viernes, 6 de noviembre de 2026

IA

    



    Dos letras y lo dicen todo. No se necesita más para cambiar el mundo. Fijaos: el Parlamento Europeo va a hacer obligatorio que los coches que se comercialicen en Europa, lleven detectores de presencia de bebés. Afectará a turismos y furgonetas ligeras, nada dice de camiones de gran tonelaje. Supongo que de algún estudio habrán sacado la conclusión de que los camioneros no se dejan olvidados a sus bebés en el interior de su camión.

    ¿Quiero insinuar, acaso, que la IA y sus infinitas aplicaciones nos está haciendo tontos? (al menos a los que no somos camioneros) Efectivamente, eso es exactamente lo que quiero decir. También quiero decir que es una enorme contradicción, no debería ser así. 

    Lo que la IA es capaz de hacer,  exige contar con una inteligencia humana que hasta ahora apenas podíamos imaginar. Al margen de las opiniones que cada cual pueda tener, es innegable que su desarrollo es asombroso, un logro que parece de ciencia ficción. Y, sin embargo, esta misma IA, nacida de una inteligencia humana superior, puede suponer su propia destrucción. Contradictorio de narices.    

    El ser humano tiene en su inteligencia la ventaja competitiva que cualquier especie debe tener si aspira a durar tanto como las cucarachas.

    Es el momento de hablar del Moa Gigante de Nueva Zelanda.

    Los moas eran aves no voladoras que vivían felices en Nueva Zelanda. No había grandes depredadores y esto les permitió evolucionar hacia tamaños gigantescos, algunos alcanzando casi cuatro metros de altura y más de 200 kg de peso. Su gran tamaño les hacía inmensamente poderosos, invencibles, y les permitía acceder a la vegetación alta. En un entorno seguro, ser grande es una excelente estrategia para la supervivencia. Peeeeero, de repente llegaron los humanos y en muy poco tiempo acabaron con ellos, precisamente porque eran demasiado grandes. Les faltaba agilidad para escapar de sus lanzas y tiempo para evolucionar a estrategias más apropiadas con el nuevo entorno. Resultado: extinción.

    Ahora, si no se pone remedio va a pasar lo mismo con nosotros. Y es una pena porque no habrá nadie para decir: "vivía la especie humana tan feliz (es un decir) en su hábitat natural, cuando de repente llegó el ser humano, y provocó su extinción". 

    ¿No es absurdo que seamos los causantes de nuestra propia extinción? Para mayor inri, nos vamos a exterminar utilizando la ventaja competitiva que tenemos para durar tanto como las cucarachas. 

    Una vez más, en la grandeza se esconde la miseria.



jueves, 29 de octubre de 2026

El juego X


    


    Había un juego muy practicado en las pandillas de entonces (de entonces, es de cuando yo formaba parte de una pandilla), que llamábamos... no me acuerdo, porque ese entonces se pierde en la lejanía. 

    El juego, vamos a llamarlo X, consistía en que alguien pensaba en un personaje relacionado con la pandilla, y los demás tenían que adivinarlo a base de preguntas que comparaban al personaje con cualquier otra cosa. Si fuera un animal qué animal sería, si fuera un libro qué libro sería, o si fuera un río, qué tipo de río sería... 

   Ya sabemos que las comparaciones son odiosas, por eso era un juego tan divertido; siempre había alguien que se enfadaba muchisimo, sobre todo si a la primera pregunta, qué animal sería, respondían que una cucaracha.

    Pues bien, acabo de enterarme de que ese juego también lo practican los libros, los animales, los ríos... poniendo de referencia a seres humanos. Es decir, esas mismas cosas con las que nosotros comparábamos a nuestro colega, hacen lo mismo con nosotros: juegan a X en sus pandillas y nos incluyen en las comparaciones que establecen para descubrir su personaje.

    Por lo menos, los muebles sí lo hacen. Lo sé porque  yo soy una cama. Supongo que un grupo de muebles, quizá en IKEA, aburridos, decidieron jugar a X, y quién tenía que proponer un miembro de su pandilla para ser adivinado, pensó en la cama.  Lo sacaron a la primera; un armario de dos puertas y doble cajonera preguntó: ¿si fuera un humano, quién sería?, y la respuesta fue: Tito. 

