Un blog, un blog, ¿por qué un maldito blog? ¿Acaso tiene sentido? Creo que no, pero aquí está el mío.
lunes, 11 de junio de 2012
Lo que somos
lunes, 4 de junio de 2012
Caracoles
lunes, 28 de mayo de 2012
¡País!
martes, 22 de mayo de 2012
Amor sin entropía
martes, 15 de mayo de 2012
Contexto
miércoles, 9 de mayo de 2012
Pregunta
lunes, 30 de abril de 2012
La tetera misteriosa
lunes, 23 de abril de 2012
Dimisión
En la mesa de al lado –mientras yo estaba en la mía tomando unas ostras- había un grupo de cuatro personas opinando sobre la situación de España. Uno ponía a parir a Rajoy, otro al gobierno anterior, un tercero a los bancos y el otro no sé qué farfullaba sobre el Real Madrid. Cada cual a lo suyo sin prestar demasiada atención a lo que decían los demás, pero eso sí, todos estaban de acuerdo en que nos encontrábamos en una situación espantosa por culpa de… y aquí es en lo que diferían. Cada cual culpaba a uno distinto sin que hubiera unanimidad en encontrar la causa de que nuestra prima de riesgo, sea eso lo que sea, estuviera por las nubes. A medida que pedían más cervezas, más seguros estaban de sus propias tesis y menos escuchaban las de los demás. Yo, cuando ya iba por mi tercer verdejo (o cuarto, no se, porque pierdo la cuenta con facilidad) tuve que admitir, según pedía unas gambas, que estaba de acuerdo con los cuatro. Es lo que tiene que ninguno fuera amigo mío. Bueno, estaba de acuerdo con tres de ellos pues al que hablaba del Real Madrid no le entendía.
-Lo que tiene que hacer es dimitir – dijo uno de ellos como si acabara de encontrar la solución.
Los otros, a su vez, exigían la dimisión de otros individuos distintos. Todos coincidían en que había que mandar a casa a alguien.
-Es que aquí no dimite ni dios.
-Si hubiera dimitido hace tiempo quien tenía que haber dimitido, otro gallo nos cantaría.
-Eso sí.
Yo seguía dando la razón, ahora sí, a los cuatro pues el del Real Madrid pedía la dimisión de Pep Guardiola y de un par de árbitros que no recuerdo su nombre. Por fin, después de tanta discusión, todo el mundo estaba de acuerdo en lo fundamental, en que tenían que dimitir. Ahora solo había que decidir lo accesorio: quién.
Entonces yo encontré la solución. Ya estaba bien de echar balones fuera. Había que pasar a la acción, movilizarse, que decíamos cuando no había mercados pero había otras cosas que también agobiaban lo suyo. Así, que sin más, decidí en ese instante que era yo quien iba a dimitir. Desde ese mismo momento, con carácter irrevocable, dejaba mi puesto de ciudadano. Me levanté y salí del local, sin pagar la cuenta por supuesto, pues los dimisionarios nunca pagan nada (no iba a ser yo el primero en hacerlo) y ahora vivo mucho más tranquilo, sabiendo que ya nadie puede decir que todo lo que pasa es por mi culpa.
Desde entonces he dejado de hacer lo que se espera que haga cualquier miembro de la sociedad. Ya no leo el periódico, no voy al cine, no subo al autobús, ni acudo a restaurantes o espectáculos. No consulto mis puntos Movistar para cambiar de móvil ni pido más megas para navegar a mis anchas. No voy a las fiestas de mis amigos ni escucho los pregones de las fiestas de mi pueblo. Hago burla a los guardias de tráfico (sin que me vean, claro) y me choteo de todo el mundo, artistas, cantantes, escritores, catedráticos, analfabetos, jueces, inmigrantes, diplomáticos…. todo me trae al pairo y todo me la suda.
Por fin he descubierto lo bueno de la vida. Eso sí, sin gambas. No hay rosa sin espinas.
lunes, 16 de abril de 2012
Centauros
Hay cosas que uno se cree sin ningún tipo de discusión sencillamente porque se las ha creido toda la vida. Desde que era muy pequeño. Al menos eso me pasa a mí, como se verá más adelante, pero en general le ocurre a todo el mundo, pues es así como funcionan las religiones. Nadie en sus cabales se creería siendo adulto, ni media palabra de lo que le cuentan cuando son niños. Imaginaos la escena con un registrador de la propiedad o un inspector fiscal, por poner dos casos que entrañan cierta madurez y supongamos que jamás ha llegado a sus oidos ninguna historia sagrada: ¿y dices que dios nació en una cuadra, que su madre nunca dejó de ser virgen, que resucitó y su cuerpo subió hacia arriba, así, flotando? ¿y eso de la zarza que habla?. Podríamos poner muchos ejemplos de este tipo para cada una de las religiones, pero este no es el caso.
