miércoles, 3 de agosto de 2016

La abuela Dora. Primera parte

Parece que sigue el verano y las ganas de leer  se mantienen en pleno vigor. Yo he visto por la calle gente buscando en las papeleras y en los cubos de basura cualquier cosa que les sirva para matar el rato leyendo. Les he visto sacar revistas grasientas con la cara iluminada por la alegría, instrucciones de uso de algún aparato, prospectos de medicinas, cualquier cosa que lleve letra impresa puede servir. Yo quiero contribuir a aliviar tanta necesidad de lectura que hay en el mundo con un cuento que escribí hace tiempo. Dada su extensión y por mantener la atención, lo he dividido en tres entregas.
va la primera.






LA ABUELA DORA

(PRIMERA PARTE)



La abuela Dora, que además de abuela era partera, corría de un lado para otro agitando sus regordetas manos por encima de la cabeza en claro gesto de que algo estaba saliendo de forma muy distinta a la esperada.
De la habitación principal salían los gritos de parto de mi madre, que a juzgar por el desgañitamiento, mi nuevo hermano iba a ser tirando a descomunal. Claro, que esa no sería su característica más destacada, pero ya hablaremos más tarde de las rarezas de mi hermanito. Mientras tanto, yo asistía, más bien asustado, al tejemaneje de toallas, baldes con agua hirviendo  y otras zarandajas que las mujeres de la casa se traían entre manos, sin saber exactamente a qué se debía todo ese jaleo.
Aparte de la abuela Dora y mi tía Flavia, estaban dos vecinas con cara de pajarraco asustado y voz acorde con su apariencia de avechucho, cuya única aportación se reducía a entrar y salir de la habitación salmodiando jesuses con las manos al cielo, y a frenéticos santiguamientos descontrolados y convulsos. Se llamaban Fina y Flora, aunque en casa siempre nos habíamos referido a ellas como las hermanas pajarito, incapaces de renunciar a un apodo tan conveniente. De vez en cuando la abuela Dora reparaba en mi presencia como si fuera la primera vez en su vida que me veía, me preguntaba qué diantres estaba haciendo allí, y antes de que pudiera responderle ya me había  dado un par de pescozones con el mensaje de que me fuera a otro lugar lo más alejado posible, lo cual, dadas las dimensiones de mi casa, era absolutamente imposible y me pusiera donde me pusiera, mi abuela siempre acababa pasando por delante de mí, y la escena se volvía a repetir, con pescozones incluidos.
La casa donde vivíamos tenía dos habitaciones: la de mis padres, y la otra; en la otra dormíamos la abuela Dora, tía Flavia, algún huésped si lo hubiera, una cabra y yo. La verdad, es que nunca entenderé porqué teníamos una casa tan pequeña si estábamos rodeados de campo, una cantidad obscena de campo que no era de nadie. Sobre todo, si había tanto campo, ¿por qué dormía también con nosotros la cabra? Mi padre decía que era cosa de mi abuela, que la metía en la habitación para poder decir que ese peculiar olor que todos notábamos era debido al pobre animal. Puede ser.
    Mi hermanito se estaba haciendo rogar demasiado y no acababa de salir para mayor sufrimiento de mi madre que ya estaba hasta la coronilla de empujar, apretar los dientes, chillar y blasfemar como un mulero. Por fin a las doce en punto de la noche empezó a salir, y desde ese momento hasta que terminó de hacerlo diez minutos más tarde, a los chillidos de mi madre se unieron los de las hermanas pajarito, tía Flavia y, lo más increíble, los de la abuela Dora, que era la primera vez en su vida que gritaba sin estar colérica, porque era la primera vez en su vida que gritaba porque estaba asustada.
    Mi padre, con la excusa de que los partos eran cosa de mujeres, se fue a la taberna a beberse un barril de cerveza en compañía de sus amigos. Cuando llegó a casa, mi hermanito ya estaba correteando por el jardín asustando a las comadrejas.    
    -¡Mi higo, quiero ver a mi higo! –farfulló mi padre nada más entrar, con una sonrisa simiesca proporcionada, no por el exceso de alcohol, sino por una coz que le dio una mula cuando era niño -¡Quiero,... hip, ver a mi nuevo higo!
    -Se ha escapado –le dijeron al unísono las hermanas pajarito.
    -¿Eh? ¿quién se ha escapado?
    -Tu higo, perdón, tu hijo.
    -¿Mi higo recién nacido... se ha escapado de casa?
    -Tenías que ver que carácter ha sacado...
    -Sí,... terrible... un demonio de chiquillo...
    -Pero,... a estas horas es peligroso que ande solo un recién nacido por el campo, ¿no?... –razonó mi padre dentro de lo que podía- yo mismo acabo de ser atacado por un perro enano al llegar a casa...
    -¿Negro, muy peludo y con los ojos cerrados? –preguntó la abuela Dora.
    -Sí, no sé, le he dado una patada y me ha mordido en la pierna el muy bestia.
    -¡Tu hijo!
    -¿Dónde? –preguntó mi padre desconcertado, que cada vez entendía menos.
    -Tu hijo es el que te ha mordido en la pierna.
    -¿Mi higo, el que se ha escapado de casa nada más nacer, me ha mordido en la pierna?
    La abuela Dora es de esas personas que no necesitan hablar para convencer. Su elocuencia, que es mucha, nunca se ha basado en un verbo cálido y fluido, sino en su forma de mirar, tajante y definitiva. Ya puede ser el mayor disparate del mundo, que si te lo dice la abuela Dora y eres capaz de mantener su mirada el tiempo suficiente, lo aceptarás con inquebrantable convicción. En esta ocasión, le bastaron veinte segundos para hacer que mi padre saliera a buscar a mi hermanito que del patadón había ido a parar a unas  zarzas, donde lo encontró magullado y desconcertado ante su primera visión del mundo, pero sobre todo, lo encontró terriblemente enfadado.

*

    -Olivia, esto no puede seguir así. Eres el desastre más grande que conozco.
    Cuando hablaba Janet, las otras brujas callaban con la cabeza baja, lo cual ponía aún más furiosa a Janet.
    -Y no bajes tanto la cabeza, que me vas a sacar un ojo con el sombrero.
    -Déjala, es muy joven y tiene derecho a equivocarse.
    -¡Vaya, mira quién habló! Creí que ese derecho era exclusivo tuyo.
    -Bueno, es que las viejas también tenemos derecho a equivocarnos, y si me apuras, más derecho que las jóvenes –se defendió Alison Dick, la bruja más vieja del país.
    -Entonces, si todo el mundo tiene derecho a equivocarse, viva la Pepa, aquí no acierta ni dios, y no pasa nada, ¿no es así?
    -Mujer...
    -Ni mujer ni gaitas, y no agaches tú también la cabeza que entre las dos me vais a dejar ciega.
    -Yo creo que aún nos da tiempo a tenerlo todo preparado para...
    -¡Ni una palabra más! Ya sabéis lo que tiene que hacer cada una de vosotras y esta vez no quiero ningún tipo de fallo, tanto si se debe a la falta de experiencia propia de la juventud que en un alarde de tontería supina sustituye la estrategia por la improvisación, como si es debido al desgaste natural de las piezas que intervienen en la creación del pensamiento lógico, propio de edades más provectas.
    -¿Te refieres a la pérdida de contacto entre la zona terminal del axón de una neurona con el cuerpo celular o la dendrita de la siguiente? –preguntó Alison Dick.
    -Naturalmente, ¿a qué si no?
    -Pues di sinapsis. Es más corto y te entendemos igual.
    -Es verdad, parece mentira lo que te gusta enrollarte con lo antipática que eres. A mí, por ejemplo, si...
    -¡Basta ya! ¡No os soporto! ¿Pero es que no había otras brujas en toda la comarca más que vosotras dos?
    -Eso creo.
    -Y has tenido suerte en poder contar con nosotras.
    -Está bieeeen, vaaaale, las tres hacemos un equipo realmente bueno a pesar de que de vez en cuando tengamos nuestras diferencias, ¿no es así, chicas?
    Janet sabía hasta donde podía llegar con sus dos pupilas y también sabía que ahora las necesitaba por encima de todo. Buenas o malas, las necesitaba.

