domingo, 16 de septiembre de 2018

El peligroso mundo micro










Se habla mucho de comportamientos machistas de baja intensidad y nos referimos a ellos como “micromachismo”. Estas manifestaciones de discriminación débiles a veces imperceptibles, no matan, pero las condenamos igualmente por el potencial que esconden. El micromachismo es la forma incipiente del abuso ancestral y no hay que permitir que se establezca porque puede crecer y hacerse muy violento. A veces adopta la forma de chiste ingeniosillo, otras de amable proteccionismo, pero es como un gremlin, que se transforma en algo imparable. El hecho de que se hable de micromachismo como una amenaza real es un gran avance pues indica que la sociedad no está dispuesta a tolerar el machismo en ninguna dimensión, por muy minúsculo que pueda parecer. 
Genial.
Pero debemos extender esa intolerancia a otras manifestaciones minúsculas que cuando aparecen en grandes dosis también son muy dañinas. Por ejemplo, el nacionalismo también tiene su versión micro. Los que estamos en contra de los nacionalismos mantenemos nuestra posición con orgullo cuando lo vemos en todo su esplendor, pero no somos conscientes de sus apariciones en estado larvario y hacemos mal. Tenemos que estar más atentos porque de igual manera que ocurre con el machismo, también los nacionalismos  están continuamente apareciendo en expresiones minúsculas, y no tan minúsculas, que nos pasan desapercibidas. Por ejemplo, ¿por qué cuando hay dos tenistas compitiendo aparece junto a su nombre, con letras pequeñitas, el país donde han nacido? (que para mayor inri pocas veces coincide con el país en el que reside). Esta información innecesaria es claramente una manifestación de micronacionalismo. ¿Qué aporta saber que fulanito es kazajo y menganita es ucraniana? El tenis es un deporte, a diferencia del fútbol que apela a una ciudad o a un país dónde el equipo actúa como ejército de juguete,  en el que el origen de los contendientes nos trae sin cuidado a los que disfrutamos viendo un buen partido (salvo la Copa Davis cuyas peculiaridades todos conocemos y que hacen precisamente que sea el torneo que menos me interesa). A mí me gusta Nadal por sus méritos deportivos no porque sea de Manacor y lo admiro tanto como a Federer del que me declaro ferviente fan, tanto como de Nadal, si vamos a eso.
La semana pasada fue la final femenina del US Open y el comentario más repetido que se escuchó era “es la primera vez que una jugadora japonesa gana el torneo”. Bueno, ¿y qué? En ese comentario existe un mensaje oculto de superioridad sobre el pueblo japonés que no ha sido capaz de criar a ningún campeón anteriormente.
Esto es a lo que me refiero con los micronacionalismos, sobre los que hay que estar alerta y saber detectarlos para condenarlos de la misma forma que lo hacemos con el micromachismo. En serio, parece una estupidez pero en general las cosas pequeñas tienen eso, que nos parecen insignificantes, y sin embargo no lo son, ni muchísimo menos. Si estamos en contra de los nacionalismos, seamos consecuentes y estemos en contra siempre, aunque a veces aparezca de forma burda  o disimulada. Así se empieza.











jueves, 6 de septiembre de 2018

El arte de amar









Siempre me ha llamado la atención lo injusta y cruel que es la vida animal, sobre todo antes de nacer. No todo el mundo puede aspirar a tener descendencia, aunque entre los seres humanos, demócratas por naturaleza por lo que se ve, ya hemos solucionado de forma pacífica la forma de reproducirnos. En general, sólo el macho más fuerte tiene derecho a la follenda y los demás se quedan con las ganas, mirando embobados lo bien que se lo está pasando el chulo de la manada transmitiendo sus musculosos genes a las futuras generaciones. El ejemplar que no se conforme con mirar, tendrá que liarse a mamporros, mordiscos, cornadas, testarazos, picotazos o cualquier método violento en el que destaque, para tener opciones. Así, a base de dejarse la vida en los intentos por perpetuarla, cada vez es más complicado acceder a tal derecho y muchos perecen en el trance.

Hay excepciones, como en todo, y esos casos son dignos de mención. Por ejemplo, los machos de pavos reales, no se pelean entre ellos porque de hacerlo destrozarían sus preciosos plumajes y entonces se quedarían sin opciones al premio en la siguiente oportunidad que se presentase. La lucha por tener sexo es a través de un concurso de belleza, qué humano. Es una forma pacífica de zanjar el asunto, donde sólo el ejemplar que luzca el abanico de plumas más llamativo podrá decir con orgullo, ese huevo es mío, aunque no sé yo qué ventajas representa para la perpetuación de la especie, tener unas preciosas plumas en el culo, que en realidad no sirven para nada.

Hay otras especies, como el bonobo, un tipo de chimpancé la mar de listo, que no solo no utiliza la violencia para determinar quién tiene derecho al fornicio, sino que en cuanto hay indicios de posible conflicto, inmediatamente resuelven el asunto practicando sexo. Machos con hembras, machos con machos o hembras con hembras, da igual, lo que cuenta es que tengan ganas de pasarlo bien o que quieran evitar pasarlo mal. Cuánto tenemos que aprender de los bonobos.

