martes, 30 de junio de 2015

La singana








El presente artiblog trata de una experiencia personal, prescindible, sin ningún interés ni gracia, en absoluto recomendable y por supuesto muy superficial, pero es lo que hay. Si lo he escrito se debe exclusivamente a la vagancia que me caracteriza, pues si no lo estuviera escribiendo, tendría que estar haciendo otras cosas más importantes, de esas que sí cuestan esfuerzo, pero es que cuando la temperatura sobrepasa cierto límite me veo incapaz.
He de confesar que yo en mi casa no paso calor, pero vengo de fuera y traigo la inapetencia y la singana que me da cuando me meten en un horno de fabricar cemento, que es así como me siento. Además, a mí el calor excesivo me produce terribles migrañas; se ve que se me dilatan los sesos y como mi cráneo carece de junta de dilatación, se apelotonan de alguna manera insana oprimiendo algo que no debería oprimirse, probablemente un nervio que siempre es lo que más duele, con la consecuencia del confesado dolor de cabeza. En los casos extremos, el cerebro me rezuma por las orejas, como melaza. Por cierto, ¿alguien ha visto alguna vez en su vida melaza? Yo he de confesar que con la melaza me pasa lo mismo que con la mirra, que he oído hablar muchísimo de ella, pero no sé ni cómo es.
Las olas de calor producen en las ciudades efectos colectivos y muchos se ven afectados sin saber qué les pasa. Yo por ejemplo: he escrito la anterior frase sin pensarla demasiado y sé que no suena del todo bien, pero me da igual, así se va a quedar. Si no fuera un afectado, la cambiaría por otra que me gustara más.
Otro ejemplo clarísimo son las broncas entre parejas, que se hacen más frecuentes. Se pegan, claro. El anterior chiste, malísimo, es otra prueba fehaciente de lo que digo.
Entre las diez máquinas de tortura más dolorosas de la historia de la humanidad figura el toro de Faralis, que consiste en meter a un paisano dentro de un toro de bronce (hueco, claro, a ver si no cómo lo metemos dentro). A continuación se hace una hoguera debajo del toro y el sujeto que está en su interior se va haciendo poco a poco. Sus alaridos salen por unos orificios situados en el morro, de modo que parece que sea el propio toro de bronce el que muge de agonía. Una risa, por lo visto.
Prefiero mi horno de cemento, que es el punto al que quería llegar, pero es que con este calor, me he liado.
Que sea leve.









lunes, 22 de junio de 2015

Introspección.



Con este relato inauguro una serie que lleva el título de:


VIDAS BREVES PERO EJEMPLARES (O VICEVERSA)








 La filosofía además de proporcionar herramientas para encontrar la verdad o el sentido de la vida, puede también proporcionar otras que nos destruyan. Eso pensó el amigo de Damián contemplando su cadáver que consistía en un desordenado amasijo de carne, indistinguible y, sobra decirlo, repugnante.
Damián era, mejor dicho, había sido, profesor de filosofía en un instituto pequeño de una ciudad pequeña al que asistían embriones de grandes fracasados. Ninguno de sus alumnos se tomó jamás en serio el estudio, ni de la filosofía ni de ninguna otra asignatura y Damián se sentía responsable de esa falta de interés, pues precisamente, su obligación era transmitir el amor por el saber, al menos eso era lo que significaba filosofía.
Un día decidió revisar qué es lo que estaba haciendo mal, con el fin de corregirlo, y empezó por uno de los principios que él enseñaba:  conócete a ti mismo.
Bien, pensó, me voy a conocer.
En general todos queremos ocultar nuestros defectos a los demás y que solo se vean nuestras virtudes, y para conseguirlo, mejor empezar por engañarnos a nosotros mismos. Cualquier experto en marketing sabe que la mejor manera de vender las cualidades de un producto es creyéndotelas, por eso un alto ejecutivo de la Cocacola fue despedido de forma fulminante cuando le descubrieron bebiendo una Pepsi. Otro caso en el que el exceso de sinceridad se paga muy caro.
¿Y cómo se descubre la verdadera naturaleza de cada uno? Pensó Damián. Pues haciendo un viaje interior, una visión introspectiva, hay que mirar hacia dentro de cada uno de nosotros. Así empezó Damián. Se sentó, cerró los ojos y empezó a mirar su interior. Sin darse cuenta sus globos oculares giraron bruscamente 180 grados y solo vieron nervios, masa encefálica y vasos de sangre. Desde fuera, se podía contemplar un rostro que en lugar de ojos mostraba dos bolas sanguinolentas. Luego, esos ojos querían llegar más profundo, tocar su corazón, y empezó un viaje agotador hacía adentro. De repente la cabeza desapareció entre los hombros en medio de un espantoso crujir de huesos y cartílagos. Damían continúo absorbiéndose a si mismo en su viaje introspectivo y según avanzaba, sonaba como si con la mano revolviéramos un cubo lleno de vísceras. Al cabo de cinco minutos, todo él se había dado la vuelta como un guante mostrando al exterior todo lo que hasta entonces había sido la parte interna de su cuerpo. En particular, resultaba muy desagradable ver los dos riñones que palpitaban descompasadamente hasta que uno de ellos se partió poniendo todo perdido de orín. Una oleada nauseabunda llenó todo el espacio que rodeaba el cuerpo inverso de Damián.

