sábado, 21 de agosto de 2021

Sin bragas

 


 ESTE ARTIBLOG, TAMBIÉN ESTÁ DISPONIBLE EN YOUTUBE, EN EL CANAL INSTANTES NARRATIVOS. EL ARTISTA MARCOS CARRASCO ES EL REALIZADOR DEL VIDEO, QUE COMO VEIS, ES INSUPERABLE.



El número de palabras que existen en nuestro idioma, palabra arriba palabra abajo, sobrepasa la, en principio apabullante cifra de 100.000. Esta inexactitud, de palabra arriba palabra abajo, algún listillo pensará que sobra, pues basta con contar cuántas entradas tiene el diccionario de la RAE para dar la cifra cabal y exacta. Vale listillo, pero eso no constituye el léxico de un idioma, que se calcula añadiendo un 30% al número de  palabras que figuran en el diccionario. Lo del 30% tampoco es exacto sobra decirlo; habitamos un universo que detesta las exactitudes. Además, en esta cifra no redonda no están incluidos los americanismos, como por ejemplo guaira que también se puede escribir huaira, huayra, incluso waira y wayra. Otra inexactitud. ¿Qué es una guaira? Sin entrar en detalles, una flauta.

Con tanta palabra parece lógico pensar que todas nuestras necesidades de comunicación están cubiertas, ¿no? y que no vamos a tener problemas en localizar el término adecuado para representar el concepto que tenemos en la cabeza. Esto me recuerda que antes, en el colegio, teníamos la asignatura de filosofía, disciplina que requiere una precisión exquisita a la hora de escoger las palabras pues de ello depende que nuestra metafísica se entienda correctamente y no quedemos como gente con una metafísica deplorable, o peor aún, sin metafísica. Por eso en las primeras lecciones nos enseñaban a escoger delicadamente el término que mejor se ajustara para representar la idea que queríamos proyectar en el cerebro de nuestro interlocutor. La mente es como una pantalla de cine, y si por los oídos entra el sonido mesa, inmediatamente en la pantalla aparece un mueble de madera con cuatro patas. Luego, los detalles terminan de definir cómo es esa mesa, pero de momento ya hemos descartado 99.999 posibilidades. Un enorme avance.

Pues bien, decía que a simple vista, todo parece indicar que después de 50.000 años desde que empezamos con esto del lenguaje, ya podíamos merecidamente tener seguridad a la hora de expresarnos. Pues, sí y no. Hay huecos. En el idioma español existe huecos sin que haya rastro de la palabra exacta para definir con elegancia lo que tenemos en la cabeza. Por ejemplo, la palabra “braga”, “bragas” o en su versión más infantil para quitar dureza a la cosa, o acritud que también vale, “braguitas”. “Bragas” o cualquiera de sus derivados es un término único y desdichado para representar el concepto de ropa interior femenina que cubre sexo y anejos.

Volvamos a la pantalla de cine que tenemos dentro de nuestra mente, y escuchemos “bragas”. ¿Qué aparece inmediatamente en un rincón de la pantalla? Una suerte de trapo tirado en el suelo hecho un burruño que sin verlo sabemos que es de gran tamaño y aspecto… que no hace justicia a lo que puede esconder. Si acaso, “braguitas” mejora bastante la representación que nos hacemos, pero reconozcámoslo, resulta ridículo. 

A esta escasez de términos para algo tan cotidiano y presente en nuestras vidas, hay que añadir la confusión de que “braga” también se refiere a una bufanda tubular, por cierto, práctica prenda para los moteros sin la cual el número de faringitis entre este colectivo se dispararía incontroladamente.

El inglés, idioma mucho más rico en número de palabras, cerca de 180.000, tiene ocho formas de referirse a nuestras bragas únicas: Knickers, pants, panties, undies, drawers, thong, briefs y french knickers. A bote pronto, french knickers parece mucho más sexi que bragas, no me digas.

Pues eso, que hay conceptos que a la hora de encontrar el término que los represente nos han pillado en bragas, que diría mi profesor de filosofía. Todo un filósofo.




Leoncio López Álvarez


martes, 17 de agosto de 2021

Casas que son como hogares

 




Me he cambiado de casa. Ahora vivo en una mucho más moderna, recién hecha, con domótica avanzada que me permite poner en marcha el horno desde Albacete con mi teléfono móvil, como si eso fuera imprescindible. Digo lo de la domótica, como ejemplo, para dejar claro que se trata de una casa estupenda y que nada de lo que voy a decir a continuación es una queja. Se trata sólo de una reflexión sobre la vida, porque hablar de casas es hablar de nuestras vidas de la misma forma que hablar de macetas es hablar de plantas.

Las casas son como los zapatos, te sientes realmente a gusto cuando ya has andado con ellos unos cuantos kilómetros. Al principio todo resulta extraño en tu nuevo domicilio y es posible que por la noches enfiles hacia la cocina pensando que vas al cuarto de baño. Afortunadamente, una vez que llegas allí encuentras muchas pistas que te sacan de tu error y la cosa, ya que a tu lado está la nevera, acaba bebiéndote un vaso de agua, justo lo contrario de lo que pensabas hacer. 

Por cierto, domicilio es un término burocrático sin pasión, no como hogar, que es un termino pasional sin burocracias. Con el tiempo, los domicilios se acaban convirtiendo en hogares, y si no al tiempo.

¿Cuándo siente uno que la casa en la que vive es realmente su casa? ¿En qué instante sabes que ese es tu verdadero hogar? Yo he pensado bastante sobre este asunto y he llegado a la conclusión de que eso ocurre en el momento en que caes enfermo. Las casas están hechas de sensaciones y no hay sensaciones más intensas que las que se experimentan en momentos de  infortunio, como cuando tienes gripe o paperas. Por tanto, es necesario pasar dos o tres días sin salir de la cama con fiebre para darte cuenta de que estás en tu verdadera casa. El dormitorio, ese lugar sagrado donde no sólo duermes, es el sitio más seguro de todos dentro de tu mente simbólica, representa el útero materno y allí nada malo te puede pasar. No hay que encontrarse demasiado mal para acudir al dormitorio a cobijarte, un simple malestar o una digestión que se alarga es suficiente para buscar refugio entre sus paredes. Si esa habitación, si el dormitorio cumple a la perfección con la salvífica función que lo distingue sobre el resto de las estancias, entonces puedes estar seguro de que te encuentras en tu hogar. Ya podemos hablar de hogar, no de domicilio, ni siquiera de casa: hogar.

