jueves, 13 de junio de 2013

Él nunca lo haría








Esta mañana, impulsado por un extraño instinto que no he sabido contener, me he comprado un libro sobre las principales migraciones de la humanidad y ahora lo tengo sobre mi regazo sin saber muy bien qué hacer con él. Me temo que no lo necesitaba y no se si voy a poder leerlo en algún momento, pero ya es tarde, ahora es mi responsabilidad. Aquí está, con sus tapas marrones, enteladas, muy buena encuadernación, impreso en un papel que parece de excelente calidad y sin embargo nada de todo esto es suficiente para que yo me pueda comprometer a estar siempre a su lado. Más bien lo que siento es lástima por él, porque en el fondo no es un libro deseado. Ha sido el producto de un impulso incontrolado, de un arrebato momentáneo y cuyas consecuencias no supe medir bien. Toda una irresponsabilidad. No quiero que mis amigos, mucho menos la madre de mis hijos, descubran lo que he hecho. No quiero ni pensar en lo que diría mi familia, con lo que es (sobre todo por parte de madre), si se enterara de mi debilidad.
El caso es que resulta muy tentador, he estado mirando por encima el primer capítulo y he de reconocer que ha conseguido emocionarme. Lo he abierto, y en letra clara y con un tamaño perfecto, empezaba: Las primeras migraciones del paleolítico constituyen sin ninguna duda el primer proceso efectivo de la expansión humana… ¡por favor, si es que dan ganas de cogerlo y no soltarlo hasta el final! Pero no puedo, se que no puedo, y por tanto es mejor no hacerme ilusiones, tengo que ser fuerte.
Después de comer, le echaré el último vistazo, lo forraré en papel de periódico y con el alma en un puño, lo colocaré con sumo cuidado dentro de una caja de cartón. Por la noche, cuando no me vea nadie, iré hasta la biblioteca de mi barrio y tras dejarlo en la puerta, con un nudo en la garganta, llamaré al timbre y saldré corriendo antes de que abran. Sé que me partirá el corazón y que lo pasaré mal; durante un  tiempo ni siquiera podré dormir aguijoneado por la mala conciencia, pero también sé que eso es lo mejor para él. Ahí será leído con atención y sabrán cuidarlo bien, aunque nunca con tanto cariño como yo le hubiera dado.
Esto me enseñará a no tener más deslices, aunque conociéndome, no se yo…




jueves, 6 de junio de 2013

El astrofísico que era poeta y además otras cosas peores.


Esta semana he estado en Barcelona por motivos de trabajo y este afortunado suceso me sirve como excusa para no haber escrito mi artiblog semanal. En su lugar, como ya he hecho en otras ocasiones, echaré mano de mi cartapacio de apuntes o cuentos, ideas, o insensateces acumuladas a lo largo del tiempo, en busca de algo que me sirva para cumplir con mi compromiso innecesario y voluntario. Y mira tú, hablando con una gente maravillosa que he conocido estos días, entró en la conversación Los Trabajos de Heracles, mi libro de relatos del que ya he hecho uso en otras ocasiones para cumplir con esta absurda e incomprensible manía de subir un artiblog semanal a mi maldito blog, y que una vez más me va a ayudar a salir del trance.
Aquí va.

                                             El astrofísico que era poeta y además otras cosas peores.