Lo peor de todo, es que no llegó a ver nada, ni a conocerse a sí mismo ni a descubrir qué es lo que había hecho mal. Como consecuencia sus alumnos siguieron sin mostrar interés alguno por nada.






domingo, 14 de junio de 2015

Julio Verne, impostor







Esta mañana he ido a una exposición decepcionante y al mismo tiempo reveladora. Se trata de la exposición que hay en la Casa del Lector en el Matadero de Madrid, de Eric Fonteneau, sobre la obra de Julio Verne. Decepcionante porque yo esperaba muchísimo más, pero eso es culpa mía pues supuse que vería calamares gigantes, podría visitar el camarote del Capitán Grant, ver la barquilla del globo de Viaje en ochenta días, besar la mano de Auda… en fin ese tipo de cosas que uno se imagina cuando lee que la cosa va de Julio Verne, pero, claro, la cosa iba de Eric Fonteneau, artista gráfico francés, por tanto, la culpa es solo mía por no fijarme.
Vale, esta es la parte decepcionante, ¿y la reveladora? La reveladora es, sencillamente la bomba, un hallazgo de tal magnitud que puede revolucionar el mundo de la literatura. Resulta que en la exposición había material prestado por el Musee Jules Verne de Nantes, y entre las piezas prestadas se encuentran manuscritos originales de Julio Verne de algunas de sus novelas. Hojas escritas de su puño y letra, con sus correcciones, tachaduras, borrones, anotaciones al margen hechas a lápiz. Es imposible quedarse indiferente contemplando esos documentos venerables,  yo al menos, he sentido una emoción que ha justificado estar más de media hora intentando aparcar el coche para ver la exposición. Claro, que aún no he llegado a la parte reveladora.
La letra de los manuscritos es muy bonita, ordenada y sorprendentemente uniforme. Parece hecha con plantilla. Hay manuscritos que se pueden leer perfectamente, a pesar de que la letra es muy pequeña, pero… la letra cada vez es menor. Sí, algunas hojas tienen un tamaño de letra, aunque prolija y bien trazada, tan excesivamente pequeña que es imposible descifrar una sola palabra. ¿Vais, entendiendo ya cual es la revelación? ¿No? Pues yo lo veo clarísimo. Esta es mi teoría: Julio Verne le pasa los manuscritos al linotipista que empieza colocando los tipos en las planchas sin ningún problema, pero poco a poco se va dando cuenta de que es imposible descifrar lo que el gran maestro ha escrito, de modo que como es un linotipista vergonzoso, en vez de llamar al escritor para preguntarle qué narices pone ahí, se lo inventa. A partir de cierto momento, todo lo que pone es el fruto de su imaginación. Luego, una vez publicada la novela, Julio Verne la lee y se da cuenta de que es buenísima, entonces ¿qué hace? Pues lo cómodo: a partir de ese momento le pasa a su linotipista manuscritos con solo las tres o cuatro primeras páginas perfectamente legibles, y el resto con su letra de mosca, de modo que el linotipista, una y otra vez, se ve en la obligación de continuar cada novela lo mejor que puede, con el resultado que ya todos conocemos.

¿No es revelador?





sábado, 6 de junio de 2015

Carbono 14






El método de datación por carbono 14, o por cualquier otro isótopo, se basa en su periodo de semidesintegración, también llamado semivida. ¿Qué es el periodo de semidesintegración?, pues muy fácil, es el tiempo que tarda en desintegrarse la mitad de los átomos. Naturalmente solo podemos hablar del periodo de semidesintegración cuando el elemento es inestable (como el carbono 14), porque si no sufre desintegración, no tiene sentido. Otra cosa importante: el periodo de semidesintegración, es una función que sigue una línea exponencial, y para saber lo que esto significa lo mejor es poner un ejemplo: si tenemos por ejemplo 8.000 átomos de un isótopo cuya semivida son 500 años, significa que al cabo de 500 años tendré la mitad, es decir 4.000 átomos, pero al cabo de otros 500 años, tendré 2.000 átomos, no ninguno, como cabría esperar si fuese una relación lineal. Es decir, que siempre partimos de la cantidad que tenemos en ese momento, no de la que hubo en el inicio de todo.

