viernes, 1 de julio de 2022

Tal como éramos


 Hace tiempo que no quedo con amigos y esto es motivo de queja por su parte. No me extraña, pues los amigos están, entre otras cosas, para verse y yo hace más de cinco años que no veo a ninguno, quizá ocho o diez... no sé, por ahí anda la cosa, puede que más.  

Cuando llevas tanto tiempo inventándote excusas para no asistir ni a cenas, comidas, cumpleaños, aperitivos, bautizos, bodas y otros eventos sociales, es difícil encontrar una nueva que resulte medianamente convincente, de modo que el jueves pasado, finalmente,  prometí que acudiría a una de sus reuniones. 

Fue traumático. De repente me encontré rodeado de gente muy mayor que me saludaba como si me conocieran de toda la vida, y por lo que deduje, tenían razón, me conocían de toda la vida. Lo que yo no recuerdo es cuando me hice amigo de tanto viejo. Y los temas de conversación... ¡por favor! Era como hablar con un vademecum de medicamentos. Lo que no me explico, a juzgar por sus comentarios y quejas, es que siguieran vivos. 

Esto último no es aplicable a todos, pues alguno había muerto recientemente, según pude enterarme. ¿Te acuerdas de Alejandro, el que te quitó la novia porque él era más joven que tú, hace ya algunos años? (risas de todos los asistentes) Bueno, pues murió la semana pasada. Estuve a punto de decir que me alegraba mucho, por pisarme la novia, que la recordaba como una de las chicas con mejor tipo que he conocido en mi vida, y... que también estaba en la reunión. No la hubiera reconocido en toda una eternidad. ¿Pero qué le había pasado, virgen santa? Me presentó a su marido (a Alejandro lo dejó muchos años atrás), y era el hombre más gordo, calvo y encorvado que cabe imaginar. Era el que presumía de tener una artritis espantosa pero que con pastillas de Ana María Lajusticia, conseguía levantarse todas las mañanas. Un tipo así no encajaba con mi bella Alicia, bueno, en estos momentos sí, por lo que ya he comentado de cómo se encontraba la bella Alicia. Un asco.

Me aparté disimuladamente a un rincón para poder observar en detalle a cada uno de los presentes y mi estupor no hacía si no crecer. Entonces tomé la decisión más sabia del día: salir sigilosamente de ese espantoso lugar lo antes posible.

Lo hice con cautela procurando pasar sin ser visto por el espejo que siempre hay en los recibidores de las casas. Son objetos que si los miras, puedes acabar convertido en piedra, o algo peor: en polvo.


LEONCIO LÓPEZ ÁLVAREZ


sábado, 18 de junio de 2022

Estoy en la higuera

 


La naturaleza no deja de mostrarme su sabiduría con ejemplos que son contraejemplos de lo que aceptamos como natural. Eso que ven en la fotografía, colgando del techo, y de considerable tamaño aunque no se aprecie, es nada menos que un árbol, exactamente una higuera. Yo, si fuera higuera, también estaría al revés, estoy seguro.

Hay cosas inimaginables para unos y para otros, en cambio, ves que encajan a la perfección. Una higuera colgando del techo, no extraña a nadie, pero todo el mundo vería que eso es algo imposible para un roble. Lo bueno de la higuera es que te puedes esperar de ella cualquier cosa, es un árbol que está como una auténtica cabra.

Las higueras son célebres por crecer en los lugares más inverosímiles, quizá en la grieta de una roca, o en la pared vertical de un acantilado, pero echar raíces  en la bóveda de las ruinas de unas termas romanas, es lo nunca visto. El presente ejemplar está en Bacoli, muy cerquita de Nápoles, a la entrada, o la salida según se mire, de unas termas de antes de Cristo, como ya ha quedado dicho.