El Compás es un lugar extraordinario por muchísimas razones, ya lo he dicho con anterioridad y es posible que aún lo vuelva a decir en más ocasiones. Es un sitio irrepetible, paraíso de tranquilidad, un valle de paz y silencio, el hontanar donde fluyen las cervezas más frescas y apetitosas que podamos imaginar. Es el confortable útero donde dos amigos pueden pasar meses sin salir al agresivo mundo que hay extramuros acogidos por la tibieza de su atmósfera decimonónica.
Un sitio así es inexplicable que siga abierto pues para poder disfrutar de todas esas cualidades es requisito imprescindible que esté poco frecuentado, y eso significa que puede ser una ruina. De hecho, es una ruina y el más conspicuo de sus misterios es que siga abierto. Damián, el más grande de cuantos camareros existen, y por supuesto el menos agobiado por su trabajo, jamás se le ha visto inquieto por la posibilidad del cierre del negocio por lo que me imagino que está al tanto de los secretos que lo mantienen abierto.
En el capítulo de pérdidas, hay que sumar el detalle nada despreciable de que mi amigo Heracles y yo, los mejores clientes y prácticamente los únicos, tenemos la esporádica costumbre de irnos sin pagar nuestras consumiciones con la promesa de arreglar cuentas en momentos posteriores que jamás llegan.
El Edén, El Compás sin duda alguna es el Edén.
En un lugar de estas características jamás aparecen seres  vulgares pues la justicia que mantiene el orden del universo preserva sus mejores rincones de la intrusión bárbara. Pues bien, hay veces que esa justicia  se desvanece, momento que puede ser aprovechado por alguna criatura deleznable para hacer su aparición en el paraíso sin que nadie le haya llamado. Tal cosa sucedió hace tiempo cuando en plena conversación sobre la formación de los cristales, asunto, sin duda, de calado filosófico sólo apto para maestros, apareció el elemento perturbador.
Mi amigo Heracles ponía sobre el tapete la inextricable realidad de las formaciones cristalinas, exponiendo con extraordinaria destreza su punto de vista que consistía básicamente en una majadería sin precedentes.
    -Yo te digo que la única explicación a que un grupo de átomos se una a otros diferentes formando una pared perfectamente lisa, hasta que deciden girar 60 grados exactos, continuar de nuevo juntándose para formar otra pared y volver a girar en el momento oportuno para que después de seis giros la formación resultante sea un prisma de sección hexagonal, es sencillamente porque han decidido entre todos hacerlo así.
   - ¿Quieres decir que los átomos que forman el cuarzo tienen voluntad? –pregunté incrédulo.
    -Resulta obvio, ¿no te parece?
    -¡Y UNA BIERDA COMO EL SOMBRERO DE UN PICADOR DE GRANDE...HIPS... CISCO EN TODO EL BUNDO!
Una voz desagradable empapada en alcohol surgió de algún punto de la entrada. Pronto apareció el propietario de los balbuceos estridentes ataviado con una gabardina llena de enormes manchas, con los bordes desgalichados por un uso mantenido más allá de los límites de resistencia del tejido, y un sombrero tan terrible como el resto. Todo él, en conjunto, parecía el contenido del estómago de una cabra.
Heracles y yo nos miramos sin saber reaccionar ante tan espantosa visión. No podíamos creer que el personaje que teníamos delante fuera real, algo tan extremo no existe en un mundo donde hay coches que te hablan cuando aparcas y si necesitas una ecografía, te la haces con tu propio teléfono móvil.
    -¿Perdone...? –empecé sin ninguna idea de cómo iba a continuar.
    -CHUSMAAAAAA.... SOIS CHUSMAAAAA ¿QUIERES QUE TE MUERDA UN CODO? TENGO UNA DENTADURA PRERFECTA PARA MORDER CODOS, MIRA, DÉJAME QUE TE LO DEMUESTRE....
Horrorizado oculté mi codo todo lo que pude, lo cual no es nada sencillo. Heracles, lejos de la actitud que yo esperaba de él, parecía que se estaba divirtiendo con la idea de que un desconocido borracho me mordiera el codo. Busqué el apoyo de Damián pero tampoco parecía excesivamente interesado en salir en defensa de mi articulación. Al final, ante la insistencia del desconocido y la tibieza de una reacción en bloque por parte de los que yo suponía amigos míos, accedí a ser mordido por el vocinglero intruso. He de reconocer que mostraba una dentadura perfecta, blanca y con todas las piezas de la misma altura. Parecía un anuncio de dentífrico. Finalmente, después de presumir de la naturaleza de su dentición decidió que con la exhibición era suficiente y renunció al bocado. Aliviado, di un sorbo a mi cerveza.