Una vez que esto está claro, el resto es facilísimo de entender (el resto es cómo funciona el sistema de datación por el carbono 14). En el aire hay carbono 14, que es un isótopo inestable, es decir que se desintegra con el tiempo, y también hay carbono 12, que es totalmente estable y no se desintegra en ningún momento. Hay una relación constante entres los dos carbonos, de modo que por cada billón de átomos de carbono 12, hay un sólo átomo de carbono 14. Esta relación que existe en la atmósfera es, como he dicho, constante, y pasa a las plantas, y luego a los animales que se alimentan de estas plantas, y más tarde a los animales que comen a los animales que se alimentan de las plantas, de modo que toda la materia orgánica mantiene la misma relación en su composición entre carbono 14 y carbono 12: un átomo de carbono 14 por cada billón de átomos de carbono 12.
¿Pero qué ocurre cuando esa materia viva deja de estar viva y muere? Pues que deja de recibir carbono 14 del aire, ya no entra más isótopo C14 en su composición, de modo que a partir de ese momento, de la muerte de la materia orgánica, la cantidad que tiene de carbono 12, SÏ es la que tenía en el momento de morir y conservará siempre, pero la cantidad de carbono 14, al ser un isótopo inestable, comenzará en el mismo momento de la muerte a disminuir de modo que al cabo de su semivida tendrá la mitad de los átomos que tenía en el momento de la muerte.
Si en un momento dado comparamos la cantidad de átomos de C14 RESPECTO  de la cantidad de C12, que hay en los restos de algo que estuvo vivo hace tiempo, sabremos el tiempo que lleva muerto esa materia orgánica. Es por comparación, pues después de morir el ser vivo ya no habrá un átomo de C14 por cada billón de C12, sino menos, mucho menos, o muchísimo menos según el tiempo que lleve fenecido el bichejo. Con saber hacer una regla de tres es suficiente para hacer una datación (una vez que alguien de confianza te ha dicho que hay un átomo de C14 por cada 2.435.567 X 10 elevado a 6, de C12 pongo por caso, o la cantidad que haya)

¿A qué viene todo esto? Pues con franqueza, no lo sé, pero me apetecía contarlo. He inaugurado una nueva sección en LA TERTULIA PEREZOSA que aún no tiene nombre, pero que probablemente se llame algo así, como: por fin sé de qué va el rollo ese del que tantas veces he oído hablar.

El próximo va a ser sobre la teoría de cuerdas. Aviso. O quizá algo que nos prepare para entrar en la teoría de cuerdas, ya veré. 








viernes, 29 de mayo de 2015

Caseta 314











Amigos, ahora más amigos que nunca, el lunes día 1, estaré en la caseta 314 de la Feria del Libro de Madrid, de 7 de la tarde a 9, firmando mi novela El Ladrón de Nubes.
Según tengo entendido es un coñazo insufrible pues en dos horas es posible que no firme más de tres o cuatro ejemplares. Es un ritmo bastante tranquilo, como os podéis imaginar, por lo que cualquier vista es bien recibida. Eso, o bien hago dedicatorias de varias páginas, pero entonces quien se aburre es el amable comprador esperando a que termine.

En fin, así está la cosa.




jueves, 21 de mayo de 2015

Tío Calistos



Vivimos momentos de pantomimas, exageraciones, mentiras, propuestas repentinas, bajezas, insultos, exabruptos, discursos acalorados, frases predecibles… en fin, ya  sabéis, y resulta que un porcentaje enorme de todo eso me produce tedio, fatiga e indignación en el peor de los casos. Por eso, lo voy a ignorar.

Tío Calistos es un cuento que escribí y presenté en el concurso Tanotocuentos del ayuntamiento de Madrid hace ya un tiempo, y ganó el primer premio.

Creo que es el momento de sacarlo para ayudar en la jornada de reflexión que se avecina, a quien quiera leerlo.





                                                              TÍO CALISTOS



Ya empiezan las chicharras a dejarse oír. Es la señal para que los hombres alivien sus gargantas resecas con un vino que sabe a brea  y clavo. Tío Calistos siempre los acompañaba al acabar la labor, pero aquella tarde se excusó porque tenía que llevar a su hijo al médico, lo cual era absolutamente mentira; quien tenía que ir al médico era él, aunque de cualquier manera no pensara hacerlo. Tío Calistos andaba por los cincuenta, estaba fuerte como un toro y pese a todo, hacía tiempo que tenía una repentina sensación de finitud. “Estoy hecho una pascua”, decía siempre que se encontraba con alguien como preludio a cualquier conversación. Una especie de aviso por si repentinamente se desplomaba, supongo. Y la verdad, es que llegó un día en que ocurrió. “Estoy hecho una pascua”, dijo, y a continuación se murió.

