martes, 30 de octubre de 2018

El viejo Jack








Alexander Kiossev, búlgaro él y además profesor de la Universidad de Sofía, ha escrito un artículo que vete a saber por qué extrañas razones, ha llegado a mis manos. El artículo se titula Cultural aspects of the modernisation process, y resulta de lo más interesante, pues aunque está escrito para la sociedad búlgara, es aplicable actualmente a cualquier otro país. Habla de la autocolonización de la cultura, es decir, de la invasión de otras culturas con nuestro total consentimiento. Una cosa es conquistar América llevando a la fuerza una religión y un modelo de sociedad, y otra muy diferente abrir un Starbuck un lunes, y el martes ver que está lleno de paisanos tomándose unos tanganazos de café  con medio litro de leche colmados de vainilla, canela y chispitas de caramelo, como si fuera chocolate con picatostes. La autocolonización de la cultura se refiere pues, a esta permisión, mejor dicho, búsqueda, de costumbres culturales foráneas. Lo digo sin dolor, es decir, me parece estupendo importar costumbres, fiestas o tradiciones de otros lugares, siempre que las costumbres adoptadas lo merezcan. Éste es el caso de Halloween. Se trata de una simpática fiesta que ayuda a desmitificar la muerte y que es muchísimo más divertida que nuestro tradicional Día de Difuntos, que hasta el nombre da cosa. Mañana toca celebrarlo  y no he   podido resistir al tentación de escribir un cuento para la ocasión, pero me he liado y he terminado por interesarme en por qué se ponen calabazas con velas dentro. Que tengan la expresión de simpáticas calaveras, es obvio, pero ¿por qué calabazas?

¿POR QUÉ CALABAZAS EN HALLOWEEN?

Lo fácil es suponer que son farolillos para guiar a las ánimas  en pena. Vale, pero vamos a ver cómo llegamos hasta ese punto. Sabemos que Halloween es una costumbre celta que llevaron los irlandeses a Estados Unidos, y que  según la tradición, los celtas utilizaban nabos vaciados que llenaban con carbones al rojo, o velas, para conducir a los espíritus. Luego viene lo fácil, los irlandeses llegan a Estados Unidos con sus nabos, pero un año que fue especialmente bueno en la cosecha de calabazas, suplantan los unos por las otras y dado que resulta mucho más vistosa una buena calabaza que un nabo, pues ya queda establecida for ever la cucurbita pepo. Es más grande, cabe mejor una vela en su interior y encima se puede decorar con caras desdentadas y ojos de malísimo. No se le puede pedir más a la vida, ni a la muerte. Pero la historia tiene un origen la mar de simpático y es la siguiente.

LA HISTORIA DE JACK O’LANTERN

Este tipo, Jack O’Lantern, el viejo Jack, además de borracho, ruin y malvado, era la mar de astuto. Tanto que engañó al mismísimo diablo y un día en que se le apareció para llevárselo con él al infierno, consiguió convencerlo de que le dejara tomar el último trago. Para poder pagar en la taberna una pinta de cerveza Guines necesitaba dinero y el diablo, por complacerlo, se convirtió en monedas, con lo que dejaba claro que sería muy diablo, pero tonto, hasta la nausea. Una vez que el diablo, convertido en un par de chelines, estaba en el bolsillo del viejo Jack, éste metió astutamente una cruz de madera  y lo atrapó, obligándolo a jurar que le daría diez años más de vida a cambio de liberarlo. El diablo, que como ya ha quedado claro, era un infeliz, no tuvo más remedio que aceptar el chantaje. Pero diez años no son nada, menos para el demonio, por lo que una vez pasado ese tiempo, volvió a aparecérsele reclamando su alma. En esta ocasión, Jack le pidió que subiera a lo alto de un árbol para que le cogiera una manzana como último deseo, y el diablo, el pobre diablo, una vez más demostró lo tonto que era y se subió al árbol. Mientras subía, Jack talló una cruz en la corteza del manzano y ¡ay!, el diablo quedó de nuevo atrapado, que es que hay que ser imbécil. En esta ocasión, el viejo Jack, crecido por la victoria exigió para su liberación que se olvidara de su alma para siempre. También fue aceptada esta condición, de modo que cuando Jack muere va al cielo. Y ahora viene lo bueno, resulta que en el cielo no tardan demasiado tiempo en darse cuenta de  que Jack es un depravado pecador y lo ponen de patitas en la calle, indicándole sutilmente la salida con una espada flamígera. A Jack no le queda más remedio que ir al infierno para pasar allí la eternidad, pero el diablo le recuerda que según el trato al que llegaron el día de la manzana, jamás  se haría cargo de su alma, y furioso lo echa del infierno arrojándole unas brasas que arderían eternamente. El viejo Jack, sin un lugar donde alojar su alma podrida, coge las brasas y las introduce en un nabo para alumbrar su deambular por los infinitos caminos de la tierra. ¿Por qué un nabo? Eso es algo que todos nos seguimos preguntando. ¿Qué ventajas ofrece un nabo a la hora de hacer un farolillo? Lo veo, incluso, inapropiado para tal uso. Está claro que el viejo Jack se conformaba con lo primero que tenía a mano para hacer faroles; en cualquier caso aún se le ve en la noche de Halloween precedido de su nabo luminiscente.
Hay otra versión mucho más absurda, de modo que me quedo con ésta.

Como dato curioso, hay granjeros que dedican el año entero a cultivar calabazas gigantes para conseguir batir el record. Se han llegado a pesar calabazas que pasan los 1.000 kilos. Pobre Jack, si tuviera que cargar con una de éstas.



Y ahora viene el cuento prometido de Halloween. Bueno, ahora no, que se ha hecho muy tarde, lo pondré mañana.

Disfrutad mientras podáis. Mañana nos vemos en la fiesta de todos los muertos y recordad cuando veáis una calabaza iluminada con expresión de terror, que detrás puede estar el viejo Jack.






2 comentarios:

  1. gracias, es la tradición. Ahora estoy como loco buscando el mío que se supone que subiré mañana pero no lo encuentro... esa sí es una historia de terror.

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