domingo, 17 de agosto de 2014

La jota de la virgen de agosto.



He de reconocer que este artiblog lleva un podo de retraso perdonable por encontrarnos en pleno mes de agosto, que hasta las musas se van a la playa.

La semana que viene también me iré yo en pos de ellas, por lo que es probable que el próximo artiblog sea ya en septiembre.

Disfrutad/seguid disfrutando/espero que hayáis disfrutado, de las vacaciones.










La tarde del quince de agosto empezaban las fiestas y el pueblo entero salía al encuentro de la virgen de la ermita, más que por devoción, porque sabían que eso significaba fiesta, diversión, buñuelos, vino y lo más importante de todo: baile. Era un día esperado por todas las mozas casaderas y por todos los mozos que aunque en su ánimo no estuviera, estrictamente,  casarse, sí lo estaba todo el cortejo previo y, sobre todo, la expectativa de noches en la era bajo las estrellas en compañía de alguna paisana embelesada. Pero antes, era preciso acudir al baile en la plaza del pueblo. La jota de la virgen era la protagonista.
La bandurria gritaba de gozo y el pandero marcaba el paso con decisión. El pueblo de fiesta huele, suena y sabe a Jota. Todo el mundo la baila, todos menos el pobre Manuel. Todos la cantan menos él.

Clas carrasclás, carrasclás, clas clas clas….
Pon porron pon pon plaf

La jota de la virgen hace su milagro, y poco a poco, se van formando parejas que desaparecen entre risas camino de la felicidad.

¿Por qué no baila Manuel y tampoco canta? Cada año, cuando llega la fiesta de agosto, todo el mundo se hace la misma pregunta: ¿por qué Manuel, que es el mozo más simpático, bien parecido y galán del valle, se encierra en su casa y no sale hasta que  ya han terminado las fiestas de la virgen, y en las calles nada más queda el recuerdo de tanta ilusión? ¿Por qué Manuel no participa de la jota ancestral?
Solo el pobre Manuel, encerrado en si mismo, reconoce con vergüenza la razón: desde que era pequeño escribía garage, reciclage, hospedage, y también bagage. Sí, jamás supo dónde poner la jota, y nunca entendió cómo usarla.

Gamás de los gamases aprenderé, pensó Manuel con amargura en su rincón.








viernes, 8 de agosto de 2014

El gran vagón. Fin de la historia







El gran vagón seguía transformándose día a día, tanto si era por obra de la virgen de la ermita como si no, pero lo que estaba claro es que cada vez estaba más completo. Parecía que hubiera una voluntad en terminarlo, en dejarlo completamente acabado, listo para salir rodando en cuanto el último detalle estuviese listo. Y el verano también se iba completando, ya habían pasado los meses de más calor y nos encontrábamos en esos días de septiembre en que las tardes sorprenden trayendo un aire frío de alguna parte de las montañas cercanas. El calor agobiante que caía sobre el pueblo nada más terminar de comer, que nos obligaba a sestear, había desaparecido, por lo que podíamos reunirnos mucho antes en nuestro lugar secreto. 
Una tarde, por fin, nos pereció que nada más podía añadirse al gran vagón y fuera quien fuera el que lo estaba haciendo tenía necesariamente que dar su obra por concluida. Ha quedado de rechupete, decía el Cagarrutas como si lo hubiera hecho él. Parece la mar de cómodo, dan ganas de viajar muy lejos sentado en uno de esos butacones, dije yo, fascinado por la tapicería recién puesta. Yo nunca había visto unos asientos de tren tan nuevos. Estaban forrados de terciopelo de color verde aceituna, con una especie de dibujitos en relieve representando hojas de parra y grandes jarrones que les daba cierto aspecto de cortinas antiguas, pero unas cortinas extremadamente confortables. Daniel no decía nada, se le veía bastante indiferente a cómo había quedado el gran vagón y lo contemplaba con cierto distanciamiento, sin compartir nuestros comentarios. Cuando le preguntamos qué le parecía se limitó a encogerse de hombros, no sé si como gesto de apatía o como inevitable movimiento debido a una ligera tos que le dio en el momento.
El verano llegaba a su fin.
La última tarde nos vimos sólo el Cagarrutas y yo pues Daniel no apareció. Tampoco estaba el gran vagón en la vía muerta. Se lo habían llevado y ningún rastro quedaba de su presencia. Después de esperar un buen rato a ver si llegaba nuestro amigo, nos fuimos el Cagarrutas y yo a nuestra loma a ver pasar trenes sintiéndonos extrañamente abandonados. Estuvimos sentados sin decirnos nada hasta que un pitido quebró el aire.  Alargamos el pescuezo para ver mejor y abajo, en el sentido contrario a cómo llegó, vimos cómo se alejaba el tren misterioso arrastrado por la enorme locomotora verde. Nos dimos un codazo el uno al otro cuando distinguimos perfectamente que el gran vagón iba en el convoy. Allí estaba imponente, orgulloso, apenas afectado del inevitable traqueteo, deslizándose con rara suavidad por las vías. Nos levantamos instintivamente, quizá para verlo mejor o como señal de respeto ante no sabíamos exactamente qué. Alguien iba adentro. Nos miró y saludó con la mano. Era Daniel que siguió mirándonos hasta que el tren desapareció tras la curva. Levemente nos hizo la inequívoca señal de despedida.


