viernes, 11 de octubre de 2013

El niño soldado





Todos los días, al salir de mi casa, veía a un niño asomado a su ventana. Tenía un brillo extraño en la mirada como si además de estar ahí, en su habitación viendo pasar gente, estuviera también en otro lugar o en otro momento. Un día estaba vestido de húsar y se me ocurrió saludarle a la forma militar, llevándome la mano a la sien hasta tocarla con la punta de los dedos con una disciplina de juguete que él tomó como real. El niño me devolvió el saludo poniéndose firmes con gran solemnidad como si en ese momento le fuera a poner el mismo Napoleón la medalla al valor. El muchacho mantuvo la posición de firmes, el pecho fuera y el codo a la altura del hombro, como tiene que ser, hasta que yo desaparecí de su campo de visión. Supongo que después se relajaría y seguiría jugando a que se encontraba en una carga de caballería. 

A partir de ese día cada vez que nos veíamos nos saludábamos así, a la forma militar, llevándonos la mano hacia la ceja, yo con una sonrisa, él con más gravedad. Ya se sabe que los niños viven sus fantasías con un realismo que convierte lo imaginado en la única verdad.

Poco a poco el niño fue creciendo y llegó un día a partir del cual ya no volví a verlo. Supongo que se iría a estudiar fuera, más tarde a la universidad, después  se casaría…

Años más tarde llegó lo que todos temíamos, y sí, volví a ver al niño de la ventana. Se había convertido en un joven grande, fuerte y con toda probabilidad arrogante pero aún mantenía intacto aquel brillo en la mirada. Estaba vestido de militar, me reconoció y por un momento pensé que me saludaría como tantas veces habíamos hecho en el pasado. Pero no lo hizo; lentamente levantó la mano que empuñaba un sable y al bajarla, doce descargas de fusil estallaron al unísono rompiendo un silencio que ya empezaba a ser sepulcral.

Fue lo último que escuché.







jueves, 3 de octubre de 2013

Cada vez más moscas






Cada vez nos parecemos más a las moscas. Y no lo digo porque haya observado un curioso surgimiento de pelos en mi espalada, que también, lo digo porque sigo muy de cerca la trayectoria de la drosophila melanogáster, más conocida como mosca del vinagre, menos conocida como mosca de la fruta y desconocida totalmente como amante del rocío de vientre negro, que es la traducción literal de su nombre al castellano.
Resulta que nuestros genes son prácticamente idénticos a los de este insecto y desde luego sí lo son los mecanismos genéticos que operan en humanos y drosophilas. Estas circunstancias convierten a nuestra amiga la mosca en una invitada permanente en todos lo laboratorios de investigación, sobre todo porque su vida es aprovechablemente breve, lo que permite observar los resultados de las mutaciones provocadas en sus genes sin esperar mucho tiempo. De hecho, entre una generación de drosophilas y la siguiente sólo pasan 10 días. Un chollazo para los investigadores de la manipulación genética.
Este es precisamente el punto al que quería llegar: cada vez nos parecemos más a las drosophilas melanogáster porque cada vez somos observados con mayor atención. Salvando las distancias claro, por ejemplo no esperan a que pase una generación; precisamente nuestra utilidad estriba en nuestra longevidad. Pero sobre todo hay una gran diferencia: no manipulan nuestros genes, sino los genes de los distintos cacharritos (gadgets los llaman) que han invadido nuestras vidas hasta el punto de formar parte sustancial de nosotros. Ya nadie concibe la existencia sin un smartphone (que ha sustituido al teléfono móvil), una tablet y por supuesto el ordenador. Pues bien, cada uno de estos chismes tiene sus aplicaciones, sus programas y sus softwares que son modificados (manipulados genéticamente) con algún fin desconocido, salvo para sus creadores, en plazos muy cortos de tiempo. Estas actualizaciones (upgrades las llaman) son constantes, intrusivas y la mayor parte de las veces innecesarias. No pasa mes sin que tenga que descargar la última versión del FaceBook (que sigue haciendo las mismas cosas que antes), del Viber, de ITunes, de Skype, de iPhoto,… mi ordenador me sugiere constantemente que baje nosequé punto siete que es mejor que el nosequé punto seis que bajé la semana pasada. Luego resulta que lo bajas y tienes que actualizar la agenda de los microzombis porque no son compatibles con el gran avance que supone  la mejora en el chispúm recientemente adquirido.
Digo yo, que alguien estará observando nuestras reacciones ante los cambios impuestos y tomará buena nota de ellas para justificar la siguiente manipulación en los genes de nuestros órganos más vitales, los cacharritos.
Acabaremos como moscas encerradas en tubos de ensayo en una disolución gelatinosa de azúcar y levadura, con ojos en el ano, seis alas amarillas de forma exagonal, tres espiritrompas y dos abdómenes, con alguien estudiando nuestro comportamiento para ver si todas esas modificaciones sirven para algo.
Unos monstruos.




