domingo, 31 de diciembre de 2017

Otro año que nos cae








Este año nos toca un año gordo. Los números que acaban en ocho son gordos, aunque el resto de los dígitos, si es que tiene varios, sean unos. Pero además de gordo, el ocho es grande y su grandeza se ve en cada detalle.

Para empezar el ocho es simétrico doblemente, tanto respecto a su eje horizontal como vertical, y salvo el cero, que no pinta nada, ningún otro número puede decir lo mismo.

En el ocho todo es sensualidad, es una curva infinita. Ninguna línea recta altera su figura formada por dos eses entrelazadas, como las dos serpientes del caduceo, símbolo de la medicina que todo lo sana.





El Sol cuando se pone en el horizonte y su esfera se refleja en el mar, forma un ocho.

El ocho es invencible y si alguien consigue tumbarlo, su valor aumenta hasta el infinito.

El ocho dibuja, sin darse cuenta, todo un símbolo de igualdad, donde la parte superior es idéntica a la que tiene debajo. El equilibrio es perfecto y los dos lados opuestos tienen el mismo valor y ninguno podría existir sin el otro. Tenemos muchas cosas que aprender del ocho.

Si todos los días del año, tomáramos una foto del sol a la misma hora, al repetirse el ciclo veríamos que el sol ha descrito un ocho. Este dibujo estelar se llama analema, y en nuestro planeta el analema es un ocho.

Por todos estos motivos y por otros muchos más, como por ejemplo, porque supone la mayoría de edad del siglo XXI, me gusta 2018. Algo me dice que va a ser un año estupendo para todos.



¡FELIZ 2018!









viernes, 22 de diciembre de 2017

Mágica Navidad








Lo siento, pero este año no voy a escribir ningún cuento de Navidad. La razón es bien sencilla: de repente me he dado cuenta de que no me gusta escribir cuentos de navidad. Y eso que llevo haciéndolo desde hace 18 años. Solo disfruté escribiendo los dos primeros; a partir del tercero se convirtió en una obligación y dejó de hacerme gracia. Lo de siempre. Pues eso, que lo siento muchísimo, que no hay cuento. Sin embargo...

... sin embargo las navidades son mágicas y de la misma forma que pueden transformar un corazón de piedra en una serpiente de mazapán, el zumo de un limón en jarabe de arce y un puño cerrado en mano abierta, sus hechizos también pueden convertir cualquier cosa en un dulce cuento de navidad.

No me gusta escribir cuentos de navidad, repito, es más, los odio con todas mis ganas, pero sí me gusta escribir cuentos de terror donde moscardones de vientre metalizado zumban alrededor de cadáveres apilados al borde de las tapias de los cementerios, esperando su turno para pudrirse o para ser desenterrados por los chacales hambrientos.
Entonces, eso es lo que voy a hacer, escribiré un espantoso cuento, solo apto para sádicos descerebrados, asesinos y psicópatas, y que la magia de la navidad se encargue de transformarlo en un bonito cuento navideño. Y si no ocurre así, solo significará una cosa: que la Navidad y su puñetero espíritu, son puras patrañas.

Avisado queda el lector. A ver qué pasa.





La noche cayó repentinamente como un cubo de alquitrán llenando de oscuridad toda la aldea. Apenas eran las seis de la tarde y los que aún no se había metido en sus casas, no acertaban a encontrarlas perdidos en una tenebrosidad jamás imaginada. Vagaban con los brazos extendidos por delante, como fantasmas sonámbulos, temerosos de tropezar con algo indeseable. Un viento frío silbaba entre las calles, amenazador y cortante. De repente se oían unos pasos rápidos, asustados, a continuación el sordo impacto de un cuerpo contra algo sólido y luego nada más que débiles lamentos que se esfumaban con el viento. Los cuerpos se convertían en niebla y la niebla en nada. Nada.