Por supuesto hay más especies que también son excepción en el uso de la violencia para determinar quién será el padre de la criatura, pero hay una en particular que merece la pena prestar atención a lo que es capaz de hacer el macho para ser el elegido por la hembra. Se trata de un tipo de pez globo, algo más pequeño que el causante de cientos de envenenamientos en restaurantes japoneses, que de momento sólo se ha encontrado al sur de la isla nipona Amami-Oshima. Este emprendedor y creativo animalucho, realiza llamativos dibujos en la arena del fondo marino, auténticas obras de arte, con el fin de triunfar en la competición reproductora. La batalla es lenta pues puede estar hasta una semana batiendo sus pequeñas aletas dibujando lo que será su señuelo amatorio. Primero crea un círculo y luego va añadiendo surcos, valles, lomas, manteniendo siempre una geometría simétrica y perfecta, incluso utiliza pequeñas conchitas y trozos de coral para la decoración. Cuando ha terminado, la hembra contemplará el trabajo y si está satisfecha con el resultado, pasará al centro del diseño, se lo pensará, volverá a salir, y finalmente si es de su total agrado, volverá a pasar al interior a depositar sus huevos. El caviar está servido, es el premio.
Entre estos peces sí cabe decir que hay verdaderos artistas a la hora de ligar.



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domingo, 12 de agosto de 2018

Tiburón Boreal y Mastro Titta






Una de las cosas que más me divierte de tener un blog es abrir nuevas secciones, quizá tanto como no hacerlas ni caso una vez abiertas. Esto ha sucedido con Galería de personajes irrelevantes, que inauguré en junio de 2016 con un personaje realmente asombroso, Dudley Mariot, que merece la pena releer y quedarse con la intriga de saber si existió o no (sí, sí existió, aviso de antemano). Antes, en 2015, empecé Vidas breves pero ejemplares (o viceversa) con tan solo un artiblog, y un año antes, en 2014 abrí una prometedora sección con el título Mis personajes famosos, que tampoco pasé del capítulo inaugural. Sin irnos tan lejos, este mismo año en mi nueva sección Entrevista a....  hice una entrevista a uno de los personajes centrales que aparecen en mi novela El viaje del neandertal, y después... nada.



Pues bien, con el mismo espíritu emprendedor, hoy abro una nueva sección a la que deseo un futuro diferente a sus predecesoras, con el llamativo título de...

VIDAS DE MIERDA

Por esta sección desfilarán personajes cuyas vidas son ejemplo de tenacidad e instinto de superación, individuos que lejos de tirar la toalla y darse por vencidos ante la adversidad, han continuado en la eterna lucha por la supervivencia consiguiendo ganar la batalla gracias a su continuo esfuerzo y ganas de seguir adelante, aunque francamente, para llevar una vida como la suya, no sé yo. Una auténtica vida de mierda.

Para inaugurar la sección iba a hablar del tiburón boreal, un artista de la supervivencia en las peores condiciones imaginables, un solitario animal que nada más nacer lleva un parásito en los ojos que se alimenta de su glóbulo ocular hasta que finalmente lo dejan totalmente ciego, y así sigue, sin ver absolutamente nada por aguas heladas, hasta que muere de viejo, lo cual no sucede hasta que han pasado cuatrocientos larguísimos años de media. Un calvario de vida. Y he dicho que iba a hablar del tiburón boreal, desdichado animal, porque finalmente no voy a hacerlo. Hoy voy a escribir sobre otra cosa muy diferente.




Voy a contar a grandes rasgos quién era Giovanni Battista Bugatti, más conocido como Mastro Titta, como ejemplo de la Gran Incoherencia, y al final del relato se sabrá por donde van los tiros de este comentario aparentemente inocente.

Mastro Titta dedicó su vida a matar. Dicho así suena a que era un asesino, pero no, no era ningún asesino, pues los asesinos operan fuera de la ley, y él lo hacía con su respaldo. Era verdugo. Además, según todos los registros que existen sobre su vida, era buena persona, casi un santo, al menos llevaba una vida dentro de la más estricta fe católica. Sí, cierto, uno de los diez mandamientos no lo seguía con excesivo celo, pero eso era debido a los gajes de su oficio. Estuvo matando desde los diecisiete años hasta los 85, edad a la que se jubiló, que fue en el no demasiado lejano año de 1865. En total se cargó a 516 individuos, utilizando una gran variedad de métodos: maza, hacha, guillotina y ahorcamiento. Cuando uno es profesional hay que estar al tanto de las últimas tendencias en tu trabajo, era uno de sus lemas. Su canción favorita supongo yo que era esa que dice: ay, ay, ay ay, qué trabajo nos manda el Señor. Me lo imagino tarareando esta popular cancioncilla cruzando el puente Sant’Angelo sobre el Tíber camino de la Piazza del Velabro a cumplir con un nuevo encargo del Papa. Es que Mastro Titta (maestro di giustizia, de ahí le viene el apodo) era el verdugo de los Estados Pontificios.

Charles Dickens asistió a una de sus ejecuciones y lo cuenta en su libro Estampas de Italia, publicado en 1846.

Se jubiló cuando el Príncipe de la Iglesia era Pío IX y actualmente se pueden ver sus ropas y algunos de sus útiles de trabajo en el Museo de Criminología en Roma. Pero debería estar en el Museo del Vaticano, ¿no?








miércoles, 25 de julio de 2018

Un trabajo singular



Se puede decir que ya empieza el segundo turno de vacaciones y yo creo que es el momento de  preparar el equipaje, a los que les toque. Igual que hice hace quince días, pongo un cuento a disposición de todos los lectores de La tertulia perezosa, inspirado en un hecho real. Un cuento para las vacaciones. Que aprovechen.