jueves, 26 de septiembre de 2013

Ana Mata




Los recortes en salud  impuestos por real decreto ley, han traído y seguirá trayendo como consecuencia  que muchísima gente se quede fuera del sistema sanitario. Ana Mato dijo orgullosa que con estas medidas se había conseguido ahorrar no sé cuántos millones. ¿Estamos ahorrando dinero a base de que miles de personas no recuperen la salud, incluso pierdan la vida? ¿Es decente ahorrar dinero de esta forma?

Aquí podéis ver la campaña de sensibilización que hemos hecho para Médicos del Mundo.

NADIE DESECHADO

y la peli también la podéis ver AQUÍ


No os olvidéis de lo que dice del SMS y tal


sábado, 21 de septiembre de 2013

Boquerones en vinagre






Es increíble cómo cambiamos las personas, me dije yo un día según me tomaba unos boquerones en vinagre en el bar que hay debajo de mi casa, observando que no tenían nada que ver con los boquerones que solían poner en ese mismo sitio hace algunos años. Claro, me contesté yo, si los boquerones son capaces de dar este cambiazo tan radical, no vamos a ser menos los humanos, y tanto en el caso de los boquerones como en el de las personas, el cambio es a peor. Más acartonados y secos, sin sabor, con una especie de rigor mortis de modo que al pincharlos con el palillo, los levantas tiesos. Me refiero, naturalmente, a los boquerones, aunque esa pérdida de flexibilidad me temo que es algo que compartimos.
Una vez que te has fijado en los cambios sufridos por un boquerón es muy difícil pararte ahí y continuar como si tal cosa, de modo que seguí dándole vueltas al asunto y me di cuenta de que mi trabajo, que es el mismo que tengo desde hace 29 años, es una mierda. Con lo mucho que me gustaba cuando empecé, madre mía. Ahora es como si me dedicara a algo totalmente diferente a lo que me atrapó e ilusionó hace tres décadas. Entonces, en aquellos lejanos días, se me ocurrió preguntar en la agencia de publicidad en la que acababa de entrar, por qué no había creativos mayores, por qué éramos todos de la misma edad, jóvenes o muy jóvenes. Yo que venía de otro mundo, donde la experiencia se medía por el número de canas, y se premiaba con altos cargos o con posibles retiros en la universidad, no entendía ese despilfarro de saber acumulado a lo largo de los años y mucho menos imaginaba el mecanismo por el que desaparecían los creativos publicitarios a medida que traspasaban la frontera de una determinada edad. Se convierten en vallas, o en carteles, me respondió una voz que salía de la pared, justo detrás de un anuncio de chicles cheiw Junior.  Caramba, pensé para mis adentros sin acabar de creérmelo del todo, supongo que peor sería transformarse en octavillas de las que se ponen en los parabrisas de los coches, así, que dentro de todo no está demasiado mal.
Ahora cuando voy por la calle o en el metro y contemplo las marquesinas y las vallas anunciando galletas, la última chorrada con 60 megas o lo que sea, las miro con un respeto infinito, cómplice de su destino, a sabiendas de que en algún momento estaré yo ahí también, compartiendo GRPs  y OTS con mis colegas de toda la vida.