    -Permítanme que me presente –dijo-, pues aunque mi aspecto resulte ofensivo, soy persona de extremada educación  –el cambio en su forma de relacionarse fue impresionante-. Mi nombre es Juan Balbás, profesor de astrofísica y poeta. Más poeta, que astrofísico aunque ambas ocupaciones me mantienen cerca de las estrellas.
    -Encantado, Juan –Heracles siempre tan ceremonioso-. ¿Quieres tomar algo?
    -Quiero beber en las fuentes de la sabiduría, hundir mis labios en el dulce almíbar de la amistad y saborear la comprensión de mis semejantes en pequeños sorbos.... eh, sí, me tomaré una ginebra,  ya que insiste –con increíble agilidad se giró hacia donde estaba Damián-. Por favor, póngame una Hendricks –luego volvió su atención de nuevo hacia nosotros-. sí, me dejo llevar por la moda y ahora la ginebra de pepino hace furor, qué quieren... así es el mundo que nos ha tocado vivir.
    -Astrofísico, poeta, por el aspecto vagabundo y además fashion victim... ¡que extraña combinación!
    -No se dejen llevar por las apariencias, pues mi infortunio nada tiene que ver con mi buen juicio.
Damián, pulcro y puntual, llegó con un vaso ancho en cuyo interior bailaban unos cubitos de hielo que en contacto con la ginebra se estremecieron ruidosamente, y que Juan Balbás, poeta y astrofísico, prácticamente vació de un solo trago. Sus modales acompañaban más a su aspecto que a su pretendida formación.
    -Se preguntarán ustedes, por qué un individuo de mi categoría y sensibilidad, ha llegado a extremos de confundirse con la chusma ignorante de la más baja estofa que uno pueda imaginar, ¿verdad?
    -Sí, resulta chocante. Además ese intento de morderme un codo no es algo que se vea entre gente de bien.
    -Lo comprendo, lo comprendo y si están dispuestos a escuchar la historia que propició tanta desdicha, me entenderán inmediatamente, tanto que querrán invitarme a otra de estas deliciosas ginebras.
    -Somos todo oídos.
    -Pues bien –se aclaró la voz que por efecto de una vida estragada sonaba a cañerías por las que circularan cristales- , en la cátedra de la que yo era titular, de física cuántica, entró hace dos años una joven adjunta que como ya se pueden imaginar enseguida me arrebató el corazón.
    -Estaba claro que tenía que haber por medio una ladrona de corazones – comenté seguro de acertar.
    - Una ladrona, sí, y también un ladrón, pues yo también me hice con el suyo. La criatura se quedó inmediatamente prendada de mí. Enamoradísima, podíamos decir, al menos aparentemente –volvió a aclararse la voz, esta vez con la ayuda de lo que le quedaba de ginebra-. Es lógico, mi inteligencia la deslumbró. No pierdan de vista que yo era el flamante catedrático, con prestigio internacional, opúsculos publicados en todas las revistas de investigación del mundo, autor de varios libros sobre la trascendencia de los taquiones.... ¡yo era un crack!
    -Caramba –comenté sin estar seguro de que la exclamación estuviera a la altura del personaje.
    -Pero de todas las cualidades que me adornan, siendo muchas, lo que más la sedujo, sin lugar a dudas, fue mi inspiración, mi mente poeta.... cada poesía mía la deslumbraba hasta límites nunca imaginados. Cuando yo leía, declamaba –corrigió-, alguno de mis poemas, ella se arrebolaba por la admiración. Verso a verso conquisté su espíritu. Mis palabras mecían nuestras sesiones de amor... ella escuchaba embelesada, yo improvisaba de la mano de Erato estrofas cautivadoras que estremecían su…
    -Perdón -me atreví a interrumpir- , ¿las poesías eran buenas o a ella le parecían buenas?, ya se sabe que una mujer enamorada es público entregado a cualquier insensatez…
    -Pero qué bruto eres –me reprendió mi amigo Heracles.
    -No, no, es lógica la pregunta de su impertinente amigo –admitió el poetastro-, acudir a la solución más sencilla es muy común en cierto tipo de mentes embrionarias, y la pregunta me da pie para comentar que mi amada no sólo era admiradora mía, también apreciaba  la poesía de Shakespeare, Poe, Whitman, Baudelaire, Dickinson… estaba muy familiarizada con los grandes autores universales de todos los tiempos pues la poesía era su afición favorita, tanto que ella misma tenía publicados varios poemarios y había ganado los premios más importantes de la poesía en lengua española, y alguno también en francés. No, amigos, mi amada no se dejaba engatusar por mediocridades.
