domingo, 20 de noviembre de 2016

Dedicatorias








Pronto, creo que dentro de dos semanas o así, saldrá a la venta El viaje del neandertal, mi última novela, aquella que presenté a un concurso y que no ganó, pero que alguien dentro de la editorial  pensó que merecía la pena darle una oportunidad. Así que este verano un señor muy amable me llamó para darme a elegir entre arrojarla a la papelera o hacer una edición corta para ver cómo funcionaba. Las papeleras, aún gustándome, considero que son superables por una edición corta, así que mostré mi conformidad y en este punto estamos.
El otro día recibí una caja con 19 ejemplares que me ha mandado la editorial, según es costumbre. Por un momento temí que la edición corta iba a consistir exclusivamente en esos 19 ejemplares, pero luego me aclararon por teléfono que en modo alguno, de modo que respiré aliviado. Tan solo me quedé con una pregunta rondándome en la cabeza sin que aún haya encontrado respuesta: ¿por qué exactamente 19 ejemplares? 19 es el octavo número primo, su raíz es 1, y de ahí no he pasado en mis intentos por encontrar mensajes ocultos. En cualquier caso me gusta 19.

Todo esto lo cuento por dos motivos, el primero es para decir que dentro de poco todo el mundo podrá acudir con sus sacos de dormir a esperar a que abran las puertas de La Casa del Libro, pues insisto en que la edición es corta. El segundo motivo es porque me sirve como justificación para hablar del título de este artiblog.

La  costumbre de dedicar un libro a alguien es una costumbre realmente bonita que viene de lejos. Cuando dedicamos un libro, no solo agradecemos la intención de leerlo, también estamos dedicando muchas horas de trabajo y esfuerzo, momentos de incertidumbre en los que ver la siguiente página escrita era una posibilidad pero no la única, también estamos dedicando ilusión por superarlos, y otra serie de cosas todas predecibles y me temo que aburridas. Vale, pero por las mismas razones también se podrían dedicar otras actividades en las que sin embargo no es costumbre, y esto es lo que no me parece bien. ¿Por qué no dedicar una operación a corazón abierto a la madre del cirujano, sin cuyo apoyo no habría sido posible su realización, por ejemplo? Un carpintero podría, y debería, dedicar el ensamblaje y barnizado de dos calzadoras para dormitorio, un cocinero unas manitas de cerdo rellenas de foie con pasas… todo el mundo debería hacer dedicatorias de lo que hace, no solo los escritores. Es una costumbre bonita que hay que extender  y mantener para cualquier actividad de la que uno se sienta orgulloso de haber realizado.

Pero vamos, que lo importante es lo de la aparición de mi otro libro. No sé si habrá presentación como en los anteriores, pero si no la hay, adelanto que El viaje del neandertal está dedicado a cada uno de los lectores que tenga. Con todo mi cariño.








domingo, 13 de noviembre de 2016

Mi vecino







Llegué a su casa una tarde sin avisar. Conozco muy bien a mi vecino, del que hace muchísimo tiempo que no hablo, y sé cuando necesita una visita.

Normalmente no pasan más de tres días sin que me lo encuentre por algún lado, no sé si será casualidad o que espera a que yo salga de casa para hacerse el encontradizo conmigo, pero así es, por eso cuando llevo mucho tiempo sin verlo, sé que significa que algo le pasa. Tiene cierta tendencia a la depresión y no es bueno tener un vecino deprimido, puede hacer cualquier locura como echar pirañas en la piscina o pisotear los macizos de flores, aunque dado que estamos en otoño, tanto da. Aún así, quería hacer algo por él, de modo que decidí ir a visitarlo para ver cómo se encontraba.

Llamé al timbre de su puerta y al cabo de casi un minuto apareció el pobre desdichado hecho un desastre, demacrado, la barba de cuatro días y con todos los indicios de llevar el mismo tiempo sin tomar una ducha. Sin embargo, para mi sorpresa, se mostraba risueño. Mantenía una expresión alegre, despreocupada, y desde luego no parecía una persona atormentada por ningún tipo de depresión. Yo, como es natural, estaba bastante decepcionado pues esperaba encontrarlo hundido, necesitado de mi ayuda para salir de algún pozo de amargura, y no así de feliz y contento. Se lo iba a echar en cara cuando de repente me llamó la atención lo que llevaba en la mano: unas tijeras, papel de envolver y un rollo de celofán. Miré detrás de él y descubrí que todo el salón estaba lleno de paquetes de distintos tamaños. Paquetes que él estaba haciendo. Le pregunté con la mirada a qué se debía todo ese despliegue según le echaba a un lado para poder pasar al interior de su casa y observar todo con mayor detalle. Había paquetes, paquetitos y paquetazos por doquier y sobre la mesa del comedor, extendidos varios rollos de papel de envolver. También había distintos objetos que eran suyos en proceso de ser empaquetados: un jarrón, la bandeja donde ponía las llaves y la calderilla al entrar en casa, un retrato de su madre, su micro ondas…
    -¿Qué haces? –le pregunté como si fuera su mujer y le hubiera sorprendido hurgando en el cajón de mi ropa interior.
    -Paquetes.
La respuesta a pesar de que era la más evidente de todas las que podía escuchar me sorprendió.
    -¿Cómo que paquetes?
    -Sí, paquetes, ya ves.
Me respondió elevando los hombros con una sonrisa de lado a lado, como si hacer paquetes no fuera su culpa. Se le veía completamente feliz ¿Para eso me había tomado yo la molestia de hacerle una visita? ¿Dónde estaba mi vecino deprimido? Bueno, al menos cabía la posibilidad de que se hubiera vuelto loco.
        -Pero, ¿no estás deprimido? –pregunté sin poder disimular mi desilusión.
    -Sí, por eso me he puesto a empaquetar cosas, así, cuando tenga toda la casa empaquetada, salgo a dar un paseo …
Hizo un gesto en  círculo con su brazo que abarcó todo el perímetro del salón.
     -…y cuando vuelva me encontraré todos estos paquetes, cada uno con una sorpresa dentro. ¿Sabes la ilusión que me va a hacer ir descubriéndolos uno a uno? Estoy loco de contento con todo lo que me espera, no quiero ni pensar la ilusión que me voy a llevar cada vez que desenvuelva un paquete y me encuentre con algo que me gusta de verdad.

