Un blog, un blog, ¿por qué un maldito blog? ¿Acaso tiene sentido? Creo que no, pero aquí está el mío.
sábado, 27 de abril de 2019
sábado, 6 de abril de 2019
Sócrates y los saltamontes
Hoy me he levantado con ese tipo de felicidad
inconsciente que te proporciona el no pensar en profundidad. Es un estado que
se da con mucha frecuencia los sábados. Los domingos menos, pues ya desde por
la mañana empiezas a ponerte trascendente. Los creyentes lo tienen más fácil,
como todo, pues con ir a misa ya han cumplido con la cuota de trascendencia
exigida, pero no quiero adelantarme, estamos todavía en sábado.
Me he levantado, decía, feliz, estúpidamente feliz
pero feliz al fin y al cabo. Luego, al final de la mañana la cosa se ha
torcido, y he terminado por reflexionar sobre la vida, lo que como casi
siempre, me ha llevado al abatimiento. Como dato anecdótico, confesaré que ha
sido la contemplación de unos saltamontes lo que ha desencadenado el desastre y
ha hecho que mi estado pasara del adormecimiento ovino a la inquietud de
primate evolucionado. Para más detalles se trataba de unos saltamontes
comestibles que venden en unas cajas de diseño. Ahora, que ya comemos quinoa,
chía y kale, estaba cantado que pronto le llegaría el turno a los saltamontes.
Pues yo he pasado de los saltamontes a Sócrates, así,
plas, y con Sócrates ya se sabe lo que pasa. He pensado en su muerte por
encargo, un juicio contra la razón en el que como otras muchas veces, salió perdiendo.
Tuvo que beber un vaso de cicuta como castigo por su falta de creencia en los
dioses, y el peligro que entrañaba su ejemplo entre la juventud. Minutos antes
de su muerte desconcertó a los presentes con una petición que todos veían fuera
de lugar, pero que era toda una filosofía sobre la vida. Pidió, probablemente a
Critón, uno de sus discípulos, que no se le olvidara mandar un gallo a Asclepio
una vez que él muriera. Critón (sigo en la suposición de que fue a él a quién
le hizo el extraño encargo) con lágrimas en los ojos, por la pena y porque no
entendía lo del gallo, no dijo nada. Sócrates insistió:
-En cuanto la cicuta haya terminado su destructiva labor y haya acabado
con mi vida, envía un gallo a Asclepio.
Critón buscó ayuda con la mirada entre los otros
asistentes para ver si alguno se animaba a decir algo, pero todos se hacían los
distraídos disimulando como podían.
-Maestro –dijo Critón con voz temblorosa-. ¿Un gallo a Asclepio, quieres
que le mande un gallo al dios de la medicina?
Sócrates sonrió como sólo saben sonreír los sabios,
con una suficiencia que no ofende, una sonrisa totalmente vedada para los
necios. Por un momento Critón tuvo un impulso de gritar de alegría.
-La costumbre es mandar un gallo a Asclepio –dijo el discípulo entre
sorprendido y jubiloso-, cuando el enfermo se ha curado como agradecimiento a
su intercesión ante la muerte... ¿acaso la cicuta no va a hacer su mortal
efecto?
Sócrates apartó esa idea con la mano como si hubiera
una mosca a punto de posarse en su nariz.
-Por su puesto que la cicuta me va a matar, capullo.
Luego puso un tono de voz adecuado a las
circunstancias y dijo irguiéndose en su camastro.
-Por eso quiero que le mandes un gallo a ese dios, porque la vida es una
enfermedad que se cura con la muerte.
¿Por qué me he acordado de esas palabras viendo unos
saltamontes? Eso es otra historia que quedará entre los saltamontes y yo, el
caso es que he terminado la mañana de manera muy diferente a cómo prometía.