Quería contar algo que me ha pasado recientemente y necesitaba ambientación para entender mejor mi enorme decepción. La decepción y desilusión de descubrir que algo en lo que había creido toda mi vida de repente se me revela como una falsedad enorme.
Resulta que yo siempre he pensado que los centauros existían de verdad, mejor dicho, que habían existido, pues es obvio que en la actualidad ya no queda ninguno. Pues bien, resulta que no es así: jamás, en ningún momento anterior, ha habido centauros en este mundo. Ni hadas, me direis. Ya, pero es que a mí las hadas me dan igual, lo que me gustaban eran los centauros.
¿Qué cómo me he enterado de que son una gran mentira? Pues precisamente observando con atención una de las más fehacientes pruebas de su remoto pasado. El otro día cayó en mis manos un reportaje realizado por prestigiosos paleontólogos donde en una fotografía aparecían ufanos mostrando un esqueleto perfectamente conservado de centauro. La osamenta pertenecía a un joven ejemplar de dos años, un potrillo en vías de convertirse en un animal magnífico dispuesto a pasear su libertad por las montañas de Tesalia. Al principio me llevé una gran alegría ya que se trataba de la prueba más contundente de su existencia, sin embargo, en su grandeza estaba su misería. El esqueleto, lejos de demostrar la realidad del centauro dejaba al descubierto su imposibilidad. Nunca, hasta entonces, me había dado cuenta de un detalle que es la clave para determinar si alguna vez han tenido vida estos híbridos entre mula y mulero, y ahora lo veía con toda claridad. El esqueleto dejaba en evidencia dos cajas torácicas, dos espacios diferentes para albergar los pulmones, protegidos por unas costillas que yo veía innecesaria su repetición. Si admitimos que puede haber dos sistemas respiratorios, ya podemos admitir cualquier cosa por disparatada que sea. No, definitivamente eso no puede ser. No me imagino al centauro cambiando la necesaria oxigenación de su sangre, de los pulmones superiores a los inferiores, como si fuera un coche híbrido que pasa de la gasolina a la electricidad según le de. No. Eso no puede ser así, por lo que quedaba demostrado el fraude y mi consiguiente chasco.
Aún me quedan los unicornios. Me mantendré alejado de las publicaciones de prestigiosos paleontólogos.
viernes, 6 de abril de 2012
Tramposos y Semana Santa
Qué lástima que se me de tan mal la jardinería, con lo que me gusta, pensé yo el otro día mientras colocaba unos jacintos de plástico de lo más convincentes en un parterre. Entonces, sin saber por qué, me vino a la cabeza una frase leida y escuchada de forma insistente los últimos días, hasta convertirse en letanía: amnistía fiscal. Significa el perdón a los tramposos, me expliqué a mí mismo tratando de mostrar un gesto de comprensión y tolerancia. Qué gesto tan bonito; no el mío sino el del perdón. Yo, particularmente, me siento bastante alejado de tanta generosidad. De hecho puedo llegar a ser muy borde con los chupones, tanto que intenté acabar con un pulgón que trepaba por el tallo de un jacinto espachurrándolo entre mis dedos. No sirvió de nada pues el pulgón también era de plástico y lo único que conseguí fue deformarlo un poquito. Luego, recuperó su aspecto normal como si nada y se escabulló ágilmente entre los pétalos azules. Renuncié a perseguirlo, total, para qué.
