martes, 23 de abril de 2013

Veintitrés de Abril






  
   En un lugar de la Mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme, no ha mucho tiempo que vivía un hidalgo de los de lanza en astillero, adarga antigua, rocín flaco y galgo corredor...
 Inesperadamente llamaron a la puerta. La pluma de ganso se detuvo en el aire y una pequeña gota de tinta se desprendió en forma de mancha. La mesa, llena de goterones de cera, la recibió impasible. Volvieron a llamar. Lentamente el escritor se levantó de su silla y con el cansancio de sus más de cincuenta concienzudos años fue a ver quién era. Una figura desgarbada y elegante, contradictoria, con un rostro de pocas carnes, nariz torcida y ojos hundidos, estaba al otro lado de la puerta. Era D. Francisco Garcillán, librero y editor, aficionado a las visitas casuales. Esta afición tan sociable había proporcionado a D. Francisco un extraordinario sentido de la oportunidad para caer siempre en los momentos más desafortunados; sólo cuando más podía molestar al visitado aparecía el visitador, eso sí, con una bandeja en la que llevaba alguna golosina como detalle compensatorio a las molestias causadas a su involuntario anfitrión. En esta ocasión traía unos deliciosos suspiros, preparados por una criada que tenía de Albacete, y unas pepas, tan típicas en Abenjibre, el pueblo de la maritornes. El vinillo corría por parte de la otra parte, y esta vez, D. Francisco vio con satisfacción que había ido a parar a una casa en la que no faltaba el tinto de la Mancha, uno de sus preferidos. Así pues, se sentaron a la mesa los dos personajes, escritor y editor, dispuestos a la charla, uno más que el otro, y a la merendola, los dos por igual. Entre pepa, vaso de morapio, soplillo, y unas tortas de manteca y chicharrones que había sacado el anfitrión de su despensa, hablaron del recién fallecido Felipe ll, de su sucesor, de los Jerónimos, de ultramar, y cómo no, de literatura. Este era un tema de conversación en el que los dos se movían con extraordinaria destreza, como es natural. El escritor, según hablaba, se llevaba continuamente la mano derecha sobre la izquierda, el pecho y la frente, como asegurándose de que todo seguía en su sitio. D. Francisco sabía que se trataba de las cicatrices de un arcabuzazo sufrido en una batalla naval contra los turcos y se sentía orgulloso de su amigo. Hablaron de la prosa de Figueroa, Padilla, Lainez,… autores de gran éxito, algunos de ellos además, personajes de “La Galatea”, novela a la moda pastoril que tanto se prodigaba. Casi al finalizar la velada le llegó el turno al teatro, y aquí entraron en tales disquisiciones que les fue imposible llegar a un acuerdo. El librero mantenía la postura, compartida por un importante grupo de gentes  cultas, que el teatro estaba viviendo uno de sus mejores momentos, sobre todo con el impulso de los recientes corrales de comedias, y que era la oportunidad para ganar fama y fortuna con una buena obra. Defendía la conveniencia de dedicar todos los esfuerzos a la dramaturgia y no perder el tiempo en literatura narrativa. Su amigo, que ya tenía una gran experiencia escribiendo teatro, le daba la razón, pero por otro lado se la quitaba. Ultimamente andaba muy ocupado con la idea de crear un personaje que fuera eterno y con esa única imposición estaba trabajando. En principio con la idea de que apareciera en una novela, pero sin descartar plenamente el drama.
El alma del escritor estaba dividida entre ambas opciones, y tanto le atenazaba la duda, que lo primero que hizo en cuanto se fue D. Francisco, y quizá animado por los efectos del vinazo, fue acudir a su mesa de trabajo y tirar a un rincón, hecho un burujo, la novela que había empezado a escribir. Después, cogió nuevo papel, decidido a hacer caso al editor y emplear su talento en una obra de teatro. Ahora estaba sentado el dramaturgo, dispuesto a crear una obra universal. La pluma, en alto, esperaba las órdenes que enseguida llegaron, y obediente, trazó sobre blanco con cuidada caligrafía:
Ser o no ser, he ahí el dilema. ¿Qué es mejor para el alma, sufrir insultos de fortuna, golpes, dardos, o levantarse en armas contra el océano del mal, y oponerse a él y que así cesen?…
 Entonces, el autor se detuvo, miró hacia el rincón de la habitación donde estaba el principio de su novela, dudó durante unos segundos, y a continuación, con un movimiento casi convulso, hizo trizas su recién empezado monólogo y recogió de nuevo el papel que había expulsado de la mesa y continuó:
 una olla de algo más vaca que carnero, salpicón las más noches, duelos y quebrantos los sábados, lentejas los viernes, algún palomino de añadidura los domingos,…