    Qué tío, acertó de pleno, era yo.


viernes, 23 de octubre de 2026

Somos salmones


     

    Casi todo el mundo dice que lo que más le gusta de la televisión son los documentales de animales que ponen después de comer, pero es mentira. Nadie los ve, todos se quedan fritos en el sofá, pero yo si los veo y puedo decir que no me gustan nada. 

    Empiezan con un animalito saltando feliz por una pradera, y al final se lo come alguien, y si se trata de un depredador, no se lo comen pero igualmente muere. Es preferible la siesta, sin ninguna duda, pero por cuestiones de horarios, a esas horas yo ya me he despertado de la mía, y no tengo más remedio que ver los famosos documentales de la 2. Cualquier otra opción, queda descartada. 

    Pues bien, de todos los documentales que he visto, además muchas veces pues se repiten más que un bolero, el que más me deprime es el de los salmones. Qué forma de amargarme la tarde. Empieza con unos salmones hermosos, espléndidos, nadando por ríos de aguas limpias, sorprendentemente limpias, no sé de dónde sacan esos ríos, y acaban peor que las gacelas devoradas por las hienas o las leonas famélicas que al final cascan con una pata hinchada porque las ha mordido una mamba negra. Lo de los salmones es mucho peor: mueren de viejos, y lo vemos. Joder, qué crueldad tan insoportable.

    La vejez de los salmones no es una vejez cualquiera, como la que puede tener una gacela que nunca llega a ser vieja, es una vejez como la nuestra, la de los seres humanos. Esta coincidencia es lo que hace que me resulte tan insoportable un documental sobre la vida de los salmones. 

    El salmón es un pez canónico, perfecto. Un animal fuerte, vigoroso, capaz de remontar caudalosos ríos sin pestañear y sortear cascadas de hasta 4 metros sin apoyarse con las manos. Es el Apolo de los peces, como el ser humano lo es de los simios. Pero cómo acaba, por dios, da pena verlo, qué vejez tan mala. Al final, termina deformado, feo como una tarasca. La mandíbula inferior sobresale grotescamente, en forma de pico de águila por fuera de su propia boca; el color da asco, las escamas aparecen despeinadas, como si se estuviera pudriendo aún vivo, y ya no lo quieren ni los osos. Lamentable.  

    Cuando veo en el documental un salmón al final de su vida, así, hecho una piltrafa, no puedo evitar pensar que yo voy a acabar igual que él. Ya he empezado, que conste. El otro día me fijé en que la uña del dedo gordo de mi pie izquierdo cada vez se parece más a la mandíbula inferior de un salmón. Por algo se empieza. Acabaré desovando en las fuentes de algún río, lo veo venir. 

    Sí, ya sé, la vejez es la única forma que hemos descubierto para seguir vivos a partir de cierta edad, pero ¿era necesario volvernos tan feos? No sé, no sé, aún siendo cierto que la vejez te proporciona sabiduría, no hay sabiduría que compense tanta pérdida.

    Vaya mierda.


martes, 8 de septiembre de 2026

Empieza el cole


     


    No hay nada peor que empezar algo con mal pie. Le quitan a uno las ganas de seguir, las cosas como son. Si de entrada, te das un porrazo, tienes que ser muy fuerte para no abandonar.  Así éramos antes, y así aprendimos a montar en bicicleta; nada, ninguna caída, nos desanimó en nuestro empeño.

    Ayer empezaron las clases en colegios, institutos y universidades del país, y no quiero imaginarme la oleada de desánimo que les habrá llegado a todos los adolescentes al enterarse hoy de los pésimos resultados que ha dado España en el informe PISA. El peor de la historia. 

    Hoy es el segundo día de clase, y ya saben que no se van a enterar de casi nada de lo que lean. Vaya plan. Y que en matemáticas van a tener el mismo nivel, con quince años, que un estudiante de trece del Reino Unido. Esto tiene que doler más que cuando nos caíamos de la bicicleta en nuestras primeras intentonas. Digo yo. 