 Desde que vivo en mi nueva casa gozo de una salud estupenda, de modo que aún no he tenido ese momento de consolidación espiritual que me permita estar seguro de que me encuentro en mi hogar. Que conste que hago todo lo posible por pillar un buen trancazo que me saque de dudas, pero con este calorazo no hay manera.

En fin, esperaré al invierno, a ver qué pasa.




Leoncio López Álvarez


martes, 10 de agosto de 2021

El misterio de las gasolineras

 




Hacía mucho tiempo que no me hacía un viaje largo por carretera (claro, con la pandemia…) hasta que la semana pasada, harto, cogí mi moto y juntos nos fuimos a tierras del norte. No me acordaba yo de todos los detalles que lleva consigo el trashumar por los caminos de Dios pero en cuanto llegué a la primera gasolinera, aislada pero no solitaria, me volví a fijar en algo que siempre me había llamado la atención.

Todas tienen el mismo patrón, en algún lugar antes de llegar a la caja para pagar, tienes una zona donde venden distintas mercancías, y según el espacio del que dispongan puede ser un auténtico bazar. Y ahora viene lo realmente llamativo: en las grandes, incluso las medianas y no sólo en las gasolineras de Albacete que podría ser comprensible, en todas, siempre encontrarás una  vitrina llena de navajas a la venta.

En casi todas las gasolineras de España puedes comprar una navaja. ¿Por qué? Tienes navajas de todo tipo y tamaño: automáticas, estiletes, facas de siete muelles, cuchillos de montería con el mango imitando la pata de un ciervo, que ya me contarás tú,  machetes del ejército con la funda de camuflaje, cuchillos para destazar cerdos, imaginativos diseños ninja con pinchitos mortales por todos los lados, incluso tienen navajas de paracaidista reconocibles por su hoja curva muy apropiada para cortar los cordines del paraca en caso necesario. Lo que no está claro es por qué puede ser necesario desligarte del invento que te salva la vida, pero esa es otra historia, y desde luego lo que no está en absoluto claro es que tan específico artilugio se venda en las gasolineras.

Yo, si en algún momento quisiera comprarme una navaja, algo muy poco probable, sin ninguna duda iría a una gasolinera grande dónde encontraré sin problema el modelo que ando buscando.


Recuerdo que cerca de donde yo vivía había una tienda dedicada específicamente a vender este tipo de productos, cuchillos, navajas, tijeras, incluso hachas, todo un despliegue armamentístico dedicado al trinche y al ars cisoria, que con letras grandes anunciaba en la fachada:

VACIADOR.

Siempre me pareció un nombre muy bien escogido para la tienda. Supongo que ahora estará cerrada debido a la feroz competencia de las gasolineras. Una pena.







Leoncio López Álvarez

domingo, 1 de agosto de 2021

Series

 





Antes, de la tele sólo veíamos los documentales de la Dos, ya lo sabemos, pero la cosa ha cambiado una barbaridad. Ahora ya nadie se acuerda de los ñus cruzando el río Mara ni de los elefantes en el Serengeti, ahora lo único que vemos de la tele son series. Y eso se nota en todo. La proliferación de series en televisión ha modificado la realidad de la misma forma que un planeta gigante, o mejor, un agujero negro, modifica el tejido del espacio-tiempo (eso lo sé porque lo vi en un documental de la Dos).

La forma de hablar, de vestirnos y hasta la música que nos gusta, viene sin que nos demos cuenta, determinada en gran medida por las series de moda. Es lógico, hay que estar muy vigilante para no sentirse influenciado por lo que vemos, a veces con desmesurado entusiasmo. Conozco gente que se tira un día entero viendo la última temporada, completa, de su serie favorita que a lo mejor son catorce episodios. Así, todos seguidos, plas, plas, plas… Eso, desde luego no ocurría con los documentales de la Dos, lo más lejos que llegábamos era ver tres capítulos seguidos de la Guerra del Pacífico y al final nuestra atención ya no era capaz de asimilar qué había pasado en la batalla de Midway.

Hay aspectos en los que la influencia que sobre nosotros ejerce el abuso de series, día a día, y en mi caso noche a noche, resulta sorprendente y muy gratificante. Yo antes de tanta serie, soñaba como todo el mundo, me conformaba con lo que hubiera en ese momento, pero ahora lo hago seleccionando los sueños que me apetecen para esa noche, de la misma forma que elijo la serie que quiero ver. Los tengo de variado contenido: que vuelo sin problema dando un simple salto, que puedo respirar bajo el agua, que estoy en una casa encantada…, sueños eróticos, por supuesto, y otros angustiosos en los que me veo suspendiendo un examen después de haberlo preparado concienzudamente o que me persigue un toro sin que yo pueda escapar. Elijo el sueño que me apetece para esa noche, y hala, a disfrutarlo… hasta que suena el despertador a las siete de la mañana y me deja en mitad de lo que estuviera haciendo en mi sueño, y aquí es donde viene lo mejor. Resulta que luego, por la noche, puedo seguir con el sueño en el mismo punto en que lo dejé el día anterior, exactamente igual que hago con los episodios de las series. ¿No es fantástico?  Naturalmente también lo puedo retomar en la siesta, o en la cabezadita que normalmente me doy cuando cojo el tren de cercanías.

He de confesar que últimamente me busco cualquier excusa para quedarme frito un ratín y ver cómo sigue el sueño que estaba viviendo en ese momento, de hecho, hay días que me paso todo el rato durmiendo, es decir soñando. Este artículo, por ejemplo, lo he escrito soñando que era un afamado escritor de artículos y que me pagaban 1.000 euros por cada uno. Probablemente me suba el precio dentro de poco.

En mi próximo sueño veré como me gasto parte de mi fortuna acumulada.

  


Leoncio López Álvarez



miércoles, 28 de julio de 2021

Cuestión de entendederas

 



Según acabo de leer, los delitos de odio, que ya el hecho de que exista esta categoría refleja cómo es la sociedad, han subido preocupantemente en España. Lo ha dicho el Ministro del Interior que de otra cosa no sabrá, pero de delitos es el que más al tanto está sin cometer ninguno. Esto me lleva a pensar en mis limitaciones, me explico:

Hay muchas cosas que están fuera del alcance de mi capacidad de entendimiento, muchas como es lógico en un mundo tan complejo. Nos pasa a todos, pero yo debo ser tonto de remate porque no entiendo cosas que los menos listos dan por obvias y ver que los más lerdos entienden lo que a mí se me escapa me produce una extraña sensación. Por ejemplo, no entiendo que los homosexuales sean objeto de persecución, rechazo, mofa o directamente odio, mientras que los más atrasados, lo entienden perfectamente; incluso emplean razonamientos que entre ellos son irrefutables en tanto que para mí no hay por dónde pillarlos. Un hombre tiene que ser un hombre, dicen, y con tal tautología queda zanjado el asunto, listo para odiar a quien no se ajuste plenamente a la redundancia.

