miércoles, 27 de febrero de 2013

El Albatros de Heracles




Hace tiempo subí a mi maldito blog un cuento perteneciente a Los Trabajos de Heracles. Los Trabajos de Heracles es un libro de relatos que publiqué con la editorial Galisgam y que al poco tiempo cerró tras declararse en quiebra. Tengo la esperanza de que no fuera a causa de mi libro, aunque cabe dentro de lo posible. Cedí los derechos por dos años, aún no se han cumplido pero supongo que a nadie le va a importar a estas alturas que publique en mi blog personal otro de los relatos. Todos tenían en común a sus dos personajes centrales que… en fin, juzgad si la cosa es como para cerrar una editorial.



El albatros de Heracles



No me gusta hablar mal de nadie y mucho menos de mi amigo Heracles, unidos como estamos por los indisolubles lazos de una amistad que se remonta a nuestras edades escolares. Bueno, en realidad sí me gusta hablar mal de la gente y especialmente de mis amigos, las cosas como son, y con Heracles no voy a hacer ninguna excepción por muchos tebeos que hayamos compartido. Además, recuerdo que nunca me devolvía los que yo le dejaba. Granuja. En fin, lo que trato de decir es que en esta ocasión voy a confesar algo que hará tambalear la buena imagen de mi amigo, si es que tal cosa es posible entre la gente que lo conoce de verdad. Son revelaciones que ponen en evidencia su grado de neurosis.
El otro día estábamos en El Compás calibrando las distintas posibilidades que teníamos de llegar a nuestras casas sin utilizar la adecuada técnica de reptar si seguíamos bebiendo más cervezas, cuando me dijo sin rodeos:
    -Querido amigo, he de confesarte que mantengo un odio histérico hacia los animales con plumas.
    -Es decir –contesté sorprendido por la declaración tan fuera de lugar-, hacia las aves.
Heracles me observó y tras unos momentos en que se notaba que la duda atravesaba sus pensamientos me contestó de forma un tanto desconcertante:
    -¿Aves?... sí, exacto.
Hay veces en que tengo la impresión cuando estoy con Heracles, de tener delante de mí a un genio, una persona casi sobrenatural, un cúmulo de cualidades capaz de embelesar al más exigente conversador. Sin embargo, existen otros momentos en que lo miro preguntándome como es posible que pueda pasar tantas horas con semejante imbécil a mi lado.
    -¿sabes a qué es debido tu odio hacia las aves con plumas?
    -Sospecho que se debe a que echaron a perder... mejor empiezo desde el principio.
Damián, siempre al acecho, al oír la última frase de Heracles, se dirigió sin prisas pero con determinación hacia el grifo de cerveza con dos nuevas jarras recién sacadas de la cámara. Todo un profesional.
    -Cuando yo era niño –desde luego eso sí era empezar desde el principio- me gustaban las aves muchísimo –sentenció dramáticamente-. De hecho mi mascota era un albatros que me trajo mi padre del Pasaje de Drake,... ¿sabías que los albatros  pasan el 96% de sus vidas volando sobre el mar, y tan solo el 4% restante están sobre tierra firme? Pueden permanecer años sobrevolando los océanos sin posarse sobre nada sólido.
    -Caray –fui escueto, sí.
    -El albatros que yo tenía era de la familia de... ¿Cuál es el ave voladora más grande que existe? –me preguntó a bocajarro, y antes de que yo pudiera decirle que sin duda era el cóndor, me atajó.
    -¿Crees que es el cóndor, verdad?, ¡pues no! ¡Es el  albatros errante, diomedea exulans, justo el tipo de petrel que yo tenía!
    -¿No era un albatros? –dije confundido.
    -Es lo mismo. Prácticamente.
Di por buena la explicación de mi amigo, que compagina con maestría el conocimiento de los detalles más ocultos con la ignorancia general del conjunto.
    -El caso es que en cierta ocasión estábamos mi albatros y yo sentados al borde de un acantilado en la Costa Brava, cuando noté que se movía con cierta inquietud, como si le pasara algo.
    -¿Tu albatros estaba sentado a tu lado?
    -Claro.
    -Claro, claro.
Tras unos instantes de silencio, mi amigo prosiguió.
    -¿Te he dicho que el albatros que yo tenía era de la clase más grande que existe, aún mayor que un cóndor?
    -Sí, me lo has dicho.
    -¿Sabías que un cóndor puede soportar la carga de un niño volando?
    -No, no lo has dicho, pero no me resulta difícil imaginármelo.
    -Un albatros también.
    - También.
Pasados nuevos instantes de silencio, Heracles reanudó la conversación, juraría que con los ojos ligeramente humedecidos.
    -He de decirte que yo me sentía muy unido a mi albatros.
    - Lógico.
    - Y él conmigo.
    -Lo daba por hecho.
    -El sitio en el que estábamos sentados daba a una bahía inmensa dominando todo el panorama desde una altura bastante considerable. La brisa era suave, persistente y con olor a mar, lo cual no era en absoluto de extrañar dado el sitio en el que nos encontrábamos, pero sí es necesario evidenciarlo para poder entender lo que pasó a continuación. 
Me acomodé en mi taburete.
    -Noté que mi albatros se removía inquieto en su asiento –prosiguió-. Algo había en el ambiente que le mantenía en otro mundo ajeno al que nos rodeaba en ese momento. Su mirada estaba ausente y su expresión indicaba que se encontrase donde se encontrase, se encontraba mejor que si se encontrara donde se encontraba.
Miré con recelo su jarra de cerveza recién puesta.
    - Mi albatros sentía la llamada del mar. Yo intenté en balde contactar con él, animarlo como tantas otras veces había hecho,...
    -¿Cómo se anima a un albatros gigante? –interrumpí a sabiendas de que su respuesta sería una torva mirada.
Me miró torvamente y continuó:
    -Le pasé mi brazo por el hombro y luego lo acerqué hacia mí, frotándole las plumas de la cabeza. “¿Qué te pasa viejo amigo?”, le pregunté...
Es lo que tiene el alcohol, que a uno lo pone melancólico. Heracles tenía un nudo en la garganta que le impedía hablar. Estaba emocionado y por un momento me enterneció verlo, grande como un oso, a punto de soltar un torrente de lágrimas y mocos porque se acordaba de su albatros. Inmediatamente mi sentido crítico se impuso.