F    i    n

(Es una suerte que murieran los dos el mismo día del mismo año para poder celebrar el día del libro de forma ecuánime)

miércoles, 17 de abril de 2013

Picoteos





Últimamente estoy cogiendo unas manías muy raras. Ahora me ha dado por picotear todo el día de forma convulsiva, y sin ningún tipo de pudor, con lo que eso engorda, dicen. Pero yo no engordo  principalmente porque mis picoteos no van dirigidos a la comida sino a  los libros, que también alimentan lo suyo. Voy por la calle (Fuencarral es un filón), veo una librería, entro apresuradamente tratando de que no se note demasiado mi ansia y me lanzo sobre  las pilas de libros que se me ofrecen de forma tan apetitosa. Entonces (siempre actúo de la misma forma) cojo el primero que está a mi alcance sin importarme quién lo ha escrito ni de qué trata ni nada de nada,  leo las primeras líneas, o la primera página entera, y lo vuelvo a dejar en su sitio, indiferente a que luego, quien lo compre, se lo va a encontrar empezado, y quizá con algún resto mío en  la cubierta. Así hago con cuatro o cinco libros más, ya digo, sin mirar siquiera el título, qué más da. Cuando me noto ligeramente saciado (aparente contradicción), entonces sí, entonces ya sin prisas busco solo aquello que me puede interesar. Una vez elegido el que veo más apetitoso hago lo mismo que antes pero con mejores modales: lo abro con suavidad, leo la primera página, nunca más, y lo vuelvo a dejar con cierto disimulo donde estaba. Así recorro todos los apartados: novela contemporánea, novedades, best Sellers, novela histórica, aventuras… voy dejando tras de mí una fila de libros empezados, picoteados, y he de reconocer que alguno ligeramente manoseado, hasta que finalmente noto que ya me encuentro totalmente saciado (ahora ya sin contradicción aparente, que estoy a reventar). Hay veces que antes de irme, a modo de postre, pruebo algún libro escrito en otro idioma que no sea el español, a ver a qué sabe, pero de esos nunca paso de las tres o cuatro primeras líneas a no ser que estén en inglés o francés que puedo llegar a media página.  Luego claro, cuando llego a casa, no tengo ganas de leer nada, pues quieras que no, el picoteo llena mucho y ya no me entra ni una frase. Si acaso  hojeo el periódico, pero como me encuentro harto, solo leo los titulares de las noticias y con desgana. Entonces me pongo a ver la tele: cojo el mando y recorro unos ochenta canales prestando atención tan solo durante un minuto o menos a lo que ponen en cada uno.
Luego me voy a la cama, y eso sí, procuro dormir la noche entera de un tirón.



miércoles, 10 de abril de 2013

Más blanco no se puede




Me he pasado una buena parte de mi vida, y digo una buena parte, no solo aludiendo al tamaño de la parte, sino a su calidad,  haciendo anuncios de Ariel. Más blanco no se puede, y todo eso. Me considero una persona extremadamente capacitada para hablar de productos que eliminan las manchas, cuáles son las más resistentes,  cuáles son imposibles de eliminar y por supuesto, los trucos que hay que emplear con las manchas más difíciles. Hay trucos, eso lo sabe cualquier buena ama de casa (y cualquier amo de caso, para que no se diga que soy machista). Del mismo modo, simplemente con oler la ropa, se si se ha utilizado un detergente de primera calidad, o un cheaper. Lo que hace la experiencia.
Pero no basta con conocer el producto, hay que conocer también el mercado al que va dirigido y yo distingo a la legua a los que piensan que jamás van a ser salpicados por la porquería en la que se mueven, aunque eso sí, luego, ¡zas, la mancha! Acaban con unos lamparones imposibles de quitar, los pobres. ¿Y ahora que hago, si tenía ópera a las siete? ¡Con estas manchas tan terribles no podré asistir! ¡Tranquila señora,  con Ariel, adiós a las manchas! ¡ya sabe, más blanco no se puede! Y aquí llega lo bueno, la parte que más me divertía: ¡Oh, es increíble, no queda ni rastro! ¡Parece mentira! Entonces salían unos chiquillos corriendo dispuestos a seguir enguarrándose con todo tipo de porquerías con la seguridad de que no iba a pasar nada. Encantador.
Pues bien, no hay nada que irrite más a un creativo publicitario que le copien sus ideas. ¿Será por eso por lo que me he sentido tan molesto cuando ayer leí que el supremo, así con minúsculas, ha confirmado la absolución de Camps por los trajes de Gúrtel. La sentencia es definitiva, no cabe recurso. Ya está. Camps sale sin mancha de todo el enmarranamiento, el milagro antimanchas ha funcionado. Él, que era un amiguito del alma de la suciedad. ¿Cuál habrá sido el truqui para no dejar ni rastro? Ahora habrá que pedir disculpas, como exige con razón el PP, a Camps y Costa por haber dudado de su limpieza.
Luego, yo decía: tranquila, señora, que las manchas ya no existen, y ahora seguro que me van a volver a copiar, y van a decir: tranquilos señores, que Gurtel ya no existe.
¡Copiones de mierda!


miércoles, 3 de abril de 2013

¡Ostras!





