lunes, 11 de junio de 2018

Música para sordos




                                                                             IMPRESIÓN, SOL NACIENTE (MONET)
                                EL MOVIMIENTO IMPRESIONISTA,TÉRMINO ACUÑADO POR LOUIS LEROY, TOMA SU NOMBRE DE ESTE CUADRO.





¿Cuántas formas existen para definir qué es arte? Innumerables, además cada uno de nosotros nos vemos capacitados para tener nuestra propia versión de lo que realmente significa arte, sin consultar ningún libro escrito por especialistas. Cada cual tiene la suya, sí, pero hay algo en lo que todo el mundo está de acuerdo: el arte está continuamente evolucionando (¿y qué no?), y su evolución siempre sigue el sentido de romper con el academicismo existente hasta ese momento para crear un arte nuevo. Innovar, esa es la clave, no aceptar los postulados de los maestros anteriores, revelarse... la revolución, sí. Mola. Además, también todos estamos de acuerdo en que hay una relación íntima, casi obscena, entre arte y sociedad, de modo que cuando la sociedad se hace permisiva el arte se desmadra, y si hay una involución lo achacan los artistas de la misma forma que cuando hace mucho frío se nos caen los mocos. Iba a hacer mención de los comienzos dubitativos que tuvieron que afrontar los primeros impresionistas y su temor al fracaso en la exposición de la primera muestra de lo que luego se llamó impresionismo, celebrada en los salones del fotógrafo Nadar, pero creo que no es necesario y mejor paso directamente a hablar de John Cage.

Este señor, que murió en 1992, fue filósofo, poeta, pintor, recolector de setas y sobre todo músico y compositor. Por toda su obra es reconocido como una de las figuras más importantes del arte contemporáneo y desde luego el más grande innovador musical del siglo XX, que fue el suyo. Estudió composición con  Richard Buhling, luego se fue a Nueva York a estudiar un año entero con el compositor Adolph Weiss, siguió clases de música folclórica y contemporánea con Henry Cowell en la “New school for social research” y finalmente regresa a California para estudiar contrapunto con Arnold Shoenberg. Grandes maestros que le iluminaron en su carrera artística y a los que luego no hizo el menor caso.

Su obra más conocida lleva el sugerente título de “cuatro minutos y treinta y tres segundos”, y naturalmente se refiere a su extensión. Esta asombrosa pieza musical consta de tres movimientos, el primero tiene una duración de 33 segundos, el segundo, el más largo, dura 2 minutos y 40 segundos, y el tercero y último, un minuto y 20 segundos. Lo que hace que esta pieza sea realmente única es que en ninguno de los tres movimientos suena ni una sola nota musical. Silencio absoluto. Un silencio de cuatro minutos y treinta y tres segundos, representado en tres movimientos que no se diferencia uno de otro nada más que en su duración. Por supuesto, existe partitura, la que menos tinta se ha gastado para escribirla en la historia de la música.

Ni que decir tiene que la interpretación siempre terminaba con una cerrada ovación del publico, sin duda entendido y satisfecho por la sesión musical que los mantuvo atentos durante los tres movimientos de la obra.



                                                 AQUÍ PODÉIS VER LA REPRESENTACIÓN DE 4’ 33’’