Es una forma de razonar que muchas veces va más allá del insulto o el desprecio, puede conducir a palizas incluso al asesinato, como ya ha ocurrido demasiadas veces. Y algo tan evidente para los más bestias de la clase y con menos luces, yo cada vez lo entiendo menos; si no fuera porque tengo una autoestima bastante resistente, acabaría con un complejo de los de no te menees.

Me pregunto cómo es posible que tan clarividentes individuos no ocupen puestos de altísima responsabilidad, pero la pregunta no viene al caso porque resulta que algunos de ellos sí ocupan puestos de altísima responsabilidad. Incluso los hay que dirigen países, otros están al frente de grandes partidos dentro de democracias plenas, como es la nuestra, o en ayuntamientos, en consejerías, patronatos… hasta en el Vaticano, a pesar de  lo mucho que se exige para ser Cardenal.

Otro delito de odio muy recurrido por este tipo de delincuentes, es la xenofobia, y curiosamente, xenófobos y homófobos suelen coincidir en los mismos sitios, también en el mismo tipo de cerebro o lo que sea. Pero hay más motivos para odiar: por ideología, religión, enfermedad o discapacidad, estrato social, equipo de fútbol, lugar de nacimiento… cualquier cosa que represente una diferencia es una oportunidad para odiar y muchos no dudan en aprovecharla.

Ya sabemos que una cosa lleva a otra, y buscando pistas que justifiquen al odiador, me he dado de bruces con la eutanasia, y mirando hacia atrás con el divorcio, el matrimonio gay, el aborto y hasta con las ayudas sociales y ahí me los he encontrado a todos, sentaditos, odiando juntitos que así se odia mejor.

¿Por qué será?










 




miércoles, 7 de julio de 2021

Ni locura ni tontería: EL DESCONOCIDO




Para entender el presente artiblog es imprescindible leer el anterior, titulado “Locura o tontería”.

 

Bien, tal como había quedado, aquí está la continuación de la historia que empecé sin saber cómo iba a continuar. He cumplido con el plazo de hacerlo antes de diez días, y mejor no os cuento cuándo empecé a preocuparme por tenerlo a tiempo. Nunca me ha gustado presumir de mis defectos.

Antes de nada, muchas gracias a los que me habéis mandado ideas para terminar la historia y que curiosamente todos habéis coincidido en que la muerte tenía que aparecer por algún lado. Posiblemente la intervención de la muerte alegrara un poco el relato, aún así he preferido salir del atolladero por mis propios medios, lo que no exime que mi agradecimiento siga siendo infinito.

 

Aquí tenéis la solución que he encontrado para el final de lo empezado, que ahora ya tiene título.

 

FINAL DE…  EL DESCONOCIDO

 

Poco a poco fui  perdiendo el sentido de la realidad, lo mejor era no intentar oponerme, ¿qué podía hacer yo para evitar irme por el desagüe? Me estaba vaciando de mí mismo, girando vertiginosamente en una espiral alocada hacia un fondo sin fondo hasta que perdí el conocimiento. Estuve muerto lo que me parecieron unos pocos minutos y cuando recobré la consciencia, se repitieron las últimas sensaciones que tuve pero en sentido inverso: empecé a ascender con mi cuerpo flotando en círculos hacia algún lugar en la superficie. Salía al exterior, ¿pero al exterior de dónde? Me fui llenando de algo, no sabía de qué, pero de la misma forma que antes había notado que me estaba vaciando, ahora sentía lo contrario, que mi ser estaba tomando forma, consistencia, me estaba haciendo.

Tuve claro que lo que ahora entraba en mi mente no era lo mismo que había salido. Tuve miedo, por primera vez tuve mucho miedo. El miedo de saber qué estaba pasando, de repente tuve certeza de todo lo que me había sucedido y descubrí cuales habían sido las intenciones de aquel desconocido que me invitó a su casa. 

Lentamente todo a mi alrededor empezó a tomar de nuevo forma, las brumas se disipaban dentro de mi cerebro o lo que hubiera en el lugar donde antes estuvo mi cerebro. El aire volvió a ocupar el espacio a mi alrededor y yo volví a respirar.

De alguna manera “algo” en aquella casa había absorbido mi esencia pero en lugar de dejarme vacío, inerte, me había insuflado una nueva. Me notaba ajeno a mí mismo, pero al mismo tiempo tenía consciencia de estar lleno de vida, una  vida que no era la mía, sino otra muy diferente, o al menos, en principio me parecía muy diferente.

Una maldita venda me impedía abrir los ojos. Para empeorar las cosas empezó a sonar una música de lo más molesta, aburridísima, algo así como música clásica con violines, o una mierda de esas. Unos tacones me advirtieron de que alguien, una mujer, venía por detrás de mí. La tía empezó a sobarme la cabeza, naturalmente intenté incorporarme a ver de qué iba, pero era más fuerte de lo que había imaginado y no pude ni menearme. Entonces se acercaron otras pisadas, seguía sin ver un carajo pero por el sonido supe que eran de un maromo, se detuvo a mi lado y me quitó la venda. Por fin había recobrado la vista, me incorporé y la tía se había ido, pero el que me había quitado la venda estaba allí, con una pinta que daba risa. Iba vestido como un mamarracho con una corbata que se la habría hecho con las bragas de su abuela. La musiquita sonaba ahora más alta, era espantosa, y olía a cosas raras. No sabía qué hacía allí yo, en un sitio tan deprimente y cursi. Entonces va el tío y me pregunta mi nombre, me lo quedo mirando y cuando le voy a soltar cuatro cosas me doy cuenta de que no sé qué responderle. ¿Cómo me llamo? ¡Ni idea! ¡No sé quién coños soy yo!

 

Eres Carlos, me dice, Carlos Peralta, a partir de ahora ese es tu nombre, ¿has entendido?

Yo digo que sí con la cabeza pero la verdad es que no entiendo una mierda, lo único que quiero es irme de ahí cuanto antes. Necesito un carajillo de anís, eso es lo único que entiendo perfectamente. Me levanto un tanto aturdido, me sacudo mis pantalones, por cierto, parecen muy  caros, ¿cuándo me he comprado yo unos pantalones así? Me da igual, empiezo a caminar en la dirección que el tío me indica y salgo de la habitación sin dejar de hacerme unas cuantas preguntas para las que de momento no tengo respuesta. Antes de llegar a lo que parece la puerta de la calle tengo que atravesar una habitación muy grande. En uno de los extremos hay un tío con un bastón en la mano, y un cigarrillo apagado en la boca. Me mira según saca un encendedor de esos de oro que suenan click al abrirlos, me sonríe, se prende fuego al pitillo y expulsa el humo sin perderme de vista.

