Hasta el niño más tonto sabe que al final los
juguetes se pueden romper, le dije. Después me sacó los ojos y se puso
a jugar con ellos a las canicas.
Un blog, un blog, ¿por qué un maldito blog? ¿Acaso tiene sentido? Creo que no, pero aquí está el mío.
jueves, 12 de julio de 2018
sábado, 30 de junio de 2018
Autobús Nº 5
Hoy empiezan formalmente las vacaciones de verano, al menos el primer turno. ¿Existe mayor placer que dedicar parte del tiempo libre a la lectura? Para los que piensen que es difícil encontrar mejor alternativa pero se hayan dejado el libro en la oficina, aquí tienen algo a lo que echar el ojo. De nada.
La mañana era plomiza, como había sido la mañana
anterior y también sería la siguiente. Los árboles habían perdido las hojas, y
con ellas el color; esqueletos de madera rígidos y silenciosos. Las calles eran
grises, igual de grises que las fachadas de los edificios, sus portales, los
escaparates, las farolas, los perros, gatos..., toda la ciudad parecía de ceniza, como la gente
que iba de un lugar a otro con la barbilla hundida en el esternón, sin mirar al
frente, aburridos de la monotonía de ver todo en blanco y negro. En esa época
del año el sol se resistía a salir y su ausencia creaba una capa uniforme que
envolvía todo con un velo oscuro y tupido ¿Qué había pasado con los coches
rojos, amarillos, verdes? ¿Habían desaparecido, se habían marchado de la
ciudad? No, claro que no, qué bobada, seguían estando allí pero cualquier
realidad permanecía oculta bajo una envoltura de invierno impermeable a la luz, y con olor a humedad.
Sólo había una forma de librarse de la red de
pesadumbre que cubría todo: dejar de estar ahí, irse a cualquier otro lugar.
Escapar.
Viajar no es sólo satisfacer el deseo de conocer lugares
nuevos, también es olvidarse de los viejos.
Un día, Ernesto salió más temprano que de costumbre
de su trabajo pese a lo cual ya era de noche, y según iba a su casa se detuvo
en un escaparate atraído por un anuncio que le llamó poderosamente la atención.
Mostraba a una familia feliz, un papá, una mamá y un niño de unos cinco años de
edad. Tres sonrisas envidiables. Los tres saludaban desde la amplia ventana de
un enorme autocar como si se estuvieran despidiendo de alguien, y a juzgar por
sus expresiones parecían estar encantados con perderlos de vista. Ernesto
apartó la cara del escaparate dejando un cerco de vaho en el cristal que limpió
con la mano para volver a enfocar su mirada en el anuncio. Su mente aprovechó
ese espacio abierto y se coló en el autocar. De repente se vio al lado de la
familia feliz, saludando también hacia el exterior, entusiasmado por abandonar
la ciudad, despidiéndose de su tediosa tenebrosidad. Su imaginación lo retuvo
durante unos segundos en el interior de aquel autobús y hasta pudo escuchar el
sonido del potente motor y sentir el amortiguado movimiento a través de
carreteras flanqueadas por bosques, recorriendo cientos de kilómetros por
maravillosos paisajes.
El escaparate era de una agencia de viajes y el
anuncio correspondía a una oferta para “escapar a la ciudad de tus sueños”,
según prometía el titular del anuncio. Ernesto no pudo resistirse a la
tentación y entró en la agencia.
Una campanilla en el dintel de la puerta anunció su
entrada y casi simultáneamente apareció el dependiente, un hombre sonriente, de
edad incalculable con el rostro misteriosamente enrojecido. Una nariz
prominente destacaba con personalidad y separaba dos ojillos brillantes y
despiertos. Ernesto se sacudió los zapatos antes de pasar hacia el mostrador
dando potentes patadas en el suelo para desprenderse del barro y del hielo, y
se frotó las manos, que traía ateridas, según las calentaba con su aliento.
-Buenas tardes, amigo –saludó el dependiente de forma extremadamente
cordial- ¿Le ha interesado nuestra oferta para viajar a la ciudad de sus
sueños?
