jueves, 6 de junio de 2019

La loca de los gatos






Sé que no es la mejor, que existe una variedad enorme de formas de despertar que superan a la mía, algunas muy interesantes, pero me encanta la manera en que empiezo el día. Todas las mañanas, a las siete en punto, mi gato salta sobre mí, se tumba cuan largo es sobre mi pecho y me da los buenos días (siempre duermo boca arriba y de esa postura no me muevo en toda la noche, parece que me he muerto. Quién sabe, lo mismo). Algunos pueden interpretar que mi gato lo que busca es despertarme para que le ponga el desayuno, pero se equivocan, esa forma que tiene de meterme las vibrisas (así se llaman los bigotes de los gatos) por los ojos, las narices y la boca, es de puro cariño, nadie que lo vea puede interpretar que ese gesto esconde motivos egoístas. Claro, que  nadie lo ve, estaría bueno. Me saluda, yo correspondo rascándole debajo de la barbilla, él ronronea y todos tan contentos. Así, día tras día. ¿Por qué hacemos esto, y aquí incluyo al gato? Lo suyo está clarísimo, acomodarse en un sitio calentito que sube y baja acompasadamente tiene que ser una juerga, ya me gustaría a mí tener a alguien a quien subirme por las mañanas  de un salto y que me rascara la barbilla. Si encima me mece, la dicha sería completa. En cuanto a mí, lo hago, o mejor dicho, dejo hacer, porque me gusta recibir cariño, me da igual que sea de un gato.
Luego, a lo largo del día, el gato aparece y desaparece de escena, siempre sorpresivamente, como un enigma con patas y bigotes, colándose por las rendijas de las puertas, o quizá atravesando los muros, no tengo ni idea porque nunca lo veo, y de vez en cuando repite su saludo.




Me gusta, insisto, pero… entiendo que haya personas que no entiendan mi amor correspondido por los gatos, incluso puedo entender que  vean un fastidio en lo que yo considero momentos placenteros, pero lo que jamás entenderé es que me miren como si yo fuera un bicho raro. Raro porque me gustan los gatos.
Esto que acabo de contar aprovechándome de que nadie me puede responder, si lo digo públicamente, habrá muchos que digan con desprecio: “mira éste, tá chalao”. Siempre ha sido así, los amantes de los animales tienen su público y fuera de él, todo es incomprensión, pero los amantes de los gatos… además esos están locos.
Cerca de donde yo vivo, hay una señora que todos los días da de comer a los gatos callejeros; es la loca de los gatos. Todo el mundo la conoce como la loca de los gatos. El otro día la conocí por casualidad, por eso estoy escribiendo este artiblog, y es una señora que preside el consejo de administración de una importante empresa, habla perfectamente el español (es que es americana), además del francés y ha estudiado en Harvard, de verdad, no como Casado. Como una cabra, vamos.
La loca de los gatos, porque hay que estar loco para intentar que no se mueran de hambre unos animales que si pudieran te despertarían dándote los buenos días como hace mi gato. 
Estamos en un mundo de atar.











jueves, 2 de mayo de 2019

Día del trabajador (feliz)