Creo que se está riendo de mí. Me da igual, necesito un carajillo.




Leoncio López Álvarez





 

martes, 29 de junio de 2021

Locura o tontería

 




 Hace mucho tiempo que no escribo en mi blog y esta tarde me lo he recriminado a mí mismo; es una desatención que La tertulia perezosa no se merece, y cuando digo La tertulia perezosa me refiero a sus lectores (¿Qué otra cosa es un blog, si no son sus lectores?). He mirado por curiosidad en el apartado "estadísticas" y mi sorpresa ha sido mayúscula al ver que todos los días hay una docena pasada de personas que visitan el blog, sin encontrar para mi bochorno, nada nuevo en él.  Entonces se me ha ocurrido una locura, o una tontería según se mire, una locura o tontería que merece un preámbulo.

A mí me gusta escribir y lo hago sin esperar nada a cambio, si acaso treintamil euros en algún premio que no exija demasiado esfuerzo presentarse con algo que tengas por ahí, de modo que muchas veces empiezo a escribir cosas que luego nunca termino. ¿Qué más me da? Es como el pianista que aburrido abre la tapa del piano y ejecuta escalas sin propósito de componer ninguna nueva obra, y por supuesto sin público. Puedo poner otro ejemplo: es algo así como un dibujante que llena cuadernos de bocetos con manos, rostros, cuerpos, caracoles, berenjenas... un montón de dibujos que carecen de finalidad en este mundo, salvo servir de entretenimiento al autor. Cierto que también es entrenamiento, pero yo no quiero entrenar cuando escribo a lo loco, lo único que pretendo es pasar el tiempo haciendo algo que me gusta, hasta que llegue la hora de preparar la cena. Otras veces me voy a jugar al tenis o a montar en bici con el mismo propósito; lo importante es que cuando me tome el vino que siempre acompaña a los preparativos de la cena, tenga la sensación de que me lo he ganado merecidamente tras una extenuante sesión de trabajo. El deporte también vale, como ya he dicho, pero funciona mejor si todo parece indicar que he estado trabajando.

Pues bien, el otro día, empecé a escribir así, sin rumbo,  sin tener la menor idea de a dónde me llevaría la historia que estaba contando, de hecho, ¿había historia? Simplemente tenía una idea que me pareció interesante y empecé a desarrollarla... hasta que llegó la hora de la cena. Y ahí sigue, sin concluir en mi cuaderno de bocetos, entonces, y ahora viene la locura o la tontería de la que hablaba antes, se me ha ocurrido que la voy a subir a mi blog. Sin terminar, claro, tal como está, de modo que me doy un plazo de... pongamos diez días, para escribir el final. 

Al menos, de momento, esa docena de visitantes decepcionados que tiene diariamente La tertulia perezosa, tendrán algo que llevarse a los ojos. 

La historia, cuyo final espero que se me ocurra dentro del plazo prometido, es la siguiente:


SIN TÍTULO (AL MENOS DE MOMENTO)


Aún me estoy preguntando por qué lo hice. Fui a la casa en la que había quedado con un desconocido sin preocuparme qué podría encontrarme allí, le dije que iría y esa era la única razón por la que estaba tumbado en aquel lugar sin posibilidad de moverme.

La persona que abrió la puerta iba elegantemente vestida, pero no de la forma usual de elegancia sino otra mucho más sofisticada, más personal, cada detalle era único, nadie lo había llevado con anterioridad. La corbata por ejemplo, tenía un color que yo jamás había visto ni en corbatas ni en ninguna otra prenda, era un color inédito, inexistente fuera de aquella casa. Los colores son infinitos, o al menos yo me los imagino infinitos y sin embargo el número de colores que resultan armoniosos en una corbata y a la vez, entonan con la camisa y la chaqueta, es muy limitado.  La elegancia estriba en encontrar una combinación perfecta en las tonalidades y que a la vez reúna otros factores igual de aleatorios e infinitos, como la forma, textura, hechura… es como una partitura de música, tiene que existir armonía entre todas las notas, una nota aislada ni es agradable ni deja de serlo, es el conjunto lo que cuenta. 

Siempre me ha llamado la atención la palabra “hechura” para referirse a las prendas de vestir,  realmente no existe otra que represente mejor lo que quiere decir.

Quién me abrió la puerta no era el mismo desconocido que me propuso esta especie de juego, éste era más joven y desde luego mucho más guapo, parecía una estatua griega que algún dios le hubiera insuflado vida. Se movía de forma casi imperceptible, más bien se deslizaba. Me invitó a pasar a través de un espacioso hall a una sala mucho más pequeña, con las paredes completamente blancas, desnudas, techos con molduras de escayola muy altos y un suelo de tarima francesa perfectamente encerado en tono de cerezo. La estancia no tenía ningún mueble salvo un sillón modernísimo, de acero y cuero, de algún diseñador sin duda muy cotizado. Aparentemente no había ningún punto de luz, quizá hubiera algunos leds escamoteados en la moldura, pero de momento no era necesaria la iluminación artificial; un amplio ventanal permitía al sol entrar a sus anchas en la habitación.

El joven me indicó por señas que me sentara en el sillón, más bien que me tumbara, pues era como una hamaca. Se llevó un dedo a los labios que se mantenían semiabiertos en una franca sonrisa y desapareció detrás de mí. Oía sus pasos perfectamente y eso era todo lo que me llegaba a los oídos de él. No dijo ni una palabra y yo, obediente, tampoco dije nada. Pronto, una música suave, muy delicada, de un cuarteto de  cuerda, rompió el silencio e inmediatamente volví a escuchar los mismos pasos que se acercaban por detrás de mí. No me atreví a incorporarme, ignoro por qué, y esperé que pasara algo. Y pasó: una cinta de seda cayó sobre mis ojos, alguien, con toda seguridad el mismo joven que me había abierto la puerta, me estaba anudando la cinta por detrás de la cabeza. Yo, inexplicablemente, me deje llevar, en ningún momento se me pasó por la cabeza protestar o preguntar qué estaba pasando. Tampoco tenía la sensación de estar en peligro aunque debo admitir que la situación era de lo más extraña.