Marbol Scar, hacía lo que hacía cada tarde de invierno, estudiar grimorios, atizar el fuego de la chimenea, trazar extraños signos en enormes pergaminos y volverse loco tratando de encontrar sentido a los que ya habían dibujado otros magos del lado oscuro antes que él. Estaba en el buen camino, o en el malo, según se mire, de conseguir que el mundo fuera definitivamente desdichado y que nadie volviera a conocer ningún momento de tranquilidad. Llevaba algo más de dos mil años intentando que el infierno que él había creado se mantuviera siempre vigoroso, pero al final, llegaba un momento en que todo el terror y dolor se diluía y la felicidad volvía a cada rincón de la tierra. ¿Qué es lo que fallaba en su fórmula? ¿Por qué la humanidad no era indefinidamente desgraciada? ¿En qué se estaba equivocando? ¿Por qué indefectiblemente, una vez al año, la gente era feliz? De repente, llegaba un momento cada doce meses en que el mal desaparecía, las calles se iluminaban y la luz se enseñoreaba de la faz de la tierra. Todo el mundo sentía ilusión, cantaban, bailaban, se reunían con familiares y amigos, celebraban... daba igual lo que celebraran, el caso es que sin venir a cuento todos se olvidaban de antiguos rencores, las guerras se detenían, el odio dejaba paso al amor, las abuelas hacían acopio de pañuelos con sus iniciales que todo el mundo les regalaba y el mazapán se vendía a espuertas.

Marbol Scar se levantó de su sillón y empezó a dar vueltas por la habitación cabizbajo buscando una respuesta. Desde un rincón, Scrum, su enorme gato cazador de serpientes, lo miraba con desaprobación. Un ratón diminuto, el ratón ojos rojos, chillaba desesperado tratando de evitar ser despedazado por la lechuza que se fijaba en todo, aunque en esos momentos solo miraba a su presa. Un murciélago eviscerado atraía a moscas, cucarachas y hormigas hambrientas que se disputaban con violencia el festín. La calavera de un carnero miraba con sus ojos huecos el espectáculo como testigo de lo que a ella misma le había pasado, y un hurón dormitaba inconsciente sobre la leña. En la marmita, enormes burbujas verdosas reventaban incansablemente liberando un fétido vapor que fluía por toda la habitación con su olor hediondo, y hacía de respirar una tarea fatigosa y extremadamente molesta.
La verdad, es que más que miedo, todo daba mucho asco.

De repente, como si se hubiera congelado el universo, Marbol Scar se detuvo y con él todas las demás criaturas también cesaron su actividad. El hurón que dormitaba sobre la leña, por el contrario, se despertó súbitamente mirando con pasmo todo lo que le rodeaba. Cientos de chinches saltaron despavoridos de la cabeza del nigromante mientras se rascaba debajo de su mugriento sombrero. Una idea acababa de entrar en su podrido cerebro,  una posible explicación a lo que no entendía. Se dio cuenta de que cada año el momento en que todo el mundo dejaba de sufrir y se convertía en una masa de seres felices, siempre caía en las mismas fechas, justo al rededor del 24 de diciembre. Qué curioso, ¿no? Se preguntaba, aunque lo realmente curioso era por qué había tardado dos mil años en darse cuenta de algo tan evidente, pero esa es otra cuestión.

Era extraño, precisamente en navidades, pensaba, muy extraño... ¿Por qué? ¿Por qué la gente es más feliz precisamente cuando las circunstancias son las más desfavorables de todo el año? Todo es mucho más caro, a cualquier sitio que vayas hay unas colas interminables, los atascos son monumentales, y la ciudad se convierte un auténtico caos. Eso sin contar con otros inconvenientes igual de molestos como la obligación de asistir a cenas, comidas, chocolatadas, brindis..., el bombardeo constante en todas las emisoras de radio y televisión con melifluos mensajes de amor sobre un insoportable fondo de campanillas y niños cantando espantosas cancioncillas..., ruido, más ruido, petardos, borrachos, locos al volante... unos días horribles se mire como se mire y sin embargo, todos encantados. ¿Qué pasa en el mundo? ¿Por qué en esas condiciones tan poco propicias para encontrar la felicidad, es cuando más felices se sienten todos?