La amnistía fiscal (no conseguía quitarme la idea de la cabeza, qué obsesión) representa un avance social en toda regla. Además de ser una iniciativa piadosa resulta que también es comprobadamente eficaz en la lucha contra el fraude fiscal, ya que los arrepentidos abrazarán la ley con mayor entusiasmo que los que nunca la han quebrantado. Eso, según los curas, lo dijo Jesucristo refiriéndose a otro tipo de pecadores pero que también engloba a estos, ¿por qué no? Yo no me lo creo, porque si alguien con mucho dinero engaña a Hacienda, es para tener aún más, y en ese terreno veo muy improbable el arrepentimiento y más todavía el propósito de enmienda. Pero Rajoy y Montoro si se lo han creido y eso es lo que cuenta. Creen tanto en lo que dicen los curas que en los Presupuestos Generales del Estado, recientemente presentados, hay recortes para todo el mundo salvo para la Iglesia que mantiene su asignación intacta. Me parece justo (y necesario, por supuesto). Crisis, sí, pero sólo de la terrenal, nada de crisis de fé. Eso jamás, y como prueba de ello, ayer vi en Telemadrid una procesión, la de Jesús el Pobre (esta aclaración me hace pensar que en algún sitio habrá otra que sea la de Jesús el Rico), en la que nada más sacar el paso fuera de la iglesia (San Pedro el Viejo, para los interesados), la banda municipal tocó el himno nacional. Sí señor, como si fuera una película de Berlanga.
Yo, por si acaso, como no quiero correr riesgos con mis jacintos, los he rociado de veneno contra los limacos. Al menos que las flores de mi jardín sean hermosas aunque sean de plástico.
domingo, 25 de marzo de 2012
¿Para qué?
Esta mañana, como siempre que me levanto medio dormido, he estado a punto de chocarme contra la librería que tengo en mi dormitorio. Un rápido juego de cintura impropio a esas horas me ha librado de un buen porrazo, pero no he podido evitar que mi nariz quedara a escasos centímetros de un ensayo sobre España en el siglo XlX de Tuñón de Lara. Dado que la rapidez de movimientos no suele acompañarme a esas horas, me ha dado tiempo a observar el libro que había a su lado, de Diaz Plaja, también sobre la España del XlX, confirmando así que es un tema que me interesa pues no lejos está un estudio coordinado por Javier Paredes Alonso, de diferentes autores, escribiendo sobre ese momento tan importante de nuestro país. Mater Magistra es otro título indispensable para conocer el origen del concepto de hispanidad que también anda en la misma zona de mi librería. Este último, junto con el de Javier Paredes y el de Lara los he leído, el otro no. Aún, no.
Luego he descubierto un libro con una pinta fenomenal, aún sin abrir las tapas, que trata de la teoría del caos, en un mismo grupo donde se apilan tomos con títulos tan atractivos como uno que se llama “ la Historia de la Luz ”, también sin leer. He seguido mirando y he encontrado libros de filosofía, antropología, historia, alguna novela de ciencia ficción, todos con claras señales de no haber pasado de un simple hojeo.
Tengo un montón de volúmenes en la librería de mi dormitorio que nunca he leído, no porque me parezcan poco interesantes, sino porque he ido encontrando otros que me lo han parecido más. Son libros que en el mismo momento de comprarlos ya sabía que no los iba a leer, no al menos, inmediatamente. Los tengo de la misma forma que las hormigas almacenan alimentos en sus hormigueros y las ardillas hacen acopio de bellotas, pensando que en algún momento podrán dar cuenta de la provisión. Con una enorme diferencia: tanto unos bichos como otros, acabarán comiéndose todo lo que han almacenado, mientras que en mi caso sé que jamás leeré la totalidad, ni siquiera una parte significativa, de esos libros.
Esto me hace pensar que también tengo, aún sin sacar de su caja, un curso completo para aprender piano que me compré hace años y una complicadiísima maqueta de avión que tiene que ser una delicia verla terminada.
Y digo yo, si me sobra material para no aburrirme, por qué mierdas se me ocurre meterme en un curso de parapente y romperme el tendón del biceps izquierdo. El miércoles que viene me operan. Supongo que no podré mover mi brazo durante lustros, así que abadonaré mi maldito blog por un tiempo.
Además, estaré muy ocupado leyendo alguno de los libros que he mencionado anteriormente. Empezaré por los de menos peso.
domingo, 18 de marzo de 2012
Retraso justificado y paliado
Normalmente subo una nueva entrada a mi blog, mi maldito blog, cada semana. Llevo 15 días sin hacerlo y se debe a dos motivos, cada uno de ellos suficiente para justificar el retraso, pero de naturaleza totalmente diferente.
El más prosaico de los dos es porque tengo una lesión en mi brazo izquierdo, producida por mi natural tendencia a hacer disparates, que me impide escribir cómodamente con el ordenador. El otro motivo, más enjundioso, sobre el que probablemente hable en otra ocasión, es por exceso de trabajo. Sí, creo que de eso hablaré en otro momento, merece la pena.