¿Qué hacía yo allí, dejándome vendar los ojos por un joven atlético que no hablaba, en una casa que no conocía de nada y a la que había sido invitado por un completo desconocido el día anterior? Se me acercó, me pidió fuego, intercambiamos cuatro frases intrascendentes y luego me preguntó si era feliz, pero la pregunta sonó a que ya conocía la respuesta. Me miró a los ojos bajando unas elegantes gafas de sol hasta la punta de la nariz, sacó de su cartera una tarjeta, me la dio y simplemente me dijo que me esperaba al día siguiente; no importa la hora, me dijo, cuando te apetezca vienes, yo estaré todo el día. Luego dio media vuelta y se fue sin mirar hacia atrás, erguido como un modelo de pasarela. Entonces me fijé en que llevaba un bastón con el que marcaba el ritmo de los pasos como un metrónomo ajustado a 80 pulsos en un majestuoso andante.

Las pisadas me indicaron que de nuevo el joven se alejaba de mí después de haberme vendado los ojos de tal manera que me resultaba imposible ver absolutamente nada. Tuve la sensación de que el tiempo iba a desaparecer y por un momento temí que sería engullido por un agujero negro. La música del cuarteto de cuerda se hizo más presente, ahora no quedaba ninguna duda de que se trataba de Schubert. 

Otros pasos distintos, estos de mujer pues claramente los producían unos afilados tacones, llegaron hasta detenerse detrás de mí. Tras unos segundos en que no pasó nada, noté unos dedos cálidos, finos, acariciándome ambas sienes. Me cogió de improviso y no pude evitar dar un ligero respingo. Los dedos no se inmutaron, continuaron con la misma cadencia, suave, monótona, con movimientos circulares que apenas me tocaban. Juraría que en algún instante los labios de la mujer se acercaron hasta mi oído derecho;  no dijo nada, ni siquiera respiró, pero noté su presencia. Pasé de no pensar en nada y haber estado a punto de desaparecer  por algún sumidero del universo, a excitarme pensando en cómo sería esa mujer. 

Luego ocurrió: los labios de la mujer, carnosos y húmedos besaron mi frente y ahí se detuvo todo. Desaparecieron los masajes en las sienes, la música del cuarteto de cuerda que interpretaba La muerte y la doncella dejó de sonar y el taconeo alejándose a mis espaldas me indicó que la mujer se había ido. Luego vinieron cuatro o cinco minutos en los que no pasó nada hasta que  de nuevo empezaron a ocurrir cosas. Primero la temperatura, descendió notablemente, luego el ambiente se impregnó de un aroma extraño, no era ni agradable ni lo contrario era… extraño, como el color de la corbata del joven apolo. ¿Cuál era el propósito de todo aquello? La fragancia empezó a tomar cuerpo, el aire que respiraba ahora era más denso, llenaba mis pulmones hasta el último rincón, un aire tan distinto que temí que me habían transportado a otro planeta.



Bien, hasta aquí esta primera parte. ¿Qué pasa a continuación? No tengo ni idea. Espero que se me ocurra algo de aquí a que termine el plazo que me he dado. Es un juego al que me he comprometido yo so solito, puede ser divertido o puede resultar que no encuentre absolutamente nada que encaje y quede como un gran capullo. Dentro de diez días veremos qué ha pasado. Hasta entonces disfrutad del calorcillo de estos días, yo empezaré a pensar en esto mañana o pasado.




 




martes, 30 de marzo de 2021

Abrazo





El valor de las cosas lo encontramos cuando dejamos de tenerlas. Somos así de tontos, necesitamos perder algo para apreciarlo. Nadie le da importancia, por ejemplo, a que con un simple giro de muñeca caiga sobre nuestras cabezas un profuso chorro de agua caliente. Que te corten el suministro y verás si le das importancia. Así con todo, lo que pasa es que algunas ausencias, como el ejemplo del agua caliente, se hacen notar en seguida, mucho más que otras que al principio pasan desapercibidas.

Hemos cortado el suministro de abrazos y besos y aunque no hayan sido inmediatos los efectos del corte, ya han aparecido con claridad. Todo el mundo habla de la crispación que existe en todos los ambientes, sobre todo en la política donde sus protagonistas nos ofrecen diariamente su comportamiento patán y grosero; quizá su crispación la transmiten al resto de ciudadanos que estúpidamente imitamos su comportamiento deleznable. En cualquier caso, esa crispación puede ser efecto del corte en el suministro de abrazos y besos que estamos padeciendo. A mí no me extrañaría y por eso aquí me tenéis, escribiendo sobre los abrazos y su ausencia.

Existen muchos tipos de abrazos, el más elemental es parte de un ritual cotidiano, nada más un gesto dentro de la comunicación no verbal sin mayor alcance pero que también tiene su importancia. En este grupo podemos incluir el abrazo social que damos en los pésames y momentos de infortunio y el abrazo de bienvenida cuando nos encontramos con alguien que hace un moderado tiempo que no vemos.

Luego está, subiendo en la escala de la involucración emocional, el abrazo de complicidad con el que mostramos nuestro apoyo de paso que nuestro afecto. Por supuesto también existe el abrazo falso, un intento de engaño, inevitable en cualquier expresión humana pero ese nadie lo echa en falta.

Por fin llegamos al abrazo verdadero, el que ni se compra ni se vende porque no hay en el mundo dinero para comprar los quereres. Unirse con las cabezas muy pegadas, apretando el pecho, el cuello ensortijado en brazos ajenos, enroscados uno en el otro durante unos segundos con la respiración contenida, ese abrazo, la madre de todos los abrazos, es un tesoro, y también nos lo estamos quitando.

Según todos los psicólogos los efectos beneficiosos de los abrazos están fuera de toda duda, se desatan ciertos neurotransmisores y aumenta el nivel de oxitocina, la hormona llamada de la felicidad porque desencadena efectos de tranquilidad y dicha. Yo creo que es obvio que vivimos en una sociedad con carencia de oxitocina.

Ahora, cuando nos vemos o despedimos nos damos un breve codazo, con cariño, pero no deja de ser un codazo y jamás puede sustituir a un abrazo sin que tenga fatales consecuencias.

Para terminar, citaré  a Edward Paul Abbey, un curioso escritor estadounidense que además era guarda forestal: 

"Sólo creo en lo que puedo besar o abrazar, el resto es humo".




