martes, 31 de octubre de 2023

Coincidencias


.                                                        Foto propia. No tenía ganas de dibujar daditos.


Una de las cosas más asombrosas que hay en la vida son las coincidencias. Son desafíos a la ley de probabilidades. Por ejemplo, llevas años sin ver a tu amigo Manolo y precisamente el día que te llama para invitarte a una mariscada, es cuando tienes hora con el cardiólogo. Lo de ver a Manolo es lo de menos, lo sientes por la mariscada, pero sabes que si anulas la cita con el médico, la siguiente te la pueden dar para dentro de cuatro meses y no es cuestión de poner en peligro tu vida. 

Hay veces que las coincidencias son dobles o triples: el día que te llama Manolo y tienes cita con el cardiólogo, dan una conferencia en la Fundación Juan March que no te perderías por nada en el mundo, y además es el cumpleaños de tu jefe que te ha rogado que no le falles.

Estas cosas suceden con una frecuencia pasmosa. Iba a poner increíble, pero es más atinado "pasmosa" pues te quedas asombrado, sorprendido y atónito, mientras, SÍ es creíble, ¿cómo no te vas a creer algo que no para de sucederte? Al menos, a mí, me pasa con irritante frecuencia. 

Hay dos tipos de coincidencias: las malas y las buenas. En mi caso sólo me ocurren las malas, y son malas, no por las consecuencias que traen, que en general no traen ninguna, sino porque significa que tienes que  renunciar a otras opciones. 

A mí me cuesta muchísimo trabajo renunciar a ninguna opción; las quiero todas. Por eso soy tan desordenado. Desordenado a los ojos de los demás, para mí no es desorden, sino incapacidad para renunciar a otras opciones. Tengo mi escritorio lleno de opciones, mi despacho, ni te cuento y si abres mi armario, podrás ver opciones que ya están pasadas de moda. Pero me da igual, ahí se quedan.

Luego están las coincidencias que son de mentirijilla. Por ejemplo, cuando  después de meses sin saber nada de tu primo, te llama y lo primero que le dices es: "qué casualidad, precisamente te iba a llamar yo a ti en este momento". Son coincidencias que nadie se cree y aún así mantenemos la esperanza de ser creídos cuando ocurre. Son coincidencias de mentirijillas, inocentes y que no ofenden porque no hay intención de hacer mal. 

Las coincidencias buenas... de esas no hemos hablado, y es porque cuando ocurren, no nos damos cuenta de que ocurren, y son las que de verdad, cambian la vida.


Leoncio López Álvarez


sábado, 12 de agosto de 2023

Sentirse superado

 

Los acontecimientos siempre nos superan. Esta frase siempre me ha parecido  inextricable, incluso inescrutable. ¿En qué nos superan los acontecimientos? Ahora que, en teoría estoy de vacaciones, he decidido dedicar el tiempo que haga falta a desentrañar su significado.

Pasada una hora de arduas cavilaciones he llegado a vislumbrar el concepto que esconde la frase sin que su articulación sintáctica haya aportado ninguna ayuda. Es que yo, cuando estoy inspirado, las pillo al vuelo sin mayores asistencias que mi intuición. De modo que ya me hago una idea de lo que quiere dar a entender la galimática frase.

Una vez aclarado el sentido he caído en que yo, en estos momentos, estoy superado por los acontecimientos. Vaya putada. Si lo sé no investigo. Pero hay que ser valiente y afrontar la realidad. Eso sí,  dado que practico hasta donde el conocimiento me permite, el estoicismo teórico, mi postura se mantiene dentro de la ataraxia exigida por Epicteto.

Os preguntaréis, los más empáticos, en qué he sido superado por los acontecimientos. Pues lo voy a decir sin tapujos: de repente tengo un montón de muebles, lámparas, cuadros y objetos de variados tamaños que me sobran. Estoy rodeado de cosas que ya no caben en mi casa. Llevo casi un mes subiendo a Wallapop sofás (de Natuzzi, una ganga, oiga), mesas, mesillas, arcones, sillones de estilo inglés con acento de Cambridge, calzadoras que también cumplen para descalzarse, piezas únicas de singular belleza en imitación a ébano... un sinfín de cachivaches que lamentablemente me veo obligado a desprenderme de su fiel compañía. 

Hasta el día de hoy, los resultados no pueden ser más catastróficos. Nadie se ha interesado por estos chollos. Estoy empezando a pensar que Wallapop es una trampa en la que absolutamente nadie llega a comprar nada. Es imposible que mi mercancía, a unos precios irrisorios, no haya despertado el interés de gente con buen gusto que ama la belleza de objetos que casi son obras de arte.

Mientras tanto, tengo un mobiliario duplicado en el jardín esperando a que las primeras lluvias acaben con su incomprendida existencia. 

Es el sacrificio demandado para que yo haya entendido por fin, la frase,  Los acontecimientos siempre nos superan.


Leoncio López Álvarez

martes, 11 de julio de 2023

Somos como somos, y cómo somos




Ya sabemos cómo somos los humanos, tan distintos unos de otros. Al menos, todos pensamos que somos únicos, y casi seguro que lo somos. Aunque si esto de las personalidades fuera como lo de los pelos, estaríamos repetidos. Quiero decir que hay muchas personas que tienen exactamente el mismo número de pelos en el cuerpo. Una coincidencia tonta, sí, pero inevitable. Vamos a dejar lo de los pelos, el caso es que cada uno es como es. Pero hay algunos que cómo son...

No está bien hablar de uno mismo, pero voy a decir cómo soy yo, porque de eso va la cosa. Soy normal. Punto. 

¿Me conformo con mi normalidad? Pues sí y no. Estaba conforme hasta que el otro día escuché a una señora hablando de alguien que para describirlo dijo: "lo que más me atrae de Manolo es que es un tío auténtico". 

Os va a parecer una tontería, pero Manolo me dio envidia. Eso de poder descartar la posibilidad de ser de mentira, tiene que estar muy bien. Te hace sentir seguro. Supongo que ser auténtico tiene algo que ver con ser sólido. Últimamente hay mucha gente sólida. Hay jugadores de tenis que tienen una solidez reconocida, también políticos, ponentes en conferencias... lo de ser sólido es algo que actualmente le ocurre a muchas personas. También a mí me gustaría ser sólido.