    Esto me recuerda a un amigo mío que el otro día me dijo, que su propósito para el nuevo curso era leer menos. Es que no sabes la cantidad de tiempo que pierdo con los libros, me dijo. Yo, le entendí a la perfección pues a mí también me pasa. El problema es que el pobrecillo está enganchado a la lectura y no puede pasar un solo día sin estar un buen rato leyendo. Yo le aconsejé que lo dejara poco a poco. Mira, le dije, lo que tienes que hacer es comprarte libros que sean un auténtico coñazo, o que no te sirvan absolutamente para nada, ya verás como en un par de semanas se te quitan las ganas de leer.

    Mano de santo, oiga. Esta mañana lo he vuelto a ver y me ha dicho que está encantado, que ya no lee lo que se dice nada. Ahora, por fin, tiene todo el tiempo del mundo para hacer lo que le dé la gana, además del dinerito que se ahorra en libros. Desde luego, se le ve muy feliz.

    No, si al final, nuestros jóvenes estudiantes van a tener razón.






lunes, 31 de agosto de 2026

Fantasmas, fantasmones y fantoches.

     



    No hay nada más actual que hablar del pasado. Nos encanta. Para poder hacerlo es imprescindible tener eso, un pasado, algo que está al alcance de todo el mundo, niños incluidos. Sin embargo, antes, el pasado tenías que ganártelo, solo lo tenían las personas que habían vivido muchos años, es decir, los viejos, no como ahora que cualquier joven ya tiene tres  o cuatro pasados. 

    El presente cada vez dura menos, todo se desvanece en un decir Jesús, sin darnos cuenta. No estoy exagerando, mira tu teléfono móvil, ese chisme que tienes a tu lado desde que te levantas como si formara parte de tu cuerpo. ¿Lo ves? Ya es antiguo.

    Cuando yo era joven, el tiempo duraba muchísimo más, dónde va a parar. Nos daba tiempo a saborear la  última tendencia, las modas duraban lo suficiente para que todo el mundo se enterara de qué era lo que estaba pitando, no como ahora, que hay modas que nadie se entera de que ya han pasado. Hoy, los que "farmean" auras, mañana lo verán en Tik Tok y se verán ridículos. Lógico, yo los veo ridículos sin esperar a mañana. Nada que ver con lo de antes, yo me tiré diez años diciendo "demasié composé", que también era ridículo, por cierto.

    Hoy, mi amigo, el pintor Marcos Carrasco, me ha mandado una foto de un kiosco precioso que se ha encontrado paseando por su barrio. Abandonado, por supuesto. Pertenece a ese estilo fernandino que se puso de moda en Madrid en su mobiliario urbano en los ochenta: farolas, chismes muy voluminosos redondos dónde colocaban publicidad, kioscos, bancos,... ahora, todo aquello apenas se ve y cuando se ve, se ve que son fantasmas.

     El kiosco, sea fernandino o como sea, ya es un fantasma. Un fantasma de los de antes, de los que han vivido durante mucho tiempo y ahora vagan arrastrando sus cadenas poniendo todo perdido de ectoplasma, no como los fantasmas de ahora, que ni arrastran cadenas ni tienen ectoplasma ni han vivido muchos años. Son fantasmas que no asustan a nadie, fantasmas que no tienen vida, si me permitís el pleonasmo.

   Ahora tenemos fantasmillas sin ninguna personalidad. Son los llamados fantoches de toda la vida. Una mierda.


    Os pongo un enlace de Instantes Narrativos, el canal de YouTube que manteníamos mi amigo Marcos y yo, donde los protagonistas son los quioscos ya cadáveres. Entonces escribí quiosco con "Q" y ahora con "K". Qué más les da a ellos si ya no existen. Pobres.




Y este es el quiosco, ya fantasma, que se encontró el otro día Marcos. ¿Da pena o no? Pues eso.







domingo, 16 de agosto de 2026

Yo sigo con el eclipse

    



Muchas veces me he preguntado qué nos hace diferentes a las personas. No me refiero al aspecto físico, eso es obvio, sino a lo que somos independientemente del cuerpo. ¿Por qué a mí me parece que bombardear un hospital es intolerable, y mi vecino lo justifica porque... ¡yo qué sé, pero le parece estupendo! ?