miércoles, 6 de junio de 2018

Lo han vuelto a hacer







El hombre es el único animal que tropieza dos veces en la misma piedra, dicen, pero no es cierto, la mayoría de los animales lo hacen. Las golondrinas, por ejemplo, las que yo conozco, este año han cometido el mismo error que el año pasado: anidar en un lugar peligroso para ellas, peligroso porque está rodeado de niños. Otra vez he encontrado  su nido destrozado bajo mi ventana y al lado un palo, el arma homicida empleada por las bestias alevines. Ya lo hicieron el año pasado y yo les reprendí severamente, sus padres supongo que no, porque a fin de cuentas qué importancia tiene un nido de golondrinas cuando lo único importante  que hay es que los niños disfruten. A su manera, y su manera muy a menudo es destructiva. También hay niños que lo último que se les pasa por la cabeza cuando ven indefensos animalitos es torturarlos, yo fui de esos, pero la posibilidad de que su naturaleza los empuje a hacer daño, existe, y los padres deberían estar alerta ante estas conductas.  Parecerá una tontería pero no lo es en absoluto, y de la misma forma que se les enseña las capitales de Europa y los ríos de África, habría que decirles cuando se les pilla tirando piedras a un gato o a un nido de pájaros, que eso no se hace. Habría que actuar al primer indicio de falta de sensibilidad, diría yo. Recuerdo que de pequeño fui sorprendido por mi madre cuando me lo estaba pasando bomba quemando hormigas con una lupa. Mi madre simplemente me preguntó, por qué hacía eso, nada más. Fue suficiente: lo pensé, no encontré ninguna explicación buena y dejé de hacerlo. Creo que a partir de ese momento, por el simple hecho de no encontrar una buena respuesta a la pregunta de por qué estaba matando, aunque la víctima fuera una simple hormiga, sin sacar ningún beneficio con su muerte (evitar que me coma, comérmela yo, controlar una plaga...),  me convertí en un acérrimo defensor de la vida animal. Y aquí sigo, poniéndome hecho un animal cada vez que observo que hay niños a los que nadie les ha preguntado por qué destruyen los nidos de unos pájaros.
Esas cosas también hay que enseñarlas, en serio.


ESPERO QUE EL AÑO QUE VIENE NO TENGA QUE REPETIRLO.




sábado, 26 de mayo de 2018

Clases y clases







El otro día, charlando con mi amigo Francisco Mayoral a la salida de la presentación del libro que Almudena Mestre ha escrito sobre el escritor Justo Sotelo, estábamos de acuerdo en que sin exceso de vanidad no existiría la literatura. Yo llevo una parte importante de mi vida, los últimos cinco años, dedicándome a escribir por lo que me considero con derecho a ser vanidoso, lo que ya no sé es si lo consigo plenamente. En cualquier caso, esa vanidad necesaria no me impide ver con claridad qué clase de escritor soy, y he de confesar con dolor que soy un escritor de clase baja. Solo tuve la sensación de pertenecer a la jet cuando gané con un cuento de apenas seis páginas, el concurso literario Hucha de Oro, dotado con 30.000 euros, pero según sonaban las doce campanadas, el encanto desapareció y regresé a mi casa en una calabaza tirada por cuatro ratones. Volví a pisar las mullidas alfombras por donde andan los escritores de clase alta cuando quedé finalista en el concurso literario Antonio Machado con un cuento sobre dragones, y de nuevo cuando gané el primer premio del concurso Tanatocuentos. Éste último, lo guardo en el recuerdo con especial cariño pues además de ser muy divertido el tema obligado sobre el que había que escribir (la muerte, claro), estaba dotado con 3.000 €, lo cual está muy bien si te gusta celebrar los éxitos con cigalas.

Luego, me dio por escribir novelas, en lugar de seguir con los cuentos que es lo que me ha proporcionado satisfacciones pecuniarias, y volví a ocupar mi lugar en los suburbios de la literatura. Pero los escritores de clase baja también tenemos nuestra vanidad, aunque sea una vanidad de escasos recursos de acuerdo con nuestras posibilidades, y de la misma forma que a los escritores de la más alta alcurnia, también a nosotros nos gusta escuchar que escribimos como los propios ángeles. Vender muchos libros, eso también nos gusta, pero lo vemos más fuera de nuestras posibilidades, pues somos humildes, pero no somos imbéciles.

Desde que gané con El ladrón de nubes el Premio Onuba de novela (mi primera novela), voy todos los años a la Feria del Retiro a firmar ejemplares de la novela correspondiente. Ya van seis, un poco más de una por año. En esta ocasión también estaré allí, en la caseta 86, la de la librería Gaztambide (donde se vende mi novela, obviamente), dejando que el polvo que levantan los miles de visitantes a la feria se vaya depositando lentamente sobre mí. El que quiera venir a verme, aunque solo sea para tirarme unos cacahuetes, será recibido con un entusiasmado abrazo.
Estaré el día 30, miércoles, de siete de la tarde a nueve. Será fácil reconocerme por mis harapos y el sombrero raído que suelo poner boca arriba en los pasillos de las grandes bibliotecas.

