domingo, 14 de octubre de 2018

Zona de confort







Últimamente se está poniendo de moda entre mis amigos echarme broncas. Que conste que me importa tanto como que se pongan de acuerdo en regalarme corbatas, tanto caso voy a hacer a las unas como a las otras. Lo misterioso del asunto es que todos encuentran el mismo motivo sobre el que abroncarme. Siguiendo con el símil anterior es como si cada uno me regalara la misma corbata verde con topitos amarillos sin ninguna variación entre una y otra. Un tedio.
Mi sensación es que quedaron para cenar un día en que yo no podía asistir, o lo más probable, que organizaran la cena sin ninguna intención de invitarme, y a los postres, después de hablar de lo mal que está el mundo hablaran de lo mal que estoy yo y como son amigos míos, decidieran advertirme del peligro en que unánimemente me veían. Muy de agradecer, sin ninguna duda, pero una pérdida de tiempo, pues el motivo de la bronca es inaceptable. Me echan en cara, y ahora viene lo bueno, que no salgo de “mi zona de confort”. Para empezar, ¿qué tiene de malo encontrarse a gusto? ¿Dónde radica exactamente el error de que alguien esté en “su zona de confort”?  Yo creo que esto se debe a nuestra educación judeocristiana donde el dolor es el premio, el sacrificio el medio y el gozo un pecado. Pero no soy el único al que sus amigos le aconsejan que salga de su “zona de confort”, ahora es toda una moda; vaya manía más tonta. Porque vamos a ver, ¿qué significa que tienes que salir de tu “zona de confort”? La cosa no está nada clara, yo me imagino que es como si a un guitarrista le dijeran: vale, esos punteos son gloria bendita, pero lo que tienes que hacer es tocar el oboe. Ya pero es que yo no tengo ni idea de tocar el oboe, diría el guitarrista, a lo que enseguida sus amigos le replicarían, pues así no vas a progresar, mientras no salgas de tu zona de confort, que es tocar la guitarra, no vas a conseguir nada en este mundo. Y si el guitarrista carece de la suficiente fuerza de carácter, dejaría su guitarra, con la que se encuentra la mar de bien y empezaría a tocar el oboe hasta que sus labios tumefactos le recordaran que efectivamente ya no está en “su zona de confort”. Luego los amigos que le aconsejaron lo que tenían que hacer, cuando le vieran hecho un desgraciado con los morros como el culo de una mona, comentarían entre ellos: “bueno, al menos lo hemos intentado”.



domingo, 30 de septiembre de 2018

Alergias








Mi amigo Vicente padece una extraña alergia (todas las alergias son extrañas) a los crustáceos, pero solo a la parte de fuera; es decir, no los puede tocar porque se le ponen inmediatamente los dedos de color azul y al doble de su tamaño normal, pero sí se los puede comer sin que le pase nada de nada. Naturalmente, necesita un voluntario que los pele por él. Hace bastante tiempo que no veo a Vicente, pero antes, cuando íbamos a comer juntos, el muy cabrito siempre se pedía gambas. Cuando tenía el plato delante, alzaba las manos en claro gesto de impotencia, me miraba como un perro pachón y a continuación yo le pelaba las gambas que él esperaba con la boca abierta. La escena resultaba bastante confusa y creo que se prestaba a todo tipo de interpretaciones.

Me he acordado de Vicente porque la semana pasada me encontré con un amigo al que no veía desde hace mucho tiempo, y después de ponernos al día, se despidió de mí pidiéndome un extraño favor... parecido al de pelar gambas.