F i n




jueves, 7 de agosto de 2014

El gran vagón. Tercera parte








Al día siguiente, cuando íbamos camino de nuestra loma, descubrimos en una vía muerta algo insólito que no debería estar allí. El Cagarrutas, siempre atento, descubrió la anomalía. ¿Veis el vagón de mercancías abandonado?, preguntó señalando hacia uno de nuestros lugares favoritos de juegos. Daniel tosió afirmativamente, y yo me fijé en algo más. Detrás del viejo vagón de madera de puertas corredizas, asomaba otro mucho más grande situado en otra vía muerta paralela adonde estaba el de mercancías. Hay otro vagón, exclamé jubiloso, parece de pasajeros. Los  tres nos acercamos corriendo, que era nuestra forma habitual de trasladarnos cuando nos dirigíamos hacia algo que nos interesaba, y descubrimos maravillados un larguísimo vagón de pasajeros, nuevo, reluciente, perfectamente cuidado. Estaba pintado de color azul y unas letras doradas pulcramente trazadas componían el nombre de alguna compañía ferroviaria que para nosotros era totalmente desconocida. Nos subimos al pescante de una de las puertas pero estaba, tal como nos temíamos, cerrada. Probamos en la puerta que había en el otro extremo pero tampoco se podía abrir. Miramos a través de los cristales y vimos que el interior del vagón estaba perfectamente limpio, como si lo acabaran de barrer, pero sin ningún asiento ni compartimiento. Un suelo de madera barnizada se extendía a lo largo de todo el vagón, cuyas paredes enteladas también estaban desnudas. Era como el interior de una caja gigante. Extrañados empezamos a imaginar su origen fantaseando historias absurdas que ni nosotros mismos dábamos por ciertas. Es el vagón de Franco, dijo Daniel, que lo han traído aquí para repararlo porque tiene una ballesta rota. El Cagarrutas y yo le miramos desconcertados por su versión.
El descubrimiento de aquel vagón marcó claramente un hito en nuestras vidas. Desde ese momento teníamos un secreto que no compartiríamos con nadie, mucho menos comentarlo en nuestras casas. Todas las tardes visitábamos el gran vagón, como acabó llamándose, y todas las tardes descubríamos estupefactos algo nuevo en su interior, como si unas manos mágicas lo fueran transformando día a día. Lo primero que observamos la segunda vez que lo vimos y que nos dejó muy sorprendidos  es que en las ventanas aparecieron unos visillos de tela gruesa de color crema recogidos en los extremos de los marcos que no estaban el día anterior. Daniel al principio mantenía que él si los había visto pero luego reconoció que estaba confundido y simplemente los había imaginado. El interior del gran vagón seguía vacío. Sin embargo, la siguiente tarde que fuimos a verlo, en las paredes había unos apliques de luz muy bonitos, de estilo modernista, aunque en aquel momento ninguno de los tres sabía qué era el estilo modernista. Poco a poco el vagón se fue completando con diferentes elementos sin saber nosotros qué vendría después o cuando estaría totalmente terminado. Nos limitábamos a maravillarnos por el prodigio. Algunas veces también íbamos por las mañanas para ver si cazábamos a alguien trabajando, colocando cosas, instalando los asientos, o haciendo cualquiera de las múltiples tareas que se requerían para acondicionar el interior tal como se estaba haciendo sin que aparentemente interviniera nadie.
Oye Cagarrutas, preguntó un día Daniel, ¿tú sabes si en alguna otra ocasión ha pasado algo parecido en el pueblo?, me refiero a que se hagan las cosas solas sin que haya nadie haciéndolas, o sea, que el pueblo esté encantado o algo así. ¿Encantado? No, no, qué va, lo único sobrenatural que tenemos es la virgen de la ermita y tampoco es del otro mundo lo que hace. ¿Qué hace?, se interesó Daniel creyendo que estaba llegando al fondo del asunto. Pues mantiene incorruptos unos palos de madera que por lo visto tocó hace muchos siglos, cuando se le apareció a un pastor en el mismo sitio donde ahora está la ermita. Los llamamos los palos santos de la virgen de la ermita, mejor dicho, así los llamábamos pues ya no existen. ¿No decías que se mantenían incorruptos?, intervine yo. Y tanto que sí, contestó el Cagarrutas dejando escapar una pícara sonrisilla, como que un día llegaron unos forasteros que no sabían que los palos eran santos y los utilizaron para hacer una paella. Los detuvo la guardia civil y les cayó una buena. Creó que aún siguen presos en Madrid haciendo trabajos forzados. Daniel y yo nos miramos un tanto incrédulos, al menos con el final de la historia.


MAÑANA SUBIRÉ EL FINAL. CASI CON TOTAL SEGURIDAD.