O legal. Hay personas legales, es decir de curso legal. Que los puedes llevar a una fiesta sin que te detengan, vamos. En cambio, si te pillan con un ilegal, puedes tener problemas, aunque más problemas tiene el ilegal porque probablemente acabe deportado.

Luego están las personas que son como Dios manda. Estas están convencidas de su casi divinidad lo que las sitúa en un plano de superioridad moral que a veces no cae bien.

Pero ninguno me da más envidia que los tíos que son como tienen que ser. Esos son legales, sólidos y auténticos simultáneamente. Hablar de personas que son como tienen que ser, es hablar de personas que han pasado todos los filtros de calidad. Listos para ser distribuidos por el planeta sin temor a ninguna reclamación. Son lo que se espera de ellos. Sin defectos graves, sin extraños comportamientos, sin vicios execrables, ni siquiera laudables. Laudable es el antónimo  más molón que he encontrado de execrable, pero me temo que no se puede hablar de vicios laudables. Vicio solo admite categorías negativas, no hay vicios buenos. 

Ahora que lo pienso, a mí lo que me gustaría ser, es laudable. Pero, como ya he dicho al principio, soy normal. Qué le vamos a hacer.


Leoncio López Álvarez



NOTA: algunos amabilísimos lectores de la Tertulia Perezosa (todos lo son) me han manifestado por privado, sus dudas sobre el hecho planteado de que muchas personas tengan exactamente el mismo número de pelos en el cuerpo. Lo aclaro: La superficie de la piel humana es limitada, unos dos metros cuadrados como media. Dónde más pelos tenemos es en la cabeza, y en el caso de los más afortunados, llegan a 150.000. Pongamos 200.000, para que la envidia sea mayor. Si lo hacemos extensible a todo el cuerpo, el hombre más peludo del mundo (de dar auténtico miedo), tendría, pongamos que ocho millones de pelos. Pues bien, teniendo en cuenta que actualmente estamos vivos 8.000 millones de personas, inevitablemente, tiene que haber coincidencias en el número de pelos poseídos.

sábado, 27 de mayo de 2023

Jornada de reflexión





Me encantan las ostras, así que el otro día fui a comprar una docena o dos para zampármelas en el aperitivo. Parecen muchas, pero mi voracidad ostril puede con todo. Sin embargo, no pudo ser.  El hombre propone y el mercado dispone: no tenían, se habían agotado. 

Afronté la situación con entereza y volví a mi casa resignado con mi triste destino.

Lo curioso es que a media tarde empecé a encontrarme fatal, como si algo me hubiera sentado mal en el estómago. Al poco rato ya no quedaba ninguna duda, tenía los típicos retortijones que produce un par de docenas de ostras devoradas con ansia, y debido también, a las condiciones mejorables de alguna de ellas.

Por la noche me encontraba de pena, no voy a detallar los síntomas, pero claramente estaba intoxicado. Este hecho me hizo reflexionar: de la misma forma que se puede pecar de pensamiento, ¿se puede uno intoxicar con unas ostras que no ha llegado a comerse? ¿Es posible el envenenamiento por pensamiento o deseo? 

Seguí reflexionando sobre este suceso, que todo el mundo reconocerá, da para mucho, y me encontré ante un nuevo concepto de posibilidades filosóficas infinitas. 

Si se puede pecar de pensamiento, mentir sin decir nada, intoxicarte con unas ostras que ni has visto... también se puede votar defendiendo unos privilegios que jamás has tenido ni tendrás. Puedes sentir afinidades políticas en base a una gran empresa que no posees, un patrimonio que ni sueñas y un capital que ya te gustaría, ya. Puritito deseo.

Entonces me acordé de un viejo lema, que por justo y acertado, merece sacar a relucir de vez en cuando: no ataques a quién defiende tus intereses; más bien, apóyalo.

Así sea, y si así fuera, todos los partidos políticos tratarían de enamorarnos con lo que piensan hacer para mejorar nuestras vidas, y dejar los conceptos grandiosos para las poesías épicas, los romances y la literatura histórica. Vamos a lo mollar, majo, que dicen en mi pueblo. 

Como curiosidad sociológica, en Estados Unidos la mayoría de los votantes republicanos que votaron contra Obama (y el Obamacare, por tanto), no disponían de fondos para pagarse un hospital o un médico. 

Por otro lado, aunque te sobre la pasta para comprarte un hospital para ti solo, ¿tan mal te sienta la solidaridad? ¿Es demasiado esfuerzo pagar impuestos para que los que están en peores circunstancias puedan afrontar una apendicitis sin tener que vender la casa? Si patriotismo es sentir orgullo por pertenecer al colectivo donde has nacido, yo me siento mucho más orgulloso de la sociedad en que vivo, cuando mis conciudadanos se muestran solidarios que cuando sólo van a lo suyo.

En otras palabras: las ostras invitan a la reflexión. Y hoy toca.


Leoncio López Álvarez




viernes, 19 de mayo de 2023

El meeticom


 


El año pasado, más o menos por estas fechas, mi amigo Javier Pioz estaba representando con Marisa Cruzado, la obra Yo me bajo en la próxima ¿y usted?, de Adolfo Marsillach. Yo fui a verlos al teatro Amaya (han estado en media España con esa función), lo hicieron muy bien, y todo hubiera quedado ahí, si no fuera porque Javier, el muy insensato, me preguntó, si yo me animaba a escribir una comedia para ellos dos.

Mi osadía me hizo contestar, sin dudarlo, que sí. La insensatez de Javier junto con mi osadía ha dado como resultado El meeticom, una comedia, que ya, irremediablemente, se va a estrenar el próximo mes. El estreno va a ser a lo grande, nada menos que en el teatro Amaya, el día 28 de junio. Luego también girará por otros puntos de España. En el teatro Zorrilla de Valladolid, para empezar. La monda, vamos.

Hace un año, yo ni me podía imaginar que esto fuera a ocurrir, pero resulta que sí, que ha ocurrido. Ahora entiendo la frase "estar cagado de miedo" que sienten los domadores de tigres, los que practican el salto base, y los que, ya en el colmo de malgastar adrenalina, se dedican al teatro.

