domingo, 26 de octubre de 2014

Fatiga de materiales







No es necesario ser ingeniero ni especialista en resistencia de materiales para saber lo que es la fatiga de materiales. Todo el mundo se hace una idea, pero por si acaso, haré un ligerísimo apunte sobre lo que significa: una pieza se puede romper con cargas dinámicas repetidas, así, plaf, sin necesidad de que sean demasiado grandes. Es más, y aquí viene lo gordo y lo que hace de la fatiga de materiales algo que siempre hay que tener en cuenta: se pude llegar a la rotura con cargas (fuerzas) cíclicas, relativamente pequeñas, muy inferiores  a la fuerza puntual estática que sería suficiente para romper la pieza de una sola vez. En otras palabras, el mismo material soporta mucha más fuerza si la aplicas una vez, que si estás todo el rato jode que jode. Pues bien, la física, como ya se ha dicho repetidas veces en este foro, siempre es aplicable tal cual  a nuestras vidas cotidianas y sus leyes se  cumplen inexorablemente con la misma certeza, por lo que no tengo más remedio que declararme en estos momentos a punto de rotura.
Estoy harto: desde que me levanto hasta que me acuesto no paro de escuchar las mismas frases, una y otra vez, repetidas por diferentes personajillos de forma insistente y machacona, que actúan como fuerzas cíclicas sobre mi ánimo y mi paciencia, a punto, ya digo, de la rotura. Ya no puedo más.  Estoy hasta las narices de oír cómo todos los que tienen asuntos en los juzgados respetan la decisión de los jueces (estaría bueno que no). También todos dicen que hasta que no se pronuncien los jueces, ellos no tienen nada que decir. Estoy harto de las presunciones de inocencia. Harto de “está en manos de la justicia”, harto de  “estamos trabajando en ello”, harto de “yo no lo sabía”, “no era mi responsabilidad”, “si está tan seguro de lo que dice, póngame una querella”, “ese señor ya no pertenece a este partido”, “hasta que no se demuestre su culpabilidad…”, “caiga quien caiga”, “es una persona muy respetable”, “no es asunto nuestro”, “eso pertenece al ámbito personal”, “pueden creerme….”, “eso está sin demostrar”, “y qué me dice usted de los ere de Andalucía”, “si tiene que ser juzgado que lo juzguen”, harto de escuchar la frasecita que exonera de toda culpa: “todos los políticos son iguales”, “todos son unos sinvergüenzas”, harto de oír con fingida admiración: “este país saldrá adelante porque los españoles somos estupendos”, harto, completamente harto.

Y para mayor inri, también estoy hasta el colodrillo del sonido que hace mi teléfono cuando entra un guasap, o un SMS. ¡Dios, qué hartazgo!





domingo, 19 de octubre de 2014

El sentido de la vida








Yo nunca leería nada que llevara como título EL SENTIDO DE LA VIDA, pero en esta ocasión no he tenido más remedio porque se trata de algo que he escrito yo. Vosotros aún estáis a tiempo de salir corriendo de esta página y hacer algo útil. Esa es precisamente la cuestión: algo útil.
Hay gente que se pasa toda su vida haciendo cosas que aparentemente no sirven para nada y sin embargo llega un momento en que de repente todo toma sentido y se convierte en lo más grande, lo más importante para alguien. Ese alguien puede ser un completo desconocido. En este caso, ¿vale la pena el esfuerzo empleado?
Esta reflexión, que tampoco es la bomba, la vamos a dejar ahí y luego ya volveremos a ella.
El otro día estaba yo hojeando un libro espantoso tratando de ver si es verdad eso de que en un libro malo, también puedes encontrar algo bueno, y leí la historia de un campeón mister universo (esos individuos que se entrenan para tener unos músculos hiperdesarrollados) que me dejó impresionado. Este señor se pasó toda su vida en un gimnasio entrenando horas y horas (para tener un cuerpo que daba grima verlo, por cierto) ensayando delante de un espejo posturas ridículas para que asomaran los músculos más recónditos, tiranizado por un régimen alimenticio inapelable, excluido de todos los hábitos divertidos, obligado a otros terribles y sometido a otros muchos suplicios inimaginables, la mayor parte del tiempo dopado, con una única finalidad: quería ganar un concurso de mister universo. No conozco a muchos que puedan decir que este señor había enfocado bien su vida, a mi por lo menos me parece un desperdicio de todo, de energía, de sacrificios y hasta de las toneladas de plátanos que tuvo que comerse la criatura. Pues bien, resulta que cuando ya estaba hecho un coloso, preparado para la gran prueba, según iba hacia el recinto donde se iba a celebrar el campeonato mundial de macistes, presenció un accidente en el que un niño quedó atrapado bajo un camión de gran tonelaje. Nuestro amigo fue corriendo y así, sin calentar, levantó el camión con las dos manos y lo sostuvo en vilo hasta que sacaron al niño. El esfuerzo fue tan bestial que se rompió los tendones de ambos bíceps. Naturalmente no pudo acudir al campeonato, y lo que es peor, no pudo volver a entrenar para recuperar su musculatura (una vez que te rompes el tendón del bíceps, solo puedes hacer el 70% del esfuerzo que antes eras capaz de hacer).
Terrible: su vida había dejado de tener sentido. Es terrible, sí, pero gracias a que su vida había perdido el sentido que él mismo había decidido darle, un niño pudo salvar la suya.