miércoles, 6 de agosto de 2014

El gran vagón. Segunda parte







Nos gustaba poner objetos en las vías para que el peso de los vagones los aplastara hasta convertirlos en láminas. Teníamos una gran colección de objetos despachurrados: monedas, chapas, cucharas… cualquier cosa era propicia para el aplanamiento. También jugábamos a adivinar qué tren iba a pasar poniendo la oreja sobre las vías, tal como habíamos visto hacer a los indios en las películas del oeste. El único tren que acertábamos era el Talgo que iba a Francia y porque sabíamos a qué hora pasaba. El Talgo, o el Tav, como también lo llamábamos, era uno de nuestros preferidos pues atravesaba la estación sin detenerse, a toda velocidad, dejando un remolino de aire a su paso que mantenía ingrávidas durante unos segundos unas bolsas de papel que poníamos a propósito en el borde del andén. La mayor parte de las veces, sin embargo, nos conformábamos con ver pasar los trenes a lo lejos sentados en una loma, nuestra loma, para sentirnos capturados por una sensación de felicidad que nos mantenía hipnotizados y nos llevaba, arrastrados por la estela que dejaban los últimos vagones, a lugares que imaginábamos fantásticos. 
En cuanto aparecía en nuestro campo de visión, saliendo de la última curva, un tren precedido de su silbato, y mejor aún en el caso de las máquinas de vapor, de su inconfundible “chucu chucu chu”, nos sentíamos tan felices que empezábamos a gritar como energúmenos y no parábamos hasta que se perdía en la lejanía todo rastro de su traqueteo unido al eco de nuestras entusiasmadas voces. En ocasiones acompañábamos los gritos con gestos enérgicos con los brazos moviéndolos adelante y atrás en un alocado vaivén que simulaba las enormes bielas de las locomotoras, tratando nosotros de resoplar de la misma forma que ellas, lo que en el caso de Daniel le provocaba muy a menudo sus recurrentes toses que él trataba de ignorar.
Una de las veces en que nos encontrábamos en nuestra loma esperando al Tav a la hora que sabíamos que iba a pasar, justo cuando ya lo oíamos a lo lejos, el Cagarrutas nos avisó de que algo extraño sucedía pues ese no era el Tav. ¿Cómo que no es el Tav, por qué lo sabes?, pregunté desilusionado. Porque os lo digo yo, respondió el Cagarrutas sin dejar espacio a la discusión. Yo también noto algo extraño, añadió Daniel antes de que un ataque de tos le callara. Pues sí que estamos buenos, de todas formas si es otro tren nos daremos cuenta en seguida, por lo que no merece la pena que lo discutamos.
A los pocos segundos apareció saliendo de la curva, bufando como un toro salvaje, un tren que efectivamente no era el esperado Tav. Éste venía tirado por una enorme locomotora de vapor, impresionante, la más grande que yo había visto jamás, pintada de verde y con una multitud de cañerías de hierro que envolvían la caldera, extrañamente limpia. Con el humo salían despedidas chirivitas rojas como confetis que ponían en espantada a los pájaros. Su paso producía un estremecimiento por todo el paisaje que parecía que iba a dislocar los montes y hacer tambalear los árboles. El Cagarrutas se persignó, ignoro por qué le dio por ahí. Madre mía, qué bonito viene hoy el rápido de Irún, fue todo lo que dijo. Pero no era el rápido pues observamos que poco a poco su marcha perdía fuerza y de las vísceras de la máquina empezó a salir un espesa nube de vapor blanco que chamuscaba los matojos más cercanos. Estaba aminorando la velocidad. Los tres salimos corriendo tras el tren, en dirección a la estación para no perdernos el espectáculo, pues seguro que se detendría. Bajamos corriendo la loma hasta llegar a las vías y aunque el misterioso tren desapareció de nuestra vista, aún percibíamos el aire caliente y con olor a carbón, testigo de que algo grande acababa de pasar.
Cuando llegamos exhaustos a la estación vimos decepcionados que el andén estaba vacío, ningún tren a la vista, que ya imaginábamos parado, estremeciéndose con el sonido de todos los hierros acomodándose a la posición de reposo después de muchos kilómetros a toda velocidad. Nada había. Resignados nos fuimos a nuestras casas arrastrando una enorme frustración. Entonces era el rápido de Irún, murmuró el Cagarrutas mientras nos alejábamos cabizbajos de la estación. Hasta se nos olvidó ir a recoger un pequeño cochecito de hojalata que habíamos puesto en la vía para nuestra colección de aplastamientos.



CONTINUARÁ, EVIDENTEMENTE.


lunes, 4 de agosto de 2014

El gran vagón. Primera parte.



Dentro de la oportuna sección "relatos de verano", voy a subir un cuento que por su extensión, lo voy a dividir en tres partes.
Hoy, claro, corresponde la primera. La segunda, probablemente la suba mañana o pasado. o al otro.




EL GRAN VAGÓN. RELATO EN TRES PARTES PARA LA TERTULIA PEREZOSA.