Si la cosa sale bien, se repondrá en septiembre. Todo depende de vosotros, del público que asista, pues es la única forma que tiene una función para mantenerse con vida. Si no me queréis ver muerto, comprad todas las localidades que seáis capaces. Hay exactamente 610 butacas, incluyendo las que están detrás de las columnas, mucho más baratas. 

Ya sabemos que la buena temporada de teatro acaba justo cuando se va a estrenar El meeticom, pero ¿quién dijo miedo? Quién, a parte de mí, claro, que como ya he dicho, estoy cagado.

Sea como sea, antes de que la inopinada destrucción del planeta llegue a finales de junio, quiero agradecer a Javier y Marisa, la confianza que han puesto en mi obra. Tienen mucho valor, además de una memoria prodigiosa, porque el texto se las trae. 

Por cierto, sin ser una comedia musical, que no lo es, en escena van a estar cuatro músicos, y tanto Javier como Marisa, cantarán a su manera. Literalmente, ya los escucharéis.

Espero que a los afortunados que vayáis os guste, y sobre todo, espero que los desafortunados que no hayan podido ir ahora, puedan hacerlo en septiembre.




Leoncio López Álvarez





lunes, 24 de abril de 2023

Historias de mucho miedo

 

Black Mirror es una serie que busca la inspiración para sus episodios en el lado oscuro de los avances tecnológicos. Plantea posibles distopías en un mundo dominado por una tecnología de la que aún no nos hemos percatado de hasta qué punto puede propiciar historias para no dormir. 

Historias para no dormir, era una serie mítica en los años setenta que tiene mucho que ver con Black Mirror. De hecho,  se puede decir que Black Mirror es la versión 4.0 de la serie de Chicho Ibañez Serrador. 

Ahora no salen relatos de Alan Poe, ni historias como El asfalto o La cabina, pero aparecen otros que se dirigen a la misma zona del cerebro del espectador con el fin de despertar en él el terror.

Pero una gran diferencia separa a las dos series televisivas: yo nunca me he sentido como personaje posible de El tonel o El cuervo, por ejemplo, sin embargo, sí veo más que posible que sea uno de los que aparecen en Black Mirror. Quién sabe, quizá ya lo haya sido sin darme cuenta. Mejor dicho, ya lo soy.

Dentro del universo infinito de aplicaciones para nuestros teléfonos inteligentes, que eso ya de por sí es terrorífico, hay una que exige que hagas cosas. De momento, tú puedes desobedecer, pero quizá en la siguiente actualización no tengas más opción que hacer caso.

Se trata de una App para hacer ejercicio. Tú pones tus objetivos, introduces datos de tu cuerpo serrano, y a continuación el algoritmo de turno, todo son algoritmos de turno, te marca una pauta. Ay de ti si no la sigues escrupulosamente todos los días. Se enfada. Te manda mensajes reclamándote las calorías que ese día no has consumido. Es como un prestamista mafioso, que te persigue hasta que o le pagas lo que le debes, o empieza por cortarte un dedo. Luego ya veremos.

Yo, por aquello de cuidar mi pedazo de cuerpo, me dije: por mirar de qué va esta aplicación tan preocupada por mi salud, no pierdo nada. ¡Ja! Ahora tengo pesadillas. Por supuesto no hago ni remotamente lo que me dicta y ahí está la parte terrible. Lo que empezó como una ligera regañina, ha seguido con mensajes que me ponen los pelos de gallina. 

Por supuesto eliminé la aplicación de mi móvil, pero, no os lo vais a creer, regularmente recibo emails en mi dirección de correo que juraría que jamás di, en tono amenazante. Me pregunta por qué me he dado de baja, ¿acaso quiero morir de un infarto? Los riesgos de accidentes cardiovasculares están a la orden del día, me dice, y si no tomo las medidas oportunas yo puedo ser la siguiente víctima. 

Joder, así no hay quién viva tranquilo. 

Naturalmente he bloqueado todo lo que venga de esa aplicación clasificándolo como spam, pero por si acaso, todos los días me hago doce series de veinte flexiones cada una. 

La verdad es que me estoy poniendo como un toro. Pero da miedo.


Leoncio López Álvarez

lunes, 20 de marzo de 2023

Efecto mariposa


Si alguien tiene alguna duda de que el hombre es un animal social, es porque no ha enfocado bien la proposición. Yo tampoco. Hasta ahora, que me he dado cuenta de lo que realmente significa eso de ser un animal social.

No tiene nada que ver con los hábitos que tenemos por separado, ya que, efectivamente, hay personas que son tan sociales como las almejas, sino con las consecuencias de vivir en sociedad. Con esto de vivir en sociedad, ya está todo explicado. 

Bueno todo no. Hay que aclarar que lo que sufrimos o disfrutamos individualmente es debido, no a lo que hace la sociedad en conjunto, que pudiera parecer, sino a lo que hace una persona en concreto. Una entre ocho mil millones, que se dice pronto. Quizá, no hay un único responsable, pueden ser media docena o pocos mas, pero es terrible pensar que sus acciones van a repercutir en la vida de la totalidad del planeta. Vale, me gusta exagerar, sólo en la vida de casi la totalidad del planeta.

¿Que un genio inventa la penicilina (o descubre)? pues gracias a su trabajo salimos todos ganando a la hora de enfrentarnos con las bacterias. De repente, un tipo al que nadie conoce, y nadie sabe su nombre, inventa una chorrada tan grande como es el sextante, y la navegación, con todo lo que conlleva, se convierte en otra cosa.  

De la misma forma que todos nos aprovechamos de lo que hacen los genios, también todos sufrimos las penalidades derivadas de las acciones de gente perversa y también pagamos los estropicios provocados por las cagadas de un puñado de capullos, esas también las sufrimos todos.

Según he leído, desde 1870 ha habido 14 grandes recesiones mundiales. Todas, las catorce, han sido provocadas por pandemias, guerras o crisis bancarias. En los últimos cinco años, hemos tenido una pandemia, luego una guerra que destaca sobre las demás por su alcance económico mundial, y para rematar la jugada, ahora también una crisis bancaria. La pandemia, no está claro su origen, la guerra, sí está claro quién la ha empezado, y la crisis bancaria, sabemos que se inició por el hundimiento del SVB consecuencia de la torpeza  de quienes lo dirigían. La que han organizado, virgen santa.

