sábado, 27 de abril de 2019

Jornada de reflexión




                       Recuerda que tu partido ideal NO existe, pero el opuesto sí.












sábado, 6 de abril de 2019

Sócrates y los saltamontes





Hoy me he levantado con ese tipo de felicidad inconsciente que te proporciona el no pensar en profundidad. Es un estado que se da con mucha frecuencia los sábados. Los domingos menos, pues ya desde por la mañana empiezas a ponerte trascendente. Los creyentes lo tienen más fácil, como todo, pues con ir a misa ya han cumplido con la cuota de trascendencia exigida, pero no quiero adelantarme, estamos todavía en sábado.
Me he levantado, decía, feliz, estúpidamente feliz pero feliz al fin y al cabo. Luego, al final de la mañana la cosa se ha torcido, y he terminado por reflexionar sobre la vida, lo que como casi siempre, me ha llevado al abatimiento. Como dato anecdótico, confesaré que ha sido la contemplación de unos saltamontes lo que ha desencadenado el desastre y ha hecho que mi estado pasara del adormecimiento ovino a la inquietud de primate evolucionado. Para más detalles se trataba de unos saltamontes comestibles que venden en unas cajas de diseño. Ahora, que ya comemos quinoa, chía y kale, estaba cantado que pronto le llegaría el turno a los saltamontes.
Pues yo he pasado de los saltamontes a Sócrates, así, plas, y con Sócrates ya se sabe lo que pasa. He pensado en su muerte por encargo, un juicio contra la razón en el que como otras muchas veces, salió perdiendo. Tuvo que beber un vaso de cicuta como castigo por su falta de creencia en los dioses, y el peligro que entrañaba su ejemplo entre la juventud. Minutos antes de su muerte desconcertó a los presentes con una petición que todos veían fuera de lugar, pero que era toda una filosofía sobre la vida. Pidió, probablemente a Critón, uno de sus discípulos, que no se le olvidara mandar un gallo a Asclepio una vez que él muriera. Critón (sigo en la suposición de que fue a él a quién le hizo el extraño encargo) con lágrimas en los ojos, por la pena y porque no entendía lo del gallo, no dijo nada. Sócrates insistió:
    -En cuanto la cicuta haya terminado su destructiva labor y haya acabado con mi vida, envía un gallo a Asclepio.
Critón buscó ayuda con la mirada entre los otros asistentes para ver si alguno se animaba a decir algo, pero todos se hacían los distraídos disimulando como podían.
    -Maestro –dijo Critón con voz temblorosa-. ¿Un gallo a Asclepio, quieres que le mande un gallo al dios de la medicina?
Sócrates sonrió como sólo saben sonreír los sabios, con una suficiencia que no ofende, una sonrisa totalmente vedada para los necios. Por un momento Critón tuvo un impulso de gritar de alegría.
    -La costumbre es mandar un gallo a Asclepio –dijo el discípulo entre sorprendido y jubiloso-, cuando el enfermo se ha curado como agradecimiento a su intercesión ante la muerte... ¿acaso la cicuta no va a hacer su mortal efecto?
Sócrates apartó esa idea con la mano como si hubiera una mosca a punto de posarse en su nariz.
    -Por su puesto que la cicuta me va a matar, capullo.
Luego puso un tono de voz adecuado a las circunstancias y dijo irguiéndose en su camastro.
    -Por eso quiero que le mandes un gallo a ese dios, porque la vida es una enfermedad que se cura con la muerte.

¿Por qué me he acordado de esas palabras viendo unos saltamontes? Eso es otra historia que quedará entre los saltamontes y yo, el caso es que he terminado la mañana de manera muy diferente a cómo prometía.