                                                                 La inspiración no dura mucho. Tampoco el baño pero hay que tomarlo a diario






  

UN TRABAJO SINGULAR


Amaneció nublado en Cincinatti. A mediodía ya estaba lloviendo. Un día propicio para muchas cosas pero ninguna de ellas demasiado apetecible. Lo que realmente le apetecía era tomarse un copazo, pero aún era demasiado temprano. ¿Cuándo no era demasiado temprano?
Consultó una vez más su reloj, su cara expresó conformidad con lo que marcaban las agujas, bordeó la mesa al tiempo que con una mano cogía su sombreo del perchero haciendo un volatín, como siempre hacía, y salió con paso decidido a enfrentarse con su trabajo. Un trabajo para el que se requería un talento muy especial.

Llegó a la estación de autobuses diez minutos antes de que saliera el autocar con destino… no lo recordaba. ¿Acaso tenía importancia? Lo único que tenía claro es que salía del muelle número cinco, o al menos eso decía el billete de cartón marrón que llevaba en su cartera. Pasó por delante del bar y decidió que aún tenía tiempo de tomarse una copa antes de subir al autobús, además, necesitaba los ánimos que siempre obtenía del alcohol para lo que iba a hacer durante el viaje.
Se sentó en un taburete forrado de un  material nuevo al que no estaba acostumbrado y pensó que el mundo estaba cambiando muy rápidamente. Era estupendo tener la oportunidad de vivir esos momentos de transformación. Además, la aparición de cada nuevo invento, los nuevos descubrimientos y los avances que continuamente se lograban en la técnica, eran una continua fuente de inspiración para las novelas de ciencia ficción que tanto le gustaban. Bastaba con extrapolar lo que ya existía, exagerarlo, llevarlo a un extremo y ya tenías algo con lo que invadir la Tierra o la forma de viajar a Marte un fin de semana.
Una camarera ataviada con un uniforme impecable de color azul y una graciosa cofia blanca que hacía juego con su delantal almidonado, se acercó con una libreta en la mano y una sonrisa radiante en el rostro.
    -¿Le apetece probar nuestra tarta de cerezas?
    -Muchas gracias, pero me apetece más probar su bourbon.
    -No hay nada como un buen trozo de tarta para emprender un viaje –insistió la camarera-. ¿A dónde va?
    -A coger el autobús de ahí atrás – dijo señalando algún punto a sus espaldas sin mirar si había o no un autobús-. Espero que llegue a su destino antes de que me muera de hambre, ahora de momento me muero por un bourbon.
La camarera, sin borrar la sonrisa, mantuvo una mirada atrevida en los ojos del hombre que tenía delante. Era muy atractivo, o eso le parecía a ella, especialista en encontrar hombres muy atractivos y generalmente igual de destructivos.
    -Como quiera –dijo sin permitir que el lenguaje ocultara lo que pensaba.
Él buscó en el bolsillo de la chaqueta el billete de cartón marrón para asegurarse de que todo iba bien. Llegará un día, pensó, en que podamos sacar los billetes de autobús sin necesidad de salir de nuestras casas, incluso también podremos elegir nuestro nuevo sombreo sin ir a ninguna sombrería.
Mientras esperaba su bebida estudió el ambiente de la estación. Observar, observar, siempre observar... formaba parte de su trabajo, al menos en la fase en la que él se encontraba.
La pregunta sobre la mejor forma de cometer un asesinato sin dejar pistas volvió a ocupar su mente.
Consultó su reloj. Aún le quedaban cinco minutos.
No pudo evitar fijarse en el tipo que se sentó a su lado, mejor dicho, no pudo evitar fijarse en lo que llevaba en la mano. Era el último número de Planet Stories, que después de Captain Future, era su revista pulp favorita. No había comprado el último ejemplar y esa portada, como casi todas, llamaba poderosamente la atención; mostraba un ejército de invasores de otro planeta atacando despiadadamente a la ciudad de Nueva York, con todos sus habitantes corriendo aterrados sin  saber hacia dónde huir con el rostro desencajado por el miedo. Estuvo tentado de correr también él hacia el kiosco de prensa, a comprar la revista, pero entonces no podría evitar la tentación de leerla durante el viaje, y si estaba allí, si  se iba a subir a ese maldito autobús, era para trabajar, no para entretenerse con una historia de marcianos.
Por fin la camarera sonriente llegó con el maná. Antes de que intentara iniciar alguna conversación intrascendente (¿por qué las estaciones de autobuses son proclives a mantener conversaciones intrascendentes con desconocidos?) le preguntó cuánto debía, pagó dejando una buena propina, la simpatía también merece recompensa, se bebió su bourbon de un trago y salió disparado hacia el andén número cinco.

