean mayoría los cien por cien honestos,

    Una de las palabras más imprecisas que existen, es una de las más utilizadas, por eso no paro de tropezar con ella. A veces nos basta con una aproximación, lo que casi demuestra que muchas veces preferimos conocer casi la verdad.






domingo, 24 de mayo de 2026

Peineta española



    Todos tenemos un lado oscuro. No voy a ser yo el único.  Hay una parte de mí que procuro mantener oculta porque, las cosas como son, me avergüenza cuando se desvela. Sí, amigos, albergo rincones a dónde no llega la luz de la razón, ni de la piedad ni de la ternura, ni de ningún rasgo que haga pensar que soy un tipo amable. 

    La sinceridad no exime de la culpa, lo sé, pero el poder purificador de la confesión es tan útil que sería una tontería no hacer uso de ella. Así pues, voy a hacer público la última manifestación de mi lado oscuro.

    Volvía yo a mi casa de hacer unos recados que no viene al caso detallar, cuando al entrar en una calle me encontré con un pequeño atasco de cinco o seis coches. Tengo que aclarar, que donde vivo, seis coches parados en una calle, es ya un gran atasco que merece una explicación.    

    Cuando detuve el coche, atisbé impaciente a ver si conseguía descubrir quién era el pelmazo que estaba originando el imperdonable embotellamiento. Tengo que decir en mi defensa que ese día me había levantado de un humor de perros, todos tenemos un mal día. Enseguida vi que se trataba de un coche detenido en mitad de la calzada, con las puertas abiertas, y alguien en su interior tratando afanosamente de salir sin conseguirlo de manera satisfactoria. Creo que eran unos doscientos niños, no estoy seguro del número, justo enfrente hay un colegio y caben todas las posibilidades.

    En la puerta del coche, un individuo, hacía señas a los coches detenidos detrás, para que pasaran de forma ordenada. Un detalle por su parte que trataba de compensar el trastorno de estar parado en mitad de la calzada cuando podía haberse detenido a un ladito, sin molestar a nadie. Lo que se dice a nadie.

    Pasa, el primer coche, pasa el segundo, el tercero... y cuando llega mi turno, me fijo en el individuo culpable de provocar el monumental atasco aunque intentara torpemente solucionarlo,  y con gran elocuencia le muestro mi mano derecha con el dedo medio bien tieso y visible, para dejar bien claro lo que yo pensaba de su espontánea actitud para organizar el tráfico.

    ¿Por qué le hice la peineta al buen señor? Pues sencillamente porque me pareció un capullo, no hay más razones. Pero claro, no se puede ir haciendo la peineta cada vez que te encuentras con alguien que te parece un capullo. A no ser, que te resulte imposible reprimir tu lado oscuro.

jueves, 21 de mayo de 2026

No te muerdas la lengua


    

 Mi preparador nacional de tenis me está enseñando a hacer malabares con tres pelotas (en tenis decimos bolas) con el fin de mejorar la coordinación. Es un lío, en serio. Parece sencillo pero es endiabladamente complicado. Me parece que con esto me va a pasar lo mismo que con el inglés, jamás lo dominaré. 

    Lo cierto es que me vendría fenomenal tener mejor coordinación, no solo para responder con rapidez cualquier paralelo que me lancen a traición, también a la hora de comer un estofado de carne con patatas. No trato de hacerme el gracioso, es que me muerdo la lengua muy a menudo.

    No nos damos cuenta, pero el hecho de comer sin comernos a nosotros mismos, es muy meritorio y sorprendente. Masticamos a un ritmo, tan rápido como decidido, a veces muy rápido y muy decidido apremiados por el ansia, sin ser conscientes del peligro que corremos. 

    Por lo visto, unos de los músculos más formidables que tenemos son los que accionan la mandíbula. Si atamos, ya sé que no es fácil imaginarlo, sesenta kilos a nuestra mandíbula con la boca abierta, seríamos capaces de cerrarla sin apenas esfuerzo. Levantamos mucho más peso, con solo cerrar la boca, que con los biceps. Esta imagen es una metáfora del poder del silencio y una descripción de la fuerza que tienen nuestros maseteros por no hablar de lo que hacen el  pterigoideo medial y el interno. 

    Ahora imaginemos que nos encontramos en medio de esa masticación enloquecida, accionada por unos músculos poderosísimos sin posibilidad de frenarlos, y tenemos que distribuir trozos de patata, carne, y otras mercancías para que sean trituradas entre las afiladas muelas. Muy peligroso, se necesitan nervios de acero, una agilidad impresionante y una coordinación sobrehumana. Cualquier error en el cálculo supone un desenlace fatal.  Pues eso es exactamente lo que hace nuestra lengua. La mía menos, pues no paro de morderme mientras como. 

    Tengo la lengua llena de cicatrices y los carrillos internos todos mordisqueados. Un auténtico desastre. Seguiré practicando los malabares a ver si de verdad mejora mi coordinación.

jueves, 14 de mayo de 2026

¿Dónde están las cerraduras?

 


    Una de las facetas de mi multipersonalidad es lo que podríamos llamar, ceguera por desinterés. Significa que las cosas que no me interesan no las veo. Es un defecto y a veces, una ventaja, aunque en este momento me vienen a la cabeza muchos casos que encajan en defecto y pocos (ninguno) en ventaja. 

    Desde hace más de veinte años utilizo el mismo llavero, uno de esos de publicidad, que colgando de un adorno pretendidamente bonito, hay una anilla en la que se introducen las llaves de uso cotidiano. Ahí tengo cuatro llaves, incluyendo la de la moto. Más de veinte años, repito, cogiendo ese llavero todas las mañanas y dejándolo de nuevo al volver a casa, en la bandeja del recibidor. Pues bien, ayer me di cuenta de que me sobra una llave. 