Ya he hablado en otras ocasiones de lo mucho que nos gusta fijar días para la celebración, el recuerdo o el homenaje de algo. Está bien pero hay días y días. El día de la madre, es mi preferido, quizá porque echo mucho de menos a la mía; el de los enamorados tampoco está mal, aunque muchos esperamos más de él, o el día sin humo…, podría decir muchísimos días que da gusto levantarse por la mañana dispuestos a celebrarlo por todo lo alto. También hay otros que no son de celebración, sino de reflexión, como el día del cáncer (de la lucha contra el cáncer), o el día de la erradicación de la pobreza infantil. Y luego está el día del trabajo, que yo no lo encajo en ninguna categoría. Vamos a ver, para celebrar, estrictamente celebrar, lo que entendemos por celebrar, no es. A mi no me sale de natural decirle a alguien, “feliz día del trabajador”, mucho menos si está en el paro, pero tampoco si está presidiendo el consejo de administración de una gran multinacional. Estar ocho horas diarias, día tras día, repitiendo las mismas cosas, más otro par de horas metidos en un atasco para llegar siempre tarde, no es para festejarlo. Antes, había amos y esclavos, luego amos y empleados y ahora hay autónomos que consiste en ser amo y esclavo simultáneamente. Es el mayor ejemplo de eficacia, juntar en la misma persona los dos papeles; pero no solo supone un ahorro, también, y esto es mucho más perverso, elimina la posibilidad de la sublevación. Los esclavos no se pueden levantar contra el amo, cuando el amo son ellos mismos. La idea es genial, se acabaron las revoluciones. Y para que el trabajador quede definitivamente convencido de su enorme suerte siéndolo, se acuña la frase, “con mi trabajo me siento realizado”. ¿Realizado? ¿Cómo que te sientes realizado? ¿qué significa eso? Pues lo voy a decir: no significa absolutamente nada, pero tiene el poder balsámico de las jaculatorias. De hecho es una jaculatoria, y funciona exactamente igual que decir “estrella matutina, ruega por nosotros”.
Reconozcámoslo, el hombre es un animal perfectamente capacitado para el ocio, y escasamente para el esfuerzo. Esto ha sido así desde antes de la invención del fuego, y todo lo demás son inventos e imposiciones; nos gusta entretenernos con cosas que no tienen por qué ser necesariamente útiles, y gracias a esa habilidad existe el arte. El homo sapiens, es sapiens, porque es homo ludens, o al revés, en algún orden irá, pero lo que no encaja en la ecuación es el homo laborans.
En fin, podría extenderme mucho más, y hablar de las enfermedades psíquicas y psicológicas (alguna diferencia habrá) que aquejan al hombre actual, urbano, profesional, y tecnológico, pero esa reflexión la dejo para que cada cual se la haga, si le apetece.
Ayer fue el Día del trabajo, y es cuando tendría que haber escrito este artiblog, pero me apetecía mucho más salir a pasear por el campo. Hacía un día estupendo para celebrar que hacía un día estupendo.











sábado, 27 de abril de 2019

Jornada de reflexión




                       Recuerda que tu partido ideal NO existe, pero el opuesto sí.












sábado, 6 de abril de 2019

Sócrates y los saltamontes





Hoy me he levantado con ese tipo de felicidad inconsciente que te proporciona el no pensar en profundidad. Es un estado que se da con mucha frecuencia los sábados. Los domingos menos, pues ya desde por la mañana empiezas a ponerte trascendente. Los creyentes lo tienen más fácil, como todo, pues con ir a misa ya han cumplido con la cuota de trascendencia exigida, pero no quiero adelantarme, estamos todavía en sábado.
Me he levantado, decía, feliz, estúpidamente feliz pero feliz al fin y al cabo. Luego, al final de la mañana la cosa se ha torcido, y he terminado por reflexionar sobre la vida, lo que como casi siempre, me ha llevado al abatimiento. Como dato anecdótico, confesaré que ha sido la contemplación de unos saltamontes lo que ha desencadenado el desastre y ha hecho que mi estado pasara del adormecimiento ovino a la inquietud de primate evolucionado. Para más detalles se trataba de unos saltamontes comestibles que venden en unas cajas de diseño. Ahora, que ya comemos quinoa, chía y kale, estaba cantado que pronto le llegaría el turno a los saltamontes.
Pues yo he pasado de los saltamontes a Sócrates, así, plas, y con Sócrates ya se sabe lo que pasa. He pensado en su muerte por encargo, un juicio contra la razón en el que como otras muchas veces, salió perdiendo. Tuvo que beber un vaso de cicuta como castigo por su falta de creencia en los dioses, y el peligro que entrañaba su ejemplo entre la juventud. Minutos antes de su muerte desconcertó a los presentes con una petición que todos veían fuera de lugar, pero que era toda una filosofía sobre la vida. Pidió, probablemente a Critón, uno de sus discípulos, que no se le olvidara mandar un gallo a Asclepio una vez que él muriera. Critón (sigo en la suposición de que fue a él a quién le hizo el extraño encargo) con lágrimas en los ojos, por la pena y porque no entendía lo del gallo, no dijo nada. Sócrates insistió:
    -En cuanto la cicuta haya terminado su destructiva labor y haya acabado con mi vida, envía un gallo a Asclepio.
Critón buscó ayuda con la mirada entre los otros asistentes para ver si alguno se animaba a decir algo, pero todos se hacían los distraídos disimulando como podían.
    -Maestro –dijo Critón con voz temblorosa-. ¿Un gallo a Asclepio, quieres que le mande un gallo al dios de la medicina?
Sócrates sonrió como sólo saben sonreír los sabios, con una suficiencia que no ofende, una sonrisa totalmente vedada para los necios. Por un momento Critón tuvo un impulso de gritar de alegría.
    -La costumbre es mandar un gallo a Asclepio –dijo el discípulo entre sorprendido y jubiloso-, cuando el enfermo se ha curado como agradecimiento a su intercesión ante la muerte... ¿acaso la cicuta no va a hacer su mortal efecto?
Sócrates apartó esa idea con la mano como si hubiera una mosca a punto de posarse en su nariz.
    -Por su puesto que la cicuta me va a matar, capullo.
Luego puso un tono de voz adecuado a las circunstancias y dijo irguiéndose en su camastro.
    -Por eso quiero que le mandes un gallo a ese dios, porque la vida es una enfermedad que se cura con la muerte.