Me contó que era escritor, lo cual no me extrañó en absoluto pues siempre había dado muestras de una extraña variedad de desequilibrio mental. Me dijo que llevaba escritas más de veinte novelas, y una cantidad incalculable de artículos y cuentos. Esto último lo dijo según juntaba las puntas de los dedos y los separaba repetidamente para dejar claro, también por señas, que la gran abundancia de artículos y cuentos escritos era inabarcable. Yo, por agradarle, lo felicité, pues era obvio que eso era exactamente lo que esperaba. Recibió la felicitación con orgullo, aunque yo creo que esperaba algo más de admiración en mis palabras y aproveché para decirle que yo también había escrito seis novelas y algunos cientos de artículos y cuentos. Su reacción tuvo dos fases: primero me miró como si le acabara de robar la cartera, había algo que le molestaba en el hecho de que yo también me declarara escritor, y luego esa desconfianza fue sustituida por una expresión difícil de interpretar. Sus ojos brillaron como los de un cuervo ante un collar de esmeraldas. Se aclaró la voz y me preguntó si tenía blog.
    -Naturalmente –respondí.
    -Naturalmente, no, hay gente que no puede tener un blog.
    -¿En serio? ¿Y qué razón hay para que alguien que lo desee no pueda tener un maldito blog?
Mi amigo se revolvió incómodo pero dispuesto a confesar los arcanos secretos de la incapacidad bloguera.
    -Alergia –dijo con timidez-. Alergia a los blogs, los malditos blogs como tú dices.
Mi expresión de incredulidad lo estimuló para documentarme sobre la extraña alergia con más datos.
    -Muchas personas se ponen enfermas en cuanto tocan un blog, de modo que no solo corren peligro leyendo los ajenos, sino que tampoco pueden tener uno propio. Un calvario.
     -¡Menuda estupidez! –respondí de inmediato.
Mi amigo bajó la cabeza algo avergonzado, y casi en un susurro me confesó que él padecía esa alergia cuya existencia yo ponía en duda. Finalmente, y después de enumerarme los terribles padecimientos que afligían a los que ponían sus manos en un blog siendo alérgicos a ellos, se atrevió a hacerme la pregunta que yo ya me estaba viendo venir.
     -¿Te importa publicar en tu blog un artículo mío?
    -¿Cómo es de largo? –le pregunté solidario con su terrible desgracia, dando por hecho que sí lo haría.
Mi amigo me abrazó agradecido de que le hiciera  tan magnífico favor y cuando ya nos despedíamos, me detuvo unos segundos más.
    -Por cierto –me dijo-,  jamás me han publicado ninguna de mis veinte novelas.
Mi cara de sorpresa exigía explicaciones.
    -Verás, es que también tengo alergia a las editoriales, ¿te importa si me las publicas tú con tu nombre?
Yo lo miré compasivamente y sin pensármelo dos veces le prometí que haría todo lo que estuviera en mi mano.
Nada más llegar a casa llamé al editor de tres de mis seis novelas y me dijo que se lo pensaría, que de momento le mandara el manuscrito.

En esas estamos ahora, como siempre, esperando el juicio inapelable de un editor. Yo con la misma impaciencia como si la novela fuera mía. Vaya vida más rara, de verdad.



Nota: el presente artículo es uno de los que me ha dado mi amigo con alergia a los blogs para que se lo publique; en absoluto he intervenido yo salvo para incluir esta nota aclaratoria. Cuando sepa algo de la primera de sus veinte novelas os lo diré aquí. Supongo que me pasará un artículo comunicando su aparición en las librerías.




lunes, 24 de septiembre de 2018

Menudo despiste






Llevo un tiempo con un despiste terrible. No como si fuera sabio, que es una forma digna de estar despistado, sino a lo bruto, sin justificación posible.
Esto me recuerda una anécdota que me resulta imposible no mencionar en mi confesión de despiste inexcusable.
Hace tiempo, se celebró un simposium de matemáticos en un lugar encantador, una pequeña casa rodeada de jardín por los cuatro costados repleto de árboles de todos los tamaños. La organización había previsto celebrar una comida después de la primera sesión en un pueblo de los alrededores, y con el fin de que todos los matemáticos fueran juntos, un autobús los esperaba enfrente de la casa, al final de un caminito que atravesaba el jardín en línea recta. Todo lo que tenían que hacer era recorrer unos cincuenta metros entre preciosos árboles y bulliciosos pajarillos sin salirse del camino. Los organizadores, que sabían con qué clase de individuos estaban tratando, y hasta qué punto sus cerebros no dejaban de despejar sufijos de convergencias asintóticas ni cuando iban al cuarto de baño, distribuyó unos sencillísimos mapas entre los asistentes, indicando con claridad que el autobús estaba según se salía de la casa, en línea recta, un poco más abajo. A pesar de tan prudente medida, solo una parte de los matemáticos consiguió llegar sin perderse.



Así da gusto. Si el precio de dar con la solución al teorema de Fermat es el despiste, pues se acepta encantado, lo malo es lo mío, que ni encuentro las soluciones de ecuaciones diofantinas, ni las llaves. Y si solo fueran las llaves... Mi despiste va mucho más lejos, creo que me he perdido a mí mismo. Bueno, creo no, estoy convencido, y lo peor de todo es que no sé dónde he podido dejarme olvidado. He mirado por todos los lados, debajo de la cama, recordando que cuando era pequeño muchas veces me escondía allí; he rebuscado entre los cojines del sofá, que es donde suelen aparecer la mayor parte de las cosas que perdemos, y hasta he ido a ver si estaba en el coche, en el hueco del freno de mano, aunque he de decir que ahí he mirado por mirar, sin ninguna convicción, pues yo siempre voy en moto, el coche ni lo toco. También he mirado en los armarios, que es donde se esconde mi gato, pensando que si él lo hace, a lo mejor yo también me he metido ahí un día sin darme cuenta y luego se me olvidó que estaba entre las camisas. Pero nada, ahí tampoco estoy. He rezado a san Antonio para ver si aparecía, a pesar de que soy ateo, y como ya me temía tampoco ha dado resultado. Pero por probar, que no quede.
A estas alturas ya me doy por perdido y he decidido olvidarme de mí. Si por casualidad aparezco algún día, pues mira que bien, pero mientras tanto voy a vivir aceptando la pérdida, es mucho mejor.