Cuando yo era pequeño pasaba los veranos en un pequeño pueblo de la sierra de Madrid, debido, por lo visto, a que padecía una ligera dolencia en el corazón y según mi abuelo, el aire serrano me vendría de maravilla. Allí conocí al que se convirtió en mi gran camarada y compinche de mil fechorías, que también sufría cierta insuficiencia cardiaca, aunque yo creo que lo suyo era otra cosa pues muy a menudo interrumpía su respiración normal para dar paso a una extraña tos ronca y seca que le salía del fondo de la garganta.
Fuera una cosa u otra, el caso es que nuestra deficiente salud nos dio la oportunidad de hacernos amigos y compartir tardes de chicharras, caminatas por montes abruptos, excursiones al río y sobre todo nuestro gran secreto del que hablaré más adelante.
El primer verano que coincidimos Daniel y yo sirvió como toma de contacto con la naturaleza que nos rodeaba sin que hubiera grandes hazañas dignas de ser contadas. Quizá había demasiadas cosas que teníamos prohibidas y por tanto las posibilidades de pasar a la gloria por nuestras aventuras se veían muy reducidas. Sin embargo, el segundo año, y mucho más el tercero y definitivo, fue algo muy diferente, en primer lugar porque aprendimos a engañar en casa y hacíamos cosas distintas a las que confesábamos hacer y sobre todo porque nos hicimos amigos de El Cagarrutas, que nos descubrió un planeta de posibilidades.
El Cagarrutas era el hijo del matarife del pueblo. Era un chaval despierto, de mirada inteligente, y tan desgarbado en todos sus movimientos que parecía mucho más alto de lo que realmente era. Si hubiera nacido en la ciudad sería delgado, pero como nació en un pueblo, era enjuto. Tenía el pelo como una oveja, acaracolado, increíblemente apretado y permanentemente sucio. Su verdadero nombre era Sisebuto (que también se las trae) y todo el mundo le llamaba El Cagarrutas, porque ese era el apodo de su padre el matarife y que antes también lo fue de su abuelo. Vaya herencia. 
MI casa lindaba con la de Daniel, compartiendo tapia, y estaban a las afueras del pueblo en una especie de colonia para veraneantes. El Cagarrutas vivía en una callejuela, también a las afueras del pueblo pero al otro lado, yendo hacia el río, que era por donde entraba el ganado y por eso las calles estaban permanentemente cagadas por las vacas. 
El Cagarrutas nos enseñó algo que hacer con esas plastas, realmente divertido. Consistía en coger una buena cagada, reciente a poder ser, lo cual no era ningún problema, y envolverla en unos papeles de periódico. Después, con sumo cuidado transportábamos el paquete hasta colocarlo justo delante de la puerta de alguna casa. A continuación prendíamos fuego al envoltorio hecho con el periódico y llamábamos insistentemente al timbre. El siguiente paso era salir corriendo a escondernos y ver cómo salía la señora de la casa que al ver el pequeño incendio trataba de apagarlo a base de dar vigorosos pisotones a lo que ella creía que eran sólo papeles. Nosotros en nuestros escondites teníamos que taparnos la boca los unos a los otros con fuerza para no reventar de risa y ser descubiertos por la enfurecida señora que gritaba auténticas barbaridades.
La afición que mostraba el Cagarrutas por esa broma encajaba perfectamente con su apodo, por lo que de alguna forma, parecía estar destinado. Ignoro si la gamberrada también se la transmitían de padres a hijos.
El Cagarrutas, Daniel y yo formábamos un grupo preparado para sacar todo el partido a la vida. Aprovechábamos cualquier oportunidad para disfrutar y eso era algo con lo que no siempre estaban de acuerdo nuestros respectivos progenitores.
De todos los lugares que ofrecía aquel pueblo para pasarlo bien, el que más nos atraía a todos, incluso al Cagarrutas que estaba más habituado, era la estación y sus alrededores. Ir allí a jugar era nuestro gran secreto pues lo teníamos completamente prohibido. Los padres de Daniel y los míos pensaban que podía ser peligroso juntar trenes y niños y no andaban desencaminados pues la mayor parte de nuestros juegos tenían como elemento principal algún tren a toda velocidad. 


CONTINUARÁ MAÑANA. POR QUÉ LO DIVIDO EN TRES PARTES ES ALGO QUE SOLO SE PUEDE ATRIBUIR, POR UN LADO, A MI INCLINACIÓN PERMANENTE POR CREAR INTERÉS,Y POR OTRO, A TRATAR DE NO ABURRIR, QUE VIENE A SER LO MISMO. DE ESTE MODO, QUIEN ESTÉ INTERESADO, LO SEGUIRÁ, Y QUIÉN NO, SE VERÁ LIBERADO DE CONTINUAR LEYENDO MUCHO ANTES DE QUE ÉL MISMO SE DE CUENTA.




sábado, 26 de julio de 2014

¿Quién era yo?








Primero murió mi madre y luego mi gato. Después mi empresa tuvo que cerrar. Todo esto sucedió en menos de una semana de modo que cuando lloraba, no sabía si era porque había perdido a mi madre, a mi gato, o porque estaba en el paro. Al poco tiempo me abandonó mi mujer, quizá porque con tanto llanto yo había dejado de ser el hombre que antes era. Entonces me fui a vivir a un pueblo lejano y pequeño en el que nunca antes había estado, sencillamente porque tenía casas en alquiler muy baratas y allí la vida, en general, supuse que también estaría más acorde con mi nueva economía.
Al poco tiempo me di cuenta de que la panadera, además de vender unas hogazas estupendas, de esas de pueblo de toda la vida, olía a magdalenas recién horneadas, y eso, desde que yo era muy pequeño siempre me ha resultado irresistible, de tal modo que inicié un romance con ella. Yo no tengo hijos, pero ella para compensar mi carencia tenía tres. Nos fuimos a vivir juntos. Ahora el que huele a magdalenas recién horneadas soy yo, con lo que soy doblemente feliz. Todo esto ha ocurrido en menos de cinco meses y tengo la sensación de que llevo toda mi vida en este pueblo, casado con la panadera y con tres hijos, que son hijas, estupendos.
La persona que fui ya no existe, quizá jamás existió y todo ha sido una ilusión mía. Probablemente tampoco han existido nunca ni mi madre, ni mi gato ni mi empresa. Mi mujer, en cambio, sé que sí ha existido y que sigue existiendo porque de vez en cuando me llega alguna carta de su abogado para que firme cosas que yo sin discutir firmo. Total, ¿qué más me da?
Ahora mi única preocupación es la tahona, el fuego del horno y que suba la masa en el momento indicado. Mis tres hijas cada día están más guapas y su madre cada vez huele mejor. La felicidad es plena.
Me apena saber que en cualquier momento yo puedo dejar de existir y conmigo, todo lo demás. O quizá, al revés.





viernes, 18 de julio de 2014

Relato de verano 2










El gato permanecía quieto sin decir nada a pesar de que era de ese tipo de gatos que no se callan fácilmente. Nunca se había encontrado en una situación como aquella. De repente todo adquirió un tono diferente y el universo entero se transformó. En la cocina, la criada seguía muda por el espanto y el policía se mantenía circunspecto y callado como el mismo gato. Llamaron a la puerta.