¿Por qué me he acordado de esas palabras viendo unos saltamontes? Eso es otra historia que quedará entre los saltamontes y yo, el caso es que he terminado la mañana de manera muy diferente a cómo prometía.







jueves, 28 de febrero de 2019

Cementerio de maletas










Cuando viajo en avión, jamás me ha dado por pensar que me pueda pasar algo, ni al despegar ni durante el vuelo ni en el aterrizaje, sin embargo, en cuanto llego a mi destino y estoy delante de la cinta transportadora de equipaje, siempre me pongo en lo peor. No hay vuelo que yo haga que no tenga la firme certeza de que mis maletas se han perdido. Nada más bajar del avión ya me empiezo a angustiar y a preguntarme qué voy a hacer durante tanto tiempo en esa ciudad sólo con lo puesto. Cuando llego a la zona de recogida de equipajes la cinta aún no está en marcha pero la ansiedad que me produce ya ha empezado a atormentarme. De repente, tras un ruido característico de arranque, se pone en movimiento y empiezan a aparecer las primeras maletas que desfilan tambaleándose indisciplinadamente, mareadas después del trayecto. Todos los viajeros escrutamos el despliegue de bultos como águilas al acecho de sus presas, y enseguida aparecen manos que empiezan a capturar lo que es suyo en un continuo revuelo. Me recuerda el festín que se dan los cormoranes cuando encuentran un banco de arenques. De mi maleta por supuesto ni rastro.
Luego, poco a poco los pasajeros se van alejando satisfechos con los carritos repletos de maletas. No puedo evitar mirar de reojo por si alguno ha tenido la indecencia o el error de capturar la mía. Tampoco puedo evitar pensar que cómo puede alguien viajar con tal cantidad de equipaje, me parece una barbaridad, los riesgos de perder algo se multiplican innecesariamente. Al final quedamos no más de diez personas que nos miramos con la complicidad de los que están condenados a muerte. Luego de diez pasamos a nueve, ocho…, cinco, y en ese momento ya me siento el hombre más perdido del mundo. Estar en un aeropuerto, en una ciudad lejana, sin maleta, es la imagen de la desolación.