Me consuela saber que aún se conocen casos de despistes mayores que el mío. Por ejemplo, existe un asteroide que lleva millones de años viajando en dirección contraria. ¡Un asteroide suicida! ¡Y va nada menos que a una velocidad de 43.000 kilómetros por segundo! En estos momentos todos estamos en peligro por culpa de su despiste, también inexcusable como el mío, pues dudo mucho que sea un asteroide sabio. En nuestro sistema solar hay unas leyes de tráfico muy rígidas que obligan a que todos los planetas y asteroides giren en la misma dirección alrededor del Sol, en el sentido contrario a las agujas del reloj, sin embargo, el asteroide 2015BZ509, que es el infractor, lo hace pasándose esta elemental norma de convivencia planetaria por el arco del triunfo. 
Fue descubierto en 2015 y aún no han conseguido detenerlo. Al final habrá una desgracia, verás.



(quién esté interesado en saber más sobre el asteroide infractor, puede mirar AQUÍ
Sobre lo otro, lo de si aparezco algún día, ya avisaré)


domingo, 16 de septiembre de 2018

El peligroso mundo micro










Se habla mucho de comportamientos machistas de baja intensidad y nos referimos a ellos como “micromachismo”. Estas manifestaciones de discriminación débiles a veces imperceptibles, no matan, pero las condenamos igualmente por el potencial que esconden. El micromachismo es la forma incipiente del abuso ancestral y no hay que permitir que se establezca porque puede crecer y hacerse muy violento. A veces adopta la forma de chiste ingeniosillo, otras de amable proteccionismo, pero es como un gremlin, que se transforma en algo imparable. El hecho de que se hable de micromachismo como una amenaza real es un gran avance pues indica que la sociedad no está dispuesta a tolerar el machismo en ninguna dimensión, por muy minúsculo que pueda parecer. 
Genial.
Pero debemos extender esa intolerancia a otras manifestaciones minúsculas que cuando aparecen en grandes dosis también son muy dañinas. Por ejemplo, el nacionalismo también tiene su versión micro. Los que estamos en contra de los nacionalismos mantenemos nuestra posición con orgullo cuando lo vemos en todo su esplendor, pero no somos conscientes de sus apariciones en estado larvario y hacemos mal. Tenemos que estar más atentos porque de igual manera que ocurre con el machismo, también los nacionalismos  están continuamente apareciendo en expresiones minúsculas, y no tan minúsculas, que nos pasan desapercibidas. Por ejemplo, ¿por qué cuando hay dos tenistas compitiendo aparece junto a su nombre, con letras pequeñitas, el país donde han nacido? (que para mayor inri pocas veces coincide con el país en el que reside). Esta información innecesaria es claramente una manifestación de micronacionalismo. ¿Qué aporta saber que fulanito es kazajo y menganita es ucraniana? El tenis es un deporte, a diferencia del fútbol que apela a una ciudad o a un país dónde el equipo actúa como ejército de juguete,  en el que el origen de los contendientes nos trae sin cuidado a los que disfrutamos viendo un buen partido (salvo la Copa Davis cuyas peculiaridades todos conocemos y que hacen precisamente que sea el torneo que menos me interesa). A mí me gusta Nadal por sus méritos deportivos no porque sea de Manacor y lo admiro tanto como a Federer del que me declaro ferviente fan, tanto como de Nadal, si vamos a eso.
La semana pasada fue la final femenina del US Open y el comentario más repetido que se escuchó era “es la primera vez que una jugadora japonesa gana el torneo”. Bueno, ¿y qué? En ese comentario existe un mensaje oculto de superioridad sobre el pueblo japonés que no ha sido capaz de criar a ningún campeón anteriormente.
Esto es a lo que me refiero con los micronacionalismos, sobre los que hay que estar alerta y saber detectarlos para condenarlos de la misma forma que lo hacemos con el micromachismo. En serio, parece una estupidez pero en general las cosas pequeñas tienen eso, que nos parecen insignificantes, y sin embargo no lo son, ni muchísimo menos. Si estamos en contra de los nacionalismos, seamos consecuentes y estemos en contra siempre, aunque a veces aparezca de forma burda  o disimulada. Así se empieza.











jueves, 6 de septiembre de 2018

El arte de amar









Siempre me ha llamado la atención lo injusta y cruel que es la vida animal, sobre todo antes de nacer. No todo el mundo puede aspirar a tener descendencia, aunque entre los seres humanos, demócratas por naturaleza por lo que se ve, ya hemos solucionado de forma pacífica la forma de reproducirnos. En general, sólo el macho más fuerte tiene derecho a la follenda y los demás se quedan con las ganas, mirando embobados lo bien que se lo está pasando el chulo de la manada transmitiendo sus musculosos genes a las futuras generaciones. El ejemplar que no se conforme con mirar, tendrá que liarse a mamporros, mordiscos, cornadas, testarazos, picotazos o cualquier método violento en el que destaque, para tener opciones. Así, a base de dejarse la vida en los intentos por perpetuarla, cada vez es más complicado acceder a tal derecho y muchos perecen en el trance.