Lo miré tratando de descubrir el mensaje budista que había en todo aquello. Seguro que había un mensaje budista, del tipo  la felicidad está dentro de ti y cosas de ese estilo.
    -Es que todo lo que me voy a encontrar me gusta un montón –dijo encantado.








miércoles, 9 de noviembre de 2016

Adieu mademoiselle


                                                                      sin palabras.






























sábado, 5 de noviembre de 2016

Los días de la semana






Hoy es sábado y aunque eso es algo que ocurre regularmente, lo de hoy me resulta explicablemente opresivo. Lo voy a explicar, pero antes me tengo que ir un poco por los cerros de Úbeda.

Yo antes, mucho antes, hace una infinidad de años cuando me encontraba en mi periodo de plena producción, y me refiero a una excesiva carga de trabajo, clasificaba los días de la semana en dos grandes grupos: el sábado y el resto. Después, cuando aún seguía en una fase productiva interesante pero de menor intensidad empecé a ver matices, y así por ejemplo, ya podía distinguir un viernes de un lunes, incluso algún jueves a partir del mediodía también tenía sus características propias que yo sabía apreciar. El domingo seguía siendo un día raro.

Mucho más tarde, con niveles francamente bajos de laboriosidad bien pagada, me convertí en un perfecto conocedor de las peculiaridades exclusivas de cada uno de los días de la semana, de modo que discernía perfectamente, así de lejos, un martes de un jueves, incluso podía encontrar grandes diferencias entre las mañas y las tardes. Por supuesto los domingos mantenían su estatus de rareza sin variar un ápice. Luego llegó el momento, en el que me encuentro ahora, de nula o casi nula actividad lo que se dice bien remunerada, en que me hago el remolón y ahí me las den todas, que se traduce en que me da lo mismo lunes que martes, o miércoles que viernes, y ni que decir lo mucho que me resbala que se trate de la mañana o de la tarde. El domingo por supuesto, no entra en esta apreciación.

Claro, pero cualquiera que sea medianamente observador se habrá dado cuenta de que todo lo anteriormente dicho entra en evidente contradicción con mi declaración inicial de que hoy es un sábado opresivo. ¿Por qué? ¿No habíamos quedado en que estoy en una etapa en la que todos los días (salvo el domingo) me daban igual?
Pues muy fácil, y la explicación hay que buscarla en que cuando uno no tiene hijos dios le da sobrinos, o lo que es lo mismo traducido a días de la semana, cuando uno no tiene obligaciones marcadas, se las inventa. Me he fijado en que mi último artiblog lo subí el sábado pasado, de modo que ya toca publicar el siguiente. Es decir, hoy, y aquí estoy, completamente estresado porque he quedado con unos amigos para cenar a las 9 y todavía estoy sin terminar.

Lo de mañana domingo, ni hablamos, claro.





sábado, 29 de octubre de 2016

Mi próxima novela






Si nadie trata de imitarte no eres lo suficientemente bueno. Esta es una máxima aplicable en pintura, escultura y otras actividades creativas, y en el caso concreto de los escritores admite un corolario que es “si no te piratean un libro, no acaba de interesar del todo”. Pues bien, el otro día me enteré de que ya se puede descargar gratis en Internet uno de mis libros. Honor que espero que pronto se extienda a los otros dos y si la suerte me acompaña también a los siguientes.

Tengo ya terminadas dos novelas, y una de ellas, El viaje del neandertal, saldrá el próximo mes. La otra probablemente a finales de enero o febrero.

La primera, El viaje del neandertal es una novela (creo que juvenil, pero no estoy muy seguro) que presenté a un concurso y aunque no ganó, resultó lo suficientemente interesante a la editorial como para ponerse en contacto conmigo para su publicación. Por cierto, es la segunda vez que me sucede lo mismo.