MI WEB







jueves, 18 de marzo de 2021

Ser uno mismo

 




Hace poco he estado en el veterinario, ningún motivo personal, ha sido por mis gatos, y me dijo que eran buenísimos, igual de buenos que mis dos gatos anteriores a los que también trató. Casualidad, dije yo y él enseguida me corrigió. No, verás, me dijo, los gatos son según son sus dueños y el trato que reciben de ellos. Me acordé de Ortega y Gasset y de su célebre frase y luego me acordé de mi madre.  Todo el mundo dice que yo soy como mi madre, lo cual no es de extrañar y me enorgullece, sin embargo el sentido del humor es de mi padre. También son de él otros rasgos de mi carácter que me definen como persona y que no voy a detallar por formar parte de los secretos de familia. Mis ojos pertenecen a mi abuelo paterno y de mi abuela tengo la forma de sonreír y los andares. Me gusta el vino desde hace exactamente los mismos años que hace que conocí a mi mujer, debido a que fue ella quién me introdujo en ese fantástico mundo, yo antes no salía de la cerveza. Los chipirones en su tinta me encantan gracias a un amigo mío vasco que los prepara de maravilla y soy entusiasmado lector de ciencia ficción por un amigo del colegio que no paraba de recomendarme las mejores novelas del género.

De mi tía es mi amor por los animales y mi repulsa por la salsa alioli. Mi madre me decía que reacciono exactamente igual que su padre, mi abuelo materno a quién no conocí, frente situaciones de injusticia y también comparto con él el amor por la ciencia. No soporto a los niños, igual que no los soportaba otro tío mío que jamás me aguantó y hasta que cumplí los veinte años nunca me dirigió la palabra. 

Mi falta de tenacidad no sé de quién será pero tal como están las cosas hay muchas probabilidades de que también sea prestada, aunque a estas alturas de mi vida la considero ya regalada. 

Si sigo analizando todas las características que conforman mi personalidad, mi pura esencia, me doy cuenta de que nada es mío, mío. Entonces, ¿quién coños soy yo?

Bueno, me queda el consuelo, la esperanza más bien, de que quizá mi falta de tenacidad sí sea exclusivamente mía y nada más que mía. Algo es algo.





MI WEB


 



viernes, 12 de marzo de 2021

Punto limpio

 




Últimamente estoy frecuentando muchísimo el punto limpio y he sacado algunas conclusiones sobre estos lugares de reciclaje que entran más en el terreno de la filosofía que de la ecología. Un punto limpio, bajo su aparente funcionalidad para deshacerse de los trastos viejos, oculta una intención mucho más profunda. Y no solo es intención lo que oculta, tampoco quedan a la vista las conclusiones que se pueden sacar observando a la gente que acude a desprenderse de aquello que considera que ya no le va a ser de utilidad, hay que estar atento para descubrir toda la información que se puede sacar. 

Para empezar, cuando alguien lleva cosas que podría dejar en el cuarto de las basuras o directamente en la calle, ya podemos decir que se trata de gente educada, pues es más cómodo tirar el aceite que queda de la lata de mejillones por el fregadero o los cartuchos de la impresora al cubo de la basura, incluso abandonar un colchón de aspecto miserable en la acera cuando nadie te ve, que molestarse en ir la punto limpio, en adelante P.L. Entonces podemos decir que el P.L. ejerce una función discriminatoria, eligiendo a los más cuidadosos y respetuosos con el medio ambiente y dejando fuera a los sucios e insensibles ciudadanos. 

Tambien el P.L. segmenta a sus usuarios por estratos sociales, de modo que según la birria que llegue a sus contenedores, podemos deducir el nivel de vida de quien lo ha arrojado. Marcas de ordenadores y el estado en que se encuentran, por ejemplo, varían mucho según la pasta de quien lo haya estado utilizando hasta el momento en que ya pasan a mejor vida. La sección de papel también ofrece una información valiosísima sobre los que vacían bolsas llenas de revistas, papeles, documentos e incluso libros. Puedes saber hasta la edad y a qué se dedican los recicladores. 

Es fácil seguir sacando conclusiones de este tipo así que paro, la idea ya ha quedado suficientemente clara. Pasemos ahora al otro punto, mucho más importante, sobre los P.L. que decía al principio, sus consideraciones filosóficas.

Como ha quedado claro, últimamente visito mucho el P.L., con amargura he de añadir, pues pocas cosas que abandono allí realmente me molestaban. He dicho "abandono" a conciencia. A un P.L. hay que ir a tirar cosas, no a abandonarlas, la diferencia está en el vínculo que cada cual ha creado con esas cosas, y por tanto la sensación cambia de sentir alivio, a notar dolor de conciencia. 

Los últimos 26 años de mi vida he estado viviendo en una casa en la que he ido acumulando cosas, muchas cosas he de confesar, que ahora tengo que desprenderme de ellas pues me mudo a otra casa, y ya sabemos que las mudanzas hay que aprovecharlas para romper con el pasado. No sé por qué, pero eso es lo que todo el mundo me dice y aconseja, entiendo que con la mejor intención. Puede ser que tengan razón. Yo lo veo de la siguiente manera. A medida que nos movemos por la vida, nos pasa como a los barcos navegando por los siete mares, exactamente lo mismo, a ellos en el casco y a nosotros en nuestras casas: acumulamos adherencias. Siento que se me han ido pegando un montón de lapas, percebes, mejillones, algas y pequeños crustáceos por todo el cuerpo y ahora no me queda más remedio que desprenderme de todos esos viejos compañeros. Según se mire puede ser un alivio, es lo que me repiten los que me ven cargando cajas en el coche camino del P.L. pero yo no puedo evitar sentir que estoy abandonando una parte importante de mí mismo, esos percebes estaban tan incrustados en mi viejo casco que los voy a echar de menos. 

Y eso que aún me quedan miles de cajas por llevar al P.L. quizá millones, no sé.

En fin.








martes, 23 de febrero de 2021

El gallipato



Casi siempre que alguien dice, "respetamos la decisión del juez" lo que realmente quiere decir es que acata la decisión, que no es lo mismo, y debería añadir, porque no queda más remedio. Seamos serios, hay decisiones judiciales que no merecen ningún respeto aunque de todas formas haya que acatarlas. Obedecer no es respetar aunque sería estupendo que lo primero siempre fuera consecuencia de lo segundo. 

También decimos que nunca segundas partes fueron buenas, en alusión a que más vale no insistir y también refiriéndose a secuelas de películas, y de eso nada monada, todos tenemos ejemplos de segundas partes que superan a las primeras. O que madre sólo hay una. Ya, ¿quién no tiene un amigo que ha pasado por varias en busca de la madre definitiva?