Ahora ya podemos volver al segundo párrafo de este artiblog, que con ese título yo jamás habría leído.





martes, 7 de octubre de 2014

Vaya cagada









Hay personas tan meticulosas y perfeccionistas que dan hasta un poquito de complejo. Su obsesión en hacer las cosas, no ya bien, sino perfectas, va más allá de lo imaginable, al menos de lo imaginable por mí. Siempre se les ve preocupados por conseguir lo mejor, la obra sublime y cualquier amenaza de fallo los tortura y no los deja dormir. Yo conozco a dos o tres personas que son así, es decir que existen.
Naturalmente, buscar no garantiza encontrar, y los hay que por mucho que se obstinen, jamás encuentran el unicornio que con tanta energía persiguen, pero al menos lo intentan.
Luego está Mariano, en el otro extremo, que es mi vecino; no el raro, del que ya he hablado otras veces, sino otro que es algo mucho peor. El pobre, yo no sé si es que es imbécil, o qué le pasa, el caso es que no da una a derechas. Ni a izquierdas, directamente, no da una. Todo le sale fatal y cada cosa que se propone, la acaba cagando. Y ojo, no es cuestión de mala suerte, todo le sale mal porque no le puede salir de otra manera; no se fija, lo hace de forma alocada, es un mentiroso, incluso le gusta engañarse a si mismo, y encima  se cree que sabe mucho cuando la verdad es que no tiene ni idea y mucho menos sus amigotes con los que se junta, pero lo peor de todo es su cabezonería. Como se cree que tiene razón, no escucha a nadie y él solito la lía parda. 
Lo malo es que sus meteduras de pata las acabamos pagando todos porque es el presidente de la comunidad. Anda que también, haber elegido a semejante memo… ¿qué esperábamos? Ni que decir tiene que nos está llevando a la ruina, aunque a él eso no parece que le importe nada, ni a él, ni a su grupo de amiguitos de la urba. De vez en cuando se reúnen en casa de uno de ellos y organizan fiestas, barbacoas y cosas así a las que no invitan a nadie. Después de cada cenita, convocan una reunión y ya sabemos lo que nos toca: pagar una nueva derrama. Las obras las hace precisamente uno de los vecinos de su círculo, menuda jeta, porque además, muchas de las cosas que hay que arreglar es porque se las han cargado ellos. Anda que no habremos pagado farolas que han roto de un balonazo sus niños. Angelitos.
En fin, una cagada.

Y hablando del Ébola, ¿por qué si solo se contagia por contacto directo con algún fluido corporal, se ponen esos trajes que te aíslan de todo? Los llaman epis (Equipo de Protección Individual) y nada más hay que verlos para hacerse una idea de para qué están hechos. Por lo visto los que se deben usar deben tener respiración autónoma (los epis usados en Madrid no tenían este sistema) y también protegen para contagios por aire.

Volviendo a lo de mi vecino Mariano, dentro de poco es la junta general de propietarios, a ver si nos lo quitamos de encima, aunque tal como se mueve el patio, no sé yo.





viernes, 26 de septiembre de 2014

Algemesí






Hay algo que soporto menos que cualquier noticia sobre corrupción, menos que la financiación de partidos a base de comisiones en obras públicas, menos que robar dinero que es de todos, menos que el relaxing café, menos que las autopistas innecesarias que luego tiene que pagar el estado, menos que los aeropuertos que nunca despegan pero con los que se ha forrado alguien que todo el mundo sabe quién es, menos que los áticos de lujo en Marbella, menos que las declaraciones del obispo de Alcalá, menos que las amnistías fiscales, menos que los reiterados premios a la lotería y  las peticiones de indulto, menos que las idioteces separatistas, menos que los patriotismos salvadores y nacionalismos bendecidos por la suprema autoridad, menos que cualquier intento de manipulación y menos que nada en el mundo.
Hay algo que no soporto en absoluto, que me revuelve el estómago y me hace llorar. Me refiero al orgullo de un pueblo por torturar a los animales y hacer de ello un motivo de regocijo, fiesta, y distintivo  étnico. En España hay mucha afición a estos espectáculos que yo siento como una vergüenza ajena. No solo es el tristemente famoso toro de la Vega en Tordesillas, que ya es bastante, son otros muchos toros, en cada pueblo, uno.
En estas fechas se celebra y festeja la becerrada de Algemesí. Yo no tenía ni idea, la verdad, y ayer viendo las noticias me quedé estupefacto ante las imágenes de un ataque furibundo de un defensor de la Fiesta (ole) a un detractor que intentó desplegar una pancarta contra la barbaridad que supone la becerrada (ahora contaré en qué consiste). Error, el animalista cometió el error de no darse cuenta de que su atacante sentía el mismo desprecio por los toros que por las personas, y la emprendió a puñetazos con él hasta que se cansó. Al final intervino la policía local para detener, por desórdenes públicos, al pobre animalista atacado y llevarlo a comisaría sangrando como un cochino junto con otros dos compañeros que también protestaban contra la becerrada. Está claro quienes son los indeseables a los que la ley tiene que detener a toda costa. Los otros, los partidarios de torturar a un animal hasta matarlo, siguieron disfrutando de su afición.
La becerrada de Algemesí, en Valencia,  por si alguien no sabe qué es, consiste en torear becerros que nunca llegan a los dos años (entre 10 meses y 24, según los organizadores; es decir, bebés de toro) por aficionados del pueblo. Le ponen banderillas, lo torean entre varios valientes y lo matan con estoque, aunque eso ya no es necesario la mayoría de las veces. Un espectáculo por el que muchos se lían a puñetazos para que siga formando parte de su cultura y tradiciones. Una cultura de bestias que lamentablemente seguimos transmitiendo a las siguientes generaciones como preciado tesoro de nuestras tradiciones.