*

 Al día siguiente del nacimiento de mi hermano la casa empezaba a recobrar cierto especto de normalidad. La abuela Dora preparaba caldo de gallina en la cocina para mi madre, las hermanas pajarito se ofrecieron para echar una mano en lo que hiciera falta, y mi padre seguía durmiendo como un tronco. En cuanto a mí, yo estaba ansioso por ver al recién llegado a la familia y pellizcarle concienzudamente por venir a usurpar mi papel de alegría de la casa, pero sobre todo, tenía curiosidad por ver cómo era, ya que aunque la abuela Dora se hubiera empeñado a base de pescozones en tenerme alejado de la noticia, sabía por los comentarios oídos que no se trataba de un bebé normal. Simplemente el hecho de que cuando mi padre, después de recoger al niño en el zarzal, le dijera a mi abuela que tenía serias dudas sobre si ponerle de nombre Evaristo como el abuelo, o Tarzán, como un perro que tuvimos para guardar el ganado, me inducía a pensar que no se trataba de uno de esos bebés que salen en las cajas de galletas. Además, me tenía fascinado el hecho de que mordiera a mi padre, pues una mordedura siempre implica la intervención de una dentadura, y eso es algo que no está al alcance de cualquier bebé.
    Entré sigilosamente en la habitación de mis padres, aunque yo sabía que no necesitaba ningún tipo de precaución pues a mi padre no lo despierta ni un volcán que entrara en erupción debajo de su cama, y a mi madre, tanto le daba estar despierta que dormida, pues realmente estaba desfallecida que es un estado absurdo en el que te da igual casi todo lo que ocurra a tu alrededor. Es algo así, como para la materia, el estado plasmático. Pues bien, nada más entrar, sin entretenerme en hurgar en los bolsillos de mi padre como otras veces, fui directamente a la cuna donde estaba mi hermanito. Me subí a un escabel para ver mejor, y lo que descubrí durmiendo plácidamente entre las sábanas era lo que menos esperaba encontrar. El sol, tamizado por una persiana de arpillera caía sobre el moisés como una ducha de luz, de gotas muy finas, dando un aspecto lechoso al ambiente, muy apropiado, las cosas como son, para una escena de maternidad. Mi hermanito sonreía beatíficamente al mundo con un gesto apacible sin rastro alguno de tensión. Tenía una piel suave y tirante que se volvía cárdena ante la acción estranguladora de mis pellizcos (es decir, todo normal) y unos rasgos bien definidos que lo catalogaban dentro del grupo de bebés hermosos y guapos. ¿Cómo es posible que esa criatura de rostro angelical fuera la misma que nada más nacer hizo pensar a todo el mundo que un meteorito, algo más grande que el que acabó con los dinosaurios, había caído sobre la Tierra? Sólo un chichón enorme y unos cuantos arañazos distribuidos por su cabecita pelona recordaban a la noche anterior.
    De repente noté la mano huesuda de la abuela Dora sobre mi hombro.
    -¿Te gusta tu nuevo hermanito? –me susurró con su vozarrón de leñador- es mucho más guapo que tú, ¿a que sí?
    -Ya, y yo que creía que era un monstruo, ya ves.
    -Sí, a nosotros también nos decepcionó bastante ayer, las cosas como son, pero fíjate el cambiazo que ha dado en ocho horas.
    -¿Y por qué es distinto ahora? –pregunté yo algo decepcionado de su evidente mejoría.
    -La Luna –dijo tajante mi abuela-, ¿no te fijaste en la luna tan enorme que había ayer? La luna llena lo convierte en... lobezno. Es un bebé-lobezno, y con el tiempo se convertirá en un hombre-lobo.
    -Ah, eso está muy bien –dije yo como si acabara de decirme que mi hermano se haría cirujano o algo por el estilo.
    -No está mal. Ahora más vale que le dejemos dormir pues ha estado toda la noche cazando y está agotado.
    En aquellos momentos yo no sabía lo que era un hombre-lobo, ni había oído hablar nunca de nada parecido, pero estaba tranquilo pues en casa todos se comportaban como si fuera de lo más normal. De hecho, hasta el siguiente plenilunio, como se verá, nadie de la familia se acordó de la peculiaridad exclusiva de mi hermano, incluso le pusieron de nombre Evaristo, como el abuelo. Todos rehuían hablar de lo sucedido en la noche de su nacimiento como si trataran de escapar de una realidad que no apetecía, pero está claro que por mucho que uno se esfuerce en ocultar la verdad, ésta acaba saliendo al exterior por fea que nos parezca. Es como un ahogado, que pasado un tiempo en el fondo del río, tarde o temprano emerge a la superficie mostrando un cuerpo hinchado, podrido y medio comido por peces y cangrejos, y cuanto más tiempo pase en el fondo más repugnante resulta luego cuando sale a flote.