Hay excepciones, como en todo, y esos casos son dignos de mención. Por ejemplo, los machos de pavos reales, no se pelean entre ellos porque de hacerlo destrozarían sus preciosos plumajes y entonces se quedarían sin opciones al premio en la siguiente oportunidad que se presentase. La lucha por tener sexo es a través de un concurso de belleza, qué humano. Es una forma pacífica de zanjar el asunto, donde sólo el ejemplar que luzca el abanico de plumas más llamativo podrá decir con orgullo, ese huevo es mío, aunque no sé yo qué ventajas representa para la perpetuación de la especie, tener unas preciosas plumas en el culo, que en realidad no sirven para nada.

Hay otras especies, como el bonobo, un tipo de chimpancé la mar de listo, que no solo no utiliza la violencia para determinar quién tiene derecho al fornicio, sino que en cuanto hay indicios de posible conflicto, inmediatamente resuelven el asunto practicando sexo. Machos con hembras, machos con machos o hembras con hembras, da igual, lo que cuenta es que tengan ganas de pasarlo bien o que quieran evitar pasarlo mal. Cuánto tenemos que aprender de los bonobos.

Por supuesto hay más especies que también son excepción en el uso de la violencia para determinar quién será el padre de la criatura, pero hay una en particular que merece la pena prestar atención a lo que es capaz de hacer el macho para ser el elegido por la hembra. Se trata de un tipo de pez globo, algo más pequeño que el causante de cientos de envenenamientos en restaurantes japoneses, que de momento sólo se ha encontrado al sur de la isla nipona Amami-Oshima. Este emprendedor y creativo animalucho, realiza llamativos dibujos en la arena del fondo marino, auténticas obras de arte, con el fin de triunfar en la competición reproductora. La batalla es lenta pues puede estar hasta una semana batiendo sus pequeñas aletas dibujando lo que será su señuelo amatorio. Primero crea un círculo y luego va añadiendo surcos, valles, lomas, manteniendo siempre una geometría simétrica y perfecta, incluso utiliza pequeñas conchitas y trozos de coral para la decoración. Cuando ha terminado, la hembra contemplará el trabajo y si está satisfecha con el resultado, pasará al centro del diseño, se lo pensará, volverá a salir, y finalmente si es de su total agrado, volverá a pasar al interior a depositar sus huevos. El caviar está servido, es el premio.
Entre estos peces sí cabe decir que hay verdaderos artistas a la hora de ligar.



                                                                  VIDEO AQUÍ




domingo, 12 de agosto de 2018

Tiburón Boreal y Mastro Titta






Una de las cosas que más me divierte de tener un blog es abrir nuevas secciones, quizá tanto como no hacerlas ni caso una vez abiertas. Esto ha sucedido con Galería de personajes irrelevantes, que inauguré en junio de 2016 con un personaje realmente asombroso, Dudley Mariot, que merece la pena releer y quedarse con la intriga de saber si existió o no (sí, sí existió, aviso de antemano). Antes, en 2015, empecé Vidas breves pero ejemplares (o viceversa) con tan solo un artiblog, y un año antes, en 2014 abrí una prometedora sección con el título Mis personajes famosos, que tampoco pasé del capítulo inaugural. Sin irnos tan lejos, este mismo año en mi nueva sección Entrevista a....  hice una entrevista a uno de los personajes centrales que aparecen en mi novela El viaje del neandertal, y después... nada.



Pues bien, con el mismo espíritu emprendedor, hoy abro una nueva sección a la que deseo un futuro diferente a sus predecesoras, con el llamativo título de...

VIDAS DE MIERDA

Por esta sección desfilarán personajes cuyas vidas son ejemplo de tenacidad e instinto de superación, individuos que lejos de tirar la toalla y darse por vencidos ante la adversidad, han continuado en la eterna lucha por la supervivencia consiguiendo ganar la batalla gracias a su continuo esfuerzo y ganas de seguir adelante, aunque francamente, para llevar una vida como la suya, no sé yo. Una auténtica vida de mierda.