Perdón, de las suyas; yo, contendiendo las ganas de vomitar,  me desmarco totalmente asqueado.




jueves, 18 de septiembre de 2014

Por si acaso








Las personas hacemos cosas movidas por una infinitud de motivos: por amor, por odio, por dinero, porque es gratis, por vocación, porque no queda más remedio, por compasión, por rencor… y las hacemos siguiendo un plan, el plan A, con la esperanza de que las vamos a hacer bien. Sin embargo la inseguridad y los deseos de triunfo, muchas veces nos hacen buscar una alternativa para tratar de garantizar el éxito de la operación, y hacemos cosas “por si acaso”, que es el plan B. ¿Quién no ha hecho alguna vez algo “por si acaso”?
En este capítulo cabe incluir las mayores tonterías que se pueden pensar. Por ejemplo, cuando perdemos un objeto, además de buscarlo (plan A), le ofrecemos a San Antonio Bendito una dádiva por si acaso funciona y lo hace aparecer (plan B). Si nos duelen las articulaciones, vamos al reumatólogo (plan A), pero por si acaso, nos ponemos una pulserita imantada de esas que terminan en dos bolitas, y que no valen para nada (plan B). Podemos poner mil ejemplos más exagerados en los que el plan B, de tan ridículo que es, resulta hasta cómico. Bueno, no pasa nada pues para algo está el plan A.
Lo malo es cuando hacemos cosas directamente “por si acaso”, sin haber pensado un plan A. Es terrible elegir directamente la opción ridícula, pues además, al carecer de un plan principal, de cómica ya no tiene nada. Así se han tomado grandes decisiones. Por ejemplo, se invadió Irak y se desató una guerra cuyas consecuencias seguimos sufriendo, por si acaso tenían armas de destrucción masiva. No había plan A, solo el disparate del “por si acaso”.
La homeopatía es claramente un plan B, un “por si acaso”. Y leer los horóscopos, sacar al patrón del pueblo en procesión cuando hay sequía, la reforma laboral de Rajoy para hacer crecer el empleo, la reforma del sistema educativo de Wert para que los alumnos españoles suban su nivel y nos hagan quedar mejor en los informes Pisa, las reformas fiscales, las sociales, sanitarias, invocar a dios para que disminuya el paro… últimamente tengo la sensación de que todo se hace por si acaso funciona, pero la verdad es que no funciona nada.

En fin, yo de momento me voy a comprar mi piedra preciosa de la suerte, a ver si me llevo una sorpresa. Lo mismo, ¿por qué no?







viernes, 5 de septiembre de 2014

Septiembre







Septiembre tiene lo mismo que tienen todos los meses: algo especial. No hay mes en el año que no se pueda decir de él que es el mejor, el mejor para algo. Quizá febrero y marzo sean los más tontorrones y aún así cuentan con características que los hacen únicos. Marzo, desde luego, pues el 20 ó 21, es el equinoccio, momento sublime en que el Sol está situado en el plano que define el ecuador terrestre. Luego, este fenómeno vuelve a suceder seis meses más tarde, es decir, el 20 ó el 21 de, tachán, septiembre. Otra vez se produce el aequinoctium, que a poco latín que sepamos su significado resulta evidente: noche igual. La duración de la noche y del día coinciden en todos los lugares de la tierra. Os parecerá una tontería pero yo ahí veo claramente un mensaje oculto del universo. Nos está diciendo que hay dos días al año en que podemos hablar de democracia cósmica, dos días especiales en que no existen privilegios y en cada rincón de la tierra sucede lo mismo, y lo que sucede vuelve a ser un ejemplo de igualdad: el día es igual a la noche, un equilibrio entre luz y tinieblas. Además, en esos dos días, y solo en esos dos días, los dos polos terrestres se encuentran a la misma distancia del Sol, lo que nos da otro ejemplo de equidad y justicia, pues el efecto es que la luz solar se proyecta por igual en ambos hemisferios. Son dos días en que no existe la división del mundo, entre los potrudos del norte y los malhadados del sur. Luego, se produce el cambio de estación, lo cual tampoco es moco de pavo, y aquí ya se pierde la equidad, pues cada hemisferio entra en una estación diferente y contraria. Otro guiño subliminal, otra vez un mensaje oculto y quien no lo quera ver, allá él.
Septiembre es el mes de la toma de decisiones y propósitos (se supone que buenos). Nos prometemos a nosotros mismos cosas que no se nos ocurriría pensar en junio, por ejemplo. Los hombres del marketing conocen esta debilidad humana por septiembre y lanzan colecciones a diestro y siniestro porque saben que muchos se sentirán tentados de iniciarlas.  Saben que a medida que vayan pasando los meses el interés por la colección irá disminuyendo y jamás han pensado prolongarla más allá de mayo, de hecho, no sabrían qué decir o regalar o vender a partir de esa fecha en que saben que ya no tendrán clientes. Si se trata de fascículos, de la historia de la navegación, por ejemplo, pagan a diferentes escritores para cubrir ocho meses, pasados los cuales, ya no mandan a la imprenta ningún fascículo más, y si se diera el caso de que aún quedara alguien interesado en adquirir el ejemplar “Navegación” del mes de junio se verían en un serio aprieto. Probablemente le mandarían uno de la historia de los jarrones de cerámica, de un año anterior, a ver si cuela.
También se lanzan cursos para aprender cosas (idiomas, informática, corte y confección…) con la misma estrategia y expectativas. Y promociones para gimnasios, y talleres de pintura, danza… todo merece ser empezado en septiembre, todo puede iniciarse justo cuando entra el otoño. ¿No es esto otro mensaje? Obviamente sí: Nunca es tarde para empezar algo nuevo.
En septiembre se produce la vendimia, se recoge la miel, la aceituna y otras frutas que no parecen frutas como el membrillo y otras que ni siquiera lo son, como la mora; es un mes que tiene una estación pequeñita en su interior, el veranillo de San Miguel, y a los atunes les pasa algo porque los encuentras más baratos en el mercado. Septiembre es un mes adorable y por eso yo lo adoro.
En octubre seguiré hablando de septiembre y quizá también en noviembre y diciembre para dejar claro que no exagero cuando digo que es un mes que da mucho para hablar.





