martes, 10 de noviembre de 2015

La mala educación







Hace muchos años, miles, los humanos nos dimos cuenta de que teníamos cierta tendencia a matarnos los unos a los otros y que eso, en general, no era nada bueno.  Para poner límites a nuestra natural agresividad se crearon unas normas de modo que nos seguíamos matando unos a otros, pero ya no de forma impune, y al que encontrábamos culpable, lo matábamos.
Poco a poco, nos fuimos civilizando y esas normas o leyes se fueron haciendo más complejas pues había que tener en cuenta otros aspectos, no solo el crimen cometido. Se inventaron los atenuantes, y se puso límite a los castigos, sobre todo a los físicos. Cada día que pasaba estábamos más civilizados, daba gusto vernos, y entonces se nos ocurrió, que además de poner leyes para evitar en la medida de lo posible matarnos entre nosotros, podíamos ir un poco más lejos y crear otras normas para que las relaciones entre los humanos fueran mucho más cordiales. Dicho de otra forma, intentar molestarnos lo menos posible. Entonces inventamos algo realmente grande, una de las mejores ideas que se nos ha ocurrido desde que abandonamos la costumbre de coger cosas con los pies: la educación. Con educación pasamos de ser primates agresivos a personas capaces de bajar el volumen de la televisión por la noche aunque lo que nos pida el cuerpo sea ponerla a toda tralla.
Con la educación salimos beneficiados todos, pues su único objetivo es no molestar, y si molestas, pedir disculpas y poner cara de que lo sientes muchísimo de modo que el molestado no se siente tan mal. Parece una tontería pero para ver claramente sus ventajas pongamos un ejemplo: si te pisan, es muy distinto escuchar en tono compungido, “lo siento muchísimo, ha sido sin querer”, a que te digan entre risotadas “¿A que jode?”. Parece que no, pero hay una diferencia enorme aunque el dolor del pisotón sea exactamente el mismo.
Pues bien, las normas de educación también han evolucionado de modo que ahora nos parecen inaceptables cosas que hace tiempo se veían como algo normal. Por ejemplo, he leído en un libro de incuestionable fiabilidad, que el magnate americano John Jacob Astor, en una cena de gala celebrada en su casa no tuvo inconveniente en limpiarse las manos en el vestido de la dama que se sentaba a su lado. No está documentada la reacción de la señora-servilleta, pero sabemos que Astor puso el dinero para fundar la Biblioteca Pública de Nueva York, quizá arrepentido de su falta de compostura en la mesa.
En aquella época, principios del siglo XIX, ya existían manuales para dejar claro lo que se consideraba de buen gusto y lo que no; en el popular, the laws of etiquette, or short rules and reflections for conduct in society, se dice claramente, que no es de buena educación acercarse el tenedor a la nariz para olisquear el trozo de carne  ensartado. También se recomienda el uso de la cuchara para el plato de la sopa, y que si bien, uno puede limpiarse la boca con el mantel, lo que debe evitar es sonarse la nariz en él. Con razón, Groucho Marx, dijo que era de muy mala educación exclamar cuando nos sirven la comida, “¡pero quién es el imbécil que ha puesto esta mierda en mi plato!”
Todas estas recomendaciones, de seguir las tendencias observadas últimamente a mi alrededor, me temo que serán necesarias incluir nuevamente en la educación impartida en los colegios. ¿Por qué será que tengo la sensación de que cada vez hay más gente maleducada? La respuesta es bien sencilla: porque cada vez hay más gente maleducada, basta con darse una vuelta en coche y observar el comportamiento de la mayoría: dista muchísimo de   seguir la norma número uno que es molestarnos lo menos posible entre nosotros.
Y así con todo, pero para qué seguir, estoy seguro de que cada cual puede poner mil ejemplos.






sábado, 31 de octubre de 2015

El cielo


Ya os amenacé hace un par de semanas, o quizá más porque el tiempo pasa volando, con que tenía en el almacén de los cuentos muertos, varios sobre los dioses y sus hazañas y que estaba dispuesto a publicarlos aquí, si ellos mismos no lo remediaban.

De momento no han podido hacer nada para que suba el que viene a continuación. Es un poco largo, pero tenéis todo un fin de semana por delante.

La ilustración es de mi amigo y socio Jaime Gamboa
Espero que os guste, y sed buenos.