Y como detalle sin apenas importancia, el libro que estaré firmando es éste:












jueves, 17 de mayo de 2018

De fábula









Todo el mundo sabe cómo se llaman los dos primeros hombres en pisar la Luna, pero nadie sabe que el tercero en hacerlo fue Charles Conrad, un astronauta con los mismos méritos que sus predecesores pero olvidado de forma injusta. Yo también me voy a olvidar de Conrad, con todos mis respetos, a pesar de que hace mes y medio dije que escribiría un artiblog sobre él. Está claro que el tiempo se encarga de dejar al descubierto a las personas que no saben mantener su palabra. Héteme aquí. Pero antes de olvidarme de Conrad definitivamente, debo contar una anécdota suya que por sí sola merece que todos hagamos un esfuerzo por retener a este astro de los astros en nuestras mentes. Por lo visto era un hombre bajito, y nada más descender del módulo lunar, según ponía su pie sobre la superficie de la Luna, dijo para que lo oyera todo el mundo que estaba siguiendo el acontecimiento a través de la radio y televisión:  “Aquí me tienen, éste pudo haber sido un pequeño paso para Neil Amstrong, ¡pero para mí ha sido uno muy grande!”

Charles Conrad, solo es un caso más entre otros tantos parecidos. Por ejemplo, si alguien nos pide que digamos novelistas o pintores que conocemos, podemos estar varios minutos recitando nombres y nombres hasta que quién nos ha formulado la pregunta se levante y se vaya a su casa aburrido de escuchar una lista interminable, pero qué pasa si nos pregunta por fabulistas. Todos vamos a recitar los cuatro más conocidos sin titubear: Esopo, La Fontaine, Iriarte y Samaniego. Así, de corrido. Luego nuestro ceño se fruncirá, inclinaremos la cabeza, miraremos hacia arriba y finalmente diremos que con esos cuatro  ya son suficientes. Una  enorme injusticia para otros escritores de fábula, y aprovecho el doble sentido de la frase para remarcar la dimensión de la injusticia. Probablemente el quinto gran fabulista fuera tan estupendo como los cuatro citados que todos conocemos. Además, ser fabulista no es una tarea que exija exclusividad, se pueden escribir estupendas fábulas y además novelas largas, relatos cortos, muy cortos y literatura de terror. Por ejemplo, Stevenson, Monterroso y Kafka, escribieron una cantidad de fábulas suficiente como para considerar que realmente les gustaba hacerlo. ¿Alguien recuerda alguna de cualquiera de ellos? Y también fabularon Pedro Calderón de la Barca y Francisco de Rojas Zorrilla. Y Lope de Vega incluía fábulas dentro de sus comedias.

Actualmente, y ya desde el siglo XX, la fábula ha perdido interés, bien es cierto. Hasta se la mira con cierto desdén. Se habla de la “moralina” despreciando la bonita palabra “moraleja” para dejar claro que se trata de un género menor, caduco y de abuelas. Más bien es de bibisabuelas, pues el apogeo de la fábula, al menos en España, se produce entre los siglos XVIII y parte del XIX; vale, pero tampoco es necesario hacer de este detalle un motivo de lisonja. Si fuera así, vamos a mearnos de risa cada vez que veamos un cuadro renacentista.
Las circunstancias socioculturales imponían este tipo de cuentos con una enseñanza final, pero ¿acaso ha mejorado nuestra sociedad moralmente hasta el punto de que ya nadie necesite una buena fábula? Yo diría que basta con abrir el periódico para darnos cuenta de que hoy más que nunca la fábula es casi imprescindible. Por este motivo, y porque nadie sabe decir el quinto fabulista más grande de la historia, reivindico la importancia de este género, breve, sencillo y quizá por eso, siempre complicado.

Y como moraleja final de este artiblog, incluyo un fragmento que todo el mundo conoce de sobra:


... mas la hormiga con gobierno
                                                 le respondió en canto llano:
-Pues cantaste en verano,
danza, hermana en el invierno.