jueves, 28 de febrero de 2019
Cementerio de maletas
Cuando viajo en
avión, jamás me ha dado por pensar que me pueda pasar algo, ni al despegar ni
durante el vuelo ni en el aterrizaje, sin embargo, en cuanto llego a mi destino
y estoy delante de la cinta transportadora de equipaje, siempre me pongo en lo
peor. No hay vuelo que yo haga que no tenga la firme certeza de que mis
maletas se han perdido. Nada más bajar del avión ya me empiezo a angustiar y a
preguntarme qué voy a hacer durante tanto tiempo en esa ciudad sólo con lo
puesto. Cuando llego a la zona de recogida de equipajes la cinta aún no está en
marcha pero la ansiedad que me produce ya ha empezado a atormentarme. De
repente, tras un ruido característico de arranque, se pone en movimiento y
empiezan a aparecer las primeras maletas que desfilan tambaleándose indisciplinadamente,
mareadas después del trayecto. Todos los viajeros escrutamos el despliegue de
bultos como águilas al acecho de sus presas, y enseguida aparecen manos que
empiezan a capturar lo que es suyo en un continuo revuelo. Me recuerda el
festín que se dan los cormoranes cuando encuentran un banco de arenques. De mi
maleta por supuesto ni rastro.
Luego, poco a
poco los pasajeros se van alejando satisfechos con los carritos repletos de
maletas. No puedo evitar mirar de reojo por si alguno ha tenido la indecencia o
el error de capturar la mía. Tampoco puedo evitar pensar que cómo puede alguien
viajar con tal cantidad de equipaje, me parece una barbaridad, los riesgos de
perder algo se multiplican innecesariamente. Al final quedamos no más de diez
personas que nos miramos con la complicidad de los que están condenados a
muerte. Luego de diez pasamos a nueve, ocho…, cinco, y en ese momento ya me
siento el hombre más perdido del mundo. Estar en un aeropuerto, en una ciudad
lejana, sin maleta, es la imagen de la desolación.
He consultado
los datos que hay sobre este asunto y solo en Europa, se pierden 10.000 maletas
al día, pero no todas se recuperan; el 15 % acaban en el olvido. Eso significa
que al cabo del año, hay 547.500 maletas que jamás llegarán a manos de sus
dueños. ¿A dónde van a parar? ¿Qué pasa con todas esas camisas limpias,
pijamas, neceseres, zapatos para ir a la ópera o a la playa, calzoncillos,
regalos absurdos para amigos que hace tiempo que no vemos, incluso máquinas
fotográficas? Pues pasa que acaban en una subasta. En el aeropuerto de
Frankfurt, por ejemplo, se subastan al día 400 maletas distribuidas en pequeños
lotes. La subasta es a ciegas y no sabes lo que te va a tocar, salvo que seas
uno de los muchos especialistas que acuden con la esperanza de encontrar algún
tesoro en alguna de las maletas que adquieren. “Huelen” el lote que puede ser
más interesante y pujan por él como los marchantes entendidos en arte lo hacen
en Sotheby’s. Esto me hace pensar en que realmente hay gente para todo. También
me hace pensar si no es más interesante pujar por un montón de maletas perdidas
cuyo contenido es un enigma, que por un
cuadro que ya sabemos de antemano lo que puede valer. Y no olvidemos el morbo
de hurgar en una maleta ajena, que no tienes ni la menor idea de a quién
pertenecía. Impagable.
Personalmente, a
mí todo esto me resulta muy reconfortante, pues prefiero pensar que mi
estupenda chaqueta que iba en la maleta que me perdió American Airlines en San
Francisco, finalmente alguien la pudo lucir con mi elegancia. Una elegancia
adquirida en una subasta.
jueves, 14 de febrero de 2019
Una historia de amor
Hace mucho
tiempo leí una noticia sobre el amor que se profesaban dos perros (perro y
perra), hasta el punto de que uno de ellos sacrificó su vida por el otro, que me hizo llorar desconsoladamente.
No hay nada que temer pues no pienso
contar la historia, solo mencionarla. Aprovecho para decir que algo pasa con
los perros en cuanto a su capacidad de querer, porque se pueden contar millones
de historias de amor de perros hacia sus amos, aunque para mí, incluir la
palabra amo en una relación de amor
no encaja nada bien, a pesar de que ambas palabras comparten el 80% de sus
letras.
No sé qué tienen
las historias de amor, pero por lo general no suelen gustar a nadie. Que si son
cursis, que si resultan empalagosas, que no se las cree nadie, que si patatín
que si patatán, y por supuesto que son para chicas. Sin embargo, tengo que
confesar que a mí sí me gustan, incluso me emocionan; ojo, solo las de amor
auténtico.