domingo, 17 de agosto de 2014

La jota de la virgen de agosto.



He de reconocer que este artiblog lleva un podo de retraso perdonable por encontrarnos en pleno mes de agosto, que hasta las musas se van a la playa.

La semana que viene también me iré yo en pos de ellas, por lo que es probable que el próximo artiblog sea ya en septiembre.

Disfrutad/seguid disfrutando/espero que hayáis disfrutado, de las vacaciones.










La tarde del quince de agosto empezaban las fiestas y el pueblo entero salía al encuentro de la virgen de la ermita, más que por devoción, porque sabían que eso significaba fiesta, diversión, buñuelos, vino y lo más importante de todo: baile. Era un día esperado por todas las mozas casaderas y por todos los mozos que aunque en su ánimo no estuviera, estrictamente,  casarse, sí lo estaba todo el cortejo previo y, sobre todo, la expectativa de noches en la era bajo las estrellas en compañía de alguna paisana embelesada. Pero antes, era preciso acudir al baile en la plaza del pueblo. La jota de la virgen era la protagonista.
La bandurria gritaba de gozo y el pandero marcaba el paso con decisión. El pueblo de fiesta huele, suena y sabe a Jota. Todo el mundo la baila, todos menos el pobre Manuel. Todos la cantan menos él.

Clas carrasclás, carrasclás, clas clas clas….
Pon porron pon pon plaf

La jota de la virgen hace su milagro, y poco a poco, se van formando parejas que desaparecen entre risas camino de la felicidad.

¿Por qué no baila Manuel y tampoco canta? Cada año, cuando llega la fiesta de agosto, todo el mundo se hace la misma pregunta: ¿por qué Manuel, que es el mozo más simpático, bien parecido y galán del valle, se encierra en su casa y no sale hasta que  ya han terminado las fiestas de la virgen, y en las calles nada más queda el recuerdo de tanta ilusión? ¿Por qué Manuel no participa de la jota ancestral?
Solo el pobre Manuel, encerrado en si mismo, reconoce con vergüenza la razón: desde que era pequeño escribía garage, reciclage, hospedage, y también bagage. Sí, jamás supo dónde poner la jota, y nunca entendió cómo usarla.

Gamás de los gamases aprenderé, pensó Manuel con amargura en su rincón.