jueves, 12 de septiembre de 2013

Por Alá






Estoy leyendo la vida de Mahoma, así, por encima, sin profundizar demasiado pero atento a cualquier detalle que me pueda dar la clave del exitazo de su religión. No olvidemos que el islam fue un invento suyo, pues hasta entonces, las religiones que había donde él nació y creció eran el cristianismo, el judaísmo  y otros cultos de escasa importancia dedicados a dioses menores que no llegaron a tener ninguna trascendencia. No cito los nombres para no ponerme pedante, y además no tiene ningún mérito pues lo acabo de leer. El caso, como todo el mundo sabe, es que en poco más de cien años, la religión inventada por Mahoma se extendió como la mala hierba (Alá sepa perdonarme la comparación), llegando por un lado hasta los Pirineos pasando por África y por el otro lado hasta la India pasando por donde proceda. Pero no hay éxito sin trabajo y Mahoma se lo curró de lo lindo, tanto que al principio fue perseguido a muerte. No voy a profundizar en cómo fue la cosa, pues como ya he dicho antes, no me las quiero dar de listillo cuando la verdad es que no solo acabo de leer todos los detalles, sino que además tengo el libro delante. El caso es que se querían cargar al muchacho. ¿Por qué? La respuesta es muy sencilla: porque era una molestia para los poderosos. Mahoma empezó a predicar contra la riqueza (nada original, ya lo sabemos), y su mensaje era contrario a los grupos de poder de La Meca y ponía en entredicho la acumulación de riqueza en unos pocos y la miseria en unos muchos. Ya está, ahí está el secreto de su éxito, lo mismo pasó con el cristianismo, con Guillermo Tell o Robin Hood que siempre los confundo, y con muchos otros casos de apoyo al débil oponiéndose al fuerte a costa incluso de la propia vida del héroe.
Las batallas libradas contra la injusticia siempre son batallas desiguales donde el bando que oprime cuenta con la fuerza de las armas, y el otro con la fuerza que proporciona la indignación. Pocas veces, salvo en las películas, ganan los buenos, y cuando ganan, una vez en el poder, quedan tan fascinados por los encantos de saberse los dueños, que acaban volviéndose malos (a veces, peores que sus predecesores). Ya sabemos que una cosa son los principios y otra muy distinta mantenerlos hasta el final.
Pero lo realmente espantoso, lo peor que puede suceder, es cuando no es necesario que pase nada de tiempo para que los buenos se conviertan en malos. Esto ocurre cuando el bando salvador es ya una amenaza para la libertad de los salvados. En este caso no hay esperanza y a los salvados solo les queda huir del país, despojados de todo, hasta de la ilusión por un futuro mejor que saben que no van a tener, y con sus hijos tan inocentes como ellos mismos pero con más tiempo por delante para sufrir.
Eso está sucediendo en Siria y nadie puede poner remedio. Vaya mierda de mundo.

(el número de refugiados sirios en los países vecinos pasa ya de los DOS millones de personas, y más de la mitad son niños. ¿Cuántos de estos niños irán a la escuela?)





viernes, 6 de septiembre de 2013

Biblioteca Olvido





Tengo un amigo de hace muchos, muchos años, nada menos de cuando íbamos juntos al colegio, que está loco. O eso creía yo (la verdad es que lo sigo creyendo), pero cada vez estoy más convencido de que los locos somos los demás, los que pensamos que hacer cosas tan extravagantes como ayudar a gente de un país remoto, el cuarto más pobre del mundo, es algo que sólo se le puede ocurrir a alguien que ha perdido la razón.  Se llama Félix y es asiduo comentarista de La Tertulia Perezosa, lo que demuestra, ya sin dudas, que está como una cabra. De vez en cuando viene a Madrid, cena con los amigos (siempre cenamos en su casa, eso sí, cada uno lleva algo, que curiosamente todos coincidimos en llevar empanada), ve a su familia, atiende asuntos, se quita el mono de comerse unas ostras y se vuelve a su aldea adoptiva. A veces le hacen una entrevista en la radio (lo que es la casualidad, yo siempre le pillo) y otras veces gestiona el envío de un contenedor lleno de todo lo que aquí sobra y allí falta. Ahora le han hecho una entrevista en La Revista del Pensamiento Crítico, cuyo enlace incluyo AQUÍ por si alguien está interesado en conocer a un loco de verdad.
Los más atrevidos que no temen caer en la tentación de ser generosos, podéis visitar la web de la biblioteca OLVIDO que ha fundado en ese país remoto, pobre y ahora peligroso, al que se ha ido a vivir y que se llama Burkina Faso.
También puede haber algún caso perdido que no pueda resistir la tentación de ver ahora mismo lo que piensa, hace y escribe Felix, y la mejor manera es entrando en su BLOG aunque os advierto que subir comentarios es complicadísimo.