Tres golpes profundos, secos, restallaron en la puerta con autoridad. Inmediatamente fue a abrirla, sabía quién estaba al otro lado, lo sabía desde la última vez que vino. Todos los años recibía la misma visita, la criatura más siniestra que cabe imaginar. Perfectamente podía ser el ser más depravado y terrorífico de la creación, si no fuera porque ese título se lo otorgaba a sí mismo. Lentamente hizo girar la cerradura de la puerta, los goznes chirriaron y por la apertura, apenas un resquicio, penetró un aire frío y húmedo que precedía a su visitante. Su esbelta figura se recortó en la oscuridad de la noche. Dos puntos incandescentes brillaban donde debían estar los ojos. Marbol Scar se hizo a un lado con una leve inclinación de cabeza para dejar pasar a su invitado. Su aspecto era impresionante, rebosaba maldad y hasta se podía oler  su enorme poder. Con pasos lentos y decididos que resonaban sobre el suelo de madera como si caminara un gigante, se dirigió hacia el centro de la estancia. Se dio la vuelta y lanzó su mirada encendida a Marbol mientras le tendía su enorme capa negra y su sombrero que apenas ocultaba unos cuernos retorcidos y pesados. Todos los años se repetía la misma ceremonia. Luego, la aparición se dirigía a la chimenea, frotaba sus manos frente al fuego que sonaban como pedernales y sin más se sentaba en una enorme butaca tras sacudir de ella a una vieja cabra que se entretenía en comerse la tapicería con parsimonia.
Afuera el viento ululaba, la cellisca congelaba hasta las miradas y las sombras invadían la tarde. No se escucha nada que no fuera el viento hasta que repentinamente las seis de la tarde campanearon desde la plaza del pueblo avisando de que aún era muy temprano para tanta oscuridad. Sonó de tal manera que incluso Marbol sintió un ligero estremecimiento. Todos los años lo mismo.



En la marmita las enormes burbujas seguían explotando; el personaje se había acercado hasta ella y con una mano atraía hacia a sí el vapor liberado.
    -Delicioso –dijo con su sonrisa desdentada.
    -¡Sí, delicioso! –repitió el gato cazador de serpientes.
El hurón, completamente despierto ya, elevó la cabeza tratando de captar con sus bigotes ese olor para poder tener su propia opinión. Pasados unos segundos aprobó el aroma con un suave movimiento de cabeza. De un salto llegó hasta la marmita y se asomó a su interior. ¿Y las burbujas verdes?
La lechuza cruzó la habitación y llegó hasta el rincón donde un aparato negro con una extraña forma pareció recibirlo. El murciélago eviscerado se incorporó tratando de no perderse detalle.
Marbol Scar empezó a sentir molestias. La piel le ardía, el interior de las venas también y la sangre empezaba a hervirle en su interior. Fue corriendo a asomarse a la ventana. La abrió con energía, necesitaba el aire fresco, precisaba sentir la humedad de su tacto. Unas figuras apenas perceptibles se movían afuera como si tuvieran prisa; a sus oídos llegaba el sonido de sus pisadas cada vez con mayor claridad. Giró de nuevo hacia el interior de la estancia. El personaje charlaba animadamente con la cabra que volvía a estar sentada en el sillón. Ya no devoraba la tapicería pero seguía mordisqueando algo. Lo sujetaba con una de sus manos. ¡Una cabra que come con sus manos!
En el centro de la habitación había una mesa y sobre la mesa estaba la marmita. El fuego había desaparecido y la calavera del carnero ahora era mucho más grande, más estilizada, más alta... era como un árbol y sus ojos hundidos se había convertido en dos enormes bolas, una verde la otra roja. Alrededor otras muchas de distintos colores.
El murciélago se acercó y puso un paquete envuelto en brillante papel rojo al pie de la calavera transformada, luego se dio media vuelta rozando con sus alas las ramas del extraño árbol. El gato pareció reprenderlo y le avisó de que tuviera cuidado.
El personaje siniestro dejó de hablar con la cabra y cogió de la mesa una cerveza que empezó a beber con verdadero deleite.
    -¿Alguien quiere un poco de jamón? Está delicioso –dijo extendiendo una fuente hacia todos los presentes.
Afuera el viento ya no se oía y su eco había dejado paso a un creciente bullicio de personas andando de un lado para otro. Misteriosamente la oscuridad había desaparecido.
El hurón ahora charlaba animadamente con la lechuza que seguía al lado del aparato negro que en ese momento empezó a emitir un sonido extraño, algo que sonaba como una vieja canción en bocas infantiles.
    -¡No pongas otra vez (INTELIGIBLE)! –protestó el hurón.
La cabra desde el sillón escuchó la conversación y protestó a gritos.
    -¡Sí, claro que sí, Luisito!, pon otra vez Noche de Paz, tu tío es un soso.

Noche de Paz, noche de amor,
Todo duerme en derredor;
Sobre el santo Niño Jesús
Una estrella esparce su luz,
Brilla sobre el Rey
Brilla sobre el Rey.