viernes, 4 de mayo de 2018

Vuelo volado









Es terrible cómo vamos perdiendo memoria con la edad. No me extrañaría nada que un día de estos saliera a la calle sin haberme puesto el uniforme. Una vez le pasó a mi madre, que si no llega a ser por el portero que la interceptó a tiempo, se hubiera ido a tomar el aperitivo con sus amigas en enaguas. Eran otros tiempos, por eso llevaba enaguas, si no, hubiera sido mucho peor.
Yo trabajo en una compañía aérea como azafata, y el otro día me ocurrió algo que no sé cómo afrontarlo. Me encontraba yo en plena tarea, repartiendo Cocacolas a diestro y siniestro, y de repente me di cuenta de que no sabía cuál era el destino del avión. Esto es algo que me ha sucedido otras veces, pues vuelo con demasiada frecuencia y puede ocurrir que confunda momentáneamente los sitios a los que voy, pero cuando esto sucede, inmediatamente aparece de nuevo en mi mente el lugar al que nos dirigimos, y sobre todo la piscina del hotel que nos está esperando impaciente. Sin embargo en esta ocasión no conseguía recordarlo. Antes de que la angustia se apoderara de mí, decidí preguntárselo a mi compañera, prefería quedar como una despistada que obsesionarme con mi pérdida de memoria.
    -Oye, Cristina, ¿adonde vamos hoy?
    -¿Estás de broma? vamos a…. ¡coño!, ¿adónde vamos que no me acuerdo?
Mi compañera y yo estuvimos intentando recordar el lugar al que iba el avión, cada una por su lado, hasta que terminamos de repartir bebidas y cacahuetes entre el pasaje, que no sabía a qué atribuir el gesto de preocupación que podían observar en nuestros rostros, habitualmente iluminados por una profesional sonrisa. Seguíamos en blanco. Con cierto rubor se lo preguntamos a otros compañeros que después de exclamar  según lo exquisito de su sentido del humor lo taradas que estábamos, se sorprendieron de que tampoco ellos recordaran nada. La pregunta se fue extendiendo y al final ninguno de los quince tripulantes de cabina que íbamos en aquel vuelo tenía la menor idea de nuestro destino. Con muchísimo tiento empezamos a preguntar al pasaje de la forma más disimulada de la que éramos capaces.
    -¿Qué, un poquito más de café? porque al sitio al que vamos, lo mismo no es fácil encontrar uno tan bueno como éste, ¿verdad?
    -Sí por favor, un poquito más … por cierto, le va a extrañar mi pregunta, pero me puede decir a dónde vamos.
Sondeamos a la totalidad del pasaje de discretísima forma sin que nadie fuera capaz de decirnos nada. Al final, conseguimos convencer al sobrecargo para que se lo preguntara al comandante. Yo me ofrecí para acompañarle en la misión. Con cautela entramos  en la cabina de los pilotos a los que encontramos inmersos en sus tareas, sumergidos en mapas y hablando entre ellos en tono preocupado. Era evidente que ninguno de los tres sabía ni remotamente adonde iba el avión. De los auriculares salía una voz metálica, desconcertada y nerviosa.
Finalmente el avión aterrizó en una ciudad que creo que es la mía pero no estoy demasiado segura. Llegué a mi casa, o eso es lo que creo, besé amorosamente a mi marido, supongo, y desde entonces vivo con la sensación de que estoy algo perdida.
   







lunes, 30 de abril de 2018

Fabula 1









Había un cuervo en la rama de un árbol con un gran trozo de carne en el pico. Llegó una zorra que al ver la carne enseguida quiso apoderarse de ella. Para conseguirlo empezó a adular al cuervo diciendo que era precioso, probablemente el ave más perfecta que había visto en su zorra vida, que era guapísimo, pero, fijaos qué astucia, que era una lástima que no tuviera voz. El cuervo abrió el pico para demostrar que eso no era cierto, y que tenía un potente graznido. La carne cayó y la zorra, burlándose del cuervo por ser un vanidoso sin entendederas, se la comió.

El cuervo contempló con una sonrisa cómo la zorra devoraba el trozo de carne que previamente había envenenado.

Moraleja: nunca repitas el mismo truco  dos veces.








sábado, 21 de abril de 2018

La cita









La soledad puede crear terribles fantasías.
Los monstruos que las habitan son reales.
(Clara Gutierrez)