El chófer del autobús, capitán del barco, parecía un anuncio de la empresa de transportes, con su uniforme perfecto, la gorra que más parecía de aviador y una sonrisa  dentífrica recibiendo a cada pasajero como si fuera un primo lejano. Solo le faltaba  sentar en sus rodillas a un niñito reacio a emprender el viaje, al que hubiera que calmar. El pasillo se fue llenando lentamente según los pasajeros se iban acomodando en sus plazas. Todos repetían el mismo gesto de cotejar varias veces el número indicado en sus billetes con el que marcaba una plaquita de hierro esmaltado en la parte posterior de los asientos. Finalmente, convencidos, pedían disculpas al pasajero que aún estaba detrás esperando su turno para encontrar su emplazamiento, colocaban el sombrero o una pequeña bolsa en el portaequipajes, y se sentaban relajados dispuestos a no cambiar de postura durante horas.
Él hizo todo eso mucho más rápidamente, incluyendo la operación de dejar el sombrero en la redecilla. Se notaba su familiaridad con los viajes en autobús. A fin de cuentas formaba parte de su trabajo, ¿no? Si no estás habituado a repetir mecánicamente las partes que no precisan atención especial, cualquier trabajo se puede convertir en un tormento mayor de lo que de por sí ya es. Aunque en su caso, lo de tormento no encajaba del todo, pues en el fondo disfrutaba mucho con lo que hacía. Lo malo del trabajo, solía decir, es el momento de hacerlo, luego te alegras de haberlo hecho.
Le tocó el asiento al lado de la ventanilla. Decía que le daba igual pero siempre se alegraba cuando no tenía que ir en el del pasillo.
Repasó los últimos puntos; no podía retrasar más el final. ¿Cómo actúa un asesino profesional? Cerró los ojos buscando la concentración necesaria, y no los abrió hasta que notó que el autobús emprendía su marcha. Los primeros minutos del viaje los disfrutaba de verdad; le gustaba escuchar el  ruido al cambiar de marcha, notar las pequeñas vibraciones transmitidas por el potente motor, los primeros baches... y su primera inspección al pasaje, fundamental.

Se fijó en unas piernas larguísimas y bien torneadas que salían del asiento de al lado. Procuró no resultar indiscreto y con disimulo subió la mirada para ver a quién pertenecían. Su propietaria mantenía el rostro oculto tras una revista de moda, de lo cual se alegró muchísimo pues así no se daría cuenta de que estaba siendo observada. Supuso que sería muy guapa, pero no estaba allí para eso, debía centrarse en lo suyo. Miró hacia el otro lado de la ventanilla; el mundo se movía en el exterior a toda velocidad. Él también tendría que actuar con rapidez.
Es estupendo que las estaciones de autobuses siempre estén en las afueras de las ciudades, de este modo se emplea menos tiempo en ponerse en carretera. Los primeros kilómetros los hicieron por una autopista rodando a una velocidad más que considerable, a esa media llegarían a su destino... ¿cuál era su destino? Estuvo tentado de preguntar a su compañera de asiento a dónde iban pero finalmente prefirió no saberlo. Sobre todo, era una pregunta bastante desconcertante para hacerla en un autobús en marcha y despertaría recelos en quien la recibiera.
Las piernas de al lado se movieron. No pudo evitar mirar directamente en esa dirección. La revista estaba ahora en el regazo y más arriba un rostro extraño lo miraba con el ceño fruncido. Parecía enfadada, aunque quizá esa expresión fuera la habitual en ella, hay personas que son así, siempre enojadas. Tenía una fisonomía difícil a la que incorporaba una nariz torcida de lenguado. En ese momento lo estaba estudiando sin disimulo, clavando su mirada de lado  sin que él pudiera hacer nada por evitarlo. Podía servir, esa mujer podía servir.
Incómodo se revolvió en su asiento. Notó que las manos le sudaban. Alguien que quiere matar mantiene la sangre fría en todo momento, a no ser que se trate de un aficionado. Ese era el punto. Existe una gran diferencia entre un asesino profesional, y quien comete un homicidio en un arrebato de ira sin ser totalmente consciente de lo que está haciendo. Lo de menos es si recibe dinero o no  por matar. Para distinguir a un aficionado de un profesional, en el difícil sector del asesinato, no basta con saber si se gana la vida matando o es corredor de apuestas, lo determinante es la actitud que se adopte ante la muerte de la que uno será el autor.
Una sombra se acercó sigilosamente por el pasillo y actuando antes de hablar, cogió la revista de moda de la mujer lenguado de piernas admirables.
    -Perdone, ¿le importa que le eche un vistazo? –preguntó la sombra con la pieza ya cobrada en la mano.
La mujer lenguado dio un respingo sorprendida por una señora de edad imprecisa, corpulenta, con el típico acento en la voz de quién ha dejado de ir a la escuela a los doce años, y un rostro moldeado a puñetazos por una vida difícil.
    -No, no, en absoluto. Le diría que la cogiera si no fuera por que ya la tiene en la mano. Quédesela, ya la he leído.
La mujer se retiró con un balbuceo inteligible que tanto podía significar “muchas gracias”, como, “respuesta correcta. Mas te vale que haya sido así”.
Él tomó nota mental. Sin ninguna duda esa señora también podía valer.