Alguien descorchó una botella de champán y al taponazo siguió el bullicio de risas espontáneas, felicitaciones y el roce de abrazos sinceros.
Marbol había dejado de existir. Poco a poco su conciencia había ido  desapareciendo, de la misma forma que desapareció la oscuridad hasta convertirse todo en luz. Al mismo tiempo, el olor dulce de un pastel recién horneado llegaba de alguna parte y se mezclaba con el aroma a pino, mazapán y el perfume de la tía Julia que sujetaba en brazos a la pequeña Inés. De aquella antigua estancia no quedaba nada, y su lugar en el universo era ocupado por un puñado de personas que reían, cantaban y se deseaban felicidad unos a otros, con estimable éxito. Todo el mundo allí era dichoso. 
Una vez más, la FELICIDAD, así con mayúsculas, había triunfado sobre todas las demás cosas y era la gran protagonista.

En un rincón de la habitación, un ratón malherido, el ratón ojos rojos, se lamía sus heridas tristemente. Era el único que sabía que pronto la lechuza volvería a atacarlo.
       










domingo, 17 de diciembre de 2017

Buscando a Chencho






Los seres humanos, igual que las aves migratorias o el mismo trigo, nos movemos por ciclos. Ahora toca estar contento, ahora ir a la playa, luego apuntarse a un gimnasio... siempre toca hacer algo. En Navidad toca de todo un poco (salvo lo que tiene que tocar, la lotería): hay que sentirse feliz, hay que comprar, hay que comer, hay que emborracharse, hay que salir, hay que reunirse... es lo que se espera. Todo el mundo espera algo de todo el mundo.

Tengo que reconocer que mi entusiasmo por las navidades dista mucho del que debería tener y que yo observo que sí tienen el resto de las personas. Ni los comerciantes, ni los restaurantes, ni los amigos, ni la familia..., nadie obtiene de mí lo que se espera, de modo que casi se puede decir que soy impermeable a estas fechas. Y digo casi, porque hay algo con lo que sí cumplo puntualmente cada vez. Parece una tontería, pero es mi tontería: me gusta ir a la Plaza Mayor. Sé que siempre es la misma, nada cambia en ella, ni sus visitantes ni sus tenderetes que año tras año venden las mismas figuritas, las mismas pelucas, los mismos gorros, reyes magos, castillos de Herodes, trozos enormes de corcho para convertirlos en escarpadas montañas, puentes, pellas de musgo (este año supongo que será imposible encontrarlo), pastorcitos, gallinas..., y lo mejor de todo: los cerdos.


Sí, a pesar de que siempre es la misma Plaza Mayor, no puedo evitar repetir visitarla año tras año. Supongo que vuelvo porque en algún momento, sin haberme dado del todo cuenta, perdí algo allí que echo mucho de menos.

Me siento como el abuelo de La familia y uno más, buscando desesperadamente a Chencho. ¿Llegaré a encontrarlo algún día?







sábado, 9 de diciembre de 2017

El placer de hojear





Todos, antes de comprar un libro, lo abrimos, lo hojeamos, y al buen tuntún, escogemos un párrafo y lo leemos.

Obedeciendo a este impulso, pongo a continuación un par de hojas de Muerto dos veces, mi última novela. Pertenecen al inicio para no destripar nada de lo que allí ocurre.

Espero que os guste y si os gusta mucho, la presentación será el miércoles a las 19:45 en el restaurante Río Tormes, en la calle Zurbano, 84.

Hala, pues aquí va:

(...)
Tenía el rostro afilado, tez morena, los ojos pequeños y hundidos que le daban aspecto de calavera y una barba negra de tres días, intensamente negra, que le crecía por minutos. Era feo. También era huesudo, y sus brazos extremadamente delgados terminaban en unas manos de dedos puntiagudos. Parecía que toda su fisonomía estuviera pensada para desempeñar mejor su trabajo de enterrador. Se quedó sin empleo el día en que se presentó en el cementerio vestido de torero. La noche anterior había estado en una fiesta de disfraces con tan mala fortuna que al volver a su casa, ya muy de madrugada, lo atracaron en un semáforo. A punta de pistola le indicaron que se sentara en el asiento del copiloto, e inmediatamente después subieron dos sujetos a su viejo Corsa, poniéndose uno de ellos, el de la pistola, al volante y el otro en el asiento de atrás. Apestaban a crueldad, o eso le pareció a él que presumía de tener un sentido del olfato capaz de detectar también cualidades del alma que nadie podía oler, si acaso los perros.
El frío tacto del estilete que el sujeto que iba detrás le había puesto debajo de la nuez le confirmó que su apreciación no iba mal encaminada. Los atracadores gritaban, no solo a él, también entre ellos, lo que era prueba de su grado de excitación, probablemente también de los efectos de alguna droga nada relajante.
A pesar de que la situación era de lo más propicia para sentirse en peligro, le llamó la atención no estar en absoluto asustado, ni el más ligero temor, nada de miedo. Es curioso, pensó. Luego trató de seguir las órdenes que le daban, tanto desde atrás, el de la navaja, como el que conducía que era quién más gritaba.
     -¡Danos la cartera! ¡Y con mucho cuidadito!
    -¡Vamos a tu casa y allí nos das  todo lo que tengas!
    -¡Déjate de ir a su casa, capullo! ¡Puede vivir con alguien y eso lo complicaría todo! ¡Mejor la cartera!
    -¿Mi cartera? –preguntó el sepulturero- Voy sin cartera, ¿dónde creéis que puede llevar una cartera alguien vestido así? –señaló con ambas manos su traje de luces, oro y grana.
    -¿Eres torero? –preguntó de muy mala gana el de atrás.
    -No seas imbécil, ¿cómo va a ser torero? –dijo el que conducía- ¿qué te crees, que hay corridas a las seis de la madrugada? Este tío viene de una fiesta, joder si apesta a alcohol y tabaco.
    -Una fiesta solo para toreros  -dijo con fingido orgullo el enterrador.
    -No te hagas el gracioso con nosotros, torerito, que aquí quien tiene el rejón es el que tienes detrás –dijo el que conducía señalando a su compinche sin mirarlo.
    -Pues ese tendrá lo que quiera, pero yo no tengo cartera, y efectivamente lo de ir a mi casa sería meteros en problemas, pues no vivo solo.
    -¿Con quien vives? –preguntó el de atrás.
    -Con un oso Kodiak.
Un frenazo repentino hizo que todos salieran despedidos violentamente hacia delante salvo el conductor que estaba prevenido.
    -¡Fuera, bájate del coche! –gritó al enterrador-. Bájate ahora mismo antes de que cambie de opinión y le diga al Hierros que te rebane el pescuezo.
El Hierros estaba deseando que le dieran esa orden pues hundió ligeramente el estilete en la carne de su víctima hasta hacer que brotara un pequeño hilo de sangre. Sin mostrar ninguna preocupación el enterrador vestido de torero apartó con suavidad la mano que sujetaba el arma.
    -Ya has oído, Hierros, déjame bajar, que tu colega parece muy nervioso.
    -¡FUERA!
La siguiente escena fue bastante desconcertante para cualquiera que la presenciara. De un Corsa destartalado baja alguien vestido con un traje de luces, el coche se aleja a toda velocidad y mientras se pierde en una nube de polvo, la víctima del atraco lo contempla con los brazos en jarra. Se agacha, coge una piedra y la lanza hacia el horizonte a sabiendas de la inutilidad del gesto. Sabe que está lejos de su casa, sabe que aunque la tuviera enfrente no podría entrar porque las llaves se han ido en la guantera del Corsa, y sabe que tiene que estar en el cementerio de la Almudena antes de media hora o perderá su trabajo, de modo que ante tanta calamidad solo puede hacer una cosa: dar media vuelta con orgullo haciendo un desplante a un toro imaginario y caminar con la cabeza bien alta, mirando al tendido, como si acabara de dar un par de soberbios capotazos a su destino.
Al fondo, un coche granate metalizado, un Porsche Cayenne, pasó silenciosa y lentamente.


(...)









jueves, 30 de noviembre de 2017

Entrevista a Armando Crespo



         




Armando Crespo es uno de los protagonistas de Muerto dos veces, mi ultima novela que presentaré el miércoles 13 de diciembre en el bar Río Tormes que está en la calle Zurbano 84. Otro de los protagonistas principales de la novela es la misma muerte, pero mis intentos por hacerle una entrevista sin morir en el intento han resultado infructuosos. Insistía en que tenía que ser en su casa.