Para hacerme todo más sencillo, tal como están las cosas, voy a subir un cuento mío escrito hace tiempo. Forma parte de un libro de relatos publicado por la editorial Galisgam que ha resultado… bueno, digamos que sin saber cuántos libros se han vendido, me siento profundamente decepcionado, de modo que cuando ese dato me sea revelado, mi frustación alcanzará ya niveles incompatibles con el manteniminento de la necesaria paz interior.
Así, que de momento, espero que al menos os guste el relato seleccionado. He escogido uno que entre otras cualidades cuenta con la de la brevedad.
Es peligroso asomarse al interior
Que se sepa, nadie ha visto a Heracles con prisas. Nunca. Por eso me sorprendió tanto ver cómo cruzaba el otro día la calle a paso ligero y dando de vez en cuando grandes zancadas olvidando su proverbial compostura. Él siempre ha mantenido que a no ser que te dediques a ello profesionalmente no existe ninguna razón que te haga correr, ninguna. Y aún va más lejos con esta teoría pues dice que una de las formas más lamentables de perder la dignidad se produce precisamente en el momento en que alguien romper a correr, sobre todo si corre pretendiendo que nadie se da cuenta de que está corriendo. Esta situación se da especialmente cuando has empezado a cruzar una calle y de repente se acerca una avalancha de coches que miras de reojillo sin que se note, con la intención de no acelerar, pero claro, ante el inminente atropello, no te queda más remedio que echar el cuerpo hacia atrás y dar ridículos pasos a una velocidad mucho mayor de la mantenida hasta ese momento. Eso era justo lo que de forma grotesca estaba haciendo mi buen amigo Heracles, por lo que, picado por la curiosidad, corrí tras él para descubrir cuál podía ser la causa de su comportamiento. Le alcancé justo cuando acababa de parar un taxi. Tenía ya medio cuerpo dentro.
-¡Heracles! –resoplé- ¿a dónde vas con tanta prisa?
Heracles se volvió sorprendido.
-¿Eh?, ¡Ah, hola, qué tal! Perdona pero es que voy un poco acelerado.
-No me digas –respondí entusiasmado al ver a mi gran amigo en apuros- ¿te puedo acompañar?
Esta última frase la pronuncié ya dentro del taxi, pues no existe mejor política que la de hechos consumados.
-Claro, claro, pero siéntate a mi lado, no encima.
-Tenías que haberte visto cómo cruzabas la calle, parecía que te perseguía un perro.
-¿Un perro dices?, sí, seguro que también... ¡Coja la Gran Vía, la Gran Vía, por favor! –Heracles estaba fuera de si, gritando al taxista- ¡mejor por la Gran Vía!
-La Gran Vía estará más atascada...pero cuéntame, viejo amigo, por qué huyes de esta manera... ¿quién te persigue?
Heracles se calmó aparentemente y tras intentar respirar a un ritmo normal me dijo de la forma más natural que pudo:
-En este momento andan detrás de mi unos cuantos asesinos a sueldo, los peores y más sanguinarios sicópatas y decenas de piratas entre los que incluyo filibusteros, bucaneros y corsarios. Me quieren dar alcance temibles espadachines borrachos y pendencieros, criminales de todo tipo,... también me persiguen guerreros galácticos, pistoleros salvajes, indios apaches,... ah, sí, y los enanos wanda.
-¿Qué has hecho? –por supuesto, yo no ponía en duda lo que acababa de confesarme Heracles. Él nunca miente.
-Una catástrofe, un accidente,... un accidente doméstico eso es.
Mi cara tenía la severidad suficiente para que sin decir nada, Heracles siguiera dándome explicaciones.
-He tenido un escape. ¿Sabes qué ocurre, por ejemplo, cuando se suelta la manguera del desagüe de tu lavadora?
-Que se sale toda el agua y pone la cocina perdida. Una vez se me inundó a mí y caló hasta tres pisos por debajo del.... –Heracles me interrumpió. No le interesaba mi anécdota particular, simplemente ver que había entendido lo que era un escape.