Ernesto se sorprendió al verse descubierto en sus
intenciones y pensó que no era el único que entraba esa tarde por el mismo
motivo.
-Sí, verá, de momento sólo quería que me informara de los precios,…
Una mano alzada a la altura de sus ojos le
interrumpió.
-Un momento, antes de seguir, dígame cual es la ciudad de sus sueños.
Esa es la parte más importante, y puede ocurrir que no esté disponible, en cuyo
caso de nada valdrá que le informe del resto de los detalles.
Ernesto vaciló, no había pensado en un destino
concreto, le bastaba simplemente con saber que estaba lo suficientemente lejos
como para que tuviera sol. Probablemente en otro país.
-Ya sé, ya sé, no me diga nada –continuó el dependiente con la misma
sonrisa inicial-, lo que usted quiere es dirigirse hacia el sur, a un sitio
donde pueda ver campo, no simplemente intuirlo debajo de una espesa niebla, ¿no
es así?
-En efecto, esa es la idea. Tengo unos días de vacaciones que no utilicé
en verano y he pensado que ésta podía ser una buena oportunidad.
-Inmejorable, sin duda. ¿Está usted casado, tiene hijos? –Ernesto
asintió un tanto desconcertado por la pregunta- Verá, la oferta sólo es
aplicable si viaja usted con su esposa y su hijo. En este caso el precio se
reduce considerablemente y sólo tendrá que pagar un billete.
-Parece un buen negocio.
Se quedó con ganas de preguntar qué pasaba si en
lugar de su esposa y su hijo se apuntaba en compañía de otros dos amigos, o su
padre y su tía,… cualquier otra combinación posible de tres personas, pero se
abstuvo y siguió interesado en las explicaciones que le daba el dependiente de
la cara sonrojada y sonrisa permanente.
-El viaje dura cuatro días y ya en el primero llegará a una ciudad que
cumplirá todas sus expectativas de sol y buen tiempo. El itinerario detallado
lo encontrará usted en la carpeta que le entregaré junto con una bolsa de
viaje, como regalo incluido en la promoción. La salida es dentro de tres días
desde la estación Sur de autobuses.
Ernesto no necesitaba saber más. Estaba entusiasmado.
Contar con que dentro de muy poco iba a cambiar ese ambiente tan obsesivo y
deprimente por un mundo completamente diferente, lo llenaba de gozo, y su
felicidad era aún mayor pensando en la alegría que les daría a su mujer y a su
hijo. Todos los días, durante el desayuno, salía algún comentario sobre el
tiempo y las ganas que tenían, tanto Clara como él, de que llegara la
primavera. Incluso, en el caso de Clara, este deseo era aún mayor. El pequeño,
Guille, se limitaba a observar la conversación de sus padres, limitado por una
experiencia de haber conocido sólo seis inviernos. Ernesto y Clara, en cambio,
llevaban ya contabilizados demasiados en sus vidas sin haber visto otra cosa
diferente. Jamás habían abandonado su ciudad natal y hoy por fin, Ernesto se
había decidido a hacerlo. Su trabajo ahora, y antes los estudios junto con la
obligación de cuidar de un padre podrido por el alcohol y una enfermedad
incurable, lo habían tenido prisionero. Unas circunstancias terribles que
dieron forma a un espíritu dominado por la racionalidad y el sentido práctico.
Esta tarde, a la salida del trabajo, viendo el escaparate de la agencia de
viajes, fue la primera vez en su vida que Ernesto se permitió soñar. Y se dio
cuenta de que era algo realmente hermoso.
En muy poco tiempo cerraron todos los detalles y en
seguida Ernesto se vio con tres billetes de autobús en el enorme bolsillo de su
abrigo, una bolsa roja de viaje de regalo y un programa con el itinerario
perfectamente explicado. El dependiente seguía sonriendo, en realidad no había
dejado de hacerlo en ningún momento, y se despidieron como si fueran grandes
amigos pero sabiendo que no volverían a verse nunca más. Afuera, la calle
seguía ofreciendo mil argumentos para respaldar la decisión de Ernesto.