Frases así de estupendas hay a montones, que circulan por el mundo con la etiqueta de verdades incuestionables mirando por encima del hombro a las demás, sin darse cuenta de que en este mundo no hay nada que sea verdad incuestionable. Ni siquiera la constante de gravitación universal tiene un valor exacto reconocido, de hecho, nos manejamos con una aproximación con la que vamos tirando.

Últimamente me ha dado por meterme con la frase la naturaleza es sabia, dudando cada vez más de que eso sea cierto. ¿Qué tiene de sabio la existencia del tritón pleurodeles waltl, sobre el que hablaré dentro de un momento? o por ejemplo, lo que está haciendo el virus Covid, tan natural él. Resulta que para sobrevivir a los ataques que estamos lanzando para combatirlo, muta en una nueva versión de sí mismo. Hasta aquí, buena estrategia, pero resulta que las nuevas cepas son más mortíferas, de modo que cuando ocupa un cuerpo humano en el que vivir, va y lo mata en nada de tiempo. Oh, qué listo, cuánta sabiduría, ¿no se ha dado cuenta de que con la muerte del cuerpo en el que se mete él también dejará de existir?

Pero sobre el virus ya he escrito un libro (1), hablemos ahora del tritón pleurodeles waltl, más conocido por el simpático nombre de gallipato. Este sabio animalito ha desarrollado una estrategia de defensa de lo más chocante. Cuando se ve amenazado, muy amenazado, ya en las fauces del predador que lo quiere engullir, sus costillas salen al exterior perforando su piel con la esperanza de clavarse en algún lugar del atacante. Las costillas secretan un veneno, que para tranquilidad de aquellos que quieran comerse un gallipato en vivo, no afecta a los humanos.

Poco más tengo que añadir sobre el gallipato, salvo que está en peligro de extinción. No me extraña, la verdad.


(1) La sonrisa escondida, escrito a pachas con mi amigo Javier Pioz.






MI WEB

domingo, 7 de febrero de 2021

Manías que se pierden.

 




Todos tenemos manías, que no es otra cosa que costumbres que no estamos dispuestos a abandonar así como así. Mis amigos más cercanos coinciden en que una de mis manías más detestables es que no me gusta alargar demasiado las veladas después de cenar y que más allá de las doce y media empiezo a revolverme incómodo en mi asiento buscando la manera de abandonarlo sin resultar excesivamente descortés. Mi ídolo en este sentido, y en otros más evidentes, es Neruda, que según cuentan, cuando reunía a sus amigos en su casa llegaba un momento en que se levantaba, se dirigía al mueble bar y se ponía una bebida en otra copa diferente a la que había estado usando hasta ese momento. Esa era la señal que todos conocían, sabían que esa copa era la última y que antes de que diera cuenta de ella, todos deberían despedirse educadamente agradeciendo el buen rato que habían pasado. 

No sé qué motivos tenía Neruda para no alargar las reuniones nocturnas, en mi caso es porque me gusta madrugar. Todos los días me levanto sobre las siete y media de la mañana, independientemente de que sea festivo o no, invierno o verano, haga frío o calor, o tenga tareas que hacer o se me presente un día de absoluta holganza. Es una manía, supongo, pero es así, me gusta madrugar y no estoy dispuesto a sacrificar un amanecer por un par de horas de trasnoche. Pero..., pero hace un par de meses más o menos, cambié sin darme cuenta mis horarios y en lugar de levantarme a las siete y media me levantaba a las ocho, ocho y media, incluso a veces seguía dormido hasta las nueve. El más sorprendido era yo. Lo curioso es que me levantaba tan tarde manteniendo mi hora de acostarme inmutable, que es siempre a las once, o antes. Después, una vez fuera de la cama, seguía con mi maravillosa rutina de prepararme un desayuno digno de un rey, con parsimonia, casi desesperante lentitud, poniéndome al corriente de las noticias y disfrutando del frescor que a esas horas aún se mantiene. 

Un pequeño cambio, nada importante. Pero se trata de un cambio que ha continuado. Después de las nueve de la mañana, empecé a levantarme a las diez, y luego a las once. Ya no podemos hablar de sorpresa, ahora era presa del estupor. ¿Yo, levantándome como una vieja actriz de Hollywood? Eso no podía ser, pero era, y lo peor de todo es que la cosa empeoró. Pasé a levantarme a las doce del mediodía y como mis desayunos seguían siendo pantagruélicos, retrasaba mi hora de la comida, que siempre se había mantenido a la una y media en punto. Otra manía.

Vaya plan, qué forma tan penosa de desperdiciar el día, pero ahí no acabó la cosa. Pronto cogí la costumbre de, una vez terminado el desayuno, volver a la cama. Solo un ratito, lo justo para leer un poco, pero a veces me ocurría que me quedaba con el libro caído sobre el pecho profundamente dormido. 

En seguida empecé a levantarme a las dos de la tarde, seguía desayunando como un animal, y naturalmente ya no comía, de modo que volvía a la cama después del desayuno a echarme la siesta. Me levantaba de la siesta sobre las cinco de la tarde, me duchaba, miraba por la ventana y poco más. 

No es difícil imaginar lo que vino después. Empecé a levantarme más tarde de las tres o las cuatro de la tarde, desayunaba como siempre, volvía a la cama, me ponía el despertador a las siete de la tarde para que me diera tiempo a preparar la cena, cenaba y volvía a la cama antes de las once. Leía como he hecho toda mi vida, hasta que el sueño me hacía repetir la lectura de un párrafo tres y cuatro veces, resistiéndome a abandonar el mundo consciente, y finalmente  me quedaba dormido como un tronco durante dieciséis horas, que enseguida pasaron a ser veinte. En ese punto, ya no me duchaba, simplemente me levantaba, me preparaba un desayuno cada vez menos copioso, volvía a la cama y ya, sin leer más allá de un par de frases, me quedaba dormido durante veintitrés horas. Solo estaba despierto el tiempo de prepararme el desayuno y comérmelo silenciosamente con la cabeza hundida en los hombros preguntándome qué me estaba pasando.

Desde hace una semana ya he dejado de desayunar, también de levantarme, ¿para qué? Hoy me he despertado hace media hora y sé que en cuanto termine la última línea de lo que estoy escribiendo, me quedaré de nuevo dormido.

Hasta mañana. Espero.








martes, 19 de enero de 2021

Menuda trompa

 



El concurso Saber y ganar es  de las pocas cosas que veo en televisión, más que por interesante, porque me pilla indefenso en el sofá, en mitad de la digestión y tratando de descubrir alguna señal del paso del tiempo en Jordi Hurtado. Es un concurso de cultura general con algunas pruebas de rapidez mental donde siempre puedes aprender algo. Muchas veces lo que aprendes es realmente sorprendente. El otro día por ejemplo, me enteré de que la trompa de un elefante tiene 100.000 músculos. ¡Qué pasada! me dije aún suponiendo que tendría muchos, ¿pero 100.000? 