    La tarde estaba gris, como todas las tardes de entierro, y una lluvia desmenuzada, arrepentida de haber dejado de ser nube, trataba de ir hacia arriba empujada por un viento cómplice. El efecto resultaba llamativo: paraguas que se mojaban también por la cara inferior, mujeronas cruzadas de piernas en pleno responso, narices anegadas de agua… tío Calistos sabía cómo hacer una despedida digna de él. Todo un carácter.
    El cura ya no sabía a qué tópico recurrir para ensalzar las cualidades del muerto. Frases con el olor de haber pasado cientos de veces por distintas bocas caían como paletadas de tierra húmeda sobre sus restos, sin que Tío Calistos pudiera defenderse. A mí me parecía una indecencia que el cura empleara  los mismos términos elogiosos para despedir a mi tío, que los que usó cuando la dobló D. Lotario. La diferencia estaba en que D. Lotario era un hijo de perra (por eso la dobló), y mi tío era una buena persona (por eso murió). Era bueno, no por debilidad, que es la forma común de ser bueno, sino por sabiduría, que debe de haber tres o cuatro casos registrados en toda la historia de la humanidad. Era tan bueno, que no entendía a nadie.
    Al día siguiente del entierro, mi tía, ayudada por dos vecinas y una cuñada, se dedicó a trasladar todas las pertenencias de tío Calistos al desván. No lo hacía por tratar de olvidarlo, lo hacía por tradición. En el pequeño pueblo de Tarsín, los desvanes eran habitaciones mucho más grandes que las propias casas, y siempre estaban abigarrados. Miles de objetos pertenecientes a varias generaciones de fantasmas los atestaban ofreciendo un detallado registro de los últimos trescientos años. La datación de cualquier cachivache que cayera en tus manos era bien sencilla, pues estaban ordenados en estratos, ocupando el periodo más antiguo los que estaban más al fondo del desván, como es de cajón de madera de árbol.
    Cuando estaban en plena faena de selección y traslado de los más diversos enseres, aparecí yo, pues mi tía me dijo en el entierro que había algo para mí. Me sentí halagado por el hecho de que mi tío pensara que yo era merecedor de heredar algo que le había pertenecido. Lo de menos era de qué se tratara. Eso creía yo; lo  terrible vino después.

    Cuando yo tenía 9 años de edad, maté a un chorlito que estaba el pobre sin hacer nada sobre la rama de un olivo. Un golpe certero con una piedra, y yo, el gran Daniel, había logrado lo que no pudieron las heladas de tres inviernos, las garras de los zorros, y ni la inundación del río Sagar del año anterior. Daniel, mucho más furioso que los propios dioses, había decidido poner término a una vida, y sin darle más importancia, había llevado a cabo su decisión. Mi tío lo vio todo desde la tapia del huerto, aparcó su aspecto benevolente en algún sitio y vino hacia mí, dispuesto a dejarme bien claro lo que él pensaba a cerca de matar a pedradas chorlitos inocentes. Era un suceso que prácticamente yo ya había olvidado. Tío Calistos tenía mejor memoria, como pude comprobar a continuación. Cuando llegué a casa de mi tía me recibió con toda la dignidad que puede tener alguien con los ojos hinchados de tanto llorar, y según entraba en la casa me dio un sobre con un par de cuartillas en su interior, dejando claro que lo que mi tío me legaba no era su reloj. A mí, siempre me gustó muchísimo su reloj.
    -Toma Daniel, sabes que tu tío te quería mucho y deseaba lo mejor para ti –pensé otra vez en el reloj-. No se qué contiene esta carta, pero seguro que te ayudará a mejorar como persona. Léela con atención y respeto y trata de amar la vida tanto como  tu tío.
    A continuación me dio un beso y claros indicios de que podía leer la carta fuera de su casa. Mi tía siempre había sido muy seca, y el luto no aportó ninguna mejoría a su carácter. Me guardé la carta en el bolsillo de la chaqueta y salí sin despedirme de las dos vecinas y la cuñada que miraban desde el interior de sus grandes pañuelos negros, que parecían formar parte indivisible del resto de su vestimenta, incluyendo medias y zapatillas de paño, negro, por supuesto. Así eran todas las mujeres de Tarsín. Nunca se preguntaban “a ver qué me pongo hoy” pues siempre iban vestidas completamente de negro. Bastaba con que muriera una persona cercana, para verse en la obligación de guardar un riguroso luto, y persona cercana comprendía a cualquiera, familiar o no, que viviera dentro del pueblo. Sí, siempre me pareció exagerada la presencia de la muerte en las gentes de mi pueblo.
    Pronto llegué a una era, camino del cementerio, y me senté en uno de los grandes rodillos de granito que había para apisonar el terreno. Saqué la carta y tal como me dijo mi tía, empecé a leerla con toda la atención y respeto que pude reunir en ese momento.
   
