jueves, 23 de febrero de 2017

La magdalena de Proust







El niño hizo su gesto habitual antes de empezar a escribir en su cuaderno escolar: pasó su manita varias veces por la superficie del papel como si estuviera espantando moscas y a continuación, con la cabeza inclinada sobre el hombro izquierdo, casi tocándolo con la oreja, comenzó con una caligrafía redonda y ordenada a escribir un cuento. De vez en cuando se paraba, miraba al techo con el lápiz en la boca, se rascaba una oreja y de nuevo, como si hubiera saltado algún resorte oculto en el duodeno, se lanzaba a escribir con inusitada velocidad, esta vez sin cuidar el trazo de cada letra pues era más fuerte la necesidad de atrapar con palabras la idea que se le acababa de ocurrir que la pulcritud en la escritura.
Al final, satisfecho, echaba su cuerpecito hacia atrás y leía todo lo que había puesto en el cuaderno. Una oleada de felicidad iluminaba su cara traviesa imaginando ser el protagonista de la historia que se acababa de inventar.


Muchos años más tarde recordaría este momento y sin darse cuenta repitió el mismo gesto inicial sobre el teclado del ordenador. Se acordó de aquel niño y sintió su desaparición como si la afilada espada del tiempo acabara de rebanarle la cabeza. Entonces miró hacia abajo y la vio rodando a sus pies.





martes, 14 de febrero de 2017

Amor para toda la vida








Hablar de pérdida era incorrecto pues no dejaba de tenerla muy dentro de él. No pasaba un solo día sin pensar en ella, aún, después de tanto tiempo. La seguía amando con todas sus fuerzas a pesar de todos los pesares y pesares había muchos. En cualquier sitio, fuera por donde fuera, siempre encontraba algo que inmediatamente le recordaba a ella. Si se trataba de un lugar en el que ya habían estado juntos, el dolor de su ausencia lo sentía cómo un miembro amputado, y si era la primera vez que pasaba por allí, se imaginaba que la tenía a su lado, descubriéndolo juntos, y la tortura también se hacía insoportable.

Se sentía atrapado en una celda ínfima sin lugares a donde ir, y si el espacio había desaparecido, el tiempo no digamos. Cualquier cosa que hiciera le trasladaba a otros momentos, a los días en que habían compartido todo. No existía futuro solo estaba presente el pasado.

Jamás se acostumbraría a ser la mitad de lo que había sido.
Ahora, una vez más, estaba despierto en una noche enemiga y eterna en la que añoraba no solo los placeres de su cuerpo, sino también los que de forma continua le había proporcionado su alma. Echaba de menos sus constantes lecciones de vida, su forma de encarar los problemas y su optimismo constante. Ella era una sonrisa abierta al universo.
En la soledad de la noche volvía a transitar con el recuerdo por los sensuales caminos que habían recorrido en sus más atrevidas locuras, añoraba las poesías que juntos habían escrito con la lengua, frases hechas de besos duraderos e inolvidables. De todos los lugares que había visitado, los más hermosos estaban en el cuerpo de ella, de su amada, su desaparecida, su mujer, la mujer de su vida...  ahora su recuerdo.

No hubo un solo día en todos los años que habían pasado desde que lo dejó tirado como a una colilla que no pensara que iban a volver a estar juntos. Siempre tuvo la esperanza de que en algún momento ella aparecería de nuevo ante él, vestida con un velo de seda blanco, transparente, mínimo, sonriendo con sus tentadores labios que eran como solomillos en su recuerdo, y que extendiendo sus brazos largos y pálidos le diría: “qué tonto eres, cariño mío, cómo te has podido creer que iba a dejarte. Esto solo ha sido una broma”.
Claro que una broma que se mantenía durante tanto tiempo era demasiada broma, incluso para ella, que tenía un finísimo sentido del humor. Aún así, él seguía esperando ese momento, ya sabemos que el amor crea ilusiones que engañan a los más listos, imagínate a los más tontos.
Pero los días pasaban y esa posibilidad cada vez la veía más lejana. Sí.