De todas las
historias de amor que conozco hay una que impresiona por su autenticidad. Se
trata de la más larga de cuantas historias de amor se conocen, exactamente dura
seis mil años. Y los que te rondaré morena. No se sabe muy bien cómo ocurrieron
los hechos, imposible saberlo, pero el caso es que se han encontrado dos
esqueletos unidos en un abrazo, un abrazo eterno, que da testimonio de que o
bien murieron juntos, al mismo tiempo, o bien, la diferencia entra la muerte de
uno y otro es tan pequeña que sus seres queridos decidieron enterrarlos juntos.
Un amor que por
increíble que parezca, después de 6.000 años sigue como el primer día, mejor
dicho, como el último. Un amor para toda la muerte, que siempre es mucho más duradero que un amor para toda la vida. La tumba que contiene los restos de los dos enamorados se
encuentra en una necrópolis neolítica, un yacimiento arqueológico que tiene el
inapropiado nombre de Campo de Hockey. Está en San Fernando, en Cádiz.
Científicamente se trata de un varón de unos cuarenta años de edad que vivió hace seis mil años, y una hembra bastante más joven de la misma época. Literariamente se trata de un amor eterno, un amor en que cada uno estaba por los huesos del otro, y así siguen.
Científicamente se trata de un varón de unos cuarenta años de edad que vivió hace seis mil años, y una hembra bastante más joven de la misma época. Literariamente se trata de un amor eterno, un amor en que cada uno estaba por los huesos del otro, y así siguen.
Historias como
ésta son las que hacen pensar que el amor eterno sí existe. Felicidades.
martes, 12 de febrero de 2019
Un planeta de mierda (científicamente hablando)
Según opinión de la gran
mayoría de biólogos, vamos a conseguir que la Tierra sea un planeta de mierda.
Así, dicho con esa contundencia científica que no admite lugar a dudas. He escuchado en la radio, fuente
inagotable de sabiduría, que la agricultura, tal cómo se está llevando a cabo
en la actualidad, es la gran culpable. Fíjate, con lo inocente, natural y
bucólica que parece de lejos. Pues resulta que no. Toda la tragedia se debe al
uso de plaguicidas y productos químicos pesticidas que están acabando con una
cantidad impensable de insectos, principalmente abejas, mariposas y
escarabajos. En esta misma noticia se hablaba de una disminución en la masa
total de insectos en la tierra de no sé cuántas miles de toneladas al año.
Cuesta trabajo imaginarse toneladas de insectos sin torcer el gesto, pero su
desaparición significa una ruptura terrible en el equilibrio ecológico que
mantiene la sagrada cadena trófica en orden. Los insectos, desde su aparición
al final del periodo Devónico hace casi 400 millones de años, se encuentran en
la base estructural y ya sabemos que cualquier alteración en la interrelación de los seres
vivos del planeta tendrá sus efectos en el planeta en su conjunto, no solo en
los directamente afectados. Con la desaparición de las polillas, no solo son las
polillas las que desaparecen.
No digo esto para concienciar
a nadie, pues por mucho que se conciencie quien esté leyendo este artiblog, no
va a ser capaz de cambiar nada, además estoy convencido de que todo el mundo lo
sabe y que no estoy descubriendo nada nuevo a nadie. Lo impactante de la
noticia, para mí, y por eso aparece en este artiblog, es el perfecto equilibrio
que se ha alcanzado, a lo largo de millones de años de evolución, entre todas
las especies de animales y plantas. Todos dependen de todos, y aunque
aparentemente no haya ninguna relación entre una medusa que flota estúpidamente
en el Índico y un oso hormiguero que se relame pacíficamente en algún lugar de
Sudamérica, si que existe. Todo es cuestión de dejar el tiempo necesario para
que uno acabe echando de menos al otro, pues una red invisible mantiene a todas
las especies vivas en contacto. También intervienen las plantas, pues también
tienen vida.
La vida, se esfuerza en
demostrarnos lo maravillosa que es, y nosotros en lugar de quedar fascinados
por su magia, hacemos cosas que estúpidamente conducen a su destrucción.
Pero eso no es lo peor. Aprovecho el momento para
comunicar algo que está bastante relacionado con este artiblog, y es que muy pronto voy
a lanzar al ciberespacio La tertulia
perezosa en versión podcast. Algunas veces también aparecerá en Youtube.
Todo, todo, absolutamente todo está
interrelacionado, resulta increíble.