    Querido sobrino Daniel:
Desde hace bastante tiempo estoy hecho una pascua, y sé que mis días están contados. Noto que mi vida me va a ser arrebatada por una extraña enfermedad, que no me manda Dios, pues de ser así la aceptaría con resignación, sino el diablo, y eso cambia mucho las cosas. No me parece justo, pues yo no he hecho nada personal a ningún demonio, y sin embargo  el Gran Lucifer desea mi muerte, y por eso te voy a pedir que hagas algo muy importante para mí, tanto que es lo único que puede evitar que mi alma deambule en pena por los siglos de los siglos. Me tienes que prometer que lo vas a hacer, no ya por tu pobre tío Calistos, sino por la gloria de todos nuestros comunes antepasados que te estarán observando mientras lees estas líneas.

Llegado a este puntó, pensé que mi tío siempre había estado como una regadera, pero aún así, lo prometí.

   ¿Te acuerdas de aquél día que mataste a un pobre vencejo que no te había hecho nada?

¡Por Dios, cómo chocheaba, fué un chorlito!  ¡Cómo puede haber alguien tan estúpido que los confunda!

Yo sí me acuerdo, y también me acuerdo de todo lo que te dije para  que entendieras el valor que tiene  la vida. Creo que asimilaste perfectamente mi perorata, pues jamás has vuelto a hacer algo así, de lo que, en gran medida, me atribuyo el mérito. Y a eso vamos. Recuerdo que una de las cosas que te dije es que si querías expiar tu mala acción, tenías que realizar un rito funerario con el vencejo, y que sólo si la ceremonia tenía una trascendencia para el alma, surtiría efecto. No sé en que consistió el rito que realizaste con tu víctima, pero lo que si está claro es que funcionó, pues insisto, no has vuelto a cargarte ningún otro bicho. Pues bien, esto es lo que te pido que hagas: quiero que hagas conmigo exactamente lo mismo que hiciste con el vencejo. Repite paso a paso sobre mis restos, todo lo que oficiaste con el pobre pajarraco, y así aseguramos... no se qué aseguramos, pero quiero que lo hagas. Recuerda que lo has prometido.
    Recibe un abrazo muy fuerte de tu tío que tanto te quiere, y que te seguirá queriendo y observando, desde el otro mundo.
                                                                Tío Calistos.

Estaba paralizado, con la carta entre los dedos, sentado en el viejo rodillo y notando un repentino sofoco que atenazaba mi garganta. El campanario de la iglesia sonó a lo lejos, y pensé que sería fantástico tener un buen reloj. La sensación de agobio era ahora aún mayor. Ya no era tan fácil respirar, y quizá por eso, solté una gran carcajada. Luego le sucedió otra, y otra más, hasta que conseguí recuperar el ritmo de una respiración normal. Entonces empecé a repasar el famoso rito que le hice al chorlito. El final lo tenía clarísimo, pero ¿qué hice antes de comérmelo?
                                           

                                        F   i   n











miércoles, 6 de mayo de 2015

Maltratados









Dentro de poco van a ser las elecciones autonómicas y municipales. Naturalmente, ahora todos los partidos hacen lo que ya sabemos que hacen en tiempos preelectorales, y por tanto no vamos a perder el tiempo en insistir en ese asunto.
Luego vendrá el gran día y cada ciudadano votará al partido o al candidato que más le ha convencido, al que más admira, al que más quiere o sencillamente votará a uno porque a alguien hay que votar, y ese es el que menos mal le cae. Perfecto, cada cual es libre de votar a quien quiera, pero… yo también soy libre de decir lo que pienso sobre votar al PP. Y lo voy a decir sin ánimo de ofender a nadie, todo lo contrario, con un enorme respeto a los partidarios del partido popular. Entre sus filas se puede encontrar gente estupenda, tan estupenda como en cualquier otro partido de este país, grande en muchos sentidos y desastre en otros, como todos los países, y es a ellos, a la gente maja del PP, a los que me dirijo con todo mi cariño.
Lo que les digo es lo siguiente, y lamento ser tan directo pero lo mejor es no andarse con rodeos:
no lo hagas, no votes al PP.  ¿No te das cuenta de que no te quiere? Yo sé que tú siempre has confiado en tu partido, que cuando lo conociste te gustaba todo lo que te decía y que habéis vivido buenos momentos en los que parecía que se portaba bien contigo, pero créeme, todo lo hacía por él mismo.  En serio, tú nunca le has importado lo más mínimo. Cada cosa que hacía, lo hacía movido por un egoísmo enorme buscando su propio beneficio y el de su familia. ¿Te acuerdas de esa prima suya tan antipática, que nunca llegó a caerte demasiado bien? pues que sepas que ha hecho mucho más por ella que por ti. Siento decirte esto porque sé que te vas a llevar un disgusto, pero siempre te ha engañado, desde el mismísimo momento de su fundación, por lo que nos hemos enterado ahora. Sí, en todo el tiempo de vuestra relación, jamás, jamás te ha dicho toda la verdad. Te ha ocultado cosas insignificantes pero también cosas muy importantes en una relación. Ahora, en los dos últimos años, le has descubierto un montón de engaños y te has llevado un berrinche enorme, pobrecito. Me imagino cómo lo habrás pasado de mal la primera vez que te enteraste de sus mentiras, sin embargo, como le quieres le perdonaste. Pero a los dos meses te la volvió a hacer, y tú le volviste a perdonar. Y luego vino otra vez, y luego otra… cada día te enterabas de una nueva fechoría que te dolía una barbaridad, pero como tú le quieres mucho, tratabas de justificarlo, pensando que todos son iguales, que es como todos pero que en el fondo, él es el único que te quiere.  Pues siento decirte que no, que no te quiere. ¿Y ahora? ahora te dice que está arrepentido, que no volverá a suceder y que va a poner todos los medios a su alcance para que nada de lo que tanto te ha disgustado vuelva a ocurrir. Te dice que se va a regenerar, que va a cambiar, que te va a tener como a una reina, pero al mismo tiempo no deja de vigilarte en todo lo que haces y si protestas se enfurece muchísimo, es tan autoritario, y no te deja que abras la boca, ni que salgas a la calle. No permite que le preguntes qué hace ni por dónde anda; nunca te da explicaciones, él vive en su mundo, en el que tú no tienes cabida.
Por favor, tienes que darte cuenta de que ahora está tratando de engatusarte otra vez para que no lo abandones, porque en el fondo sabe que te necesita, que sin ti no es nada, pero te está volviendo a mentir. En serio, está comprobado: los tipos como él no cambian jamás, y si se ha portado así de mal una vez contigo, lo volverá a hacer mil veces más.