SAN PEDRO



Nada más verlo, me recordó a esos porteros de club de jazz de Chicago que sin apenas mirarte te franquean el paso una vez superado el trámite de pagarle la entrada. Mantienen una mirada fría, distante, y parece que estén tumbados, más que sentados en sus taburetes. Simplemente te dicen faivdolars señalando un taco de billetes enfajados con una goma que sujetan en una de sus manazas, y luego, una vez satisfecha la cantidad, te indican que ya puedes pasar al interior del local con un movimiento de cabeza. Ese portero, grande, poco hablador y estatuario, naturalmente es negro.
También, para mi sorpresa, lo era San Pedro y cuando llegué a la puerta del cielo, me recibió de idéntica manera. La única diferencia fue que no me pidió cinco dólares para entrar, sino que me hizo una pregunta inesperada, dadas las circunstancias.
    -¿Llevas armas?
Tras un momento de vacilación respondí:
    -Soy un espíritu puro, naturalmente que no llevo armas. Uno no se gana el cielo llevando armas encima, además…
    -Para el carro, hermano, a mi no me des sermones que de eso estoy un poquito harto. Yo me limito a preguntar si llevas armas.
    -Un momento, ¿pero tú no eres San Pedro?
    -Naturalmente que soy San Pedro. Creí que todo el mundo sabía a quien se iba a encontrar en la puerta del cielo, vaya pregunta.
Yo di un par de pasos hacia atrás para ver si había algún letrero en la puerta que indicara donde estaba, pues dudaba que ese lugar fuera el cielo, tan diferente a como yo me lo había imaginado. Pero efectivamente sí era el cielo, al menos eso ponía con grandes letras de neón de color azul que formaban un arco sobre el dintel del portón de entrada. Una de las letras estaba fundida y otra pestañeaba emitiendo un zumbido eléctrico bastante desagradable, de modo que ponía CI LO, y a veces, solo CIO.
    -He llamado mil veces para que vengan a arreglar el luminoso –explicó San Pedro un tanto avergonzado-, pero estos días yo no sé que pasa, que no hay nadie que quiera trabajar –hizo una pausa moviendo la cabeza de una lado a otro en señal de impotencia-. Así no sé yo adonde vamos a ir a parar, ¿no te parece?
    -Yo no sé que decirte, apenas llevo unos minutos muerto y la verdad es que esto no es como yo me imaginaba.
    -Pues has tenido suerte, hermano, anda que si llegas a ir al infierno… ahí no estarías hablando con el portero, créeme –en seguida abandonó el tono de compadreo y adoptó de nuevo su aire distante-. Bueno, ¿llevas armas o no?
    -Pues no, no llevo armas.
San Pedro miró a uno y otro lado para cerciorarse de que no había nadie a la vista y me preguntó casi en un susurro según se llevaba la mano al bolsillo interior de su chaqueta:
    -¿Te interesa una? Tengo una Beretta de seis disparos, limpia, que te la puedo dejar a un precio razonable.
    -No, Claro que no quiero una pistola, ¿para que iba a necesitar yo una pistola en el cielo?
    -Vale, vale, tú mismo brother.
Con un movimiento de cabeza me indicó que pasara y según lo hacía aún pude escuchar que me seguía ofreciendo su mercancía.
    -También tengo puños americanos, esprays antivioladores, una porra…
El lugar que apareció ante mí era una locura. No estaba quieto, sino que giraba a toda velocidad como si fuera un tiovivo de forma que resultaba imposible distinguir qué era. Una música acompañaba aquella disparatada visión a ritmo de verbena. Poco a poco, fue perdiendo velocidad, como si mi presencia hubiera creado un campo gravitacional que frenara el movimiento, hasta que llegó un momento en que podía ver perfectamente qué había en aquel mundo giratorio, que cada vez iba más despacio. Calles oscuras intransitadas sucedían a otras bulliciosas y trepidantes; de repente un campo abandonado, luego un jardín primoroso donde pacía un hermoso venado. Una detonación y el pobre animal cae con la cabeza destrozada de un disparo. Niños que juegan al aro vestidos como si fueran el pequeño lord, y a continuación, en ese mundo giratorio, aparecen unas ratas devorando los pies  de un monstruo gigante. Una extraña ruleta que se va parando lentamente hasta que finalmente… solo queda un escenario ante mi.
No puedo acceder ni al que había antes ni al que vendrá después, imposible la elección; es el mundo que me ha tocado en una rifa manejada por una voluntad que supongo divina. De momento, puedo estar satisfecho pues no hay nada amenazante en él. Es una habitación amueblada con escaso gusto pero que reúne todo lo necesario para resultar levemente confortable. Si tuviera que situarla en mi mundo conocido, diría que se trata de la salita de estar de una casa de clase media de los años cincuenta, con sus paredes empapeladas al gusto de entonces, nada sofisticado, nada funcional, nada de nada. La temperatura es extraña, como si hiciera mucho frío pero hubiera algo que tratara de neutralizarlo. No veo radiadores pero sí una mesa camilla que parece invitarme a sentarte a ella, levantar las faldas, y calentar las piernas al calor del brasero que con toda probabilidad esconde. Un aparador, cuatro sillas y un sofá de escay completan el mobiliario, junto una radio que hay sobre una repisa en una de las paredes. También hay delante del sofá una mesita baja con algunas revistas encima. No tardo mucho en decidirme a pasar al interior de esa casa, pues deduzco que eso es lo que debo hacer, más que nada porque tampoco se me ofrecen otras alternativas. A mi espalda ha desaparecido lo que había, que en realidad no había nada. De San Pedro ya ni me acuerdo.
Cojo una revista de la mesita y voy a la mesa camilla con la intención de sentarme a ella. Una voz que viene de algún lado me llama por mi nombre.
    -¡Roberto, dónde estás Roberto!
