Papá camaleón miró con cariño a su pequeñín pensando
que ya era hora de dejarle salir al mundo exterior. Ya había crecido lo
suficiente para desarrollar su sistema de supervivencia, el mejor que
existía, pero antes tenía que
enseñarle cómo funcionaba.
-Verás
–le dijo al tiempo que lanzaba su lengua contra un moscardón despistado que
engulló rápidamente-, para sobrevivir no basta con comer, también tienes que
evitar que te coman.
Entonces, empezó a andar por la habitación en la que
había una pared pintada de rojo y otra de azul, con pasos lentos y renqueantes.
Según hacía el recorrido el color de su cuerpo cambiaba de acuerdo con el color
que tenía detrás.
-¿Ves?, mi color cambia según el entorno en el que me encuentre, de modo
que me hago invisible a los ojos de mis depredadores –hizo una pequeña pausa
para que el efecto fuera evidente-. De esta forma evito ser comido, ¿qué te parece?
El pequeño camaleoncín no estaba muy seguro, por lo
que papá camaleón buscó otra forma de convencerlo.
-Te advierto que este sistema es insuperable, tan solo el pulpo, uno de
los animales más inteligentes que existe junto con el camaleón, tiene algo
parecido.
-Ya, pero ¿no sería mejor tener unos grandes colmillos y unas garras
bien afiladas?
Papá camaleón se esperaba esa pregunta y tenía la
respuesta preparada, la misma que en su momento le dio su padre cuando preguntó
lo mismo hacía ya mucho tiempo.
-En absoluto. Si tienes armas, estarás obligado a luchar, y seguro que
en algún momento te encontrarás con un enemigo más fuerte que tú. Sin embargo,
si eres invisible, siempre serás el vencedor sin sufrir ningún rasguño.
El pequeño camaleoncín seguía sin estar del todo
convencido.
-¿Y qué tal tener unas piernas muy fuertes para correr a toda velocidad
y así no tener que luchar?
-Con unas piernas como las que dices, puedes correr a gran velocidad,
sí, pero entonces necesitarás comer mucho para tener la suficiente energía, y
de todas formas tarde o temprano te llegará el cansancio, por lo que no podrás
volver a correr si eres de nuevo atacado –hizo otra pausa, esta vez ya un poco
harto de tanta explicación-. Te aseguro, pequeño camaleoncín tocapelotas, que
el mejor sistema para sobrevivir es cambiar de color. Si estás en un fondo rojo
te pones rojo, si estás en uno azul te pones azul, si es verde tú eres verde,
si amarillo… creo que no es tan difícil, ¿no? todo lo que tienes que hacer es
fijarte bien y hacer el cambio oportuno.
Con gran resolución abrió la puerta de la madriguera
y con un gesto le indicó a su hijo que saliera.
-Anda, venga, ya puedes salir sin ningún peligro ahora que sabes cómo
sobrevivir –hizo otro intento de calmar a su hijo- . ¿No te fías de tu padre?
El pequeño camaleoncín miró a su padre con expresión
de “mejor pregúntame otra cosa” y finalmente salió al mundo exterior, no
demasiado convencido. Cada paso que daba lo repetía con un pronunciado
movimiento de vaivén que le hacía parecer indeciso y titubeante, cuando la
verdad es que sencillamente estaba cagado de miedo.
Papá camaleón le acompañaba a muy poca distancia
observando cómo cambiaba de color según iba pasando por distintos entornos.
Llegaron a una zona en la que había varios gatos, dos
búhos reales, tres zorros, un perro y dos niños coleccionistas de animales, en
la que el único color presente era un verde intenso, sin matices. Entonces, el
padre de la criatura se dio cuenta de que el daltonismo, también era algo que
podía sucederle a un camaleoncito.