No voy a entrar en los detalles técnicos que han intervenido en la errada toma de decisiones de un grupo de engominados ejecutivos, porque tendría que copiar y pegar lo que he leído sobre el asunto, ya que no tengo la suficiente ciencia como para aportar algo que no se haya dicho ya por sesudos analistas financieros, pero tampoco es necesario. A dónde quiero llegar no tiene nada que ver con la economía ni con las finanzas, esto es simplemente un ejemplo, lo que pretendo es poner de manifiesto lo increíblemente vulnerable que es el orden mundial. 

No es necesario organizar un ejercito para atacarlo, basta un grupo de ceporros, completamente desconocidos, que por ambición o por torpeza, hacen mal las cuentas y con su equivocación arrastran al avismo a dos o tres continentes. O cuatro. Quizá los cinco.

Esto es lo que significa que el hombre es un animal social. No es otra cosa.



Leoncio López Álvarez












jueves, 16 de marzo de 2023

Procrastinator's fashion






En estadística, ciencia que debería estudiarse en cualquier carrera universitaria (incluso las  nociones básicas, en el colegio), la moda, es el valor que aparece con mayor frecuencia en un conjunto de datos. La moda afecta, por tanto, a TODO, ya que cualquier cosa que se nos ocurra es un conjunto de datos.

Por ejemplo, en el lenguaje hablado, hay expresiones que cobran un repentino ímpetu, y todo el mundo empieza a usarlas aunque no venga demasiado a cuento. Casi siempre es culpa de los políticos, que encuentran en la expresión de moda un práctico comodín para emplear como muletilla en sus intervenciones. Por ejemplo: "como no podía ser de otra manera", expresión sintética de lo obvio, de todo aquello que no merece esfuerzo en aclarar. Dado que siempre tienen que estar aclarando cosas, es lógico que esta expresión pase a ser la más llevada en sus discursos. No hay temporada, otoño, invierno primavera, que no haga furor en parlamentos y ruedas de prensa. En verano se lleva menos, porque están de vacaciones.

No voy a poner más ejemplos, pues tengo que confesar, que no me gustan las expresiones que se ponen de moda, y no quiero contribuir a su difusión.

También ocurre con las palabras; cuando menos te lo esperas, sale una que hasta hace nada, nadie usaba, y de repente está en boca de todo el mundo. Ejemplo: resiliencia. Otro ejemplo de hace más tiempo: procrastinación.

Qué sería de nosotros, los vagos de toda la vida, si no pudiéramos referirnos a nuestra condición con esa elegantísma palabra. Nos duele reconocer nuestra vaguería  (a mí no) pero nos enorgullece hablar de nuestra procrastinación. Hasta los más afanados en sus tareas, de vez en cuando presumen de ser procrastinadores sin serlo.  

Hoy, aunque parezca mentira porque es evidente que estoy haciendo algo (escribir esto), me siento particularmente procrastinador y pensando en mi irrenunciable condición, he llegado a la conclusión de que en este caso, he conseguido elevar la procrastinación a la categoría de arte. Me he visto arrellanado en mi sillón, con las piernas encima del cajón gitano, un par de revistas tiradas en el suelo y un libro sobre el regazo, y me he dicho: caramba, qué hermosa estampa haces, Tito. Me he gustado, qué caramba.

Se me ha ocurrido entonces, que es una pena desperdiciar esta imagen, dejarla pasar sin que tenga difusión; es algo que todo el mundo con cierta sensibilidad artística, aquellos que buscan una experiencia estética, deberían contemplar. Creo que voy a permitir que quién quiera, venga a verme. Pagando una entrada, obviamente.

Se ruega llamar antes.


Leoncio López Ávarez


domingo, 5 de marzo de 2023

Aplastar la demanda.


 

Estoy leyendo Algo ha pasado, de Joseph Heller, el genial autor de Trampa 22, y me he acordado, inevitablemente, de John Yossarian, el protagonista de aquella divertida novela, que como recordaréis, estaba obsesionado con que todo el mundo quería matarlo. Tenía razón, pues pilotaba un avión de combate en el frente italiano, y lógicamente, los italianos deseaban derribarlo.  De la misma forma, yo tengo la sensación de que todo el mundo, TODOS, no solo los italianos, tratan de venderme algo. Continuamente. Desde que me despierto hasta que cierro los ojos.

Hace tiempo decidí cambiar el molesto zumbido del despertador por una radio programable, pero la cagué. Ahora es peor. Las siete y media, mi hora de levantarme, coincide con un bloque de anuncios que dura diez minutos; esa es mi forma de saludar al nuevo día, atosigado por mensajes de la Agencia Negociadora del Alquiler, Murprotec y una central de alarmas que odio profundamente, tanto que no he retenido su nombre.

Luego sigue, los anuncios van a estar presentes durante todo el día, pero eso es lo menos molesto. Lo malo es abrir el correo y estar media hora desechando emails que también tratan de venderme algo. Mensajes de Linkedin con los mismos propósitos, y conversaciones privadas de Face Book ofreciéndome desde un coche a un crédito con unas condiciones asombrosas. 

Todo el mundo quiere vender algo a todo el mundo. ¿No era mejor cuándo nuestra única obsesión era recolectar gramineas, y si podíamos, cazar alguna presa moribunda? (lo de los peligrosísimos mamuts, yo creo que es leyenda) ¿Dónde está el gran avance de la humanidad?

Nuestra vida está basada en las ventas, pero las ventas a veces destruyen nuestra vida. Ahora estamos en plena inflación y reducirla implica aplastar la demanda para hacer frente a una oferta limitada, pero esta maniobra se contradice con lo que yo veo todos los días, que es a todo el mundo animándome a que consuma más.

¿Qué hago? ¿Consumo más o aplasto la demanda? 

Aviso de que yo solo no voy a ser capaz de detener la inflación, aún así, aplastaré, en la medida de mis posibilidades, la demanda.


Nota post scriptum: a los que no estén de acuerdo conmigo, les animo a que compren Quantum, mi última novela. Basta con pinchar en el enlace, arriba a la derecha.


Leoncio López Álvarez

viernes, 17 de febrero de 2023

Amigos desconocidos



¿Nunca habéis tenido la sensación de encontraros en un sitio totalmente desconocido? Es terrible, y mucho más terrible si hasta unos minutos antes estabas rodeado de familiares, amigos, conocidos, gente maja en general que te hacían sentirte cómodo. Tan solo, muy ocasionalmente, te encontrabas con alguien  que no tenía nada que ver contigo.