He consultado los datos que hay sobre este asunto y solo en Europa, se pierden 10.000 maletas al día, pero no todas se recuperan; el 15 % acaban en el olvido. Eso significa que al cabo del año, hay 547.500 maletas que jamás llegarán a manos de sus dueños. ¿A dónde van a parar? ¿Qué pasa con todas esas camisas limpias, pijamas, neceseres, zapatos para ir a la ópera o a la playa, calzoncillos, regalos absurdos para amigos que hace tiempo que no vemos, incluso máquinas fotográficas? Pues pasa que acaban en una subasta. En el aeropuerto de Frankfurt, por ejemplo, se subastan al día 400 maletas distribuidas en pequeños lotes. La subasta es a ciegas y no sabes lo que te va a tocar, salvo que seas uno de los muchos especialistas que acuden con la esperanza de encontrar algún tesoro en alguna de las maletas que adquieren. “Huelen” el lote que puede ser más interesante y pujan por él como los marchantes entendidos en arte lo hacen en Sotheby’s. Esto me hace pensar en que realmente hay gente para todo. También me hace pensar si no es más interesante pujar por un montón de maletas perdidas cuyo contenido es un enigma,  que por un cuadro que ya sabemos de antemano lo que puede valer. Y no olvidemos el morbo de hurgar en una maleta ajena, que no tienes ni la menor idea de a quién pertenecía. Impagable.  
Personalmente, a mí todo esto me resulta muy reconfortante, pues prefiero pensar que mi estupenda chaqueta que iba en la maleta que me perdió American Airlines en San Francisco, finalmente alguien la pudo lucir con mi elegancia. Una elegancia adquirida en una subasta.




jueves, 14 de febrero de 2019

Una historia de amor







Hace mucho tiempo leí una noticia sobre el amor que se profesaban dos perros (perro y perra), hasta el punto de que uno de ellos sacrificó su vida por  el otro, que me hizo llorar desconsoladamente. No hay nada que temer pues  no pienso contar la historia, solo mencionarla. Aprovecho para decir que algo pasa con los perros en cuanto a su capacidad de querer, porque se pueden contar millones de historias de amor de perros hacia sus amos, aunque para mí, incluir la palabra amo en una relación de amor no encaja nada bien, a pesar de que ambas palabras comparten el 80% de sus letras.

No sé qué tienen las historias de amor, pero por lo general no suelen gustar a nadie. Que si son cursis, que si resultan empalagosas, que no se las cree nadie, que si patatín que si patatán, y por supuesto que son para chicas. Sin embargo, tengo que confesar que a mí sí me gustan, incluso me emocionan; ojo, solo las de amor auténtico.

De todas las historias de amor que conozco hay una que impresiona por su autenticidad. Se trata de la más larga de cuantas historias de amor se conocen, exactamente dura seis mil años. Y los que te rondaré morena. No se sabe muy bien cómo ocurrieron los hechos, imposible saberlo, pero el caso es que se han encontrado dos esqueletos unidos en un abrazo, un abrazo eterno, que da testimonio de que o bien murieron juntos, al mismo tiempo, o bien, la diferencia entra la muerte de uno y otro es tan pequeña que sus seres queridos decidieron enterrarlos juntos.





Un amor que por increíble que parezca, después de 6.000 años sigue como el primer día, mejor dicho, como el último. Un amor para toda la muerte, que siempre es mucho más duradero que un amor para toda la vida. La tumba que contiene los restos de los dos enamorados se encuentra en una necrópolis neolítica, un yacimiento arqueológico que tiene el inapropiado nombre de Campo de Hockey. Está en San Fernando, en Cádiz. 
Científicamente se trata de un varón de unos cuarenta años de edad que vivió hace seis mil años, y una hembra bastante más joven de la misma época. Literariamente se trata de un amor eterno, un amor en que cada uno estaba por los huesos del otro, y así siguen.
Historias como ésta son las que hacen pensar que el amor eterno sí existe. Felicidades.






martes, 12 de febrero de 2019

Un planeta de mierda (científicamente hablando)