Ojalá su locura fuera contagiosa.






lunes, 2 de septiembre de 2013

La realidad supera a la ficción








Imaginaos la siguiente escena: llega una mujer a su casa y pilla a su marido en la cama con una vecina. El marido, al verse descubierto, se levanta con agilidad, imperturbable, sin que el mínimo gesto de consternación o vergüenza asome a su rostro que permanece inmutable y con expresivos movimientos  de las manos urge a la vecina a que recoja su ropa y se marche. A continuación, con toda la calma del mundo, se viste, primero los calzoncillos, calcetines, luego los pantalones, la camisa… hasta ponerse la corbata y la chaqueta.
La mujer, muda, con la boca abierta hasta el amanecer, apoyada en el dintel de la puerta del dormitorio, asiste a la escena sin llegar a entender del todo qué está pasando. Después, el hombre, con la máxima atención en cada detalle, hace la cama, coloca bien el despertador que había quedado tendido sobre la mesilla de noche como una tortuga con las patas hacia arriba, sacude el polvo (es un decir) de las mangas de su chaqueta, y sale del dormitorio sin mirar siquiera a su mujer que sigue ahí plantada y petrificada. Coge el periódico y se sienta en el salón, en su sillón habitual a leerlo. Entonces la mujer le sigue y le pregunta, entre indignada y atónita, qué está pasando. Él baja el periódico, y con la sonrisa más encantadora del mundo le saluda como si tal cosa:
    -Hola querida, ¿ya has vuelto? ¿Qué tal has tenido el día?
A continuación, la mujer señala horrorizada el dormitorio al tiempo que reclama explicaciones, pero el marido pone cara de no entender de qué le está hablando, ni a qué vecina se refiere ni de qué coito se le acusa. Simplemente niega cada una de las cosas que han sucedido y que la mujer ha visto con toda claridad. El marido continua leyendo el periódico y de vez en cuando comenta alguna noticia en voz alta para compartirla con su mujer.

Esta escena pertenece a Guía Para el Hombre Casado, una película protagonizada por Walter Matthau y que actualmente podemos ver reproducida en casi todos los medios de comunicación. Eso sí, en una versión superada por la calidad artística de la protagonista. La actuación de María Dolores de Cospedal deja a la del bueno de Matthau al nivel de aficionado. Su interpretación ante las nuevas pruebas que evidencian lo que todos tenemos clarísimo, es digna de Oscar.
Qué tía, qué buena es en su papel.





miércoles, 28 de agosto de 2013

Cine de verano




Para terminar las vacaciones, cine de verano, y como las vacaciones siempre duran muy poco, la película que os pongo es un corto.





DURACIÓN: 1 MINUTO
PERSONAJES: UN HUEVO

PANTALLA EN NEGRO.

VOZ(OFF): Es cierto eso que dicen, de que en el último minuto se repite toda tu vida en imágenes.

LENTAMENTE ABRE CÁMARA CON UN HUEVO EN UN CAZO CON AGUA HIRVIENDO.

VOZ DEL HUEVO (OFF): Me acuerdo de mis hermanos; los seis éramos gemelos. ¡Menuda media docena de huevos llegamos a ser! ¡Extragordos! Y ya ves, para luego acabar en este infierno.
Claro, que peor fue lo de Emilio, el mediano. Un día, cuando amaneció nos lo encontramos frito. ¡Pobrecillo, terminar así, con lo flamenco que era! Otro murió estrellado...¡Con beicon, qué horror! Entonces pensé: como se lleven a otro, me voy a quedar sólo con un par de huevos, y así fue.
Con lo felices que éramos cuando estábamos juntos, pero no revueltos, claro. Un día oí que decían:¿te hago la tortilla con uno o dos huevos? (PAUSA) Ese día me quedé solo. Y me acordé de mi madre que siempre me decía: “las cosas claras: o empollas mucho de pequeño, o nunca volarás muy lejos”. ¡Qué razón tenía!

Ahora que estoy al final de mi vida, creo que nunca le ha importado a nadie un huevo.

CON LOS PLANOS DEL HUEVO DENTRO DEL CAZO, PODEMOS ALTERNAR FLASH BACK DE LA VIDA DEL HUEVO.
F I N


P.S. La semana que viene empezamos de nuevo el curso bloguero para compartir las habituales cosas inútiles a las que lamentablemente todos nos estamos acostumbrando.

sábado, 17 de agosto de 2013

¡Vaya ejemplo!