De repente, pasas a no reconocer a nadie. Todos son gente extraña, algunos, la mayoría, pesadísimos, insistentes, contando sus historias que maldito lo que te interesan. Otros te sueltan frases lapidarias, sentencias dictadas por quien se cree la mar de listo. También hay frases de autoayuda, de saludo al nuevo día o al feliz domingo que empieza, y otras de una simpleza extrema con un mensaje religioso que dan ganas de contestar, pero no lo haces por respeto. Un respeto a la estupidez, sí, pero respeto.

Pues en esto se ha convertido, al menos, yo lo noto así, Face Book. El noventa por ciento de lo que veo proviene de gente que no conozco. Gente aburrida y muy poco interesante. Algo falla en el algoritmo que rige todo y a todos nos gobierna.

No sé si os pasa a vosotros, pero yo echo de menos a los amigos con los que solía interactuar antes, muchos eran amigos virtuales a los que jamás había visto en persona, pero eran tipos estupendos con los que compartía muchas cosas, con los que me sentía identificado y, sobre todo, muy a gusto.

 ¿Qué ha sido de ellos? ¿Y de dónde ha venido la horda que los ha reemplazado? ¿Dónde me he metido?

Pues no lo sé, pero como esto siga así, me voy a salir.








viernes, 10 de febrero de 2023

Ha sido libro




Ya ha visto la luz. Esta mañana ha abierto sus paginas por primera vez al mundo. Se trata de una hermosa novela que nada más nacer ya tiene 225 páginas (y que no se le ocurra tener ni una más). Su cara es... qué va a decir su padre, orgulloso y feliz de tener un miembro más en la familia. 

Se va a llamar, bueno, ya se llama, Quantum. El nombre puede resultar un tanto enigmático, pues, ¿qué es quantum? Pues... quantum es quantum. No os asustéis, no es necesario tener ni la menor idea de mecánica cuántica para disfrutar de la historia que se cuenta.

El bautizo de la criatura, tendrá lugar el miércoles 22 de febrero en Padre Damián 37 a las 7 de la tarde en un lugar que se llama La Villana, un sitio que, por el nombre,  parece más indicado para el vicio que para la literatura, pero quién dijo que sean excluyentes. 

La impaciencia es una cualidad que admiro profundamente, por eso, el libro ya está a la venta para quién no pueda esperar ni un minuto más. Basta con pinchar en el siguiente enlace para hacer que brillen los ojos de Marga y Lupe, mis encantadoras editoras, y que los míos se nublen por la emoción.


quiero comprar Quantum


GRACIAS A TODOS LOS QUE LEÁIS EL LIBRO, INCLUSO A LOS QUE NO LO LEÁIS, PERO LO COMPRÉIS.

(también está en Amazon , FNAC y próximamente en El Corte Inglés)









domingo, 1 de enero de 2023

Feliz año usado

 




Según dicen, el año que acaba de empezar va a ser peor que su predecesor, es decir, va a ser una mierda de año. Entonces, visto como va a ser el próximo, es mejor desear feliz año usado que feliz año nuevo. 

Yo os deseo a todos un feliz 2016. Así, al azar, he cogido el 2016 como podía haber elegido el 2018, ya que cualquiera fue mejor que el que será. Si lo hubiera pensado, os hubiera deseado un feliz 2008. En ese año se descubrió la reprogramación celular, que según la revista Science es uno de los descubrimientos más importantes del S XXI. Y no estamos hablando de cualquier siglo, el que vivimos es el más fructífero en cuanto a avances tecnológicos se refiere desde que existe la humanidad. Será conocido como el inicio de la Edad de la información, gracias a la digitalización de todo lo que se mueve. 

Antes, las edades se referían a los materiales que marcaron un importante avance para la humanidad: Edad de Piedra, Edad de Bronce, Edad de Hierro y Edad de Plástico, sin embargo ahora la denominación va a cambiar por algo menos tangible y más conceptual. Dejamos la materia pare entrar en las ideas. 

La Edad de la Información es tanto como decir, la Edad de la información que nos quieren dar. Quien controla la información, tiene el poder, y el poder es lo que siempre se ha buscado, con la piedra, con el bronce, con el hierro y con el plástico. Lo de ahora va a ser definitivo, es mucho más efectiva la información que cualquiera de los materiales que hemos utilizado hasta ahora para controlar a los demás.

Lo curioso, es que el poder de la información, no sólo radica en controlarla, también en recibirla. Los que no tengan acceso a la información, aunque se trate de una información falsa y manipulada, llevan las de perder. Es como antes, solo que antes, cuando hablábamos de información, asumíamos que era verídica, que correspondía a la verdad. Ahora no. Ahora, cuando hablamos de información, asumimos que puede ser cierta, o no, y casi siempre es no. En cualquier caso, aún con la sospecha de que se trata de una manipulación, todos los días nos informamos de lo que pasa. O de lo que nos dicen que pasa.

Sí, el próximo año 2023, va a ser una mierda, pero no importa, tenemos que conseguir que nos parezca un año excelente. Basta con que nos digamos unos a otros que va a ser estupendo. 

Así que: demos la bienvenida al próspero y venturoso año 2023.


lunes, 26 de diciembre de 2022

El cuento que no he escrito yo

El año pasado dije que ya no volvería a escribir más cuentos de Navidad y cumplí mi palabra, no lo escribí. Este año, siguiendo mi promesa, tampoco lo he hecho. Doy por terminada, de forma definitiva, la costumbre de escribir un cuento navideño que inicié en el año 2000. 

Sin embargo, este año, alguien o algo, ha escrito el cuento por mí. Por curiosidad, le he pedido a un programa de inteligencia artificial que escriba un cuento navideño, y lo ha hecho en treinta segundos. Todo lo que yo le he indicado es que fuera corto y que los protagonistas del cuento fueran dos personas enfrentadas, dos enemigos de toda la vida. Esa ha sido toda mi aportación.

Os paso a continuación el resultado. No he cambiado ni una coma, lo transcribo tal cual lo ha escrito el programa.

Espero que os guste como si lo hubiera escrito yo mismo, que sé que me tenéis un razonable y merecido cariño.


