jueves, 14 de mayo de 2026

¿Dónde están las cerraduras?

 


    Una de las facetas de mi multipersonalidad es lo que podríamos llamar, ceguera por desinterés. Significa que las cosas que no me interesan no las veo. Es un defecto y a veces, una ventaja, aunque en este momento me vienen a la cabeza muchos casos que encajan en defecto y pocos (ninguno) en ventaja. 

    Desde hace más de veinte años utilizo el mismo llavero, uno de esos de publicidad, que colgando de un adorno pretendidamente bonito, hay una anilla en la que se introducen las llaves de uso cotidiano. Ahí tengo cuatro llaves, incluyendo la de la moto. Más de veinte años, repito, cogiendo ese llavero todas las mañanas y dejándolo de nuevo al volver a casa, en la bandeja del recibidor. Pues bien, ayer me di cuenta de que me sobra una llave. 

    Moto, portal, puerta... y otra llave que no tengo ni la menor idea de qué abre (y cierra). Esa llave de uso desconocido, me acompaña sin abrir ninguna puerta desde hace una eternidad, y yo sin darme cuenta. Sin ninguna duda, ha habido un tiempo en que la utilizaba cotidianamente, nadie pone en su llavero una llave que no es de ningún sitio. Esto alimenta dolorosamente mi curiosidad.

    Desde ayer, cuando cojo mi llavero, tengo la sensación de que esa llave me mira con superioridad porque ella sí conoce el secreto. Me muestra todos sus dientes con una sonrisa que asusta. Sabe que jamás averiguaré a qué puerta corresponde ni en qué momento dejé de necesitarla y eso le hace mucha gracia. He pensado en desprenderme de ella, pero por alguna razón me siento incapaz. Una fuerza misteriosa me lo impide. 

    Seguiré esforzándome por recordar de dónde es, aunque sé que jamás lo conseguiré, y mientras, ahí seguirá la llave maldita, colgando de la anilla de mi llavero de publicidad como si tal cosa.




miércoles, 6 de mayo de 2026

Siempre con energía

 



La mecánica cuántica ejerce sobre mí una extraña atracción, y digo extraña porque a pesar de que no entiendo absolutamente nada, no paro de interesarme en sus logros. Leo artículos sobre los últimos descubrimientos con un interés como si fuera a enterarme de algo y de lo único que me entero es de lo que ya sabía antes de empezar a leerlos: que es fascinante, sorprendente y que ofrece infinitas posibilidades para fantasear. 

Me meto en campos de la física cuántica como un cachorrillo en un bosque, olisqueando, persiguiendo una mariposa sin alcanzarla jamás, ladrando a un árbol caído... y al final acabo exhausto, rendido, pero con ganas de volver. 

La física newtoniana, la de toda la vida, está muy bien, no digo yo que no, pero se me queda corta. Es excesivamente racional, todo de una exactitud y precisión que empalaga, mecanicista a tope... buf, muy agobiante. Dónde esté un buen bosón que se quite cualquier polea, no fastidies.

Además, cualquier cosa que veas en la mecánica cuántica tiene un comportamiento homólogo, o muy parecido, en el mundo tangible que habitamos sin desdoblarnos en nada. No voy a poner ejemplos pues eso es algo que está prohibido dentro de la mecánica cuántica. Los ejemplos son intentos vulgares de representar lo sublime, una vana pretensión  de buscar analogías con lo inequiparable. 

Lo último que he leído y me ha llenado de alegría es que la energía de vacío o energía de punto cero, existe, no es ninguna fantasía. Viene a demostrar que el vacío nunca está vacío, siempre hay campos cuánticos que fluctúan constantemente. Estas fluctuaciones tienen energía real, y lo que hasta ahora era mera predicción teórica, hoy es una energía que se ha medido con asombrosa precisión.

No sé vosotros, pero yo estoy emocionado.






miércoles, 1 de abril de 2026

Como humo se va

     


Hay que ver la cantidad de cosas que dejamos de hacer con el paso del tiempo, de las que ni nos acordamos de cuando no parábamos de hacerlas. Esto es un pensamiento de viejos, pensarán algunos, pero no, en absoluto. Sé reconocer cuándo pienso como viejo y cuando lo hago como ser vivo sin entrar en detalles. Es la ventaja de ser viejo, que tengo dos cerebros: uno, el normal, y otro el de viejo. El cerebro normal es el que trato de utilizar siempre, el de viejo lo reservo para momentos de intimidad.

    Utilizando, ya digo, mi cerebro normal, me acuerdo de cuándo fumaba aunque lo tengo totalmente olvidado. Si me paro a pensar, la sensación que me llega es que no he fumado jamás, cuando la realidad es que he sido un fumador empedernido desde los dieciséis años hasta los cincuenta y cuatro. Treinta y ocho años de empedernidez fumadora. 