viernes, 8 de agosto de 2014

El gran vagón. Fin de la historia







El gran vagón seguía transformándose día a día, tanto si era por obra de la virgen de la ermita como si no, pero lo que estaba claro es que cada vez estaba más completo. Parecía que hubiera una voluntad en terminarlo, en dejarlo completamente acabado, listo para salir rodando en cuanto el último detalle estuviese listo. Y el verano también se iba completando, ya habían pasado los meses de más calor y nos encontrábamos en esos días de septiembre en que las tardes sorprenden trayendo un aire frío de alguna parte de las montañas cercanas. El calor agobiante que caía sobre el pueblo nada más terminar de comer, que nos obligaba a sestear, había desaparecido, por lo que podíamos reunirnos mucho antes en nuestro lugar secreto. 
Una tarde, por fin, nos pereció que nada más podía añadirse al gran vagón y fuera quien fuera el que lo estaba haciendo tenía necesariamente que dar su obra por concluida. Ha quedado de rechupete, decía el Cagarrutas como si lo hubiera hecho él. Parece la mar de cómodo, dan ganas de viajar muy lejos sentado en uno de esos butacones, dije yo, fascinado por la tapicería recién puesta. Yo nunca había visto unos asientos de tren tan nuevos. Estaban forrados de terciopelo de color verde aceituna, con una especie de dibujitos en relieve representando hojas de parra y grandes jarrones que les daba cierto aspecto de cortinas antiguas, pero unas cortinas extremadamente confortables. Daniel no decía nada, se le veía bastante indiferente a cómo había quedado el gran vagón y lo contemplaba con cierto distanciamiento, sin compartir nuestros comentarios. Cuando le preguntamos qué le parecía se limitó a encogerse de hombros, no sé si como gesto de apatía o como inevitable movimiento debido a una ligera tos que le dio en el momento.
El verano llegaba a su fin.
La última tarde nos vimos sólo el Cagarrutas y yo pues Daniel no apareció. Tampoco estaba el gran vagón en la vía muerta. Se lo habían llevado y ningún rastro quedaba de su presencia. Después de esperar un buen rato a ver si llegaba nuestro amigo, nos fuimos el Cagarrutas y yo a nuestra loma a ver pasar trenes sintiéndonos extrañamente abandonados. Estuvimos sentados sin decirnos nada hasta que un pitido quebró el aire.  Alargamos el pescuezo para ver mejor y abajo, en el sentido contrario a cómo llegó, vimos cómo se alejaba el tren misterioso arrastrado por la enorme locomotora verde. Nos dimos un codazo el uno al otro cuando distinguimos perfectamente que el gran vagón iba en el convoy. Allí estaba imponente, orgulloso, apenas afectado del inevitable traqueteo, deslizándose con rara suavidad por las vías. Nos levantamos instintivamente, quizá para verlo mejor o como señal de respeto ante no sabíamos exactamente qué. Alguien iba adentro. Nos miró y saludó con la mano. Era Daniel que siguió mirándonos hasta que el tren desapareció tras la curva. Levemente nos hizo la inequívoca señal de despedida.


F i n




jueves, 7 de agosto de 2014

El gran vagón. Tercera parte








Al día siguiente, cuando íbamos camino de nuestra loma, descubrimos en una vía muerta algo insólito que no debería estar allí. El Cagarrutas, siempre atento, descubrió la anomalía. ¿Veis el vagón de mercancías abandonado?, preguntó señalando hacia uno de nuestros lugares favoritos de juegos. Daniel tosió afirmativamente, y yo me fijé en algo más. Detrás del viejo vagón de madera de puertas corredizas, asomaba otro mucho más grande situado en otra vía muerta paralela adonde estaba el de mercancías. Hay otro vagón, exclamé jubiloso, parece de pasajeros. Los  tres nos acercamos corriendo, que era nuestra forma habitual de trasladarnos cuando nos dirigíamos hacia algo que nos interesaba, y descubrimos maravillados un larguísimo vagón de pasajeros, nuevo, reluciente, perfectamente cuidado. Estaba pintado de color azul y unas letras doradas pulcramente trazadas componían el nombre de alguna compañía ferroviaria que para nosotros era totalmente desconocida. Nos subimos al pescante de una de las puertas pero estaba, tal como nos temíamos, cerrada. Probamos en la puerta que había en el otro extremo pero tampoco se podía abrir. Miramos a través de los cristales y vimos que el interior del vagón estaba perfectamente limpio, como si lo acabaran de barrer, pero sin ningún asiento ni compartimiento. Un suelo de madera barnizada se extendía a lo largo de todo el vagón, cuyas paredes enteladas también estaban desnudas. Era como el interior de una caja gigante. Extrañados empezamos a imaginar su origen fantaseando historias absurdas que ni nosotros mismos dábamos por ciertas. Es el vagón de Franco, dijo Daniel, que lo han traído aquí para repararlo porque tiene una ballesta rota. El Cagarrutas y yo le miramos desconcertados por su versión.
El descubrimiento de aquel vagón marcó claramente un hito en nuestras vidas. Desde ese momento teníamos un secreto que no compartiríamos con nadie, mucho menos comentarlo en nuestras casas. Todas las tardes visitábamos el gran vagón, como acabó llamándose, y todas las tardes descubríamos estupefactos algo nuevo en su interior, como si unas manos mágicas lo fueran transformando día a día. Lo primero que observamos la segunda vez que lo vimos y que nos dejó muy sorprendidos  es que en las ventanas aparecieron unos visillos de tela gruesa de color crema recogidos en los extremos de los marcos que no estaban el día anterior. Daniel al principio mantenía que él si los había visto pero luego reconoció que estaba confundido y simplemente los había imaginado. El interior del gran vagón seguía vacío. Sin embargo, la siguiente tarde que fuimos a verlo, en las paredes había unos apliques de luz muy bonitos, de estilo modernista, aunque en aquel momento ninguno de los tres sabía qué era el estilo modernista. Poco a poco el vagón se fue completando con diferentes elementos sin saber nosotros qué vendría después o cuando estaría totalmente terminado. Nos limitábamos a maravillarnos por el prodigio. Algunas veces también íbamos por las mañanas para ver si cazábamos a alguien trabajando, colocando cosas, instalando los asientos, o haciendo cualquiera de las múltiples tareas que se requerían para acondicionar el interior tal como se estaba haciendo sin que aparentemente interviniera nadie.
Oye Cagarrutas, preguntó un día Daniel, ¿tú sabes si en alguna otra ocasión ha pasado algo parecido en el pueblo?, me refiero a que se hagan las cosas solas sin que haya nadie haciéndolas, o sea, que el pueblo esté encantado o algo así. ¿Encantado? No, no, qué va, lo único sobrenatural que tenemos es la virgen de la ermita y tampoco es del otro mundo lo que hace. ¿Qué hace?, se interesó Daniel creyendo que estaba llegando al fondo del asunto. Pues mantiene incorruptos unos palos de madera que por lo visto tocó hace muchos siglos, cuando se le apareció a un pastor en el mismo sitio donde ahora está la ermita. Los llamamos los palos santos de la virgen de la ermita, mejor dicho, así los llamábamos pues ya no existen. ¿No decías que se mantenían incorruptos?, intervine yo. Y tanto que sí, contestó el Cagarrutas dejando escapar una pícara sonrisilla, como que un día llegaron unos forasteros que no sabían que los palos eran santos y los utilizaron para hacer una paella. Los detuvo la guardia civil y les cayó una buena. Creó que aún siguen presos en Madrid haciendo trabajos forzados. Daniel y yo nos miramos un tanto incrédulos, al menos con el final de la historia.