Ya os hablaré más sobre ella a ver si consigo que resulte interesante y si lo hago bien, y resulta muy interesante, hasta me la pueden piratear. Ojalá.




miércoles, 19 de octubre de 2016

Edificios muertos








El otro día hablaba del irresistible atractivo que tienen sobre nosotros las ciudades abandonadas, y que como prueba de ello cada vez hay más personas dispuestas a visitarlas. Solo tenemos que fijarnos en Pompeya y en que los japoneses, auténticos maestros de los viajes organizados, hasta han puesto un nombre  a este tipo de turismo, el haikyo. Los edificios abandonados también ejercen el mismo poder de seducción que las ciudades, y ponía como ejemplo la estación de Canfranc.  Pero de la misma forma que resulta fascinante contemplar las ruinas de una ciudad o de un edificio que en otros tiempos estuvieron llenos de vida, que cuentan con una historia, no sé a los demás, pero a mí me resulta francamente deplorable (incluso repugnante) la visión de un edificio que ha sido abandonado antes de estar terminado. El primer caso alimenta mi imaginación, puedo detectar la presencia de fantasmas deslizándose entre sus muros derruidos, espectros de personas que amaron, sufrieron y se divirtieron cuando todo aquello tenía vida. En el segundo caso lo único que veo es fracaso, y peor aún, veo una torpe decisión por mandar construir un edificio que no hacía falta en absoluto; terrible, imperdonable ineptitud. Miro esos esqueletos muertos antes de nacer y veo codicia, corrupción, personas que no buscaban mejorar la vida de los que pagaban esas construcciones, sino la manera de enriquecerse ellos  mismos. Por eso he puesto antes, repugnante entre paréntesis, ¿a que es más adecuado que deplorable?

¿Por qué me ha dado por pensar en esto precisamente ahora? Pues no sé, pero viendo la televisión, escuchando la radio y leyendo las noticias estos días, de repente me he acordado del aeropuerto de Castellón (tengo entendido que por fin, después de cuatro años desde su finalización, aterrizó un avión por primera y única vez que transportaba al equipo de fútbol del Villareal), ya puestos también del aeropuerto de Ciudad Real, de la Ciudad de la Justicia de Madrid, del mirador de la Moncloa de Madrid, de la  espantosa escultura de Calatraba en la Plaza de Castilla de Madrid, que por lo visto tenía que moverse  (terrible horterada, mejor que no haga nada, bastante tenemos con contemplar su desconcertante base), de la torre Miramar en Valencia, de la pasarela de Fórmula 1 de Valencia, del acuario de Cádiz terminado supuestamente en 2007 pero que todavía no ha llegado ni un solo pez y según el propio alcalde se trata ya de un “muerto”. También tenemos una pista de sky en seco en Valladolid, un spa de no sé cuantos millones en Torrevieja y una cinecitta en Valencia, la Ciudad de la Luz. Para terminar, aunque la lista sigue pero ya estoy cansado, mención aparte merece el Centro de Creación de las Artes de Alcorcón. Se trata de un complejo con varios edificios que ocupa 66.000 metros cuadrados, y que jamás se terminará. Se han pagado ya 190 millones de euros y para ilustrar la genialidad de la idea, basta con mencionar que entre sus instalaciones destaca un moderno circo. ¡Sí, un circo estable! ¡Un circo para casi mil personas de hormigón, acero y cristal! ¿En qué cabeza cabe?


Que cada cual responda a esta pregunta como la actualidad le de a entender.

                                                                                    sin comentarios




miércoles, 12 de octubre de 2016

Haikyo






El otro día me llegó, sin saber con qué propósito, información sobre una ciudad rusa abandonada. Estoy suscrito, de forma involuntaria en muchos casos, a un elevado número de publicaciones de variado contenido y siempre que recibo un boletín le echo un vistazo antes de despacharlo a la papelera virtual. En esta ocasión hubo algo fascinante en el artículo que  me atrapó y mi instinto predador de noticias curiosas me hizo guardar el enlace con la intención de volver sobre el asunto en posterior momento. Aquí hay materia para uno de mis artiblogs, me dije. Naturalmente mi tendencia al desorden, algunos lo llaman caos, es superior a cualquier instinto por conservar lo que sea, de modo que no tengo ni la menor idea de dónde está el enlace, pero si realmente hay algo sencillo hoy día es buscar lo que se nos ocurra en Internet,  así que nada me impedía volver a localizar la ciudad. Y aquí viene lo curioso, resulta que no hay una ciudad rusa abandonada, ni dos, ni un par de docenas, ¡se cuentan por centenas, miles y no solo rusas! Prácticamente todos los países del mundo cuentan con su ciudad fantasma. En España tenemos varias, sobre todo en la cuenca minera de León y Asturias y también en Granada, además de una infinidad de pueblos pequeños completamente abandonados.