*

Las brujas que habitan en la comarca de mi aldea natal aparte de su estrafalario gorro, sólo tienen una cosa en la cabeza: ganar en la competición de brujas y hechiceras que se celebra anualmente durante el mes de octubre con motivo de su gran aquelarre interprovincial. Acuden brujas de todo el país y todas compiten por ser las mejores en sus ritos y hechizos en una lucha feroz y despiadada. Se establecen varios premios divididos en diferentes categorías y el mas codiciado siempre ha sido el de la mejor puesta en escena del llamado Rito de Iniciación Núbil, que básicamente consiste en degollar a un recién nacido sobre los pechos desnudos  de una joven virgen, aunque para no resultar excesivamente crueles, la joven no suele ser virgen.
    Dada la complicación de las pruebas la forma habitual de participación es por equipos, y cada equipo está formado por tres o cuatro brujas, una de las cuales es la jefa del grupo y es quien diseña la estrategia y asume todas las responsabilidades. En general, pasada la competición desaparecen las hostilidades entre las participantes, excepto en el caso de Janet, y su gran enemiga, Wanda, que se odiaban desde que se conocieron, y se conocieron en el parvulario con tres o cuatro años de edad. De la misma forma que hay amores a primera vista, también hay odios a primera vista, pues al fin y al cabo ambas emociones no difieren una de otra más que en la orientación. Si con el amor eres feliz cuando lo es el ser amado y te entristece verlo padecer, con el odio ocurre lo contrario, estás encantado si tu odiado sufre como una perra y te llevas un berrinche si sabes que se lo está pasando en grande. Claro, que en el fondo, sí hay una gran diferencia entre el amor y el odio, una diferencia que hace más perfecto al odio, pues lo convierte en una emoción más completa. La diferencia es que el odio admite diversidad; es decir, mientras que resulta imposible estar completamente enamorado de dos personas a la vez, es muy normal odiar a un grupo de varios individuos simultáneamente, incluso puedes odiar a una señora mayor a su hija y a su nieta en el mismo día sin que nadie piense que eres un pervertido. Pues bien, el caso es que Janet y Wanda se odiaban con verdadera locura desde el primer día que se vieron. Un odio apasionado y puro, un odio, aún después de tantos años, sincero y desinteresado que las hacía competir cada año en el gran aquelarre con la única idea, no ya de ganar, sino de evitar que ganara la otra. Si para conseguirlo era necesario acuchillar a sus propias madres no lo dudarían ni un solo segundo, lo cual da una idea de hasta donde estaban dispuestas a llegar en su empeño. Las dos competían en la prueba de mayor prestigio, el Rito de Iniciación Núbil y a estas alturas, un mes antes de la celebración del campeonato, a las dos les faltaba la parte más importante: un bebé al que degollar. Bueno, la verdad es que Wanda ya contaba con uno aunque todavía no lo había visto, ni sabía nada de él. Resulta que Fina y Flora, las hermanas pajarito, aunque en aquel tiempo yo no lo supiera, eran brujas y pertenecían al equipo de Wanda y en cuanto se enteraron de que su vecina, mi madre, estaba embarazada, ya tenían claro de dónde iban a sacar el bebé que necesitaba su jefa. Claro, que lo que no se podían imaginar es que naciera un bebé-lobezno, y si la celebración caía en noche de luna llena no les valdría de nada, pues en tal caso no era muy probable que se quedara quieto sobre los pechos desnudos de la joven virgen. Por eso las hermanas pajarito, que ya habían recibido parte de la recompensa de Wanda, se mostraban tan nerviosas y andaban de un lado para otro como vaca sin cencerro con gesto de preocupación. La fecha exacta de la celebración nunca se sabía hasta pocos días antes. La decidía la Gran Bruja Maestre Comendadora de Hechizos, alguien que nadie conocía, pues en sus apariciones siempre llevaba una máscara de dudoso gusto hecha de barro, paja y excrementos de murciélago, por lo que a su deplorable especto se unía un penetrante olor a mierda. Naturalmente, nada de todo esto afectaba de momento a Evaristo, mi hermano-lobo, que estaba recibiendo todas las atenciones posibles de la tía Flavia, en menos medida de mi madre, ninguna de mi padre, y por supuesto, la indiferencia de la abuela Dora que en el fondo le traía todo al fresco. A mí me dolía ver que alguien con pinta de chucho callejero (ocasionalmente, ya, pero esa imagen se quedaba grabada de forma indeleble), me robara el poco cariño que mi familia me dispensaba. Sobre todo me molestaba compartir la dedicación de tía Flavia, pues de todas las mujeres de la casa y de todas las de la aldea, era la que mejor me caía. Todos los años, después de las lluvias de otoño, me llevaba a coger caracoles, y aunque no sea una actividad que destaque por lo que une a las personas, yo lo recuerdo como algo grande y este año, que ya había empezado a llover, aún no habíamos salido ningún día porque estaba continuamente con el “otro”. Que pronto se empieza a sufrir en la vida porque somos reemplazados por “otro”, pensé con mis escasos siete años mientras intentaba bajar por mis propios medios del árbol al que me había subido en un intento desesperado de llamar la atención de la tía Flavia. Ella estaba acunando a la bestia en un extremo del jardín y por un momento pensé que estaba preocupada por lo que me pudiera pasar porque se levantó gritando cuando vio que estaba a punto de matarme.
    -Bájate de ahí, desgraciado, que te vas a romper la crisma. Será tonto...
    No la pude hacer caso porque resbalé y me quedé enganchado por los pantalones en una rama sin poder subir ni bajar balanceando como un ahorcado de un lado para otro. Entonces, vi que las hermanas pajarito salían de su casa camino de la mía y se detuvieron justo debajo del árbol del que yo pendía sin advertir mi presencia. Estuve a punto de gritar auxilio cuando una intuición que aún no tenía, me hizo permanecer en silencio. Un silencio que aproveché para enterarme de lo que estaban hablando.
    -Flora, de verdad, a mí me da no sé qué matarlo,... es tan mono.
    -¿Mono? ¡Es un perro! Y es la única solución.
    -Pero hay muchas probabilidades de que sea en una noche normal...
    -Ya y si no, imagínate el numerito. Por eso tenemos que anticiparnos y decirle a Wanda que el niño se ha muerto. Así, que primero lo secuestramos y luego le damos matarile. Ella, al principio no se lo va a creer, pero le enseñamos el fiambre, y ya está, asunto concluido.  Se llevará un disgusto, pero no lo pagará con nosotras, porque es muy normal que un recién nacido la doble inesperadamente.
     Yo me seguía meciendo empujado por la suave brisa del atardecer sin hacer ningún movimiento que delatara mi presencia, pues aunque no entendía nada, mi intuición, una vez más, me decía que se trataba de algo que ellas preferían mantener en secreto.




(CONTINUARÁ, CALCULO YO QUE DENTRO DE DOS O TRES DÍAS)



lunes, 25 de julio de 2016

Mi amigo Grizzly




Estamos en verano, todo el mundo tiene más tiempo, apetece leer y yo tengo un cuento que escribí hace mucho tiempo, de modo que todo en caja. Os deseo unas estupendas vacaciones y que os guste mi cuento de verano de este año.





Grizzly 






Me despertó a pesar de mis intentos por ignorarlo. Sonaba como yo me imagino que sonaría la mano de un esqueleto rascando la tapa de madera de un ataúd. Sonaba a desesperación. El ruido, amplificado por la soledad de la noche, resultaba perturbador, más aún, casi espeluznante. Su insistencia me desveló y me obligó a prestarle una atención que yo prefería dedicar a intentar quedarme dormido otra vez. Provenía de un armario de la habitación de al lado y su insistencia me desveló definitivamente. Sin duda se trataba de algo que estaba arañando la puerta del armario desde su interior, con decisión y a veces con furia; seguramente era un animal encerrado que trataba de salir.

No quise imaginar qué tipo de animal podía ser, pero fue inevitable pensar en una rata. ¿Cómo podía haber una rata en mi casa? Bueno, no era tan difícil teniendo en cuenta la enorme cantidad de ratas que existen, por lo visto, tocamos a tres por cada habitante, aunque según opinión de los que se dedican a la desratización, la proporción es alarmantemente mayor. Eso significa que según la estadística más favorable, podía haber en mi armario, no una rata, sino tres. Esta idea hizo que instintivamente subiera el embozo del edredón hasta taparme la cabeza casi por completo. Aparté la idea de una enorme rata gris trepando por las sábanas  hociqueando lentamente en busca de alimento hasta encontrar una de mis orejas. Me tranquilizó acordarme de que el verano pasado había puesto veneno para ratas  después de que un vecino me comentara que había visto a una merodeando por su jardín, un día de barbacoa. Claro, que era evidente que de momento nadie se había comido el veneno, pues si no, yo no estaría ahora completamente despierto escuchando ese terrible ruido que cada vez era más presente y agobiante. Además, el veneno lo puse debajo de un sofá, pensando que en los armarios con el antipolillas sería suficiente, de modo que no había esperanza de que acabara comiéndoselo en ese momento ningún invasor.