jueves, 28 de febrero de 2019

Cementerio de maletas










Cuando viajo en avión, jamás me ha dado por pensar que me pueda pasar algo, ni al despegar ni durante el vuelo ni en el aterrizaje, sin embargo, en cuanto llego a mi destino y estoy delante de la cinta transportadora de equipaje, siempre me pongo en lo peor. No hay vuelo que yo haga que no tenga la firme certeza de que mis maletas se han perdido. Nada más bajar del avión ya me empiezo a angustiar y a preguntarme qué voy a hacer durante tanto tiempo en esa ciudad sólo con lo puesto. Cuando llego a la zona de recogida de equipajes la cinta aún no está en marcha pero la ansiedad que me produce ya ha empezado a atormentarme. De repente, tras un ruido característico de arranque, se pone en movimiento y empiezan a aparecer las primeras maletas que desfilan tambaleándose indisciplinadamente, mareadas después del trayecto. Todos los viajeros escrutamos el despliegue de bultos como águilas al acecho de sus presas, y enseguida aparecen manos que empiezan a capturar lo que es suyo en un continuo revuelo. Me recuerda el festín que se dan los cormoranes cuando encuentran un banco de arenques. De mi maleta por supuesto ni rastro.
Luego, poco a poco los pasajeros se van alejando satisfechos con los carritos repletos de maletas. No puedo evitar mirar de reojo por si alguno ha tenido la indecencia o el error de capturar la mía. Tampoco puedo evitar pensar que cómo puede alguien viajar con tal cantidad de equipaje, me parece una barbaridad, los riesgos de perder algo se multiplican innecesariamente. Al final quedamos no más de diez personas que nos miramos con la complicidad de los que están condenados a muerte. Luego de diez pasamos a nueve, ocho…, cinco, y en ese momento ya me siento el hombre más perdido del mundo. Estar en un aeropuerto, en una ciudad lejana, sin maleta, es la imagen de la desolación.

He consultado los datos que hay sobre este asunto y solo en Europa, se pierden 10.000 maletas al día, pero no todas se recuperan; el 15 % acaban en el olvido. Eso significa que al cabo del año, hay 547.500 maletas que jamás llegarán a manos de sus dueños. ¿A dónde van a parar? ¿Qué pasa con todas esas camisas limpias, pijamas, neceseres, zapatos para ir a la ópera o a la playa, calzoncillos, regalos absurdos para amigos que hace tiempo que no vemos, incluso máquinas fotográficas? Pues pasa que acaban en una subasta. En el aeropuerto de Frankfurt, por ejemplo, se subastan al día 400 maletas distribuidas en pequeños lotes. La subasta es a ciegas y no sabes lo que te va a tocar, salvo que seas uno de los muchos especialistas que acuden con la esperanza de encontrar algún tesoro en alguna de las maletas que adquieren. “Huelen” el lote que puede ser más interesante y pujan por él como los marchantes entendidos en arte lo hacen en Sotheby’s. Esto me hace pensar en que realmente hay gente para todo. También me hace pensar si no es más interesante pujar por un montón de maletas perdidas cuyo contenido es un enigma,  que por un cuadro que ya sabemos de antemano lo que puede valer. Y no olvidemos el morbo de hurgar en una maleta ajena, que no tienes ni la menor idea de a quién pertenecía. Impagable.  
Personalmente, a mí todo esto me resulta muy reconfortante, pues prefiero pensar que mi estupenda chaqueta que iba en la maleta que me perdió American Airlines en San Francisco, finalmente alguien la pudo lucir con mi elegancia. Una elegancia adquirida en una subasta.




jueves, 14 de febrero de 2019

Una historia de amor







Hace mucho tiempo leí una noticia sobre el amor que se profesaban dos perros (perro y perra), hasta el punto de que uno de ellos sacrificó su vida por  el otro, que me hizo llorar desconsoladamente. No hay nada que temer pues  no pienso contar la historia, solo mencionarla. Aprovecho para decir que algo pasa con los perros en cuanto a su capacidad de querer, porque se pueden contar millones de historias de amor de perros hacia sus amos, aunque para mí, incluir la palabra amo en una relación de amor no encaja nada bien, a pesar de que ambas palabras comparten el 80% de sus letras.

No sé qué tienen las historias de amor, pero por lo general no suelen gustar a nadie. Que si son cursis, que si resultan empalagosas, que no se las cree nadie, que si patatín que si patatán, y por supuesto que son para chicas. Sin embargo, tengo que confesar que a mí sí me gustan, incluso me emocionan; ojo, solo las de amor auténtico.