Para inaugurar la sección iba a hablar del tiburón boreal, un artista de la supervivencia en las peores condiciones imaginables, un solitario animal que nada más nacer lleva un parásito en los ojos que se alimenta de su glóbulo ocular hasta que finalmente lo dejan totalmente ciego, y así sigue, sin ver absolutamente nada por aguas heladas, hasta que muere de viejo, lo cual no sucede hasta que han pasado cuatrocientos larguísimos años de media. Un calvario de vida. Y he dicho que iba a hablar del tiburón boreal, desdichado animal, porque finalmente no voy a hacerlo. Hoy voy a escribir sobre otra cosa muy diferente.




Voy a contar a grandes rasgos quién era Giovanni Battista Bugatti, más conocido como Mastro Titta, como ejemplo de la Gran Incoherencia, y al final del relato se sabrá por donde van los tiros de este comentario aparentemente inocente.

Mastro Titta dedicó su vida a matar. Dicho así suena a que era un asesino, pero no, no era ningún asesino, pues los asesinos operan fuera de la ley, y él lo hacía con su respaldo. Era verdugo. Además, según todos los registros que existen sobre su vida, era buena persona, casi un santo, al menos llevaba una vida dentro de la más estricta fe católica. Sí, cierto, uno de los diez mandamientos no lo seguía con excesivo celo, pero eso era debido a los gajes de su oficio. Estuvo matando desde los diecisiete años hasta los 85, edad a la que se jubiló, que fue en el no demasiado lejano año de 1865. En total se cargó a 516 individuos, utilizando una gran variedad de métodos: maza, hacha, guillotina y ahorcamiento. Cuando uno es profesional hay que estar al tanto de las últimas tendencias en tu trabajo, era uno de sus lemas. Su canción favorita supongo yo que era esa que dice: ay, ay, ay ay, qué trabajo nos manda el Señor. Me lo imagino tarareando esta popular cancioncilla cruzando el puente Sant’Angelo sobre el Tíber camino de la Piazza del Velabro a cumplir con un nuevo encargo del Papa. Es que Mastro Titta (maestro di giustizia, de ahí le viene el apodo) era el verdugo de los Estados Pontificios.

Charles Dickens asistió a una de sus ejecuciones y lo cuenta en su libro Estampas de Italia, publicado en 1846.

Se jubiló cuando el Príncipe de la Iglesia era Pío IX y actualmente se pueden ver sus ropas y algunos de sus útiles de trabajo en el Museo de Criminología en Roma. Pero debería estar en el Museo del Vaticano, ¿no?








miércoles, 25 de julio de 2018

Un trabajo singular



Se puede decir que ya empieza el segundo turno de vacaciones y yo creo que es el momento de  preparar el equipaje, a los que les toque. Igual que hice hace quince días, pongo un cuento a disposición de todos los lectores de La tertulia perezosa, inspirado en un hecho real. Un cuento para las vacaciones. Que aprovechen.




                                                                 La inspiración no dura mucho. Tampoco el baño pero hay que tomarlo a diario






  

UN TRABAJO SINGULAR


Amaneció nublado en Cincinatti. A mediodía ya estaba lloviendo. Un día propicio para muchas cosas pero ninguna de ellas demasiado apetecible. Lo que realmente le apetecía era tomarse un copazo, pero aún era demasiado temprano. ¿Cuándo no era demasiado temprano?
Consultó una vez más su reloj, su cara expresó conformidad con lo que marcaban las agujas, bordeó la mesa al tiempo que con una mano cogía su sombreo del perchero haciendo un volatín, como siempre hacía, y salió con paso decidido a enfrentarse con su trabajo. Un trabajo para el que se requería un talento muy especial.