MUY PRONTO, ANTES DE LO QUE QUISIERAIS
miércoles, 30 de enero de 2019
Meditación
Este año me he metido en un
curso de meditación. En otro, es la segunda vez en mi vida que lo hago; la
primera tuvo escasos resultados por culpa de mi inconstancia. También por culpa
de mis prejuicios. También por culpa de mi sentido crítico. También por culpa
de que tenía una lesión de rodilla y no podía sentarme en posición de loto.
También porque me quedaba dormido. Creo que aún intervinieron más razones para
que no consiguiera alcanzar el buscado mindfullness, pero en esta ocasión me lo
estoy tomando mucho más en serio y no voy a permitir que nada, ni yo mismo, me
impida por fin ser un maestro de la meditación. De momento llevo cuatro
sesiones (sin dormirme, palabra) y estoy muy ilusionado. También algo perplejo,
pero empecemos por el principio.
¿Por qué un curso de
meditación? Cada animal de este planeta, a lo largo de millones de años de
evolución, ha desarrollado y perfeccionado su estrategia de supervivencia, su
especialidad que permite a sus egoístas genes ilusionarse con la inmortalidad.
Todo bicho viviente tiene su ”truco” para mantenerse vivo el mayor tiempo
posible, truco que transmite a las siguientes generaciones. Precisamente el
truco de nuestra especie, consiste en tener un cerebro capaz de suplir la
carencia de garras, potentes mandíbulas, formidables piernas que nos
permitieran alcanzar velocidades impresionantes, alas para salir volando, o
cualquier otra habilidad que han adoptado otros animaluchos. Es decir, nuestra
especialidad es pensar, dar vueltas a las cosas hasta conseguir entenderlas y
una vez entendidas, seguir dándole vueltas hasta que además se nos ocurra como
dominarlas, evitarlas o poseerlas.
Eso, claramente es meditar,
¿no?, entonces, por qué tienen tanto éxito los cursos de meditación. Es como si
los guepardos se metieran en cursos de correr rápido o los lenguados en otros
de cómo pasar desapercibidos en el fondo arenoso de los mares.
Aquí hay algo que no encaja,
¿por qué sentimos la necesidad de hacer cursos sobre algo que es precisamente
nuestra especialidad? Esto me lleva a pensar, en una primera meditación, que
algo estamos haciendo mal, muy mal, en esta sociedad que hemos creado, que
necesitamos parar veinte minutos al día para hacer lo que se supone que nos
tiene que salir como los trinos a un jilguero, así, de forma natural y sin cursos
ni preparación.
El caso es que después de
cuatro sesiones, solo cuatro sesiones, veo que estos cursos de meditación son
fundamentales, funcionan, todo el mundo debería hacerlos, y que realmente ayudan a que el día
transcurra de una forma más agradable y placentera. No es broma. Esto significa,
que yo en particular, estaba haciendo algo rematadamente mal. Ahora que ya sé
meditar, me doy cuenta.
viernes, 18 de enero de 2019
Años vacíos
No hay nada más atrasado que el periódico del día
anterior, dicen. A mí siempre me ha parecido una exageración, aunque entiendo
perfectamente la idea que se quiere transmitir de fugacidad de la actualidad. Y
es verdad, el presente solo dura como presente un instante, inmediatamente pasa
a ser pasado, pero si un diario al día siguiente de su publicación ya nos
parece que pertenece a la historia, qué pasa con algo que abarque un periodo de
tiempo mayor a un día. Un año, por ejemplo.
Hoy es día 18 de enero y aunque ya me he acostumbrado
perfectamente a que estamos en el año 2018, perdón, 2019, aún tengo morriña del
anterior, y la morriña, ya se sabe, nos lleva a rebuscar entre papelotes. No
solo fotos, también papelotes, y entre los papelotes que he rebuscado de
repente ha aparecido un sobre bastante gordito con algo en su interior que hace
que sea eso, gordito. Lo he abierto, sorprendido por no haberlo hecho en todo
un año, y ¿qué me encuentro en su interior? Pues nada más y nada menos que un
calendario de mesa, sin estrenar, aún con su envoltorio de plástico
transparente, del año 2018. Yo, como todo el mundo, recibo varios calendarios y
siempre utilizo uno, solo uno los otros los tiro, para anotar las cosas que
tengo pendientes para hacer cada día, de modo que todos mis calendarios al
final de año son un follón de notas que se superponen unas a otras. Pero este
calendario que me he encontrado en su sobre, estaba inmaculado, impecable,
virgen... coño, sin estrenar, ya lo he dicho. Esto tiene mayor alcance de lo
que parece a simple vista. Es toda una metáfora. Un calendario del año
anterior, vacío, con todos sus días en blanco, representa un año que no se ha
utilizado. Un año que se ha tirado a la basura, tal como yo acabo de hacer con
el que me he encontrado de 2018 en su envoltorio. 365 días idénticos, ninguno
con nada destacable que hacer, son 365 días desaprovechados, un desperdicio.