    -Exigente y difícil, queda aclarado el asunto –resumí, invitando con un grácil gesto de mi mano a que continuara con su relato nuestro esperpéntico invitado.
    -Pues bien, como se pueden imaginar, por muy buen poeta que uno sea, llega un momento en que la inspiración desfallece, se agota el manantial de las metáforas y los hábiles tropos se esfuman dejando calamitosas ocurrencias en su lugar, que hasta embarazo da plasmarlas en el papel.
    -Sí, es como un limón espachurrado del que ya es imposible sacar una gota más de jugo –convine dejando claro que yo también podía mostrar mi lado poeta.
    -Algo así, efectivamente. El caso es que con motivo de su último cumpleaños busqué el regalo que más le podía ilusionar, y como es fácil de intuir, enseguida se me ocurrió que sería una poesía de amor, la mejor de cuantas hubiera escuchado, el obsequio más apropiado.
    -Pero estabas agotado y nada venía a tus mientes –dije con cierta malicia.
    -En efecto, mi cerebro estaba imposibilitado para crear la obra sublime. Después de pasar noches enteras buscando las rimas más bellas, de estrujarme las meninges sin hallar nada que me satisficiera llegué a la terrible conclusión de que nada se me iba a ocurrir porque ya había dado todo lo que mi alma tenía reservado para describir mi amor.
    -Qué angustia tan terrible, tuvo que sufrir un poco, ¿no? 
    -Como una perra. Hasta que se me ocurrió la solución desesperada.
    -Huir a otro país, abandonarla, irse con otra mujer, cambiar de sexo, tatuarse el biceps con una corona de espinas... – dije esperando adivinar el final de la historia.
    -No, qué va. Ojala hubiera hecho cualquiera de esas descabelladas propuestas… hice algo mucho más infame y desde luego más demoledor: plagié la poesía de otro poeta, un tal Antón Limat, autor de las poesías de amor más hermosas que yo haya leído  jamás.
    -Hombre no es para tanto, no me va a decir que por eso lo abandonó, porque es evidente que su amada lo abandonó después de esto.
    -En realidad la abandoné yo, ¿puedo pedirme otra ginebra de pepino?
Sin esperar respuesta, Damián rellenó su vaso con el bebedizo. Yo me inclino a pensar a que lo hizo para que siguiera contando la historia que también había hecho presa en su curiosidad.
    -Gracias… agg está de rechupete –después de limpiarse la boca con la manga de su andrajosa gabardina prosiguió con renovadas energías-. Cuando llegó el día de su cumpleaños recité un soneto de Antón Limat, incluido en su último libro, particularmente bello que describía el estremecimiento del cuerpo durante el acto de hacer el amor. Lo leí con inusual elegancia y sentido del ritmo, he de decir. Acababa con estrambote, soberbio, para glosar el momento del orgasmo –el astrofísico y poeta hizo una pausa para dramatizar el momento-. Ese fue el final de nuestra relación.
    -¿No quedó impresionada? –preguntó Heracles.
    -¿No quedó impresionada? –pregunté yo sin darme cuenta de que ya era innecesaria la pregunta.
    -¿Impresionada?, sí, sin duda la impresionó mucho escuchar esa poesía.
    -Ah, claro –dedujo mi amigo Heracles cuya sagacidad es uno de sus rasgos más llamativos- ella ya había leído anteriormente esa misma poesía.
    -Peor aún: ella la había escrito.
Mi amigo y yo nos quedamos paralizados por la sorpresa mirándonos sin saber qué decir, por lo que continuó hablando nuestro invitado.
    -Antón Limat era uno de los pseudónimos que utilizaba para presentarse a distintos certámenes.
    -También es casualidad.
    -Sí, pero eso no es lo peor.
    -¿Ah, no? –dijimos al unísono Heracles y yo.
    - Lo peor es que ese fantástico soneto, con estrambote describiendo el orgasmo, que acababa de publicar y por tanto de escribir, estaba dedicado a Carlos Peralta, y yo me llamo Juan, Juan Balbás. ¿Qué les parece?
Heracles y yo no dijimos nada. Fue Damián quien se apiadó del pobre muchacho y fue a buscar la botella de ginebra Hendricks que el amargado vagabundo aceptó con entusiasmo.
Por fin la vida le mostraba un lado amable.