En todos los viajes largos, la primera parada obligada para repostar, se aprovecha para que todo el mundo baje a tomar un refresco y de paso para estirar un poco las piernas. Él además solía aprovecharla para fijarse en sus compañeros de viaje que quedaban lejos de su asiento, por si descubría en ellos algo que les hiciera merecedores de tenerlos en cuenta. De momento podía contar con la mujer rostro de lenguado y la salteadora de revistas.
Llegó hasta la barra de la cafetería antes que nadie. Siempre procuraba ser de los primeros en bajar del autobús para no tener que esperar luego a ser atendido. Se pidió un high-ball y en seguida se vio rodeado de todos los viajeros que llegaron en tropel tratando desesperadamente de que el único camarero que había les hiciera caso, tarea nada sencilla pues no parecía demasiado entusiasmado con la avalancha de clientes.
    -Odio los bares de gasolinera –dijo alguien a su lado.
Llevaba la camisa desabrochada, la corbata un palmo por debajo del cuello y el rostro sudoroso. Parecía que hubiera llegado hasta allí, en vez de en autobús, corriendo.
Él lo miró con desconfianza y antes de que pudiera decir nada, el camarero ya estaba poniendo su whisky en un vaso largo. Luego quitó con desgana la chapa a una botella de soda y la puso a su lado.
    -Veo que usted ha sido más listo, ya tiene su trago.
Se fijó más en su compañero de barra. No le gustaba que lo abordaran desconocidos, eso no formaba parte del plan, en todo caso, si quería saber algo de alguien, era él quien iniciaba la conversación. En este caso el intruso tenía algo especial, había algo inquietante en él, no solo su aspecto desaliñado. ¿Podría ser un candidato?
El rostro sudoroso ordenó, más que pidió, que le sirvieran otro high-ball a él.
    -Deberían poner más personal en sitios así –dijo pasándose un pañuelo arrugado por la cara, y como si hubiera formulado un deseo al genio de la lámpara, inmediatamente aparecieron de la trastienda otros tres camareros.
    -Su cara me suena, ¿hace mucho este viaje?
El intruso parecía no tener límite.
    -¿Y usted siempre hace tantas preguntas?
    -Sí, disculpe, forma parte de mi trabajo. ¿Le molesta?
    -¿Es usted encuestador o policía?
El rostro sudoroso pareció dudar y a continuación sonrió descubriendo una dentadura perfecta.
    -Caramba cómo es usted de directo. Permítame que me presente, me llamo Mac Nulty, y efectivamente soy policía.
   -Llámeme Fredric –tendió la mano con recelo pues sabía que se encontraría con otra empapada en sudor-. Y sí, es posible que me haya visto en otras ocasiones, también por trabajo.
    -A qué se dedica.
   -Podemos decir que a algo menos importante que usted. Dígame, ¿se cometen muchos asesinatos en los autobuses?
    -¿Quién podría ser tan tonto de matar dentro de un autobús? No hay escapatoria.
    -¿Usted cree?
Mac Nulty estudió la expresión de Fredric. No llegó a ninguna conclusión, pero estaba claro que no era un tipo muy normal. Llegó el camarero con su bebida, la atacó sin reservas y continuaron cada uno a lo suyo sin volver a dirigirse la palabra hasta que el chófer anunció que ya iba siendo hora de volver al autobús.

Fredric, de nuevo en su asiento, al lado de la mujer torcida, volvió a sus cavilaciones. Las pocas palabras que había cruzado con el desconocido en el bar le hicieron pensar en un nuevo planteamiento de lo que tenía en mente. La pausa en la gasolinera no le sirvió, como en otras ocasiones, para fijarse en todos los pasajeros para ver si descubría alguno que realmente mereciera la pena, pero su encuentro con aquel policía sí fue de gran ayuda para lo que se proponía.
Nunca es sencillo ponerse en la mente de un asesino, porque casi siempre falta el ingrediente más importante: la motivación para matar. La culpa es un poderoso persuasor para muchas cosas, también para cometer un asesinato, incluso en las condiciones más desfavorables. Como el interior de un autobús, como dijo el tal Mac Nulty. ¿Pero por qué tenía que ser más complicado matar dentro de un autocar? Allí mismo, donde él estaba, podría hacerlo si se lo proponía, incluso con un policía, Mac Nulty, entre el pasaje.  ¿No lo hizo Agatha Christie, en Asesinato en el orient express? Bueno, lo cierto es que en aquella ocasión la presencia de Hércules Poirot desbarató los planes del asesino de salir impune, pero dudaba mucho que el gordo sudoroso del bar tuviera las mismas cualidades detectivescas que Poirot.

Las horas pasaban. Miró por la ventanilla. Dentro de no mucho tiempo llegarían a su destino y para entonces tenía que haber encontrado “algo”. De momento ya tenía con qué empezar. Miró a su izquierda; aquella mujer también le podría servir para describir a la dueña del hotel donde Hetherton descubre el cuerpo sin vida de la bella Dorothy. Incluso el sudoroso Mac Nulty, además de darle la pauta para situar el escenario de un nuevo asesinato, le valdría para describir al jefe de policía de Mayville. Hasta el nombre le venía bien; sí, eso es, el jefe de policía de su próxima novela policíaca se llamaría Mac Nulty. Sonaba muy convincente. Y estaría continuamente secándose el sudor de la cara con un pañuelo arrugado.

Fredric Brown cerró los ojos. Aún tenía todo el viaje de vuelta para terminar de dar forma a su próximo libro. Cuando se encontraba en un bloqueo creativo o el editor le apremiaba con los plazos, buscaba la inspiración subiéndose al primer autobús de línea que lo llevara a dónde fuera, dispuesto a recorrer kilómetros y kilómetros sin importarle el destino, sabiendo que a la vuelta ya tendría el argumento de su nueva novela en la cabeza, según contaba su mujer. Lo único que llevaba consigo era un inhalador, para paliar sus problemas respiratorios, y su petaca de licor por si se alargaba mucho el tiempo entre parada y parada. Observar, observar y observar su alrededor era su método para encontrar la idea que necesitaba para su próximo gran éxito. Bueno, a veces también le daba por hacer la vida imposible al gato, pero tanto su mujer como el propio gato, y todos sus lectores, preferimos que cogiera el autobús.
Un método de probada eficacia inspiradora.












jueves, 12 de julio de 2018

Destrucción











Hasta el niño más tonto sabe que al final los juguetes se pueden romper, le dije. Después  me sacó los ojos y se puso a jugar con ellos a las canicas.








sábado, 30 de junio de 2018

Autobús Nº 5





Hoy empiezan formalmente las vacaciones de verano, al menos el primer turno. ¿Existe mayor placer que dedicar parte del tiempo libre a la lectura? Para los que piensen que es difícil encontrar mejor alternativa pero se hayan dejado el libro en la oficina, aquí tienen algo a lo que echar el ojo. De nada.