Eché de menos a Renata, ¿qué narices hacía Renata que no estaba allí conmigo? Todas las noches tenía que soportar su peso sobre mis piernas y precisamente hoy había decidido dormir en otro lugar. Justo cuando más lo necesitaba me había dejado solo, qué prueba tan dolorosa de infidelidad. Renata es mi gato, mi enorme y juguetón gato, que a pesar de que el nombre es femenino, así es como se llama, pues descubrimos su masculinidad a los tres meses, cuando lo llevé al veterinario para esterilizarla pensando que era gatita. Demasiado tarde para buscar otro nombre.

Animado por una fugaz tentación de valor pensé en levantarme y abrir la puerta del armario, armado como es natural con algo contundente con lo que poder atizar al roedor, pero no me costó demasiado esfuerzo renunciar a la idea y buscar alguna alternativa menos arriesgada. Una rata acorralada, o simplemente enfurecida puede resultar extremadamente peligrosa. Hay que tener en cuenta que las ratas son animales que no se limitan a correr por el suelo también son capaces de saltar,  a veces llegando a la altura de partes vitales, o al menos muy apreciadas, de quien ellas consideran su agresor. La imagen de que tal cosa pudiera sucederme en ese momento fue suficiente para descartar inmediatamente la idea.

Vale, no abría la puerta del armario, no es la primera vez que postergo la solución de un problema, pero algo tenía que hacer pues si no, no conseguiría pegar ojo en toda la noche.  

Me levanté y con decisión cerré tanto la puerta de la otra habitación como la de mi dormitorio, de modo que así conseguía dos cosas, primero, dejaría de escuchar el angustioso ruido que me había despertado, y segundo, en caso de que el animal consiguiera salir del armario no podría entrar en mi habitación para atacarme, morderme y probablemente devorarme.

A la mañana siguiente un sol espléndido me despertó unos minutos antes de que lo hiciera Renata arañando la puerta de mi dormitorio. Al menos eso esperaba yo, que fuera Renata quién llamaba. Contuve la respiración para que el único ruido que se escuchara fuera el de unas uñas rascando la madera de la puerta, y así estuve, sin respirar, hasta que el inconfundible maullido de Renata alejó de mí toda duda. Abrí la puerta y quise abrazarlo pero se me escabulló como siempre hace cuando no desea carantoñas. Lo único que quería, como todas las mañanas, era que le abriera la ventana para salir al jardín a darse un paseo. En esta ocasión no satisfice sus deseos a pesar de sus protestas ya que tenía otros planes para él, y si maullaba tanto mejor, así debilitaría la moral del enemigo que yo sabía que seguiría en algún lugar de la habitación de al lado.

Pero antes de abrir la puerta tenía que trazar un plan de ataque, no quería que la improvisación se adueñara de la toma de decisiones. Lo primero que tenía que tener en cuenta era que  la amenaza podía seguir dentro del armario o no, quizá en algún momento de la noche había conseguido salir y estar escondida en algún otro sitio de la habitación, de modo que el primer paso era buscar un arma para entrar con cierta tranquilidad. Y por supuesto, hacerlo con todas las protecciones posibles, así que me puse mis botas de montaña, pantalones gruesos, los que utilizo para viajes largos en moto, y mi chupa de keblar a juego, y ya puestos, ¿por qué no?, el casco. Como arma, primero pensé en mi arpón de pesca submarina, pero la perspectiva de atravesar con él a una rata me pareció excesivamente repugnante, aparte del riesgo que corría Renata de ser ella quien se llevase por accidente el arponazo, así que recurrí a la vieja escoba. Una escoba parece que esté pensada para atrapar ratas, pues abre muchísimo su campo de acción. Al lado de una simple estaca, es como una escopeta de postas comparada con el rifle.

Mientras me equipaba con todos mis pertrechos de combate, mandé de avanzadilla a mi fuerza de choque. Abrí la puerta de la habitación con extremada cautela y la volví a cerrar con rapidez después de deslizar a su interior a Renata, que no parecía entender la gravedad de la situación pues trató de jugar conmigo mientras lo empujaba hacia su destino. Permanecí unos segundos que se convirtieron en minutos con la oreja pegada a la puerta esperando escuchar el fragor de la batalla, pero nada se oía salvo los maullidos de Renata preguntándome que dónde estaba la gracia de aquel estúpido juego. Me vestí con mi uniforme de guerra, cogí mi arma y con decisión entré en la habitación cerrando de nuevo la puerta tras de mí. El ruido que escuché me dejó paralizado momentáneamente aunque he de confesar  que luego sentí cierto alivio: de nuevo el inconfundible rascar en la puerta del armario, es decir, la enorme rata seguía presa en el mismo sitio. Por un momento pensé que la solución estaba precisamente en aprovechar esa situación, cerrar la puerta con llave y olvidarme del asunto, de modo que el hambre y la sed acabarían tarde o temprano con mi enemigo. Sí, parecía un buen plan, si no fuera porque dentro estaba mi abrigo de cachemir protegido tan solo por un producto antipolillas, además de chaquetas y otras prendas que podía necesitar próximamente. No, tenía que encarar el problema, coger el toro por los cuernos y resolverlo con decisión y valor.

Me preparé para el momento, respiré hondo, mantuve el aire en mis pulmones con todos los músculos en tensión, agarré el pomo de la puerta del armario con la mano izquierda y con la derecha enarbolé la escoba, comprobé que Renata estaba en su puesto, expulsé todo el aire en una potente exhalación y al tiempo que volvía a inhalar todo el oxigeno que pude, abrí impetuosamente la puerta.

Hay momentos en la vida en que uno se hace muchas preguntas que hasta entonces no se había planteado. Recuerdo que siendo un niño, cuando murió mi abuelo, fue uno de esos momentos. De repente me pregunté qué hacía yo en este mundo, dónde estaba el sentido de todo, por qué estábamos vivos y qué importancia podría tener dejar de estarlo. Cuando abrí la puerta del armario  me pregunté, esta vez realmente intrigado, cómo era posible que un ruido tan terrible, tan espeluznante como el que me había despertado la noche anterior y obligado a vestirme de motorista para abrir un armario, fuera provocado por un animal tan diminuto. Allí estaba, al borde del infarto, un diminuto ratón gris mirando perplejo al monstruo que tenía delante de él, temiendo la descarga de la enorme escoba que le amenazaba desde una altura que se perdía más allá de su vista.