    Un fumador empedernido de verdad, no deja de fumar hasta que se muere, no como yo, pues eso significa empedernido. Es que decimos "empedernido" con demasiada alegría sin darnos cuenta de su significado. Empedernido describe un estado de endurecimiento ontológico donde fijamos una conducta (o una creencia) de tal manera que se vuelve inmutable. Etimológicamente, la mayor parte de la palabra la ocupa el término petra, y el conjunto significa una petrificación de la voluntad. Vamos, que no hay quién te baje del burro.

    Sin embargo, aquí estoy yo, para llevar la contraria al adjetivo empedernido, que por otro lado me parece precioso. Si me esfuerzo, recuerdo los momentos en que vivía esa terquedad ontológica y no paraba de fumar. Nada más levantarme, encendía un cigarrillo y el mejor del día era el que me fumaba después de desayunar. Sí, es una decepción, pues tiene fama de ser el mejor cigarrillo de todos el poscoital. De ese no me acuerdo, y ahora estoy utilizando mi cerebro de viejo.

    Luego estaban los cigarrillos continuos en el trabajo, en mi casa, en la calle, en el campo, en la playa, en el coche, en el avión, en los aeropuertos, en el tren, en el andén del metro, en los bares y restaurantes, en los hospitales... joder, no paraba de fumar en todo el día. Y ahora... como si no hubiera fumado en mi vida. 

    Pues esto que me pasa con el tabaco, me ocurre con un montón de cosas, y no, no estoy utilizando mi cerebro de viejo. Palabrita de honor.









domingo, 25 de enero de 2026

Con ese tumbao que tienen los guapos al caminar

    


    Lo de ser guapo tiene que estar muy bien. Uno no se hace guapo a base de esfuerzo y dedicación, sino que le sale sin querer. Nace ya hermoso, como un bebé de esos que aparecen en los botes de leche maternizada, y esa hermosura le dura toda la vida. Así, sin tener que mover ni un dedo, ¡plas! nazco y a continuación soy guapo. Un regalo de los dioses.

    Los guapos tienen sus propios gestos que comparten sin tener que aprenderlos, y que nos están vedados a los del montón. La sonrisa cautivadora les sale sin pensárselo, como esa caída de ojos, siempre arrebatadora, con la que consiguen ablandar el corazón más duro. Yo intento hacer uno de sus gestos y es para partirse de risa. ¿Cómo lo harán los malditos?  Arquean las cejas y en lugar de ponérseles cara de sorpresa, como a todo el mundo, parece que a continuación van a dar la fórmula de la vacuna contra el dengue. 

    Los guapos ya tienen bastante con ser guapos, pero es que además no se les pone cara de idiota nunca. Esto sí que es una gran ventaja. Todos tenemos algún amigo muy inteligente que en algún momento le hemos pillado con cara de no tener ni idea de qué pasa a su alrededor.  Esto es algo que jamás le va a pasar a un guapo. 

    No sé cómo se las apañan, pero siempre adoptan gestos la mar de interesantes. Tienen control en cada uno de los músculos de la cara y saben cómo elevar una ceja dejando la otra imperturbable y que el conjunto, añadiendo brillo, vete a saber cómo, a sus ojos verdes, resulte convincente. Si a continuación dicen: "yo tengo la solución", da igual lo que diga, todo el mundo le prestará atención. 

     Quiero resaltar que he utilizado todo el tiempo el adjetivo "guapo", no como genérico que engloba también a las guapas, sino como restrictivo a los hombres. Curiosa y lamentablemente, las guapas se quedan en guapas, guapísimas, bellezones... sin más. Incluso muchos, y muchas, tratarán de encontrar alguna conexión de la guapa con la triste frase de "no se puede ser guapa y lista a la vez".

    Pues no está bien.









martes, 13 de enero de 2026

El día entre paréntesis



    


    Todos los días hay que leer una poesía o dos. Lo recomendable es una por la mañana, antes del desayuno, y otra por la noche, justo antes de ir a dormir. Sientan fenomenal. 

    Se trata de un tratamiento, valga la redundancia, de comprobada eficacia para combatir, entre otras cosas, la vulgaridad. También viene muy bien para mantener la mente despierta y la imaginación activa. Estimula el apetito por la lectura y tiene la enorme ventaja, aunque suene a perjuicio, de crear dependencia. No se conocen contraindicaciones y su uso prolongado alarga la vida. Bueno, esto último de que alarga la vida, es una exageración que me he sacado de la manga.

    Puedo enumerar más ventajas sin necesidad de inventármelas, que conste. Por ejemplo, no necesita receta y se  puede y debe administrar también a niños, aunque actualmente no hay mucha oferta en el mercado. Gloria Fuertes detuvo su producción hace tiempo y se nota ese vacío. 