Clara recibió a su marido con una mala noticia: su
padre, a quien adoraba desde que era una niña, había muerto y tendrían que
viajar al norte, a la ciudad donde había estado viviendo los últimos años, para
asistir a los funerales. Le sorprendió la reacción de Ernesto que se derrumbó
literalmente sobre una silla, demudado, con un gesto de terrible tristeza. No
sabía que apreciara tanto a su padre y le enterneció verlo así.
-No te preocupes cariño, según me ha dicho mamá, ha sido rápido y no le
ha dado tiempo a sufrir nada. Partiremos dentro de tres días, pues todas las
carreteras están cortadas por mal tiempo y hasta entonces no hay ningún
autobús que vaya hasta allí. Ya lo
tengo todo arreglado y he sacado los tres billetes, no tenemos con quién dejar
a Guille.
Tres días. Precisamente la salida era dentro de tres
días. También.
-El autocar sale de la estación Sur –continuó Clara-. Es extraño, pues
nos dirigimos hacia el norte pero eso pone en los billetes.
Ernesto miró a su mujer sin decir una sola palabra.
No tenía ninguna. Palpó su enorme bolsillo del abrigo buscando el tacto de sus
billetes hacia el sol. Su mujer se acercó para tratar de consolarlo y lo abrazó
sin percatarse de que también estaba abrazando un enorme bolsón de viaje de un
encendido color rojo, al que su marido se aferraba domo un chiquillo a su manta
de la suerte. El rojo del bolsón era el único rastro de color que existía en
varios kilómetros a la redonda. Ernesto levantó la cabeza, besó amargamente a
Clara y salió de la habitación para ocultarse en algún sitio indefinido e
inexistente.
Al día siguiente, Ernesto también salió pronto de la
oficina y se fue directamente a la estación Sur. Quería ver a los pasajeros que
felices se dirigían a un destino diferente y sobre todo, necesitaba pensar,
encontrar alguna salida a su mala suerte. Él era una persona extremadamente
racional, como todo el mundo decía, seguro que descubría la manera de no viajar
hacia el norte, al entierro de su suegro por el que jamás había tenido una
especial simpatía.
Ya era de noche cuando llegó. Se sentó en un banco
débilmente iluminado por una farola que parpadeaba con insistencia, y trató en
vano de buscar alguna excusa convincente. Pero no había manera, su atención
estaba centrada en los grandes autobuses de línea; unos salían limpios,
recién salidos del lavadero y otros llegaban con el rastro de
cientos de kilómetros adheridos a la carrocería. Le pareció que los últimos
entraban a regañadientes. Miraba a través de las ventanas iluminadas que
pasaban delante de él tratando de descubrir historias en las miradas de cada
pasajero. Imposible pensar. Lo dejaría para el día siguiente, seguro que algo
se le ocurriría.
Amaneció de la misma forma que venía amaneciendo
últimamente. Durante el desayuno trató de no hablar ni del tiempo ni de su suegro, lo que trajo dilatados momentos
de silencio. Le acongojaba pensar que se iba a perder unos días estupendos al
aire libre, con sol, campos abiertos, cielo despejado, y otras delicias tan
deseadas, a cambio de unos funerales y una visita obligada a un cementerio
frío, oscuro, húmedo y terrible. Miró a su hijo que estaba dando grandes sorbos
a su tazón de leche, y aún lo sintió más por él. Luego lo volvió a pensar y
llegó a la conclusión de que no era cierto, la cruda verdad es que por quién
más lo sentía era por él mismo. Para qué engañarse.
En la oficina estuvo ausente, sin parar de dar
vueltas a lo que ya se había convertido en una obsesión. En mil ocasiones sacó
los tres billetes que podían llevarle a otro universo y leyó una y otra vez el
reclamo mágico: ESCAPA A LA CIUDAD DE TUS SUEÑOS. Más abajo, detallaba que se
trataba de una oferta familiar, y que esa era la única condición para poder
beneficiarse de ella. Qué tontería pensó, pero a fin de cuentas, eso no
cambiaba en nada la situación irresoluble.
No había más remedio, tenía que devolver todo, hasta
la bolsa de viaje roja, recuperar su dinero y dejar de soñar.