Hasta que hoy, porque esta historia es en tiempo real para mayor dramatismo, hasta que hoy, decía, 14 de febrero, día de san Valentín, por fin él se ha dado por vencido. Esta mañana me ha llamado angustiado, con un nudo en la garganta y me ha dicho que se rendía, que abandonaba la batalla y que la daba  por perdida. Yo me asusté pensando que haría una locura, pero en seguida me tranquilizó. Simplemente ya no volvería a malgastar un solo día más pensando en ella, me dijo, y todo lo que iba a hacer era escribirla una carta breve, sentida, sin rencores ni victimismos, una carta de despedida deseándole lo mejor. Pero ¿cómo se despide uno de la mujer de su vida? ¿cómo dices adiós a tu amor verdadero?, le pregunté yo. Me las apañaré, me contestó, simplemente tienes que evitar que las lágrimas caigan sobre el teclado del ordenador porque hacen mayores estropicios que la cocacola, imagínate. Fue todo lo que me dijo.

Yo me compadecí de él. Una víctima del amor siempre da pena, incluso a veces un poquito de asco, pero esta es la historia más triste de las que he sido testigo nunca. Lo conozco desde hace mucho tiempo; a los dos, también la conozco a ella. No me cabe la menor duda de que sigue enamorado de su mujer, más enamorado que nunca si vamos a eso. 
Hace apenas una hora me ha vuelto a llamar.
    -Tengo dos grandes dudas –me ha dicho trémulamente.
    -Intentaré ayudarte –Le he dicho con voz de abuela. En general soy comprensivo, más aún con un amigo que sufre, y cuando soy comprensivo se me pone voz de abuela.
    -¿Cómo encabezo la carta? ¿querida, amada, eterna flor de mis días…?
Medité unos instantes antes de contestar.
    -Simplemente pon su nombre y a continuación escribe lo que te dicte el corazón.
    -Ahí está la otra duda. No me acuerdo de cómo se llama. ¿me lo puedes decir, por favor?
Me quedé mudo sin saber qué responder, ¿no se acordaba de su nombre?
    -¿Paloma?¿Marta?¿Laura? –mi amigo recitaba nombres al buen tuntún por si uno repentinamente le sonaba más que los otros- ¡Ya lo tengo, no te preocupes! Pongo María que es el nombre con el que más probabilidades tengo de acertar, ¿no te parece?


Después escuché cómo colgaba el teléfono. En vano grité el nombre de su eterna amada; no llegó a escucharme.








sábado, 11 de febrero de 2017

Llueve tras los cristales







Aquí, en mi casa, observando cómo el cielo se desmenuza en enormes gotas de agua, me da por pensar en cómo nos desmenuzamos las personas. Nos disolvemos en el tiempo como si fuéramos azucarillos en un vaso de leche caliente, así, sin darnos cuenta. A medida que nos hacemos mayores perdemos corporeidad, pero como seguimos existiendo, eso significa que cada vez nos hacemos más fantasmas.
Esto, dicho así, no lo entiendo ni yo, de modo que lo voy a explicar con un ejemplo inventado: Esta mañana he estado en la playa jugando al balón con un vendedor de ostras. Pues bien, mientras jugaba al balón con el vendedor de ostras, yo era corpóreo al 100%, pero cuando dentro de un tiempo recuerde la mañana de hoy, tanto el vendedor de ostras como el balón como yo mismo seremos fantasmas. Y claro, en nuestra vida cada vez hay más fantasmas. Ahora ya está claro, ¿no?
El truco está en intentar que los fantasmas siempre sean estupendos, lo que no impedirá en modo alguno que nos entristezca contemplarlos. A los que no nos dan miedo los fantasmas, a cambio nos dan un poquito de lástima. Cualquier recuerdo, incluso los mejores, te dejan un poso de tristeza. Yo, cuando quiero llorar, todo lo que tengo que hacer es ponerme a recordar mi pasado y curiosamente cuanto mas felices sean los momentos evocados, más lloro. Se ve que es un pasado de llorar, pero no me quiero engañar, todos los son, al menos cuando no para de llover. Sin embargo eso no le ocurre al futuro; en el futuro no hay ni un solo fantasma, de modo que no podemos encontrar nada que nos entristezca. Eso sí, hay que tomar la precaución de que en el futuro sigamos siendo corpóreos, tenemos que asegurar que seguiremos pasando mañanas en la playa jugando al balón con algún vendedor de ostras. Gran parte de las personas que he conocido, antes de morir ya  se habían convertido en fantasmas porque ya no tenían ganas o posibilidad de materializarse. Eso es terrible, es lo peor que le puede pasar a alguien que esté vivo. Hay que evitarlo a toda costa y seguir siendo corpóreos.