Si coges un cangrejo por el caparazón y  lo levantas unos centímetros por encima del suelo, verás lo que Alberto pensaba que era su vida. Un pataleo inútil y ridículo que poco a poco se va haciendo más débil, hasta que llega un momento en que las patas ya cuelgan exánimes, pendulares, lacias como un manojo de espaguetis recién hervidos. Entonces puede ocurrir que las fuerzas que te tenían atrapado desaparezcan, pero ya no hay nada que hacer; si acaso ir de culo un par de pasos antes de desaparecer tú también. Alberto, a pesar de que ya había cumplido los cuarenta, seguía pataleando. No soportaba  la resignación y aún sentía la necesidad de hacer cosas de las que poder arrepentirse. 
Cosa extraña en un viernes por la tarde,  había poca gente andando por la calle. Alberto se paró y miró en dirección contraria al tráfico para ver si venía un taxi. Nada, lo típico. La única manera de que aparezca uno, todo el mundo lo sabe, es encendiendo un cigarrillo. Una invocación que nunca falla: en cuanto das un par de caladas y empiezas a tener la estúpida sensación de que fumar es un placer, aparece una luz verde que en virtud de Dios sabe qué leyes de la física, recorre cinco manzanas en fracciones de segundo. Alberto conocía el sortilegio y sacó el último cigarrillo de un extenuado paquete, sin saber que en esta ocasión iba a aparecer algo más que un taxi. Pidió fuego, dio una gran bocanada dando la espalda a la calzada,  luego dio otra más, y una chica pasó por delante de él sin dejar de mirarlo.
Alberto estaba dispuesto a seguir mirando a la chica mientras tuviera ojos para hacerlo. Ella lo sabía y pasó por delante de él consciente de sus pantalones ceñidos.
Los taxis dejaron de existir. La chica se detuvo en las escaleras del metro, miró su reloj,  y se sentó en el primer peldaño. El cangrejo pataleaba.
El teléfono móvil sonó con insistencia puntiaguda en el bolsillo de Alberto. Era su mujer para preguntarle cuánto iba a tardar en llegar. Mucho. No hay un maldito taxi en toda la ciudad.
    -Si quieres te voy a buscar y luego vamos a tomar algo por ahí.
En ese momento la chica se levantó, se dio la vuelta y fue hacia Alberto.
    -Ahora te llamo yo, perdona –qué ojos-, no te oigo nada.
La diosa llegó a su lado con un cigarrillo apagado en la mano. Otra vez un cigarrillo como elemento invocador de algo deseado.
    -¿Tienes fuego?
Alberto sabía que no llevaba mechero, pero fingió buscarlo.
    -Fuego, fuego… ¿te vale de aquí? – le tendió su cigarrillo casi consumido.
Un par de aspiraciones y el trasvase ya estaba hecho. Luego la nada. La chica volvió a su sitio y se sentó de nuevo en la escalera dando la espalda al mundo.
    -Dime… si, perdona –Alberto cogió de nuevo su móvil sin dejar que terminara una irritante y  monocorde versión de “Las Valkirias”-, es que aquí la cobertura es malísima… si, no, no te preocupes, ya voy yo en cuanto pueda… -la chica miró su reloj-  no creo que tarde mucho… hasta ahora.
Un taxi libre pasó  lentamente, tanto que Alberto pudo distinguir la cara del taxista que lo miró como una esfinge en espera de la respuesta correcta. Sin pensarlo, se dio media vuelta y fue hacia donde estaba la chica.
    -Perdona –la chica se sobresaltó tenuemente- llevo un montón de tiempo esperando un taxi, y me he dado cuenta de que tú también estás esperando a alguien, y… ya ves,  de repente me he acordado de un juego que hacíamos en el colegio cuando esperábamos  a que vinieran a buscarnos, y nuestros padres tardaban más de la cuenta en llegar.
Clara Gutiérrez, que ya va siendo hora de decir cómo se llamaba la chica, miró a Alberto sin desconfianza, lo cual es bastante meritorio si tenemos en cuenta la extravagante forma de abordarla.
    -¿Si?
Una contestación en forma de pregunta, y tan breve, sólo puede indicar interés, pensó Alberto.
    -Sí, verás: el juego consistía en que pensábamos un deseo y al primero al que vinieran a buscar, a ese, se le cumplía su deseo.
    -¿A los demás, no?
    -Sólo había un ganador –dijo de la forma más tajante que su tono de voz le permitió.
    -¿Y funcionaba? –preguntó Clara con una mezcla de tristeza y esperanza. Una mezcla maravillosa en aquellos ojos.
