Muchas veces me he preguntado qué nos hace diferentes a las personas. No me refiero al aspecto físico, eso es obvio, sino a lo que somos independientemente del cuerpo. ¿Por qué a mí me parece que bombardear un hospital es intolerable, y mi vecino lo justifica porque... ¡yo qué sé, pero le parece estupendo! ?
La diferencia está en cómo pensamos sobre lo que nos rodea, esa es la diferencia y por eso somos diferentes mi vecino y yo. Las personas nos diferenciamos por los pensamientos que tenemos.
El ser humano tiene, como promedio, 86.000 millones de neuronas, que se dice pronto. Todo el mundo sabe, incluso los que tienen muchas menos, que el pensamiento se produce gracias a esas células de aspecto absurdo. ¿Cómo se realiza el fenómeno? De la manera más sencilla: recibimos un estímulo y varias zonas del cerebro procesan esa información y a continuación, ¡zas! se produce un pensamiento. Ese estímulo puede ser simplemente escuchar una palabra, o contemplar... una estrella.
Atención, porque ahora viene lo bueno. Si dos personas piensan EXACTAMENTE lo mismo durante una fracción de segundo, podemos decir que durante esa fracción de segundo no hay diferencia entre esas dos personas, ya que tienen el mismo pensamiento, y por tanto son IDÉNTICAS. Es poco tiempo, vale, pero es innegable que en ese momento, dos, o más personas, se han convertido en solo una. Han pasado de ser, quizá multitud, a formar un único ser independiente.
Estoy convencido de que el pasado 12 de agosto, durante unas fracciones de segundo, muchos de los humanos que contemplamos el eclipse, fuimos el mismo individuo. Muchos de nosotros, a través de nuestras neuronas, cada uno las suyas, procesamos la información que recibíamos, con el resultado de obtener todos el mismo pensamiento. Entonces, justo en ese momento, no había diferencia entre nosotros, éramos el mismo tipo, neurona por neurona.
Pues ahí no acaba la cosa. Recuerdo que cuando yo tenía 16 años, mi novia y yo decidimos, la primera vez que nos separamos por vacaciones, mirar a una estrella a las once en punto de la noche. Albergábamos la romántica idea de que esa estrella fuera la misma. No nos habíamos planteado nada de lo que acabo de decir, pero ahora veo claro que lo que deseábamos inconscientemente, era ser la misma persona durante unos segundos.
Qué bonito es el amor, ¡qué bonito!