De todas las historias de amor que conozco hay una que impresiona por su autenticidad. Se trata de la más larga de cuantas historias de amor se conocen, exactamente dura seis mil años. Y los que te rondaré morena. No se sabe muy bien cómo ocurrieron los hechos, imposible saberlo, pero el caso es que se han encontrado dos esqueletos unidos en un abrazo, un abrazo eterno, que da testimonio de que o bien murieron juntos, al mismo tiempo, o bien, la diferencia entra la muerte de uno y otro es tan pequeña que sus seres queridos decidieron enterrarlos juntos.





Un amor que por increíble que parezca, después de 6.000 años sigue como el primer día, mejor dicho, como el último. Un amor para toda la muerte, que siempre es mucho más duradero que un amor para toda la vida. La tumba que contiene los restos de los dos enamorados se encuentra en una necrópolis neolítica, un yacimiento arqueológico que tiene el inapropiado nombre de Campo de Hockey. Está en San Fernando, en Cádiz. 
Científicamente se trata de un varón de unos cuarenta años de edad que vivió hace seis mil años, y una hembra bastante más joven de la misma época. Literariamente se trata de un amor eterno, un amor en que cada uno estaba por los huesos del otro, y así siguen.
Historias como ésta son las que hacen pensar que el amor eterno sí existe. Felicidades.






martes, 12 de febrero de 2019

Un planeta de mierda (científicamente hablando)








Según opinión de la gran mayoría de biólogos, vamos a conseguir que la Tierra sea un planeta de mierda. Así, dicho con esa contundencia científica que no admite lugar a dudas.  He escuchado en la radio, fuente inagotable de sabiduría, que la agricultura, tal cómo se está llevando a cabo en la actualidad, es la gran culpable. Fíjate, con lo inocente, natural y bucólica que parece de lejos. Pues resulta que no. Toda la tragedia se debe al uso de plaguicidas y productos químicos pesticidas que están acabando con una cantidad impensable de insectos, principalmente abejas, mariposas y escarabajos. En esta misma noticia se hablaba de una disminución en la masa total de insectos en la tierra de no sé cuántas miles de toneladas al año. Cuesta trabajo imaginarse toneladas de insectos sin torcer el gesto, pero su desaparición significa una ruptura terrible en el equilibrio ecológico que mantiene la sagrada cadena trófica en orden. Los insectos, desde su aparición al final del periodo Devónico hace casi 400 millones de años, se encuentran en la base estructural y ya sabemos que cualquier alteración en la interrelación de los seres vivos del planeta tendrá sus efectos en el planeta en su conjunto, no solo en los directamente afectados. Con la desaparición de las polillas, no solo son las polillas las que desaparecen.

No digo esto para concienciar a nadie, pues por mucho que se conciencie quien esté leyendo este artiblog, no va a ser capaz de cambiar nada, además estoy convencido de que todo el mundo lo sabe y que no estoy descubriendo nada nuevo a nadie. Lo impactante de la noticia, para mí, y por eso aparece en este artiblog, es el perfecto equilibrio que se ha alcanzado, a lo largo de millones de años de evolución, entre todas las especies de animales y plantas. Todos dependen de todos, y aunque aparentemente no haya ninguna relación entre una medusa que flota estúpidamente en el Índico y un oso hormiguero que se relame pacíficamente en algún lugar de Sudamérica, si que existe. Todo es cuestión de dejar el tiempo necesario para que uno acabe echando de menos al otro, pues una red invisible mantiene a todas las especies vivas en contacto. También intervienen las plantas, pues también tienen vida.

La vida, se esfuerza en demostrarnos lo maravillosa que es, y nosotros en lugar de quedar fascinados por su magia, hacemos cosas que estúpidamente conducen a su destrucción.

Pero eso no es lo peor. Aprovecho el momento para comunicar algo que está bastante relacionado con este artiblog, y es que muy pronto voy a lanzar al ciberespacio La tertulia perezosa en versión podcast. Algunas veces también aparecerá en Youtube.

Todo, todo, absolutamente todo está interrelacionado, resulta increíble.