Armando, ya lo conoceréis quienes estén dispuestos a hacerlo, es una persona inteligente, amable y educada y no ha puesto ningún reparo cuando le he propuesto ser entrevistado, a pesar de que lo he citado en El Bombardier, un lugar que él odia profundamente. Y no es para menos, en su interior se reúne toda la variedad de pijos que de forma generosa siempre ha suministrado Madrid, junto a famosos y famosillos del momento, asiduos todos a la feria de vanidades y cazadores de sitios de moda.

Cuando llego, él está en un rincón de la barra, en una enorme banqueta sobre la que podrían sentarse dos personas sin tocarse, haciendo ascos a una copa de cocktail a la que mira como si fuera una rata muerta.
En cuanto me ve, su expresión cambia radicalmente y me recibe con una enorme sonrisa al tiempo que se desmonta de la enorme banqueta para darme un cordial y decidido apretón de manos.
    -No te pidas un daikiri – me advierte sin soltarme la mano-. Es pura melaza.
Tras una breve charla sobre lo mucho que necesitamos la lluvia, entramos de lleno en materia. Bueno, quien entra en materia soy yo.
    -¿Qué piensas de la muerte? –pregunto según hago señas al camarero para que me ponga lo mismo que a Armando.
    -Lo que decía woody Allen: no es tan terrible si te pilla con la corbata adecuada.
    -¿Por qué “morir dos veces”?
    -Porque es inevitable –me responde con aplomo.
Yo lo miro fijamente sin decir nada, tratando de ver qué se esconde detrás de su mirada, a la espera de que siga hablando, de que él mismo complete la respuesta. Es un viejo truco de entrevistador que aprendí de Jesús Quintero, aunque creo que él abusaba en exceso de este recurso.
Los segundos pasan y da tiempo a que el camarero me traiga mi daikiri. Armando sigue callado con una leve sonrisa. Por fin se decide a hablar.
    -¿Tú crees en la vida después de la muerte? –me pregunta.
No tengo que pensar mucho la respuesta. Niego con la cabeza en silencio, al tiempo que elevo una ceja con estudiada teatralidad.  Creo que estoy demasiado influido por Jesús Quintero, voy a cambiar de estrategia, me parece.
    -¿Vida después de la muerte? –digo como si saliera de una pasajera somnolencia- No, la verdad es que desde que dejé el colegio, dejé de creer en esa posibilidad y ya lo siento.
     -Pues ahí lo tienes –responde con seguridad-. En tal caso todo lo te que va a pasar después de muerto es lo  mismo que ya te pasó antes de nacer: nada. Estaremos tan muertos después de haber vivido como lo estábamos antes de haber nacido, es decir: cuando nos muramos, en realidad será la segunda vez que nos ocurra lo mismo.
     -Pero la novela no va de eso –protesto.
    -No, claro que no, no tiene nada que ver, pero yo no he venido aquí para hablar de mi libro.
Yo lo miro tratando de no parecerme en absoluto a Jesús Quintero y doy un trago a mi daikiri. La verdad es que es una mierda, está demasiado dulce.









   

domingo, 26 de noviembre de 2017

Muerto dos veces



El día 13 de diciembre, miércoles,  presento mi nueva novela, Muerto dos veces. De momento aquí podéis ver el book trailer que ha hecho mi amigo Marcos Carrasco, el artista que ilustró La dama del lienzo, novela que hicimos a la limón con la que conseguimos fama, dinero y nos brindó la oportunidad de volver a trabajar juntos como equipo creativo.

En realidad de esas tres cosas, solo conseguimos una, pero no diré cuál.






SI NO LO VES PINCHA AQUÍ

lunes, 20 de noviembre de 2017

El gran dictador







Hoy se cumple el aniversario de la muerte del dictador que más tiempo se ha mantenido en el poder en Europa, y yo creo que de todo el mundo, en el siglo pasado. Un hombre malo que entraba en las iglesias bajo palio, privilegio reservado exclusivamente a la Sagrada Forma. Precisamente la suya, su forma, no tenía nada de divina. Eso sí, guardaba a la perfección los cánones exigidos a los barriles pequeñitos.

Este señor, lo digo para los jóvenes que no han tenido ocasión de estudiar en los libros de texto sus proezas y para los rufianes que lo comparan con personajes actuales, mandó a España a la cola de los países modernos, tan a la cola, que no era nada moderno.

