Todos tenemos un lado oscuro. No voy a ser yo el único. Hay una parte de mí que procuro mantener oculta porque, las cosas como son, me avergüenza cuando se desvela. Sí, amigos, albergo rincones a dónde no llega la luz de la razón, ni de la piedad ni de la ternura, que normalmente consigo tener bajo control.
La sinceridad no exime de la culpa, lo sé, pero el poder purificador de la confesión es tan útil que sería una tontería no hacer uso de ella. Así pues, voy a hacer público la última manifestación de mi lado oscuro.
Volvía yo a mi casa de hacer unos recados que no viene al caso detallar, cuando al entrar en una calle me encontré con un pequeño atasco de cinco o seis coches. Tengo que aclarar, que donde vivo, seis coches parados en una calle, es ya un gran atasco que merece una explicación.
Cuando detuve el coche, atisbé impaciente a ver si conseguía descubrir quién era el pelmazo que estaba originando el imperdonable embotellamiento. Tengo que decir en mi defensa que ese día me había levantado de un humor de perros, todos tenemos un mal día. Enseguida vi que se trataba de un coche detenido en mitad de la calzada, con las puertas abiertas, y alguien en su interior tratando afanosamente de salir sin conseguirlo de manera satisfactoria. Creo que eran unos doscientos niños, no estoy seguro del número, justo enfrente hay un colegio y caben todas las posibilidades.
En la puerta del coche, un individuo, hacía señas a los coches detenidos detrás, para que pasaran de forma ordenada. Un detalle por su parte que trataba de compensar el trastorno de estar parado en mitad de la calzada cuando podía haberse detenido a un ladito, sin molestar a nadie.
Pasa, el primer coche, pasa el segundo, el tercero... y cuando llega mi turno, me fijo en el individuo culpable de provocar el monumental atasco aunque intentara torpemente solucionarlo, y con gran elocuencia le muestro mi mano derecha con el medio bien tieso y visible, para dejar bien claro lo que yo pensaba de su espontánea actitud para organizar el tráfico.
¿Por qué le hice la peineta al buen señor? Pues sencillamente porque me pareció un capullo, no hay más razones. Pero claro, no se puede ir haciendo la peineta cada vez que te encuentras con alguien que te parece un capullo. A no ser, que te resulte imposible reprimir tu lado oscuro.