    Moto, portal, puerta... y otra llave que no tengo ni la menor idea de qué abre (y cierra). Esa llave de uso desconocido, me acompaña sin abrir ninguna puerta desde hace una eternidad, y yo sin darme cuenta. Sin ninguna duda, ha habido un tiempo en que la utilizaba cotidianamente, nadie pone en su llavero una llave que no es de ningún sitio. Esto alimenta dolorosamente mi curiosidad.

    Desde ayer, cuando cojo mi llavero, tengo la sensación de que esa llave me mira con superioridad porque ella sí conoce el secreto. Me muestra todos sus dientes con una sonrisa que asusta. Sabe que jamás averiguaré a qué puerta corresponde ni en qué momento dejé de necesitarla y eso le hace mucha gracia. He pensado en desprenderme de ella, pero por alguna razón me siento incapaz. Una fuerza misteriosa me lo impide. 

    Seguiré esforzándome por recordar de dónde es, aunque sé que jamás lo conseguiré, y mientras, ahí seguirá la llave maldita, colgando de la anilla de mi llavero de publicidad como si tal cosa.




miércoles, 6 de mayo de 2026

Siempre con energía

 



La mecánica cuántica ejerce sobre mí una extraña atracción, y digo extraña porque a pesar de que no entiendo absolutamente nada, no paro de interesarme en sus logros. Leo artículos sobre los últimos descubrimientos con un interés como si fuera a enterarme de algo y de lo único que me entero es de lo que ya sabía antes de empezar a leerlos: que es fascinante, sorprendente y que ofrece infinitas posibilidades para fantasear. 

Me meto en campos de la física cuántica como un cachorrillo en un bosque, olisqueando, persiguiendo una mariposa sin alcanzarla jamás, ladrando a un árbol caído... y al final acabo exhausto, rendido, pero con ganas de volver. 

La física newtoniana, la de toda la vida, está muy bien, no digo yo que no, pero se me queda corta. Es excesivamente racional, todo de una exactitud y precisión que empalaga, mecanicista a tope... buf, muy agobiante. Dónde esté un buen bosón que se quite cualquier polea, no fastidies.

Además, cualquier cosa que veas en la mecánica cuántica tiene un comportamiento homólogo, o muy parecido, en el mundo tangible que habitamos sin desdoblarnos en nada. No voy a poner ejemplos pues eso es algo que está prohibido dentro de la mecánica cuántica. Los ejemplos son intentos vulgares de representar lo sublime, una vana pretensión  de buscar analogías con lo inequiparable. 

Lo último que he leído y me ha llenado de alegría es que la energía de vacío o energía de punto cero, existe, no es ninguna fantasía. Viene a demostrar que el vacío nunca está vacío, siempre hay campos cuánticos que fluctúan constantemente. Estas fluctuaciones tienen energía real, y lo que hasta ahora era mera predicción teórica, hoy es una energía que se ha medido con asombrosa precisión.

No sé vosotros, pero yo estoy emocionado.






miércoles, 1 de abril de 2026

Como humo se va

     


Hay que ver la cantidad de cosas que dejamos de hacer con el paso del tiempo, de las que ni nos acordamos de cuando no parábamos de hacerlas. Esto es un pensamiento de viejos, pensarán algunos, pero no, en absoluto. Sé reconocer cuándo pienso como viejo y cuando lo hago como ser vivo sin entrar en detalles. Es la ventaja de ser viejo, que tengo dos cerebros: uno, el normal, y otro el de viejo. El cerebro normal es el que trato de utilizar siempre, el de viejo lo reservo para momentos de intimidad.

    Utilizando, ya digo, mi cerebro normal, me acuerdo de cuándo fumaba aunque lo tengo totalmente olvidado. Si me paro a pensar, la sensación que me llega es que no he fumado jamás, cuando la realidad es que he sido un fumador empedernido desde los dieciséis años hasta los cincuenta y cuatro. Treinta y ocho años de empedernidez fumadora. 

    Un fumador empedernido de verdad, no deja de fumar hasta que se muere, no como yo, pues eso significa empedernido. Es que decimos "empedernido" con demasiada alegría sin darnos cuenta de su significado. Empedernido describe un estado de endurecimiento ontológico donde fijamos una conducta (o una creencia) de tal manera que se vuelve inmutable. Etimológicamente, la mayor parte de la palabra la ocupa el término petra, y el conjunto significa una petrificación de la voluntad. Vamos, que no hay quién te baje del burro.

    Sin embargo, aquí estoy yo, para llevar la contraria al adjetivo empedernido, que por otro lado me parece precioso. Si me esfuerzo, recuerdo los momentos en que vivía esa terquedad ontológica y no paraba de fumar. Nada más levantarme, encendía un cigarrillo y el mejor del día era el que me fumaba después de desayunar. Sí, es una decepción, pues tiene fama de ser el mejor cigarrillo de todos el poscoital. De ese no me acuerdo, y ahora estoy utilizando mi cerebro de viejo.

    Luego estaban los cigarrillos continuos en el trabajo, en mi casa, en la calle, en el campo, en la playa, en el coche, en el avión, en los aeropuertos, en el tren, en el andén del metro, en los bares y restaurantes, en los hospitales... joder, no paraba de fumar en todo el día. Y ahora... como si no hubiera fumado en mi vida. 

    Pues esto que me pasa con el tabaco, me ocurre con un montón de cosas, y no, no estoy utilizando mi cerebro de viejo. Palabrita de honor.