                                                             MUY PRONTO, ANTES DE LO QUE QUISIERAIS












miércoles, 30 de enero de 2019

Meditación







Este año me he metido en un curso de meditación. En otro, es la segunda vez en mi vida que lo hago; la primera tuvo escasos resultados por culpa de mi inconstancia. También por culpa de mis prejuicios. También por culpa de mi sentido crítico. También por culpa de que tenía una lesión de rodilla y no podía sentarme en posición de loto. También porque me quedaba dormido. Creo que aún intervinieron más razones para que no consiguiera alcanzar el buscado mindfullness, pero en esta ocasión me lo estoy tomando mucho más en serio y no voy a permitir que nada, ni yo mismo, me impida por fin ser un maestro de la meditación. De momento llevo cuatro sesiones (sin dormirme, palabra) y estoy muy ilusionado. También algo perplejo, pero empecemos por el principio.

¿Por qué un curso de meditación? Cada animal de este planeta, a lo largo de millones de años de evolución, ha desarrollado y perfeccionado su estrategia de supervivencia, su especialidad que permite a sus egoístas genes ilusionarse con la inmortalidad. Todo bicho viviente tiene su ”truco” para mantenerse vivo el mayor tiempo posible, truco que transmite a las siguientes generaciones. Precisamente el truco de nuestra especie, consiste en tener un cerebro capaz de suplir la carencia de garras, potentes mandíbulas, formidables piernas que nos permitieran alcanzar velocidades impresionantes, alas para salir volando, o cualquier otra habilidad que han adoptado otros animaluchos. Es decir, nuestra especialidad es pensar, dar vueltas a las cosas hasta conseguir entenderlas y una vez entendidas, seguir dándole vueltas hasta que además se nos ocurra como dominarlas, evitarlas o poseerlas.

Eso, claramente es meditar, ¿no?, entonces, por qué tienen tanto éxito los cursos de meditación. Es como si los guepardos se metieran en cursos de correr rápido o los lenguados en otros de cómo pasar desapercibidos en el fondo arenoso de los mares.

Aquí hay algo que no encaja, ¿por qué sentimos la necesidad de hacer cursos sobre algo que es precisamente nuestra especialidad? Esto me lleva a pensar, en una primera meditación, que algo estamos haciendo mal, muy mal, en esta sociedad que hemos creado, que necesitamos parar veinte minutos al día para hacer lo que se supone que nos tiene que salir como los trinos a un jilguero, así, de forma natural y sin cursos ni preparación.

El caso es que después de cuatro sesiones, solo cuatro sesiones, veo que estos cursos de meditación son fundamentales, funcionan, todo el mundo debería hacerlos,  y que realmente ayudan a que el día transcurra de una forma más agradable y placentera. No es broma. Esto significa, que yo en particular, estaba haciendo algo rematadamente mal. Ahora que ya sé meditar, me doy cuenta.

Allá vosotros.








viernes, 18 de enero de 2019

Años vacíos








No hay nada más atrasado que el periódico del día anterior, dicen. A mí siempre me ha parecido una exageración, aunque entiendo perfectamente la idea que se quiere transmitir de fugacidad de la actualidad. Y es verdad, el presente solo dura como presente un instante, inmediatamente pasa a ser pasado, pero si un diario al día siguiente de su publicación ya nos parece que pertenece a la historia, qué pasa con algo que abarque un periodo de tiempo mayor a un día. Un año, por ejemplo.