    -¿Mientras le preguntabas eso, batías los brazos? Un poco de lenguaje corporal, ya sabes...
    -Levantó el vuelo.
    -Ya, y desde entonces no has vuelto a saber nada de él, ¿no es así? –concluí dando por zanjada la historia de final previsible.
    -Cuando apenas había despegado, yo me tiré hacia él para sujetarlo sin darme cuenta de que me estaba lanzando al vacío desde lo alto del acantilado. Afortunadamente mi salto bastó para poder asirme a sus patas lo que me salvó de despedazarme contra los escollos de abajo. Si no hubiera sido por mi agilidad unida a su fortaleza, habría servido de alimento a los cangrejos.
    -Menuda suerte –exclamé aliviado de que mi amigo no se matara.
    -Sí, una mala suerte que me duró casi tres años.
Esto no lo entendí. Damián se dio cuenta y sin precipitarse acudió en mi auxilio con una jarra nueva de cerveza. Luego, Heracles declaró con voz profunda y seca:
    -Estuve tres años sobrevolando el mar unido a sus patas.
Hay momentos en que a lo largo de una conversación se produce un silencio que es necesario respetar pues forma parte esencial de la narración. Los silencios pueden decir muchas cosas y a veces son más elocuentes que las mismas palabras. Son momentos que marcan una pausa en el relato y sólo los buenos oradores saben cuando utilizarlo, pues es preciso contar con la suficiente experiencia  para saber que tu escuchante va a enmudecer hasta que tú des algún indicio de que ya está permitido volver a hablar. Es como cuando el torero, después de dar algunos pases maestros, repentinamente se da la vuelta, eleva la cabeza, saca pecho y con andares sobrados de soberbia deja a sus espaldas al toro que lo mira hipnotizado sin atreverse a seguirlo y pitonearlo a placer, que sería lo suyo. Un buen orador maneja los silencios con destreza, los propicia en el momento oportuno y mantiene al escuchante con funerario respeto tanto que en ocasiones baja la vista y simula reflexión o sufrimiento. El silencio que se produjo a continuación de que Heracles confesara que había permanecido tres años de su vida colgando de las patas de un albatros gigante, no era de ese tipo. En realidad no era un silencio fácilmente clasificable. Al principio enmudecí porque sencillamente no podía cerrar la boca. Luego, una vez cerrada, no podía abrirla.
    -Pero eso no es para coger manía a todas las aves –dije por fin y he de reconocer que lo dije sin pensarlo mucho.
    -¿Tienes idea de los equilibrios que tenía que hacer para alimentarme con los peces que me dejaba caer de su pico?
    -Y crudos, claro.
    -No, a veces me llegaban con salsa tártara y una botella de vino blanco bien fría.
Reconozco que de vez en cuando hago observaciones que merecen respuestas contundentes.
    -Sí, tres años en el mar son muy duros –asentí en tono reconciliador-, sobre todo si los pasas penduleando de las patas de un pájaro.
    -Imagínate. Claro que lo peor fue el impacto psicológico.
    -Bueno, pero ya pasó todo, ¿eh?, arriba ese ánimo.
    -Yo estuve tres años de mi vida alimentándome de peces regurgitados, prendido de las patas de mi mascota, pasando frío, calor, humedad,... ¿qué digo humedad? ¡permanentemente empapado hasta la médula de los huesos!,... he vivido más de tres años sufriendo todo tipo de privaciones y calamidades, sin ver a mis padres, ni a mis tíos, ni nada de nada,... todo porque pensaba que cuando se le pasara el ansia de mar mi albatros volvería a estar conmigo como siempre había sido, pero ¿sabes qué hizo cuando finalmente se posó en el mismo acantilado del que partimos y yo pisé por primera vez en tanto tiempo tierra firme?
Antes de que yo pudiera contestar ninguna tontería fuera de lugar, Heracles se respondió a si mismo:
    -Se miró las patas, las sopló, y a continuación remontó de nuevo el vuelo dejándome abandonado en mitad del acantilado.
    -¡Todos los albatros son iguales! –dije demostrando que mi capacidad de responder inconveniencias seguía intacta. Observé que los hombros de Heracles se movían convulsivamente y que trataba de ocultar la cabeza entre ellos.
    -Venga, no llores –intenté consolarlo- a lo mejor no era el mejor albatros que podías encontrar... es posible que tu albatros ideal te esté esperando en algún risco de la costa gallega y que un día vuestras vidas se crucen y viváis siempre juntos,... ya sabes... ese tipo de cosas.
    -Ya, claro, eso es lo que yo me dije, que tenía que reponerme, rehacer mi vida, pero no es fácil ¿sabes?, no es nada fácil.
    -Lo entiendo, a todos nos ha... podido pasar lo mismo alguna vez.
    -De hecho volví a tener otro albatros al año siguiente.
Me detuve en seco. Todo se detuvo en seco. Fue como si alguien hubiera destrozado el mecanismo que permite que las cosas no estén detenidas en seco.
    -¿Hubo otro albatros en tu vida? Quiero decir, ¿tuviste otro albatros?
    -Sí. Y pasó exactamente lo mismo. En esta ocasión sólo estuve suspendido año y medio de sus patas.
    -Lo que hace la experiencia.
    -No te creas, fue un golpe de suerte, porque el siguiente albatros que tuve...
    -Un momento, un momento –interrumpí con malos modales- ¿cuántos albatros has tenido en total?
    -Mmmm, no se, quizá cerca de diez.
    -Ah, bueno, digamos que lo normal, ¿no? –ironicé.
    -Sí, supongo, pero con muy mala fortuna, pues siempre me ha sucedido lo mismo –hizo una pequeña pausa para tomar aire y expulsarlo en un significativo resoplido-. En total he debido de pasar unos doce años de mi vida sobrevolando los océanos, agarrado a mis sucesivos albatros. Y al final, siempre me han acabado abandonando – dio un trago largo de cerveza-. ¿Comprendes ahora por qué odio a todos los pájaros, aves, o como quieras llamar a esa especie de animal ingrato?
   -Sí, una vez que lo has explicado, se entiende perfectamente.
   -¿Otra cerveza? –me preguntó totalmente restablecido de la conmoción de revivir sus tristes historias.
Yo se que Heracles jamás miente. Quizá por eso seguimos siendo grandes amigos aunque a veces pienso que podía ser menos neurótico.  Acepté la cerveza y brindamos por los siguientes albatros que pudieran presentarse en su vida.

