viernes, 23 de octubre de 2026

Somos salmones


     

    Casi todo el mundo dice que lo que más le gusta de la televisión son los documentales de animales que ponen después de comer, pero es mentira. Nadie los ve, todos se quedan fritos en el sofá, pero yo si los veo y puedo decir que no me gustan nada. 

    Empiezan con un animalito saltando feliz por una pradera, y al final se lo come alguien, y si se trata de un depredador, no se lo comen pero igualmente muere. Es preferible la siesta, sin ninguna duda, pero por cuestiones de horarios, a esas horas yo ya me he despertado de la mía, y no tengo más remedio que ver los famosos documentales de la 2. Cualquier otra opción, queda descartada. 

    Pues bien, de todos los documentales que he visto, además muchas veces pues se repiten más que un bolero, el que más me deprime es el de los salmones. Qué forma de amargarme la tarde. Empieza con unos salmones hermosos, espléndidos, nadando por ríos de aguas limpias, sorprendentemente limpias, no sé de dónde sacan esos ríos, y acaban peor que las gacelas devoradas por las hienas o las leonas famélicas que al final cascan con una pata hinchada porque las ha mordido una mamba negra. Mucho peor: mueren de viejos. Joder, qué crueldad tan insoportable.

    La vejez de los salmones no es una vejez cualquiera, como la que puede tener una gacela que nunca llega a ser vieja, es una vejez como la nuestra, la de los seres humanos. Esta coincidencia es lo que hace que me resulte tan insoportable un documental sobre la vida de los salmones. 

    El salmón es un pez canónico, perfecto. Es el Apolo de los peces, como el ser humano lo es de los simios. Pero cómo acaba, por dios, da pena verlo, qué vejez tan mala. Al final, termina deformado, feo como una tarasca. La mandíbula inferior sobresale grotescamente, en forma de pico de águila por fuera de su propia boca; el color da asco, las escamas aparecen despeinadas, como si se estuviera pudriendo aún vivo, y ya no lo quieren ni los osos. Lamentable. 

    Cuando veo en el documental un salmón así, al final de su vida, no puedo evitar pensar que yo voy a acabar igual que él. Ya he empezado, que conste. El otro día me fijé en que la uña del dedo gordo de mi pie izquierdo cada vez se parece más a la mandíbula inferior de un salmón. Por algo se empieza. Acabaré desovando en las fuentes de algún río, lo veo venir. 

    Sí, ya sé, la vejez es la única forma que hemos descubierto para seguir vivos a partir de cierta edad, pero ¿era necesario volvernos tan feos? No sé, no sé, aún siendo cierto que la vejez te proporciona sabiduría, no hay sabiduría que compense tanta pérdida.

    Vaya mierda.