Antes de que pueda contestar, sale repentinamente de debajo de la mesa camilla un gatazo de angora, enorme, a la velocidad del rayo y desaparece por la puerta que hay junto al aparador, aún más rápido que como apareció.
    -¡Muy bien, Roberto, muy bien! ¿ves? Ahora mami te dará tu comidita… ¡huy!, ¿pero qué te pasa? Traes el rabo muy gordo, ¿hay algo que te ha asustado cariñito?
Con decisión me dirijo hacia la puerta por donde ha desaparecido el gato, justo en el momento en que una mujer, de unos cuarenta años y francamente atractiva, entra en la salita topándose casi conmigo.
    -¡Dios mío! ¿Pero tú quién eres, qué haces en mi casa? –la mujer parece realmente asustada y yo en vano trato de tranquilizarla mostrando mi lado más encantador.
    -Le aseguro que no pretendo hacerle daño, ni a usted ni al gato –sonrío seductoramente-. En realidad no puedo decirle qué hago aquí porque no lo sé, pero desde luego no es nada malo.
    -¿No serás una aparición?
La pregunta me deja un tanto perplejo, pues creo que eso es exactamente lo que soy.
    -Sí, efectivamente, soy una aparición, un espíritu bueno que se ha ganado el cielo.
La mujer se acerca con cautela y me toca, primero con aprensión, luego con sobrada decisión, y he de reconocer que consigue perturbarme ligeramente.
   -¿Espíritu? ¡y una mierda! Tú eres tan de carne y hueso como yo, no te fastidia.
    -Ya, no lo sabía de verdad… una cosa, esto es el cielo, ¿no?
    -Sí, claro que es el cielo. Vaya pregunta más idiota.
    -Es que yo acabo de llegar. Me he muerto hace un momento y como he llevado una vida ejemplar en la Tierra, virtuosa y todos eso, pues he venido al cielo –hago una pausa con el fin de observar su reacción y continuo-. Supongo que en algún momento tendré que ponerme a la derecha de Dios Padre. Es lo prometido.
La mujer me mira con el ceño fruncido, lo que acentúa su atractivo, se cruza de brazos y alejándose ligeramente me mira de arriba abajo como si me estuviera haciendo un escáner.
    -A la derecha de Dios Padre, claro. ¿Y San Pedro te ha dejado pasar así, sin más?
    -Bueno, al principio estaba empeñado en venderme un arma, pero yo la he rechazado. Toda mi vida he evitado hacer daño a nadie –dije con orgullo.
    -Ya, pobrecito, pues aquí más te vale que vayas cambiando de mentalidad. ¡Esto es el cielo, amigo!
Roberto, el gato, entró en la salita cautelosamente y se acercó hasta mí con la idea clarísima de restregarse contra mis pantalones. En seguida un potente ronroneo, como si una motosierra me estuviera cortando las piernas, confirmó que yo le caía bien.
    -Le has gustado a Roberto, mira, y te aseguro que no es lo habitual.
La mujer con un gesto me invitó a sentarme en el sofá de escay al tiempo que hacia la autopresentación.
    -Me llamo Matilde y llevo en el cielo… hará ya veinte años, ¿tú cómo te llamas, a qué te dedicabas…? En fin, cuéntame cosas, se me ha estropeado la radio y aquí todavía no ha llegado la tele, así que cualquier entretenimiento está bien. Y por cierto, deja de llamarme de usted, soy más joven que tú.
Yo estaba un poco abrumado por los acontecimientos, pero fingí naturalidad mientras me arrellanaba en el sofá seguido de Roberto. Ella fue al aparador y sacó una botella de anís y dos copitas.
    -Bueno, pues…  me llamo igual que tu gato, y en la Tierra era aparejador. Hace apenas un rato se me calló la cuchara de una caterpillar encima y como me pilló distraído no pude aguantar la tonelada de hierro que llevaba, y aquí me tienes.
Matilde se sentó en una de las sillas frente a mí y me di cuenta, mientras cruzaba las piernas, de que sentada seguía siendo tan atractiva como de pié. Luego puso las dos copitas sobre la mesa y las llenó hasta una línea roja que marcaba la medida justa y dejó la botella encima de las revistas.
    -Parece que has tenido una llegada al cielo bastante suertuda –me dijo mientras se acercaba su copa a los labios, lo que me brindó la ocasión para enamorarme ya perdidamente de ella-. No es muy habitual caer dentro de una casa. Recuerdo que yo fui a parar a una playa nudista, pero como iba completamente vestida, la gente no me recibió nada amistosamente. Todo el mundo gritaba que me desnudara… fue muy embarazoso para mí que al principio no entendía nada.
Aparté de mi imaginación el momento y bebí un traguito de anís. Ella siguió con su historia.
    -Imagínate, llegas con dieciocho añitos recién cumplidos, nada más morirte, a un sitio que tú crees que es el cielo y te reciben cincuenta tíos en pelota gritando que te desnudes. Es muy bestia, créeme, en cambio tú… te encuentras en una casa agradable, te recibe un gatito primoroso, te ofrecen una copa de anís…
    -Y sobre todo: estás tú.
Creo que ahí me pasé. En la tierra me ocurría lo mismo, enseguida me entusiasmaba y metía la pata prematuramente, quizá por eso jamás tuve suerte con las mujeres. Claramente en el cielo me iba a pasar lo mismo.
    -¿Yo? –una sonrisa perfecta estalló en risa franca y melodiosa- Yo tengo mi muerte aquí ya organizada, no te hagas ilusiones. Has ido a parar a este sitio como podías haber llegado al centro de un río plagado de cocodrilos, eso no significa que los cocodrilos y tú os hagáis grandes amigos, ¿verdad? –giró levemente la cabeza de manera irresistible-, y mucho menos que lleguéis a copular.
    -No, ese caso –apuré mi copa de anís de un trago, ya que me sentía tan apurado yo mismo-, ese caso no es lo mismo, quiero decir que es la primera vez que vengo al cielo, la primera vez que me muero, no tengo ni idea…
El efecto del anís empezó a notarse, al menos yo empecé a notarlo. Me sentía tan imbécil como una vez que estando completamente borracho le regalé mi mechero a una chica que acababa de conocer. Esto no tiene nada de extraordinario si no fuera por el hecho de que llevaba ya cinco mecheros comprados esa tarde y que sucesivamente había regalado a cinco chicas con las que había intentado ligar. Todo un conquistador. No es de extrañar que acabara en el cielo, uno de los pecados más perseguidos no lo cometí jamás.