La mañana era plomiza, como había sido la mañana anterior y también sería la siguiente. Los árboles habían perdido las hojas, y con ellas el color; esqueletos de madera rígidos y silenciosos. Las calles eran grises, igual de grises que las fachadas de los edificios, sus portales, los escaparates, las farolas, los perros, gatos..., toda la ciudad parecía de ceniza, como la gente que iba de un lugar a otro con la barbilla hundida en el esternón, sin mirar al frente, aburridos de la monotonía de ver todo en blanco y negro. En esa época del año el sol se resistía a salir y su ausencia creaba una capa uniforme que envolvía todo con un velo oscuro y tupido ¿Qué había pasado con los coches rojos, amarillos, verdes? ¿Habían desaparecido, se habían marchado de la ciudad? No, claro que no, qué bobada, seguían estando allí pero cualquier realidad permanecía oculta bajo una envoltura de invierno impermeable a  la luz, y con olor a humedad.
Sólo había una forma de librarse de la red de pesadumbre que cubría todo: dejar de estar ahí, irse a cualquier otro lugar. Escapar.
Viajar no es sólo satisfacer el deseo de conocer lugares nuevos, también es olvidarse de los viejos.
Un día, Ernesto salió más temprano que de costumbre de su trabajo pese a lo cual ya era de noche, y según iba a su casa se detuvo en un escaparate atraído por un anuncio que le llamó poderosamente la atención. Mostraba a una familia feliz, un papá, una mamá y un niño de unos cinco años de edad. Tres sonrisas envidiables. Los tres saludaban desde la amplia ventana de un enorme autocar como si se estuvieran despidiendo de alguien, y a juzgar por sus expresiones parecían estar encantados con perderlos de vista. Ernesto apartó la cara del escaparate dejando un cerco de vaho en el cristal que limpió con la mano para volver a enfocar su mirada en el anuncio. Su mente aprovechó ese espacio abierto y se coló en el autocar. De repente se vio al lado de la familia feliz, saludando también hacia el exterior, entusiasmado por abandonar la ciudad, despidiéndose de su tediosa tenebrosidad. Su imaginación lo retuvo durante unos segundos en el interior de aquel autobús y hasta pudo escuchar el sonido del potente motor y sentir el amortiguado movimiento a través de carreteras flanqueadas por bosques, recorriendo cientos de kilómetros por maravillosos paisajes.
El escaparate era de una agencia de viajes y el anuncio correspondía a una oferta para “escapar a la ciudad de tus sueños”, según prometía el titular del anuncio. Ernesto no pudo resistirse a la tentación y entró en la agencia.
Una campanilla en el dintel de la puerta anunció su entrada y casi simultáneamente apareció el dependiente, un hombre sonriente, de edad incalculable con el rostro misteriosamente enrojecido. Una nariz prominente destacaba con personalidad y separaba dos ojillos brillantes y despiertos. Ernesto se sacudió los zapatos antes de pasar hacia el mostrador dando potentes patadas en el suelo para desprenderse del barro y del hielo, y se frotó las manos, que traía ateridas, según las calentaba con su aliento.
    -Buenas tardes, amigo –saludó el dependiente de forma extremadamente cordial- ¿Le ha interesado nuestra oferta para viajar a la ciudad de sus sueños?
Ernesto se sorprendió al verse descubierto en sus intenciones y pensó que no era el único que entraba esa tarde por el mismo motivo.
    -Sí, verá, de momento sólo quería que me informara de los precios,…
Una mano alzada a la altura de sus ojos le interrumpió.
    -Un momento, antes de seguir, dígame cual es la ciudad de sus sueños. Esa es la parte más importante, y puede ocurrir que no esté disponible, en cuyo caso de nada valdrá que le informe del resto de los detalles.
Ernesto vaciló, no había pensado en un destino concreto, le bastaba simplemente con saber que estaba lo suficientemente lejos como para que tuviera sol. Probablemente en otro país.
    -Ya sé, ya sé, no me diga nada –continuó el dependiente con la misma sonrisa inicial-, lo que usted quiere es dirigirse hacia el sur, a un sitio donde pueda ver campo, no simplemente intuirlo debajo de una espesa niebla, ¿no es así?
    -En efecto, esa es la idea. Tengo unos días de vacaciones que no utilicé en verano y he pensado que ésta podía ser una buena oportunidad.
    -Inmejorable, sin duda. ¿Está usted casado, tiene hijos? –Ernesto asintió un tanto desconcertado por la pregunta- Verá, la oferta sólo es aplicable si viaja usted con su esposa y su hijo. En este caso el precio se reduce considerablemente y sólo tendrá que pagar un billete.
    -Parece un buen negocio.
Se quedó con ganas de preguntar qué pasaba si en lugar de su esposa y su hijo se apuntaba en compañía de otros dos amigos, o su padre y su tía,… cualquier otra combinación posible de tres personas, pero se abstuvo y siguió interesado en las explicaciones que le daba el dependiente de la cara sonrojada y sonrisa permanente.
    -El viaje dura cuatro días y ya en el primero llegará a una ciudad que cumplirá todas sus expectativas de sol y buen tiempo. El itinerario detallado lo encontrará usted en la carpeta que le entregaré junto con una bolsa de viaje, como regalo incluido en la promoción. La salida es dentro de tres días desde la estación Sur de autobuses.
Ernesto no necesitaba saber más. Estaba entusiasmado. Contar con que dentro de muy poco iba a cambiar ese ambiente tan obsesivo y deprimente por un mundo completamente diferente, lo llenaba de gozo, y su felicidad era aún mayor pensando en la alegría que les daría a su mujer y a su hijo. Todos los días, durante el desayuno, salía algún comentario sobre el tiempo y las ganas que tenían, tanto Clara como él, de que llegara la primavera. Incluso, en el caso de Clara, este deseo era aún mayor. El pequeño, Guille, se limitaba a observar la conversación de sus padres, limitado por una experiencia de haber conocido sólo seis inviernos. Ernesto y Clara, en cambio, llevaban ya contabilizados demasiados en sus vidas sin haber visto otra cosa diferente. Jamás habían abandonado su ciudad natal y hoy por fin, Ernesto se había decidido a hacerlo. Su trabajo ahora, y antes los estudios junto con la obligación de cuidar de un padre podrido por el alcohol y una enfermedad incurable, lo habían tenido prisionero. Unas circunstancias terribles que dieron forma a un espíritu dominado por la racionalidad y el sentido práctico. Esta tarde, a la salida del trabajo, viendo el escaparate de la agencia de viajes, fue la primera vez en su vida que Ernesto se permitió soñar. Y se dio cuenta de que era algo realmente hermoso.
En muy poco tiempo cerraron todos los detalles y en seguida Ernesto se vio con tres billetes de autobús en el enorme bolsillo de su abrigo, una bolsa roja de viaje de regalo y un programa con el itinerario perfectamente explicado. El dependiente seguía sonriendo, en realidad no había dejado de hacerlo en ningún momento, y se despidieron como si fueran grandes amigos pero sabiendo que no volverían a verse nunca más. Afuera, la calle seguía ofreciendo mil argumentos para respaldar la decisión de Ernesto.