A las muchas toneladas de tinta utilizadas en transmitir todo tipo de reacciones ante el evidente caso de corrupción del PP, no voy a añadir ni una pizca más, sin embargo… sin embargo ayer escuché unas declaraciones de tal naturaleza que me llevaron a un estado de perplejidad incompatible con el silencio, y ante el riesgo de que se convierta en una obsesión, prefiero comentarlo. La cosa tiene sus pelendengues.
Ya sabemos que Martínez Pujalte, entre otros ornamentos indiscutibles de su talento político, se encuentra decir lo que piensa sin pensárselo dos veces, con la consecuencia de cabrear bastante al personal (por ejemplo, aquello de “algunos hipotecados quieren la dación en pago para poder comprarse otro piso”), pero nada hay en su biografía que se acerque a las declaraciones que hizo recientemente y que yo escuché ayer en la radio. Estaba desayunando y casi muero con un chococrispi atravesado en la glotis, pues lo que dijo me causó una obturación repentina y desincronizada  de los conductos que  permiten respirar y deglutir al mismo tiempo. El caso es que empezó bien. Dijo: “en el PP queremos que se sepa la verdad y el origen del dinero”. Tranquilizador. Luego, para seguir tranquilizándonos comentó que apoyaba al juez instructor del caso para que haga su trabajo (normal, no va a decir: conmigo que no cuente ese desgraciado). Y cuando más tranquilos estábamos, va y la suelta, justo cuando una cuchara rebosante de chococrispis se acercaba con decisión a su destino. 
Primero comentó que Bárcenas no está en la cárcel por su gestión como tesorero del PP, sino por un delito “personal”, y a continuación, este maestro de la analogía, encontró el ejemplo perfecto para ilustrar lo que quería decir: "Es como si un señor contrata en su hotel a un empleado que aprovecha su puesto de trabajo para vender droga; ha sido mala la elección, pero no tiene nada que ver con la gestión del establecimiento hotelero".
¿PERO A QUÉ HOTELES VA ESTE SEÑOR? ¿Cómo se le ocurrió ese ejemplo? ¿Acaso cuando Martínez Pujalte va a un hotel, por vacaciones con la familia, o por trabajo a dónde le lleven sus obligaciones, algún empleado del establecimiento le ofrece droga? ¿y qué droga es la que más circula en los hoteles según sus observaciones? Esto lo tiene que aclarar y divulgar, pues de la misma forma que te puede solucionar un viaje saber que hay hoteles que admiten gatos o perros, otras personas estarían interesadas en saber en qué hoteles pueden contar con el suministro adecuado y seguro de unos porretes o unos rayujos.
Desde luego, a este señor, a juzgar por sus ejemplos, se le ve muy viajado.



sábado, 10 de agosto de 2013

Digitales hasta la médula







Antes, cuando la mayoría de las cosas eran analógicas y lo digital era un terreno aún por explorar, se nos explicaba que ese revolucionario sistema se basaba en la utilización de códigos binarios. Ceros y unos, se decía poniendo cara de entendido y los más entendidos decían, circuitos abiertos o cerrados. O pasa o no pasa corriente, así de fácil. Es decir, sin término medio, sin matices.