Salió de la oficina y se dirigió sin que mediara su
voluntad hacia la agencia de viajes. Cuando llegó, antes de decidirse a entrar se
detuvo a mirar el escaparate; algo había cambiado. El anuncio que le había
hecho pasar hacía dos días ya no estaba. La campanilla de la puerta sonó
exactamente igual que la primera vez que estuvo allí y de la misma forma
espectral apareció el dependiente de la eterna sonrisa. Lo saludó
afectuosamente y le preguntó que le traía de nuevo.
-Han quitado el anuncio del escaparate –acertó a decir Ernesto, sin
saber exactamente cómo continuar.
-Efectivamente. Ya no tenía sentido seguir manteniéndolo pues usted se
llevó los últimos billetes. La promoción ha sido todo un éxito, le felicito por
haber llegado a tiempo –hizo una pequeña pausa aprovechada para volver a
sonreír-. Nada más marcharse usted, apareció otro señor interesado. Se llevó un
disgusto al ver que ya no tenía posibilidad, por eso quité el anuncio.
-¿Y sabe usted dónde vive ese señor?
-No, naturalmente que no. ¿Pasa algo?
-No, no, no, qué va, no pasa nada… muchas gracias.
Ernesto salió de la agencia apresuradamente sin
despedirse. A sus espaldas retumbó la voz del dependiente mientras se marchaba:
-Recuerde que el autobús sale mañana a las ocho. Plataforma número
cinco, estación Sur…
Clara preparaba las maletas para el viaje. Metió toda
la ropa de abrigo que pudo pues no sabía cuánto tiempo iban a estar fuera, pero
mínimo cinco o seis días. Por Ernesto no había problema pues aún le quedaba
parte de sus vacaciones que aún no había consumido, y ella había pedido permiso
en su trabajo.
Llegó Ernesto, besó a Clara mecánicamente, y a
Guille, preguntó qué preparaba para la cena y sin esperar respuesta abrió la
nevera en busca de alguna pista.
-Ya están las maletas, listas para mañana –anunció Clara, ya en los
postres.
Ernesto miró a su mujer decepcionado, como si le
hubiera gustado tomar parte en la operación.
-Muy bien ¿a qué hora sale el autobús?
-¿A qué hora sale el autobús? –repitió como un lorito Guille.
-No juegues con el yogurt, y termínatelo todo –reprendió maternalmente
Clara-. A las Ocho. Conviene que estemos mucho antes, pues nunca se sabe.
Ernesto asintió a esta última frase como si acabara
de escuchar la gran verdad sobre el origen del universo. Luego el brillo de los
ojos volvió a fundirse en la mortecina luz de la cocina.
A las ocho menos cuarto de la mañana la estación Sur
estaba llena de gente. Todos caminaban de forma desordenada cruzándose entre
si, unos con prisa y decisión, otros con prisa y sin saber exactamente adonde
dirigirse, y todos con la seguridad de que pronto abandonarían la ciudad.
Ernesto, Clara y Guille, participaban de la
coreografía caminando hacia la plataforma número cuatro, de donde salía el
autobús hacía el norte. Los dos autobuses juntos, cada uno con un destino muy
diferente, y para los dos tenían billetes. Ya no se trataba de a cuál se iban a
subir sino a cuál no. Ernesto se palpó instintivamente el enorme bolsillo de su
abrigo.
Clara estaba nerviosa, los viajes la alteraban
bastante más de lo que ella estaba dispuesta a admitir. Guille, como siempre,
se tomaba todo como un juego y Ernesto se mostraba tranquilo, casi indiferente.
-¿Qué plataforma tenemos, la cuatro o la
cinco? ¿O era la seis? –preguntó Clara con cierta impaciencia.
-Es por aquí.
Subieron al autobús. Clara dio instrucciones a Guille
de que no se moviera de su lado. Ernesto acomodó el equipaje de mano en el
lugar que había encima de sus cabezas y una vez todo en orden se sentaron.