    La diferencia está en cómo pensamos sobre lo que nos rodea, esa es la diferencia y por eso somos diferentes mi vecino y yo. Las personas nos diferenciamos por los pensamientos que tenemos.

    El ser humano tiene, como promedio, 86.000 millones de neuronas, que se dice pronto. Todo el mundo sabe, incluso los que tienen muchas menos, que el pensamiento se produce gracias a esas células de aspecto absurdo. ¿Cómo se realiza el fenómeno? De la manera más sencilla: recibimos un estímulo y varias zonas del cerebro procesan esa información y a continuación, ¡zas! se produce un pensamiento. Ese estímulo puede ser simplemente escuchar una palabra, o contemplar... una estrella.

    Atención, porque ahora viene lo bueno. Si dos personas piensan EXACTAMENTE lo mismo durante una fracción de segundo, podemos decir que durante esa fracción de segundo no hay diferencia entre esas dos personas, ya que tienen el mismo pensamiento, y por tanto son IDÉNTICAS. Es poco tiempo, vale, pero es innegable que en ese momento, dos, o más personas, se han convertido en solo una. Han pasado de ser, quizá multitud, a formar un único ser independiente. 

    Estoy convencido de que el pasado 12 de agosto, durante unas fracciones de segundo, muchos de los humanos que contemplamos el eclipse, fuimos el mismo individuo. Muchos de nosotros, a través de nuestras neuronas, cada uno las suyas, procesamos la información que recibíamos, con el resultado de obtener todos el mismo pensamiento. Entonces, justo en ese momento, no había diferencia entre nosotros, éramos el mismo tipo, neurona por neurona. 

    Pues ahí no acaba la cosa. Recuerdo que cuando yo tenía 16 años, mi novia y yo decidimos, la primera vez que nos separamos por vacaciones, mirar a una estrella a las once en punto de la noche. Albergábamos la romántica idea de que esa estrella fuera la misma. No nos habíamos planteado nada de lo que acabo de decir, pero ahora veo claro que lo que deseábamos  inconscientemente, era ser la misma persona durante unos segundos. 

    Qué bonito es el amor, ¡qué bonito!





viernes, 31 de julio de 2026

No hay despedida sin dolor



    Últimamente estoy empezando a obsesionarme, y eso no es nada bueno. Uno no se obsesiona en general, claro, sino que se obsesiona con algo concreto. En mi caso me estoy obsesionando con el paso del tiempo y lo que eso significa para los que estamos vivos. 

    El hombre siempre ha tratado de encontrar la gran diferencia que le separa del resto de animales en una clara demostración de su convencimiento de superioridad, y todo lo que ha encontrado es que nosotros sí somos conscientes de que nos vamos a morir. Por lo visto, los demás seres vivos ignoran este dato, lo que les evita obsesionarse, como me estoy obsesionando yo. Tiene narices, la gran diferencia entre un chihuahua y yo, juega en mi contra, y mientras él es feliz hasta que estira la pata, yo me paso los últimos años en un sinvivir. Y luego decimos que somos superiores, hay que fastidiarse.

    Como pasa con cualquier obsesión, me veo impulsado a reservar cierto tiempo al día para pensar sobre la mía. Yo me tomo muy en serio esto de las obsesiones, quizá porque solo tengo una, y procuro dedicar, por lo menos, media hora diaria a darle vueltas al paso del tiempo. 

    En mi sesión de ayer llegué a la siguiente conclusión, que me parece que se va a convertir en otra obsesión. Pensé, que cuando me muera y me vaya al infierno (la otra opción queda  descartada por inconfesables motivos) voy a echar mucho de menos a mis vivos y eso me va a matar de pena. Porque se habla mucho de todo lo que los vivos lloramos cuando se nos muere un ser querido, pero nadie dice nada de lo mucho que llorará el muerto por el mismo motivo. El sentimiento de pérdida es recíproco. 

    En otras palabras, si yo me muero, me echarán de menos media docena de personas, pongamos por caso, pero quién sale perdiendo con la separación soy yo que echaré de menos, no a una persona, sino a seis. 

    La conclusión es que los muertos lloran a sus vivos lo mismo que los vivos a sus muertos, pero como cada muerto tiene más vivos que añorar, el sufrimiento será mayor. 

    Prefiero lo del chichuahua.