No tengo ni idea de cómo se puede tranquilizar a un ratón, pero si lo hubiera sabido, sin duda es lo que hubiera hecho en ese momento. El pobre animal estaba aterrorizado, atenazado por un miedo infinito, temblando, y hasta pasados unos segundos no fue capaz de reaccionar. De repente, al ver que no le caía ningún escobazo ni nadie parecía tener intención de devorarlo, salió corriendo a una velocidad increíble para su tamaño hasta llegar a un rincón de la habitación. Evidentemente se había equivocado de dirección a la hora de emprender la huida y en lugar de dirigirse hacia donde había un sofá, una librería y una mesa de pared con un par de sillas donde se podía haber refugiado, lo hizo hacia la zona más despejada de la habitación, un terreno sin posibilidad de escapatoria y sin lugares donde esconderse. Renata se había subido a la mesa buscando el sol y de momento no se había percatado de la presencia de lo que con toda seguridad sería su víctima de torturas sin límite en cuanto lo descubriera. Mi idea en ese momento era salvar la pobre bicho. Avancé hacia él con la intención de cogerlo y soltarlo fuera de la casa. Me conmovieron sus intentos por desaparecer absorbido por la pared. Cada vez se apretujaba más contra el rincón, comprimiendo su diminuto cuerpo casi hasta el punto de la implosión, y cuando ya lo tenía a mi alcance, justo en el momento en que lo iba a coger, un jarrón de cristal se estrelló contra el suelo dándome un susto de muerte, empujado por Renata al saltar de la mesa. Había descubierto al pobre animalucho y su instinto salvaje surgió repentinamente, igual que hicieron sus garras, para dar caza al ratón que aprovechó el momento de confusión para salir disparado hacia el otro lado de la habitación. El ratón chilló, yo grité a Renta, ella maulló, y acto seguido nos encontramos los tres en el mismo espacio de la habitación aunque solo se nos veía a Renata y a mí, el otro se había escondido con admirable habilidad. Cogí al gato en volandas y lo saqué de la habitación entre sus protestas, más que por salvar al ratón, por evitar que empezara una persecución entre cristales rotos con la predecible consecuencia de acabar en el veterinario para que remendara las patas de mi bravo felino.

Salvé al ratón, en cualquier caso salvé al ratón y tal como lo salvé, también me olvidé de él. Me fui a mi trabajo, me aburrí y cansé, como siempre, de lo que allí hacía y regresé a mi casa. Así todos los días, hasta que no hace mucho, quizá porque había cenado demasiado, no conseguía quedarme dormido. Tengo un método estupendo para volver a conciliar el sueño pero en esa ocasión me falló, de modo que a las tres de la madrugada estaba con los ojos como platos sin saber si continuar en la cama o levantarme para hacer una visita al frigorífico y entonces volvió a suceder. De nuevo se podía escuchar con extraordinaria claridad el ruido de un animal royendo o arañando una madera. En esta ocasión no me produjo ninguna alarma pues ya sabía yo que no se trataba de una temible rata, sino de mi viejo y olvidado amigo el ratón, así que no le presté especial atención y seguí dudando si levantarme a por un poco de leche o tratar de dormir de nuevo. Me decanté por lo segundo y volví a intentar de nuevo mi método de relajación para recuperar el sueño, pero se trata de un método que precisa silencio y eso es justo lo que no había en ese momento. El ruido anterior había sido sustituido por otro ruido nuevo; esta vez, sonaba como si el ratón estuviera correteando de un lugar a otro, casi daba la sensación de que estuviera jugando. No me podía imaginar tanta despreocupación en un animal tan temeroso y entonces me acordé de Renata. No estaba conmigo, lo cual resultaba extraño pues lo normal es que durmiera a mis pies, incluso encima de ellos. Agudicé el oído y me di cuenta de que a los pequeñas carreras del ratón sobre la tarima le acompañaban los mullidos pasos de mi gato. Gato y ratón juntos, malo para el ratón, pensé inmediatamente, y con ese pensamiento di por concluidos mis intentos de volver a dormir. Me levanté decidido a salvar por segunda vez al ratón de las garras de Renata, encendí la luz, salí al pasillo, pasé a la otra habitación y descubrí sorprendido una escena que jamás podría haber imaginado. Debajo de la ventana estaban el ratón gris y Renata, uno al lado del otro, muy quietos,  mirándome con expresión de haber sido pillados haciendo una trastada, si es que tal expresión es posible en un ratón y un gato. Los miré fijamente sin dar crédito a mis ojos, moví lentamente la cabeza de un lado a otro, y volví a la cama. ¡Estaban jugando!

A partir de esa noche, ver a Renata y al ratón juntos se convirtió en algo normal y cotidiano. Renata dejó de salir al jardín pues en casa tenía todo el entretenimiento que necesitaba y raro era verla sin su nuevo amigo, hasta comían juntos, el ratón invitado por el gato, literalmente metido dentro de su plato.

Para mi era un placer ser testigo de aquella extraordinaria amistad, incluso me hicieron un hueco en la relación. A partir de entonces yo trataba de salir antes del trabajo para llegar pronto a casa y participar de la recién estrenada vida familiar. Solíamos ver la televisión juntos, es un decir claro, porque solo la veía yo, pero Renata dormitaba en su cesto como siempre, con el ratón a su lado, a veces entre sus patas o encaramado en los cuartos traseros. Cuando despertaban se ponían a jugar lo cual era francamente divertido de observar. Por cierto, el ratón cada vez estaba más gordo, supongo que era normal pues tenía todo el alimento que quería a su alcance con solo meterse en el cuenco de Renata, cosa que muchas veces hacía aunque no estuviera ella. Un glotoncete, vamos.

Por las noches Renata seguía durmiendo a mis pies, y por supuesto también el ratón pues no podía faltar de su lado. Vaya trío. Yo trataba de no moverme demasiado por miedo a aplastar al ratoncín que ya era hora de que tuviera un nombre así que le puse Grizzly. Sonaba mejor que Kodiak, y la idea era la misma.

Renata, Grizzly y yo formamos un equipo estupendo y a pesar de lo azaroso de los inicios, la relación pronto se convirtió en un mundo balsámico y hermoso, que tanto a Renata como a mí, nos producía una enorme satisfacción.

Es curioso observar, me decía yo a mí mismo, como un ser tan diminuto podía aportar tanto al grupo, probablemente lo mismo que el más grande de los tres, es decir que yo.  Nos convertimos en inseparables y hasta dejó de molestarme hacer siempre las mismas tonterías en mi trabajo, de hecho, mis compañeros observaron que me mostraba con menos agresividad con ellos y era más tolerante. Parece que todo el mundo salía beneficiado con la presencia de Grizzly.
Esta mañana sin embargo…
Conviene decir que yo me comunico bastante mal con mi gato, vamos que no me hago entender, o quizá sea él quien no quiere entenderme a mí y se hace el loco, pero al revés no sucede: todo lo que Renata quiere decirme lo capto a la primera y casi siempre atiendo sus peticiones, vamos, que hago lo que me dice en un 99% de las veces. Claro que no siempre que me dice cosas es para pedirme algo, a veces simplemente me hace comentarios sobre lo a gusto que se encuentra, o se interesa por cómo me ha ido fuera de casa, incluso en muchas ocasiones me llama para ofrecerme cosas que ha cazado. De hecho, siempre que captura una lagartija, me llama para que la vea, luego hace un gesto de ofrecimiento y se aleja dejándome el suculento manjar que ha conseguido en su jornada de cacería para que disfrute de él. Le gusta alimentarme, yo creo que como una forma de igualar nuestra relación pues es consciente de que yo lo alimento a él. No todas las veces que me trae comida son lagartijas, pájaros, abejas y otro tipo de insectos, en una ocasión me trajo un chuletón del jardín de al lado donde  estaban preparando una barbacoa. He de decir que me sentí bastante mal oyendo a mi vecino regañar a sus hijos por haberse llevado un chuletón para jugar, aunque según lo decía, a él mismo tenía que sonarle bastante raro.