Fin




miércoles, 20 de febrero de 2013

Cosas del tiempo






Conozco a una persona que está enamorada del tiempo.
    -Estoy enamorado del tiempo –me dijo-. Amo cada segundo que pasa.
    -Es una forma de amar la vida –contesté satisfecho de haber encontrado rápidamente algo bueno que decir a tan disparatada propuesta.
    -No, no es ese tipo de amor. Yo amo al tiempo por él mismo, no por los beneficios que puede representar para alguien que está vivo. De hecho, la vida me trae sin cuidado. Siempre me ha parecido un fenómeno sobrevalorado por los que estamos vivos. No, yo amo al tiempo como podía amar a la materia o al espacio.
    -¿No te parece que la vida está bastante ligada al tiempo?
    -Naturalmente que sí, pero no lo suficiente como para confundirlos.
   - Ya, pero ¿cómo puedes amar al tiempo y resultarte indiferente la vida? Si no estuvieras vivo, no serías capaz de amar nada. Por otro lado, sin tiempo no hay vida y sin vida no hay tiempo.
    -Los que estamos vivos tenemos una opinión demasiado sesgada de lo que es la vida y nos encanta proclamar que la amamos, pero la mayoría de nosotros no sabemos si eso es exactamente así. Yo me he dado cuenta de que amo al tiempo, precisamente pensando en cómo era posible que me resultara indiferente la vida.
    -¿Estás seguro de que no amas a la vida?
    -Cuando digo que no amo la vida, quiero decir que no la amo en el mismo sentido que dicen amarla quienes más la maltratan. Yo la amo pero de forma diferente porque también amo la vida ajena. Por ejemplo, soy absolutamente incapaz de hacer daño a nada que tenga consciencia de su existencia, por dos motivos: respeto, y porque de todo lo que existe en el mundo lo que menos soporto es el sufrimiento, tanto el propio como el de los demás. Pero, ¿significa eso, acaso, que amo a la vida? Yo creo que no. Simplemente significa que odio el dolor. Y llegado a este punto he de confesar que me parece que me he hecho un lío.
Yo a su vez, reconocí que me encontraba bastante confuso. Mi amigo me miraba calibrando el efecto de su confesión. Él me conoce y sabe que soy bastante crítico y que ante los estímulos apropiados suelo proporcionar interesantes argumentos para destruir o apoyar su postura,… algo, desde luego, diferente a un encogimiento de hombros con cara de besugo.
Puse cara de besugo con los hombros escondidos en el cuello y simplemente dije:
    -Esta democracia es una mierda.


jueves, 14 de febrero de 2013

Parece mentira




Se puede decir que en general no me siento tentado a escribir sobre las cosas tan desconcertantes que están sucediendo en nuestro país, pues para mi gusto son demasiado reales, y siempre me han atraído más las otras cosas, las no reales. La realidad es lo fácil, porque es lo que tienes sin ningún esfuerzo, está ahí y ya está; la no realidad en cambio es más compleja pues admite muchísimos matices, algunos, completamente surrealistas, y con eso lo he dicho todo. Por recordar a Lewis Carrol, soy más partidario de la celebración del no-cumpleaños que del cumpleaños, pues para empezar, tengo 364 oportunidades de celebración y no solo una. Lástima que no esté Lewis Carrol entre nosotros, a ver qué decía.
El caso es que el realismo está haciendo la competencia de forma desleal al surrealismo. A ver si no: el actual presidente de la patronal es un negacionista de la situación laboral. El anterior está en la cárcel por “malas” prácticas empresariales. El vicepresidente actual de la patronal y presidente de los empresarios madrileños va a ir pronto a hacerle compañía, por ignorar algo tan básico en el funcionamiento de las empresas, como es la debida tributación a la Seguridad Social. Su amparadora, y expresidenta de la CA de Madrid, todo lo que tiene que decir es que “estamos en un estado de derecho y el señor Fernández merece todos mis respetos”. Pues qué bien, respetemos todos a D. Arturo, que de momento, de forma constatable, acumula 16 multas de la Seguridad Social por impago (total medio millón largo de Eurípides).
Del resto, de lo que viene de lejos, prefiero ni mencionarlo que ya está muy trillado, pero por seguir con la actualidad del último minuto, hay tres primas y una tía, o la abuela, uno ya no sabe, del rey, que van a ser imputadas por su relación con la mafia china. La realeza no sale de las redes delictivas. Ahora metida en la multinacional del blanqueo, donde su CEO, Gao Ping, el chino malo, está en la calle por un error del juez, pero que si no llega a ser por ese fallo tan tonto sería compañero de celda de los anteriormente citados.
Joder, si es que todo parece mentira de lo irreal que es.
Yo de momento, veo una posible salida a mi existencia postulándome como próximo papa ahora que ha quedado vacante el puesto. A ver si es verdad.