MAÑANA SUBIRÉ EL FINAL. CASI CON TOTAL SEGURIDAD.



miércoles, 6 de agosto de 2014

El gran vagón. Segunda parte







Nos gustaba poner objetos en las vías para que el peso de los vagones los aplastara hasta convertirlos en láminas. Teníamos una gran colección de objetos despachurrados: monedas, chapas, cucharas… cualquier cosa era propicia para el aplanamiento. También jugábamos a adivinar qué tren iba a pasar poniendo la oreja sobre las vías, tal como habíamos visto hacer a los indios en las películas del oeste. El único tren que acertábamos era el Talgo que iba a Francia y porque sabíamos a qué hora pasaba. El Talgo, o el Tav, como también lo llamábamos, era uno de nuestros preferidos pues atravesaba la estación sin detenerse, a toda velocidad, dejando un remolino de aire a su paso que mantenía ingrávidas durante unos segundos unas bolsas de papel que poníamos a propósito en el borde del andén. La mayor parte de las veces, sin embargo, nos conformábamos con ver pasar los trenes a lo lejos sentados en una loma, nuestra loma, para sentirnos capturados por una sensación de felicidad que nos mantenía hipnotizados y nos llevaba, arrastrados por la estela que dejaban los últimos vagones, a lugares que imaginábamos fantásticos. 
En cuanto aparecía en nuestro campo de visión, saliendo de la última curva, un tren precedido de su silbato, y mejor aún en el caso de las máquinas de vapor, de su inconfundible “chucu chucu chu”, nos sentíamos tan felices que empezábamos a gritar como energúmenos y no parábamos hasta que se perdía en la lejanía todo rastro de su traqueteo unido al eco de nuestras entusiasmadas voces. En ocasiones acompañábamos los gritos con gestos enérgicos con los brazos moviéndolos adelante y atrás en un alocado vaivén que simulaba las enormes bielas de las locomotoras, tratando nosotros de resoplar de la misma forma que ellas, lo que en el caso de Daniel le provocaba muy a menudo sus recurrentes toses que él trataba de ignorar.
Una de las veces en que nos encontrábamos en nuestra loma esperando al Tav a la hora que sabíamos que iba a pasar, justo cuando ya lo oíamos a lo lejos, el Cagarrutas nos avisó de que algo extraño sucedía pues ese no era el Tav. ¿Cómo que no es el Tav, por qué lo sabes?, pregunté desilusionado. Porque os lo digo yo, respondió el Cagarrutas sin dejar espacio a la discusión. Yo también noto algo extraño, añadió Daniel antes de que un ataque de tos le callara. Pues sí que estamos buenos, de todas formas si es otro tren nos daremos cuenta en seguida, por lo que no merece la pena que lo discutamos.
A los pocos segundos apareció saliendo de la curva, bufando como un toro salvaje, un tren que efectivamente no era el esperado Tav. Éste venía tirado por una enorme locomotora de vapor, impresionante, la más grande que yo había visto jamás, pintada de verde y con una multitud de cañerías de hierro que envolvían la caldera, extrañamente limpia. Con el humo salían despedidas chirivitas rojas como confetis que ponían en espantada a los pájaros. Su paso producía un estremecimiento por todo el paisaje que parecía que iba a dislocar los montes y hacer tambalear los árboles. El Cagarrutas se persignó, ignoro por qué le dio por ahí. Madre mía, qué bonito viene hoy el rápido de Irún, fue todo lo que dijo. Pero no era el rápido pues observamos que poco a poco su marcha perdía fuerza y de las vísceras de la máquina empezó a salir un espesa nube de vapor blanco que chamuscaba los matojos más cercanos. Estaba aminorando la velocidad. Los tres salimos corriendo tras el tren, en dirección a la estación para no perdernos el espectáculo, pues seguro que se detendría. Bajamos corriendo la loma hasta llegar a las vías y aunque el misterioso tren desapareció de nuestra vista, aún percibíamos el aire caliente y con olor a carbón, testigo de que algo grande acababa de pasar.
Cuando llegamos exhaustos a la estación vimos decepcionados que el andén estaba vacío, ningún tren a la vista, que ya imaginábamos parado, estremeciéndose con el sonido de todos los hierros acomodándose a la posición de reposo después de muchos kilómetros a toda velocidad. Nada había. Resignados nos fuimos a nuestras casas arrastrando una enorme frustración. Entonces era el rápido de Irún, murmuró el Cagarrutas mientras nos alejábamos cabizbajos de la estación. Hasta se nos olvidó ir a recoger un pequeño cochecito de hojalata que habíamos puesto en la vía para nuestra colección de aplastamientos.