    -Esta muy rico el aní, ¿puedo tomar otro poquito?
    -¿el aní? –Matilde sonreía picaronamente. Lo que faltaba.
    -Quiero decir, anís. Es que a veces pierdo eses –me defendí como pude-. Mis amigos cuando estaban borrachos las hacían, yo las pierdo, ya ves.
    -Bueno por una copa no te vas a emborrachar, quizá con dos…
Matilde puso más anís en mi copa, esta vez sobrepasando la raya roja y para hacerlo se incorporó de su silla. Inclinada sobre la mesa, mientras me servia la bebida, no pude evitar observar su escote que me mostraba unos pechos perfectos agitados por una leve respiración. Jamás en la tierra, cuando estaba vivo, me había sentido tan vivo como ahora que estaba muerto. Y aunque todo resultaba bastante desconcertante, estaba en el cielo y según lo que yo tenía entendido, en el cielo desaparecen las pasiones que te atan en la tierra, desaparecen las debilidades de la carne y desaparece hasta la misma carne para convertirte en espíritu puro. Yo desde luego no me sentía nada puro en esos momentos, y la parte espiritual tampoco la notaba mucho, sin embargo la otra…
    -Me voy a poner mejor a tu lado, si no te importa –me dijo según se sentaba muy cerca de mi-. El sofá es más cómodo que una silla. Hasta te puedes tumbar llegado un momento, ¿no?
Llevaba un ligero perfume que me recordó al campo húmedo, a la paja en verano, al mar, a la montaña… tenía todos los aromas posibles, una delicia de olor, ¿cómo sería su sabor?
    -¿Tienes alguna idea de por qué San Pedro te ofreció un arma, o por qué has ido a parar a mi casa? –me preguntó con cierta coquetería.
    -Mmmm, no se me ocurre ninguna respuesta, la verdad.
    -¿Has oído hablar de los test de aptitud?
    -Sí, naturalmente, yo mismo he tenido que pasar por varios cuando estaba vivo.
    -Pues ahora que estás muerto –se acercó un poco más a mí- también tienes que seguir superando algunos.
Yo no sé si por efecto de la tonelada de vigas que me había caído encima me había vuelto idiota, o es que el anís me bloqueaba el cerebro, el caso es que no entendía absolutamente nada. Mi cara de besugo lo expresó perfectamente.
    -¿No entiendes nada, verdad? –cogió mi mano y la llevó hasta mi copa de anís-. Verás, esto es el cielo, y como ya sabrás aquí solo se admiten espíritus puros, y aunque de momento, tú seas un candidato, aún tienes que superar ciertas pruebas en aquellos puntos que según nuestra base de datos andabas un poco flojo.
Hizo un mohín frunciendo los labios que casi hace que me lanzara sobre sus pechos. Me fijé entonces que ahora iba vestida de forma distinta a como había aparecido. Ahora sí empezaba a sentir que estaba en el cielo. En este momento llevaba un ligerísimo vestido veraniego estampado con unas diminutas flores sobre un fondo naranja, que le quedaba de maravilla.
    -Tú eras un tipo con tendencia a perder los estribos y mostrarte violento según en qué ocasiones. Me refiero a cuando estabas vivo, claro.
Recordé cuando perseguí con mi moto a un coche que me había hecho una pirula con la intención de matar al conductor, y cuando en otra ocasión choqué mi todoterreno a propósito contra una furgoneta que me impedía el paso.
    -Bueno, sí, pero solo conduciendo, lo normal; de repente te conviertes en una bestia, pero yo no soy agresivo, al menos no voy…
Matilde puso su dedo en mis labios impidiendo que siguiera hablando pero no pudo impedir que lo besara tenuemente.
    -Chis, chis, chis… eso ya ha quedado claro. San Pedro te puso a prueba ofreciéndote armas y tú las rechazaste.
De repente cambió el tono de voz y adoptó otro mucho más sugerente.
    -Roberto, ¿quieres venir conmigo, chiquitín?
    -Matilde, claro…
    -Se lo estoy preguntado al gato, a ver donde está… ah, ya te veo, briboncillo.
Matilde cogió al gato haciéndole mimitos que en realidad me los estaba lanzando a mi, se puso en pié y me invitó a que la siguiera, esta vez dirigiéndose claramente a mí, no a Roberto gato que ya estaba sobre sus brazos. El vestido era corto, estaba descalza, olía muy bien, yo había tomado anís, estaba en el cielo, no tenía ni idea a donde quería llevarme pero no veía por qué iba yo a quedarme solo en un sofá de escay en una habitación sin televisión y que la radio estaba estropeada. Así que me puse también en pié.
    -¿Cojo la botella de aní?
   -Aniss. Tú verás, ¿todavía no sabes cuál es la siguiente prueba que tienes que superar si quieres quedarte en el cielo y disfrutar de estar a la derecha de Dios Padre?
Me imaginé toda la eternidad sentado a la derecha de Dios Padre y me pareció que distaba mucho de lo que yo entendía por un planazo. Pensé que llegaría un momento en que por muy amena que fuera su conversación querría hacer otro tipo de cosas, así que pregunté con fingida inocencia.
    -Supongamos que no supero la segunda prueba, ¿en tal caso me libro de… quiero decir, ya no estaré sentado a la derecha de Dios Padre para toda la eternidad?
Matilde me tendió la mano para que yo se la cogiera, lo que hice sin dudarlo ni un solo segundo y arrastrándome hacia ella, me fue explicando según me llevaba a otra habitación, seguramente más confortable, lo que pasaría en caso de no superar la tentación.
    -Si no consigues superar la segunda prueba, efectivamente no podrás sentarte a la derecha de Dios Padre en esta ocasión, pero no te preocupes, porque en tal caso serás devuelto a la tierra donde empezarás de nuevo otra vida y cuando mueras, se repetirá todo lo que acabas de experimentar ahora. Siempre se da una segunda oportunidad.
   -¿Todo? –pregunté según intentaba desprender a Roberto de los brazos de Matilde- ¿Todo, todo?
    -Absolutamente todo…