miércoles, 6 de febrero de 2013

Mi abuelo menguante



Mi abuelo esperaba todos los años la llegada de la primavera con verdadero entusiasmo. No era algo nuevo, aparecido con la edad, sino que le había pasado siempre, desde que era niño. O al menos eso era lo que me contaba a mí, que siempre le había gustado muchísimo la primavera. Quizá por eso lo sintió tanto cuando un año ocurrió algo insólito: no hubo primavera. No es que se alargara el invierno, o entrara antes el verano, no; sencillamente ese año tuvo sólo nueve meses y justo los tres que faltaron eran los correspondientes a la primavera. Mi abuelo, como os podéis imaginar, se llevó un disgustazo enorme, pero qué iba a hacer el hombre. Lo curioso del fenómeno es que así volvió a suceder al siguiente año y al siguiente, de modo que a partir de entonces los años se sucedían sin primavera. Años de nueve meses, justo lo que dura la gestación del siguiente.
Mi abuelo, que era una persona muy adaptativa con un gran sentido práctico, empezó entonces a disfrutar con mayor entusiasmo del verano, y cuando ya estaba prácticamente acostumbrado a tener sólo tres estaciones, de repente llegó un momento en que tampoco hubo verano. Pasó lo mismo que cuando desapareció la primavera, no quedó ni rastro. Sólo seis meses  y hala, ya estaban celebrando la llegada del siguiente año, que como era de prever, también pasó directamente del invierno al otoño. Y pasaron muchos años que eran medios años cuando finalmente sucedió algo que ya estaba esperando mi abuelo: años de tres meses. Sólo invierno. Hasta que llegó un día, bastante frío, claro, en que también desapareció el invierno, con lo que a mi abuelo no le quedó otra salida que morirse.
Y así vive desde entonces, completamente muerto, pasando años que no existen.


miércoles, 30 de enero de 2013

La verdad sobre la verdad



Yo antes me levantaba, según el día, de buen humor o con un humor de perros, y con esas dos alternativas acababa toda la variedad que cabía esperar de mí a esas horas. Sin embargo, últimamente mi capacidad para despertarme de una forma determinada es infinita. Desde que me he hecho hiperactivo ya no me conformo con tener buenos o malos despertares, ahora amplío el abanico de posibilidades a distintas ocupaciones. Así, hay días que me despierto crítico de arte, otros dentista, o agrodimensor, pediatra, pintor de brocha gorda, cantante de boleros (las menos veces)… no tengo límite. Ayer, por ejemplo, me desperté ingeniero de montes y ordené un plan de reforestación para la sierra norte de Madrid que incluía variedades de pino autóctono de las Baleares, que en caso de seguir adelante (lo puse en marcha ayer mismo), todos los municipios de la zona quedarán muy agradecidos.
Hoy sin embargo me he levantado filósofo y tengo la impresión de que he resuelto el gran problema que la filosofía ha tratado de resolver desde Aristóteles.  ¿Qué es la verdad? Mi conclusión es demoledora, pero qué quieres, es el resultado de utilizar el pensamiento crítico al entorno que me rodea y en el entorno que me rodea veo a un señor, tesorero él, que le pillan con 22 millones (auténticos y verdaderos) de euros en Suiza, a un juez inhabilitado por buscar la verdad y demostrar  cositas relacionadas con los 22 kilos pero que alguien dijo que eso no valía porque había utilizado escuchas telefónicas sin avisar, a una deportista a la que la Guardia Civil la registra y graba con video pruebas que la inculpan de verdad pero vuelven a decir que eso del vídeo tampoco vale y ahora es senadora, a varias Cajas de Ahorros hundidas sabiendo todo el mundo la verdad de por qué se han hundido,… puedo seguir, pero mi filosofía no da para tratar el concepto de infinito. Pues bien, después de mis observaciones he encontrado la respuesta a la gran pregunta planteada por los grandes pensadores sobre cuál es la naturaleza de la verdad (algunos aportando soluciones bastante peregrinas, he de decir), y mi conclusión es, atención, la siguiente: LA VERDAD NO AÑADE NADA DE INFORMACIÓN.
Esta sentencia es tanto como decir que la verdad es irrelevante, lo cual resulta obvio.
Y como buen filósofo, extiendo mis conclusiones a corolarios tratando que resulten fáciles de recordar por futuros alumnos de filosofía, y es el siguiente: EXISTEN INDIVIDUOS QUE CONTEMPLAN LA POSIBILIDAD DE TENER EL PODER DE LOS DIOSES, Y OTROS QUE NO ADMITEN ESTE HECHO COMO UNA IMPOSIBILIDAD.
En fin, a ver cómo me levanto mañana.


miércoles, 23 de enero de 2013

Harto de estar harto




Estar harto de algo me pone de muy mal humor con todo, y eso no está bien. Pagan justos por pecadores. Ayer sin ir más lejos, llamé escoria maloliente (en el buen sentido, eso sí), al perro de mi vecino porque le pillé levantando la pata sobre un arbusto de arizónicas. El suceso es revelador de mi estado de excitabilidad, sobre todo si tenemos en cuenta que los perros siempre me han caído fenomenal, mientras que no soporto a las arizónicas y nunca me ha parecido mal que alguien se mee en ellas.
Sí, ya se que todos estamos hartos, tan hartos que el hecho de reconocerlo ya nos produce hartazgo, como dice Serrat, pero yo, en mi modestia, voy a proponer una solución. Y la solución, una vez más, nos la ofrece la naturaleza por cortesía de la física, o al revés, pues una cosa nos lleva a la otra y la otra a la una, y aquí está precisamente el quid de la cuestión.
Me refiero a los procesos reversibles. Aunque todo el mundo, sin necesidad de saber nada de termodinámica, sabe qué es un proceso reversible, pues basta con conocer el significado de la palabra reversible, voy a fijar una definición para que no quepa ninguna duda: si haciendo A, consigo B, el proceso será reversible si haciendo B consigo A. De esta forma tan llana evitamos hablar de sucesivos (infinitos) estados de equilibrio, y lo que es mucho más lamentable, de incrementos de entropía, con lo que yo disfruto hablando de entropía en general y de sus incrementos en particular.
Pues bien, ya está, ésta es precisamente la solución a tanto hartazgo. Basta con darse cuenta de que tanto lo que nos produce enfado y depresión como lo que nos lleva a un estado de alegría y euforia,  son procesos reversibles. Es decir, y volviendo a la definición anteriormente convenida que la puse para usarla: si cuando estoy alegre, lo que hago de forma natural es cantar, reír, y corretear por el campo con los brazos extendidos haciendo el avión, lo que tengo que hacer nada más levantarme, es cantar, reír y salir a correr con los brazos extendidos haciendo el avión, pues todos estos gestos traerán como consecuencia inmediata, que yo me encuentre contento, alegre, eufórico y pletórico de energías. No es teoría, lo vengo haciendo desde hace varios días y la cosa funciona.
El perro de mi vecino ya puede mear tranquilo, y a su dueño, ya no le cabe ninguna duda de que me he vuelto loco. Seguramente. Confío en que sea reversible.