Tenemos que ser más cuidadosos y tratar de dar contenido a cada día que tenemos
por delante, llenarlo de anotaciones, es la única manera que conozco de estar
vivo. Esa es nuestra responsabilidad. No es necesario organizar expediciones a
Alaska los martes, bajar a un volcán los miércoles y dar de comer a los
tiburones los viernes, basta con pequeñas cosas que hacer, un simple paseo
puede valer, o visitar a un amigo o ir a ver un espectáculo.
Ahora mismo, para reafirmar todo lo que he dicho, voy a coger mi recién estrenado
calendario del 2019 y al buen tuntún voy a anotar en un día cualquiera, salir a
dar un paseo largo por el campo. Espero que llueva pues me encanta andar bajo
la lluvia.
lunes, 31 de diciembre de 2018
La terminación que toca
Estamos en una época del año en que todo es
diferente. La forma de comer, de beber, de quedar con amigos, de salir, de
comprar, de hacernos regalos... todo cambia y tanto cambia que hasta cambia el
mismo año.
También es una época de jugar a la lotería, ya hemos
pasado el sorteo del 22 y ahora viene el del Niño. Las mismas colas frente a
Doña Manolita para elegir un número y el mismo trasiego de participaciones y
décimos compartidos. Cada cual tiene sus supersticiones y elige la terminación
encomendándose a su favorito. Por lo visto la más demandada es en siete, y
después del siete se busca que termine en cinco. Quizá, en el primer caso,
porque el siete es un número bíblico, el día del descanso del Creador, siete es
un número de perfección y de espiritualidad; el cinco... se busca el cinco por
todo lo contario, por su rima vulgar que todo el mundo repite incansablemente
como si se le acabara de ocurrir. El cero también tiene grandes defensores.
Así es la lotería, pensamos que nuestro número de la
suerte tiene más probabilidades de salir por la espita del bombo que el resto
de los números y lo pedimos con injustificada esperanza.
Con el cambio del año
sin embargo, no hay elección posible: a todos nos toca la misma terminación. El
mismo número con la misma terminación, sin posibilidad de elección y sin
discusión. A unos les traerá buena suerte y otros encontrarán lo contrario, qué
le vamos a hacer.
Este año, la terminación toca en nueve. En
numerología representa la sabiduría. En el Tarot, el arcano 9 es el ermitaño
que busca precisamente eso, sabiduría. Yo todo lo que puedo decir a cerca del nueve es que en
sistema binario, se escribe 1001, precioso.
En fin, a todos nos ha tocado este número, esperemos
que a todos nos traiga suerte y que sea un año que al menos nos toque el
reintegro.
¡FELIZ 2019, AMIGOS!
sábado, 22 de diciembre de 2018
Navidad, dulce Navidad
Estaba perdido. La niebla no necesitaba ningún
resquicio para llegar a dónde quisiera y se metía hasta el mismo tuétano de los
huesos. Un dolor frío y húmedo daba fe de su presencia. Olía a leña, que es un
olor muy diferente al de la madera aunque estén hechas de la misma sustancia,
leña quemada en alguna chimenea, y ésa era la única señal de vida que podía
encontrar. El sonido de mis pisadas delataban los innumerables charcos que
habían dejado las últimas lluvias.
Así andaba yo, dentro de ese panorama tan poco
acogedor, por un pueblo desconocido al que no sabía exactamente cómo había
llegado. El campaneo inconfundible de la iglesia anunciaba las once de la
noche, que era tanto como anunciar que no encontraría ningún lugar abierto
donde tomarme un café caliente, y sobre todo, preguntar dónde estaba. Esa
pregunta siempre es difícil formular sin parecer idiota: “perdone, ¿podría
decirme dónde estoy?”. No, no se queda muy bien con esa forma de empezar una
conversación.