¿Cómo ha llegado a crecer boca abajo? Pues de la misma forma que boca arriba, ya que en nada difiere esta higuera antípoda con otra que tenga los pies en la tierra. Por lo visto da unos higos estupendos y de excepcional calibre, siendo los más sabrosos, como siempre, los que están en la parte más alta del árbol, en este caso,  los más sencillos de coger. Por fin, una higuera que para recoger lo mejor que da, basta con agacharse ligeramente. Hubiera sido el paraíso de Platón y de Aristoteles, entre otros grandes filósofos clásicos de la Antigua Grecia, que como sabemos, eran entusiastas comedores de higos. Y quién no, están buenísimos. Los higos.

La frase, "estar en la higuera", en este caso, añade una nueva dimensión a su significado, haciendo más evidente la analogía buscada. Propongo acuñar la expresión "estás en la higuera de Bacoli" para cuando el caso de distracción del aludido, es de tal magnitud, que exige recurrir a la exageración.

Lo bueno que tiene, por añadir una cualidad más a la higuera referida, es que resulta imposible caerte de ella, y si te caes, porque te has encaramado a sus ramas y luego no ves manera de bajar, subir más bien, te caes para arriba. El porrazo es el mismo porque el suelo está arriba, no vamos a engañarnos, pero en cualquier caso, la experiencia es única. 


Leoncio López Álvarez


jueves, 26 de mayo de 2022

Fumando espera

 


Dejé de fumar hace veintiún años, que se dice pronto. Veintiún años sin pasar por un estanco y según digo esto, me doy cuenta de que los estancos son tiendas totalmente desaprovechadas. Las únicas mercancías que puedes encontrar entre sus paredes,  están todas dedicadas al mismo vicio. Serían más rentables si también pudieras encontrar allí artilugios para satisfacer otras debilidades, así, el multivicioso, en un solo viaje, se podría proveer de todo lo necesario para pasar una tarde estupenda. Pero esa es otra historia.

El caso es que el otro día pasé por delante del estanco que yo solía frecuentar cuando fumaba, y me quedé de una pieza, o dicho de otra forma, me quedé hecho pedazos que parece lo contrario pero es lo mismo. Tengo que decir que el estanco tiene un enorme ventanal desde el que se puede ver desde fuera todo su interior, al menos el mostrador, y por milagro de la refracción de la luz, sin ser visto. Me detuve a mirar, no sé por qué, y  me llamó la atención algo terrible, algo que hizo que se me encogiera el corazón: el dependiente. El dependiente estaba detrás del mostrador, sentado en un taburete alto, con el codo apoyado en una rodilla y la mirada perdida sobre una vitrina con mecheros de todo tipo. 

Parece algo normal en un estanco, ¿verdad? ¿Qué tiene de terrible? Lo terrible... es que se trataba del mismo dependiente que hace veintiún años. Estaba exactamente en la misma postura que solía poner entonces, en el mismo taburete y con la misma mirada, solo que más envejecida, perdida en la misma vitrina. Seguramente, los mecheros ya no fueran los mismos, pero el resto era tal cual.

Ese señor, con el que durante mucho tiempo, quizá otros veinte años,  mantuve una relación casi de amistad, pues lo veía a diario y muchas veces pegábamos la hebra (en un estanco no tiene nada de extraño), seguía en la misma postura, con la misma ropa y en el mismo taburete, que la última vez que fui a comprar un paquete de Camel. 

Echando cuentas, el estanquero llevaba más de cuarenta años haciendo exactamente eso y exactamente de la misma forma. Ocho horas diarias sentado en un taburete mirando una vitrina con mecheros. De vez en cuando entra un parroquiano, cada vez menos, le pide un paquete de cigarrillos, comenta un par de tonterías sobre la actualidad, y a por otros veinte años. Sin moverse de su incómodo asiento, sin apartar la mirada de un montón de mecheros Bic, que visto uno, vistos todos.

No sé por qué, pero me acordé de los zoológicos; bueno, sí sé por qué: ese dependiente era lo más parecido a un oso o a un elefante que había visto en mi vida. Encerrado en un cuchitril, con un montón de gente desfilando por delante de él a diario, que lo miran, le dicen un par de frases cortas y se van. 