Mi curiosidad me obligó a consultar en Internet, el gran oráculo, y tras desechar las primeras informaciones, muy superficiales la mayoría, llegué por fin a una página que parecía seria y resulta que sí, el dato es correcto. Exactamente la cosa es así: la trompa está compuesta por 40.000 músculos divididos en seis grupos principales que están subdivididos en 100.000 unidades musculares. Esta estimación fue realizada por el naturalista francés Georges Léopold Chrétien Frédéric Dagobert Cuvier, más conocido como Baron de Cuvier, para ahorrar tiempo. Este señor vivió a caballo entre los siglos XVIII y XIX, y fue un gran promotor de la anatomía comparada y de la paleontología donde también destacó. Fue el primer científico en suponer que la extinción de los dinosaurios se debió a una catástrofe natural, y el primero también en clasificar el reino animal desde el punto de vista estructural o morfológico, pero nos estamos alejando de la senda de los elefantes y su proboscis. Sobra decir que la estimación del Barón de Curvier fue totalmente acertada.

Tanta complejidad en una nariz tiene sentido pues el elefante utiliza la trompa prácticamente para todo. Para oler, por supuesto, y cuando vemos a un elefante con la trompa levantada es que está buscando en el aire rastros de enemigos o de otros elefantes o de lo que sea, también elefantas en celo. También la usa para beber, para comer, para ducharse, para defenderse, para rascarse los ojos y las orejas, para tirar objetos, para levantar cosas pesadas, hasta 270 kilos y también para tratar con delicadeza otras... la trompa del elefante es como una navaja suiza multiusos a lo bestia, un órgano exploratorio, funcional e imprescindible cuyo manejo exige mucha práctica y experimentación. Los elefantes pequeños tardan muchísimo tiempo en aprender todas las posibilidades que les ofrece su trompa y eso que son muy inteligentes, pero es que manejar a la perfección un órgano con 100.000 músculos debe ser como aprender a pilotar un caza.

Todo esto nos enseña una cosa a los seres humanos que en total, en todo nuestro cuerpo sólo tenemos 639 músculos, algunos que da pena verlos. Nos ensaña algo muy importante, pero no seré yo quién lo diga, que cada cual saque su propia conclusión.



TiTo


viernes, 15 de enero de 2021

Generosidad

Lágrima congelada, no sé si de risa o de pena.



Según los datos de la Organización Nacional de trasplantes, nuestro país es ejemplo de generosidad en el mundo entero a la hora de dar desinteresadamente lo que ya no necesitamos; somos los que mayor número de trasplantes y donaciones hemos realizado durante los últimos 28 años. Una hazaña consecutiva de la que tenemos que sentirnos orgullosos. No nos duelen prendas a la hora de desprendernos de nuestras vísceras si con ello ayudamos a un prójimo a que siga con vida. Tanta solidaridad a mí me llena de patriótica satisfacción aunque he de reconocer que hasta la fecha yo no he contribuido en absoluto a mantener tan loable récord. Supongo que alguno de mis órganos, exceptuando el hígado que no se lo recomiendo a nadie, podría serle útil a quién ande necesitado cuando yo vaya camino del Valhalla, pero no sé cómo hacerlo, me enteraré a ver. Mientras tanto, me ofrezco a otro tipo de generoso comportamiento e invito a todos a que consideren la idea. Verás.

Hay una canción del grupo setentero Aguaviva cuya letra es una poesía de Gabriel Celaya que ha inspirado la idea que os voy a contar. Quizá no tenga demasiado que ver, por eso es inspiración, si no, sería plagio. 

En un momento dado, se lee o se escucha, el verso:

yo me alquilo por horas, río y lloro con todos.

Luego sigue:

pero escribiría un poema perfecto

si no fuera indecente hacerlo en estos tiempos.

Este par de versos ya no vienen al caso, los he puesto porque a mí particularmente me parecen estupendos aunque carezcan de importancia argumental para lo que voy a contar, que es lo siguiente:


Hay muchas personas que les falta algo, no vital pero si muy importante, quizá no tanto como el hígado o el corazón aunque más que el páncreas que en realidad no vale para gran cosa (Una persona sin páncreas puede vivir normalmente sin ningún problema, siempre y cuando se someta a un tratamiento de reposición de las hormonas y enzimas producidas por esta glándula). Me refiero a las emociones. Pues bien, yo me ofrezco a hacer donación de emociones y trasplante de lágrimas. 

La idea va mucho más allá de simplemente poner un hombro para quién necesite consuelo se apoye en él, eso ya está muy visto. Yo me refiero a algo mucho más físico, como donar un riñón. Hay muchas personas que son incapaces de sentir emociones, y esa insuficiencia es porque les falta algo en el hipotálamo, alguna pella de células especializadas en empatía que no funcionan correctamente o quizá nunca existieron. Pues bien, en estos casos yo me ofrezco a emocionarme por ellos, por supuesto sin tocar mi hipotálamo del que me siento particularmente orgulloso. Soy lo que se dice una persona de lágrima fácil, lloro con casi todo, al principio trataba de ocultar mi predisposición al moqueo disimulando como que se me había metido una pelusilla en el ojo, pero ahora, doy rienda suelta a mis mocos y lagrimas y lloro que da gusto. Pues bien, ya que yo tengo tanta facilidad para emocionarme por las cosas más insignificantes, me parecería un acto de egoísmo no compartirlo, de modo que estoy dispuesto a prestarme para llorar cuando alguien vea que la ocasión lo requiere pero le falta lo que hay que tener para conseguir un buen llanto desconsolado. Ojo, que puedo llorar tanto de pena como de risa, tengo lágrimas de los dos tipos y estoy dispuesto a donarlas a mis prójimos más firmes en mantener la compostura. 

Todo esto lo hago por generosidad sin esperar nada a cambio y garantizo sinceridad en mis emociones, nada de fingimientos. No soy una plañidera, sino una persona sensible que sabe llorar cuando es necesario, nada más eso.

Pues ya lo sabéis.

Os pongo el enlace a la canción de Aguaviva con letra de Celaya que decía antes. Merece la pena escucharla.



Ya he mirado cómo hacerse donante de órganos, si alguien está interesado se puede informar aquí:

    Organización Nacional de Trasplantes.