Guille miraba entusiasmado a través de la enorme ventanilla. Su madre, a su
lado, respiraba tranquila disfrutando de esos momentos antes de la partida, en
los que uno se siente seguro, con
la certeza de que todo va a salir según los planes previstos. Afuera del
autobús quedaban sólo los que habían ido a despedir a algún familiar. Los
autobuses estaban alineados, cada uno en su plataforma. Un carricoche con las
maletas de todos los pasajeros que tenían la salida a la misma hora se acercó
haciendo un ruido sordo, eléctrico, como si quisiera pasar sin ser advertido.
Varios bolsones rojos destacaban
en la masa gris del equipaje transportado.
Pasados unos minutos, Ernesto sonrió a su hijo cuando
alborozado lanzó un grito, al notar un repentino tirón.
-¡Nos movemos, papá, ya nos vamos!
lunes, 11 de junio de 2018
Música para sordos
EL MOVIMIENTO IMPRESIONISTA,TÉRMINO ACUÑADO POR LOUIS LEROY, TOMA SU NOMBRE DE ESTE CUADRO.
¿Cuántas formas existen para definir qué es arte?
Innumerables, además cada uno de nosotros nos vemos capacitados para tener
nuestra propia versión de lo que realmente significa arte, sin consultar ningún
libro escrito por especialistas. Cada cual tiene la suya, sí, pero hay algo en
lo que todo el mundo está de acuerdo: el arte está continuamente evolucionando
(¿y qué no?), y su evolución siempre sigue el sentido de romper con el
academicismo existente hasta ese momento para crear un arte nuevo. Innovar, esa
es la clave, no aceptar los postulados de los maestros anteriores, revelarse...
la revolución, sí. Mola. Además, también todos estamos de acuerdo en que hay una
relación íntima, casi obscena, entre arte y sociedad, de modo que cuando la
sociedad se hace permisiva el arte se desmadra, y si hay una involución lo
achacan los artistas de la misma forma que cuando hace mucho frío se nos caen
los mocos. Iba a hacer mención de los comienzos dubitativos que tuvieron que
afrontar los primeros impresionistas y su temor al fracaso en la exposición de la primera muestra de lo que
luego se llamó impresionismo, celebrada en los salones del fotógrafo Nadar, pero creo que no es necesario y mejor paso
directamente a hablar de John Cage.
Este señor, que murió en 1992, fue filósofo, poeta,
pintor, recolector de setas y sobre todo músico y compositor. Por toda su obra
es reconocido como una de las figuras más importantes del arte contemporáneo y
desde luego el más grande innovador musical del siglo XX, que fue el suyo.
Estudió composición con Richard
Buhling, luego se fue a Nueva York a estudiar un año entero con el compositor
Adolph Weiss, siguió clases de música folclórica y contemporánea con Henry
Cowell en la “New school for social research” y finalmente regresa a California
para estudiar contrapunto con Arnold Shoenberg. Grandes maestros que le
iluminaron en su carrera artística y a los que luego no hizo el menor caso.
Su
obra más conocida lleva el sugerente título de “cuatro minutos y treinta y tres
segundos”, y naturalmente se refiere a su extensión. Esta asombrosa pieza
musical consta de tres movimientos, el primero tiene una duración de 33
segundos, el segundo, el más largo, dura 2 minutos y 40 segundos, y el tercero
y último, un minuto y 20 segundos. Lo que hace que esta pieza sea realmente
única es que en ninguno de los tres movimientos suena ni una sola nota musical.
Silencio absoluto. Un silencio de cuatro minutos y treinta y tres segundos,
representado en tres movimientos que no se diferencia uno de otro nada más que
en su duración. Por supuesto, existe partitura, la que menos tinta se ha
gastado para escribirla en la historia de la música.
Ni que decir tiene que la interpretación siempre
terminaba con una cerrada ovación del publico, sin duda entendido y satisfecho
por la sesión musical que los mantuvo atentos durante los tres movimientos de
la obra.