Año y medio no es mucho, pero es el tiempo suficiente para coger cariño a un jefe si éste se lo ha sabido ganar. Desde que vino de Sosúa, su pueblo natal en la República Dominicana, Nelsa había trabajado en tres casas diferentes y en la que más a gusto se encontraba era en la última. El trabajo no era excesivo, tenía más tiempo libre y como inconveniente sólo cabía destacar la presencia de un horrible gato que se subía por todas partes llenando todo de pelos. Lo malo era que una vez encaramado a donde fuera, optaba o bien por maullar de forma insistente, o aún peor, defecar mefíticas bolas de mierda reconcentrada. Afortunadamente para todos, esta última opción era menos frecuente, por lo que a su amo, no parecía preocuparte mucho mientras fuera Nelsa la encargada de limpiar lo que debería estar, según las reglas establecidas, en un cajón lleno de arena.
Nelsa siempre pensó que el amo del gato y señor de la casa, en el fondo estaba un pelín trastornado, pero mientras fuera buena persona, lo demás no tenía que importarle.

Su mejor amigo, que además era psiquiatra, sabía que estaba atravesando una crisis, y se alarmó al ver un coche de policía a la puerta de la casa cuando fue a visitarlo.

Era agosto, hacia mucho calor, y al día siguiente se suponía que empezaban sus vacaciones. Qué mala suerte, se dijo a si mismo, mientras tomaba nota de todo el desaguisado que había en la cocina. Mandó al fotógrafo que tomara un par de instantáneas más desde fuera de la casa y también del jardín, donde aparentemente, todo estaba en orden. De forma profesional buscó alguna pista oculta a los ojos de los profanos. Su mirada se cruzó con la de la criada, una mulatita que estaba la mar de buena, pensó para si. El gato, enorme, parecía estar de acuerdo.

Un par de horas antes, cuando todo empezó, entró en la cocina con el ánimo por los suelos. Como todas las mañanas estaba retrasando todo lo que podía el momento de ponerse a trabajar, y no es que no le gustara escribir novelas de misterio, que además se las pagaban generosamente, es que su naturaleza era incompatible con el esfuerzo a quema ropa. Pero en esta ocasión además, notaba la presión de un problema irresoluble.

Entró su gato, al que llamaba Tetris por la facilidad con que se metía en cualquier hueco, y enseguida notó, con esa perspicacia que solo tienen los gatos, que algo extraño pasaba.
Se preparó para lo peor; esta vez poco más podía hacer.

Cuando oyó la detonación se subió a la cortina. Tenía que maullar.





viernes, 4 de julio de 2014

relato de verano 1







Cada día que pasa noto cómo voy perdiendo memoria y aunque esto es algo que todo el mundo puede decir a poco sincero que sea, estoy convencida de que no a todo el mundo le pasa de la misma forma que a mí. El otro día me ocurrió un suceso que aún no sé cómo afrontarlo. Yo trabajo en una compañía aérea como azafata, ya saben, repartiendo sonrisas y cocacolas por igual a gente que en general no se merece ni una cosa ni la otra. Pues bien, estaba yo en plena tarea cuando de repente me di cuenta de que no sabía cuál era el destino del avión. Esto es algo que me sucede bastante a menudo, pues vuelo con demasiada frecuencia y es normal que confunda los sitios a los que voy, pero tarde o temprano, siempre vuelve a mi mente la programación completa sin demasiados problemas. Sin embargo, el otro día por más que me esforzaba, seguía sin saber a qué ciudad nos dirigíamos. De la forma más natural se lo pregunté a mi compañera, según repartíamos naranjada a diestro y siniestro.
    -Oye, Cristina, ¿adonde vamos hoy?
    -¿Estás de broma? vamos a…. ¡coño!, ¿adónde vamos que no me acuerdo?
Mi compañera y yo estuvimos intentando recordar el lugar al que iba el avión sin conseguir ni la más remota pista.
    -Vamos a ver, ¿tú qué has metido en la maleta, bikinis o anoraks? Lo digo para centrar un poco el tiro.
   -Pues, ¿me puedes creer que no sé siquiera si me he traído la maleta?
 Con cierto rubor se lo preguntamos a otros compañeros que después de exclamar  según lo exquisito de su sentido del humor lo taradas que estábamos, se sorprendieron de que tampoco ellos recordaran nada. La pregunta se fue extendiendo y al final ninguno de los quince tripulantes de cabina que íbamos en aquel vuelo tenía la menor idea de nuestro destino. Con muchísimo tiento empezamos a preguntar al pasaje de la forma más disimulada de la que éramos capaces.
    -¿Qué, un poquito más de café? porque al sitio que vamos, lo mismo no es fácil tomarse uno tan bueno como este, ¿verdad?
    -Sí por favor, un poquito más … por cierto le va a extrañar mi pregunta, pero ¿me puede decir a donde vamos?
Sondeamos a la totalidad del pasaje de discretísima forma sin que nadie fuera capaz de decirnos nada. Al final, conseguimos convencer al sobrecargo para que se lo preguntara al comandante. Yo me ofrecí a acompañarle en la misión. Con cautela entramos  en la cabina de los pilotos a los que encontramos inmersos en sus tareas, sumergidos en mapas y hablando entre ellos en tono preocupado. Era evidente que ninguno de los tres sabía ni remotamente adonde iba el avión.
Finalmente aterrizó en una ciudad que creo que es la mía pero no estoy demasiado segura. Llegué a mi casa, o eso es lo que creo, besé amorosamente a mi marido, supongo, y desde entonces vivo con la sensación de que estoy algo perdida.