Lo llenó de caspa en cantidad tan abrumadora, que aún podemos observarla sobre los hombros de muchos individuos que la siguen luciendo orgullosos, sin que nadie les recomiende un buen champú ni les diga nada. Más bien, todo lo contrario, parece que tengan gracia: existe una fundación de lo más activa que lleva su nombre; el Valle de los Caídos se mantiene en pie para peregrinación de ultras, quedan calles que lo recuerdan, y en el Pazo de Meirás se explica a los visitantes que su antiguo morador era un salvador de la Patria. Nadie, ningún partido ni ningún político, ha puesto en su sitio a este terrorífico personaje que con el fin de perpetuarse en el poder una vez conquistado, alargó innecesariamente una guerra que pudo haberse librado en pocos meses. Una guerra cuanto más larga, más muertos produce, más dolor, mayor sufrimiento y más fácil le resulta luego al vencedor  gobernar sin que nadie le discuta, aclamado solo por sus seguidores,  en un régimen de terror

En ningún libro de texto se cuenta lo que hizo, los métodos que utilizó para hacerlo, y cómo consiguió anular todo intento de oposición. No se habla de la represión que hubo en todos los terrenos ni de la DGS ni de su afinidad con el enemigo número uno de Europa, Adolf Hitler.

En Alemania está prohibida la exhibición de símbolos nacis, nadie se puede tatuar una cruz gamada en su musculado biceps y mientras tanto aquí, Antonio González Pacheco, uno de los sádicos policías del dictador, apodado Billy el Niño, sigue campante sin muestras de arrepentimiento por haber sido un torturador y lo que es peor, sin que nade, la Justicia, le haga pagar por ello.



Ahora, lo que se cuenta, es otra historia.




martes, 7 de noviembre de 2017

Entrevista a Óscar






Esta mañana me he levantado con ganas de hacer una entrevista. Ignoro qué parte de mi cerebro está lesionada para tener ese impulso repentino, pero le voy a dar satisfacción.

No será la de hoy la única entrevista que haga; he decidido llevar mi afición a la Tertulia Perezosa. Cosas peores se han visto por aquí.

De momento, voy a empezar mis primeras entrevistas con personajes de ficción. Luego, ya veremos.

ENTREVISTA A ÓSCAR

Hace un año salió a la venta mi novela El viaje del neandertal, aunque he de decir que muy pocas personas se enteraron, de hecho creo que no se enteró nadie. Se la dediqué a mi amigo César Mallorquí, y según me consta por su reacción cuando se la regalé, también se percató de su existencia. Al menos ya había dos personas que sabían de ella.

Hoy, en el aniversario de su publicación, voy a entrevistar a Óscar, uno de sus principales protagonistas. Es periodista free lance, friki de la ciencia ficción y como la mayoría de las personas inteligentes, coleccionista de todo tipo de curiosidades.

Acudo a la hora convenida al aparcamiento del Parque de Atracciones de Madrid, donde me ha citado para la entrevista, lo que me hace sospechar que no debe de tener muy ordenado su apartamento. No me cuesta demasiado trabajo distinguir a lo lejos su destartalada furgoneta, la Robustiana. Supongo que es la única que existe en el mundo con ese color. Llevo conmigo un pequeño paquete envuelto en papel de aluminio que le entregaré al final de nuestra conversación. Seguro que adivina de qué se trata, pero es un regalo pensado a última hora y no se me ha ocurrido otro mejor, de modo que tendrá que conformarse.