Busquemos un vendedor de ostras, comprémosnos un balón y vayamos a jugar a la playa, una mañana de vez en cuando.






lunes, 6 de febrero de 2017

Argumentos no válidos








Por la autoridad que me confiere haber seguido hace tiempo un curso sobre el método científico y haber entendido gran parte de su contenido (era en inglés, no creáis que el vacío se debía a otras causas también posibles), estoy en condiciones, yo diría que de forma colegiada, para distinguir si un argumento se ajusta a lo que de forma objetiva se llama “de rigor científico” o se trata de cualquier otra consideración (demagogia, manipulación deliberada, manipulación inconsciente, pistas falsas, obcecación, a mí no me baja de la burra ni mi abuela…).

En este caso voy a hablar de un asunto irritantemente repetido en diferentes foros y siempre con el mismo efecto de suscitar la discusión, normalmente apasionada, entre dos posturas enfrentadas sin que ninguno de los bandos contendientes escuche al oponente y desde luego, sin llegar a ningún acuerdo en la totalidad de los casos.
Me parece obvio decir que es imprescindible mi intervención como ecuánime mediador.

Punto de partida o frase desencadenante:

“En vez de tanta atención a los animales y defender sus derechos, deberían fijarse más en las personas y los niños que pasan hambre”

Si alguien pronuncia esta frase al final de una cena entre varios amigos, puede dar por seguro que  el postre permanecerá intacto en sus platos durante horas. Inmediatamente todo el mundo empezará a gritar qué es lo que piensa sobre esa frase trampa, sin importarle el destino de los canutillos de crema que con tanto cariño alguien se ha molestado en comprar congelados. Cada cual, después de decantarse claramente por uno de los “dos bandos posibles”, expondrá su experiencia personal ilustrándolo con ejemplos que a nadie importa. Eso en la primera fase. En la siguiente, alguien dará un palmetazo en la mesa y dará a conocer su punto de vista a voz en grito y lo proclamará como único y verdadero, y a partir de aquí se puede esperar ya cualquier cosa.