CONTINUARÁ, EVIDENTEMENTE.


lunes, 4 de agosto de 2014

El gran vagón. Primera parte.



Dentro de la oportuna sección "relatos de verano", voy a subir un cuento que por su extensión, lo voy a dividir en tres partes.
Hoy, claro, corresponde la primera. La segunda, probablemente la suba mañana o pasado. o al otro.




EL GRAN VAGÓN. RELATO EN TRES PARTES PARA LA TERTULIA PEREZOSA.









Cuando yo era pequeño pasaba los veranos en un pequeño pueblo de la sierra de Madrid, debido, por lo visto, a que padecía una ligera dolencia en el corazón y según mi abuelo, el aire serrano me vendría de maravilla. Allí conocí al que se convirtió en mi gran camarada y compinche de mil fechorías, que también sufría cierta insuficiencia cardiaca, aunque yo creo que lo suyo era otra cosa pues muy a menudo interrumpía su respiración normal para dar paso a una extraña tos ronca y seca que le salía del fondo de la garganta.
Fuera una cosa u otra, el caso es que nuestra deficiente salud nos dio la oportunidad de hacernos amigos y compartir tardes de chicharras, caminatas por montes abruptos, excursiones al río y sobre todo nuestro gran secreto del que hablaré más adelante.
El primer verano que coincidimos Daniel y yo sirvió como toma de contacto con la naturaleza que nos rodeaba sin que hubiera grandes hazañas dignas de ser contadas. Quizá había demasiadas cosas que teníamos prohibidas y por tanto las posibilidades de pasar a la gloria por nuestras aventuras se veían muy reducidas. Sin embargo, el segundo año, y mucho más el tercero y definitivo, fue algo muy diferente, en primer lugar porque aprendimos a engañar en casa y hacíamos cosas distintas a las que confesábamos hacer y sobre todo porque nos hicimos amigos de El Cagarrutas, que nos descubrió un planeta de posibilidades.
El Cagarrutas era el hijo del matarife del pueblo. Era un chaval despierto, de mirada inteligente, y tan desgarbado en todos sus movimientos que parecía mucho más alto de lo que realmente era. Si hubiera nacido en la ciudad sería delgado, pero como nació en un pueblo, era enjuto. Tenía el pelo como una oveja, acaracolado, increíblemente apretado y permanentemente sucio. Su verdadero nombre era Sisebuto (que también se las trae) y todo el mundo le llamaba El Cagarrutas, porque ese era el apodo de su padre el matarife y que antes también lo fue de su abuelo. Vaya herencia. 
MI casa lindaba con la de Daniel, compartiendo tapia, y estaban a las afueras del pueblo en una especie de colonia para veraneantes. El Cagarrutas vivía en una callejuela, también a las afueras del pueblo pero al otro lado, yendo hacia el río, que era por donde entraba el ganado y por eso las calles estaban permanentemente cagadas por las vacas. 
El Cagarrutas nos enseñó algo que hacer con esas plastas, realmente divertido. Consistía en coger una buena cagada, reciente a poder ser, lo cual no era ningún problema, y envolverla en unos papeles de periódico. Después, con sumo cuidado transportábamos el paquete hasta colocarlo justo delante de la puerta de alguna casa. A continuación prendíamos fuego al envoltorio hecho con el periódico y llamábamos insistentemente al timbre. El siguiente paso era salir corriendo a escondernos y ver cómo salía la señora de la casa que al ver el pequeño incendio trataba de apagarlo a base de dar vigorosos pisotones a lo que ella creía que eran sólo papeles. Nosotros en nuestros escondites teníamos que taparnos la boca los unos a los otros con fuerza para no reventar de risa y ser descubiertos por la enfurecida señora que gritaba auténticas barbaridades.
La afición que mostraba el Cagarrutas por esa broma encajaba perfectamente con su apodo, por lo que de alguna forma, parecía estar destinado. Ignoro si la gamberrada también se la transmitían de padres a hijos.
El Cagarrutas, Daniel y yo formábamos un grupo preparado para sacar todo el partido a la vida. Aprovechábamos cualquier oportunidad para disfrutar y eso era algo con lo que no siempre estaban de acuerdo nuestros respectivos progenitores.
De todos los lugares que ofrecía aquel pueblo para pasarlo bien, el que más nos atraía a todos, incluso al Cagarrutas que estaba más habituado, era la estación y sus alrededores. Ir allí a jugar era nuestro gran secreto pues lo teníamos completamente prohibido. Los padres de Daniel y los míos pensaban que podía ser peligroso juntar trenes y niños y no andaban desencaminados pues la mayor parte de nuestros juegos tenían como elemento principal algún tren a toda velocidad. 


CONTINUARÁ MAÑANA. POR QUÉ LO DIVIDO EN TRES PARTES ES ALGO QUE SOLO SE PUEDE ATRIBUIR, POR UN LADO, A MI INCLINACIÓN PERMANENTE POR CREAR INTERÉS,Y POR OTRO, A TRATAR DE NO ABURRIR, QUE VIENE A SER LO MISMO. DE ESTE MODO, QUIEN ESTÉ INTERESADO, LO SEGUIRÁ, Y QUIÉN NO, SE VERÁ LIBERADO DE CONTINUAR LEYENDO MUCHO ANTES DE QUE ÉL MISMO SE DE CUENTA.




sábado, 26 de julio de 2014

¿Quién era yo?