martes, 15 de enero de 2013

Reciclaje




Lo del reciclaje tiene su historia. Corta, porque antes nadie reciclaba, ni siquiera los ecologistas, más que nada porque no existían. Ahora, en cambio, cada vez reciclamos más cosas: papel, vidrio, pilas, aceite, bombillas, envases de latón, envases de plástico, envases de cartón, madera,… todo cosas inútiles, porque las importantes, las que cuestan dinero, esas no se reciclan, directamente las tiramos a los pocos meses de haberlas comprado. Es más rápido y barato comprar una impresora nueva que cambiarle los cartuchos de tinta y si se nos estropea cualquier electrodoméstico, a nadie se le ocurre intentar repararlo. Ahora, por donde fallan todos es por la fuente de alimentación, que nadie sabe exactamente a qué se refieren con eso de la fuente de alimentación. ¿El enchufe? ¿Tengo que tirar a la basura el ordenador que compré el año pasado porque le falla el enchufe? Estamos como auténticas cabras.  Llenamos nuestras cocinas, que ya ni nos queda espacio para cocinar, con un montón de cubos de basura de distintos colores  para no equivocarnos a la hora de reciclar diferentes porquerías, y luego asumimos  como corderitos que la televisión home cinema no tiene arreglo porque falla la fuente de alimentación (es decir, el enchufe o algo parecido) y cuesta más cambiarla (repararla es imposible) que la misma televisión. Pues vaya. Para empezar no me lo creo.
Que conste que no estoy en contra de reciclar, todo lo contrario, pero con criterio, no a lo tonto. Por ejemplo, podíamos reciclar expresidentes de gobierno antes de que se les ocurra a ellos por si mismos cómo darse otra aplicación. Incluso, en algunos casos podíamos reciclarlos antes de que lleguen a ser ex.
A mí se me ocurre que también se podían reciclar otras cosas que tienen mucho más valor que un expresidente, o presidente aún en funciones. Por ejemplo, las últimas navidades yo las podía reciclar y usarlas como vacaciones de semana santa, a ver si me salen mejor. También podíamos reciclar esa típica tarde que echamos a perder sin hacer nada interesante, y usarla como una hermosa mañana de primavera para salir al campo a corretear como una vaca. O a la vaca misma; cogemos y la reciclamos en un amigo, o mejor aún, en una pareja estable (las vacas son extremadamente cariñosas). Claro, que a ver dónde ponemos un cubo para reciclar vacas, y sobre todo, de qué color sería el cubo, porque ya no quedan.
No se, hay muchas cosas que podemos reciclar para contribuir a preservar el medio ambiente y conseguir un mundo más sostenible. Como todo, solo es cuestión de echarle imaginación.


martes, 8 de enero de 2013

Roscón de reyes








Esta mañana, nada más levantarme fui a hacer cola para comprar un roscón de reyes, como hago todos los años, para mandárselo a un amigo mío que vive en Pamplona y al que no veo prácticamente desde que hicimos la mili. Es una vieja tradición que mantenemos con el único fin de estar en contacto al menos una vez al año, que ya me contarás tú para qué. 

Lo bonito de esta tradición y además lo absurdo (todas las tradiciones tienen un lado discutible que es bonito, y un lado innegable que es absurdo)  es que a su vez mi amigo de Pamplona hace exactamente lo mismo que yo: el día cinco de enero me compra un roscón de reyes y me lo manda a continuación con un tarjetón en el que me desea todo tipo de maravillas, con el añadido final de a ver cuándo nos vemos. 

Ni qué decir tiene que todos los años, tanto él como yo, nos comemos el roscón duro como una piedra, pues tardan tres o cuatro días en llegar a su destino. Para mayor inri, los dos sabemos que no vamos a volver a vernos jamás, pues como dije anteriormente, ya me contarás tú para qué. 

Pues bien, a pesar de tanta certeza de lo inútil y sacrificado de nuestra particular tradición, la seguimos manteniendo año tras año desde hace veinte sin faltar ni uno sólo, y parece que el hecho de comernos el roscón duro, nos une más, pues un roscón cuando está blandito puede ser bueno malo o regular, pero cuando está duro solo tiene una opción, y es estar duro; es decir, que no hay quién se lo coma. 

Es como si estuviéramos juntos, uno al lado del otro comiendo el mismo roscón de granito, una especie de comunión mística entre mi amigo, al que no veo desde hace veinte años (ya me contarás tú para qué), y yo.

He de confesar que he pasado por momentos de debilidad y muchas veces he tenido la tentación de mandar a paseo la vieja tradición y sobre todo a mi amigo de Pamplona, para comer, por fin, un roscón como dios manda, que ya no sé ni a qué sabe cuando está hecho del día. Pero siempre, una voz interior me ha hecho desistir de tan sabia decisión, y de nuevo vuelvo al absurdo rito de hacer cola para acabar comiendo un roscón que todo él parece la sorpresa de cerámica que ponen en su interior.

El otro día, como decía, me levanté temprano para cumplir con nuestro viejo compromiso, pero me sucedió algo terrible: cuando ya tenía mi roscón envuelto, con la lazadita final que hacen con extraordinaria facilidad los dependientes pasteleros, el señor que estaba delante de mí se dio la vuelta para marcharse y justo en el momento en que pasaba  a mi lado se detuvo mirándome fijamente. Tras unos momentos de vacilación, nos reconocimos. 