Error, gran error. Todos han caído en la equivocación de considerar a la frase desencadenante como si fuera una hipótesis sobre la que cabe discutir su veracidad, debatir si es moralmente aceptable o no, aportando argumentos y mañas en la oratoria o lo que sea, y resulta que esa frase desencadenante no es una hipótesis. Más quisiera la pobre, esa frase más bien es una tontería, una enorme tontería. Decir, como ha dicho el papa, que “En vez de prestar atención a los animales más valdría preocuparse por los que pasan hambre” es tanto como decirle a un filósofo en el momento en que estuviera viendo un partido de fútbol, “más vale que en vez de mirar el Getafe-Osuna, estuvieras pensando sobre la sutil trascendencia de la visión poliádica de la ignorancia”. Creo que con este ejemplo tan rebuscado no es necesario dar más explicaciones, pero para seguir con el método científico, completaré el análisis y al final ponemos de nuevo el ejemplo.
La frase de inicio es tramposa porque propone como opuestas dos ideas que no lo son; son independientes y además, a priori,  ni se excluyen ni se incluyen entre si, de modo que ambas son posibles. Podemos tener personas que se ocupen de los animales y que además también lo hagan de los niños. O no, quién sabe, pero en cualquier caso son sucesos independientes. El hecho de renunciar a preocuparse por los animales en modo alguno iba a beneficiar a las personas que necesitan atención. Entonces, la frase inicial de partida tendría que haberse formulado de la siguiente manera: “Deberíamos fijarnos más en las personas y en los niños que pasan hambre”. Así, sin tratar de relacionarlo con los animales ni con familiares lejanos que a lo mejor son pesadísimos. Si lo mezclamos hay una intención hipócrita de culpabilizar a los que nos gusta tener animales en casa y tenerlos además bien cuidados; esa frase en la que se mezclan animales y humanos se dice con la intención de que nos sintamos culpables por llevar a nuestro gato al veterinario, como si el hecho de no hacerlo provocara que inmediatamente apareciera un médico del Suma en una aldea de la India.
Ahora ya podemos poner el ejemplo anterior, o este otro: “en lugar de estar escuchando a Serrat más te valía ir a la ópera”.

Otro día, bajo este mismo epígrafe de argumentos no válidos hablaré de religión y más adelante, si le echo huevos, de los toros. Avisados quedáis.


Ah, se me olvidaba: yo creo que si enseñamos a los niños a querer a los animales, conseguiremos que automáticamente también quieran a las personas.   Pero esto es una opinión, no un hecho (por seguir con el método científico).













jueves, 2 de febrero de 2017

Mi vecino ataca de nuevo






He de confesar que como animal social fallo mucho, mejor dicho, fallo muchísimo; una barbaridad, vamos. De hecho la única persona con la que me llevo más o menos bien es con mi vecino, ese del que ya he hablado en otras ocasiones. Está tan loco que es imposible tratarlo como a los demás, y dado que a los demás no los trato de ninguna forma, la única manera de diferenciarlo del resto es tratándolo de alguna manera.
Es que tiene cada cosa…  el otro día  vino a mi casa para lo típico.
    -¿Tienes un limón? –me preguntó según se colaba dentro de mi casa.
    -No, lo siento, terminé ayer el último kilo preparándome unos daikiris para antes de cenar.
    -Pues dame… azúcar, dame una tacita de azúcar, ya te devolveré la taza.
    -¿Te da igual un limón que azúcar?
    -Sí, cualquier cosa, el caso es charlar contigo. En realidad no necesito nada.
Mal asunto. La última vez que no necesitaba nada me tuvo toda la tarde tratando de evitar que se suicidara.
    -Necesito una dosis grande de autoestima; mi último desengaño amoroso me ha dejado hecho una braga –me dijo como si la autoestima la tuviera yo en la despensa al lado de los limones y el azúcar.
    -¿Vas a suicidarte?
    -Naturalmente.
    -¿Entonces para qué quieres la autoestima? Si tienes decidido suicidarte, que me parece muy bien –yo con tal de quitármelo de encima estaba dispuesto a no discutirle nada esta vez-, lo que tú necesitas no es autoestima, sino autodesprecio.
    -No me líes. He venido a verte porque la última vez que quería suicidarme conseguiste convencerme de que no lo hiciera, precisamente inculcándome una esperanzadora sobredosis de autoestima.
    -Entonces, por lo que veo, no quieres quitarte la vida, lo que tú quieres es darme el coñazo.
    -No entiendes la psicología del suicida, amigo.
Me quedé mirando a mi vecino con la expresión de “bueno, vale, no entiendo la psicología del suicida, ¿y ahora qué? Estoy fenomenal con ese vacío en mis entendederas, ¿algo más?”. No sé cómo, él interpretó perfectamente mi gesto porque sin decir nada salió a la calle. Una vez allí trepó por el canalón hasta la terraza de la primera planta. Vivimos dentro de una urbanización en casas extremadamente sencillas de asaltar por lo que esta operación es muy sencilla. Luego siguió trepando hasta subirse al tejado.
    -¿No me creías verdad? –gritó desde las alturas- ¿Y ahora qué?
    -¡Ahora salta! –devolví yo el grito haciendo un gesto con la mano para que se tirara.
Me miró algo desconcertado y a continuación se lanzó al vació. El muy imbécil se tiró de verdad.