En algún lugar de la Tierra, en uno de los miles de nacimientos que se producen todos los días, apareció un niño sonriente y satisfecho, pero que lloraba de una forma diferente, un tanto extraña.
    -Os parecerá una tontería –dijo uno de los asistentes al parto-, pero parece como si llorara sin utilizar la letra ese.









jueves, 22 de octubre de 2015

La zorra y el cuervo II








Había un cuervo en la rama de un árbol con un gran trozo de pastel de riñones en el pico. Llegó una zorra que al ver el manjar, enseguida quiso apoderarse de él, acordándose de su éxito con el queso.
Para conseguirlo empezó a adular al cuervo diciendo que era precioso, probablemente el ave más perfecta que había visto en su zorra vida, que era guapísimo, pero, fijaos qué astucia, le dijo que era una lástima que no tuviera voz. El cuervo abrió el pico para demostrar que eso no era cierto y lanzó su potente graznido que se propagó por todo el bosque. El pastel de riñones cayó y la zorra, burlándose del cuervo por ser un vanidoso sin entendederas, se lo comió.
El cuervo contempló con una sonrisa cómo la zorra devoraba el pastel de riñones que previamente había envenenado.


Moraleja: nunca repitas el mismo truco con el mismo individuo (a no ser que el individuo en cuestión sea muy tonto muy tonto. Volveré sobre esta fábula pasadas las elecciones).








jueves, 15 de octubre de 2015

Un cuento sin gracia (divina)






Hace bastante tiempo escribí una serie de cuentos con la santa inocencia de pensar que podían ser interesantes para alguna editorial… digamos que de corte irreverente. La colección se llamaba Cuentos Ateos, y con el título queda explicado todo: el tema de los cuentos y su indiscutible éxito.

El otro día hablando con mi amigo y multilaureado escritor César Mallorquí, terminó de convencerme de que mejor podía haber empleado ese tiempo en tricotar bufandas para vender en las Bahamas. Por lo visto, allí tienen más salida que aquí los libros de relatos. Y  encima ateos...

He escogido uno de los más cortos para que antes de que se lo coman los gusanos, lo lean los cristianos.



LALIBELA, ETIOPIA  MAYO 2001

La lluvia tamborileaba el techo de la tienda de campaña desde hacía ya más de una hora y el doctor Cohen temía que acabara calando al interior. Instintivamente guardó el pergamino sobre el que estaba trabajando en el que aparecían unos textos en amárico que él suponía de procedencia muy antigua. Ya había conseguido traducir la mitad y lo que revelaban le había sumido en un estado de perplejidad infinita. Se sirvió otra taza de té y pensó en dios, no por espíritu piadoso, sino porque los textos no dejaban de referirse a él. También aparecía en el manuscrito un mapa toscamente dibujado donde se representaba con un trazo más grueso lo que podía ser la trayectoria seguida por alguien. El trazo salía de Egipto y se internaba en el Mar Rojo, justo hasta la mitad, sin llegar a cruzarlo totalmente, lo que indicaba que, o bien, quien lo había dibujado no terminó de hacerlo, o sencillamente ese era el final del trayecto que trataba de representar. En el texto aparecía la figura de un profeta que liberó a todo un pueblo de la esclavitud y que con la ayuda de su dios, trataba de conducirlo hacia la tierra de promisión, expresión que le hizo mucha gracia. Era evidente que se refería a Moisés y al pueblo judío. Según el libro bíblico, el Éxodo, Moisés condujo a su pueblo después de liberarlo de la esclavitud a la que estaba sometido por el faraón de Egipto, a la tierra de Canaán. El viaje duró cuarenta años  y estuvo plagado de terribles momentos, pasando por tortuosos caminos y cruzando desiertos, teniendo que luchar en ocasiones contra el hambre, la sed, la desesperanza y otras calamidades. También hablaba de que cruzaron el Mar Rojo gracias a los poderes taumatúrgicos que Yahvé había otorgado a su profeta. Era un suceso archiconocido que Moisés usó su vara para separar las aguas y permitir que todo su pueblo cruzara tranquilamente al otro lado, para luego, una vez que había pasado todo el mundo, volver a cerrarlas sepultando a todos los soldados egipcios que perseguían al pueblo elegido. Así es como estaba escrito, así es como aparecía el los libros sagrados y así es como debería ser aceptado por todo el mundo.
El doctor Cohen cogió de nuevo el pergamino lo volvió a extender sobre la mesa plegable a pesar de que seguía lloviendo y ya estaba empezando a gotear en algunos sitios, para seguir en su labor de traducción. En menos de una hora ya había terminado de desentrañar el texto completo. La lluvia arreciaba. Estaba desconcertado. El texto revelaba que el pueblo judío pereció en su intento de cruzar el mar rojo y que sólo unos pocos consiguieron salvarse, entre ellos el propio Moisés. Claro, no en vano, su nombre significa salvado de las aguas, pensó. Pero ¿de dónde había salido esa versión de los hechos? El manuscrito no ofrecía ninguna duda en cuanto a su autenticidad, sin embargo era el único que contradecía la versión bíblica. El doctor Cohen volvió a leer el texto de corrido. Estaba claro lo que decía:

… y entonces, Yahvé mandó a las aguas que volvieran a su sitio y éstas obedecieron y al hacerlo, sumergieron en su fondo a la totalidad de los israelitas que murieron ahogados junto a las bestias que empujaban de los carros y el resto de los animales que llevaban para su sustento. Sólo siete de ellos consiguieron alcanzar la orilla....