Ya comenté en otra ocasión mi irresistible afición a las ostras. No ya para comérmelas, que también, sino como modelo de vida. Nada las altera, salvo el limón, y cuando eso sucede, todo carece de importancia pues el final está ya encima. La ostra tiene fama de aburrida, pero eso es porque juzgamos la diversión sólo por lo que vemos en los documentales de acción y en los anuncios de Red Bull. También muchas personas, sin ser ostras, disfrutan de lo lindo sin moverse de un sillón, leyendo, escuchando música o simplemente pensando, aunque he de reconocer que esto último sí que es extraño de verdad. También uno se puede sentir feliz sentado al borde de un acantilado o en la cima de una montaña, contemplando un paisaje, y sin mover ni un solo músculo. Insisto, pensamos que una ostra se aburre por meros prejuicios, pero la verdad es que desconocemos su vida interior y hasta dónde puede dar de si para disfrutar lo suyo. Por otro lado, ¿no es maravilloso un animal que es capaz de convertir un simple grano de arena en una maravillosa perla? Y sólo con su higadito, sin usar las manos, mayormente porque carece de ellas. ¿Quién de los grandes deportistas y hombres de acción que conocemos es capaz de una hazaña semejante? Y para conseguir ese prodigio, digo yo que habrá que estarse quietecito. Aunque no basta con la inmovilidad, pues el percebe jamás va a ningún lado y que se sepa nunca se ha encontrado una perla en su interior.
Pero la mayor ventaja de las ostras no son sus perlas, sino, lo que he mencionado al principio, su inalterabilidad. Nada las perturba, ni las indigna ni  las saca de sus casillas. Jamás, que se sepa, se ha visto a una ostra gritar, perder las formas o montar una gresca. Son exquisitas, no solo en su sabor, sino en el trato. No como yo, que me pongo como un energúmeno por nada y a la mínima salto. Por ejemplo hoy. Precisamente me estaba comiendo unas ostras en un bar estupendo que hay cerca de mi casa, cuando de repente ha salido en la tele… bueno no voy a amargar a nadie el día con lo que he visto, porque además no he visto nada, ya que era el diferido de una rueda de prensa en diferido, y a partir del segundo diferido ya no hay quién siga el hilo de nada. El caso es que me he puesto hecho un basilisco, indignadísimo con el cariz que está tomando todo. Se me llevaban los diablos, de verdad.
Sin calmarme del todo he mirado la última ostra que me quedaba y antes de comérmela me ha dado una envidia terrible. 


jueves, 28 de marzo de 2013

Tranquilidad en tiempos de pasión




Hoy es jueves santo. Estamos en tiempos de Pasión. La palabra viene de padecer, y eso es lo que nos pasa a todos, que estamos padeciendo. Padecemos cada vez más cosas, que dicho así, resulta menos estremecedor que si decimos directamente que cada vez soportamos más agravios, más injurias y más pesares, que es lo que significa padecer. Pero como ya estoy harto de oír y leer y ver, siempre las mismas desvergüenzas, voy a mostrar mi lado más positivo, me olvido de todas las miserias que me rodean y voy a escribir un esperanzador y optimista artiblog.
Ahí va, atentos:
Mmmm… bueno, ejem. ¿saben aquél que diú…? No, espera,… esto… veamos, ¿qué tal empezar con una primaveral mañana en la que los pajarillos nos despiertan suavemente con sus matinales antífonas, mientras el arrullo de los cocodrilos…? ¡nada, no hay manera! ¡Joder, si es que no se me quita de la cabeza! ¡PERO SI PRÁCTICAMENTE TODOS LOS TESOREROS QUE HA TENIDO EL PP ESTÁN IMPLICADOS EN TODA LA DIVERSIDAD DE DELITOS QUE EXISTEN RELACIONADOS CON EL AFANAMIENTO DE DINERO! SANCHÍS, LAPUERTA, BÁRCENAS… Y NASEIRO, QUE SE LIBRÓ PORQUE EL SUPREMO ANULÓ LAS PRUEBAS QUE LO INCULPABAN (LAS FAMOSAS ESCUCHAS). De todas formas se hubiera librado por cualquier otro motivo, eso también lo tengo claro. Como ahora, que ya se están urdiendo los truquitos legales y jurídicos para que el último tesorero, empresario de éxito en fines de semana, se vaya a disfrutar de lo comisionado incluyendo el finiquito simulado y en diferido del PP.
Así, con estas noticias, no hay quien saque su lado más positivo.
Lo dicho, vivimos tiempos de pasión y si no, vean el calvario que está pasando Rajoy que al pobre hasta se le ha ido el habla.