(NO TIENE TÍTULO)

Era Navidad en plena guerra y dos soldados enemigos, uno de ellos llamado Juan y el otro llamado Pedro, se encontraban en la trinchera enfrente de cada uno. A pesar de estar en medio de una batalla, ambos sentían la magia del espíritu navideño y se preguntaban cómo sería celebrar la Navidad en sus hogares lejanos.

De repente, una granada cayó cerca de ellos y ambos soldados comenzaron a correr en direcciones opuestas. Cuando se detuvieron a tomar aliento, se encontraron cara a cara en un claro en medio del bosque. Sin pensarlo dos veces, sacaron sus armas y se prepararon para el combate.

Pero entonces, algo extraño sucedió. Juan comenzó a tararear una canción navideña y Pedro se unió a él. A pesar de ser enemigos, se dieron cuenta de que tenían más cosas en común de lo que habían pensado. Después de cantar juntos durante un rato, ambos soldados decidieron llamar un alto al fuego por un día y celebrar juntos la Navidad.

Juan y Pedro encontraron un árbol de Navidad cerca y lo decoraron con lo que encontraron en el bosque. Luego, compartieron una pequeña cena y se contaron historias sobre sus hogares y familias. Al final de la noche, se dieron la mano y se desearon felices fiestas.

A la mañana siguiente, ambos soldados regresaron a la guerra, pero la experiencia que compartieron juntos durante la Navidad nunca se les olvidaría. A pesar de las diferencias que los separaban, se dieron cuenta de que todos tenemos más en común de lo que pensamos y que la Navidad es una oportunidad para unirnos y celebrar la paz y el amor.


Vale, no es gran cosa, pero ¿quién escribiría algo así en treinta segundos. Da un poquito de miedo, y esto, en conjunto, es mi cuento de Navidad, un cuento de terror.



sábado, 17 de diciembre de 2022

Mi propósito para el nuevo año


He decidido que este año que viene me voy a hacer viejo. En primer lugar porque creo que los propósitos que nos propongamos han de ser fáciles de cumplir, y en segundo lugar porque empecé a ser joven hace mucho. Ya va siendo hora. 

Por supuesto que podría seguir siendo insolentemente joven todo el tiempo que me dé la gana, experiencia no me falta. De hecho tengo mucho más conocimiento de lo que significa la juventud que cualquiera de veinte y  pocos años. 

Además, he observado que no todo el mundo vale para ser joven. Parece algo sencillo, pero no lo es, incluso muchos jóvenes, por edad, no tienen la menor idea de cómo serlo. No, no basta con tener pocos años, ni con ser atrevido, irreverente y descarado.

El otro día escuché a alguien decir de un tercero, en tono casi de desprecio, que ya tenía treinta y muchos años. ¿Como que treinta y muchos? por muchos que le pongas a los treinta, no llega a cuarenta, y eso, queridos, es una mierda, no es nada. En mi lugar querría ver yo a ese añoso de treinta y muchos.

Estoy harto de oír hablar de la juventud como si fuera el resultado de un gran esfuerzo. Esta idea persistente y machacona aparece sobre todo en publicidad. Mensajes como  "Tú te lo has ganado" "Para gente como tú", "Porque no aceptas las normas", etcétera, nos llegan continuamente identificando juventud con sólo una de sus características.  Pero vamos a ver: "¿Tú te lo has ganado?"¿Pero ganado qué  y por qué? 

Es necesario ser joven con muchísimos años a las espaldas para darse cuenta del engaño.

Tenía un amigo de la infancia, que ya he recordado en otras ocasiones en este blog, que con apenas doce años, decía que estaba deseando ser viejo. ¿Para qué?, le preguntábamos intrigados sus amigos. Entonces,  mientras agitaba un bastón ficticio delante de él  con el que espantaba a imaginarios niños,  respondía con voz impostada: para poder decir "a ver, niñitos, apartad, apartad".

Pues eso, el próximo año, haré lo que mi amigo de la infancia, pero con un bastón real. También buscaré niñitos de verdad, pero me temo que ya no juegan en la calle, como entonces.

Maldita sea, voy a tener complicado esto de ser viejo. La única solución es sustituir a los niñitos por viejos como yo, incluso menos que yo.


Leoncio López Álvarez






viernes, 18 de noviembre de 2022

Muchas gracias, oiga


Quiero dar las gracias. De momento no sé a quién, pero declaro públicamente mi gratitud. 

Sabemos que para encontrar el bienestar, son más importantes las emociones que las razones, y estar agradecido es una de las emociones que nos hace más humanos. O menos, porque lo cierto es que se prodiga muy poco. Quizá yo sea la excepción. Bueno, soy la excepción ahora que he tomado la decisión de agradecer lo que sea a quién sea. Antes era como los demás, un soso. 

Las personas agradecidas son personas felices. Ejemplo que lo explica la mar de bien: imagina estar en una situación terrible, de esas que dices, madre mía la depresión que me va a entrar. Y efectivamente, va y te entra. Con motivos, no es una manía. Vale, pues ahora imagina que viene alguien y te soluciona el problema. Alguien o algo, puede ser una circunstancia, pura suerte, eso da igual. Pues bien, justo en ese momento, en el instante en que ves la luz, la emoción que domina en tu sistema límbico es la gratitud. ¿Y cómo te sientes? Feeeeeliz, te sientes feliz. La felicidad es simultánea con la gratitud. Siempre.

Dicho de otro modo, el sentimiento de gratitud es incompatible con la infelicidad. 

¿Cómo me he dado cuenta de esta realidad incuestionable? Pues muy fácil, observando a la gente infeliz. He mirado, analizado más bien, qué les pasa a los que están amargados todo el día, a los que se quejan por todo, quienes protestan, los que se indignan a la mínima, los que odian... y mi conclusión es que ninguno de ellos está agradecido a nada ni a nadie. Son gente sin este sentimiento fundamental: la gratitud. Ya les puedes hacer lo que se te ocurra para ayudarlos, jamás te darán las gracias. La terrible consecuencia es que pasados los primeros momentos, seguirán siendo infelices.

Haced como yo, buscad a alguien a quién agradecerle algo, y os encontraréis mucho mejor. Un amigo, vuestra pareja, tu colega... sirve hasta un cuñado. 