Llegó a la estación de autobuses diez minutos antes de que saliera el autocar con destino… no lo recordaba. ¿Acaso tenía importancia? Lo único que tenía claro es que salía del muelle número cinco, o al menos eso decía el billete de cartón marrón que llevaba en su cartera. Pasó por delante del bar y decidió que aún tenía tiempo de tomarse una copa antes de subir al autobús, además, necesitaba los ánimos que siempre obtenía del alcohol para lo que iba a hacer durante el viaje.
Se sentó en un taburete forrado de un  material nuevo al que no estaba acostumbrado y pensó que el mundo estaba cambiando muy rápidamente. Era estupendo tener la oportunidad de vivir esos momentos de transformación. Además, la aparición de cada nuevo invento, los nuevos descubrimientos y los avances que continuamente se lograban en la técnica, eran una continua fuente de inspiración para las novelas de ciencia ficción que tanto le gustaban. Bastaba con extrapolar lo que ya existía, exagerarlo, llevarlo a un extremo y ya tenías algo con lo que invadir la Tierra o la forma de viajar a Marte un fin de semana.
Una camarera ataviada con un uniforme impecable de color azul y una graciosa cofia blanca que hacía juego con su delantal almidonado, se acercó con una libreta en la mano y una sonrisa radiante en el rostro.
    -¿Le apetece probar nuestra tarta de cerezas?
    -Muchas gracias, pero me apetece más probar su bourbon.
    -No hay nada como un buen trozo de tarta para emprender un viaje –insistió la camarera-. ¿A dónde va?
    -A coger el autobús de ahí atrás – dijo señalando algún punto a sus espaldas sin mirar si había o no un autobús-. Espero que llegue a su destino antes de que me muera de hambre, ahora de momento me muero por un bourbon.
La camarera, sin borrar la sonrisa, mantuvo una mirada atrevida en los ojos del hombre que tenía delante. Era muy atractivo, o eso le parecía a ella, especialista en encontrar hombres muy atractivos y generalmente igual de destructivos.
    -Como quiera –dijo sin permitir que el lenguaje ocultara lo que pensaba.
Él buscó en el bolsillo de la chaqueta el billete de cartón marrón para asegurarse de que todo iba bien. Llegará un día, pensó, en que podamos sacar los billetes de autobús sin necesidad de salir de nuestras casas, incluso también podremos elegir nuestro nuevo sombreo sin ir a ninguna sombrería.
Mientras esperaba su bebida estudió el ambiente de la estación. Observar, observar, siempre observar... formaba parte de su trabajo, al menos en la fase en la que él se encontraba.
La pregunta sobre la mejor forma de cometer un asesinato sin dejar pistas volvió a ocupar su mente.
Consultó su reloj. Aún le quedaban cinco minutos.
No pudo evitar fijarse en el tipo que se sentó a su lado, mejor dicho, no pudo evitar fijarse en lo que llevaba en la mano. Era el último número de Planet Stories, que después de Captain Future, era su revista pulp favorita. No había comprado el último ejemplar y esa portada, como casi todas, llamaba poderosamente la atención; mostraba un ejército de invasores de otro planeta atacando despiadadamente a la ciudad de Nueva York, con todos sus habitantes corriendo aterrados sin  saber hacia dónde huir con el rostro desencajado por el miedo. Estuvo tentado de correr también él hacia el kiosco de prensa, a comprar la revista, pero entonces no podría evitar la tentación de leerla durante el viaje, y si estaba allí, si  se iba a subir a ese maldito autobús, era para trabajar, no para entretenerse con una historia de marcianos.
Por fin la camarera sonriente llegó con el maná. Antes de que intentara iniciar alguna conversación intrascendente (¿por qué las estaciones de autobuses son proclives a mantener conversaciones intrascendentes con desconocidos?) le preguntó cuánto debía, pagó dejando una buena propina, la simpatía también merece recompensa, se bebió su bourbon de un trago y salió disparado hacia el andén número cinco.

El chófer del autobús, capitán del barco, parecía un anuncio de la empresa de transportes, con su uniforme perfecto, la gorra que más parecía de aviador y una sonrisa  dentífrica recibiendo a cada pasajero como si fuera un primo lejano. Solo le faltaba  sentar en sus rodillas a un niñito reacio a emprender el viaje, al que hubiera que calmar. El pasillo se fue llenando lentamente según los pasajeros se iban acomodando en sus plazas. Todos repetían el mismo gesto de cotejar varias veces el número indicado en sus billetes con el que marcaba una plaquita de hierro esmaltado en la parte posterior de los asientos. Finalmente, convencidos, pedían disculpas al pasajero que aún estaba detrás esperando su turno para encontrar su emplazamiento, colocaban el sombrero o una pequeña bolsa en el portaequipajes, y se sentaban relajados dispuestos a no cambiar de postura durante horas.
Él hizo todo eso mucho más rápidamente, incluyendo la operación de dejar el sombrero en la redecilla. Se notaba su familiaridad con los viajes en autobús. A fin de cuentas formaba parte de su trabajo, ¿no? Si no estás habituado a repetir mecánicamente las partes que no precisan atención especial, cualquier trabajo se puede convertir en un tormento mayor de lo que de por sí ya es. Aunque en su caso, lo de tormento no encajaba del todo, pues en el fondo disfrutaba mucho con lo que hacía. Lo malo del trabajo, solía decir, es el momento de hacerlo, luego te alegras de haberlo hecho.
Le tocó el asiento al lado de la ventanilla. Decía que le daba igual pero siempre se alegraba cuando no tenía que ir en el del pasillo.
Repasó los últimos puntos; no podía retrasar más el final. ¿Cómo actúa un asesino profesional? Cerró los ojos buscando la concentración necesaria, y no los abrió hasta que notó que el autobús emprendía su marcha. Los primeros minutos del viaje los disfrutaba de verdad; le gustaba escuchar el  ruido al cambiar de marcha, notar las pequeñas vibraciones transmitidas por el potente motor, los primeros baches... y su primera inspección al pasaje, fundamental.