martes, 19 de marzo de 2013

El cangrejo






La ciencia nos hace avanzar, eso lo sabe hasta un niño de bachiller. Bueno, eso lo sabía un niño de bachiller cuando había bachiller. Ahora a los infantes les enseñan que no es relevante lo que nos hace avanzar, sino lo que te hace avanzar.
Un profesor de la Autónoma de Madrid decía el otro día que van a desaparecer las carreras de humanidades. La facultad de filosofía dejará de existir, por mencionar la más emblemática. ¿Por qué?, porque no resulta rentable invertir en formar filósofos, así de sencillo. Grave error medir la rentabilidad siempre en términos monetarios.
La economía busca exclusivamente la eficiencia en un contexto global y altamente competitivo. Antes se contemplaban también las repercusiones sociales de las medidas económicas.
Los añosos como yo, recordarán que cuándo éramos pequeños, en los viajes largos por carretera nos inventábamos juegos para pasar el rato, en los que participaban nuestros padres. Ahora, a los niños se les enchufa a unas pantallas donde ven siempre la misma peli, para que no molesten.
Antes los salarios crecían, cada año ganábamos más, y crecían al mismo ritmo que aumentaba la productividad. Parece justo, pero además de justo, necesario, pues al aumentar los salarios también crecía la demanda de los bienes de consumo, lo cual conducía a un crecimiento de la producción, así sucesivamente año tras año. Lo que Robert Reich describió como un pacto según el cual “los patronos pagaban lo suficiente a sus trabajadores para que éstos comprasen lo que sus patronos vendían”. Un equilibrio que es fácil adivinar quién lo rompió.
Antes, la democracia representaba la voluntad mayoritaria, pero ahora ni los que han votado a los partidos gobernantes están satisfechos con lo que hacen.
Hubo un tiempo en que la palabra crisis se aplicaba con exactitud y precisión, pues se refería a momentos en los que se veía alterada la continuidad en el desarrollo de algún proceso, pero contando con el regreso a la situación anterior.

Antes a mí me gustaban muchísimo los cangrejos, ahora los miro con recelo.
¿Todo esto será porque antes éramos analógicos y ahora somos digitales?




lunes, 11 de marzo de 2013

A la trituradora






La palabra desahucio suena a operación quirúrgica sin esperanza, y encima, sin anestesia. Desahucio es una palabra traidora no solo por lo que significa; engaña y despista al más pintado. La empiezas a escribir con la certeza de que pondrás cada letra en su sitio, pero si no estás atento a la trampa que esconde, acabarás poniendo la “hache” en el lugar equivocado. Porque admitámoslo, dan ganas de poner deshaucio. Bueno, en realidad dan ganas de no poner esa palabreja en ningún sitio, salvo en la trituradora. Qué bonito sería que existiera una trituradora capaz de reducir a polvo las palabras infames, con todo su significado hecho puré. Yo haría una salsa a base de pasar por el chino y luego colar, palabras como deshabitar, deshecho,  desheredado, deshonra, que siempre acompañan a desahucio, aunque con la hache en su sitio, y luego la serviría muy, muy caliente, hirviendo, a los responsables de que existan, derramándola por sus cabezas culpables. No les iba a gustar nada, porque ellos prefieren beber sangre. Chupan sangre, hasta que no queda ninguna gota.
Sí, tendremos que inventar esa trituradora de palabras y ajustar el grado de molienda hasta el extremo de que no deje ni una sola sílaba entera, que resulte imposible reconstruirlas y que nadie pueda reconocer ni los restos. Tan solo dejaría una hache, la hache, para que podamos crear a partir de ella palabras nuevas. ¿Qué tal empezar con “hermanear”? “hermanear” suena terriblemente cursi, lo sé, pero yo creo que es por lo extraña que nos resulta a todos. ¿Qué demonios querrá decir hermanear? No es una palabra que encaje bien entre nosotros, no.

miércoles, 27 de febrero de 2013

El Albatros de Heracles




Hace tiempo subí a mi maldito blog un cuento perteneciente a Los Trabajos de Heracles. Los Trabajos de Heracles es un libro de relatos que publiqué con la editorial Galisgam y que al poco tiempo cerró tras declararse en quiebra. Tengo la esperanza de que no fuera a causa de mi libro, aunque cabe dentro de lo posible. Cedí los derechos por dos años, aún no se han cumplido pero supongo que a nadie le va a importar a estas alturas que publique en mi blog personal otro de los relatos. Todos tenían en común a sus dos personajes centrales que… en fin, juzgad si la cosa es como para cerrar una editorial.