Pues bien, a ese punto hemos llegado, y ahí nos encontramos: o estamos abiertos o estamos cerrados, pues lo que es indiscutible es que ahora somos al cien por cien digitales, no creo que haya nadie que lo ponga en duda. Y esto que debería ser algo confinado exclusivamente al mundo de la tecnología resulta que trasciende a nuestras vidas cotidianas; ya no admitimos escalas entre un extremo y el opuesto. O es cero o es uno. O está abierto o está cerrado, no puede ser medio entornadillo tirando a más abierto que cerrado o viceversa,  de modo que pase una ligera brisa, pero impida que un vendaval se cuele en nuestra casa derribando los muebles y llevándose al gato por la ventana.
Con las palabras pasa lo mismo, ya nadie busca sinónimos, sino que todo el mundo se afana en encontrar los antónimos. Tanto es así que los diccionarios de sinónimos, tan útiles para los que nos hemos acostumbrado a pensar en analógico, ya no tienen salida, según me comentó el otro día un amigo mío que es librero. Ahora los diccionarios que más se venden son los de ideas contrarias, antónimos, términos opuestos,… libros que nos nutran del arsenal necesario para la batalla diaria de llevar la contraria al primer prójimo que se nos ponga a tiro. Ya nadie dice asintiendo: ”estoy de acuerdo contigo, incluso yo incluiría a los delgaduchos verdes orejudos”. En su lugar, se dice de forma acalorada como si por medio hubiera una gran ofensa:”¿pero qué dices?, es evidente que también hay que incluir a los delgaduchos verdes orejudos, hay que ser muy tonto para no darse cuenta”.
Sí, nuestra forma de relacionarnos ha cambiado radicalmente sin apenas darnos cuenta, y en la mayoría de los casos, sin llegar a entender del todo qué diablos es eso de lo digital.
Opiniones contrarias, ideas contrarias, mundos contrarios, extremos contrarios, música contraria, cine contrario, arte contrario (bueno, el arte siempre ha sido contrario a algo, incluso a si mismo), literatura contraria, gastronomía contraria, cante jondo contrario (lo llaman alternativo para no resultar tan borde)… ¿Y qué pasaría si hubiera alguien contrario a llevar la contraria por sistema? ¿cómo se le podría contradecir?, ¿dándole la razón? Yo, por si acaso, no estoy de acuerdo con ninguna de las posibilidades.









viernes, 2 de agosto de 2013

Tal como éramos





La mejor manera de encontrase con uno mismo es encontrase con alguien al que hace mucho tiempo que no ves, y fue muy amigo tuyo. Es como mirarte en un espejo de azogue, y digo de azogue porque la imagen reflejada parece ser de otro tiempo. Te miras ahora y lo que ves es de hace muchos años, a veces, hasta te ves virado a sepia, o incluso en blanco y negro. Esos espejos cuando se rompen, es como si rompieras con tu pasado. Yo tengo una caja, de esas antiguas de Colacao (que eran de lata), llena de trozos de espejos de azogue que he ido rompiendo a medida que me miraba en ellos. No a propósito (bueno, algunas veces he de reconocer que sí), sino porque se me caía de las manos por el susto de verme tal cómo era entonces. Lo malo, es que los espejos siguen siendo espejos aunque estén rotos, y cada uno de esos trozos me devuelve a mi pasado de forma testaruda y cruel.
Como decía al principio, que enseguida se me va el santo al cielo, la otra forma de encontrarte con el que fuiste hace tiempo, es encontrarte con un viejo amigo, y desde luego, el efecto es aún más demoledor que con el espejo de azogue. Se conocen casos de gente que se ha topado con amigos de la infancia y que han sido encontrados al día siguiente balanceando debajo de una viga. Yo no llego  al extremo del ahorcamiento, pues para empezar, llevo desde hace mucho tiempo una cápsula de cianuro (o de arsénico, ya no me acuerdo) en el hueco de una muela para casos desesperados. Espero poder utilizarla algún día antes de perder la chaveta, pues una vez que la pierdes (y sé de qué hablo), te conviertes en un despojo humano que nada tiene que ver con lo que fuiste (otra vez volvemos al principio) y lo único que haces es parar el mundo de los que tienes a tu alrededor. Yo no quiero hacer eso, de querer para algún mundo sería el mío, no el de los demás.
Bueno, el caso es que como decía, hace poco me encontré con un amigo al que no veía desde la universidad (lo que en mi caso abarca un periodo de tiempo exagerado) y tras una conversación que paulatinamente se fue convirtiendo en una declaración de principios vitales, me di cuenta de que el que fue mi gran amigo, en realidad era un tipo vulgar, ramplón, soso hasta la nausea, aburrido, sin sentido del humor y a pesar de todo, un pedante, como si un tipo así tuviera derecho de presumir de algo. El pobre. Entonces me dije: si hubo un momento en que éramos muy amigos significa que éramos iguales, y o mucho ha cambiado él, o mucho he cambiado yo, o bien… y aquí es donde se me heló la sangre: o bien,  yo ahora también soy un tipo vulgar, ramplón, soso hasta la nausea, aburrido, sin sentido del humor, probablemente un pedante, y cosas peores que ya había advertido en mi amigo, por la sencilla razón de que así he sido siempre.
Al despedirnos, mi amigo me pidió el número de mi móvil, riéndose a  mandíbula batiente sin que nadie pudiera detectar algo mínimamente gracioso, y sin parar de darme palmetazos en la espalda. Yo le di un teléfono falso y salí corriendo en dirección contraria a mi casa no fuera a seguirme.