Esto demuestra claramente lo que yo decía al principio. Que como animal social fallo mucho.











viernes, 27 de enero de 2017

Mis ojos tienen la nariz fría




                                                                       





Mis ojos tienen la nariz fría, solía decir Roberto para referirse a Sam. Roberto era ciego, claro, y Sam era su perro lazarillo. Todas las tardes salía a pasear por el parque guiado por Sam, su compañero inseparable sin el que no podría dar un paso. Se había acostumbrado a él y aunque en principio nunca había sido amante de los animales, con Sam no tuvo más remedio que hacer una excepción desde que perdió la vista. No solo era su perro guía, también era su amigo, aunque esto le sonaba a topicazo insoportable.
Naturalmente en el parque había otros perros pero Sam no estaba allí para jugar. No hacía caso a ninguno de los que se acercaban a olisquearlo para detectar sus intenciones de formar parte de sus carreras y persecuciones y era tan seco en sus respuestas que ninguno insistía para que se animara a jugar. Tan solo prestaba atención a Trapo, un precioso golden retriber que en cuanto olía su presencia, iba a su encuentro. Trapo tenía un olfato superior a cualquier otro perro del parque de modo que detectaba a su amigo mucho antes, incluso, de que entrara  por la verja que daba a la calle, y allí lo esperaba. No trataba de jugar con él, tan solo quería estar a su lado, con eso le bastaba, moviendo el rabo incesantemente los dos en señal de que estaban muy a gusto así, sin necesidad de corretear como cabras locas. Trapo tampoco podía jugar. Su dueño lo llevaba con un arnés como el que tenía Sam y también estaba acostumbrado a caminar despacio. Mientras Trapo y Sam se decían sus cosas y se olían otras, los dueños también hablaban de las suyas pero manteniendo las narices fuera de otros asuntos. El dueño de trapo se llamaba Julio y llegó a hacerse muy amigo de Roberto y todas las tardes, sin faltar ninguna, se veían en el mismo sitio, a la entrada del parque, y juntos daban una vuelta hasta un kiosco en el que se sentaban a tomar algo; los perros también.
Una tarde, nada más entrar en el parque, Roberto observó que Sam estaba intranquilo. Hizo algo que jamás había hecho, dio un tirón que hizo adelantar el paso a su dueño para evitar perder el equilibrio.
    -Quieto Sam, ¿qué te pasa?
Inmediatamente llegó Julio, pero Sam seguía inquieto.
    -Hola Roberto, hola Sam –saludó Julio.
Su voz sonaba triste. Sam se movía inquieto, gimoteando, tratando de saltar sobre Julio, parecía tener preguntas que necesitaban una respuesta inmediata. Roberto también notó la ausencia de Trapo con un sentido que solo tienen los invidentes.
    -¿Por qué no ha venido Trapo? –preguntó- No me digas….
Roberto no pudo ver el gesto de tristeza de Julio, tampoco una lágrima que no pudo contener. Sam si lo vio y se tumbó a los pies de Julio olisqueando sus pantalones en busca del olor de su amigo. También comprendió lo que había pasado y contuvo un gemido de dolor.
    -Pero… pero –Roberto no atinaba a encontrar las palabras-. Si Trapo ha muerto, ¿cómo te atreves a  venir tú solo al parque sin tu guía?
Julio contestó con un nudo terrible en la garganta.