Clara recibió a su marido con una mala noticia: su padre, a quien adoraba desde que era una niña, había muerto y tendrían que viajar al norte, a la ciudad donde había estado viviendo los últimos años, para asistir a los funerales. Le sorprendió la reacción de Ernesto que se derrumbó literalmente sobre una silla, demudado, con un gesto de terrible tristeza. No sabía que apreciara tanto a su padre y le enterneció verlo así.
    -No te preocupes cariño, según me ha dicho mamá, ha sido rápido y no le ha dado tiempo a sufrir nada. Partiremos dentro de tres días, pues todas las carreteras están cortadas por mal tiempo y hasta entonces no hay ningún autobús  que vaya hasta allí. Ya lo tengo todo arreglado y he sacado los tres billetes, no tenemos con quién dejar a Guille.
Tres días. Precisamente la salida era dentro de tres días. También.
    -El autocar sale de la estación Sur –continuó Clara-. Es extraño, pues nos dirigimos hacia el norte pero eso pone en los billetes.
Ernesto miró a su mujer sin decir una sola palabra. No tenía ninguna. Palpó su enorme bolsillo del abrigo buscando el tacto de sus billetes hacia el sol. Su mujer se acercó para tratar de consolarlo y lo abrazó sin percatarse de que también estaba abrazando un enorme bolsón de viaje de un encendido color rojo, al que su marido se aferraba domo un chiquillo a su manta de la suerte. El rojo del bolsón era el único rastro de color que existía en varios kilómetros a la redonda. Ernesto levantó la cabeza, besó amargamente a Clara y salió de la habitación para ocultarse en algún sitio indefinido e inexistente.
Al día siguiente, Ernesto también salió pronto de la oficina y se fue directamente a la estación Sur. Quería ver a los pasajeros que felices se dirigían a un destino diferente y sobre todo, necesitaba pensar, encontrar alguna salida a su mala suerte. Él era una persona extremadamente racional, como todo el mundo decía, seguro que descubría la manera de no viajar hacia el norte, al entierro de su suegro por el que jamás había tenido una especial simpatía.
Ya era de noche cuando llegó. Se sentó en un banco débilmente iluminado por una farola que parpadeaba con insistencia, y trató en vano de buscar alguna excusa convincente. Pero no había manera, su atención estaba centrada en los grandes autobuses de línea; unos salían limpios, recién  salidos del lavadero  y otros llegaban con el rastro de cientos de kilómetros adheridos a la carrocería. Le pareció que los últimos entraban a regañadientes. Miraba a través de las ventanas iluminadas que pasaban delante de él tratando de descubrir historias en las miradas de cada pasajero. Imposible pensar. Lo dejaría para el día siguiente, seguro que algo se le ocurriría.