Deberían prohibir los zoos para no hacer asociaciones tan terribles. Todos tenemos un estanco en alguna parte de nuestra vida.



Leoncio López Álvarez

martes, 24 de mayo de 2022

Si vais a la Feria del Libro de Madrid...

           


Si tenéis pensado ir a la Feria del Libro del Retiro, y la casualidad determina que paséis el lunes 30 de mayo, entre las 18:00 y las 20:00 horas... ¡Podemos vernos!

Yo estaré, en la caseta 205 detrás de una cola enorme firmando libros, con Javier Pioz, coautor de La sonrisa escondida.





PEEEEEEEERO....

... Si el destino prefiere que sea el miércoles 1 de junio, el día que paséis por la Feria, en tal caso ¡también podemos vernos!

Estaré en la caseta 339 por la mañanita, de 12:00 a 13:00
terminando de gastar la tinta que haya quedado del lunes.




Si no nos vemos este año, no será porque yo no he hecho lo posible...

Leoncio López Álvarez

martes, 26 de abril de 2022

Lentos, silenciosos y ricos.

 


Todos nos emocionamos cuando vemos los campos coloreados por multitud de diferentes flores, porque  anuncian la llegada de la primavera, ¿y a quién no le gusta la primavera? Correcto, pero, ¿qué pasa con otros indicios de la naturaleza, también con título de pregoneros? Me refiero a mis queridos caracoles. Nadie los tiene en cuenta ni comentan lo bonitas que se ponen las praderas, pletóricas de caracoles, con su rastro de babas brillando bajo el sol.

Es un trato desigual e injusto. Los campos se llenan de estos maravillosos gasterópodos en los primeros días del florido mes de abril, y nadie les presta la mínima atención, salvo los lagartos y tortugas que se los comen. También nos los comemos los humanos, aunque algunos tuercen el gesto solo con imaginárselo. Vale, si no te gustan no te los comas, pero tampoco los desprecies. Por ejemplo, ¿por qué no regalar un ramillete de caracoles por san Jordi? Luego el que se los quiera comer que se los coma y el que no, que los ponga en un florero.

Los caracoles son unos animales con una vida interesantísima y totalmente desconocida. Por ejemplo, su esperanza de vida es de siete años ¡Viven la mitad que un gato! 
Ahora tengo dos gatos, pero cuando era pequeño, recuerdo que una de mis mascotas fue un caracol. Lo tuve durante dos años largos y lo alimentaba con hojas de lechuga. Yo creo que era el caracol más feliz del mundo, y probablemente también el más sorprendido. Lo guardaba en una caja de zapatos (en aquella época todo se guardaba en cajas de zapatos o en cajas de galletas), y una mañana, misteriosamente, apareció con la concha rota. Fue uno de los días más tristes de mi infancia. Al poco tiempo murió. Por supuesto le hice un entierro con gran ceremonia y boato.

Desde entonces, mi amor por los caracoles ha continuado incólume, aunque transformado. Ahora en lugar de cuidarlos en una caja de zapatos, los dispongo en una cazuela con los pertinentes aditamentos, y cuando están en su punto, les rindo merecido homenaje en el altar del sacrificio supremo.

Por cierto, muchos se preguntarán, que dónde se meten cuando pasa la primavera, pues en cuanto empiezan los calores desaparecen del paisaje, como las mismas flores, y hemos quedado en que viven siete años. Pues resulta que los caracoles hibernan, tal como hacen los osos. Vale, hibernan, seguirá  el inquieto lector de antes haciéndose preguntas, pero el invierno empieza en invierno, y en junio ya resulta extraño encontrarte con un caracol, ¿entonces, qué pasa durante el verano con ellos? 