martes, 28 de mayo de 2013

Suma cero






Cuando todo empezó, mejor dicho, antes de que todo empezara, había menos diferencias. Luego, lentamente al principio,  pero cada vez con mayor velocidad, el mundo se fue desgajando como una tela vieja. La sociedad se hacía jirones según se rasgaban de arriba abajo empresas, familias, instituciones, vidas...
Y vinieron los recortes. Los sueldos primero se congelaron y luego bajaron. Después desaparecieron. También desaparecieron rincones de tranquilidad que nunca antes habían sido tocados. Aumentaron las jornadas laborales y también aumentaron algunos impuestos, no todos, solo los que más afectaban a los que más sufrían. Los despidos cada vez se podían realizar con menores compensaciones para el despedido. En eso consistía la solución, en abaratar que la gente se quedara sin trabajo.
La gente, por miedo a los desahucios y al mismísimo hambre, aceptaba unas condiciones laborales (quién tuviera la suerte de encontrar trabajo), que hubieran sido inaceptables en otros momentos. La gente vendía cuadros, joyas, pisos, herencias antiguas… La gente tenía miedo. La gente...
Pero no todo era desdicha. Algunos pensaban, mientras se frotaban las manos cada vez más llenas, que la crisis había sido todo un éxito.

La cantidad de agua que hay en la Tierra es constante. Si desaparece de un lago aparece en una nube y si desaparece de un glaciar, nos la encontraremos en los océanos. Con el dinero pasa lo mismo, en eso consiste la desigualdad: cuanto menos tengan unos, más tendrán otros. Las personas, las empresas y los gobiernos que tienen claro este principio, tratarán de aplicarlo hasta el límite del tronchamiento (ver Ley de Hooke, no tengo ganas de explicarla, pero en pocas palabras establece el límite hasta el cual los materiales se comportan de forma elástica y superado éste, cascan. Así, con lenguaje técnico. Las leyes físicas, en este caso de resistencia de materiales, son homologables a leyes sociales, no lo olvidemos).