La causa natural de la defunción de las ciudades no son los desastres naturales (muy pocas), sino la desnutrición. Claro, si desaparece el principal medio de subsistencia, lo que mantenía a sus ciudadanos vivos, desaparece la ciudad. Nada más hay que ver las ruinas apocalípticas de Detroit, el espectro de lo que fue emporio de la industria automovilística, o las ciudades mineras, pero yo pensaba que casos así habría pocos y resulta que su cantidad es abrumadora. A los japoneses, que no desperdician ocasión para sacar partido de lo roto (ver Kintsugi) quizá porque sufrieron los efectos de dos bombas atómicas, les encanta visitar ciudades en ruinas y a este tipo de turismo lo llaman Haikyo. Cada vez está más de moda el Haikyo, y no los culpo. Cuando fui a ver la estación de Canfranc estuve paseando entre sus ruinas hasta que se hizo de noche, subiéndome a los esqueletos de los trenes que aún seguían allí en  vías comidas por la maleza o recorriendo sus andenes. Si cerraba los ojos podía escuchar el bullicio de la estación en pleno funcionamiento, la llegada de un tren, el trasiego de sus pasajeros, mozos de cuerda gritando, incluso podía escuchar el ruido de las botas de los soldados subiendo pesadas cajas a los vagones de algún mercancías con destino a Moscú.



No hay nada más estimulante para la imaginación que mostrar tan solo la mitad de las cosas pues resulta imposible no poner la otra mitad que falta. Otra razón por la que resultan fascinantes estos lugares es por el morboso placer de la contemplación de un paisaje desolado. Nos sobrecoge y de vez en cuando está bien encontrar algo capaz de sobrecogernos. La visión de una ciudad entera vacía   con sus colegios, hospitales, teatros, polideportivos abandonados, donde la naturaleza con instinto vengativo vuelve a conquistar territorios que en su día le fueron arrebatados nos transporta a un mundo que no es el nuestro. La cantidad de historias que podemos imaginar es infinita y muchas de ellas seguro que sucedieron en la realidad.


Ciudades abandonadas como si fueran un cachorrillo de labrador, no existe mayor desolación y sin embargo resultan irresistibles. Si seremos raritos.







jueves, 6 de octubre de 2016

La fuerza de Jaime Gamboa





Desde hace un par de años mi amigo y sin embargo socio, Jaime Fernández de Gamboa, ya solo es mi amigo. De la sociedad ya no nos acordamos ninguno de los dos y ni falta que nos hace. Él siempre ha tenido alma de artista y con toda la razón pues es uno de los buenos. Así es la profesión a la que me he dedicado durante 32 años (joder), que te encuentras con mucho chisgarabís y también con gente que realmente merece la pena, verdaderos genios en algunos casos.

                                                                   Mi sigilosa gata Renata dibujada  por Jaime. No es acuarela pero es maravilloso.


A Jaime le encanta, siempre le ha gustado, la meticulosidad, el detallismo, la búsqueda de la perfección y sin que esté claro qué es consecuencia de qué, una de las cosas que mejor se le da es pintar con acuarelas. Otro amigo común, Miguel de Unamuno, también artista y creativo publicitario, me decía que la gran complicación de la acuarela es que no admite rectificaciones, no existe una goma capaz de enmendar un trazo malogrado o la posibilidad de pintar por encima del fallo para tapar la torcedura: en la acuarela lo que pincelas, pincelado queda para siempre. Es una técnica solo apta para aquellos que tienen muy claro lo que van a hacer y mi amigo Jaime es de esos.



Ahora expone junto a su hermana Nuria, que también es artista, en una sala de Almeria, exactamente en Agua Amarga. Una exposición en la que no solo se van a ver  estupendas acuarelas realizadas con maestría, y también sedas pintadas (Nuria, la hermana de Jaime pinta sobre seda), se va a ver mucho más. Se va a ver la fuerza, las ganas, la voluntad, la superación y la grandeza que solo tienen algunas personas, artistas que aceptan cualquier reto, y como siempre buscando la perfección.

Enhorabuena a Jaime y desde luego recomiendo a cualquiera que esté en las inmediaciones o tenga ganas de recorrer unos cuantos kilómetros que vaya a ver lo que es arte del bueno, del imperecedero.

Solo quería decirlo para que no haya dudas sobre la fuerza del arte.





martes, 27 de septiembre de 2016

Museo Smithsonian de Aeronáutica y del Espacio





He tratado de contenerme pero al final no he podido resistir la tentación de escribir, aunque sea brevemente, sobre el Museo Smithsonian de Aeronáutica y el Espacio, el museo más completo e importante en su categoría en todo el mundo, y desde luego la Meca para todos los amantes de los aviones y de todo lo que vuela. A mi modo de ver tiene una carencia que luego, al final comentaré, pero aún así me llenó de gozo su visita.



Para empezar tiene la colección más completa de aviones históricos que existe, todos originales, como es el caso del Spirit of St Louis cuya historia no es necesario mencionar. Uno de los Douglas World Cruise que realizó la primera  vuelta aérea a la tierra en 175 días cuelga del altísimo techo del museo, como si fuera una maqueta en la habitación de un niño; el original Wright Flyer con el que los hermanos Wright realizaron el primer vuelo propulsado y controlado en 1903, está en una sala en la que hasta se puede oler su madera. A mí particularmente me emocionó ver el famoso Spitfire inglés, auténtica pesadilla para los aviones alemanes en la 2GM y por aquello de que las pesadillas no vienen solas a su lado se encuentra el Zero japonés que se lanzaba con un Kamikaze a bordo contra los portaviones y otros barcos en la guerra del pacífico. 250 kilos de explosivo convertían al piloto en el suicida más hecho polvo de la historia de las muertes voluntarias.
Por supuesto no podía faltar el Messerschmitt Me 262, que fue el primer caza a propulsión a chorro de la historia, inventado por el ingeniero alemán Messerschmitt, ya al final de la 2GM. Como es de suponer, el afán por encontrar un avión de combate a reacción venía de lejos por parte de los nazis y antes de que consiguiera Messerschmitt su prototipo, hubo otras intentonas terribles en las que el piloto de pruebas salía muy mal parado, pero la palma se la llevó un avión que utilizaba un tipo de combustible cuyos vapores se filtraban al interior de la carlinga con el curioso efecto de disolver la carne humana. Solo lo probaron una vez.