En este mundo hace falta más gente feliz, o lo que es lo mismo más gente agradecida. El mero hecho de haber nacido en España, por ejemplo, ya es un buen motivo. Aunque muchas veces no lo parezca.


Leoncio López Álvarez

viernes, 21 de octubre de 2022

Paseando a lo loco



Me gusta andar y me gusta andar fantaseando, pensando en mis cosas. Curiosamente, de la misma forma que la ropa y calzado que me pongo para andar por el campo difieren del que utilizo para mis promenades por la ciudad, mis fantasías también son bien distintas. 

Cuando estoy en la montaña, pienso en ideas más abstractas, quizá porque al sentirme al aire libre, mi mente, ilusionada por todo el espacio que se extiende frente a mí, se escapa sin que yo pueda hacer nada. Es como un perro que lleva mucho tiempo encerrado en una casa. 

Sin embargo, cuando ando por la calle, mis pensamientos son más disciplinados, siguen una trayectoria clarísima y obedecen a mis requerimientos. ¿Qué quiero pensar en el punto de ebullición del agua y el calor latente necesario para el cambio de fase? Pues nada, en un periquete me tienes recordando conocimientos oxidados pero imprescindibles a la hora de preparar un te correctamente. 

Esto es un ejemplo, que en honor a la verdad nunca se ha producido, pero ilustra perfectamente hasta qué punto, en mis paseos urbanos, mi mente me obedece, algo que jamás ocurre en el campo.

Últimamente, me estoy dedicando más a las excursiones por las calles de Madrid que por el monte, lo que son las cosas, y para darle emoción, voy a barrios que no conozco, o conozco muy poco. Cojo mi moto, y me voy, por ejemplo a la Vaguada. Aparco dónde se me ocurra y a partir de ahí, empiezo a recorrer calles por las que jamás he estado. Me interno en las zonas menos concurridas o las de mayor tráfico de personas, tanto me da, el caso es caminar por lugares ignotos para mí. O poco gnotos, como he dicho antes. Mucho más estimulante que andar por la Castellana, o Cea Bermudez, lugares pateados hasta la saciedad. 

En estas calles desconocidas, camino imaginando que soy un vecino más de ellas, y si por ejemplo paso por delante del portal número cinco, me dirijo al número treinta y cuatro con decisión, como si yo viviera allí. A ver qué me encuentro.

Pienso en como sería mi vida si realmente residiera en el número treinta y cuatro de la calle Melchor Fernández Almagro, pongo por caso. Me fijo en todo,  a qué restaurantes iría, cuál sería mi papelería preferida, bares... busco si hay algún gimnasio cerca donde acudiría de vez en cuando, de la misma forma que siempre he hecho en cada barrio en los que he vivido. También miro si hay librerías cerca, centros de salud... estudio cada detalle sin que se me pase por alto nada.

Por supuesto, parte de la experiencia, consiste en entrar en algún bar, observar a los parroquianos, lo que consumen, de qué hablan, si hay tragaperras, o televisión... toda información es valiosa para mi cuaderno de campo. He llegado a meterme en algún portal que se encontraba abierto, para respirar el olor de la escalera. Todas las casas tienen un olor especial, y si el portal es pequeño, más especial aún. Un olor que lleva años allí instalado, un olor privado; es un vecino más que vive en todo el edificio. 

Una vez, fui sorprendido por una vecina que sudaba como una cafetera, tratando de subir un carrito de la compra los cuatro escalones que tenía el portal en el que me había metido subrepticiamente. Me preguntó de malos modos, quién era. Por un instante sentí un pánico atroz pero me sobrepuse y con desparpajo le dije que había venido a visitar a un amigo. Me miró sin saber qué decir a continuación y yo me apresuré a ofrecer mi ayuda para subir su carrito y así cortar cualquier iniciativa de hacer otra pregunta. Me lo agradeció a su manera y yo me fui despidiéndome con cortesía.

He vuelto varias veces a ese mismo portal, pero nunca me he atrevido a traspasarlo de nuevo, pero si veo a la señora del carrito, la saludaré como un vecino más.


Leoncio López Álvarez

domingo, 11 de septiembre de 2022

Todo tiene explicación

 



Voy a empezar por las patatas, luego pasaré a las naranjas y terminaré con los ajos. El kilo de patatas se paga a los productores a diez y ocho céntimos y el consumidor, por ese mismo kilo, ya manoseado, paga un euro con cuarenta céntimos. Las naranjas, pasan de quince céntimos a un euro con cincuenta, que ya es exprimir al agricultor, y finalmente, los ajos, llegan al supermercado con un incremento del ochocientos por ciento (800%). Son sólo tres ejemplos, y si pongo más, el resultado es que la cesta de la compra ha subido más de un quince por ciento en lo que va de año, según la OCU. Y no me digan que las patatas, las naranjas o los ajos los traemos de Ucrania, porque no cuela.

Todos estamos de cuerdo en que esto es un disparate, tanto si podemos asumir la subida como si no, más de acuerdo están los que no. También, todos estamos de acuerdo en que alguienes, plural de alguien, se está forrando a base de bien con el rollo de la crisis, la guerra, que si patatín que si patatán y que el Pisuerga pasa por Valladolid. Hasta aquí, todos de acuerdo, supongo. Ahora viene lo bueno.

A yolanda Díaz, se le ha ocurrido, al ver que muchas familias lo tienen crudo a la hora de hacer la compra, poner un tope al forramiento de esos alguienes, al menos en los alimentos básicos (leche, huevos, pan, fruta...). El tope a los precios, ha dejado bien claro la vice, jamás sería impuesto por el gobierno, sino que sería el resultado de reuniones y consecuentes acuerdos, entre las grandes distribuidoras y los consumidores. Simplemente eso: un acuerdo, no se trata de la toma del palacio de invierno y nada tienen que temer los empresarios españoles, todos honradísimos y sobre los que no cae ninguna sospecha de aprovechamiento. Esto sólo va dirigido, y las razones son evidentes, a esos cinco o seis grandes distribuidoras que concentran el 50% del mercado.

La idea, aunque parezca original, no lo es. Ya se ha hecho en Francia. Y se ha hecho con los mismos preceptos anunciados en España: dentro de lo razonable y sobre todo, dentro de la ley. Tampoco tiene nada de original la idea, incluso, dentro de nuestro propio país, pues esto ya se hizo con el precio de las mascarillas (no quiero pensar lo que hubiera pasado si no se le hubiera puesto un límite), y también con la bombona de butano.