Esta mañana no tenía que ir a trabajar así que me he hecho el remolón en la cama retrasando todo lo posible el momento de levantarme. Mi intención era estar hasta pasadas las doce del mediodía o más. Muy pocas veces lo he conseguido  y hoy no iba a ser una excepción.

Aún en el estado de duermevela, mi favorito después de completamente dormido, una potente llamada de Renata me ha puesto en alerta. Se trataba de una llamada desconocida, un grito que nunca antes había escuchado, no sabía exactamente qué me estaba diciendo, pero sí sabía que era importante. Me he levantado sin demora y he ido a la habitación de al lado para ver si conseguía entender lo que Renata me estaba diciendo, pero no había manera. Le he pedido que se tranquilizara, que tratara de hablar más despacio, pero como siempre, él no me entendía. Notaba cierto tono de enfado en su voz, como si me estuviera culpabilizando de algo. Entonces lo he visto, y casi me da un vuelco el corazón: pegado al sofá, con medio cuerpo debajo, estaba patas arriba Grizzly, muerto, con el abdomen hinchado y un líquido blancuzco asomando por la comisura de su diminuta boca. Lo he cogido con un cuidado extremo como si temiera hacerle daño y rápidamente me he dado cuenta de lo que le había pasado. Esta mañana, Grizzly, después de un montón de tiempo sin haberlo visto, descubrió el potente veneno, y por otro lado apetitoso, que puse hace más de dos meses por si entraba la rata que vio mi vecino.
El muy imbécil seguro que jamás vio ninguna rata y se lo inventó todo para poderse explicar la desaparición de su estúpido chuletón.

Odio a mi vecino, tanto como me odió Renata cuando fuimos a enterrar a Grizzly. Entré en la cocina para coger un cuchillo o algo con lo que escarbar en la tierra y al pasar por delante del frigorífico se me ocurrió una tontería; pensé que si le daba leche a Grizzly, quizá surtiera el efecto que tantas veces había oído como remedio infalible contra las intoxicaciones. No tenía nada que perder, más muerto de lo que ya estaba no podría llegar a estar por muy mal que le sentara la leche, así que con decisión le puse un artesanal embudo hecho con un plástico enrollado en la boca y vertí en su interior el salvífico líquido. Renata se subió a la encimera para seguir toda la operación en primera línea. De vez en cuando me miraba expectante buscando alguna señal en mi rostro que delatara que sabía lo que me traía entre manos, pero la verdad es que no, todo era pura improvisación y si tuviera que apostar por algo, desde luego sería por el fracaso de la intentona.
Con un dedo hacía masajes en el vientre hinchado del ratón para que la leche pasara al estómago, sin demasiadas esperanzas he de decir. De repente, Grizzly pareció moverse. Un dedito de una de sus diminutas patas había temblado. Le quité el embudo, le di la vuelta y a continuación unos suaves golpes en la espalda. El ratón pareció toser, luego vomitó un líquido blancuzco, no sé si de la leche, del veneno o de ambos, y poco a poco volvió a la vida. Renata se llevó tal alegría que intentó dar una vuelta sobre si misma y se cayó de la encimera. Volvió a subir de un salto, y de otro salto se encaramó en mi espalda clavándome sus uñas que utilizaba como crampones para no resbalar. ¡Sí, lo había conseguido! ¡Grizzly estaba vivo, lo había vuelto a salvar!

Al poco tiempo ya estaba de nuevo jugando con Renata que dejó de odiarme inmediatamente. Yo también dejé de hacerlo.






miércoles, 13 de julio de 2016

Ley de Moore








Vivimos en un mundo cada vez más tecnificado, esto es algo que a nadie se le escapa. El número de aparatitos que nos complican la vida crece de un día para otro sin apenas darnos cuenta, mejor dicho, sin darnos cuenta en absoluto. Incluso para los que han tenido la suerte (supongo) de nacer en la era digital, resulta abrumadora la continua invasión de nuevos juegos, nuevas aplicaciones y recientes gadgets (a ver, cómo se traduce eso), tanto que no dan abasto para estar al día de todas las novedades que se producen continuamente a pesar de su innata preparación para asimilar todo lo enchufable. Todo esto está sucediendo en los países del primer mundo pero el resto también lo sabe; de alguna forma relacionada también con la técnica, los habitantes del país más atrasado de la Tierra se acaban enterando de que en Media Mark de Alcobendas han abierto un departamento de robótica.
Otra cosa que se está extendiendo como el colodrillo son los drones, algo que antes hasta el nombre resultaba extraño. Ahora son tan comunes que ya hay tiendas especializadas en su venta y los hay del tamaño de un sanbernardo que ni siquiera necesitan permiso para ser utilizados.
Por cierto, ya se ha producido la primera víctima mortal en un accidente de un coche autodirigido. Se trata de un modelo ya experimentado que se precipitó a toda velocidad contra el remolque de un enorme trailer ante la mirada de estupefacción del camionero que vio como el conductor del coche accidentado iba tranquilamente leyendo el periódico.
Todo esto es culpa de los transistores (antes, cuando yo era pequeño, un transistor era una radio sin cable), ese componente mágico de la electrónica que hace de todo y que básicamente consiste en recibir un estímulo por un lado y transferir otra cosa muy distinta a la salida. Sin entrar en detalles, cuántos más transistores tenga un procesador más sorprendidos nos encontraremos todos al contemplar lo que es capaz de hacer. Con esta premisa es fácil deducir que el espacio que van a ocupar es primordial y aquí es donde reside la clave para llegar al punto en que nos encontramos actualmente: la tecnología de la miniaturización, pero eso es otro asunto diferente que merece capítulo aparte.
El hecho es que actualmente se pueden meter varios millones de transistores en un espacio ridículo, el límite está en 14 nanómetros, y teniendo en cuenta que un nanómetro es la milmillonésima parte de un metro (un milímetro es un millón de nanómetros, así está más claro) nos daremos cuenta de cuántos transistores cabrían en una caja de zapatos, por ejemplo.
Y aquí es donde aparece por fin la ley de Moore, que casi me voy por los cerros de Úbeda.
Este señor predijo en 1965 que el poder de procesamiento (velocidad, memoria…), es decir, el número de transistores del procesador, se duplicaría cada año. Y así se ha venido cumpliendo estrictamente aunque en 1975 rectificó la ley y dijo que el número de transistores se iba a duplicar, no en un año sino cada dos años. Claro, todo tiene un límite, y a partir del mes que viene la Ley de Moore dejará de cumplirse y será oficialmente declarada fuera de vigor.
Lo malo es que la  derogación de la ley no impedirá que cada vez que compremos un ordenador, el mejor del mercado en ese momento, antes de llegar a casa y sacarlo de la caja, ya se ha fabricado otro que lo supera. Y lo que es mucho más irritante, tampoco nos librará de actualizar los programas de “los dispositivos” cada par de meses, hasta que al cabo de dos años el “dispositivo” deje de funcionar por mucho que lo actualicemos.
Si no fuera por eso, la vida sería mucho más cómoda.