El albatros de Heracles



No me gusta hablar mal de nadie y mucho menos de mi amigo Heracles, unidos como estamos por los indisolubles lazos de una amistad que se remonta a nuestras edades escolares. Bueno, en realidad sí me gusta hablar mal de la gente y especialmente de mis amigos, las cosas como son, y con Heracles no voy a hacer ninguna excepción por muchos tebeos que hayamos compartido. Además, recuerdo que nunca me devolvía los que yo le dejaba. Granuja. En fin, lo que trato de decir es que en esta ocasión voy a confesar algo que hará tambalear la buena imagen de mi amigo, si es que tal cosa es posible entre la gente que lo conoce de verdad. Son revelaciones que ponen en evidencia su grado de neurosis.
El otro día estábamos en El Compás calibrando las distintas posibilidades que teníamos de llegar a nuestras casas sin utilizar la adecuada técnica de reptar si seguíamos bebiendo más cervezas, cuando me dijo sin rodeos:
    -Querido amigo, he de confesarte que mantengo un odio histérico hacia los animales con plumas.
    -Es decir –contesté sorprendido por la declaración tan fuera de lugar-, hacia las aves.
Heracles me observó y tras unos momentos en que se notaba que la duda atravesaba sus pensamientos me contestó de forma un tanto desconcertante:
    -¿Aves?... sí, exacto.
Hay veces en que tengo la impresión cuando estoy con Heracles, de tener delante de mí a un genio, una persona casi sobrenatural, un cúmulo de cualidades capaz de embelesar al más exigente conversador. Sin embargo, existen otros momentos en que lo miro preguntándome como es posible que pueda pasar tantas horas con semejante imbécil a mi lado.
    -¿sabes a qué es debido tu odio hacia las aves con plumas?
    -Sospecho que se debe a que echaron a perder... mejor empiezo desde el principio.
Damián, siempre al acecho, al oír la última frase de Heracles, se dirigió sin prisas pero con determinación hacia el grifo de cerveza con dos nuevas jarras recién sacadas de la cámara. Todo un profesional.
    -Cuando yo era niño –desde luego eso sí era empezar desde el principio- me gustaban las aves muchísimo –sentenció dramáticamente-. De hecho mi mascota era un albatros que me trajo mi padre del Pasaje de Drake,... ¿sabías que los albatros  pasan el 96% de sus vidas volando sobre el mar, y tan solo el 4% restante están sobre tierra firme? Pueden permanecer años sobrevolando los océanos sin posarse sobre nada sólido.
    -Caray –fui escueto, sí.
    -El albatros que yo tenía era de la familia de... ¿Cuál es el ave voladora más grande que existe? –me preguntó a bocajarro, y antes de que yo pudiera decirle que sin duda era el cóndor, me atajó.
    -¿Crees que es el cóndor, verdad?, ¡pues no! ¡Es el  albatros errante, diomedea exulans, justo el tipo de petrel que yo tenía!
    -¿No era un albatros? –dije confundido.
    -Es lo mismo. Prácticamente.
Di por buena la explicación de mi amigo, que compagina con maestría el conocimiento de los detalles más ocultos con la ignorancia general del conjunto.
    -El caso es que en cierta ocasión estábamos mi albatros y yo sentados al borde de un acantilado en la Costa Brava, cuando noté que se movía con cierta inquietud, como si le pasara algo.
    -¿Tu albatros estaba sentado a tu lado?
    -Claro.
    -Claro, claro.
Tras unos instantes de silencio, mi amigo prosiguió.
    -¿Te he dicho que el albatros que yo tenía era de la clase más grande que existe, aún mayor que un cóndor?
    -Sí, me lo has dicho.
    -¿Sabías que un cóndor puede soportar la carga de un niño volando?
    -No, no lo has dicho, pero no me resulta difícil imaginármelo.
    -Un albatros también.
    - También.
Pasados nuevos instantes de silencio, Heracles reanudó la conversación, juraría que con los ojos ligeramente humedecidos.
    -He de decirte que yo me sentía muy unido a mi albatros.
    - Lógico.
    - Y él conmigo.
    -Lo daba por hecho.
    -El sitio en el que estábamos sentados daba a una bahía inmensa dominando todo el panorama desde una altura bastante considerable. La brisa era suave, persistente y con olor a mar, lo cual no era en absoluto de extrañar dado el sitio en el que nos encontrábamos, pero sí es necesario evidenciarlo para poder entender lo que pasó a continuación. 
Me acomodé en mi taburete.
    -Noté que mi albatros se removía inquieto en su asiento –prosiguió-. Algo había en el ambiente que le mantenía en otro mundo ajeno al que nos rodeaba en ese momento. Su mirada estaba ausente y su expresión indicaba que se encontrase donde se encontrase, se encontraba mejor que si se encontrara donde se encontraba.
Miré con recelo su jarra de cerveza recién puesta.
    - Mi albatros sentía la llamada del mar. Yo intenté en balde contactar con él, animarlo como tantas otras veces había hecho,...
    -¿Cómo se anima a un albatros gigante? –interrumpí a sabiendas de que su respuesta sería una torva mirada.
Me miró torvamente y continuó:
    -Le pasé mi brazo por el hombro y luego lo acerqué hacia mí, frotándole las plumas de la cabeza. “¿Qué te pasa viejo amigo?”, le pregunté...
Es lo que tiene el alcohol, que a uno lo pone melancólico. Heracles tenía un nudo en la garganta que le impedía hablar. Estaba emocionado y por un momento me enterneció verlo, grande como un oso, a punto de soltar un torrente de lágrimas y mocos porque se acordaba de su albatros. Inmediatamente mi sentido crítico se impuso.
    -¿Mientras le preguntabas eso, batías los brazos? Un poco de lenguaje corporal, ya sabes...
    -Levantó el vuelo.
    -Ya, y desde entonces no has vuelto a saber nada de él, ¿no es así? –concluí dando por zanjada la historia de final previsible.