Primero murió mi madre y luego mi gato. Después mi empresa tuvo que cerrar. Todo esto sucedió en menos de una semana de modo que cuando lloraba, no sabía si era porque había perdido a mi madre, a mi gato, o porque estaba en el paro. Al poco tiempo me abandonó mi mujer, quizá porque con tanto llanto yo había dejado de ser el hombre que antes era. Entonces me fui a vivir a un pueblo lejano y pequeño en el que nunca antes había estado, sencillamente porque tenía casas en alquiler muy baratas y allí la vida, en general, supuse que también estaría más acorde con mi nueva economía.
Al poco tiempo me di cuenta de que la panadera, además de vender unas hogazas estupendas, de esas de pueblo de toda la vida, olía a magdalenas recién horneadas, y eso, desde que yo era muy pequeño siempre me ha resultado irresistible, de tal modo que inicié un romance con ella. Yo no tengo hijos, pero ella para compensar mi carencia tenía tres. Nos fuimos a vivir juntos. Ahora el que huele a magdalenas recién horneadas soy yo, con lo que soy doblemente feliz. Todo esto ha ocurrido en menos de cinco meses y tengo la sensación de que llevo toda mi vida en este pueblo, casado con la panadera y con tres hijos, que son hijas, estupendos.
La persona que fui ya no existe, quizá jamás existió y todo ha sido una ilusión mía. Probablemente tampoco han existido nunca ni mi madre, ni mi gato ni mi empresa. Mi mujer, en cambio, sé que sí ha existido y que sigue existiendo porque de vez en cuando me llega alguna carta de su abogado para que firme cosas que yo sin discutir firmo. Total, ¿qué más me da?
Ahora mi única preocupación es la tahona, el fuego del horno y que suba la masa en el momento indicado. Mis tres hijas cada día están más guapas y su madre cada vez huele mejor. La felicidad es plena.
Me apena saber que en cualquier momento yo puedo dejar de existir y conmigo, todo lo demás. O quizá, al revés.





viernes, 18 de julio de 2014

Relato de verano 2










El gato permanecía quieto sin decir nada a pesar de que era de ese tipo de gatos que no se callan fácilmente. Nunca se había encontrado en una situación como aquella. De repente todo adquirió un tono diferente y el universo entero se transformó. En la cocina, la criada seguía muda por el espanto y el policía se mantenía circunspecto y callado como el mismo gato. Llamaron a la puerta.

Año y medio no es mucho, pero es el tiempo suficiente para coger cariño a un jefe si éste se lo ha sabido ganar. Desde que vino de Sosúa, su pueblo natal en la República Dominicana, Nelsa había trabajado en tres casas diferentes y en la que más a gusto se encontraba era en la última. El trabajo no era excesivo, tenía más tiempo libre y como inconveniente sólo cabía destacar la presencia de un horrible gato que se subía por todas partes llenando todo de pelos. Lo malo era que una vez encaramado a donde fuera, optaba o bien por maullar de forma insistente, o aún peor, defecar mefíticas bolas de mierda reconcentrada. Afortunadamente para todos, esta última opción era menos frecuente, por lo que a su amo, no parecía preocuparte mucho mientras fuera Nelsa la encargada de limpiar lo que debería estar, según las reglas establecidas, en un cajón lleno de arena.
Nelsa siempre pensó que el amo del gato y señor de la casa, en el fondo estaba un pelín trastornado, pero mientras fuera buena persona, lo demás no tenía que importarle.

Su mejor amigo, que además era psiquiatra, sabía que estaba atravesando una crisis, y se alarmó al ver un coche de policía a la puerta de la casa cuando fue a visitarlo.

Era agosto, hacia mucho calor, y al día siguiente se suponía que empezaban sus vacaciones. Qué mala suerte, se dijo a si mismo, mientras tomaba nota de todo el desaguisado que había en la cocina. Mandó al fotógrafo que tomara un par de instantáneas más desde fuera de la casa y también del jardín, donde aparentemente, todo estaba en orden. De forma profesional buscó alguna pista oculta a los ojos de los profanos. Su mirada se cruzó con la de la criada, una mulatita que estaba la mar de buena, pensó para si. El gato, enorme, parecía estar de acuerdo.

Un par de horas antes, cuando todo empezó, entró en la cocina con el ánimo por los suelos. Como todas las mañanas estaba retrasando todo lo que podía el momento de ponerse a trabajar, y no es que no le gustara escribir novelas de misterio, que además se las pagaban generosamente, es que su naturaleza era incompatible con el esfuerzo a quema ropa. Pero en esta ocasión además, notaba la presión de un problema irresoluble.

Entró su gato, al que llamaba Tetris por la facilidad con que se metía en cualquier hueco, y enseguida notó, con esa perspicacia que solo tienen los gatos, que algo extraño pasaba.
Se preparó para lo peor; esta vez poco más podía hacer.

Cuando oyó la detonación se subió a la cortina. Tenía que maullar.