miércoles, 6 de junio de 2018
Lo han vuelto a hacer
El hombre es el único animal que tropieza dos veces
en la misma piedra, dicen, pero no es cierto, la mayoría de los animales lo
hacen. Las golondrinas, por ejemplo, las que yo conozco, este año han cometido
el mismo error que el año pasado: anidar en un lugar peligroso para ellas,
peligroso porque está rodeado de niños. Otra vez he encontrado su nido
destrozado bajo mi ventana y al lado un palo, el arma homicida empleada por las
bestias alevines. Ya lo hicieron el año pasado y yo les reprendí severamente,
sus padres supongo que no, porque a fin de cuentas qué importancia tiene un
nido de golondrinas cuando lo único importante que hay es que los niños disfruten. A su manera, y su manera
muy a menudo es destructiva. También hay niños que lo último que se les pasa
por la cabeza cuando ven indefensos animalitos es torturarlos, yo fui de esos,
pero la posibilidad de que su naturaleza los empuje a hacer daño, existe, y los
padres deberían estar alerta ante estas conductas. Parecerá una tontería pero no lo es en absoluto, y de la
misma forma que se les enseña las capitales de Europa y los ríos de África,
habría que decirles cuando se les pilla tirando piedras a un gato o a un nido
de pájaros, que eso no se hace. Habría que actuar al primer indicio de falta de
sensibilidad, diría yo. Recuerdo que de pequeño fui sorprendido por mi madre
cuando me lo estaba pasando bomba quemando hormigas con una lupa. Mi madre
simplemente me preguntó, por qué hacía eso, nada más. Fue suficiente: lo pensé,
no encontré ninguna explicación buena y dejé de hacerlo. Creo que a partir de
ese momento, por el simple hecho de no encontrar una buena respuesta a la
pregunta de por qué estaba matando, aunque la víctima fuera una simple hormiga,
sin sacar ningún beneficio con su muerte (evitar que me coma, comérmela yo,
controlar una plaga...), me
convertí en un acérrimo defensor de la vida animal. Y aquí sigo, poniéndome
hecho un animal cada vez que observo que hay niños a los que nadie les ha
preguntado por qué destruyen los nidos de unos pájaros.
Esas cosas también hay que enseñarlas, en serio.
ESPERO QUE EL AÑO QUE VIENE
NO TENGA QUE REPETIRLO.
sábado, 26 de mayo de 2018
Clases y clases
El otro día, charlando con mi amigo
Francisco Mayoral a la salida de la presentación del libro que Almudena Mestre
ha escrito sobre el escritor Justo Sotelo, estábamos de acuerdo en que sin
exceso de vanidad no existiría la literatura. Yo llevo una parte importante de
mi vida, los últimos cinco años, dedicándome a escribir por lo que me considero
con derecho a ser vanidoso, lo que ya no sé es si lo consigo plenamente. En
cualquier caso, esa vanidad necesaria no me impide ver con claridad qué clase
de escritor soy, y he de confesar con dolor que soy un escritor de clase baja.
Solo tuve la sensación de pertenecer a la jet
cuando gané con un cuento de apenas seis páginas, el concurso literario Hucha de Oro, dotado con 30.000 euros,
pero según sonaban las doce campanadas, el encanto desapareció y regresé a mi
casa en una calabaza tirada por cuatro ratones. Volví a pisar las mullidas
alfombras por donde andan los escritores de clase alta cuando quedé finalista
en el concurso literario Antonio Machado con un cuento sobre dragones, y de
nuevo cuando gané el primer premio del concurso Tanatocuentos. Éste último, lo
guardo en el recuerdo con especial cariño pues además de ser muy divertido el
tema obligado sobre el que había que escribir (la muerte, claro), estaba dotado
con 3.000 €, lo cual está muy bien si te gusta celebrar los éxitos con cigalas.
Luego, me dio por escribir novelas, en
lugar de seguir con los cuentos que es lo que me ha proporcionado
satisfacciones pecuniarias, y volví a ocupar mi lugar en los suburbios de la
literatura. Pero los escritores de clase baja también tenemos nuestra vanidad,
aunque sea una vanidad de escasos recursos de acuerdo con nuestras
posibilidades, y de la misma forma que a los escritores de la más alta
alcurnia, también a nosotros nos gusta escuchar que escribimos como los propios
ángeles. Vender muchos libros, eso también nos gusta, pero lo vemos más fuera
de nuestras posibilidades, pues somos humildes, pero no somos imbéciles.