Se trataba, sí, de mi amigo de Pamplona que había venido a Madrid a un bautizo. Apenas nos dijimos nada. Sencillamente nos dimos el roscón, el uno al otro, y tras desearnos feliz año nuevo nos dijimos adiós marchándonos cada uno por su lado. Antes hicimos un tímido comentario  de a ver cuándo nos veíamos.

Ahora los dos sabemos que nunca más volveremos a mandarnos un roscón por reyes. 

Al menos, este año, me lo voy a comer del día.





lunes, 7 de enero de 2013

Año nuevo, nuevas costumbres




Queridos amigos visitadores de La Tertulia Perezosa. Llevo un año y 22 días, exactamente, con este blog, mi maldito blog. Todos los lunes sin excepción he cumplido con mi autocompromiso de publicar un artiblog, la mayoría de las veces, escrito el mismo lunes (bueno, digamos que un 51%, escueto porcentaje pero suficiente para ser mayoría). El correspondiente al día de hoy está escrito desde ayer, y sin embargo no lo voy a subir hoy. Es más, no los voy a volver a subir ningún lunes. Como dice el titular, año nuevo costumbres nuevas, y a partir de esta semana la fecha de aparición de mis historias será los martes. O quizá los miércoles.
Si os interesan, estad atentos.

Abrazos mil.

lunes, 31 de diciembre de 2012

Primos, tíos, demás parentela y feliz 2013.



2013 es un año de primos. Cada uno de sus dígitos es un número primo y me temo que la mayoría de los que lo vamos a vivir también. Porque hay que ser primo, no me digas. No, no voy a enumerar la lista que avala mi conclusión matemática, no tengo cuerpo. Es lo que tienen los excesos navideños, que te dejan sin cuerpo. En mi caso, no es por exceso, sino por defecto. No tengo cuerpo porque sencillamente me falta, y ya está. Por eso estoy dentro del grupo de los primos: no puedo dividirme nada más que por mi mismo, que doy la unidad, o por la unidad, que doy a mi mismo. Todo un primo, vamos, sin cuerpo que se pueda despiezar, que bien mirado, con los tiempos que corren es una ventaja. Aunque como decía Jardiel Poncela, cuando alguien proclama, me has dejado de una pieza, lo normal, es que en ese momento esté hecho trizas.
También vale, pero volviendo con los parentescos, los primos por lo general son buenos tíos, mientras que los malos tíos, no suelen ser primos. ¿Por qué será? No tengo ni idea, pero ¿es mejor ser primo o mal tío? Los malos tíos lo tienen clarísimo, ni se lo piensan, en cambio los primos dudamos, que es la mejor forma de demostrar que efectivamente somos unos primos. En cualquier caso, yo creo que no es algo que podamos elegir, más bien, venimos de fábrica de una determinada manera y no podemos cambiar según nos apetezca. Algunos lo han conseguido en cierto modo y se han quedado en un terreno que comparte características de ambas formas de ser. Son primos que en cuanto pueden, se convierten en malos tíos. Suelen acabar siendo malísimos tíos. Si no hubiera primos, los malos tíos lo tendrían más difícil, pero la suerte que tienen es que cada vez abundan más.
En fin, espero y deseo que el próximo año solo tenga de primos a los números que lo componen, y que entre todos nos quitemos de encima a los malos tíos.
Ojala.

¡Ah, y feliz 2013 para todos, salvo para los malos tíos, claro!




domingo, 23 de diciembre de 2012

Pavos negros

Un año más os voy a dar la lata con mi cuento navideño. Os deseo a todos un futuro lleno de felicidad y prosperidad y el mejor momento para empezar es ahora, en Navidad.



PAVOS NEGROS

En mi casa, cuando llegaban las navidades nos reuníamos todos alrededor de un pavo inmenso que traía mi abuela y nos pasábamos horas mirándolo. Un rito que repetíamos año tras año fascinados por el porte del animal, tan digno y soberbio a pesar de su cara de gárgola, o quizá por eso. Éramos cinco hermanos y dos primos, los siete bajo la tutela de mi abuela, que aunque no venga al caso se llamaba Dora. Se sigue llamando Dora, pues con sus 103 años está más viva que nunca. No como mis padres que murieron, según dice mi abuela, sin ninguna justificación.
La abuela Dora es una de esas personas que uno nunca sabe cuando va a sacar un hacha y se va a liar a destrozar todo. También da la sensación de que en su composición interviene como material fundamental la madera. Su cara parece esculpida en un tronco de roble, sus manos parecen raíces de olivo y el resto del cuerpo a saber, pues siempre va oculto en un vestido negro que la cubre en casi su totalidad. Las piernas permanecen embutidas en unas medias gruesas de lana, también de color negro, y todos suponemos que son leñosas y con muchos nudos. Mi primo dice que una vez vio que le salía una ramita de ébano por el tobillo, pero se la debió de podar enseguida porque yo nunca se la vi. Da igual que sea verano o invierno, siempre va así, de negro. Como el pavo, que también tiene los muslos de madera.
Mañana ya no habrá pavo y de los cinco hermanos y dos primos, el único que queda soy yo. Mirar el pavo solo, sin la compañía de los demás, no es lo mismo, pero por seguir la tradición, aquí estoy; mejor dicho, aquí estamos, niño y pavo,  uno enfrente del otro, contemplándonos sin recato. Os contaré qué fue de mi familia.