domingo, 19 de mayo de 2013

El símbolo





El hombre tiene una mente simbólica, eso lo saben hasta los niños de pecho. Esta capacidad de relacionar ideas complejas con representaciones más simples nos ha proporcionado  un sinfín de ventajas a la hora de desarrollar nuestro intelecto o para llegar a la Luna, está claro. Pero no solo eso, que ya está la mar de bien, sino muchas más cosas, algunas de ellas ni siquiera somos conscientes. Por ejemplo, ideas para la decoración. Hay que ver lo bien que queda un pez, sin ir más lejos, en algunos capiteles románicos, o mucho mejor, extraños animales creados por la imaginación, para representar virtudes o perversiones. ¿Qué sería de las metopas sin dragones, perros bicéfalos o serpientes aladas?, y he dicho metopas por decir lo primero que se me ha venido a la cabeza. Nadie con un poco de sensibilidad se queda impasible contemplando un bestiario medieval. Tienes de todo y cada bichejo trata de representar algo, y en algunas ocasiones, lo que representaba era tan terrible y estaba tan bien representado, que su efecto intimidatorio era fulminante. Anda que no se habrán legado hectáreas de terrenos cultivables (más tarde edificables) a la Iglesia, ante la visión en el momento oportuno de una buena bestia de los infiernos. Ni te cuento.
Ahora estamos en crisis, esto también es algo que lo saben hasta los niños de pecho, y mi mente simbólica ha empezado a rebuscar cómo se podría representar con un símbolo. Algo simple, sin recargarlo demasiado, pero que sea efectivo. Naturalmente lo primero que he pensado, siguiendo la vieja tradición, es en acudir a algún animal cuyo comportamiento sintetice las consecuencias de estos momentos tan amargos.  La casualidad me ha llevado al pelícano, que ya era símbolo entre los rosacruces y masones, que a su vez copiaron a los cristianos, que lo tenían como símbolo de la eucaristía. La razón es que estaba bastante difundida en la edad media la creencia de que el pelícano alimentaba a sus polluelos con su propia sangre, a base de darse terribles picotazos en el pecho. Sólo si había escasez de peces, claro, si no,  preferían pasarles una sardina que dolía menos.
Sí, el pelícano está bien, pero queda descartado por abuso de su utilización. Entonces me he encontrado con el grillo. Es fantástico lo bien que se adapta para mis propósitos, mejor dicho, para los propósitos de mi  mente simbólica. Pero no me vale un grillo cualquiera, sino un tipo de grillo que solo vive en Australia (¿por qué lo más extravagante de la biología aparece en Australia?). Este bichito vive en las profundidades de las cuevas más ignotas y se alimenta de lo que puede que consiste básicamente en las heces de otros insectos (que ya se las trae) y en la baba que van dejando un tipo de caracol troglodita, también la mar de raro. Hasta aquí, la cosa tiene un pase, pero el fenómeno viene cuando hay escasez de alimentos (parece mentira que puedan llegar a escasear las heces de insectos o la baba de caracol troglodita, pero sí). En estos casos, a este grillo de las profundidades no se le ocurre otra cosa que comerse una de sus propias patas. Se zampa una de sus trancas, que dicho sea de paso, contiene un 13% de proteínas y un 8% de materia grasa (igual que cualquier depósito bancario), y sigue en busca de heces de insecto o de las susodichas babas. Como dato desalentador, esa pata ya no le vuelve a crecer jamás (tampoco los depósitos bancarios, si es que es perfecto el simbolismo). Como grillo que es, sólo dispone de seis patas, pero mientras le vaya quedando alguna, él no pierde la esperanza y sigue pensando que la vida es bella.




jueves, 9 de mayo de 2013

Letra pequeña





Nadie lee la letra pequeña. Al menos, yo nunca leo la letra pequeña, incluso en según qué cosas tampoco la letra gorda. Y así me va, claro. Jamás he sentido ningún interés en saber, por ejemplo, qué pone exactamente en las pólizas de seguros, pues doy por hecho que cumplirán tal como me lo contaron de palabra, cuando sea necesario decir: ¡eh, un momento que yo tengo seguro! Es una prueba de confianza temeraria, pensarán algunos, y se equivocarán, pues de confianza nada; estoy convencido de que te puedes fiar de una compañía de seguros tanto como de un tesorero del PP, pero puede más la vaguería y comodidad que el miedo a ser timado. Tengo siete pólizas de seguro y no he echado ni un vistazo a ninguna de ellas, es más, estoy convencido de que todo lo que pone, independientemente del tamaño de la letra, son frases escritas sin sentido, probablemente en búlgaro.
Las personas tenemos todas una letra pequeña que nadie lee. Mejor, pues así podemos presumir de tener amigos incondicionales, y parejas que jamás nos van a engañar. Esos amigos incondicionales, en su letra pequeña pone en qué condiciones dejarán de ser incondicionales, y nos llevaríamos un gran disgusto conocer el número de casos en que nos darían la espalda alegando una cláusula ininteligible que además de estar escrita con letra de hormiga, carece de sentido.  En cuanto a las parejas… caramba, pero si en muchos casos todo está escrito en letra gorda, bien gorda y preferimos mirar hacia otro lado; como para sentirnos tentados de leer lo que está en letra pequeña. Eso sí que nadie lo hace, al menos, a tiempo para evitar la catástrofe.
Por supuesto, también hay casos en que esa letra pequeña apenas existe, o comprende tan solo un par de puntos sin demasiada importancia. Esas personas son maravillosas, claro. Pero en el otro extremo, y ahí es adonde quiero llegar, están las que tras grandes declaraciones escritas en cuerpo 64, y en mayúsculas, ocultan un sinfín de cláusulas derogatorias. Fijaos por ejemplo en Mariano Rajoy: ganó por mayoría absoluta, ¿por qué?, porque nadie de los que le votaron se preocupó en leer su letra pequeña.  ¿Y qué me decís de Gallardón? Todo el mundo pensaba que representaba la modernidad dentro de la vetustez alcanforada, la luz en la caverna, y fijaos, fijaos todo lo que pone en su letra pequeña. Da miedo.