Se fijó en unas piernas larguísimas y bien torneadas que salían del asiento de al lado. Procuró no resultar indiscreto y con disimulo subió la mirada para ver a quién pertenecían. Su propietaria mantenía el rostro oculto tras una revista de moda, de lo cual se alegró muchísimo pues así no se daría cuenta de que estaba siendo observada. Supuso que sería muy guapa, pero no estaba allí para eso, debía centrarse en lo suyo. Miró hacia el otro lado de la ventanilla; el mundo se movía en el exterior a toda velocidad. Él también tendría que actuar con rapidez.
Es estupendo que las estaciones de autobuses siempre estén en las afueras de las ciudades, de este modo se emplea menos tiempo en ponerse en carretera. Los primeros kilómetros los hicieron por una autopista rodando a una velocidad más que considerable, a esa media llegarían a su destino... ¿cuál era su destino? Estuvo tentado de preguntar a su compañera de asiento a dónde iban pero finalmente prefirió no saberlo. Sobre todo, era una pregunta bastante desconcertante para hacerla en un autobús en marcha y despertaría recelos en quien la recibiera.
Las piernas de al lado se movieron. No pudo evitar mirar directamente en esa dirección. La revista estaba ahora en el regazo y más arriba un rostro extraño lo miraba con el ceño fruncido. Parecía enfadada, aunque quizá esa expresión fuera la habitual en ella, hay personas que son así, siempre enojadas. Tenía una fisonomía difícil a la que incorporaba una nariz torcida de lenguado. En ese momento lo estaba estudiando sin disimulo, clavando su mirada de lado  sin que él pudiera hacer nada por evitarlo. Podía servir, esa mujer podía servir.
Incómodo se revolvió en su asiento. Notó que las manos le sudaban. Alguien que quiere matar mantiene la sangre fría en todo momento, a no ser que se trate de un aficionado. Ese era el punto. Existe una gran diferencia entre un asesino profesional, y quien comete un homicidio en un arrebato de ira sin ser totalmente consciente de lo que está haciendo. Lo de menos es si recibe dinero o no  por matar. Para distinguir a un aficionado de un profesional, en el difícil sector del asesinato, no basta con saber si se gana la vida matando o es corredor de apuestas, lo determinante es la actitud que se adopte ante la muerte de la que uno será el autor.
Una sombra se acercó sigilosamente por el pasillo y actuando antes de hablar, cogió la revista de moda de la mujer lenguado de piernas admirables.
    -Perdone, ¿le importa que le eche un vistazo? –preguntó la sombra con la pieza ya cobrada en la mano.
La mujer lenguado dio un respingo sorprendida por una señora de edad imprecisa, corpulenta, con el típico acento en la voz de quién ha dejado de ir a la escuela a los doce años, y un rostro moldeado a puñetazos por una vida difícil.
    -No, no, en absoluto. Le diría que la cogiera si no fuera por que ya la tiene en la mano. Quédesela, ya la he leído.
La mujer se retiró con un balbuceo inteligible que tanto podía significar “muchas gracias”, como, “respuesta correcta. Mas te vale que haya sido así”.
Él tomó nota mental. Sin ninguna duda esa señora también podía valer.

En todos los viajes largos, la primera parada obligada para repostar, se aprovecha para que todo el mundo baje a tomar un refresco y de paso para estirar un poco las piernas. Él además solía aprovecharla para fijarse en sus compañeros de viaje que quedaban lejos de su asiento, por si descubría en ellos algo que les hiciera merecedores de tenerlos en cuenta. De momento podía contar con la mujer rostro de lenguado y la salteadora de revistas.
Llegó hasta la barra de la cafetería antes que nadie. Siempre procuraba ser de los primeros en bajar del autobús para no tener que esperar luego a ser atendido. Se pidió un high-ball y en seguida se vio rodeado de todos los viajeros que llegaron en tropel tratando desesperadamente de que el único camarero que había les hiciera caso, tarea nada sencilla pues no parecía demasiado entusiasmado con la avalancha de clientes.
    -Odio los bares de gasolinera –dijo alguien a su lado.
Llevaba la camisa desabrochada, la corbata un palmo por debajo del cuello y el rostro sudoroso. Parecía que hubiera llegado hasta allí, en vez de en autobús, corriendo.
Él lo miró con desconfianza y antes de que pudiera decir nada, el camarero ya estaba poniendo su whisky en un vaso largo. Luego quitó con desgana la chapa a una botella de soda y la puso a su lado.
    -Veo que usted ha sido más listo, ya tiene su trago.
Se fijó más en su compañero de barra. No le gustaba que lo abordaran desconocidos, eso no formaba parte del plan, en todo caso, si quería saber algo de alguien, era él quien iniciaba la conversación. En este caso el intruso tenía algo especial, había algo inquietante en él, no solo su aspecto desaliñado. ¿Podría ser un candidato?
El rostro sudoroso ordenó, más que pidió, que le sirvieran otro high-ball a él.
    -Deberían poner más personal en sitios así –dijo pasándose un pañuelo arrugado por la cara, y como si hubiera formulado un deseo al genio de la lámpara, inmediatamente aparecieron de la trastienda otros tres camareros.
    -Su cara me suena, ¿hace mucho este viaje?
El intruso parecía no tener límite.
    -¿Y usted siempre hace tantas preguntas?
    -Sí, disculpe, forma parte de mi trabajo. ¿Le molesta?
    -¿Es usted encuestador o policía?
El rostro sudoroso pareció dudar y a continuación sonrió descubriendo una dentadura perfecta.
    -Caramba cómo es usted de directo. Permítame que me presente, me llamo Mac Nulty, y efectivamente soy policía.
   -Llámeme Fredric –tendió la mano con recelo pues sabía que se encontraría con otra empapada en sudor-. Y sí, es posible que me haya visto en otras ocasiones, también por trabajo.
    -A qué se dedica.
   -Podemos decir que a algo menos importante que usted. Dígame, ¿se cometen muchos asesinatos en los autobuses?
    -¿Quién podría ser tan tonto de matar dentro de un autobús? No hay escapatoria.
    -¿Usted cree?
Mac Nulty estudió la expresión de Fredric. No llegó a ninguna conclusión, pero estaba claro que no era un tipo muy normal. Llegó el camarero con su bebida, la atacó sin reservas y continuaron cada uno a lo suyo sin volver a dirigirse la palabra hasta que el chófer anunció que ya iba siendo hora de volver al autobús.