Desde que gané con El ladrón de nubes el Premio Onuba de novela (mi primera novela),
voy todos los años a la Feria del Retiro a firmar ejemplares de la novela
correspondiente. Ya van seis, un poco más de una por año. En esta ocasión
también estaré allí, en la caseta 86, la de la librería Gaztambide (donde se vende
mi novela, obviamente), dejando que el polvo que levantan los miles de
visitantes a la feria se vaya depositando lentamente sobre mí. El que quiera
venir a verme, aunque solo sea para tirarme unos cacahuetes, será recibido con
un entusiasmado abrazo.
Estaré el día 30, miércoles, de siete de
la tarde a nueve. Será fácil reconocerme por mis harapos y el sombrero raído
que suelo poner boca arriba en los pasillos de las grandes bibliotecas.
Y como detalle sin apenas importancia,
el libro que estaré firmando es éste:
jueves, 17 de mayo de 2018
De fábula
Todo el mundo sabe cómo se llaman los dos
primeros hombres en pisar la Luna, pero nadie sabe que el tercero en hacerlo
fue Charles Conrad, un astronauta con los mismos méritos que sus predecesores
pero olvidado de forma injusta. Yo también me voy a olvidar de Conrad, con
todos mis respetos, a pesar de que hace mes y medio dije que escribiría un
artiblog sobre él. Está claro que el tiempo se encarga de dejar al descubierto
a las personas que no saben mantener su palabra. Héteme aquí. Pero antes de
olvidarme de Conrad definitivamente, debo contar una anécdota suya que por sí
sola merece que todos hagamos un esfuerzo por retener a este astro de los
astros en nuestras mentes. Por lo visto era un hombre bajito, y nada más
descender del módulo lunar, según ponía su pie sobre la superficie de la Luna,
dijo para que lo oyera todo el mundo que estaba siguiendo el acontecimiento a
través de la radio y televisión:
“Aquí me tienen, éste pudo haber sido un pequeño paso para Neil
Amstrong, ¡pero para mí ha sido uno muy grande!”
Charles Conrad, solo es un caso más entre
otros tantos parecidos. Por ejemplo, si alguien nos pide que digamos novelistas
o pintores que conocemos, podemos estar varios minutos recitando nombres y
nombres hasta que quién nos ha formulado la pregunta se levante y se vaya a su
casa aburrido de escuchar una lista interminable, pero qué pasa si nos pregunta
por fabulistas. Todos vamos a recitar los cuatro más conocidos sin titubear:
Esopo, La Fontaine, Iriarte y Samaniego. Así, de corrido. Luego nuestro ceño se
fruncirá, inclinaremos la cabeza, miraremos hacia arriba y finalmente diremos
que con esos cuatro ya son
suficientes. Una enorme injusticia
para otros escritores de fábula, y aprovecho el doble sentido de la frase para
remarcar la dimensión de la injusticia. Probablemente el quinto gran fabulista
fuera tan estupendo como los cuatro citados que todos conocemos. Además, ser
fabulista no es una tarea que exija exclusividad, se pueden escribir estupendas
fábulas y además novelas largas, relatos cortos, muy cortos y literatura de
terror. Por ejemplo, Stevenson, Monterroso y Kafka, escribieron una cantidad de
fábulas suficiente como para considerar que realmente les gustaba hacerlo.
¿Alguien recuerda alguna de cualquiera de ellos? Y también fabularon Pedro
Calderón de la Barca y Francisco de Rojas Zorrilla. Y Lope de Vega incluía
fábulas dentro de sus comedias.
Actualmente, y ya desde el siglo XX, la
fábula ha perdido interés, bien es cierto. Hasta se la mira con cierto desdén.
Se habla de la “moralina” despreciando la bonita palabra “moraleja” para dejar
claro que se trata de un género menor, caduco y de abuelas. Más bien es de
bibisabuelas, pues el apogeo de la fábula, al menos en España, se produce entre
los siglos XVIII y parte del XIX; vale, pero tampoco es necesario hacer de este
detalle un motivo de lisonja. Si fuera así, vamos a mearnos de risa cada vez
que veamos un cuadro renacentista.