-No lo sé. A mí siempre venían a buscarme el último, pero supongo que funcionaba porque mis amigos cambiaban de bicicleta muy a menudo.
Claro se rió como si no estuviera demasiado acostumbrada a reirse.
    -Vale, podemos  probar. No me vendría mal una bicicleta, aunque pensándolo mejor...
    -Tchis, tchis –le interrumpió Alberto-. El deseo no se puede declarar, ha de ser secreto.
    -Ummm, qué interesante, cada vez me va gustando más este juego. A ver...
Clara cerró los ojos, y si no fuera porque los tenía cerrados, estaría mirando al cielo.
La cabeza levemente inclinada, la boca dibujando una leve sonrisa, los párpados entornados y las pestañas afectadas de un tenue temblor. Para Alberto era muy fácil pensar en su deseo.
    -Ya está –despertó Clara de su ensoñación-. ¿Y tú? ¿Ya has pensado el tuyo?
    -Naturalmente –un cangrejo pataleaba vigorosamente en la cabeza de Alberto-. Se puede decir que soy un auténtico experto en pensar deseos, lo hago a toda velocidad.
    -Pues nada, que gane quién más lo necesite.
    Un  tropel de personas inundó las escaleras subiendo fatigosamente hacia ellos. Alberto iba a decir algo ingenioso a Clara pero se quedó paralizado mirando la marea humana que salía del metro camino de vete a saber dónde. Una lengua de gente que asomaba al exterior cada cierto tiempo, y que siempre había pasado inadvertida a Alberto, pero que en esta ocasión le produjo una extraña intranquilidad. Podía ser que entre todos esos individuos ignorados se encontrara la persona que estaba esperando Clara. Estudió a cada uno de ellos intentando descubrir quién podría ser. Poco a poco la multitud fue disminuyendo hasta que finalmente Alberto observó aliviado que ya sólo subían los menos preparados para las prisas, como ancianos y otros que claramente no tenían que cumplir con un destino inmediato. Hasta la siguiente oleada podía estar seguro de que Clara iba a estar allí. No sabía qué hacer, si permanecer a su lado hablando de cualquier cosa, contándola historias inventadas con la esperanza de que jamás apareciera el personaje esperado, o, lo que era más coherente con las reglas del juego que él mismo había establecido, retirarse al borde de la calzada a esperar su taxi. Entonces, sin saber cómo, lo que tenía en la cabeza se transformó en palabras. Lo dijo  quedamente, como una salmodia de vieja beatona, sin apenas despegar los labios.
         -La prudencia es una señora muy aburrida cortejada por un caballero muy cobarde.
         -¿Has dicho algo?
         -Que si te vienes a tomar una cerveza.
     Clara miró a Alberto, Alberto estudió la expresión de Clara. El tiempo se detuvo, el espacio se contrajo a un punto de densidad infinita. Clara se levantó y Alberto tuvo unas fracciones de segundo de felicidad. Nada de esto afectó al taxi que se detuvo tras ellos con una luz verde, omnipresente, obscena. Alberto la vio reflejada en los ojos de Clara. Un  punto verde sobre  fondo verde, que sin embargo, cerraba el paso.
         -Hay un taxi libre justo detrás de ti –sonó como si hubiera dicho, tienes un perro rabioso persiguiéndote.
    Alberto se dio la vuelta muy despacio con la esperanza de que alguien cogiera el taxi antes que él, pero no; allí estaba, aparcado desde antes del nacimiento del universo esperándole expresamente a él. Era Caronte que había venido a buscarlo en su barca para llevarlo al otro lado del río. Alberto había ganado el juego, pero sentía que había perdido algo más importante. Su teléfono móvil empezó a sonar otra vez, pero no contestó. Se despidió de Clara aparentando la alegría que no tenía y subió sumisamente al taxi.
         -Adiós –repitió.
         -No esperes que se cumpla tu deseo. Tu juego no funciona –le dijo Clara cuando el taxi ya estaba casi en marcha.
    Mirar hacia atrás es un acto de crueldad con uno mismo, pero Alberto no pudo evitar hacerlo, y vio a Clara aún en la misma posición, sin moverse de la acera, hasta que lentamente se giró y empezó a andar alejándose de la entrada del metro. Entonces entendió porqué no había funcionado el juego: porque realmente había ganado ella. La persona a quién estaba esperando había llegado mucho antes que su taxi. Le había estado esperando a él.
    Se sintió sin fuerzas para soportar el peso de su caparazón.