Dos letras y lo dicen todo. No se necesita más para cambiar el mundo. Fijaos: el Parlamento Europeo va a hacer obligatorio que los coches que se comercialicen en Europa, lleven detectores de presencia de bebés. Afectará a turismos y furgonetas ligeras, nada dice de camiones de gran tonelaje. Supongo que de algún estudio habrán sacado la conclusión de que los camioneros no se dejan olvidados a sus bebés en el interior de su camión.
¿Quiero insinuar, acaso, que la IA y sus infinitas aplicaciones nos está haciendo tontos? (al menos a los que no somos camioneros) Efectivamente, eso es exactamente lo que quiero decir. También quiero decir que es una enorme contradicción, no debería ser así.
Lo que la IA es capaz de hacer, exige contar con una inteligencia humana que hasta ahora apenas podíamos imaginar. Al margen de las opiniones que cada cual pueda tener, es innegable que su desarrollo es asombroso, un logro que parece nacer de la ciencia ficción. Y, sin embargo, esta misma IA, nacida de una inteligencia humana superior, puede suponer su propia destrucción. Contradictorio de narices.
El ser humano tiene en su inteligencia la ventaja competitiva que cualquier especie debe tener si aspira a durar tanto como las cucarachas.
Es el momento de hablar del Moa Gigante de Nueva Zelanda.
Los moas eran aves no voladoras que vivían felices en Nueva Zelanda. No había grandes depredadores y esto les permitió evolucionar hacia tamaños gigantescos, algunos alcanzando casi cuatro metros de altura y más de 200 kg de peso. Su gran tamaño les hacía inmensamente poderosos, invencibles, y les permitía acceder a la vegetación alta. En un entorno seguro, ser grande es una excelente estrategia para la supervivencia. Peeeeero, de repente llegaron los humanos y en muy poco tiempo acabaron con ellos, precisamente porque eran demasiado grandes. Les faltaba agilidad para escapar de sus lanzas y tiempo para evolucionar a estrategias más apropiadas con el nuevo entorno. Resultado: extinción.
Ahora, si no se pone remedio va a pasar lo mismo con nosotros. Y es una pena porque no habrá nadie para decir: "vivía la especie humana tan feliz (es un decir) en su hábitat natural, cuando de repente llegó el ser humano, y provocó su extinción".
¿No es absurdo que seamos los causantes de nuestra propia extinción? Para mayor inri, nos vamos a exterminar utilizando la ventaja competitiva que tenemos para durar tanto como las cucarachas.
Una vez más, en la grandeza se esconde la miseria.

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