Hazme caso, déjalo, tienes que dejarlo o te seguirá maltratando.






jueves, 30 de abril de 2015

La princesa







Lo de ser princesa es algo que no está nada mal, sobre todo si eres guapa, joven, y con dos grandes trenzas rubias cayendo hasta las caderas. Si además, la totalidad de los príncipes de la región andan encandilados por conseguir tu mano, dispuestos, incluso a liarse a lanzazos entre ellos hasta que sólo quede uno en pié, la cosa ya es de cuentos de hadas, que en realidad es
de lo que va esta historia.
Sigfrida  estaba en lo más alto del castillo de su padre contemplando la fértil vega que se empeñaba en crecer frondosa y llena de matices para crear una bonita estampa. Y la verdad es que parecía una postal, pero Sigfrida estaba hasta las trenzas de ver siempre la misma preciosidad. Decidió que esa tarde iba a dar su paseo vespertino sin la compañía de su ama, con la aviesa intención de escaparse del reino de su padre y recorrer mundo, que por muy princesa que fuera, se sentía como una auténtica paleta. Así que bajó a las cuadras, donde, como siempre, el mozo la recibió dispuesto a hacer lo que fuera por satisfacer los deseos de su princesa, por mucho que todos sus amigos le dijeran que eso era un topicazo insoportable. Era alto, guapo, fuerte, bruto como un arado, y muy eficaz en su trabajo. En un santiamén eligió, embridó y enjaezó  al más  brioso corcel de la corte, aunque el brioso corcel, sabedor de lo que le esperaba, no estuviese de acuerdo con ninguna de las tres cosas que acababan de hacerle.
    -Gracias, Filiberto –la princesa siempre sonreía cuando daba las gracias-, voy a hacer una excursión algo más larga que otras veces, así que espero que el caballo que me das esté a punto.
    -Es el mejor, aunque debo advertiros de que no he podido mirar el ruidito ese que hacía con las orejas al pasar del trote al galope.
    -Bueno, ya sabemos que en cuanto llegan a los tres, cuatro años, empiezan a aparecer extraños ruiditos, procuraré no darle mucha caña.
El brioso corcel seguía la conversación con comprensible interés.
    -¿Y la ama? –preguntó el mozo Filiberto extrañado de que la princesa bajase sola a las cuadras.
    -Haciendo magdalenas. Tiene el absurdo convencimiento de que me encantan.
Ya, pero no debo dejaros partir sin la ama. Son órdenes de vuestro padre, el rey.
    -Ah, Filiberto –dijo la princesa convencida de que resultaba irresistible-, yo no sé que sería de ti sin mis caprichos. Te aburrirías una barbaridad con tanta rutina, ¿a que sí?
Dicho esto, se subió al brioso corcel y desde allí le dio una flor a Filiberto que sacó de no se sabe donde.
     -Adios. Cuida de mi padre en mi ausencia y cómete las magdalenas de la ama. Cuando lo hagas, procura tener un vaso de leche cerca, o lo pasarás realmente mal.
Después, dirigió su montura hacia la fértil vega, procurando no apurar el trote para que no le sonaran las orejas. Atravesó el río por un estrecho vado cubierto de viejos álamos, continuó por unos cañaverales que le azotaron los tobillos, se internó en un bosque de eucaliptos que desprendía un curioso olor a chicle de menta, y finalmente enfiló un polvoriento camino que conducía a tierras inexploradas, el cual, llegado un punto, se bifurcaba en dos. Un ramal se dirigía hacia las montañas tapizadas de verde brillante, y el otro, mucho menos apetecible, se adentraba en la llanura pedregosa y vacía. Durante todo el trayecto los pajaritos la habían acompañado con sus alegres gorjeos, lo cual no era de extrañar, pues estaban todos en celo, si es que es aplicable esta expresión a las aves. Al principio resultaban simpáticas sus disonantes antífonas, pero después de media hora larga de trinos, Sigfrida pensó que si seguía escuchando tanto piar,  acabaría de los nervios. Claro, que mejor escuchar a una panda de pajarracos salidos, que a una manada de lobos hambrientos, que es precisamente lo que se oía a lo lejos, proveniente de las montañas, circunstancia decisiva a la hora de elegir por cuál de los dos ramales iba acontinuar su escapada.