Artiblog relacionado, COSAS DEL PASADO





lunes, 4 de julio de 2016

El paso del tiempo







Hace un calor de mil pares de demonios y eso me recuerda que estamos en el mes de julio. No es broma, se me ha echado el verano encima, de repente me encuentro con que la mitad del año ya ha pasado. Cuando llegue Navidad diré que parece mentira lo rápido que ha llegado el invierno, y es que cada vez pasan más rápidamente los años, maldita sea.
Azorín era un escritor angustiado, mejor dicho, obsesionado (la obsesión es la fase previa a la angustia), con el paso del tiempo, por la fugacidad de la vida. A él se le notaba en sus novelas y a mí, como todo funciona a escala, se me puede notar en un par de microrrelatos. Uno de ellos se llevó un premio, exactamente el segundo.



TMPO



Fue casi instantáneo. Repentinamente el tiempo se comprimió. Los años se quedaron reducidos a meses y los meses pasaron a ocupar menos de una semana. Las horas se aplastaron reduciéndose a segundos y los segundos dejaron de existir. 
Fue un accidente. Una vez más por exceso de velocidad. Últimamente el tiempo iba tan rápido que chocó, sin poder evitarlo, contra un agujero negro y se quedó tan chafado como una lata de cerveza.
El espacio sonrió malévolamente al ver a su gran rival, el tiempo, detenido, fuera de combate, probablemente para siempre.
Más adelante o quizá en ese mismo momento, ya no tenía sentido hablar de cuándo, lo echó muchísimo de menos.


AÑO MENGUANTE



Román esperaba todos los años la llegada de la primavera con verdadero entusiasmo. No era algo nuevo, aparecido con la edad, sino que le había pasado siempre, desde que era niño. Quizá por eso lo sintió tanto cuando un año ocurrió algo insólito: no hubo primavera. No es que se alargara el invierno, o entrara antes el verano; sencillamente ese año tuvo sólo nueve meses y justo los tres que faltaron eran los correspondientes a la primavera. Lo curioso del fenómeno es que así volvió a suceder al siguiente año y al siguiente, de modo que a partir de entonces los años se sucedían sin primavera. Román, entonces, empezó a disfrutar con mayor entusiasmo del verano y ya estaba prácticamente acostumbrado a tener sólo tres estaciones, cuando llegó un momento en que tampoco hubo verano. Pasó lo mismo que cuando desapareció la primavera, no quedó ni rastro. Sólo seis meses  y ya estaban celebrando la llegada del siguiente año, que como era de prever, también pasó directamente del invierno al otoño. Y pasaron muchos años que eran medios años cuando finalmente sucedió algo que ya estaba esperando Román: años de tres meses. Sólo invierno, invierno, invierno,… hasta que llegó un día, bastante frío, claro, en que también desapareció el invierno, con lo que a Román no le quedó otra salida que morirse. Y así vive desde entonces, completamente muerto, pasando años que no existen.





lunes, 27 de junio de 2016

Alegría en Génova







Éste no es un blog político (en realidad no es un blog de nada en concreto) y cada vez que hago un comentario metiéndome en ese terreno (lodazal, más bien), luego me arrepiento de haberlo hecho. El arrepentimiento es bueno, pues es fruto de la reflexión, evidencia signos de humildad y purifica el alma, de modo que no veo ningún motivo para no seguir haciendo comentarios que luego me permitan arrepentirme y por tanto mejorar mi calidad humana.
Pero vamos a ver, ¿qué tiene que hacer el PP para que sus votantes dejen de votarlo cada vez que se presenta una ocasión? Creo que Mariano Rajoy, Camps, Rita Barberá, Bárcenas, Soria, Jorge Fernández Díaz, Rato, Granados y un largo etcétera han probado con incuestionable éxito todo lo que está a su alcance para producir decepción y desencanto y sin embargo lejos de crear la desilusión y natural rechazo que cabe esperar de sus comportamientos, cada vez enfervorizan más a sus votantes. Me refiero a los que fueron a la calle Génova a saltar de alegría ante el incuestionable triunfo de su partido; ayer sacaron 14 escaños más que en diciembre. Esto me recuerda a un combate de boxeo en que uno de los rivales estaba dando una soberana paliza al otro y en uno de los descansos, el púgil que no paraba de recibir terribles guantazos le pregunta a su entrenador, “¿Cómo voy?” y el entrenador le dice “mira, si lo que quieres es empatar tendrías que matarlo”. Pues esta es la imagen que se me representa cuando contemplo el desigual trato que hay entre el PP y los millones de personas que lo votan; no paran de recibir porrazos y ahí tienes a sus hinchas más fieles  en la calle Génova, gritando ¡Presidente, presidente! a un señor que no ha hecho absolutamente nada para ganarse la simpatía, y mucho menos el afecto de tantos militantes entusiasmados por el triunfo.
Ayer, viendo la calle Génova y el jolgorio montado en torno al líder del PP, sentía vergüenza ajena, vergüenza por los asistentes y por el balbuceante héroe que no dijo nada más que tonterías. Como siempre.
Al menos, sus simpatizantes deberían quedarse en sus casas, contentos de que haya ganado su elección, sí,  pero callados, en triste silencio lamentando no poder estar locos de alegría porque de verdad que no es para estarlo.
Ya lo veréis.
En fin, supongo que tiene que haber de todo y es imposible evitar que de repente una calle de Madrid se llene de borregos.
Ya está, ya lo he dicho. A ver cuando me arrepiento, aunque esta vez no sé yo.








miércoles, 8 de junio de 2016

Galería de personajes irrelevantes







Con Dudley Mariot inauguro una sección en mi blog que se llama así, galería de personajes irrelevantes, en la que irán apareciendo diferentes individuos, unos reales, otros de ficción, y algunos que están en ese limbo misterioso que no se sabe muy bien si pertenece al mundo real o es pura invención. Jamás hablaré de nadie que sea sobradamente conocido, de modo que el lector difícilmente tendrá la certeza de a qué grupo pertenece el personaje en cuestión; los más curiosos consultarán al gran ágora de Internet, pensando equivocadamente que si no lo encuentran es prueba suficiente de su inexistencia. En caso de que aparezca, se sorprenderán  de que alguien así haya podido existir en la realidad.