-Yo no soy ciego –dijo-. Trapo era el que había perdido la vista. Yo era su lazarillo.












viernes, 13 de enero de 2017

Prim resucita










Vuelve Prim. No en persona, pero sí en novela. El viernes que viene, día 20 de enero, habrá una nueva presentación de  La Tabla de Prim, en Torrelaguna, un precioso pueblo a solo ocho horas de Nueva York.

Dentro del programa de actividades culturales que el Ayuntamiento de Torrelaguna  mantiene con admirable constancia, figuran unas charlas en la biblioteca municipal para difusión de los valores históricos de la Villa. No es para menos: Torrelaguna tuvo una enorme importancia a lo largo de toda su historia que merece la pena conocer. Casi todo el mundo sabe que allí nació el Cardenal Cisneros, aunque solo sea porque es la marca de uno de sus mejores quesos, y también  que allí murió Juan de Mena, sin que haya ningún lácteo que lo honre, pero Torrelaguna también aportó su granito de arena al agitado siglo XIX español, sobre el que hablaremos en la presentación de mi novela.

Y por supuesto hablaremos de Prim y de un intento de asesinato que aunque no acabara con él, es uno de los más intrigantes de la historia de España y que solo conocen los que han leído La tabla de Prim.


Para los que no pueden ir pero quieren tener el libro, o que sí pueden pero prefieren ahorrarse la charla, lo pueden recibir pinchando en la portada de la novela que aparece a la derecha. 

Fácil, cómo y rápido, y además estarás ayudando a que yo pueda cambiar de moto.


PARA QUIEN ESTÉ INTERESADO EN VER LA PRESENTACIÓN DE LA NOVELA, PINCHAR AQUÍ








miércoles, 11 de enero de 2017

El ministro que no fue trillo limpio







Mi amigo César ha enumerado en su blog sus renovados propósitos para el próximo año y entre ellos figura no hablar de política. Me parece una decisión acertadísima pues es una forma de evitar alteraciones que acaban repercutiendo en la salud, porque hablar de política significa inevitablemente hablar de las ignominias y afrentas que cada día sufrimos por parte de quien tiene precisamente como misión hacer la vida más fácil a todos los ciudadanos. Los griegos definían así los objetivos de la política: conseguir la felicidad para el mayor número posible de hombres.
Pero el saqueo impune, las mentiras repetidas y las promesas incumplidas no es el camino para alcanzar ese objetivo, de modo que mejor no hablar de política.
Tampoco es el camino la postura achulada de quien ha traicionado a las personas por cuyos intereses debería haberse preocupado, de modo que es mejor seguir sin hablar de política.
Nombrar embajador en el Reino Unido a un señor que no sabe hablar en inglés… de momento es raro, así que sí, mejor no entrar en esos detalles de la política. Seguro que hay alguna razón, pero si nos preocupa nuestra salud mejor ignorarla.
No voy a decir qué pasaría si a cualquiera de nosotros nos pillaran conduciendo un vehículo que no ha pasado la ITV, sin seguro y sin carné de conducir y mucho menos qué pasaría si además provocáramos un accidente con 62 muertos. Seguro que tendríamos problemas. Sin embargo el avión Yak 42 , un avión de mierda, que hasta se le veían los alambres de los neumáticos del tren de aterrizaje, volaba sin seguro y con unos pilotos que, de forma reconocida, no tenían formación suficiente… y nadie ha tenido ningún problema. Solo fueron condenados los responsables de las 62 autopsias y Rajoy los indultó. Pero esto sería hablar de política.
Que hayan desaparecido todo rastro de los contratos que alguien tuvo que hacer y firmar para el transporte de los militares que venían de dar la cara en una zona de guerra, y como forma de agradecerlo se apandaron 110.000 € a costa de su seguridad, eso es meterse en política, y ya sabemos que es mejor no hacerlo.
Tampoco aparecen otros 43 contratos de trasporte de tropas anteriores al accidente del Yakolev, con la curiosidad de que Defensa jamás ha reconocido que se hayan perdido dichos contratos. Cosas de la política, supongo. La causa fue archivada en su día y el caso fue sobreseído y así ha estado todo el tiempo sin molestar las tranquilas conciencias de nadie hasta que el Consejo de Estado se ha pronunciado sobre este espinoso asunto. Cospedal, como nueva ministra de Defensa también lo ha hecho y lo ha hecho bien. Bien hecho.