 Al cabo de un buen rato cabalgando por la llanura, Sigfrida sintió hambre, y cuando ya estaba a punto de echar de menos las magdalenas de la ama, encontró una zarzamora plagada de frutos. Bajó del brioso corcel, que ya era menos brioso, y fue directamente a por las moras.  Siempre le habían gustado, pero siempre las había comido sin tener hambre; en este momento hubiera preferido una tortilla de patatas, un bocadillo de jamón o cualquier otra cosa igual de contundente, en lugar de las moras, que las cosas como son, empezaba a pensar que no le gustaban nada. Después  de dejar la mata pelada, necesitaba beber, así que fue directamente a una pequeña charca que había detrás de unos juncos, se arrodilló en la orilla para coger agua entre sus manos y antes de que pudiera dar el primer sorbo,  saltó un sapo del fondo, dándole un susto morrocotudo.
    -¡Croac!
   -¡Por Dios, qué era eso!¡Casi me lo trago!
Sin darle mayor importancia al asunto, bebió a placer y acto seguido estuvo contemplando su imagen reflejada en el agua y reconoció que verdaderamente era muy guapa.
    -No es porque yo lo diga -dijo en voz alta- pero mi piel es de melocotón maduro, mis ojos son como luceros, mis labios carnosos asemejan dos fresas y todo el conjunto resulta de una armonía y belleza impactantes.
    -Y de cuerpo, permíteme añadir, tampoco estás nada mal, monada. Croac.
El sapo dio un salto y se puso delante de la princesa para que quedara claro quién había hablado. No quería que la princesa se volviera loca buscando el origen de la voz, así que dio un par de ridículos saltitos más delante de ella, procurando llamar la atención.
    -¡Eh, princesa, aquí, que he sido yo, aquí!
    -¡Pero bueno, otra vez tú! ¿No te da vergüenza ir asustando a lindas princesitas, renacuajo inmundo?
     -Lo siento de veras. No era mi intención, en serio. ¿Renacuajo inmundo?
    -Ahora seguro que me vienes con el cuento de que eres un príncipe y todas esas majaderías, ¿no es así? –la princesa estaba tan enfadada que estuvo a punto de dar un pisotón al sapo.
    -Pues mira, sí. Soy príncipe.
    -Claro, claro, y ahora me pedirás un besito, como si lo viera.
    -Hombre, es que si no, la cosa del encantamiento no funciona, entiéndelo.
    -Pues lo siento muchísimo, pero por mí, vas a seguir encantado.
    -De encantado nada. Croac. Estoy pasando un momento fatal, si quieres que te diga.
    -Me importa un pimiento.

Conviene que nos detengamos en este punto del relato a valorar la personalidad de los personajes que en principio pueden parecernos superficiales, pero que si los analizamos detenidamente nos daremos cuenta de que esconden  una vida interior muy intensa, con sus angustias, frustraciones, anhelos y todo tipo de cosas que nos distinguen como animales evolucionados.  Lejos de la impresión a la que nos podría conducir un juicio precipitado, cada uno de ellos sufre un tormento silencioso que tratan de enmascarar con comportamientos aparentemente frívolos. El sapo, sabe que es un sapo, pero también sabe que es príncipe. Probablemente un hermoso príncipe merecedor de una vida tranquila al lado de una encantadora princesa con la que poder tener toda clase de venturas, y no la soledad fría y húmeda de su charca. La princesa, aunque parezca que tiene alma de trotamundos, lo que realmente desea es encontrar a su príncipe azul y no salir de su castillo, pero, harta de ver desfilar ante sus narices caballeros que sólo la desean por su dote y su belleza, ha decidido abandonar todo lo que tiene para ver si es capaz de encontrar algo distinto fuera del entorno que tantas decepciones le ha deparado. Por tanto, no debe extrañarnos que repentinamente la princesa cambie de actitud, como vamos a ver a continuación.
    -Un momento –dijo Sigfrida, ya con un pié en el estribo del brioso corcel-, ¿eres un príncipe del montón, o un gran príncipe?
    -Soy el príncipe más grande de cuantos hayáis conocido –el sapo se estiró orgulloso sobre sus patas traseras para demostrar que sobrepasaba los 15 centímetros-. Bueno, eso os parecerá... en cuanto me deis un besito. Croac.
La princesa dudó. ¿Por qué no probar? Podía ser el hombre de su vida, y en caso de que no le gustara, bastaba con seguir su camino como si nada hubiera ocurrido.
    -Está bien. Te daré un besito –dijo la princesa, justo en el momento en que el sapo se estaba comiendo una libélula enorme y amarilla-, pero por favor, no vuelvas a sacar esa horrible lengua.
    -¡Bieeen! –dijo el sapo dando saltitos alrededor de la princesa que empezaba a considerar la conveniencia de una pedrada certera en lugar de un besito.
Sin grandes ceremonias, la princesa se agachó, cogió al sapo por el cuello y cerrando los ojos, se lo acercó a los labios.