miércoles, 24 de julio de 2013

El lado oscuro






Todos tenemos un lado oscuro, una parte de nosotros que es políticamente incorrecta, por decirlo en términos sobados. Hasta la madre Teresa de Calcuta, con lo mucho que se dice de la bondad de su obra, tenía una parte menos santa de lo que suponemos, y ahí lo dejo para no meterme en un jardín de difícil salida. Hay tipos que su lado oscuro es muy evidente (por eso digo tipos y no personas), bien porque son incapaces de disimularlo, bien porque ocupa mucho más espacio que la parte buena, que también casi todos tenemos. O tenéis, no quiero arrogarme cualidades discutibles cuando tengo otras que son objetivamente indiscutibles (no soporto la modestia de cortesía y mucho menos la falsa modestia). Además, es precisamente de mi lado oscuro de lo que quiero hablar.
Me ha pasado ya muchas veces, hablando con amigos, notar cierta incomodidad en ellos después de manifestar yo mi opinión sobre un determinado asunto de actualidad. De la incomodidad pasan a ponerme a caer de un burro. Siempre se trata de temas en los que todo el mundo se ajusta a un patrón de ideología determinada, de modo que los progresistas unánimemente llevan la contraria a los conservadores. Es muy fácil pensar sin crear un conflicto pues basta con aplicar la opinión que se espera de uno. Imposible quedar mal con tus amigos de mayor afinidad. No es mi caso, pues como ya digo, de repente la suelto y todos me miran como si me acabaran de salir cuernos. Lo que me ha salido es mi lado oscuro.
Ahora se habla muchísimo de los recortes en el acceso a la reproducción asistida pública, que deja fuera a las mujeres no unidas en matrimonio con varón. Atentos, porque ahora la voy a soltar: por lo que a mi concierne, el sistema de sanidad pública no tendría que pagar ningún tratamiento de fertilidad a ninguna mujer, sea cristiana, mahometana, casada con santo varón, santa hembra,  o disfrute de alegre soltería. Luego añado: la que quiera tener hijos siendo estéril, que se costee ella los gastos.
Una vez que digo esto, mis amigos se irritan muchísimo y se pelean para ver quién es el primero en llevarme la contraria. Cuando poco a poco se desvanecen las voces, queda una frase rebotando entre todos los asistentes, que asienten entusiasmados: todas las mujeres tienen derecho a la maternidad. Y este es precisamente el punto de desacuerdo. Yo veo clarísimo que la maternidad no es ningún derecho. La maternidad es una posibilidad, una posibilidad que la naturaleza niega a muchas mujeres, pero insisto, no es un derecho. La salud, sí es un derecho, pero no lo es ser fecundo, como tampoco lo es ser alto o fornido. Además, los derechos han de ser indiscriminados y han de tenerlo tanto los hombres como las mujeres. ¿Qué pasa con un hombre soltero que quiera ser padre? ¿Cómo ayudamos entre todos a esa pobre criatura deseosa de reproducción? Personalmente no se me ocurre ninguna. Lo mismo me pasa en el caso de que sea mujer.
Además, todo el dinero que se gasta en tratamientos de reproducción asistida podía ir a cubrir los gastos de dentista, que eso afecta a la salud, y la salud sí es un derecho indiscutible.
Este lado oscuro mío, me va a dejar sin lectoras, lo se, pero cuando me sale, me sale.