Amaneció de la misma forma que venía amaneciendo últimamente. Durante el desayuno trató de no hablar ni del tiempo ni de su  suegro, lo que trajo dilatados momentos de silencio. Le acongojaba pensar que se iba a perder unos días estupendos al aire libre, con sol, campos abiertos, cielo despejado, y otras delicias tan deseadas, a cambio de unos funerales y una visita obligada a un cementerio frío, oscuro, húmedo y terrible. Miró a su hijo que estaba dando grandes sorbos a su tazón de leche, y aún lo sintió más por él. Luego lo volvió a pensar y llegó a la conclusión de que no era cierto, la cruda verdad es que por quién más lo sentía era por él mismo. Para qué engañarse.
En la oficina estuvo ausente, sin parar de dar vueltas a lo que ya se había convertido en una obsesión. En mil ocasiones sacó los tres billetes que podían llevarle a otro universo y leyó una y otra vez el reclamo mágico: ESCAPA A LA CIUDAD DE TUS SUEÑOS. Más abajo, detallaba que se trataba de una oferta familiar, y que esa era la única condición para poder beneficiarse de ella. Qué tontería pensó, pero a fin de cuentas, eso no cambiaba en nada la situación irresoluble.
No había más remedio, tenía que devolver todo, hasta la bolsa de viaje roja, recuperar su dinero y dejar de soñar.

Salió de la oficina y se dirigió sin que mediara su voluntad hacia la agencia de viajes. Cuando llegó, antes de decidirse a entrar se detuvo a mirar el escaparate; algo había cambiado. El anuncio que le había hecho pasar hacía dos días ya no estaba. La campanilla de la puerta sonó exactamente igual que la primera vez que estuvo allí y de la misma forma espectral apareció el dependiente de la eterna sonrisa. Lo saludó afectuosamente y le preguntó que le traía de nuevo.
    -Han quitado el anuncio del escaparate –acertó a decir Ernesto, sin saber exactamente cómo continuar.
    -Efectivamente. Ya no tenía sentido seguir manteniéndolo pues usted se llevó los últimos billetes. La promoción ha sido todo un éxito, le felicito por haber llegado a tiempo –hizo una pequeña pausa aprovechada para volver a sonreír-. Nada más marcharse usted, apareció otro señor interesado. Se llevó un disgusto al ver que ya no tenía posibilidad, por eso quité el anuncio.
    -¿Y sabe usted dónde vive ese señor?
    -No, naturalmente que no. ¿Pasa algo?
    -No, no, no, qué va, no pasa nada… muchas gracias.
Ernesto salió de la agencia apresuradamente sin despedirse. A sus espaldas retumbó la voz del dependiente mientras se marchaba:
    -Recuerde que el autobús sale mañana a las ocho. Plataforma número cinco, estación Sur…

Clara preparaba las maletas para el viaje. Metió toda la ropa de abrigo que pudo pues no sabía cuánto tiempo iban a estar fuera, pero mínimo cinco o seis días. Por Ernesto no había problema pues aún le quedaba parte de sus vacaciones que aún no había consumido, y ella había pedido permiso en su trabajo.
Llegó Ernesto, besó a Clara mecánicamente, y a Guille, preguntó qué preparaba para la cena y sin esperar respuesta abrió la nevera en busca de alguna pista.
    -Ya están las maletas, listas para mañana –anunció Clara, ya en los postres.
Ernesto miró a su mujer decepcionado, como si le hubiera gustado tomar parte en la operación.
    -Muy bien ¿a qué hora sale el autobús?
    -¿A qué hora sale el autobús? –repitió como un lorito Guille.
    -No juegues con el yogurt, y termínatelo todo –reprendió maternalmente Clara-. A las Ocho. Conviene que estemos mucho antes, pues nunca se sabe.
Ernesto asintió a esta última frase como si acabara de escuchar la gran verdad sobre el origen del universo. Luego el brillo de los ojos volvió a fundirse en la mortecina luz de la cocina.

A las ocho menos cuarto de la mañana la estación Sur estaba llena de gente. Todos caminaban de forma desordenada cruzándose entre si, unos con prisa y decisión, otros con prisa y sin saber exactamente adonde dirigirse, y todos con la seguridad de que pronto abandonarían la ciudad.
Ernesto, Clara y Guille, participaban de la coreografía caminando hacia la plataforma número cuatro, de donde salía el autobús hacía el norte. Los dos autobuses juntos, cada uno con un destino muy diferente, y para los dos tenían billetes. Ya no se trataba de a cuál se iban a subir sino a cuál no. Ernesto se palpó instintivamente el enorme bolsillo de su abrigo.
Clara estaba nerviosa, los viajes la alteraban bastante más de lo que ella estaba dispuesta a admitir. Guille, como siempre, se tomaba todo como un juego y Ernesto se mostraba tranquilo, casi indiferente.
     -¿Qué plataforma tenemos, la cuatro o la cinco? ¿O era la seis? –preguntó Clara con cierta impaciencia.
    -Es por aquí.
Subieron al autobús. Clara dio instrucciones a Guille de que no se moviera de su lado. Ernesto acomodó el equipaje de mano en el lugar que había encima de sus cabezas y una vez todo en orden se sentaron. Guille miraba entusiasmado a través de la enorme ventanilla. Su madre, a su lado, respiraba tranquila disfrutando de esos momentos antes de la partida, en los que uno se siente  seguro, con la certeza de que todo va a salir según los planes previstos. Afuera del autobús quedaban sólo los que habían ido a despedir a algún familiar. Los autobuses estaban alineados, cada uno en su plataforma. Un carricoche con las maletas de todos los pasajeros que tenían la salida a la misma hora se acercó haciendo un ruido sordo, eléctrico, como si quisiera pasar sin ser advertido. Varios bolsones rojos destacaban  en la masa gris del equipaje transportado.
Pasados unos minutos, Ernesto sonrió a su hijo cuando alborozado lanzó un grito, al notar un repentino tirón.
    -¡Nos movemos, papá, ya nos vamos!