   




viernes, 27 de junio de 2014

Eficiencia ineficaz










Siempre he tenido la sospecha de que tanta obsesión en pos de la eficiencia no puede ser nada bueno. El perfeccionismo llevado a un extremo, la búsqueda de lo inmejorable, el devanamiento de la sesera hasta la extenuación persiguiendo lo sublime, el no conformarse con nada que no roce lo excelso…, todo esto es la consecuencia de un mundo pretendido impuesto por las grandes corporaciones y por las empresas dueñas de todo. Son ideas que pertenecen a consignas más que a necesidades intelectuales, es un afán competitivo llevado a un extremo de paranoia y como toda paranoia, no puede traer nada bueno. En Samsung, por ejemplo, tienen la obligación de crecer anualmente un mínimo marcado por sus amos, y si no se cumple, alguien lo paga con su puesto de trabajo. Este mandato conduce a la infelicidad, a la injusticia muy probablemente, a trabajar más horas y con mayor presión y, en definitiva, a una peor forma de estar en este mundo.
Vivimos en un universo lleno de imperfecciones, y nosotros nos empeñamos en buscar la perfección. Ni siquiera la constante de gravitación universal es realmente constante y el indispensable número “pi”, es un número irracional, que con eso está dicho todo, pero por si no fuera suficiente, diré que las cifras de sus decimales siguen y siguen sin ningún patrón hasta el infinito y aunque calculemos un millón de decimales no encontraremos ninguna pauta entre ellos. Buscamos pretenciosamente una rectitud que no existe, pues también la línea recta, a la larga, se acaba curvando, pues así es nuestro universo, deformado por su propia masa. Admitámoslo de una vez, vivimos en un espacio deforme y cualquier intento de crear la perfección acabará en un clamoroso  fracaso. Pero evitable.
Todas estas reflexiones las he recuperado de mi armario de trastos inservibles después de leer al economista Robert Reich que en un momento dado dice que Amazon es una empresa modelo. Es un clarísimo ejemplo de eficiencia donde todo está robotizado, digitalizado, sincronizado, optimizado, computerizado y como resultado de todos estos desvelos, ha facturado 75.000 millones de dólares el último año. El beneficio por acción en 2013 ha sido de más de medio dólar (aunque en 2012, tuvo una pérdida de 0,09$),  y tiene a 60.000 personas trabajando. Y ahora viene lo bueno. Resulta que una empresa con esos datos, debería dar trabajo, según sus cálculos a seiscientasmil personas, de modo que la búsqueda de la eficiencia, en este caso ha traído como consecuencia que trabajen la décima parte de personas que podrían haber trabajado. Ahora se me ocurre pensar, que si todas las empresas hacen algo similar para ser las más eficientes (si se reducen las plantillas y se exigen mayores resultados, aumenta la eficiencia), no quedará nadie que pueda comprar sus productos, por lo que estas grandes compañías perecerán aplastadas por su propia e inigualable eficiencia.
Ya lo sabíamos: nobody is perfect.






sábado, 21 de junio de 2014

Una de salmón






Siempre que me quiero deprimir (en mi caso las depresiones son voluntarias como medida para frenar tanta felicidad), pienso en los salmones. El salmón es un animal que goza de todas mis simpatías, o de casi todas, que tampoco quiero exagerar. Me gusta de él, lo andorrero que es, que no para quieto: nace en la parte más alta de los ríos, luego, tras dos años de infancia, si consigue que nadie se lo coma, se va nada menos que hasta el mar, y finalmente, como si de repente se acordara de algo de suma importancia que se dejó al salir de la guardería, vuelve al mismo lugar donde nació. Esto dicho así parece cualquier cosa, pero tiene un mérito enorme, pues en su regreso al lugar donde nació tiene que superar obstáculos impresionantes. Para empezar, a los osos, que no es cualquier tontería, luego a las águilas, y por supuesto al propio cansancio de remontar contra corriente (no hay otra forma de remontar) ríos muy caudalosos, a veces dando saltos de hasta 3,7 metros de altura. Por añadir un mérito más a su deportiva existencia, recorre 6,5 kilómetros diarios cuesta arriba, y yo, que soy montañero de altura, sé de qué estamos hablando. Encima, él lo hace sin porteadores.
Hay varios tipos de salmones (los del atlántico tienen una vida menos azarosa), pero al que yo me refiero, el del Pacífico, es tal cual lo he contado. Llegado este punto, podemos hacernos la siguiente pregunta: ¿y por qué pienso en los salmones cuando busco deprimirme? Por lo que he contado de su existencia, está claro que llevan una vida llena de emociones, rodeados de paisajes fantásticos, en entornos naturales lejos de las aglomeraciones urbanas, y saltando de acá par allá, ¿qué tiene todo eso de deprimente? (podemos comparar esa vida con la del escarabajo pelotero, más apacible, menos riesgos, sí, pero siempre acarreando mierda). Pues tiene  de deprimente, que este animalito, que además está riquísimo, al final de sus días presenta un aspecto lamentable, que hasta da un poco de asco verlo. De repente se le pone el pico ganchudo, le sale joroba en el dorso, y sus colores siempre discretos, cambian a unos ronchones colorados, síntoma clarísimo de mala circulación o de abusar del orujo, no sé. Además, en sus últimos momentos, ya va el pobre como si tuviera la cadera rota, a trompicones, despacito y de lado, por no decir que  va de culo. Es, junto al hombre, el animal al que más se le nota la vejez.
Pues eso, para deprimirse.