-Exacto. Pues eso me ha pasado a mí, pero en un libro. Por aquí a la izquierda, por favor –Heracles indicó al taxista el camino hacia donde sólo él sabía que íbamos- Un libro terrible. Se llama “historias de los peores criminales de la literatura”. Lo estaba leyendo tranquilamente y por una maldita estupidez, se me ocurrió arrancar una hoja que tenía medio suelta. Fue como quitar el tapón de seguridad a una caldera. En seguida empezaron a salir todo tipo de personajes en un torrente imparable. Todo el salón de mi casa anegado de maniacos,... yo no daba abasto a recogerlos y cuantos más echaba al cubo con la fregona, más seguían saliendo,... una auténtica inundación que no podía controlar. Se me ha puesto la casa perdida de asesinos y tunantes,... no te puedes hacer una idea. Luego, empezó a salir otro tipo de inmundicias: verbos defectivos, conjunciones copulativas, oraciones de ablativo absoluto, sintagmas de todo tipo,... un auténtico desastre – Heracles hizo una pausa para respirar-. Bueno, al menos, estos últimos según se derramaban por la habitación se quedaban ahí quietos, acumulándose unos encima de otros, sin hacer nada, pero los personajes son todos muy violentos y en cuanto se dieron cuenta de mi presencia empezaron a perseguirme. Bueno al principio se mataban unos a otros, pero luego la emprendieron conmigo... en fin. ¡Pare, aquí es!
Heracles se bajó del taxi tan apresuradamente como había subido y luego desapareció engullido por un oscuro portal. Yo le indiqué al taxista que volviera al mismo punto donde nos había recogido y según nos alejábamos tuve tiempo de ver una placa en el portal que indicaba que ahí vivía un encuadernador de libros. Grimorios, pensé para mis adentros, y por primera vez me di cuenta de lo extraordinariamente raro que puede resultar Heracles a quién no lo conozca.
domingo, 4 de marzo de 2012
Microrrelato 2
Este microrrelato forma parte de una colección de microrrelatos que tiene la característica de que todos han sido escritos en algún viaje. Los viajes son momentos estupendos para sorprenderse, ver cosas nuevas y disfrutar de cierto tiempo libre. Circunstancias inmejorables para encontrar una pequeña historia que nos sirva de recuerdo.
No hace falta decir dónde escribí la siguiente.
GALLINAZO
Se habían criado juntos. Vivían en El Porvenir, un pequeño pueblo en la costa atlántica de Panamá, plagado de gallinazos, a los que, a pesar de su gran tamaño, no dejaban de acosar. Tanto formaban parte de sus vidas que uno de sus juegos se llamaba así, el juego del gallinazo. Consistía en alejarse de la costa nadando, los dos juntos en paralelo, hasta que uno de ellos gritaba, ¡gallinazo!, señal de que se rendía. Entonces, tras descansar unos minutos a la deriva, regresaban felices y satisfechos a la playa. Tenían un pacto no escrito, según el cual, cada vez gritaba Gallinazo uno de los dos, de forma que nadie ganaba dos veces seguidas. Era parte del juego. Un día, sin embargo, a quien le tocaba gritar gallinazo no lo hizo y siguió nadando. Su amigo, extrañado, también siguió pues era su turno de quedar victorioso.
Desde entonces no hay nadie que acose a los gallinazos de El Porvenir y todas las tardes se reúnen en la playa, expectantes, por si regresan los dos amigos.
martes, 28 de febrero de 2012
Decepciencia
Estaba a punto de escribir algo sobre Urdangarín, o cosas de aún mayor calado, como el inminente fin del mundo (ligeramente posterior al fin de Europa), cuando me he dado cuenta de que todo eso son bagatelas.
Hay algo muchísimo más importante y son las pequeñas decepciones que sufrimos a diario, pequeñas pero que si las ponemos todas juntas nos pueden amargar una mañana. En este orden de cosas, hace un rato me he llevado una desilusión que puede acabar con toda la confianza que tenía yo puesta en el Universo.
Leyendo un suplemento científico, me he enterado de la siguiente verdad incontestable: “hay más moléculas de agua en una sola gota que estrellas en todo el universo”. Me ha sorprendido, sí, pero sobre todo me ha decepcionado. Yo siempre había pensado que el universo era algo inabarcable, un sitio tan desmesurado que la palabra enorme resultaba insignificante para intentar describir sus dimensiones y donde el número de estrellas, tan solo en una de sus incontables galaxias, excedía con mucho cualquier cantidad imaginable. Y encima está en expansión. Pues bien, resulta que toda esa admiración por el cosmos que yo sentía se me ha venido abajo en cuanto me he enterado de que es mucho más incontable lo que hay dentro de una simple gota de agua. Una gota de agua que si la soplas durante unos pocos segundos desaparece evaporada.