    -Cuando apenas había despegado, yo me tiré hacia él para sujetarlo sin darme cuenta de que me estaba lanzando al vacío desde lo alto del acantilado. Afortunadamente mi salto bastó para poder asirme a sus patas lo que me salvó de despedazarme contra los escollos de abajo. Si no hubiera sido por mi agilidad unida a su fortaleza, habría servido de alimento a los cangrejos.
    -Menuda suerte –exclamé aliviado de que mi amigo no se matara.
    -Sí, una mala suerte que me duró casi tres años.
Esto no lo entendí. Damián se dio cuenta y sin precipitarse acudió en mi auxilio con una jarra nueva de cerveza. Luego, Heracles declaró con voz profunda y seca:
    -Estuve tres años sobrevolando el mar unido a sus patas.
Hay momentos en que a lo largo de una conversación se produce un silencio que es necesario respetar pues forma parte esencial de la narración. Los silencios pueden decir muchas cosas y a veces son más elocuentes que las mismas palabras. Son momentos que marcan una pausa en el relato y sólo los buenos oradores saben cuando utilizarlo, pues es preciso contar con la suficiente experiencia  para saber que tu escuchante va a enmudecer hasta que tú des algún indicio de que ya está permitido volver a hablar. Es como cuando el torero, después de dar algunos pases maestros, repentinamente se da la vuelta, eleva la cabeza, saca pecho y con andares sobrados de soberbia deja a sus espaldas al toro que lo mira hipnotizado sin atreverse a seguirlo y pitonearlo a placer, que sería lo suyo. Un buen orador maneja los silencios con destreza, los propicia en el momento oportuno y mantiene al escuchante con funerario respeto tanto que en ocasiones baja la vista y simula reflexión o sufrimiento. El silencio que se produjo a continuación de que Heracles confesara que había permanecido tres años de su vida colgando de las patas de un albatros gigante, no era de ese tipo. En realidad no era un silencio fácilmente clasificable. Al principio enmudecí porque sencillamente no podía cerrar la boca. Luego, una vez cerrada, no podía abrirla.
    -Pero eso no es para coger manía a todas las aves –dije por fin y he de reconocer que lo dije sin pensarlo mucho.
    -¿Tienes idea de los equilibrios que tenía que hacer para alimentarme con los peces que me dejaba caer de su pico?
    -Y crudos, claro.
    -No, a veces me llegaban con salsa tártara y una botella de vino blanco bien fría.
Reconozco que de vez en cuando hago observaciones que merecen respuestas contundentes.
    -Sí, tres años en el mar son muy duros –asentí en tono reconciliador-, sobre todo si los pasas penduleando de las patas de un pájaro.
    -Imagínate. Claro que lo peor fue el impacto psicológico.
    -Bueno, pero ya pasó todo, ¿eh?, arriba ese ánimo.
    -Yo estuve tres años de mi vida alimentándome de peces regurgitados, prendido de las patas de mi mascota, pasando frío, calor, humedad,... ¿qué digo humedad? ¡permanentemente empapado hasta la médula de los huesos!,... he vivido más de tres años sufriendo todo tipo de privaciones y calamidades, sin ver a mis padres, ni a mis tíos, ni nada de nada,... todo porque pensaba que cuando se le pasara el ansia de mar mi albatros volvería a estar conmigo como siempre había sido, pero ¿sabes qué hizo cuando finalmente se posó en el mismo acantilado del que partimos y yo pisé por primera vez en tanto tiempo tierra firme?
Antes de que yo pudiera contestar ninguna tontería fuera de lugar, Heracles se respondió a si mismo:
    -Se miró las patas, las sopló, y a continuación remontó de nuevo el vuelo dejándome abandonado en mitad del acantilado.
    -¡Todos los albatros son iguales! –dije demostrando que mi capacidad de responder inconveniencias seguía intacta. Observé que los hombros de Heracles se movían convulsivamente y que trataba de ocultar la cabeza entre ellos.
    -Venga, no llores –intenté consolarlo- a lo mejor no era el mejor albatros que podías encontrar... es posible que tu albatros ideal te esté esperando en algún risco de la costa gallega y que un día vuestras vidas se crucen y viváis siempre juntos,... ya sabes... ese tipo de cosas.
    -Ya, claro, eso es lo que yo me dije, que tenía que reponerme, rehacer mi vida, pero no es fácil ¿sabes?, no es nada fácil.
    -Lo entiendo, a todos nos ha... podido pasar lo mismo alguna vez.
    -De hecho volví a tener otro albatros al año siguiente.
Me detuve en seco. Todo se detuvo en seco. Fue como si alguien hubiera destrozado el mecanismo que permite que las cosas no estén detenidas en seco.
    -¿Hubo otro albatros en tu vida? Quiero decir, ¿tuviste otro albatros?
    -Sí. Y pasó exactamente lo mismo. En esta ocasión sólo estuve suspendido año y medio de sus patas.
    -Lo que hace la experiencia.
    -No te creas, fue un golpe de suerte, porque el siguiente albatros que tuve...
    -Un momento, un momento –interrumpí con malos modales- ¿cuántos albatros has tenido en total?
    -Mmmm, no se, quizá cerca de diez.
    -Ah, bueno, digamos que lo normal, ¿no? –ironicé.
    -Sí, supongo, pero con muy mala fortuna, pues siempre me ha sucedido lo mismo –hizo una pequeña pausa para tomar aire y expulsarlo en un significativo resoplido-. En total he debido de pasar unos doce años de mi vida sobrevolando los océanos, agarrado a mis sucesivos albatros. Y al final, siempre me han acabado abandonando – dio un trago largo de cerveza-. ¿Comprendes ahora por qué odio a todos los pájaros, aves, o como quieras llamar a esa especie de animal ingrato?
   -Sí, una vez que lo has explicado, se entiende perfectamente.
   -¿Otra cerveza? –me preguntó totalmente restablecido de la conmoción de revivir sus tristes historias.
Yo se que Heracles jamás miente. Quizá por eso seguimos siendo grandes amigos aunque a veces pienso que podía ser menos neurótico.  Acepté la cerveza y brindamos por los siguientes albatros que pudieran presentarse en su vida.