Vale, pues, ahora viene lo bueno, ¿preparados?

El sesenta y cinco por ciento de los españoles, estamos a favor de limitar los precios de los productos básicos. ¿Sólo el sesenta y cinco por ciento?, nos preguntamos alarmados muchos de nosotros. Pues sí, porque resulta que el ochenta y seis por ciento de los votantes de Vox están en contra (86%), a los que hay que sumar el sesenta y cinco por ciento de los votantes del PP (65%), y también un reducido cinco por ciento de votantes del PSOE (5%). 

Esta negativa por parte de los votantes de Vox y PP generalizada, sólo se explica si todos son propietarios de las cinco grandes distribuidoras de este país, en cuyo caso entendería perfectamente su oposición y nada que decir, o bien... joder, no se me ocurre otra razón.

Pues nada, felicidades a esos votantes de Vox y PP que además son todos  dueños y accionistas de los "oligopolios", y que sepan que los entiendo perfectamente. Cada uno tiene que defender los suyo.


Leoncio López Álvarez

sábado, 10 de septiembre de 2022

Por ahí mismo.




Hay personas que, en el gimnasio, después de usarlas, dejan las mancuernas  en el suelo sin volver a colocarlas en su sitio. Hay quién deja las botellas fuera del igloo de reciclaje, esperando que el siguiente que llegue, las meta por él (supongo). Son los mismos que dejan pilas de cartón fuera del contenedor que está al lado. 

En los restaurantes puedes encontrar personas que gritan, se ríen de forma excesiva y molesta, o dejan a sus hijos que correteen entre las mesas chillando sin parar. Hay quien habla en voz excesivamente alta por teléfono y está sentado a tu lado.

Algunos conductores se pegan detrás de mí sin guardar la distancia mínima y otros, al llegar a una rotonda y tienen que ceder el paso, apuran sin detener el coche hasta casi rozarme. Los hay que circulan en sentido contrario dentro de un parking, como si eso estuviera recomendado.

Hay quién no devuelve el saludo en el ascensor, quien tira papeles al suelo en los bares (y en la calle) y quien se deja la puerta abierta al salir, que estaba cerrada y bien cerrada cuando entraron. Hay quien trata de colarse en las colas y quien se jacta de sus apaños para no pagar a Hacienda. Es decir, para engañarnos a todos, incluido el que le ríe la gracia.

Hay quien tarda de forma premeditada en salir de su plaza de aparcamiento cuando observa que otro coche está esperando para ocupar su lugar y quien se pone a charlar de sus cosas con el farmacéutico, cuando hay una cola considerable esperando ser atendidos. Hay quien se salta un stop y te mira desafiante cuando le afeas su conducta (tocando el claxon, por ejemplo). Algunos te insultan cuando los regañas por contestar un whatsapp mientras conducen. Hay quien recurre las multas de tráfico aún sabiendo que la multa es merecida. 

También hay asesinos a sueldo, mafiosos, ladrones, timadores, embaucadores, piratas, golfos apandadores, corruptos, carotas, demonios, estafadores (PAUSA DRAMÁTICA QUE APROVECHO PARA TOMAR AIRE)... Bueno, pues ninguno de estos individuos anteriormente citados es merecedor de torturas mayores que los que llaman de parte de Endesa, generalmente a la hora de comer, para hacernos una oferta imposible de rechazar, y cuando se les explica, educadamente, que no interesa, sin decir muchas gracias por el tiempo dedicado,  o que tenga usted buena tarde, ¡VAN Y TE CUELGAN!

Yo si los colgaba, y no voy a decir por dónde.


Leoncio López Álvarez

miércoles, 7 de septiembre de 2022

¿Ése era yo?



Yo, como muchísima gente, tengo una libreta donde voy apuntando lo que se me ocurre en momentos de lucidez con la esperanza de que me sirva para algo en momentos de oscuridad. He dicho que tengo una libreta, pero es mentira, tengo muchas repartidas por lugares estratégicos en los que supuestamente me puede llegar la idea que merezca ser conservada. Tengo libretas de la misma forma que  la gente del campo tiene aljibes, donde almacenan el agua de la lluvia para regar los tomates los días de sequía. O, como aparece en Los viajes de Gulliver, "Durante ocho años se había ocupado de extraer rayos solares de los pepinos, rayos que debían ser metidos en frascos cerrados herméticamente, para ser puestos en libertad y calentar el aire en los veranos crudos e inclementes."

Apunto afanosamente cada idea, expresión, pensamiento, reflexión, incluso diálogos para posibles situaciones divertidas, aunque jamás hago uso de tanto material almacenado. En primer lugar, porque tener mucha información sin clasificar es como no tener nada, y luego, porque en los momentos de apagón me conformo con mi ceguera, esperando que sea pasajera, y ni me muevo.

Pero están ahí, esas libretas están ahí aunque yo trate de ignorarlas. Algunas llevan acumulando frases e ideas desde hace muchos años, las tengo desde mi más tierna madurez. A veces, muy pocas, me miran y entonces, conmovido por su intento de llamar la atención, me da por leer lo que hay en sus paginas, ¿y qué me encuentro? Pues de todo, la verdad. Ideas buenas, menos buenas y malas, lo normal, pero... también aparecen cosas inquietantes, reflexiones que no sé cuándo las he escrito, en qué circunstancias, pero que tienen algo perturbador. 

La razón del desasosiego es que me resultan ajenas, como si las hubiera escrito otra persona que no soy yo. Pero están escritas con mi letra y aparecen en una libreta mía, no hay duda de la autoría.

Son ideas sobre variados asuntos, quizá inmigración, relaciones de pareja, la familia, la amistad... hay de todo, podríamos decir que se trata de mi filosofía privada, y ojo, no es que ponga cosas muy diferentes a lo que opino en la actualidad, básicamente es lo mismo, pero... con diferente matiz. 

Nadie es constante. Somos los mismos que éramos, sólo hasta cierto punto. Somos iguales pero... con diferente matiz. 

La pregunta es, ¿cuál de nosotros es mejor? ¿El de hace quince años o el actual?

Ni idea.


Leoncio López Álvarez