Y es que la naturaleza guarda secretos grandiosos al lado de otros que resultan terriblemente decepcionantes como el hecho de que si coges dos moléculas de ADN, una de un ser humano (que se supone que tiene que ser un ADN formidable) y otra de un melocotonero, a no ser que te fijes mucho, serías incapaz de distinguirlas. Entonces, yo me pregunto, qué sentido tiene que nos pasemos toda la vida pensando que somos los reyes de la creación, inteligentes, con sentido de la trascendencia, discernimiento moral, etc, etc, si al final, cuando rebuscas en nuestra esencia, en lo más oculto de nosotros mismos, nos llevamos la sorpresa de que realmente no son para tanto las diferencias que nos separan con un aguacate, y encima con el agravante de que el aguacate no tiene que trabajar todos los días. Es que para ser iguales, prefiero ser aguacate.
Claro que si en una sola gota de agua hay más moléculas que estrellas en todo el universo, nosotros que estamos hechos básicamente de agua, un setenta por ciento, gota arriba gota abajo, resulta que contenemos una infinidad de universos dentro de nosotros mismos y eso sí que te hace sentirte grande.
Está claro que la ciencia aunque te decepcione al principio, al final te da consuelo.
domingo, 19 de febrero de 2012
Las recetas del Profesor Franz de Copenhague
Ya sabemos que estamos en un mundo extraño, al menos, yo sí sé que estamos en un mundo extraño. Y no es una opinión, es que me pasa cada cosa. Sin ir más lejos, el otro día me levanté con un dolor de cabeza terrible, tan intenso que apenas me permitía pensar. Como no desaparecía, no tuve más remedio que acudir al médico. El doctor me recibió muy amable y al verme tan apurado me prometió mil veces que no me preocupara que eso lo arreglaba él en un decir Jesús. Me tranquilizó bastante tanta seguridad. El galeno tras hacerme un reconocimiento básico me recetó una crema para la inflamación de los tobillos. Parte de mi tranquilidad se vino abajo. Le pregunté incrédulo si el ungüento aliviaría mi problema, y sin titubear me aseguró que por supuesto que lo aliviaría, hasta ahí podíamos llegar. Eso sí, esto no es la purga de Benito, me dijo, tardará un tiempo en hacer efecto, pero vamos, el tratamiento es el más acertado en estos casos de migraña aguda. Qué cosas, pensé yo aún sin terminar de convencerme del todo. Me compré la crema en la farmacia de al lado y ahora estoy en casa con mi dolor de cabeza esperando que haga efecto. De momento, creo que mis tobillos están fenomenal, pero la verdad es que nunca me han dado problemas.
En este mismo orden de cosas vi un anuncio en la televisión en el que recomendaban unas zapatillas deportivas estupendas para combatir la tos, seguido de otro en que mantenían que no había nada como un buen trago de ginebra Gin Rock para hacer desaparecer la caspa. Me imaginé a mi médico como responsable de esas campañas de publicidad. Volví a aplicarme crema para mis tobillos o mi cabeza, ya no lo tenía claro, y tras apagar la televisión cogí la prensa para ver qué se comentaba.
El impacto fue aún mayor a pesar de que ya empezaba a acostumbrarme a que todo fuera tan extravagante. En primera página, en grandes titulares venía la noticia de la reforma laboral que todos conocemos. Decía que era una medida contra el paro. Es decir, que los orígenes de que haya tanto paro en España hay que buscarlos en el Estatuto de los Trabajadores. Algún artículo o alguna disposición legal hay por ahí, que no están del todo bien pensados, y son la causa de que la tasa de desempleo siga aumentando y aumentando sin parar. Caramba, qué descubrimiento, nunca se me hubiera ocurrido, y yo que creía que era más bien por cuestiones financieras, bonos basura, especulación, todo aún sin resolver, y resulta que no tiene nada que ver. Claro, si eso es así, es evidente que en cuanto cambiemos unas cuantas ordenanzas por Real Decreto, volverá a haber trabajo para todo el mundo.