Las últimas siete navidades han sido las siete navidades más tristes de la historia, siendo cada cual peor que la anterior. Primero fue Carlota, la pequeña de mis hermanas pero sin ninguna duda la más gorda. Desapareció de forma misteriosa el día anterior a noche buena. Es decir, un día como hoy, 23 de diciembre. Estábamos los siete contemplando el pavo y en un momento de descuido ya no estaba ni el pavo ni Carlota. El pavo apareció al día siguiente en la cena de Navidad, asado y relleno de castañas hechas de madera, pero de mi hermana nunca más se supo. Nos comimos el pavo y por cierto no sobró absolutamente nada, tal como había venido sucediendo siempre. 
Después de mi hermana la gorda, en la siguiente navidad, desapareció de la misma forma, Darío, mi primo mayor que no era gordo pero era alto y fuerte como un oso. Conviene que aclare que donde todos nosotros vivíamos, y aún sigo viviendo yo, los osos no son osos normales, esos temibles animales que hay en otras partes del mundo donde hay osos, no. Nuestros osos jamás pasan de los 80 kilos de peso y aunque son muy fuertes no resultan peligrosos. A veces, incluso, entran en las casas buscando un poco de calor y un vaso de leche, pues les encanta la leche. En cierta ocasión, cuando éramos pequeños casi todos (mi primo mayor nunca fue pequeño, no sé por qué), entraron en casa dos osos de aspecto inofensivo, más bien con cara de lechuzos y justo cuando les íbamos a dar un cuartillo de leche con unas galletas, llegó la abuela Dora quien los puso en espantada a escobazos. Este suceso sirvió para que mi abuela dijera que a Darío, igual que a mi hermana la gorda, se los había llevado un oso.
Al año siguiente de desparecer Darío, el oso se llevó a Carmelo, mi hermano gemelo que se parecía a mí como un huevo a una castaña. Nos comimos el pavo igualmente, sin que nada sobrara.
Luego siguieron la misma suerte, Adela, Pablo y el primo de pega, que lo llamábamos así porque en realidad no era primo nuestro, sino un vecino que cuando éramos todos muy pequeños lo trajo su madre a mi casa para que jugáramos todos juntos, y jamás volvió a recogerlo. Total, que nos lo quedamos. El primo de pega y yo éramos los más esmirriadillos, él un poco menos que yo y precisamente el último en desaparecer.
Hoy es el día anterior a navidad y estoy yo solo mirando el pavo. Se que de un momento a otro vendrá la abuela Dora y se lo llevará. Lo cocinará para la cena de mañana con castañas hechas de madera y no sobrará nada.
Echo de menos los momentos en que estábamos todos en este mismo lugar contemplando maravillados al pavo.
No se por qué pero tengo miedo.


lunes, 17 de diciembre de 2012

35.137




Los niños de San Ildefonso son, como se dice ahora, una marca. Probablemente sea la marca que más decepciones ha producido a sus usuarios y sin embargo, todos siguen confiando en ella. Hay que ser rarito. Es una marca, que a pesar de que siempre falla, cuanta con una imagen estupenda. Inexplicable. A lo mejor es por culpa de mi abuela. Yo, cuando era pequeño, recuerdo que mi abuela me decía que los niños de San Ildefonso eran muy buenos, los más estudiosos y los más inteligentes, y precisamente por ser tan buenos tenían el privilegio de cantar la lotería el día de Navidad. Yo lo del privilegio no lo veía por ninguna parte, más bien me parecía una pesadez insoportable, pero eso de que estuviera reservado para los más listos acuciaba mi incipiente espíritu competitivo. Por cierto, nuca pasó de ahí. El caso es que lleno de envidia por un lado y de curiosidad por otro, un año me fui directito al salón de sorteos de Loterías y Apuestas del Estado y me hice pasar por un niño de san Ildefonso. Todo resultó mucho más fácil de lo que yo pensaba y enseguida me vi delante de un bombo extrayendo bolas y cantando como podía el número que aparecía en cada una. He de decir que a pesar de que mi voz siempre ha sido un espanto, y desde luego, nada atiplada, no lo hice nada mal. Después de un buen rato de sacar solo pedreas y más pedreas, que ya me tenían aburrido, apareció entre mis infantiles dedos, justo cuando estaba a punto de irme a mi casa, la bola con el premio gordo. La visión me dejó paralizado, mudo, sin respiración y preso de un ataque de nervios. No podía apartar los ojos de aquella bola, a pesar de lo cual pude ver perfectamente a todo el mundo que había en la sala. Estaban unánimemente congelados, nadie movía ni un músculo y todos me miraban entre perplejos y expectantes. Mi reacción no tardó en llegar. Hice algo inesperado, incluso para mí. Me tragué la bola. Sí, ya se que no fue un comportamiento adecuado, pero qué quieres, me faltaba el entrenamiento que todos los niños de San Ildefonso sí habían tenido (estoy convencido de que el entrenamiento que reciben es para evitar que se traguen las bolas).
Aquella vez no hubo gordo de navidad, claro, lo que no impidió que al siguiente año las ventas de décimos volvieran a disparase. Lo dicho, cuentan con un público entregado y da igual lo que le hagas.
Por cierto, como consecuencia de aquel episodio jamás me ha tocado ni siquiera el reintegro. De la misma forma que si te tomas una aspirina se te pasa el dolor de cabeza, si te tragas una bola de lotería con el premio gordo, quedas inmunizado de por vida contra todo tipo de premios. Soy una especie de Obelix de los juegos de azar. Pese a todo, he comprado tres billetes completos del número que aparece arriba. Anda que como salga, vaya risa. 