viernes, 13 de junio de 2014

¡Vaya pelotas!






El fútbol es un deporte que a mí, por lo menos, me tiene fascinado. Fascinado en el sentido de dejarme estupefacto, que no lo entiendo, vamos. No entiendo su adicción social. Todas las semanas, hay dos o tres días en que la totalidad de las emisoras de radio (en España, al menos) están dedicadas a transmitir partidos de fútbol, que en el 98% de los casos, ignoro qué equipos juegan. Esta invasión exagerada tiene el efecto, en mi caso, de resultarme, por abusiva intromisión, un deporte insoportable. Y es una pena, porque no lo es. Es un deporte que en el caso de tener una preferencia clara para que gane uno de los dos contendientes, puede resultar muy excitante. Yo he mirado este invierno, creo que unos tres partidos, que me han mantenido atrapado en el sillón, sufriendo y disfrutando, según el pelotón estuviera en un bando o en otro, y lo he pasado en grande, como cualquier otro aficionado, supongo. Es decir, que el fútbol en si, está bien, lo que no está bien es su abuso. Y ahora viene una temporada de no parar, y la temo.
Ya hay tres himnos oficiales del mundial (lo cual tiene la ventaja de repartir el hastío), espacios diarios para hablar de lo que está pasando en Brasil, anuncios con el mundial de protagonista, promociones, ofertas de televisiones, camisetas y advertencias de que comprar la que no es oficial, es delito también para el comprador (manda pelotas, y yo qué sé si me están vendiendo la buena), y por supuesto, polémicas. Parece que el pueblo brasileño no tiene muy claro eso de gastarse una animalada de dinero en estadios, infraestructuras despejadas y trenes, y pide que se atiendan antes otras necesidades más acuciantes. Para evitar que las protestas vayan más lejos, las calles de las ciudades donde se celebran los encuentros están tomadas por la policía. No quiero ni pensar, qué puede pasar si la selección brasileña es eliminada en la primera fase. Entonces, ya no habrá nada que detenga a los que no aceptan los fastos, pues ni siquiera podrán disfrutar de la emoción de ver a su país metiendo goles.
Aquí, tenemos nuestra particular guerra con las primas que se van a llevar los jugadores por participar. Según vayan pasando de fase, van cobrando más pasta (la primera son 60.000 € y la victoria final, 720.000€). Es una barbaridad,  y esta es otra de las particularidades del fútbol que me tiene fascinado: el dinero que ganan, y el dinero que deben. Por lo visto no hay club en España que tenga sus cuentas en paz con hacienda, y los que más dinero deben (mucho), son los que más dinero reparten a sus jugadores. Tampoco entiendo que se les permita seguir debiendo tanta pasta a las arcas públicas mientras se pagan esas primas y esos fichajes. Ignoro si eso también sucede en otros países.
El fútbol es capaz de unir a los pueblos, y los une tanto que hasta puede conseguir que renuncien a su independencia (cualquier adiccióun esclaviza, queridos niños). Según he leído, la noticia de que el Barsa dejara de jugar en la liga española, en caso de la independencia de Cataluña, junto a que Francia ha dicho que no va a aceptar que juegue en la suya, ha creado más desafectos a las ridículas pretensiones de Mas que cualquier razonamiento bien argumentado. Lo que la razón y el sentido común, no pueden conseguir, la perspectiva de quedarse sin el “clásico” arrasa.

Sí, el fútbol me tiene fascinado.

Por cierto, si queréis que parte de las primas de los jugadores vayan a parar a comedores escolares, en caso de que ganen, podéis intentarlo firmando  AQUÏ.