A ver qué pasa y en qué queda todo esto, pero de momento yo seguiré sin hablar de política que me pone malo, en serio.







miércoles, 4 de enero de 2017

Yo









Siempre he sido acusado de ser una persona superficial.
¿Qué significa que soy superficial?, pregunté una de las primeras veces que me llamaron así. Pues… pues eso, que te tomas todo a la ligera, me dijeron en un tono claramente de reproche, que no profundizas.
La verdad es que no me quedó nada claro así que no hice nada por cambiar. Seguí siendo superficial.

He de reconocer que vivía perfectamente con esa losa sobre mis espaldas, no me sentía diferente ni mermado ni que tuviera un gran problema que resolver, de hecho ni siquiera me sentía superficial. Hasta que un día conocí a alguien que me importaba de verdad, y lo que pensara de mí era fundamental. Entonces sí me preocupé. Desde el principio de nuestra relación intenté mostrar lo mejor de mí mismo con el fin de enamorarla, de cautivarla con mi personalidad. Era un esfuerzo terrible pues esa actitud que yo juzgaba que sería muy valorada, me obligaba a estar a veces serio, incluso taciturno… quería dar la imagen de una persona reflexiva y profunda. Ella me importaba demasiado como para permitir que tuviera una mala opinión de mí; por nada del mundo daría pie a que pensara que yo no merecía la pena y si tenía que fingir, pues fingiría como un auténtico bellaco.
Pero llegó un día, terrible claro, que después de besarla con lentitud, como alguien que se piensa mucho las cosas, se separó de mí y me dijo así, a bocajarro:
    -Eres estupendo, lástima que seas tan superficial.
En ese momento me sentí la persona más desgraciada del mundo.
    -¿Cómo que superficial? –dije balbuceando-. Soy muy profundo y no me tomo las cosas a la ligera –dije con orgullo, sacando pecho.
Ella me miró sonriéndome, no sé si con ternura o con lástima, me pasó su mano por la cara como si fuera su golden retriber y a continuación, se marchó. Antes, como si fuera un juez que dicta sentencia, me dijo:
    -Mira dentro de ti, mira a ver qué encuentras, pero mira sin miedo.
Ha sido lo más doloroso que me han dicho jamás. Sin entender aún el alcance de sus palabras noté un dolor  que me quemaba dentro… parecerá una tontería, pero yo juraría que me dolía dentro del corazón.
Llegué a mi casa conteniendo la tentación de emborracharme por el camino, me encerré en mi habitación, apagué la luz y me dispuse a buscar en mi interior. Lo que estaba buscando se encuentra mejor a oscuras, sin el peligro de que una visión parcial pueda interpretar lo que hay. Porque tenía que haber algo, tenía que encontrar lo que fuera, ya que de no ser así todo el mundo que me había llamado superficial estarían en lo cierto.