Hoy es día 18 de enero y aunque ya me he acostumbrado perfectamente a que estamos en el año 2018, perdón, 2019, aún tengo morriña del anterior, y la morriña, ya se sabe, nos lleva a rebuscar entre papelotes. No solo fotos, también papelotes, y entre los papelotes que he rebuscado de repente ha aparecido un sobre bastante gordito con algo en su interior que hace que sea eso, gordito. Lo he abierto, sorprendido por no haberlo hecho en todo un año, y ¿qué me encuentro en su interior? Pues nada más y nada menos que un calendario de mesa, sin estrenar, aún con su envoltorio de plástico transparente, del año 2018. Yo, como todo el mundo, recibo varios calendarios y siempre utilizo uno, solo uno los otros los tiro, para anotar las cosas que tengo pendientes para hacer cada día, de modo que todos mis calendarios al final de año son un follón de notas que se superponen unas a otras. Pero este calendario que me he encontrado en su sobre, estaba inmaculado, impecable, virgen... coño, sin estrenar, ya lo he dicho. Esto tiene mayor alcance de lo que parece a simple vista. Es toda una metáfora. Un calendario del año anterior, vacío, con todos sus días en blanco, representa un año que no se ha utilizado. Un año que se ha tirado a la basura, tal como yo acabo de hacer con el que me he encontrado de 2018 en su envoltorio. 365 días idénticos, ninguno con nada destacable que hacer, son 365 días desaprovechados, un desperdicio. Tenemos que ser más cuidadosos y tratar de dar contenido a cada día que tenemos por delante, llenarlo de anotaciones, es la única manera que conozco de estar vivo. Esa es nuestra responsabilidad. No es necesario organizar expediciones a Alaska los martes, bajar a un volcán los miércoles y dar de comer a los tiburones los viernes, basta con pequeñas cosas que hacer, un simple paseo puede valer, o visitar a un amigo o ir a ver un espectáculo.

Ahora mismo, para reafirmar todo lo que he dicho, voy a coger mi recién estrenado calendario del 2019 y al buen tuntún voy a anotar en un día cualquiera, salir a dar un paseo largo por el campo. Espero que llueva pues me encanta andar bajo la lluvia.









lunes, 31 de diciembre de 2018

La terminación que toca






Estamos en una época del año en que todo es diferente. La forma de comer, de beber, de quedar con amigos, de salir, de comprar, de hacernos regalos... todo cambia y tanto cambia que hasta cambia el mismo año.
También es una época de jugar a la lotería, ya hemos pasado el sorteo del 22 y ahora viene el del Niño. Las mismas colas frente a Doña Manolita para elegir un número y el mismo trasiego de participaciones y décimos compartidos. Cada cual tiene sus supersticiones y elige la terminación encomendándose a su favorito. Por lo visto la más demandada es en siete, y después del siete se busca que termine en cinco. Quizá, en el primer caso, porque el siete es un número bíblico, el día del descanso del Creador, siete es un número de perfección y de espiritualidad; el cinco... se busca el cinco por todo lo contario, por su rima vulgar que todo el mundo repite incansablemente como si se le acabara de ocurrir. El cero también tiene grandes defensores.
Así es la lotería, pensamos que nuestro número de la suerte tiene más probabilidades de salir por la espita del bombo que el resto de los números y lo pedimos con injustificada esperanza. 
Con el cambio del año sin embargo, no hay elección posible: a todos nos toca la misma terminación. El mismo número con la misma terminación, sin posibilidad de elección y sin discusión. A unos les traerá buena suerte y otros encontrarán lo contrario, qué le vamos a hacer.
Este año, la terminación toca en nueve. En numerología representa la sabiduría. En el Tarot, el arcano 9 es el ermitaño que busca precisamente eso, sabiduría. Yo todo lo que puedo decir a cerca del nueve es que en sistema binario,  se escribe 1001, precioso.

En fin, a todos nos ha tocado este número, esperemos que a todos nos traiga suerte y que sea un año que al menos nos toque el reintegro.
  

                                                 ¡FELIZ 2019, AMIGOS!


sábado, 22 de diciembre de 2018

Navidad, dulce Navidad









Estaba perdido. La niebla no necesitaba ningún resquicio para llegar a dónde quisiera y se metía hasta el mismo tuétano de los huesos. Un dolor frío y húmedo daba fe de su presencia. Olía a leña, que es un olor muy diferente al de la madera aunque estén hechas de la misma sustancia, leña quemada en alguna chimenea, y ésa era la única señal de vida que podía encontrar. El sonido de mis pisadas delataban los innumerables charcos que habían dejado las últimas lluvias.
Así andaba yo, dentro de ese panorama tan poco acogedor, por un pueblo desconocido al que no sabía exactamente cómo había llegado. El campaneo inconfundible de la iglesia anunciaba las once de la noche, que era tanto como anunciar que no encontraría ningún lugar abierto donde tomarme un café caliente, y sobre todo, preguntar dónde estaba. Esa pregunta siempre es difícil formular sin parecer idiota: “perdone, ¿podría decirme dónde estoy?”. No, no se queda muy bien con esa forma de empezar una conversación.