DUDLEY MARIOT



El periodo de entreguerras fue la época de oro para la aviación, sobre todo en la década de 1920 en la que tuvieron lugar las mayores gestas de la aeronáutica. En 1927, Lindbergh fue el primer aviador en hacer el trayecto de Nueva York a Paris sin escalas lo que le hizo merecedor del premio de 25.000 dólares que  el empresario de la hostelería, Orteig, prometió a quién lo consiguiera. El recibimiento que tuvo Charles Lindbergh a su regreso a Estados Unidos superó cualquier expectativa y es  el acontecimiento más grandioso que se ha producido en las calles de Nueva York en toda su historia. Acudieron varios millones de personas a la ciudad el día en que llegaba él procedente de Washington y el entusiasmo era tan enorme que hubo quién propuso que Linbergh jamás volviera a pagar impuestos en su vida, asunto de máxima sensibilidad en Estados Unidos. Antes de salir hacia París, el piloto tuvo la ocurrencia de  suscribirse al servicio de selección y reparto de recortes de periódico en los que apareciera su nombre (algo así como alertas de google) y que se los enviaran a su madre. La pobre mujer tuvo que ver como una cantidad asombrosa de camiones llegó a su casa para entregarle varias toneladas de artículos de periódico después de una semana de aterrizar su hijo en París. Ríos, montañas, lagos, parques, escuelas públicas, bibliotecas y por supuestos millones de recién nacidos, pasaron a llamarse como el gran héroe americano. Naturalmente los bebés tuvieron que conformarse solo con el escueto Charles. Incluso se pensó en cambiar el nombre del estado de Minessota por el de Linberghia. Se escribieron casi trescientas canciones dedicadas a Lindbergh. El piloto recibió casi cuatro millones de cartas, quincemil paquetes con regalos, una cantidad abrumadora de jamones, latas de conserva, cajas de huevos, corbatas, calcetines de seda… regalos disparatados probablemente, pero que demostraban las ganas de hacer ofrendas al nuevo dios.

Lindbergh sin duda merecía todo el reconocimiento mundial por su hazaña pero no olvidemos que varios aviadores ya habían cruzado el atlántico con anterioridad. Por ejemplo, los británicos John William Alcock y Arthur Whitten Brown, volaron en 1919, ocho años antes, desde Nueva Escocia, Canadá, hasta Irlanda. También el avión español Plus Ultra, con los pilotos españoles Ramón Franco, Ruiz de Alda, Juan Manuel Durán y Pablo Rada, voló en 1926, un año antes que Lindbergh, desde Huelva hasta Buenos Aires. Si contamos a los dirigibles, y por qué no hacerlo, cerca de 120 vuelos transoceánicos se produjeron antes que el del Spirit of Saint Louis. Pero el personaje del que toca hablar es el oscuro Dudley Mariot.



Dudley Mariot es uno de esos héroes anónimos que tuvo la aviación y que injustamente ha sido tratado sin ninguna consideración pues o bien nada se ha escrito sobre él, o bien cuando se ha hecho ha sido en términos poco laudatorios. Quizá se deba al percance que tuvo lugar en el aeródromo de Roosevelt, en Long Island, sobre el que sí se escribieron varias páginas en todos los periódicos. Resulta que en aquella época, las masas de espectadores que acudían a recibir a los aviadores carecían por completo del sentido del peligro que te puede mantener a salvo, y de la misma forma que atolondrados sujetos han muerto por intentar abrazar a un oso o fotografiar a un león comiéndose una gacela, los había que corrían con los brazos abiertos a recibir a su héroe que iba a bordo de un aeroplano el cual volaba gracias a una enorme hélice que seguía girando a gran velocidad aún en tierra. El caso es que a su llegada de Baltimore, Dudley Mariot seccionó por la mitad con las palas de su hélice a varios admiradores que fueron a recibirlo. Se trataba del señor Moore, su esposa y su hijita que quería regalar a Mariot su oso de peluche el cual también quedó dividido en dos partes. Antes del accidente, el piloto Dudley era considerado uno de los mejores, de hecho fue el copiloto del gran Charles Levine aunque quien realmente llevaba el aparato no era Levine sino Dudley Mariot, por suerte para los dos. En cierta ocasión en que ambos pilotos se encontraban en Inglaterra, discutieron, y Levine decidió hacer un vuelo en solitario alrededor del aeropuerto de Croydon que dejó a todos los asistentes asombrados ante el hecho de que no se matara. Nada más empezar la carrera de despegue estuvo a punto de estrellarse contra un árbol, para lo cual tuvo que salirse de la pista y atravesar un campo de cereales que estaba a bastante distancia. Después de rebotar varias veces contra el suelo consiguió elevarse completamente  de lado y así siguió hasta que pasados veinte angustiosos minutos volvió a tomar tierra en Croydon, convencido de que había llegado al aeropuerto de Cranwell. Después de este suceso Levine tuvo que jurar que jamás volvería a intentar volar en solitario, al menos en suelo británico.

Dudley Mariot se separó definitivamente de Levine y aunque seguía marcado por el accidente de Long Island, continuó volando por todo Estados Unidos batiendo algunos récords que todo el mundo trataba de ignorar. En cierta ocasión se animó a participar en un espectáculo de acrobacia aérea, y al llegar su turno, la totalidad de los espectadores salieron despavoridos a sus casas. Realizó quince tirabuzones seguidos, varios loopings  a solo cien metros del suelo y un vuelo rasante invertido a escasos centímetros de la pista de aterrizaje, antes de tomar tierra en un ángulo inverosímil. Cuando bajó de su avión con gesto triunfante y descubrió que tan solo una vaca lo estaba esperando, le entró una depresión de la que nunca consiguió sobreponerse.

Al poco tiempo, James D. Dole, un magnate de Massachusetts que se había hecho rico enlatando piñas en Hawai, ofreció un premio de 35.000 dólares al primer piloto que saliendo de Oakland en California, llegara a la isla de Hawai. Dudley Mariot no dudó ni un solo instante en apuntarse. El reto era extremadamente peligroso, pues suponía volar mar adentro hasta llegar a un punto minúsculo en mitad del océano. De hecho, más de la mitad de los participantes se perdieron o sencillamente decidieron regresar al continente cuando aún podían hacerlo. Solo dos aviadores consiguieron aterrizar en la isla. Ninguno de ellos era Dudley Mariot y ese fue el único momento en que volvió a salir en los periódicos.

Dudley Mariot, probablemente uno de los mejores pilotos de la historia y también uno de los menos afortunados.









miércoles, 1 de junio de 2016

Gracias por venir

El lunes estuve firmando en la Feria del Libro del Retiro de Madrid y un año más pude comprobar la cantidad de buenos amigos que tengo. También acudieron personas a los que no había visto en mi vida, que no los conozco, y no solo compraron mi libro sino que además estuvieron hablando conmigo sobre el siglo XIX, de lo que pudo ser España de haber seguido Amadeo de Saboya,  sobre sus padres, sobre lo que fuera, hasta de ciencias. Pues también, muchas gracias, espero que mi novela no defraude a ninguno, ni a amigos ni a desconocidos.
Y también muchas gracias a todos los que no pudieron ir y me pusieron sus alentadores mensajes.

Estuvo fenomenal, y como yo creo que la literatura es un fenómeno compartido, no voy a decir el número de visitantes que individualmente tuve yo, pues carece de importancia, pero así, en términos globales, vinieron a vernos miles, muchos miles de personas. Pues eso, gracias a todos.


También estuvieron mis amigos Pilar y Federico firmando su novela, y tuvieron la amabilidad de hacerme esta foto.