Busqué, seguí buscando y después de varias horas de verme a mí mismo cómo era por fuera, cuando ya estaba a punto de rendirme y asumir que era una persona superficial, de repente descubrí cómo era por dentro. Fue una epifanía, una auténtica revelación, una visión súbita y extremadamente clara. Me vi por dentro y me gustó lo que vi porque era yo mismo. Dentro de mí había un ser idéntico a mí, con mis mismos rasgos, la misma sonrisa cínica, hasta los bigotes eran clavados. Ya no era una persona superficial. Era profundo, además mucho más profundo de lo que yo mismo imaginaba, pues en lugar de conformarme satisfecho por el primer hallazgo, seguí buscando a ver qué había dentro de ese otro yo que era idéntico a mí y lo que vi me fascinó aún más porque había otro yo que también era yo. Y Dentro de ese yo, había otro yo que me miraba exactamente igual que el primero de todos, de la misma forma que me mira un espejo, porque también era yo.
En un último esfuerzo, seguí buscando dentro del último yo encontrado, que ya iba por el cuarto, y lo que vi… ¡joder!, lo que vi, eso sí que me dejó realmente intrigado. Dentro de mi último yo había un dado de laca japonesa, un exaedro perfecto, la piedra cúbica. Era negro y cada lado estaba marcado por un número. Lo cogí con muchísimo cuidado, casi con reverencia temiendo que pudiera pasarle algo, a fin de cuentas es lo que había en mi interior más profundo; algo de respeto merecía. Era precioso, mucho más bonito que un dado de laca japonesa negro con las caras marcadas con números correlativos. Sí, ya sé que se trataba exactamente de eso, de un dado de laca japonesa negro con las caras marcadas con números correlativos, pero ese en concreto estaba dentro de mí, circunstancia que lo hacía único e infinitamente más valioso.

Hice con mi dado lo que se hace con cualquier dado: lo agité dentro de mi puño ahuecado y lo lancé para que corriera sobre la mesa. Tras varias vueltas que fueron amortiguándose, finalmente se detuvo en una de las caras, lo cual no tiene nada de sorprendente, pero sí el hecho de que no mostrara ninguno de los números. En su lugar aparecía una nota musical. Inmediatamente empezó a salir del dado una dulce melodía, tranquila, envolvente, que lo llenaba todo, pero eso no era lo único que salía del dado. También emanaban de él cinco líneas que trataban de mostrarse paralelas, las cinco líneas del pentagrama sobre las que bailaba la nota musical. Las líneas se movían sinuosamente alrededor de mis yos, que estaban los cuatro encima de la mesa como las cajas matruskas rusas que cada una guarda otra más pequeña en su interior.  Entonces me fijé en un detalle que me había pasado inadvertido hasta ese momento. Mis yos que había ido descubriendo no eran exactamente iguales ni mucho menos. Cada uno mantenía una expresión diferente que tan solo podías detectar mirando la posición del bigote. Mis cuatro yos representaban cuatro expresiones que respondían a cuatro estados del alma: paciencia, ternura, sabiduría y venganza. La nota musical, melodiosa y tranquila, se movía en las cinco líneas del pentagrama que rodeaban a mi yo paciente. Luego pasó a mi yo ternura y la música era aún más maravillosa, enamoradiza. Las cinco líneas siguieron danzando en el aire como si fueran una proyección holográfica y llegaron a mi yo inteligencia. Lo envolvieron con una música perfecta, matemática, con el ritmo y la estructura que hace vibrar al universo. Me dejé llevar por sus acordes hasta que alarmado me fijé en que solo quedaba un yo que rodear: el yo de la venganza. Inmediatamente retiré el dado y lo guardé en mi último yo, el de la paciencia. Luego seguí la secuencia y el yo de la paciencia lo guardé en el de la ternura y éste en el de la inteligencia. Solo quedaba un yo sobre la mesa. Dudé. Me miraba con los bigotes despeinados, furioso, había odio. No me reconocí. Pero también era yo. Recordé a la persona que tanto me importaba y de sus palabras: Mira sin miedo, me dijo.
Entonces hice lo cualquier persona que no se considere superficial debe hacer. Guardé mis tres yos estupendos en mi yo venganza con la esperanza de que siempre se impusieran cualquiera de los otros tres sobre él. Pero consciente de que también habita dentro de mí.
Por fin había dejado de ser una persona superficial.