Todos los días, al salir de mi casa, veía a un niño
asomado a su ventana. Tenía un brillo extraño en la mirada como si además de
estar ahí, en su habitación viendo pasar gente, estuviera también en otro lugar
o en otro momento. Un día estaba vestido de húsar y se me ocurrió saludarle a
la forma militar, llevándome la mano a la sien hasta tocarla con la punta de
los dedos con una disciplina de juguete que él tomó como real. El niño me
devolvió el saludo poniéndose firmes con gran solemnidad como si en ese momento
le fuera a poner el mismo Napoleón la medalla al valor. El muchacho mantuvo la
posición de firmes, el pecho fuera y el codo a la altura del hombro, como
tiene que ser, hasta que yo desaparecí de su campo de visión. Supongo que después
se relajaría y seguiría jugando a que se encontraba en una carga de caballería.
A partir de ese día cada vez que nos veíamos nos
saludábamos así, a la forma militar, llevándonos la mano hacia la ceja, yo con
una sonrisa, él con más gravedad. Ya se sabe que los niños viven sus fantasías
con un realismo que convierte lo imaginado en la única verdad.
Poco a poco el niño fue creciendo y llegó un día a
partir del cual ya no volví a verlo. Supongo que se iría a estudiar fuera, más
tarde a la universidad, después se
casaría…
Años más tarde llegó lo que todos temíamos, y sí, volví a ver al
niño de la ventana. Se había convertido en un joven grande, fuerte y con toda
probabilidad arrogante pero aún mantenía intacto aquel brillo en la mirada.
Estaba vestido de militar, me reconoció y por un momento pensé que me saludaría
como tantas veces habíamos hecho en el pasado. Pero no lo hizo; lentamente
levantó la mano que empuñaba un sable y al bajarla, doce descargas de fusil
estallaron al unísono rompiendo un silencio que ya empezaba a ser sepulcral.
Fue lo último que escuché.














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