MUACK. CROAC. PLOFF.

La magia tiene consecuencias inpredecibles, porque si no, no sería magia. Dicho así, parece una perogrullada, pero si lo formulamos de esta otra forma, da la sensación de haberlo pensado mucho: dentro de la matriz de sucesos posibles, surgió uno de los elementos de menor probabilidad. Sigfrida, la princesa de trenzas de oro, miró al sapo que seguía con forma de sapo, cara de sapo (ojos saltones y todo lo demás), y sonrisa de sapo. Sí, el sapo sonreía. La princesa lo miró con desprecio y decidió que ya había perdido demasiado tiempo con el mundo de los batracios. Se dio media vuelta, y fue hacia su brioso corcel, pero hubo algo que la llamó la atención: su mano era verde y tenía berrugas. Contempló su imagen reflejada en la superficie  cristalina de la charca y vio una enorme cara de rana. Era su cara. También vio que por atrás se acercaba el sapo, que seguía sonriendo. Luego notó  que sus recién estrenadas patas verdes tuvieron que soportar también el peso del sapo.






jueves, 23 de abril de 2015

Hoy




PARA CELEBRAR EL DÍA DEL LIBRO,

SOLO UNAS PALABRAS:



Belleza, fiesta, justicia, amor, baile, hermano, bureo, cerveza, motos, madre, amistad, amanecer, risa, infancia, sexo, música, vino, abrazo, viaje, bullanga, comilona, hermandad, juventud, francachela, compartir, alba, excursión, solidaridad, mar, besos, arte,  caminata, cigalas, música, montañas, ríos, valles, cariño, hermano, sofá, placer, acompañar, unión, fruta, calor, nieve, amanecer, vida, siesta, niños, pantufla, cosquillas, vacaciones, aperitivo…,

… y todas las que se os ocurra y os traigan buenos recuerdos del pasado y mejores planes para el futuro.












lunes, 13 de abril de 2015

Cachafás








Cachafás tenía una habilidad sorprendente para meterse en líos por ir detrás de cualquier perra en celo que hubiera en varios kilómetros a la redonda. Era el primero en detectar su presencia, aunque no en llegar a donde estaba y cuando lo hacía ignoraba al resto de perros que sin embargo ellos no le ignoraban a él. Cachafás era muy largo pero con las patas extremadamente cortas, por lo que no estaba en absoluto facultado para la lucha. Era como un salchicha, pero con el pelo largo, duro y ensortijado, como de esparto, de modo que era más parecido a un felpudo que a un perro. Más de una vez, amigos míos con sentido del humor coincidentes, me hablaron del susto tan enorme que se llevaron cuando al ir a limpiarse los pies en el felpudo, éste salió corriendo por el pasillo a toda velocidad.
Jamás en su vida consiguió cachafás cruzarse con ninguna perrita y aún así, no dejó de intentarlo hasta que ya con más de quince años llegó su hora, precisamente en el último intento. Normalmente, el resto de los perros galanes le echaban a base de mordiscos, pero la última vez, quizá por tratarse ya de un anciano, ninguno llegó a morderle, ni siquiera a ladrarle enfurecido, y esto es lo que con toda probabilidad lo mató: saber que ya no era nadie a quien se le pudiera tener en cuenta como posible competidor. Un ninguneo humillante que se le clavó mucho más profundo que los colmillos de todos los perrazos que en otros tiempos le habían echado corriéndolo a tarascazos.


Cachafás, con la cabeza baja, se fue del  escenario donde se disputaban el derecho a perpetuar la especie, herido donde no podrían llegar los salvíficos lametazos por mucho que retorciera el espinazo. La perrita ni se enteró de que había pasado por allí. 

Cachafás entró en la casa abatido, rendido, demasiado acostumbrado al fracaso y se refugió debajo del lavabo. Se acostó y murió soñando con un mundo más justo donde él también tuviera su oportunidad.