Hay que ver la cantidad de cosas que dejamos de hacer con el paso del tiempo, de las que ni nos acordamos de cuando no parábamos de hacerlas. Esto es un pensamiento de viejos, pensarán algunos, pero no, en absoluto. Sé reconocer cuándo pienso como viejo y cuando lo hago como ser vivo sin entrar en detalles. Es la ventaja de ser viejo, que tengo dos cerebros: uno, el normal, y otro el de viejo. El cerebro normal es el que trato de utilizar siempre, el de viejo lo reservo para momentos de intimidad.
Utilizando, ya digo, mi cerebro normal, me acuerdo de cuándo fumaba aunque lo tengo totalmente olvidado. Si me paro a pensar, la sensación que me llega es que no he fumado jamás, cuando la realidad es que he sido un fumador empedernido desde los dieciséis años hasta los cincuenta y cuatro. Treinta y ocho años de empedernidez fumadora.
Un fumador empedernido de verdad, no deja de fumar hasta que se muere, no como yo, pues eso significa empedernido. Es que decimos "empedernido" con demasiada alegría sin darnos cuenta de su significado. Empedernido describe un estado de endurecimiento ontológico donde fijamos una conducta (o una creencia) de tal manera que se vuelve inmutable. Etimológicamente, la mayor parte de la palabra la ocupa el término petra, y el conjunto significa una petrificación de la voluntad. Vamos, que no hay quién te baje del burro.
Sin embargo, aquí estoy yo, para llevar la contraria al adjetivo empedernido, que por otro lado me parece precioso. Si me esfuerzo, recuerdo los momentos en que vivía esa terquedad ontológica y no paraba de fumar. Nada más levantarme, encendía un cigarrillo y el mejor del día era el que me fumaba después de desayunar. Sí, es una decepción, pues tiene fama de ser el mejor cigarrillo de todos el poscoital. De ese no me acuerdo, y ahora estoy utilizando mi cerebro de viejo.
Luego estaban los cigarrillos continuos en el trabajo, en mi casa, en la calle, en el campo, en la playa, en el coche, en el avión, en los aeropuertos, en el tren, en el andén del metro, en los bares y restaurantes, en los hospitales... joder, no paraba de fumar en todo el día. Y ahora... como si no hubiera fumado en mi vida.
Pues esto que me pasa con el tabaco, me ocurre con un montón de cosas, y no, no estoy utilizando mi cerebro de viejo. Palabrita de honor.

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