Pues francamente, no tengo ni la menor idea, el caso es que están muy ricos. 



viernes, 18 de marzo de 2022

Somos troncos

 



Según he leído recientemente, existen cinco fases diferenciadas del sueño. Aunque para lo que voy a decir sólo me interesa un momento determinado de cuando estamos dormidos, voy a describir rapidísimamente las cinco etapas porque nunca viene de más saber lo que nos pasa durante la tercera parte de nuestra vida. Nada menos.

Fase uno o etapa de adormecimiento. Esta parte mola mucho, es cuando notas que se te están cerrando los ojitos irremediablemente. Mola aunque a veces te ocurra en el momento menos apropiado. A todos nos ha pasado. 

Fase dos, de sueño ligero. Es la que más dura, aproximadamente la mitad del sueño total. A pesar de que la llamen, sueño ligero, puede ser extremadamente profundo. Nuestras pulsaciones bajan una barbaridad, tanto que el cerebro tiene dificultades para contactar con el cuerpo. Cuando esto sucede, envía un impulso para confirmar que ese cuerpo que continuamente está controlando y que ahora parece que se le va, sigue estando ahí y que no pasa nada. Esto resulta escalofriante, pero es así. La repentina sensación que tenemos dormidos de que caemos por un abismo (soñar que caemos), sucede en ese preciso instante. Da miedo, pero el respingo que sufrimos al precipitarnos por el hueco del ascensor onírico, nos salva la vida.

La fase tres dura muy poquito, entre dos y tres minutos, y es la fase de transición al sueño profundo, por lo que yo la llamo la fase chorra.

La fase cuatro, es, como ya he adelantado, de sueño profundo o fase delta. Ocupa el veinte por ciento del sueño total y es muy importante porque es la etapa reconstructiva del sueño. Es cuando nos reponemos, nuestro cerebro se recupera del cansancio del día. También es cuando se secretan las hormonas del crecimiento y otras similares para curar músculos y reparar los daños que se encuentren por los tejidos, y ya que están, supongo que atenderán otros pequeños problemillas que siempre aparecen en un cuerpo que ha estado dieciséis horas danzando por el mundo.

La fase cinco, que todo el mundo conoce, incluso yo, antes de enterarme de todo esto porque no consigo dormir bien, es la fase REM, que es cuando se producen los sueños. Sin duda es la fase más divertida, sobre todo con determinados sueños.

Toda esta introducción me sirve para que todos seamos conscientes de que si el cerebro se desconecta totalmente del cuerpo (fase dos), y luego no se vuelve a conectar de nuevo, el resultado es que palmamos sin darnos cuenta. Así: plas. Esa noche nos quedamos sin fase REM, mala suerte. A cambio nos morimos plácidamente, sin enterarnos, y eso, según en que momento de la vida te pille, es estupendo.

Y ahora viene lo bueno. Como hemos visto, dormir es morir un poquito, es un tiempo que para todos los efectos no cuenta y despertar es como si resucitáramos. Todos los días morimos y todos lo días resucitamos a golpe de despertador.  No lo tenemos interiorizado, pero es así. Por otro lado, cualquier médico, psicólogo, terapeuta y gente bien informada, dicen que lo más importante para vivir bien, es dormir mejor. Es decir, para llevar una vida sana es preciso que su opuesto, morir durante unas horas, se produzca de forma regular y sin tropiezos. Es algo así como si para que nos quede dulce el pastel, le tuviéramos que añadir cada cierto tiempo una cucharadita de sal.

Cuanto mejor morimos por la noche, mejor viviremos por el día. Esta es la conclusión contradictoria que me está obsesionando últimamente, pero me obsesiona mucho más lo de soñar que me caigo por un abismo.  Nunca me ha resultado completamente placentero, pero ahora que sé que se trata de una llamada angustiosa de mi cerebro para ver si su cuerpo (el mío, yo) sigue ahí, es mucho peor. Seguro que cuando me ocurra y me venga esa visión de caída por un precipicio, me la pego irremediablemente contra el suelo. Verás.