Fredric, de nuevo en su asiento, al lado de la mujer torcida, volvió a sus cavilaciones. Las pocas palabras que había cruzado con el desconocido en el bar le hicieron pensar en un nuevo planteamiento de lo que tenía en mente. La pausa en la gasolinera no le sirvió, como en otras ocasiones, para fijarse en todos los pasajeros para ver si descubría alguno que realmente mereciera la pena, pero su encuentro con aquel policía sí fue de gran ayuda para lo que se proponía.
Nunca es sencillo ponerse en la mente de un asesino, porque casi siempre falta el ingrediente más importante: la motivación para matar. La culpa es un poderoso persuasor para muchas cosas, también para cometer un asesinato, incluso en las condiciones más desfavorables. Como el interior de un autobús, como dijo el tal Mac Nulty. ¿Pero por qué tenía que ser más complicado matar dentro de un autocar? Allí mismo, donde él estaba, podría hacerlo si se lo proponía, incluso con un policía, Mac Nulty, entre el pasaje.  ¿No lo hizo Agatha Christie, en Asesinato en el orient express? Bueno, lo cierto es que en aquella ocasión la presencia de Hércules Poirot desbarató los planes del asesino de salir impune, pero dudaba mucho que el gordo sudoroso del bar tuviera las mismas cualidades detectivescas que Poirot.

Las horas pasaban. Miró por la ventanilla. Dentro de no mucho tiempo llegarían a su destino y para entonces tenía que haber encontrado “algo”. De momento ya tenía con qué empezar. Miró a su izquierda; aquella mujer también le podría servir para describir a la dueña del hotel donde Hetherton descubre el cuerpo sin vida de la bella Dorothy. Incluso el sudoroso Mac Nulty, además de darle la pauta para situar el escenario de un nuevo asesinato, le valdría para describir al jefe de policía de Mayville. Hasta el nombre le venía bien; sí, eso es, el jefe de policía de su próxima novela policíaca se llamaría Mac Nulty. Sonaba muy convincente. Y estaría continuamente secándose el sudor de la cara con un pañuelo arrugado.

Fredric Brown cerró los ojos. Aún tenía todo el viaje de vuelta para terminar de dar forma a su próximo libro. Cuando se encontraba en un bloqueo creativo o el editor le apremiaba con los plazos, buscaba la inspiración subiéndose al primer autobús de línea que lo llevara a dónde fuera, dispuesto a recorrer kilómetros y kilómetros sin importarle el destino, sabiendo que a la vuelta ya tendría el argumento de su nueva novela en la cabeza, según contaba su mujer. Lo único que llevaba consigo era un inhalador, para paliar sus problemas respiratorios, y su petaca de licor por si se alargaba mucho el tiempo entre parada y parada. Observar, observar y observar su alrededor era su método para encontrar la idea que necesitaba para su próximo gran éxito. Bueno, a veces también le daba por hacer la vida imposible al gato, pero tanto su mujer como el propio gato, y todos sus lectores, preferimos que cogiera el autobús.
Un método de probada eficacia inspiradora.












jueves, 12 de julio de 2018

Destrucción











Hasta el niño más tonto sabe que al final los juguetes se pueden romper, le dije. Después  me sacó los ojos y se puso a jugar con ellos a las canicas.