El techo de la tienda estaba ya tan empapado que un chorro de agua se precipitó a escasos centímetros del pergamino. El doctor Cohen lo cogió inmediatamente y lo desplazó unos centímetros, de modo que el agua pudiera caer de lleno de forma implacable sobre el texto. En pocos minutos no quedó ni rastro de los símbolos amáricos que encerraban aquel secreto, tan solo la vitela sobre la que habían sido escritos completamente emborronada y sucia. Para mayor seguridad quemó los restos del legajo en un fuego que surgió de la nada. Luego salió al exterior de la tienda y con su gesto habitual extendió los brazos hacia el cielo y mandó parar la lluvia que cesó de inmediato.
“Juraría –pensó- que acabé con todos los descontentos, pero está claro que se me escapó uno”.






La ilustración es de mi amigo y socio (siempre será mi socio, aunque no exista empresa), Jaime Gamboa.






viernes, 2 de octubre de 2015

La botella







El mensaje está en la botella, es verdad, lo que yo no sabía, es hasta qué punto es verdad.

Hará tres meses, más o menos, fui a cenar a casa de mi vecino, y como detalle, llevé una botella de ginebra aunque sabía de sobra que era un regalo inútil pues ya nadie toma gin tonics entre mis amigos. De hecho, esa botella la trajo a mi casa otro amigo a una cena que organicé yo, allá por navidades, y como nunca bebo ginebra, se me ocurrió llevársela al plasta de mi vecino. La idea era estupenda pues Iba a quedar fenomenal sin gastarme un duro. La cena fue una pesadez, pero eso es lo de menos; el caso es que al poco tiempo fui a comer a casa de mi primo y alguien, un amigo de la familia, tuvo la misma idea de llevar también una botella de ginebra como regalo al anfitrión. Menuda casualidad, la botella que recibió mi primo fingiendo que le había gustado mucho, era exactamente igual a la que habían llevado a mi casa en Navidad y que luego yo llevé a la de mi vecino. ¿Sería la misma botella o simplemente coincidieron las marcas? Se me ocurrió entonces hacer una señal imperceptible en la botella que en esos momentos tenía en mis manos, para, en caso de volver a encontrármela en otra ocasión, saber si todo el mundo coincidía en regalar la misma marca de ginebra, o lo que sucedía es que todos, absolutamente todos, llevábamos la botella que recibíamos a la siguiente cena a la que nos invitaban. Para comprobarlo, nada mejor que pasado un tiempo prudencial, organizar una cena en mi casa.

El primero en llegar, trajo una caja de bombones, pero el segundo, un amigo mío de la infancia que también conoce a mi primo, me dio nada más entrar una botella de ginebra… de la misma marca, sí, que las anteriores. Con disimulo busqué la señal que yo había hecho en la etiqueta, y efectivamente, allí estaba, un tenue arañazo en la esquina izquierda que demostraba que desde hacía mucho tiempo nadie se gastaba un duro en llevar un regalo al anfitrión.  Por un lado me hizo gracia, por otro lado me hizo ver que todos éramos unos carotas, y como siempre hay que buscar más de dos lados, se me ocurrió cómo aprovecharme de mi descubrimiento. Ya que esa botella pasaba de casa en casa, recorriendo todas las de mi círculo de amigos más íntimos, podía utilizarla como botella espía. Poniendo un micrófono oculto, podría escuchar conversaciones en las que probablemente se hablara de cada uno de nosotros y de este modo sabría qué opinión tienen mis amigos de mí. La idea me daba un poco de miedo, ¿realmente quería saber yo lo que pensaba todo el mundo de mí?  Estuve dudando mucho tiempo pero al final me decidí por poner el micrófono.

Una vez que se fue todo el mundo después de la cena, me metí en mi despacho con la botella, quité el tapón, y lo que vi me dejó bastante perplejo: la botella estaba llena de micrófonos, había uno por cada uno de mis amigos. Con  muchísimo cuidado de no interferir en el que había al lado, coloqué el mío.

Estoy deseando que alguien organice una cena para llevar mi regalo.







martes, 15 de septiembre de 2015

Cosas del pasado



             Madrid, 7 de octubre de 1969. Los astronautas Aldrin, Collins y Amstrong, se dirigen a la Plaza de Colón, donde depositarán una corona ante el monumento. Ellos también recibirán su regalo (ver foto inferior).







Esta mañana me encontraba yo discutiendo conmigo mismo, y como es lógico, al final era yo quién tenía razón. La polémica era sobre la nostalgia, si era buena cosa o no sentirla, y ahora que lo pienso los dos teníamos razón, tan solo es una cuestión de enfoques. El caso es que una cosa me ha llevado a la otra y he terminado mirando libros de fotografías, que como todo el mundo sabe cualquier fotografía pertenece al pasado, incluso la más reciente.
Me he ido nada menos que al año 1969. Parece que hace mucho tiempo, pero es el año en que el hombre pisó por primera vez la superficie lunar y eso a mí me sigue pareciendo algo del futuro. Por muy bien planeado que esté todo y muy precisos que sean los cálculos y avanzada la tecnología, estamos hablando de salir un lunes de un punto de la Tierra, que no se queda quieta ni un momento, y llegar el viernes a la luna, que también está dando vueltas por ahí.
Sin embargo aquel primer viaje se hizo con una tecnología que al día de hoy nos parece que sea cosa del pasado más remoto. La hazaña se hizo con un ordenador que  tenía 1 KB de memoria RAM, 12 KB de memoria ROM y funcionaba a 1 Mhz de velocidad. Esa memoria ROM sólo podía almacenar un único programa, llamado Colussus 249 para control de vuelo (Fuente: exposición en la Universidad de Stanford)
Para más señas, el reloj que llevaban los astronautas lo único que hacía era dar la hora y los instrumentos de navegación de la cápsula hacían sus indicaciones a base de muellecitos, ejes engrasados pulcramente y cosas así, pura mecánica. Parece mentira, ¿verdad? pero aún hay una prueba mayor del atraso con el que se movía el mundo, al menos el nuestro. Resulta que los astronautas vinieron a España el 7 de octubre de ese mismo año, y para agasajarlos no se les ocurrió otra cosa que regalarles unos trajes de torero. No sé yo si encaja muy bien un viaje a la luna, por muy rudimentario que fuera el ordenador, con un traje de torero, pero así fue la cosa.