viernes, 3 de mayo de 2013

Tenacidad





Una de las cosas más divertidas que existen es llevar la contraria a quién está absolutamente convencido de tener razón. En general llevar la contraria está bien, pero si ocurre que al final acabas convenciendo al que tiene una opinión contraria a la tuya, en el fondo pierde toda la gracia. Cuando lo pasas en grande de verdad es cuando te topas con alguien que en lugar de tener opiniones tiene verdades sumarias y sus juicios son inapelables. Entonces, como te consta que cualquier razonamiento que vaya en contra de sus argumentos no va a ser escuchado, lo mejor es disfrutar del momento y adoptar una beatífica y reposada actitud que simule claudicación pero que esconda una férrea postura de irónica contemplación de su intransigencia. La otra opción conduce a la desesperación y no tiene, por tanto, ningún sentido. Y la cosa es que no tiene término medio, o sufres viendo como fracasan tus intentos de hacer brecha en un muro de pedernal, o te ríes por dentro, sin que se note mucho, de la soberbia del que se cree triunfador.
Esto viene a cuento (y lo digo por llevar la contraria a todos  los que creen que la tenacidad es una cualidad) porque he llegado a la conclusión de que también existe belleza en saber rendirse a tiempo. Llegado a este punto sé que nadie estará de acuerdo conmigo, pero seguro que alguno quedará convencido si digo que la testarudez conduce a peleas, broncas, y por supuesto guerras. Todo, cosas muy desagradables y fácilmente evitables si los individuos tenaces dejaran de serlo. Claro, la tenacidad, me dirán los partidarios de ver en esa actitud una virtud,  también lleva a alcanzar grandes metas. Sí, pero estoy convencido de que esos mismos logros también serían conseguidos, tarde o temprano, por otra persona igual de capaz, pero sin ponerse testarudo, por lo que demuestra que su capacidad es aún más completa. Cuando las cosas se consiguen con tranquilidad, sosiego y de forma más relajada, resulta un camino mucho más inteligente que cuando se llega al mismo punto pero a base de obcecación.
Mi profesor de tenis (cuando hay otras personas delante me refiero a él como mi preparador nacional a sabiendas de que no engaño a nadie), siempre me dice observando mis esfuerzos y tenacidad por ganarle un tanto, que el secreto para jugar bien es hacerlo como si fuera fácil. En el momento, me dice señalándome con su raqueta acusadoramente, en que todos los movimientos los haces con esfuerzo, la estás cagando. Debes actuar con fluidez, como si no te costara trabajo. Qué cabronazo, como si eso fuera sencillo.
Sí, definitivamente, la tenacidad por si misma, sin una base de gran capacidad (léase facilidad) no me parece una buena cosa.
Muchos no estarán de acuerdo. Pues vale.