Las circunstancias socioculturales imponían
este tipo de cuentos con una enseñanza final, pero ¿acaso ha mejorado nuestra
sociedad moralmente hasta el punto de que ya nadie necesite una buena fábula?
Yo diría que basta con abrir el periódico para darnos cuenta de que hoy más que
nunca la fábula es casi imprescindible. Por este motivo, y porque nadie sabe
decir el quinto fabulista más grande de la historia, reivindico la importancia
de este género, breve, sencillo y quizá por eso, siempre complicado.
Y como moraleja final de este artiblog,
incluyo un fragmento que todo el mundo conoce de sobra:
... mas la hormiga con gobierno
le respondió en canto llano:
-Pues cantaste en verano,
danza, hermana en el invierno.
viernes, 4 de mayo de 2018
Vuelo volado
Es terrible cómo vamos perdiendo memoria con la edad.
No me extrañaría nada que un día de estos saliera a la calle sin haberme puesto
el uniforme. Una vez le pasó a mi madre, que si no llega a ser por el portero
que la interceptó a tiempo, se hubiera ido a tomar el aperitivo con sus amigas
en enaguas. Eran otros tiempos, por eso llevaba enaguas, si no, hubiera sido
mucho peor.
Yo trabajo en una compañía
aérea como azafata, y el otro día me ocurrió algo que no sé cómo afrontarlo. Me
encontraba yo en plena tarea, repartiendo Cocacolas a diestro y siniestro, y de
repente me di cuenta de que no sabía cuál era el destino del avión. Esto es
algo que me ha sucedido otras veces, pues vuelo con demasiada frecuencia y puede
ocurrir que confunda momentáneamente los sitios a los que voy, pero cuando esto
sucede, inmediatamente aparece de nuevo en mi mente el lugar al que nos dirigimos, y sobre todo la piscina del hotel que nos está esperando impaciente. Sin embargo en esta ocasión no conseguía recordarlo. Antes de que la
angustia se apoderara de mí, decidí preguntárselo a mi compañera, prefería
quedar como una despistada que obsesionarme con mi pérdida de memoria.
-Oye, Cristina, ¿adonde vamos hoy?
-¿Estás de broma? vamos a…. ¡coño!, ¿adónde
vamos que no me acuerdo?
Mi compañera y yo
estuvimos intentando recordar el lugar al que iba el avión, cada una por su
lado, hasta que terminamos de repartir bebidas y cacahuetes entre el pasaje,
que no sabía a qué atribuir el gesto de preocupación que podían observar en
nuestros rostros, habitualmente iluminados por una profesional sonrisa.
Seguíamos en blanco. Con cierto rubor se lo preguntamos a otros compañeros que
después de exclamar según lo
exquisito de su sentido del humor lo taradas que estábamos, se sorprendieron de
que tampoco ellos recordaran nada. La pregunta se fue extendiendo y al final
ninguno de los quince tripulantes de cabina que íbamos en aquel vuelo tenía la
menor idea de nuestro destino. Con muchísimo tiento empezamos a preguntar al
pasaje de la forma más disimulada de la que éramos capaces.
-¿Qué, un poquito más de café? porque al sitio
al que vamos, lo mismo no es fácil encontrar uno tan bueno como éste, ¿verdad?
-Sí por favor, un poquito más … por cierto, le
va a extrañar mi pregunta, pero me puede decir a dónde vamos.
Sondeamos a la totalidad
del pasaje de discretísima forma sin que nadie fuera capaz de decirnos nada. Al
final, conseguimos convencer al sobrecargo para que se lo preguntara al
comandante. Yo me ofrecí para acompañarle en la misión. Con cautela
entramos en la cabina de los
pilotos a los que encontramos inmersos en sus tareas, sumergidos en mapas y
hablando entre ellos en tono preocupado. Era evidente que ninguno de los tres
sabía ni remotamente adonde iba el avión. De los auriculares salía una voz
metálica, desconcertada y nerviosa.
Finalmente el avión aterrizó
en una ciudad que creo que es la mía pero no estoy demasiado segura. Llegué a
mi casa, o eso es lo que creo, besé amorosamente a mi marido, supongo, y desde
entonces vivo con la sensación de que estoy algo perdida.
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