Según opinión de la gran mayoría de biólogos, vamos a conseguir que la Tierra sea un planeta de mierda. Así, dicho con esa contundencia científica que no admite lugar a dudas.  He escuchado en la radio, fuente inagotable de sabiduría, que la agricultura, tal cómo se está llevando a cabo en la actualidad, es la gran culpable. Fíjate, con lo inocente, natural y bucólica que parece de lejos. Pues resulta que no. Toda la tragedia se debe al uso de plaguicidas y productos químicos pesticidas que están acabando con una cantidad impensable de insectos, principalmente abejas, mariposas y escarabajos. En esta misma noticia se hablaba de una disminución en la masa total de insectos en la tierra de no sé cuántas miles de toneladas al año. Cuesta trabajo imaginarse toneladas de insectos sin torcer el gesto, pero su desaparición significa una ruptura terrible en el equilibrio ecológico que mantiene la sagrada cadena trófica en orden. Los insectos, desde su aparición al final del periodo Devónico hace casi 400 millones de años, se encuentran en la base estructural y ya sabemos que cualquier alteración en la interrelación de los seres vivos del planeta tendrá sus efectos en el planeta en su conjunto, no solo en los directamente afectados. Con la desaparición de las polillas, no solo son las polillas las que desaparecen.

No digo esto para concienciar a nadie, pues por mucho que se conciencie quien esté leyendo este artiblog, no va a ser capaz de cambiar nada, además estoy convencido de que todo el mundo lo sabe y que no estoy descubriendo nada nuevo a nadie. Lo impactante de la noticia, para mí, y por eso aparece en este artiblog, es el perfecto equilibrio que se ha alcanzado, a lo largo de millones de años de evolución, entre todas las especies de animales y plantas. Todos dependen de todos, y aunque aparentemente no haya ninguna relación entre una medusa que flota estúpidamente en el Índico y un oso hormiguero que se relame pacíficamente en algún lugar de Sudamérica, si que existe. Todo es cuestión de dejar el tiempo necesario para que uno acabe echando de menos al otro, pues una red invisible mantiene a todas las especies vivas en contacto. También intervienen las plantas, pues también tienen vida.

La vida, se esfuerza en demostrarnos lo maravillosa que es, y nosotros en lugar de quedar fascinados por su magia, hacemos cosas que estúpidamente conducen a su destrucción.

Pero eso no es lo peor. Aprovecho el momento para comunicar algo que está bastante relacionado con este artiblog, y es que muy pronto voy a lanzar al ciberespacio La tertulia perezosa en versión podcast. Algunas veces también aparecerá en Youtube.

Todo, todo, absolutamente todo está interrelacionado, resulta increíble.





                                                             MUY PRONTO, ANTES DE LO QUE QUISIERAIS












miércoles, 30 de enero de 2019

Meditación







Este año me he metido en un curso de meditación. En otro, es la segunda vez en mi vida que lo hago; la primera tuvo escasos resultados por culpa de mi inconstancia. También por culpa de mis prejuicios. También por culpa de mi sentido crítico. También por culpa de que tenía una lesión de rodilla y no podía sentarme en posición de loto. También porque me quedaba dormido. Creo que aún intervinieron más razones para que no consiguiera alcanzar el buscado mindfullness, pero en esta ocasión me lo estoy tomando mucho más en serio y no voy a permitir que nada, ni yo mismo, me impida por fin ser un maestro de la meditación. De momento llevo cuatro sesiones (sin dormirme, palabra) y estoy muy ilusionado. También algo perplejo, pero empecemos por el principio.

¿Por qué un curso de meditación? Cada animal de este planeta, a lo largo de millones de años de evolución, ha desarrollado y perfeccionado su estrategia de supervivencia, su especialidad que permite a sus egoístas genes ilusionarse con la inmortalidad. Todo bicho viviente tiene su ”truco” para mantenerse vivo el mayor tiempo posible, truco que transmite a las siguientes generaciones. Precisamente el truco de nuestra especie, consiste en tener un cerebro capaz de suplir la carencia de garras, potentes mandíbulas, formidables piernas que nos permitieran alcanzar velocidades impresionantes, alas para salir volando, o cualquier otra habilidad que han adoptado otros animaluchos. Es decir, nuestra especialidad es pensar, dar vueltas a las cosas hasta conseguir entenderlas y una vez entendidas, seguir dándole vueltas hasta que además se nos ocurra como dominarlas, evitarlas o poseerlas.