Me recibe con una franca sonrisa en la puerta de la Robus y me hace pasar a su interior con un gesto grandilocuente. Más que a una furgoneta, da la sensación de que me da entrada al Palacio de Dueñas.
    -Espero que no te moleste demasiado el olor –se disculpa-. Hace poco ha estado aquí Near, y por lo que he podido comprobar no ha cambiado sus hábitos higiénicos de hace cincuenta mil años.
Near es el neandertal que estuvo a punto de cargarse a una vaca de un garrotazo, de no haber sido por la intervención de Jorge y él mismo.
    -Lo sé –digo arrugando la nariz-. No te voy a preguntar nada sobre él ni sobre el resto de los personajes de El viaje del neandertal. Hoy el único protagonista eres tú.
Óscar eleva una ceja con superioridad al tiempo que ensancha sus hombros, ya de por sí bastante anchos.
    -También era yo el gran protagonista indiscutido de El viaje del neandertal. Si no fuera por mí nadie habría terminado de leer esa novela, puedes estar seguro.
Lo miro perplejo por su inmodestia y cuando estoy a punto de protestar, estalla en una sonora carcajada al tiempo que me da una palmada en la rodilla.
    -Era una broma, hombre –dice como un niño travieso-. Por cierto, ¿sabes cuántos ejemplares se han vendido?
    -No creo que pase de la media docena.
    -Mmmm, jamás pensé que llegara a tantos.
    -¡Era broma! –digo fingiendo que me río-. En realidad aún no tengo noticias, espero que pronto se ponga la editorial en contacto conmigo para preguntarme a qué paraíso fiscal me envían las ganancias.
Mi broma es recibida con la frialdad que se merece, y el incómodo silencio que se produce es roto por el crujir del par de folios que saco del bolsillo de mi chupa.
    -¿Cuántas preguntas vas a hacerme? –me pregunta señalando horrorizado las hojas de papel.
    -No te preocupes, esto es por si te limitas a responder con monosílabos, no quiero que dure más de cinco minutos pero tampoco menos.
    -Ah.
Me mira con su cara de chico que se las sabe todas retándome a que empiece.
    -Tú eres un personaje de ficción –suelto a bocajarro-. ¿Resulta sencillo vivir sabiendo que antes de que hagas o digas cualquier cosa, hay alguien que ha decidido que precisamente hagas o digas eso?
    -Eres muy mal escritor si realmente crees que eso es lo que les pasa a tus personajes.
Lo miro pensativo y prefiero salir del terreno en el que me he metido. Observo un brillo de triunfo en su mirada que me gusta menos aún que su sonrisilla de suficiencia.
    -Muchas personas que han leído El viaje del Neandertal, dicen que les recuerdas bastante a un personaje real, de carne y hueso. ¿Te molesta la comparación?
    -En absoluto –contesta tajante-. Comprendería que se sintiera molesto Jorge, que también dicen eso de él, pero yo estoy encantado.
Naturalmente Jorge es otro de los personajes de El viaje del neandertal, el amigo inseparable de Óscar.
    -Eres un borde, lo sabes, ¿no?
    -Naturalmente que lo sé.
Rebusco en mis papeles alguna pregunta que le pueda resultar incómoda pero se me adelanta y es él quién me hace una pregunta a mí. No me gusta el cariz que está tomando la entrevista.
    -La mayor parte de las personas que conozco piensan que Jorge es un tipo bastante más interesante que tú –me dice-. Supongo que te enorgullecerá verte superado por uno de tus personajes, ¿no? Sobre todo teniendo en cuenta las similitudes que muchas personas le encuentran contigo.
     -No entiendo lo que dices –respondo con incomodidad.
     -Ya.
Su sonrisilla me sigue molestando. Que yo recuerde, en mi novela no se mostraba tan irritante, las cosas como son. Decido acabar la entrevista cuanto antes.
    -Y bien, mi última pregunta: ¿qué haces cuando te duele la cabeza?
     -¿Que qué hago? –me responde un tanto sorprendido- A mí nunca me duele la cabeza.
    -¿Estás seguro?
Con lentitud doblo los dos folios, los guardo cuidadosamente en el bolsillo de mi chupa, me estiro los calcetines, me acomodo en mi asiento y mientras tanto observo como Óscar entorna los ojos, frunce el ceño, se lleva las manos a las sienes y con un gesto de dolor trata de decirme algo. Supongo que me está pidiendo unas aspirinas o algo más fuerte contra el dolor de cabeza. Lo siento por él, pero la verdad es que no llevo encima ningún analgésico, lo único que tengo es mi paquete envuelto en papel de aluminio. Se lo dejo encima del asiento del copiloto según me bajo de la Robus.
    -Aquí te dejo un bocadillo de chorizo –le digo aún con la puerta abierta-. Es para Near, por si lo ves, me he acordado de lo mucho que le gustan. En El viaje del neandertal, prometerle un bocadillo de chorizo era la única forma de hacer que entrara en razón.

Luego cierro la puerta procurando no dar un portazo pues sé lo mucho que molestan cuando eres presa de la jaqueca.




     Si alguien quiere saber cómo es realmente Oscar, incluso su amigo Jorge, solo tiene que pinchar en la portada del libro.