El último recuerdo nítido que tenía de antes de quedarme sin gasolina, era una carretera estrecha, sin curvas y flanqueada por dos filas de árboles, gruesos pero sin hojas, tan solo el esqueleto, con una franja ancha pintada de blanco en la mitad del tronco. En algún momento, la pintura fue fosforescente. Las cunetas estaban comidas por la maleza y el pavimento bacheado, reasfaltado, y más bacheado. Un asco de carretera, pero más asco es cuando de repente desaparece, y se convierte en un polvoriento camino de cabras, y por si eso fuera poco, muchísimo más asco cuando además el motor se para reclamando una gasolina que ya no le llega. Joder, pero si quince minutos antes iba yo a toda velocidad, con el depósito lleno, por la autovía que va a Oviedo. ¿En qué momento me desvié  para meterme por esa mierda de carretera? ¡Seguro que hice caso al Tomtom sin darme cuenta! Siempre me pasa lo mismo, cuando obedezco a lo que me dice, acabo perdido en sitios remotos, pero lo novedoso en esta ocasión es que además, me había quedado sin gasolina habiendo repostado no hacía más de sesenta kilómetros. No puedo culpar de eso al Tomtom.

Y ahora aquí estoy, con una lata en la mano buscando una gasolinera, aterido de frío y en un pueblo que parece abandonado. Mi coche está, espero, en un sembrado a unos tres kilómetros del pueblo. He llegado hasta aquí guiado por las luces macilentas pero inconfundibles de sus casas. De gasolinera, ni rastro. Pero alguna tiene que haber, digo yo que las personas que habitan este pueblo en algún sitio pondrán gasolina o gasoil o lo que sea que usen los tractores.