El último recuerdo nítido que tenía de antes de
quedarme sin gasolina, era una carretera estrecha, sin curvas y flanqueada por
dos filas de árboles, gruesos pero sin hojas, tan solo el esqueleto, con una
franja ancha pintada de blanco en la mitad del tronco. En algún momento, la
pintura fue fosforescente. Las cunetas estaban comidas por la maleza y el
pavimento bacheado, reasfaltado, y más bacheado. Un asco de carretera, pero más
asco es cuando de repente desaparece, y se convierte en un polvoriento camino
de cabras, y por si eso fuera poco, muchísimo más asco cuando además el motor
se para reclamando una gasolina que ya no le llega. Joder, pero si quince
minutos antes iba yo a toda velocidad, con el depósito lleno, por la autovía
que va a Oviedo. ¿En qué momento me desvié para meterme por esa mierda de carretera? ¡Seguro que hice
caso al Tomtom sin darme cuenta! Siempre me pasa lo mismo, cuando obedezco a lo
que me dice, acabo perdido en sitios remotos, pero lo novedoso en esta ocasión
es que además, me había quedado sin gasolina habiendo repostado no hacía más de
sesenta kilómetros. No puedo culpar de eso al Tomtom.
Y ahora aquí estoy, con una lata en la mano buscando
una gasolinera, aterido de frío y en un pueblo que parece abandonado. Mi coche
está, espero, en un sembrado a unos tres kilómetros del pueblo. He llegado
hasta aquí guiado por las luces macilentas pero inconfundibles de sus casas. De
gasolinera, ni rastro. Pero alguna tiene que haber, digo yo que las personas
que habitan este pueblo en algún sitio pondrán gasolina o gasoil o lo que sea
que usen los tractores.
Es curioso porque he dejado de andar pero sigo
escuchando unas pisadas. Parecen las mías, pero no puede ser, porque yo estoy
parado. Agudizo el oído y las pisadas continúan. Están justo debajo de mí,
supongo que las oigo tan cercanas porque la calle estrecha, cerrada, con las
casas de piedra y el suelo empapado, funciona como el tubo de un órgano,
proyectando el sonido que se produce a mucha distancia. Una sombra surge en la
fachada de la casa que hay antes de entrar en la plaza. La sombra avanza por la pared como un animal reptante
y a los pocos segundos se hace visible el cuerpo que la produce. Camina
despacio, como si no supiera qué camino tomar. Yo me apresuro a llegar hasta
él, puede ser mi salvación, no puedo permitir que se me escape. Seguro que sabe
dónde encontrar una maldita gasolinera, estoy deseando marcharme de este pueblo
cuanto antes. Según me acerco al hombre, mi esperanza se va esfumando... no
puede ser... eso que lleva... parece... Finalmente lo alcanzo, estamos uno al
lado del otro. El hombre que me he encontrado me mira a los ojos
desesperanzado, incluso con temor, después de haber visto en mi mano un bidón
de gasolina exactamente igual que el que lleva él. De plástico rojo, con una
especie de minimanguera en el tapón y completamente vacío. Inconfundible. Nos
señalamos en silencio. Cada uno apunta con un dedo morado por el frío la lata
de gasolina que lleva el otro. Un perro ladra rabioso en algún lugar cercano y
sus ladridos consiguen que se forme un nudo en la garganta de quien los escucha. Al menos en la mía, el nudo ya me
impide hablar, y parece ser que lo mismo le pasa a mi compañero de infortunios.
Pasado un tiempo nada prudencial, conseguimos articular palabra, y casi al
unísono nos preguntamos si hemos visto una gasolinera, o al menos a alguien del
pueblo que pueda darnos información.
-¿A dónde ibas cuando te has quedado sin gasolina? –Pregunto temiendo la
respuesta.
-A Oviedo, carallo, pero no sé que pasó... la niebla, había un tramo con
niebla y después me vi en esta carretera –señala hacia
detrás de mí -¿Y tú?
-Pues lo mismo, exactamente.... ¡un momento, mira allí!
Mi compañero gira con rapidez la cabeza, y por su
reacción, ve exactamente lo mismo que yo.