Eso, claramente es meditar, ¿no?, entonces, por qué tienen tanto éxito los cursos de meditación. Es como si los guepardos se metieran en cursos de correr rápido o los lenguados en otros de cómo pasar desapercibidos en el fondo arenoso de los mares.

Aquí hay algo que no encaja, ¿por qué sentimos la necesidad de hacer cursos sobre algo que es precisamente nuestra especialidad? Esto me lleva a pensar, en una primera meditación, que algo estamos haciendo mal, muy mal, en esta sociedad que hemos creado, que necesitamos parar veinte minutos al día para hacer lo que se supone que nos tiene que salir como los trinos a un jilguero, así, de forma natural y sin cursos ni preparación.

El caso es que después de cuatro sesiones, solo cuatro sesiones, veo que estos cursos de meditación son fundamentales, funcionan, todo el mundo debería hacerlos,  y que realmente ayudan a que el día transcurra de una forma más agradable y placentera. No es broma. Esto significa, que yo en particular, estaba haciendo algo rematadamente mal. Ahora que ya sé meditar, me doy cuenta.

Allá vosotros.








viernes, 18 de enero de 2019

Años vacíos








No hay nada más atrasado que el periódico del día anterior, dicen. A mí siempre me ha parecido una exageración, aunque entiendo perfectamente la idea que se quiere transmitir de fugacidad de la actualidad. Y es verdad, el presente solo dura como presente un instante, inmediatamente pasa a ser pasado, pero si un diario al día siguiente de su publicación ya nos parece que pertenece a la historia, qué pasa con algo que abarque un periodo de tiempo mayor a un día. Un año, por ejemplo.

Hoy es día 18 de enero y aunque ya me he acostumbrado perfectamente a que estamos en el año 2018, perdón, 2019, aún tengo morriña del anterior, y la morriña, ya se sabe, nos lleva a rebuscar entre papelotes. No solo fotos, también papelotes, y entre los papelotes que he rebuscado de repente ha aparecido un sobre bastante gordito con algo en su interior que hace que sea eso, gordito. Lo he abierto, sorprendido por no haberlo hecho en todo un año, y ¿qué me encuentro en su interior? Pues nada más y nada menos que un calendario de mesa, sin estrenar, aún con su envoltorio de plástico transparente, del año 2018. Yo, como todo el mundo, recibo varios calendarios y siempre utilizo uno, solo uno los otros los tiro, para anotar las cosas que tengo pendientes para hacer cada día, de modo que todos mis calendarios al final de año son un follón de notas que se superponen unas a otras. Pero este calendario que me he encontrado en su sobre, estaba inmaculado, impecable, virgen... coño, sin estrenar, ya lo he dicho. Esto tiene mayor alcance de lo que parece a simple vista. Es toda una metáfora. Un calendario del año anterior, vacío, con todos sus días en blanco, representa un año que no se ha utilizado. Un año que se ha tirado a la basura, tal como yo acabo de hacer con el que me he encontrado de 2018 en su envoltorio. 365 días idénticos, ninguno con nada destacable que hacer, son 365 días desaprovechados, un desperdicio. Tenemos que ser más cuidadosos y tratar de dar contenido a cada día que tenemos por delante, llenarlo de anotaciones, es la única manera que conozco de estar vivo. Esa es nuestra responsabilidad. No es necesario organizar expediciones a Alaska los martes, bajar a un volcán los miércoles y dar de comer a los tiburones los viernes, basta con pequeñas cosas que hacer, un simple paseo puede valer, o visitar a un amigo o ir a ver un espectáculo.

Ahora mismo, para reafirmar todo lo que he dicho, voy a coger mi recién estrenado calendario del 2019 y al buen tuntún voy a anotar en un día cualquiera, salir a dar un paseo largo por el campo. Espero que llueva pues me encanta andar bajo la lluvia.