Pues qué bien, pensé, y volví a darme más crema contra la inflamación de los tobillos a ver si se me pasaba de una maldita vez el dolor de cabeza que ya empezaba a resultarme insoportable.
jueves, 9 de febrero de 2012
Santo y seña
Me levanto por la mañana y lo primero que hago, después de desayunar y pasar cerca de cuarenta minutos en el cuarto de baño tratando de empezar el nuevo día mejor de cómo dejé el anterior, es encender mi ordenador. Me pide una contraseña. Luego conecto el disco externo para tener siempre un backup (da miedo tener algo con semejante nombre pero es imprescindible, por lo visto) y me vuelve a pedir otra contraseña. Entro en mi correo para gastar una hora en atender mailes (esta palabra ya no da miedo), completamente prescindibles la mayoría, y por supuesto tengo que introducir previamente otra contraseña.
A partir de este momento, mientras esté conectado a Internet tendré que repartir contraseñas y códigos secretos a diestro y siniestro en un número incalculable, como hisopazos de un cura loco ante la feligresía ávida de bendiciones.
A veces, al entrar en una nueva página hasta entonces desconocida o en el blog (esta palabreja es simpática) recomendado por un amigo, tengo que proponer una contraseña para ser admitido. Ese es un momento delicado que no tiene retorno. Trato de poner algo sencillo de recordar, por ejemplo el nombre de mi gato, pero oh, qué mala suerte, ya está cogida por otro usuario, no sé si porque tiene un gato con el mismo nombre o por otra casualidad. Busco una alternativa pero el sistema de seguridad del dichoso blog, que por otro lado ya ha dejado de interesarme, me recomienda que busque otra más segura pues la que torpemente he elegido resulta demasiado facilona para los criterios de seguridad del administrador del dichoso blog (ya me cae peor la palabrita de marras). En este momento pienso dos cosas. La primera, ¿es necesario una contraseña segura para subir comentarios a un blog.? No me imagino a ningún maleante intentando suplantar mi personalidad para colocar sus comentarios como míos, pero transijo y pienso otra contraseña con la idea de que mi próximo gato en lugar de llamarse Renato, que por lo visto es obvio para cualquier suplantador de personalidades, le llamaré AnqujiokatuMp147act87cAtimPataplimbas. A fin de cuentas, llamándose Renato tampoco atiende.
Los teléfonos móviles también se las traen. Alguna vez me he quedado sin batería después de llevar meses encendido, y para volver a conectarlo me ha pedido el pin. Yo, por supuesto, no he sabido que decir, se ha bloqueado y me ha pedido el puk. Peor, claro.
Tengo una libreta con multitud de contraseñas que confundo sistemáticamente a la hora de aplicarlas. Esa es la razón por la que en mi casa hay cientos, quizá miles, de ordenadores, teléfonos y otros dispositivos que nos hacen la vida más fácil y cómoda, totalmente bloqueados sin que nadie pueda usarlos a pesar de encontrarse en perfecto estado. Por culpa de las malditas contraseñas que no consigo recordar en su inmensa mayoría. Qué mundo.
sábado, 4 de febrero de 2012
Microrrelato 1
Desde el momento en que decidí abrir este blog sabía que tarde o temprano podía acabar haciendo alguna confesión sobre mí. Me resisto a hacerlo, pero como preámbulo de lo inevitable, os adelanto que tengo cierta tendencia hacia la brevedad. No en todos los ámbitos, y como tampoco quiero extenderme mucho en explicaciones (para ser consecuente con las dos afirmaciones anteriores), sin más, subo (qué expresión más absurda) a mi blog, mi maldito blog, un microrrelato. Me gustan los microrrelatos, eso es lo que quería decir.
POR PARTES
El otro día iba andando por la calle, tan campante y feliz, cuando repentinamente se me desprendió un brazo. No me dolió nada, pero el hecho es que ahí estaba, tirado en el suelo algo que había formado parte de mí desde… toda la vida. Lo cogí y me lo llevé por si alguien me lo podía volver a colocar, aunque estas cosas nunca tienen buen arreglo. Llegué a mi casa, y en el ascensor me encontré con una pierna que habría perdido algún vecino sin darse cuenta. Abrí la puerta y me recibió mi suegra sin orejas. A su lado estaba Trapo, mi perro, al que le faltaba el rabo, por lo que no supe distinguir si estaba contento o no. Me senté en el sofá con cuidado de no aplastar la cabeza de la tía Dalia y pensé que algo extraño estaba pasando en el mundo.