lunes, 10 de diciembre de 2012

Un vecino singular





Ya he hablado anteriormente de mi vecino, aquel tipo con el que solía jugar al pádel hasta que decidió cambiar el pádel por extrañas reuniones en las que teníamos que buscar hitos, y que me caía todo lo bien que puede llegar a caerme un vecino. Es fácil recordar, lo mencioné la semana pasada. Lo que no mencioné es que además de la manía que le entró por buscar hitos, tiene otras peculiaridades dignas de contar. También le gusta charlar sobre la teoría de la relatividad. En cierta ocasión me comentó que la primera vez que se había emocionado en su vida fue cuando formuló, sin apenas darse cuenta, las ecuaciones diferenciales que muestran que los campos magnéticos se difunden en forma de ondas polarizadas y a la velocidad de la luz. Yo le entendí perfectamente pues a pocas personas en el mundo se les ha concedido una experiencia semejante, pero le corregí que se refería a ondas electromagnéticas, no magnéticas a secas. Acuérdate de Maxwell, le dije. Me preguntó sorprendido si yo estaba interesado en los estudios relativistas y cuando le confesé afirmativamente (con cautela, no me gusta revelar mis pasiones ocultas), se le iluminó el gesto con una sonrisa. Entonces me cogió de la mano, y como un chiquillo en el recreo hizo que le siguiera hasta llegar a la escalera que había en una esquina del salón.
    -Te voy a descubrir algo que no le he enseñado ni a mi mujer ni a mis hijos ni a nadie. Tú eres el primero.
Esta declaración hizo que me sintiera un tanto turbado, pero aguanté expectante a lo que pudiera venir.
    -vamos a subir al piso de arriba y lo comprenderás inmediatamente sin más explicaciones –llegamos a la planta superior y mi vecino me soltó la mano entusiasmado.
    -¿Qué día es hoy? –preguntó. Martes respondí- No, mira el calendario:¡estamos a miércoles!, martes era en la planta de abajo.
    -¿Quieres decir…?
    -¡Exacto! Quiero decir que si subimos una planta más estaremos a jueves, y si bajamos tres plantas estaremos en lunes. ¿No es fascinante? Te preguntarás cómo funciona pero a poca imaginación que le eches te darás cuenta enseguida de que no es tan complicado. Ven, sígueme.
Mi vecino empezó a subir sin parar, pisos y más pisos, en una enloquecida carrera que me estaba dejando sin respiración. Yo le seguía pisándome los pulmones y cuando ya apenas podía dar un paso más se detuvo en la planta doce de enero de 2013. Yo estaba exhausto. Y tendiendo en cuenta que tanto mi vecino como yo vivimos en “pareados” de dos plantas,  además de exhausto estaba confundido, aún así aproveché para llamar por teléfono a mi madre y felicitarla por su cumpleaños que precisamente es el doce de enero.
    -Felicidades mamá –le dije-, espero que estés bien. Este año no me ha dado tiempo a comprarte un regalo pero en cuanto baje las escaleras te busco uno.
Dejé a mi madre con la misma opinión que siempre ha tenido sobre mi salud mental y pregunté a mi vecino:
    -¿Cómo pudiste aplicar las ecuaciones de Lorentz-FitzGerald en una escalera?
    -¿Bromeas?, eso fue lo más sencillo. Todo ocurrió un día en que estaba desatascando las cañerías y ya ves, empecé a hurgar aquí y allá y una cosa me llevó a otra y al final conseguí construir este bonito punto singular en el universo. ¿Qué te parece?
    -Estupendo. Mucho mejor que lo de los hitos, incluso mejor que el pádel.
    -Sí, la verdad es que no está mal. Además con lo despistado que soy yo, me viene fenomenal. ¿Qué se me olvida hacer algo un día? Pues bajo un piso, lo hago, vuelvo a subir a mi planta, y santas pascuas.
Imaginé esa aplicación y reconocí que yo estaría todo el día en la planta de abajo haciendo las cosas que habitualmente tengo que hacer y nunca hago. Luego mi vecino me miró directamente a los ojos, me cogió las dos manos y con solemnidad me hizo prometer que no revelaría a nadie su secreto. A continuación se despidió de mi, se dirigió a la ventana y sin pensárselo dos veces se arrojó al vacío desde la planta 12 de enero de 2013. Supongo que moriría estrellado contra el momento de su nacimiento, por lo que inmediatamente  volvería a la vida. Quizá no era la primera vez que lo hacía, pensé mientras bajaba las escaleras lentamente.

lunes, 3 de diciembre de 2012

Hitos




Tengo un vecino con el que solía jugar al pádel como hace todo el mundo con sus vecinos, pero desde hace un tiempo a esta parte hemos dejado el deporte y ahora nos reunimos para celebrar hitos. Este cambio de rumbo en nuestras relaciones es todo un hito, comentó mi vecino en nuestra primera sesión. Pues es verdad, reconocí decepcionado por no poder echar la revancha de la última partida. Luego le pregunté (la idea de los hitos fue suya), para qué valían los hitos. Al principio me miró sin entender cómo podía haber estado tanto tiempo jugando al pádel con alguien tan burro que no sabía para qué servían los hitos, pero luego cambió su expresión de incredulidad por otra de condescendencia que me hizo sentir mejor. Me explicó que los hitos eran necesarios para marcar las partes gordas de lo que hacemos. Imagínate, me dijo, que de repente toda la humanidad desaparece… porque nos disolvemos en ácido sulfúrico. Pues bien, los grumos que quedarían, esas partes duras que se resisten al ácido, serían los hitos.
Me imaginé mi esqueleto flotando en un caldo burbujeante de ácido y con franqueza, no lo vi como un hito, pero mi vecino es así con los ejemplos. Son siempre malísimos, en cambio, cuando jugábamos al pádel, sus boleas eran temibles. No se puede ser bueno en todo, está claro.
Mi vecino me descubrió (yo jamás lo hubiera imaginado), que existen varios tipos de hitos. El descubrimiento de América es un tipo de hito, o mojón que también se llama, que nadie discute, incluso hay gente que saca conclusiones socioeconómicas de tan importante jalón, que es otro nombre para referirse a los hitos, me dijo. Esos están bien pero los hitos a los que nos vamos a dedicar nosotros es a otros de menor importancia aparente, continuó. Nuestra labor va a ser la de sabuesos en busca de hitos que hayan pasado desapercibidos por su escasa difusión en los medios, pero que pueden tenar enorme trascendencia social.
    -Podemos –me atreví a opinar- celebrar la llegada del turista número tres millones en alguna ciudad del mediterráneo.
    -No, eso es una estupidez enorme. Eres tan malo buscando hitos como jugando al pádel.
Creo que desde entonces odio a mi vecino. Y esto es un hito porque antes me caía bien. Se lo diré la próxima vez que quedemos para celebrar hitos.