También conservan el avión con el que Amelía Earhart se hizo famosa por ser la primera mujer que cruzó el Atlántico, entre otras marcas y méritos. Un precioso Lockheed Vega 5b. Naturalmente no es el mismo que pilotaba cuando se perdió en el Pacífico en 1937. La llamaban Lady Lindy por hacer una comparación fonética con Lindberg. Cuentan que cuando llegó a Irlanda, perdida y exhausta, preguntó a un hombre que andaba por allí dónde se encontraba. “En el pastizal de Gallegher” le respondió el irlandés y luego añadió: “¿Vienes de lejos?”. Ella lo miró y respondió “De Estados Unidos”, lo cual no pareció hacerle mucha gracia al hombre que pensó que le estaba tomando el pelo.
Pero volvamos al museo, en el que también podemos ver misiles, la terrible V1 y la no menos terrible V2 que acabaron con Londres en sucesivos lanzamientos. Fueron los primeros misiles de la historia. Cerca se encuentra el starfighter, al que se le conoce como “el misil con un hombre dentro”. La verdad, es que viéndolo uno se pregunta cómo es posible que eso vuele, con apenas unos  pares de metros cuadrados de superficie alar, lo que te hace suponer  la velocidad a la que tiene que ir.

En cuanto a la parte dedicada al espacio, he de decir que tiene muy pocas cosas que envidiar al museo de la NASA en Cabo Cañaveral, el cual yo también he tenido el placer y la suerte de visitar. Se pueden ver distintas cápsulas originales, entre ellas la que utilizó John Glenn para orbitar la Tierra. Nada más entrar en la primera sala te quedas con la boca abierta ante  el módulo de la Apollo 11, la primera misión tripulada en llegar a la Luna. Te quedas con la boca abierta observando lo antiguo que resulta todo, con unos controles mecánicos y paneles de control como los de un Jaguar XJ6 del 58. Como dato curioso exhiben un circuito integrado, recientemente inventado, de un tamaño que nos hace pensar en la prehistoria y a continuación en el valor de los primeros astronautas. O la inconsciencia. También tienen una roca de Marte y una de las escasas muestras de roca lunar que el público puede tocar sin necesidad de emprender un viaje de 385.000 kilómetros hasta la Luna. De hecho, que yo sepa, es el único lugar de la tierra donde hay roca lunar accesible al público.




En fin, para qué seguir, todo es una delicia. Y ahora viene la carencia que yo he observado y que en modo alguno resta ni un ápice de importancia a todo lo que se ha dicho. Está, mejor dicho no está, en la parte del museo dedicada a la técnica. Allí aprendí, por cierto,  a utilizar un sextante, algo que siempre me había intrigado; resulta que es mucho más sencillo de lo que aparenta. También, en ese mismo apartado sobre los avances en la navegación, aparece uno de los primeros GPS de la historia. Da no sé qué observar un cacharro grande como una nevera que hacía lo mismo pero peor, que el teléfono que llevamos en la mano y con el que además estamos haciendo centenares de fotografías de todo lo que vemos allí. Entonces, ¿cuál es esa ligera carencia observada? Parecerá una tontería pero en ningún lugar explica cómo es posible que los aviones vuelen, su fundamento físico. En este foro no tiene ninguna importancia porque de eso me voy a encargar yo. En mi próximo artiblog dedicado a la ciencia expondré la verdad sobre este espinoso asunto sin ocultar ningún detalle. conviene que la verdad salga al aire.