jueves, 5 de junio de 2014

Gin&tonic








Me acuerdo de cuando yo bebía gin-tonic. En realidad yo bebía casi todo, pero más que nada gin-tonic, y he de decir que dejé de beberlo porque llegó un momento en que me cansé de repetir siempre mis exigencias, que casi nunca eran atendidas, y siempre me miraban como a un bicho raro al solicitarlas. En aquella época gloriosa era una lucha perdida cualquier intento de disfrutar de ese combinado mágico. Supongo que también sucedería algo parecido con su hermano de taberna, el cuba libre, pero dado que en mi vida lo he probado, me trae sin cuidado lo que hicieran con él.
Me cabe el honor de ser de las primeras personas en exigir que me sirvieran el gin-tonic en una copa, no en esos ridículos vasos de tubo diseñados para no se qué, pero desde luego, no para beber un combinado. Primero, porque no cabe en sus proporciones canónicas (siempre quedaba la mitad de la tónica dentro de su botella), luego porque es tan estrecho que la nariz está excluida en un momento tan sumamente delicado como es el de saborear, y por si todo eso fuera poco, para rematar su inutilidad para el trasiego de una bebida fría, la única forma de sujetarlo es poniendo la manaza, siempre caliente, a su alrededor.  Pero ese era el vaso que siempre te ponían al pedir un gin-tonic, independientemente de la categoría del establecimiento. La diferencia es que en los de mayor fuste, sí tenían copa de balón cuando la solicitabas.  Claro, que aún con copa de balón, el gin-tonic seguía siendo una porquería. ¿Por qué? porque la tónica la ponían caliente, jamás estaba fría, con el efecto de que nada más servirla, la mitad del hielo se convertía en agua y el resultado era que te bebías un gin-water-tonic. Pero yo, una vez más, precursor, exigía la tónica fría, y aquí sí que siempre, siempre, incluso en el Ritz, me topaba con un muro imposible de sortear. La reacción era invariable a mi pregunta de si podían ponerme la tónica fría: el camarero, con un destello de superioridad en la mirada, me respondía como si me estuviera revelando el misterio más insondable del universo: “no se preocupe, le pongo más hielo”.
Así es como yo dejé de tomar gin-tonic. Ahora también dejaría de tomarlo, pero por todo lo contrario. Digo yo que entre la mierda que había antes, y el vaso de macedonia que te ponen ahora, tiene que haber un punto intermedio. Resulta que el gin-tonic está de moda, y las cosas que están de moda, no sé que tienen, pero acaban infectadas de estupidez y eso me produce casi tanto rechazo como el vaso de tubo.
¿Quién me iba a decir a mí, después de tantas peleas mantenidas con diferentes camareros, que aún había una forma de tomar un gin-tonic que me iba a resultar más irritante que la acostumbrada?
Afortunadamente, ahora bebo tal cantidad de vino en la cena, que el gin-tonic es completamente innecesario para acabar una buena velada. Si acaso, una infusión, que tampoco. Precisamente el otro día estaba con mi vecino en un bar de supermoda oye, y el pobre infeliz se pidió un gin-tonic. Mi sorpresa (él estaba acostumbrado) es que traía una bolsita de infusión que tintaba de colorines la mar de vistosos la bebida arrebatándole su sobria presentación y yo diría que su dignidad. Ufano, me dijo: ahora, lo que se lleva es poner los botánicos en bolsa de infusión.
No entiendo qué hago con mi vecino tomando copas, la culpa es mía.
Así es mucho más cool, me dijo para rematar la faena.






jueves, 29 de mayo de 2014

Feria del libro de Madrid









Todos los años por estas fechas me pasa lo mismo: se me parte el corazón. La culpa la tiene la feria del libro, que me produce sentimientos contradictorios, con el resultado de que no voy.  Me gustan los libros pero no me gustan las ferias. Será porque a las ferias va mucha gente, demasiada. Para mí, buscar, rebuscar, hojear, mirar y toquetear libros, requiere cierto aislamiento, es un placer íntimo que es más placer cuanto más íntimo. Incluso agradezco el silencio. Por eso me gusta meterme en las librerías cuando menos público hay, es entonces cuando más disfruto. Y la feria del libro del Retiro, en Madrid, es precisamente todo lo contrario, tanto que hacer lo mismo delante de tanta gente me parece hasta un poco obsceno, si seré rarito.
Curiosamente, esto no me ocurre con la feria del libro antiguo del Paseo de Recoletos.  Todos los años voy, por lo menos una vez. También es cierto que acudo movido por un afán de coleccionista, y para satisfacerlo, nada mejor que las ferias. Hago colección de libros científicos y técnicos, cuánto más antiguos, mejor, y más caros, claro, pero eso es harina de otro costal.
Y según digo esto, me pregunto cómo serán las ferias del libro dentro de unos cuantos años, y me respondo que todas las ferias serán ya, del libro antiguo, por lo que entonces no me perderé ninguna. No me imagino, más que nada porque no tiene sentido, una feria de eBooks. 
Sí, eso es a lo que vamos, nos guste o no. Sin darnos cuenta, de una manera sutil, casi oculta,  nos estamos digitalizando en todo lo que hacemos. Alguien nos está digitalizando. Incluso nosotros mismos, nuestros cuerpos me refiero, también se están digitalizando. Nos estamos reduciendo a ceros y unos, que es la mínima expresión de todo.  Yo cada vez veo más ceros andando por la calle, y de vez en cuando, algún uno que destaca entre tanta nadez. Mucha gente está aún en proceso y los hay que se les ve claramente que van camino de acabar siendo orondos ceros, y otros, los menos, en estirados unos.
El que no me crea que se pase por la feria del libro del retiro de Madrid uno de estos días, a ver si no.


Y ya que estamos de feria, yo también voy a vender mi novela, El Ladrón de Nubes. Arriba a la derecha, podéis ver el libro y si pincháis encima, ¡zas!, lo podéis comprar.  Sin hacer colas ni aguantar aglomeraciones. No se puede pedir más. De hecho, aunque sea una tontería, ahora mismo yo me voy a comprar un par de ejemplares, a ver si quedan.