    Y ahora que cito a Gloria Fuertes me vais a permitir una reflexión: en España tenemos magníficos escritores de literatura infantil y juvenil, pero ya no tenemos magníficos poetas que dirijan sus rimas, sus asonancias o sus versos libres a niños y jóvenes. Seguro que ganas no faltan, pero claro, morirse de hambre no es un incentivo que atraiga a muchos talentos.

    Precisamente, hoy he estado en una libraría en la sección infantil buscando El perro que dijo miau (extremadamente recomendable también para niños) y me ha llamado la atención que entre esos magníficos escritores de literatura infantil, hay legión que escriben sobre el fútbol. Nada que objetar, Dios me libre, pero me ha llamado la atención, eso es todo.

    Que conste que cuando he empezado hablando de poesía, no tenía ni idea de que la cosa iba a acabar en fútbol. Como los telediarios y como casi todo. 



viernes, 2 de enero de 2026

Me voy a ir yendo


    

Me voy a ir yendo. El español, me refiero al idioma, merece la pena hablarlo solo por poder decir, me voy a ir yendo y que todo el mundo te entienda. Una expresión con cinco palabras, tres son el mismo verbo conjugado en tiempos diferentes, que tiene un significado único. Único y preciso, la frase no admite interpretaciones ni ambigüedades; imposible ser más claro.

    No conozco una forma más elegante para anunciar la inminente partida tratando de que nadie sienta demasiado la ausencia. Cualquier despedida conlleva un abandono, pero dicho así, va a ser un abandono sin dolor.  Es como dejar de fumar de forma gradual, pausada, mucho menos traumático que hacerlo de golpe. 

    Me voy a ir yendo... da la sensación de que me voy pero que al mismo tiempo me quedo. Me voy pero sin querer, poco a poco, de forma que tú, ni te vas a dar cuenta. Así da gusto irse; nadie va a echar de menos a nadie.

    A Galileo Galilei, ya saben, el de "eppur si muove", le preguntaron, ya añoso, cuántos años tenía y contestó que unos doce más o menos. Luego explicó, que da la misma forma que si te preguntan cuántas monedas tienes, no contestas con las que te has gastado sino las que te quedan en el bolsillo, él se refería a los años que estimaba que aún tenía por delante. Digna respuesta de un matemático.

    Hoy es mi cumpleaños y la sensación que he tenido durante todo el día es la que encierra esa frase de inicio. Una sensación de me voy a ir yendo. Se puede referir a mí mismo, no lo sé, o quizá, ese me voy a ir yendo, es la frase que subconscientemente escucho en mi interior. No la digo yo, la dicen un montón de cosas que hasta ahora me han acompañado obstinadamente durante toda mi vida. Hoy, por fin, algunas han empezado a decirme: me voy a ir yendo. Tomo nota.








    


viernes, 26 de diciembre de 2025

Parvitas hominis


     


  La humanidad ha sufrido dos grandes ultrajes a lo largo de su historia. El primero fue cuando la física renacentista demostró que la Tierra no era el centro del universo, ni siquiera el centro del sistema solar. Después llegó Darwin y puso al hombre en su sitio, al lado del mandril y de la zarigüeya: un producto más de la evolución animal.

    Pero ahí no acabaron los disgustos para el pobre Hombre. Luego llegó Sigmund Freud y asestó otro golpe a los que aún, convencidos de su superioridad emanada de ser la criatura elegida por Dios, esgrimían su libertad como bien inigualable. Pues... tampoco. 

    Resulta que el psicoanálisis dejó al descubierto que ni siquiera somos dueños de nosotros mismos. Freud descubrió el subconsciente y la consecuencia de tenerlo, que significa que de libres, nada monada, ya que por encima, o por debajo, o por detrás de la voluntad del consciente, se esconden los condicionantes que impone el subconsciente. 

    La mayor parte de las veces actuamos movidos por fuerzas que ni siquiera sospechamos que tenemos y que además son determinantes. Hay fuerzas inconscientes y. subconscientes que escapan de nuestro dominio. Muchas se han formado en la niñez, cuando nadie miraba, pero ahí quedan. 

    Esta tontería que tenía el Hombre con ser perfecto, es comprensible. ¿Cómo no iba a ser superior si había sido creado por Dios a su imagen y semejanza? Una vez más, la realidad se impone, incluso a Dios bendito. 

    Casandro le recordaba a Alejandro Magno que era mortal, y que después de sus hazañas y conquistas moriría como todos. Para dejar las cosas claras, según algunas teorías,  se lo cargó. Este desenlace no es unánime, pero de que murió no queda ninguna duda.

    ¿A qué viene todo este rollo? Pues no sé, puede ser que la Navidad es un buen momento para la humildad, y este año me veo yo muy navideño. Hasta he comprado turrón, algo que no había hecho jamás.