domingo, 18 de septiembre de 2016

La vuelta al cole





Ya he vuelto de mis vacaciones. Han sido breves pero mi gato me ha recibido como si hubiera estado ausente varios meses. Es decir, durante las primeras horas no me ha hecho el menor caso, como si no existiera, una indiferencia total que es su forma de castigarme por haberlo dejado abandonado durante diez días.
Gran parte las he pasado en formidables atascos entre Boston y Washington y el resto del tiempo metido en diferentes museos. Fantásticos museos; los americanos son maestros en cómo convertir un museo en un lugar no solo interesante e instructivo, sino también en un sitio divertido. Por supuesto, el que más me ha llenado de gozo es el Smitshonian dedicado a la aeronáutica y el espacio, auténtico motivo del viaje, del que esperaba muchísimo y que no me ha decepcionado en absoluto. He tenido ocasión de pilotar un caza despegando de un portaviones y aunque mi entrenamiento me facultaba para derribar otros cazas enemigos, no me enfrenté con ninguno en los pocos minutos que dura la sesión del simulador de vuelo. De hecho los veía a lo lejos pero inmediatamente evitaba acercarme a ellos con una endiablada maniobra, quedando como un auténtico cobarde pero disfrutando en cada viraje, picado, guiñada, subida hasta entrar en pérdida…, aún a sabiendas de que todas esas maniobras me alejaban del placer de acribillar a balazos a otro avión, si seré rarito. 
También he dedicado una considerable cantidad de horas al día a sobrealimentame, repartidas entre el desayuno, la comida y la cena, con breves intervalos para engullir llamativas bolsitas con todo tipo de  cositas, en general redondas y especiadas. Yo soy de la opinión de que allá donde fueres, haz lo que vieres, que decía mi abuela poniendo voz de persona que conoce los secretos de la vida.
No me voy a extender más sobre este viaje por un doble motivo: por un lado porque contar las vacaciones es como poner a las visitas el video de la fiesta de cumpleaños de tu niño, que a nosotros nos parece irresistiblemente divertido pero la realidad es que no le interesa a nadie. Por otro lado porque nada más llegar me he encontrado con un montón de trabajo y aunque solo sea por lo insólito del suceso, tengo que dedicarle toda mi atención.


Nada más quería decir que no me he muerto y aunque este blog no tenga ningún sentido, tal como avisa a la entrada, sigue vivo para aquellos que se sientan interesados por el tipo de despropósitos y curiosidades que normalmente aquí aparecen.




lunes, 5 de septiembre de 2016

La verbosa

Antes de hablar de la verbosa, una planta singular como se verá, tengo que confesar que si va a aparecer en La tertulia perezosa, es debido al Museo Smithsonian. Exactamente por el museo Smithsonian dedicado a la aeronáutica (el Instituto Smithsoniano cuenta con 19 museos). Se trata del museo más importante del mundo en asuntos aeronáuticos y yo tuve conocimiento de su existencia a raíz de leer un artículo sobre él escrito por Isaac Assimov hace mucho, mucho tiempo. Mañana voy a visitarlo, está en Whashington y estaré un tiempo desconectado de mi blog, por eso, y por fin llego al fondo de esta fatigosa presentación, voy a publicar una historia sobre esta peculiar planta tan real como la propia verbosa. ¿Por qué?, porque es una historia bastante más larga de lo habitual en este espacio. Para que cunda.