Leoncio López Álvarez


viernes, 11 de marzo de 2022

Apocalítico desintegrado




Cuando sucede algo bueno, muchas personas dicen "gracias a Dios".  ¿Cuál es la fórmula homóloga de responsabilidad divina para cuando aparece la catástrofe? Ahora podría decirse, desgracias a dios, estamos en guerra, o a dios desgracias, ha subido la electricidad una barbaridad. Sin embargo esas expresiones no existen, lo que demuestra un partidismo considerable en los que creen en la Divina Providencia. 

Así da gusto, si solo te achacan las cosas buenas y de las malas ya se buscará a otro responsable, puedes estar tranquilo en tu pedestal. Eso les pasa a los dioses, y también a los líderes terrenales. Al menos a los líderes terrenales dictadores, que, por cierto, necesitan la colaboración de la ceguera de sus seguidores, porque si no, tampoco. Como los propios dioses.

Iba a decir que los grandes imperios han nacido a partir de grandes líderes con seguidores obedientes (se puede ser obediente por muchas razones, el miedo es la más extendida), pero como tengo mis dudas no lo digo. Pero hay algo que sí tengo claro, mejor dicho, clarísimo: la democracia no es consustancial al ser humano, o dicho de otra manera, la democracia es antinatural. A los hombres, como a los chimpancés (y a los ciervos, búfalos, leones...) les va más el orden totalitario. Un líder incuestionado, el macho alfa sin competidor (ejemplo Putin). 

La democracia es un sistema de organización social muy sofisticado, demasiado sofisticado para mentes simples. Duele reconocerlo, pero admitámoslo, en conjunto nos comportamos como una gigantesca mente simple. Esto no es óbice, cortapisa o valladar, como decía un profe que tuve, para que individualmente se puedan observar destellos deslumbrantes de genialidad.

¿Dudas? Basta con observar cualquier grupo de guasap, en los que siempre aparecen opiniones que son dictados, o cualquier ciudad, comunidad autónoma, país (nuestro parlamento es un triste ejemplo), continente y, ya puesto, planeta habitado por humanos, para darnos cuenta de que la democracia nos resulta desconocida.

Y ahora estamos en el mejor momento de nuestra historia, porque las democracias, totales o no, que nunca son totales, son de reciente implantación.

Cuando las guerras decididas e iniciadas por el macho alfa correspondiente se libraban a base de mamporros, eran dolorosísimas pero no ponían en peligro la supervivencia del planeta. Ahora, sin que haya evolucionado la mente de los machos alfas, si lo ha hecho la forma de darnos mamporros, y las guerras además de dolorosísimas, ponen en peligro la supervivencia de todos. Aunque no haya ninguna bomba atómica, el hundimiento de la economía global es suficiente para asolar todo el planeta. 

Dicen que durante la guerra, los políticos ponen las armas, los pobres ponen el hambre y los ricos ponen la comida; después de la guerra los políticos recuperan las armas, los ricos hacen negocio y se hacen más ricos y los pobres, cuyo número ha aumentado estrepitosamente, siguen poniendo el hambre.

Soy consciente de la ausencia de unidad en lo que estoy diciendo y de que voy de un lado para otro como gallina sin cabeza, pero es así como me siento. Llevo unos días que me miro en el espejo y me veo con plumas pero sin cabeza; no me conozco, estoy apabullado por todo lo que está ocurriendo.  Mi cerebro aún no ha asimilado la nueva realidad pero intuye que va a ser cada día peor y eso me produce un intenso desasosiego. Miro hacia adelante y me da escalofríos lo que veo. Miro hacia atrás el último par de años y, siendo una mierda, sé que lo que nos espera va a ser peor. 

He llegado a pensar que lo que me ocurre es que he cogido la Covid, y que en mi caso se manifiesta con unos síntomas así de raros. También puede ser que estoy sufriendo las primeras manifestaciones de una enfermedad nueva. Si alguno de vosotros también notáis lo mismo, ya no hay duda: es una nueva pandemia. Lo que nos faltaba.


Leoncio López Álvarez