martes, 23 de abril de 2013

Veintitrés de Abril






  
   En un lugar de la Mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme, no ha mucho tiempo que vivía un hidalgo de los de lanza en astillero, adarga antigua, rocín flaco y galgo corredor...
 Inesperadamente llamaron a la puerta. La pluma de ganso se detuvo en el aire y una pequeña gota de tinta se desprendió en forma de mancha. La mesa, llena de goterones de cera, la recibió impasible. Volvieron a llamar. Lentamente el escritor se levantó de su silla y con el cansancio de sus más de cincuenta concienzudos años fue a ver quién era. Una figura desgarbada y elegante, contradictoria, con un rostro de pocas carnes, nariz torcida y ojos hundidos, estaba al otro lado de la puerta. Era D. Francisco Garcillán, librero y editor, aficionado a las visitas casuales. Esta afición tan sociable había proporcionado a D. Francisco un extraordinario sentido de la oportunidad para caer siempre en los momentos más desafortunados; sólo cuando más podía molestar al visitado aparecía el visitador, eso sí, con una bandeja en la que llevaba alguna golosina como detalle compensatorio a las molestias causadas a su involuntario anfitrión. En esta ocasión traía unos deliciosos suspiros, preparados por una criada que tenía de Albacete, y unas pepas, tan típicas en Abenjibre, el pueblo de la maritornes. El vinillo corría por parte de la otra parte, y esta vez, D. Francisco vio con satisfacción que había ido a parar a una casa en la que no faltaba el tinto de la Mancha, uno de sus preferidos. Así pues, se sentaron a la mesa los dos personajes, escritor y editor, dispuestos a la charla, uno más que el otro, y a la merendola, los dos por igual. Entre pepa, vaso de morapio, soplillo, y unas tortas de manteca y chicharrones que había sacado el anfitrión de su despensa, hablaron del recién fallecido Felipe ll, de su sucesor, de los Jerónimos, de ultramar, y cómo no, de literatura. Este era un tema de conversación en el que los dos se movían con extraordinaria destreza, como es natural. El escritor, según hablaba, se llevaba continuamente la mano derecha sobre la izquierda, el pecho y la frente, como asegurándose de que todo seguía en su sitio. D. Francisco sabía que se trataba de las cicatrices de un arcabuzazo sufrido en una batalla naval contra los turcos y se sentía orgulloso de su amigo. Hablaron de la prosa de Figueroa, Padilla, Lainez,… autores de gran éxito, algunos de ellos además, personajes de “La Galatea”, novela a la moda pastoril que tanto se prodigaba. Casi al finalizar la velada le llegó el turno al teatro, y aquí entraron en tales disquisiciones que les fue imposible llegar a un acuerdo. El librero mantenía la postura, compartida por un importante grupo de gentes  cultas, que el teatro estaba viviendo uno de sus mejores momentos, sobre todo con el impulso de los recientes corrales de comedias, y que era la oportunidad para ganar fama y fortuna con una buena obra. Defendía la conveniencia de dedicar todos los esfuerzos a la dramaturgia y no perder el tiempo en literatura narrativa. Su amigo, que ya tenía una gran experiencia escribiendo teatro, le daba la razón, pero por otro lado se la quitaba. Ultimamente andaba muy ocupado con la idea de crear un personaje que fuera eterno y con esa única imposición estaba trabajando. En principio con la idea de que apareciera en una novela, pero sin descartar plenamente el drama.
El alma del escritor estaba dividida entre ambas opciones, y tanto le atenazaba la duda, que lo primero que hizo en cuanto se fue D. Francisco, y quizá animado por los efectos del vinazo, fue acudir a su mesa de trabajo y tirar a un rincón, hecho un burujo, la novela que había empezado a escribir. Después, cogió nuevo papel, decidido a hacer caso al editor y emplear su talento en una obra de teatro. Ahora estaba sentado el dramaturgo, dispuesto a crear una obra universal. La pluma, en alto, esperaba las órdenes que enseguida llegaron, y obediente, trazó sobre blanco con cuidada caligrafía:
Ser o no ser, he ahí el dilema. ¿Qué es mejor para el alma, sufrir insultos de fortuna, golpes, dardos, o levantarse en armas contra el océano del mal, y oponerse a él y que así cesen?…
 Entonces, el autor se detuvo, miró hacia el rincón de la habitación donde estaba el principio de su novela, dudó durante unos segundos, y a continuación, con un movimiento casi convulso, hizo trizas su recién empezado monólogo y recogió de nuevo el papel que había expulsado de la mesa y continuó:
 una olla de algo más vaca que carnero, salpicón las más noches, duelos y quebrantos los sábados, lentejas los viernes, algún palomino de añadidura los domingos,…




F    i    n

(Es una suerte que murieran los dos el mismo día del mismo año para poder celebrar el día del libro de forma ecuánime)