Los primeros hombres en la Luna con su montera bien calada.


Eso ocurrió en 1969, y un poco antes, en 1964, cuando el afán por la conquista del espacio contaba con un entusiasmo sin límites, tuvo lugar otro suceso que demuestra hasta qué punto nos encontrábamos a caballo entre la edad media y los viajes a las estrellas. Es la historia de la señora Lillian O’Donahue, la operadora de teléfonos de Carnarvon, un pequeño pueblo en el extremo más occidental de la costa australiana. Resulta que a las afueras de Carnarvon había una antena enorme que puso la NASA para hacer los seguimientos de las naves espaciales cuando pasaban por el Índico. Pues bien, una noche de ese año, 1964, se cortó la comunicación entre la antena y la estación de rastreo situada en Adelaida y todos los mensajes en clave que mantenían a la nave Géminis atada a la tierra, tuvieron que ser atendidos por la señora O’Donahue que celosamente los transmitía a la estación de Adelaida a través de una centralita de clavijas. ¿No es maravilloso? El destino de una misión espacial estuvo durante toda una noche en las manos de una anciana que hacía su trabajo mientras tejía calceta en su vieja mecedora, con un sueldo que le alcanzaba a cubrir todos los gastos del mes gracias a las horas extras.

Es lo bueno que tiene la nostalgia, que te lleva a lugares del pasado que no conviene olvidar.










domingo, 6 de septiembre de 2015

Un relato contado por mi musa








El hombre de trapo temía ser descubierto. En un lugar donde todo el mundo era de cartón, ser de un material mucho mejor y más resistente era una provocación. Más le valía pasar desapercibido. Pero sus precauciones no le sirvieron de nada y un buen día fue descubierto por un grupo de malencarados muchachos hechos con la peor calidad de papel maché. Le persiguieron sin tregua, hasta que finalmente, agotados, se dieron por vencidos y el hombre de trapo pudo escapar. En esta ocasión había salido airoso del trance, pero nada le aseguraba que su fortuna se repitiera la próxima vez, así que decidió huir a otro lugar.
   -Un momento, un momento, creo que no tienes ni la menor idea de cómo vas a continuar con este microrrelato.
   -Ya, bueno, ¿y a ti qué te importa?
   -¿Cómo que qué me importa? ¡Soy tu musa, imbécil!, ¡claro que me importa! ¡Yo soy la responsable de la calidad de lo que escribes!
   -Ah, sí, es que sin gafas no te había reconocido.
   -Tú no usas gafas, lo sabes de sobra, lo que pasa es que nunca me ves.
   -Ya estamos…
   -Sí, vaya morro que tienes,… ¿bueno qué piensas hacer?
   -Dímelo tú. A fin de cuentas eres mi musa, ¿no?, pues cúrratelo.
   -De acuerdo, ¿qué te parece si el hombre de trapo llega a un lugar dónde todo el mundo es de trapo como él, de modo que consigue vivir tranquilo?
    - Ya, pero le falta algo, ¿no?. Así simplemente es superflat.
    - ¡Superflat, oh, es superflat! ¡vaya expresión para alguien que se supone que tiene un vocabulario de donde elegir la palabra más precisa! De todas formas, tienes razón, la idea necesita algo más, algo que provoque, interese, sorprenda o emocione…déjame pensar…. ¡Ya lo tengo!
    -¿Sí?
    -Verás, cuando por fin el hombre de trapo se establece en la ciudad donde todos son de trapo, al cabo de no mucho tiempo aparece un hombre hecho de un material mucho mejor, por ejemplo de plástico, ¿vale? ¿Entonces qué pasa?
    -¡Que todos los hombres de trapo empiezan a perseguir al hombre de plástico porque es de una calidad superior!
    -¡Exacto! ¡y es precisamente nuestro hombre de trapo del principio quién encabeza la persecución!
    -Me parece una buena idea.
    -Claro. Luego dirás que es tuya.
    -¿Morreamos?
    -Por supuesto.