Fin




miércoles, 20 de febrero de 2013

Cosas del tiempo






Conozco a una persona que está enamorada del tiempo.
    -Estoy enamorado del tiempo –me dijo-. Amo cada segundo que pasa.
    -Es una forma de amar la vida –contesté satisfecho de haber encontrado rápidamente algo bueno que decir a tan disparatada propuesta.
    -No, no es ese tipo de amor. Yo amo al tiempo por él mismo, no por los beneficios que puede representar para alguien que está vivo. De hecho, la vida me trae sin cuidado. Siempre me ha parecido un fenómeno sobrevalorado por los que estamos vivos. No, yo amo al tiempo como podía amar a la materia o al espacio.
    -¿No te parece que la vida está bastante ligada al tiempo?
    -Naturalmente que sí, pero no lo suficiente como para confundirlos.
   - Ya, pero ¿cómo puedes amar al tiempo y resultarte indiferente la vida? Si no estuvieras vivo, no serías capaz de amar nada. Por otro lado, sin tiempo no hay vida y sin vida no hay tiempo.
    -Los que estamos vivos tenemos una opinión demasiado sesgada de lo que es la vida y nos encanta proclamar que la amamos, pero la mayoría de nosotros no sabemos si eso es exactamente así. Yo me he dado cuenta de que amo al tiempo, precisamente pensando en cómo era posible que me resultara indiferente la vida.
    -¿Estás seguro de que no amas a la vida?
    -Cuando digo que no amo la vida, quiero decir que no la amo en el mismo sentido que dicen amarla quienes más la maltratan. Yo la amo pero de forma diferente porque también amo la vida ajena. Por ejemplo, soy absolutamente incapaz de hacer daño a nada que tenga consciencia de su existencia, por dos motivos: respeto, y porque de todo lo que existe en el mundo lo que menos soporto es el sufrimiento, tanto el propio como el de los demás. Pero, ¿significa eso, acaso, que amo a la vida? Yo creo que no. Simplemente significa que odio el dolor. Y llegado a este punto he de confesar que me parece que me he hecho un lío.
Yo a su vez, reconocí que me encontraba bastante confuso. Mi amigo me miraba calibrando el efecto de su confesión. Él me conoce y sabe que soy bastante crítico y que ante los estímulos apropiados suelo proporcionar interesantes argumentos para destruir o apoyar su postura,… algo, desde luego, diferente a un encogimiento de hombros con cara de besugo.
Puse cara de besugo con los hombros escondidos en el cuello y simplemente dije:
    -Esta democracia es una mierda.