la verbosa









Hacía poco que había llegado a la ciudad, y como principal atractivo, el gran bazar chino ofrecía a todos los visitantes la oportunidad de contemplar objetos jamás vistos en ninguna otra parte del mundo. Algunos, los que estaban vivos, resultaban realmente inquietantes y aún más los que se sospechaba que lo estaban, como un enorme barril de madera lleno de agua negra, que repentinamente se sacudía escupiendo parte del agua hacia fuera como si dentro se agitara alguna bestia temible. Un cartel carcomido anunciaba que se trataba solo de carpas gigantes, claro, que era necesario saber leer chino para enterarse. Más allá, un mono enano con cara de diablo aullaba de forma dolorosa, quizá porque su larguísima cola salía de la pequeña jaula en la que se encontraba y entraba en otra jaula que estaba a su lado donde una lechuza del tamaño de un san bernardo la tenía atenazada en su pico.
Trajes de mandarín antiguos, buitres disecados, sables con sospechosas manchas negras en el filo, amuletos, pieles de serpiente, cajas oscuras de contenido inimaginable, espejos, cepos para cazar osos…, todo tipo de terribles objetos se exhibían sin ningún orden ni concierto. También había una colección de gorras militares antiguas en la que un ejemplar mantenía un cráneo en su interior. Seguro que aquí puedo encontrar un gremlin, pensó Damian mientras recorría fascinado cada rincón del bazar. Su pensamiento lo leyó un chino que se movió entre las sombras y que fácilmente podía pasar de los doscientos años.
    -Gremlins no tengo –dijo con una sonrisa desdentada-, pero te puedo enseñar una planta muy especial, mucho más interesante que cualquier otra cosa que te haya sorprendido en tu vida.
Damián, una vez superado el sobresalto por la aparición, fue presa de la curiosidad. Así es como empiezan las historias más terribles. El chino inmediatamente se dio cuenta de que había conseguido despertar el interés del visitante, se acarició su alargada barba que le llegaba más abajo del esternón y con un gesto hizo que lo acompañara. Se movía con sorprendente agilidad a pesar de su aspecto momificado, cruzaron el bazar pasando por debajo de incontables objetos de pesadilla y llegaron al final donde unas espesas cortinas rojas marcaban el límite. El chino viejo la sacudió y al momento miles de polillas emprendieron el vuelo para regocijo de un enorme lagarto que cazó algunas con una lengua pringosa y pesada. Detrás de las cortinas solo había un muro de ladrillo. El viejo lo golpeó con una cadencia que parecía un código, y al momento una parte enladrillada se abrió sin que fuera necesario empujarla. Detrás solo había un reducido cubículo que extrañamente se encontraba perfectamente iluminado a pesar de que no había ninguna lámpara por ninguna parte. Damián se encontraba cada vez más intrigado y fue a preguntar algo pero una mano huesuda le tapó la boca con firmeza. El chino le indicó con el inconfundible gesto de llevarse el dedo índice extendido hacia los labios fruncidos, que no debía pronunciar ni una sola palabra. Damián obedeció y centró toda su atención en una planta que se encontraba en una maceta en el centro del reducido espacio. El chino la tomó con suavidad y de nuevo se hizo seguir por el mismo camino hasta llegar de nuevo a la entrada del bazar. Allí tapó la planta con un paño negro y empezó a hablar con un tono de voz casi inaudible.
    -Verbosa, esto es una verbosa –dijo susurrando-. Es una planta muy inteligente y por supuesto extremadamente extraña.
    -Ah, ya, la verbena –dijo Damián con seguridad-. Esa es una planta medicinal, mi abuela la usaba en tisanas para  la tensión nerviosa.
El chino movió la cabeza de un lado a otro como si acabara de escuchar una terrible estupidez.
    -No, yo no he dicho verbena –dijo con paciencia-, ¿qué tiene de inteligente la verbena? Y que tu abuela me perdone pero no es para la tensión nerviosa sino para hacer mejor la digestión.
Damián iba a decir algo pero la mirada del chino lo frenó.
    -Esto es una verbosa, ver-bo-sa. ¿y sabes por qué se llama así?
Como respuesta Damián elevó los hombros.
     -Porque hay que regarla con palabras, no con agua; también valen las canciones y las melodías –el chino seguía hablando con voz queda-. Verás, este ejemplar tiene cerca de doscientos años y ha escuchado de todo. A sus hojas han llegado frases de amor, hermosas poesías, el sonido envolvente de la flauta, las matinales antífonas de mil especies de pájaros, gemidos de placer de corazones satisfechos…, pero también ha sido testigo de peleas, ha escuchado llantos por rupturas, el desconsuelo de pérdidas irreparables, gritos clamando justicia y el doloroso silencio del arrepentimiento.
Damián no sabía que decir, de modo que permaneció callado.
    -La verbosa es una planta muy especial –continuó el viejo en voz baja-. Hay que tener mucho cuidado porque es muy sensible.
    -¿En qué consisten esos cuidados? –preguntó Damian sin apenas voz imitando al viejo.
    -¿Qué? –dijo el chino colocándose una mano detrás de la oreja para escuchar mejor.
    -¿Qué por qué hay que tener tanto cuidado con la verbosa?
   -Como ya te he dicho hay que regarla con sonidos, mucho mejor con palabras. Pero han de ser palabras bonitas y sonidos melodiosos, sino la planta cambia de forma.
    -¿Por eso estamos hablando tan bajo? ¿Para que no absorba lo que estamos diciendo?
    -Claro, eres muy listo. Por eso la he tapado con este paño, ya te digo que todo le afecta mucho.
Damián se quedó pensando sin apartar la mirada del paño negro que ocultaba a la verbosa. El chino una vez más leyó sus pensamientos.
    -Si solo escucha frases hermosas y música que no sean rumbas, rap, merengue o salsa, la planta crecerá verde y sana. Puede llegar a dar las flores más bonitas que te puedas imaginar si le recitas poesías de Shelley, Yeats, y por supuesto Whitman.
    -¿En inglés o puede ser una traducción?
El viejo se mesó la barba puntiaguda reflexionando.
    -También pueden valer Neruda, Vicente Alexandre o Machado –dijo tajante.
    -¿Y qué pasa si lo que escucha no le gusta?
    -Se transforma, se convierte en un cactus, un cardo borriquero o en una temible planta carnívora, según le desagrade lo que oiga. Y por favor mucho cuidado con las tonadilleras, sencillamente no las soporta. Se pone hecha una hidra. Literalmente.
Damián se quedó pensativo durante unos segundos. Finalmente reaccionó de la manera que esperaba el chino que hiciera.
    -Está bien, me la voy a llevar. Es el cumpleaños de mi novia y supongo que le gustará. Los gatos le encantan, ¿por qué no una planta que escucha?.
El chino se frotó las manos dejando que su sonrisa asomara sobre su ridícula barba.
    -¿Cuánto es? –preguntó Damián dispuesto a pagar cualquier cantidad que no fuera exorbitante.
    -Bueno, en realidad no tiene precio, una planta así no tiene precio… de modo que te la regalo.
Según dijo la última frase, el chino cogió la planta oculta por el paño negro y se la ofreció a Damián con sus huesudos brazos extendidos que ahora parecían mucho más largos que cuando estaban ocultos en el kimono.
    -Aquí tienes. Espero que le guste a tu novia y esto… mañana me voy de vacaciones, de modo que, en fin, cualquier cosa que necesites solo tienes que esperar a que vuelva de China.
Así, de esta manera tan extraña se quedó Damián con su verbosa en las manos, listo para ir a casa de su novia y darle la sorpresa. Giró sobre sus talones y se encaminó hacia su coche con cuidado de no tropezar con el barril de las carpas gigantes.
    -Quítale el paño cuando vaya a escuchar la voz de tu novia –gritó el viejo a sus espaldas-. Solo reconoce a un amo y la primera frase que oiga es vital.