-¡Un paisano, allí hay un paisanico!, vamos corriendo a ver qué nos
dice.
Su entusiasmo se enfría al ver que no me muevo y que
mi expresión, que también era de alegría, ha cambiado a otra de desolación.
-¡Pero vamos, no te quedes ahí! ¿Pero qué te pasa? –me dice tirando de
mi manga.
-Mira qué lleva ese hombre en la mano –le digo lacónico.
No se había fijado que aquel paisano llevaba otro
bidón de gasolina idéntico a los nuestros.
-¡La madre de Deu, está como nosotros!
-Perdido y sin tener ni la menor idea de qué narices está pasando ni
cómo ha llegado hasta aquí, sí.
El hombre a lo lejos, nos ve, y apresuradamente viene
a nuestro encuentro. Su paso, poco a poco, se va ralentizando, según se da
cuenta de que nosotros estamos exactamente en la misma situación que él. Al
llegar a donde estamos, sin dejar de mirar nuestros bidones de gasolina,
intenta decir algo pero apenas puede hablar. El nudo en la garganta, a él
también se le ha formado.
-Sí, sí –me adelanto yo a explicar-, ibas hacia Oviedo, pasaste un banco
de niebla y de repente.. ¡plof! te quedas sin gasolina y apareces en este
pueblo que ya podemos empezar a llamar, pueblo fantasma.
El perro de antes vuelve a ladrar, o quizá nunca dejó
de hacerlo, pero ahora sus ladridos los escucho más cercanos y amenazantes.
-¿Fantasma?, ¿Por qué dices eso carallo? No me asustes, ¿eh? que las
meigas existen.
-Las meigas no sé si existen, pero digo pueblo fantasma por eso.
Señalo con el pitorro de mi bidón de gasolina hacia
un punto en el suelo situado a unos cinco metros. Mis dos compañeros dirigen
sus miradas hacia el lugar indicado y al mismo tiempo gritan de terror. Yo me
acerco lentamente, me agacho, compruebo que no me he equivocado, y con un gesto
de repugnancia que no puedo evitar, me incorporo y de un puntapié, lanzo la
mano humana que estaba sobre el suelo a más distancia de la que yo me creía capaz.
-¡Pero eso era...! ¡Era...!
-Sí –respondo con una frialdad que incluso a mí me sorprende-, eso era
una mano, exactamente la derecha.
Empiezo a caminar por la calle hacia la plaza y al
poco rato escucho las pisadas de mis dos compañeros que me alcanzan
apresuradamente.
-¿Qué vamos a hacer? –oigo a mi derecha.
-Mi teléfono móvil está sin batería –me entra por el oído izquierdo.
-Pues ahí hay un pie –digo yo señalando lo que claramente es un zapato
con un trozo de pierna saliendo de él.
De nuevo los gritos de mis compañeros llenan la
noche. Del perro ya ni rastro, se ha debido de cansar de ladrar. En su lugar,
escuchamos el arranque de un motor, un motor de gasolina de muy poca
cilindrada, con el petardeo irritante del escape libre. Prrrrrrrrrrrrrr. Sin
ninguna duda se trata de una sierra mecánica.
-¡A la mierda! ¡Joder, es que no hay manera!
Los tres personajes están inmóviles, como estatuas de
granito en mitad de una calle larga de un pueblo frío y fantasmagórico. Todo se
ha detenido. De la plaza solo se ve la primera casa, las otras no existen.
Tampoco existe la iglesia aunque sabemos que su campanario sí. La carretera
flanqueada por árboles marcados con una franja de pintura blanca, está mucho
más arriba. No hay ningún perro. Hemos escuchado ladrar a uno, sí, pero no
tenemos ni idea de si es negro, gordo, de caza o galgo, aunque a juzgar por sus
ladridos debe ser bastante grande.
-¡Estoy hasta las pelotas, joder!
Todo deja de existir, ya no están ni los tres
personajes petrificados, ni la casa al final de la calle, ni manos ni pies saliendo
de zapatos ni nada. No hay nada. Sólo la pantalla del ordenador con su paisaje aburrido
del High Sierra, el sistema operativo de mi Mac.
-¡Esto es un cuento de terror, joder, me está saliendo un puto cuento de
terror!
Antes de apagar cabreado el ordenador, me prometo que
este año será la última vez que intente escribir un cuento de Navidad.
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