jueves, 14 de febrero de 2013

Parece mentira




Se puede decir que en general no me siento tentado a escribir sobre las cosas tan desconcertantes que están sucediendo en nuestro país, pues para mi gusto son demasiado reales, y siempre me han atraído más las otras cosas, las no reales. La realidad es lo fácil, porque es lo que tienes sin ningún esfuerzo, está ahí y ya está; la no realidad en cambio es más compleja pues admite muchísimos matices, algunos, completamente surrealistas, y con eso lo he dicho todo. Por recordar a Lewis Carrol, soy más partidario de la celebración del no-cumpleaños que del cumpleaños, pues para empezar, tengo 364 oportunidades de celebración y no solo una. Lástima que no esté Lewis Carrol entre nosotros, a ver qué decía.
El caso es que el realismo está haciendo la competencia de forma desleal al surrealismo. A ver si no: el actual presidente de la patronal es un negacionista de la situación laboral. El anterior está en la cárcel por “malas” prácticas empresariales. El vicepresidente actual de la patronal y presidente de los empresarios madrileños va a ir pronto a hacerle compañía, por ignorar algo tan básico en el funcionamiento de las empresas, como es la debida tributación a la Seguridad Social. Su amparadora, y expresidenta de la CA de Madrid, todo lo que tiene que decir es que “estamos en un estado de derecho y el señor Fernández merece todos mis respetos”. Pues qué bien, respetemos todos a D. Arturo, que de momento, de forma constatable, acumula 16 multas de la Seguridad Social por impago (total medio millón largo de Eurípides).
Del resto, de lo que viene de lejos, prefiero ni mencionarlo que ya está muy trillado, pero por seguir con la actualidad del último minuto, hay tres primas y una tía, o la abuela, uno ya no sabe, del rey, que van a ser imputadas por su relación con la mafia china. La realeza no sale de las redes delictivas. Ahora metida en la multinacional del blanqueo, donde su CEO, Gao Ping, el chino malo, está en la calle por un error del juez, pero que si no llega a ser por ese fallo tan tonto sería compañero de celda de los anteriormente citados.
Joder, si es que todo parece mentira de lo irreal que es.
Yo de momento, veo una posible salida a mi existencia postulándome como próximo papa ahora que ha quedado vacante el puesto. A ver si es verdad.

miércoles, 6 de febrero de 2013

Mi abuelo menguante



Mi abuelo esperaba todos los años la llegada de la primavera con verdadero entusiasmo. No era algo nuevo, aparecido con la edad, sino que le había pasado siempre, desde que era niño. O al menos eso era lo que me contaba a mí, que siempre le había gustado muchísimo la primavera. Quizá por eso lo sintió tanto cuando un año ocurrió algo insólito: no hubo primavera. No es que se alargara el invierno, o entrara antes el verano, no; sencillamente ese año tuvo sólo nueve meses y justo los tres que faltaron eran los correspondientes a la primavera. Mi abuelo, como os podéis imaginar, se llevó un disgustazo enorme, pero qué iba a hacer el hombre. Lo curioso del fenómeno es que así volvió a suceder al siguiente año y al siguiente, de modo que a partir de entonces los años se sucedían sin primavera. Años de nueve meses, justo lo que dura la gestación del siguiente.
Mi abuelo, que era una persona muy adaptativa con un gran sentido práctico, empezó entonces a disfrutar con mayor entusiasmo del verano, y cuando ya estaba prácticamente acostumbrado a tener sólo tres estaciones, de repente llegó un momento en que tampoco hubo verano. Pasó lo mismo que cuando desapareció la primavera, no quedó ni rastro. Sólo seis meses  y hala, ya estaban celebrando la llegada del siguiente año, que como era de prever, también pasó directamente del invierno al otoño. Y pasaron muchos años que eran medios años cuando finalmente sucedió algo que ya estaba esperando mi abuelo: años de tres meses. Sólo invierno. Hasta que llegó un día, bastante frío, claro, en que también desapareció el invierno, con lo que a mi abuelo no le quedó otra salida que morirse.
Y así vive desde entonces, completamente muerto, pasando años que no existen.