* * *

La verbosa enseguida se hizo un hueco en el corazón de Marta, la novia de Damián, y cada día estaba más verde. La planta. Se le había adjudicado un soleado rincón de la casa, sobre la mesa del salón, muy cerca de la ventana con el equipo de música colocado expresamente a su lado para que le llegara  sin molestar a los vecinos una música continua y deleitante. De vez en cuando, Marta se sentaba muy cerca de la planta con el libro de Las mejores 100 poesías en lengua castellana en la mano, y le recitaba algunos versos escogidos al azar. Unas flores pequeñas pero de un colorido increíblemente intenso brotaban entre las hojas cuando la poesía escogida era particularmente hermosa.
Cuando Damián iba a casa de Marta, hacían el amor sobre la mesa del comedor, muy cerca de la verbosa, y descubrieron que en esos momentos era cuando más brillante y variado era el colorido de las flores que inmediatamente aparecían en todos los tallos. Estaba claro que de todas las cosas hermosas que escuchaba su planta, lo que más le gustaba era lo que se decían al oído mientras se amaban. Frases de amor eterno entre jadeos, el suave roce de sus cuerpos, suspiros mantenidos, y caricias encendidas llenaban de gozo a la verbosa, igual que a los amantes.
Empujados por los deseos de ver hasta qué punto podían llegar a ser de maravillosas las flores, intensificaron la frecuencia de sus encuentros amorosos. Todas las tardes se amaban, se confesaban su amor y se arrullaban, y en consecuencia la planta cada vez estaba más hermosa, de feliz que era. También le gustaba mucho la música reggae, en particular una canción que le cantaba Marta cuando estaba sola en casa.
    -Wise men say only fools rush in, but I can’t help falling in love with youuuuuu.
Cantaba alegre Marta y la verbosa se ponía imponente, prácticamente se salía de la maceta, parecía que quería abrazar a Marta y bailar con ella.
Y llegó un día muy diferente a los demás.

* * *

Llegó un día diferente a los demás, y la diferencia fue solo… la ventana. La ventana que estaba al lado de la mesa del salón sobre la que se encontraba la verbosa, la misma ventana benefactora que tamizaba los rayos de sol para que llegaran como una fina lluvia de gotas de luz sobre las hojas de la verbosa, y que estaba permanentemente cerrada..., ah, ese día la asistenta se la dejó abierta.
Cuando llegaron Damián y Marta juntos a la casa, vieron la ventana  abierta y sin darle mayor importancia la cerraron. ¡Pero sí tenía importancia, claro que la tenía!
Se desnudaron lentamente diciéndose frases de amor, como siempre hacían, se subieron a la mesa y se amaron profundamente, con empeño. Se besaron con besos que sonaban a ventosas  sobre ensaladeras llenas de mayonesa, se abrazaron, se conmovieron con las cosas que se decían y finalmente suspiraron de satisfacción y cuando ya exhaustos miraron a la verbosa esperando que estuviera pletórica de flores de intensos colores, observaron con extrañeza que estaba indiferente, apagada, sin ninguna flor, ningún brillo, y con su color verde habitual virado al marrón. Y eso mismo volvió a pasar al día siguiente y al siguiente y la verbosa cada vez estaba más marrón, hasta que llegó un día que empezó a perder las hojas…
Marta y Damián estaban tristes porque veían que la verbosa no reaccionaba, no es que se hubiera convertido en cactus como dijo el chino que ocurriría en caso de que escuchara cosas que no eran de su agrado, sencillamente se estaba muriendo, sin reaccionar, como si le faltara el riego. Entonces a Marta se le ocurrió una cosa, quizá todo era debido a.. bueno por probar no tenía nada que perder. Fue hacia el equipo de música y puso a todo volumen la canción de UB40, I can’t help falling in love with you, que sabía que le gustaba muchísimo.
El efecto fue inmediato, de repente la verbosa recuperó su verde habitual y pequeños “plofs” anunciaron la aparición de diferentes flores diminutas y preciosas a lo largo de sus ramas.
    -¡HAS CONSEGUIDO CURARLA CARIÑO! –gritó Damián para hacerse oír por encima de la música que sonaba a todo volumen-¿¡ QUÉ LE PASABA!?
    -¡MUY FÁCIL! –gritó Marta- LO QUE LE PASABA ES QUE LE FALTABA RIEGO, NO LE LLEGABA NINGUNA PALABRA. CON LA VENTANA ABIERTA COGIÓ FRÍO EN LAS HOJAS Y SE QUEDÓ SORDA.
    -AH, NADA GRAVE. ESPERO QUE SEA TRANSITORIO Y RECUPERE PRONTO EL OÍDO.
    -YO TAMBIÉN MI AMOR.

Lo que ocurrió es que la planta tardó tres meses en curarse de la sordera transitoria y durante todo ese tiempo Marta y Damián en lugar de susurrarse frases de amor al oído, tenían que gritarlas para que le llegaran con claridad a su querida planta.
Los vecinos no pararon de llamar a la policía, por lo menos dos veces al día, pero cualquier sacrificio valía la pena con tal de que la frondosidad y lozanía llegaran a las flores de la verbosa y recuperaran su brillante colorido.








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