Es curioso porque he dejado de andar pero sigo escuchando unas pisadas. Parecen las mías, pero no puede ser, porque yo estoy parado. Agudizo el oído y las pisadas continúan. Están justo debajo de mí, supongo que las oigo tan cercanas porque la calle estrecha, cerrada, con las casas de piedra y el suelo empapado, funciona como el tubo de un órgano, proyectando el sonido que se produce a mucha distancia. Una sombra surge en la fachada de la casa que hay antes de entrar en la plaza. La sombra avanza por la pared como un animal reptante y a los pocos segundos se hace visible el cuerpo que la produce. Camina despacio, como si no supiera qué camino tomar. Yo me apresuro a llegar hasta él, puede ser mi salvación, no puedo permitir que se me escape. Seguro que sabe dónde encontrar una maldita gasolinera, estoy deseando marcharme de este pueblo cuanto antes. Según me acerco al hombre, mi esperanza se va esfumando... no puede ser... eso que lleva... parece... Finalmente lo alcanzo, estamos uno al lado del otro. El hombre que me he encontrado me mira a los ojos desesperanzado, incluso con temor, después de haber visto en mi mano un bidón de gasolina exactamente igual que el que lleva él. De plástico rojo, con una especie de minimanguera en el tapón y completamente vacío. Inconfundible. Nos señalamos en silencio. Cada uno apunta con un dedo morado por el frío la lata de gasolina que lleva el otro. Un perro ladra rabioso en algún lugar cercano y sus ladridos consiguen que se forme un nudo en la garganta de quien los escucha.  Al menos en la mía, el nudo ya me impide hablar, y parece ser que lo mismo le pasa a mi compañero de infortunios. Pasado un tiempo nada prudencial, conseguimos articular palabra, y casi al unísono nos preguntamos si hemos visto una gasolinera, o al menos a alguien del pueblo que pueda darnos información.
    -¿A dónde ibas cuando te has quedado sin gasolina? –Pregunto temiendo la respuesta.
    -A Oviedo, carallo, pero no sé que pasó... la niebla, había un tramo con niebla  y después  me vi en esta carretera –señala hacia detrás de mí -¿Y tú?
    -Pues lo mismo, exactamente.... ¡un momento, mira allí!
Mi compañero gira con rapidez la cabeza, y por su reacción, ve exactamente lo mismo que yo.
    -¡Un paisano, allí hay un paisanico!, vamos corriendo a ver qué nos dice.
Su entusiasmo se enfría al ver que no me muevo y que mi expresión, que también era de alegría, ha cambiado a otra de desolación.
    -¡Pero vamos, no te quedes ahí! ¿Pero qué te pasa? –me dice tirando de mi manga.
    -Mira qué lleva ese hombre en la mano –le digo lacónico.
No se había fijado que aquel paisano llevaba otro bidón de gasolina idéntico a los nuestros.
    -¡La madre de Deu, está como nosotros!
    -Perdido y sin tener ni la menor idea de qué narices está pasando ni cómo ha llegado hasta aquí, sí.
El hombre a lo lejos, nos ve, y apresuradamente viene a nuestro encuentro. Su paso, poco a poco, se va ralentizando, según se da cuenta de que nosotros estamos exactamente en la misma situación que él. Al llegar a donde estamos, sin dejar de mirar nuestros bidones de gasolina, intenta decir algo pero apenas puede hablar. El nudo en la garganta, a él también se le ha formado.
    -Sí, sí –me adelanto yo a explicar-, ibas hacia Oviedo, pasaste un banco de niebla y de repente.. ¡plof! te quedas sin gasolina y apareces en este pueblo que ya podemos empezar a llamar, pueblo fantasma.
El perro de antes vuelve a ladrar, o quizá nunca dejó de hacerlo, pero ahora sus ladridos los escucho más cercanos y amenazantes.
    -¿Fantasma?, ¿Por qué dices eso carallo? No me asustes, ¿eh? que las meigas existen.
    -Las meigas no sé si existen, pero digo pueblo fantasma por eso.
Señalo con el pitorro de mi bidón de gasolina hacia un punto en el suelo situado a unos cinco metros. Mis dos compañeros dirigen sus miradas hacia el lugar indicado y al mismo tiempo gritan de terror. Yo me acerco lentamente, me agacho, compruebo que no me he equivocado, y con un gesto de repugnancia que no puedo evitar, me incorporo y de un puntapié, lanzo la mano humana que estaba sobre el suelo a más distancia  de la que yo me creía capaz.
    -¡Pero eso era...! ¡Era...!
    -Sí –respondo con una frialdad que incluso a mí me sorprende-, eso era una mano, exactamente la derecha.
Empiezo a caminar por la calle hacia la plaza y al poco rato escucho las pisadas de mis dos compañeros que me alcanzan apresuradamente.
    -¿Qué vamos a hacer? –oigo a mi derecha.
    -Mi teléfono móvil está sin batería –me entra por el oído izquierdo.
    -Pues ahí hay un pie –digo yo señalando lo que claramente es un zapato con un trozo de pierna saliendo de él.
De nuevo los gritos de mis compañeros llenan la noche. Del perro ya ni rastro, se ha debido de cansar de ladrar. En su lugar, escuchamos el arranque de un motor, un motor de gasolina de muy poca cilindrada, con el petardeo irritante del escape libre. Prrrrrrrrrrrrrr. Sin ninguna duda se trata de una sierra mecánica.



    -¡A la mierda! ¡Joder, es que no hay manera!
Los tres personajes están inmóviles, como estatuas de granito en mitad de una calle larga de un pueblo frío y fantasmagórico. Todo se ha detenido. De la plaza solo se ve la primera casa, las otras no existen. Tampoco existe la iglesia aunque sabemos que su campanario sí. La carretera flanqueada por árboles marcados con una franja de pintura blanca, está mucho más arriba. No hay ningún perro. Hemos escuchado ladrar a uno, sí, pero no tenemos ni idea de si es negro, gordo, de caza o galgo, aunque a juzgar por sus ladridos debe ser bastante grande.
    -¡Estoy hasta las pelotas, joder!
Todo deja de existir, ya no están ni los tres personajes petrificados, ni la casa al final de la calle, ni manos ni pies saliendo de zapatos ni nada. No hay nada. Sólo la pantalla del ordenador con su paisaje aburrido del High Sierra, el sistema operativo de mi Mac.
   -¡Esto es un cuento de terror, joder, me está saliendo un puto cuento de terror!
Antes de apagar cabreado el ordenador, me prometo que este año será la última vez que intente escribir un cuento de Navidad.