domingo, 16 de agosto de 2015

La mujer torcida










El otro día amaneció propicio para dos cosas que detesto: la melancolía y el dolor de ciática. Elegí la ciática, porque su padecimiento me pone de un humor insoportable y prefería estar como un viejo gruñón que como un viejo a secas.
Cogí mi cachaba y me arrastré como pude hasta la puerta, doblado por la mitad, que es la única manera conocida de desplazarse en casos de ciática y salí a esperar al taxista que había llamado para que fuera a mi casa a recoger un paquete; lo que no sabía el pobre, es que el paquete era yo.
Decidí ir directamente a que me hicieran una resonancia magnética, saltándome el paso de acudir primero al traumatólogo, pero es que las resonancias no duelen, y los traumatólogos te hacen poner de pié para examinar la columna, te dicen que trates de tocar el suelo con las manos, y otro tipo de pruebas para las que, francamente, no me encontraba con cuerpo.
En la sala de espera del médico encargado de hacer las resonancias, estábamos solo el taxista que me había llevado hasta allí como si fuera un saco de patatas y yo. Como estas pruebas suelen tardar bastante, despedí al taxista y le dije que volviera a recogerme pasada media hora. Su ausencia me alivió pues ya no tenía que estar pendiente de sus carraspeos continuos que era la forma que tenía de expresar sus protestas por estar esperando, sin hacer nada, a que me atendieran.
Encontrarme en aquella sala de espera, solo, aislado, en silencio, suponía un pequeño preámbulo de lo que me esperaba a continuación, una especie de prueba o examen; si no conseguía superar el abandono en una habitación amplia y llena de sillas, mucho menos en el agujero de un electroimán gigante.
Al poco tiempo llegó una mujer que desprendía encanto por todos los poros, de la misma forma que un hisopo, agua bendita. Estaba torcida, posiblemente más que yo, y tenía la mirada melancólica, se ve que ella había elegido por la mañana  las dos cosas: melancolía y ciática.
Era de mediana edad, pero mantenía la perversión de una sonrisa adolescente en su rostro. Se sentó muy cerca de donde yo estaba e inmediatamente nos miramos con ese disimulo imposible de disimular que solo se produce en las salas de espera y en los ascensores amplios. Resultaba misteriosamente atractiva, y su cuerpo, aunque estaba escorado hacia un lado por culpa de alguna lesión que ahora trataban de diagnosticar, conservaba el tono de alguien que ha pasado mucho tiempo haciendo deporte. Un cuerpo de cincuenta años tratado como si tuviera veinte, con el resultado de una clásica armonía, como esos edificios que jamás se ven estropeados a pesar de los años que acumulan sus muros.
Me sentí ligeramente turbado por su presencia pues el caso es que no dejaba de mirarme, parecía haber descubierto algo en mí que de alguna manera le llamaba la atención. Podía ser mi expresión de malhumor, hay mujeres que la confunden con una actitud desafiante y ya sabemos lo mucho que eso puede llegar a excitar. Yo me hice el duro, pues a pesar de estar encorvado mantenía intacta mi faceta de seductor, lo cual pareció provocar aún más su interés en mi.
Cuando ya estaba yo decidido a entablar los preliminares de una conversación básica destinada a sondear más pruebas de mi irresistible atractivo sobre ella, entró la enfermera para anunciarme que era mi turno. Me levanté de mi asiento con toda la soltura que pude, ahogando un grito de dolor pues no estaba yo para volatines, y sin atreverme a mirar a la mujer torcida seguí como un cordero el camino marcado por la auxiliar que con innecesaria frialdad, me llevó hasta una cabina. Una vez allí, me señaló una bata que yo creo que era de papel y me indicó que me desnudara y que saliera solo con la bata puesta, con la humillante orden de que la apertura debía estar en la espalda. ¿Por qué hacen eso los médicos? ¿No es suficiente con tener que llegar a su consulta en los brazos de un taxista?
Ya, a esas alturas, me daba igual todo, de modo que hice caso y salí de la cabina tal como se me había pedido procurando que se me viera el culo entero, aunque a punto estuve de prescindir incluso de la ridícula bata de papel, como infantil señal de protesta.
Me introdujeron tumbado en un tubo largo y estrecho y antes de que empezara la prueba con su inconfundible ruido a carraca cósmica, permanecí inmóvil expectante a nada, pues si hay un lugar en el que no cabe esperar nada es  precisamente el interior de un electroimán gigante. Pude escuchar claramente que mi compañera de infortunios, la mujer de mirada melancólica y cuerpo torcido y condenadamente atractivo, estaba siendo sometida al mismo trato que antes lo había sido yo. Por un momento me la imaginé con el mismo modelo de bata que yo lucía y en ese momento dejó de parecerme una bata horrible y se convirtió en un fetiche.
La mujer estaba, a juzgar por los ruidos que llegaban, en la habitación de al lado de la mía, en una máquina probablemente idéntica, y quién sabe, quizá imaginándome a mi tal como la imaginaba yo a ella, solo con esa fantástica bata.
La ensoñación cesó y rápidamente los ruidos procedentes de ambas máquinas llenaron todo el espacio disponible. A veces coincidían el tableteo de las dos, sumando su efecto aturdidor, y en otras ocasiones el de una, sucedía al de la otra con rítmica precisión. Parecían dos animales cibernéticos en celo llamándose en la oscuridad de la noche, y probablemente lo fueran, quién sabe.
Pasados veinte minutos o poco más, todo cesó. De repente noté que me deslizaba a través del tubo, y como si fuera un pan recién horneado, salí al exterior inmóvil y calentito. Inmediatamente apareció la enfermera distante y me dijo que todo había terminado.
    -¿Qué tal se encuentra? –me preguntó con fingido interés.
    -Me siento otro –me dio por decir.
Supuse que en ese mismo momento, otra enfermera igual de distante que la mía, estaría haciendo la misma pregunta a la mujer de al lado.
Y algo así tuvo que pasar, pues cuando salí de la habitación para ir a la cabina donde había dejado mi ropa, me encontré con la mujer de la sala de mirada melancólica, que también se dirigía hacia su cabina. Nuestras miradas se cruzaron cómplices, la suya provocativa, y la mía, tímida, evitó posarse en su bata.
Después cada cual se metió en su cabina para vestirse.
Supongo que aquella mujer se llevó la misma sorpresa que yo cuando descubrió que su pierna derecha había sido sustituida por otra pierna derecha: la mía. Al menos, yo tengo ahora una pierna derecha femenina, fantástica, y estoy convencido de que es la suya. Perfectamente moldeada, larga, con unas curvas armoniosas y precisas, consecuencia de haber practicado mucho deporte. A juzgar por el tono moreno, al aire libre.
Creo que hice bien esta mañana en levantarme con ciática, ahora me encuentro muchísimo mejor.