sábado, 13 de julio de 2013

Desorden





Si yo fuera una persona ordenada empezaría hablando de la entropía, pero dado que ese no es el caso, lo dejaré para el final.
Mi mesa de trabajo, mejor dicho, mis mesas de trabajo, pues tengo dos (he llegado a tener tres,  con lo cual la confusión era aún mayor), son lo que cualquier madre diría, un auténtico desastre (por cierto, ¿es que no hay madres desordenadas en este mundo?). Pero claro, es un desastre sólo a los ojos del visitante, porque yo soy capaz de encontrar cualquier cosa que esté buscando, sin ningún problema y en décimas de segundo (esto es una mentira descomunal, pero funciona porque me lo he llegado a creer tanto que no dejo de repetirlo cada vez que se presenta la ocasión).
Cuando llego a mi despacho con un nuevo documento, carpeta, libro o lo que sea, lo coloco en alguno de los estratos de cosas que necesito para mi trabajo y a partir de ese momento adquiere sus propios sistemas de locomoción, de modo que se traslada inopinadamente de un lugar a otro por propia voluntad. Me lo imagino por la noche, cuando todo el mundo está dormido, saltando de la mesa del despacho a una repisa de la biblioteca para luego colarse en algún cajón remoto. Mis gatos se lo tienen que pasar fenomenal, no me extraña que estén toda la noche sin pegar ojo. También puede suceder que aparezcan cosas que jamás he dejado allí. He llegado a encontrarme una lata de aceite de mi moto en el archivador donde guardo los papeles de hacienda.
Mi primo, que es arquitecto por cuenta propia, me contaba que era muy difícil encontrar algo en su estudio, ya que al ser muy pequeño en seguida reinaba el desorden, por lo que decidió cambiarse a otro tres veces más grande. Ahora, me decía con lágrimas en los ojos, ha renunciado a trabajar, porque al ser tan grande, tardaría años en encontrar incluso una hormigonera que pusiera.
Sí, el desorden no tiene nada que ver con la superficie sobre la que se extiende, como si fuera una estructura fractal, todo lo que pongamos sobre ella. El desorden forma parte esencial de cada uno de nosotros, o no (hay personas extremadamente ordenadas, lo que no impide que también pierdan cosas vitales), de forma que es imposible cambiar.  Es como ser alto o bajo, no se trata de algo que podamos solucionar con el propósito de la enmienda. Y es, según  la conclusión a la que llegamos mi primo y yo, un fiel reflejo de nuestro cerebro. Las personas que tenemos un barullo monumental por fuera, es porque por dentro también están mezcladas las herramientas para podar cerezos con el odio a las comidas excesivamente condimentadas, por buscar un símil que probablemente confunda más que aclare, pero los desordenados somos así. Nosotros mismos nos entendemos y sabemos donde está cada cosa.
Por cierto, paso ya de hablar de la entropía.




jueves, 4 de julio de 2013

Por costumbre







No hay nada como la costumbre para dejar de apreciar algo. Hoy día estamos acostumbrados a todo y por eso nada nos satisface, hasta nos llega a cansar ser amados (el premio Nobel Hamsun decía que los seres humanos nos hartamos del amor porque no soportamos lo que se presenta en grandes porciones). En cambio, cuando teníamos la costumbre de no tener nada o lo que es lo mismo, no teníamos nada por costumbre, todo nos llenaba de gozo. Un niño, que aún no ha tenido tiempo a acostumbrarse a nada, todo le parece fantástico y cualquier cosa le hace una ilusión enorme… hasta… hasta que se acostumbra a ella.
Ahora están sucediendo cosas que son auténticas barbaridades, pero como son tantas, ya nos hemos acostumbrado, y la inevitable consecuencia es que hemos perdido el interés en ellas.
Ya nos da igual que fulanito (omito el nombre real de fulanito porque estoy tan acostumbrado a él que le he cogido manía) haya ganado vendiendo cuadros, treinta millones que justo el doble, sesenta. Y en directo, nada de diferido.
Ahora, tenemos constancia de que somos espiados en todo lo que hacemos, nuestras conversaciones, nuestros correos, nuestros paseos, nuestras aficiones… y no nos llama la atención. El otro día escuché a Obama diciendo que todo el mundo sabe que los espías existen, como diciendo ¿dónde está la sorpresa, imbécil? y que debemos saber que los espías lo que hacen es espiar. Pues es verdad y más vale que nos acostumbremos.
Y el pobre Evo Morales, sin tener un rinconcito donde aterrizar, incluso Francia, Italia y Portugal le negaron el permiso para sobrevolar su espacio aéreo (no se lo fuera a contaminar con ponchos), por si llevaba escondido al exagente Snowden. Si no llega a parar en Canarias, se hubiera caído en el mar, digo yo. Pero claro, estamos acostumbrados a guardar las formas solo con presidentes altos, con traje impecable y sobre todo que tengan mucho poder, y Morales por muy presidente que sea, no acojona a nadie. Los hay en cambio que te dicen: como des asilo político a mi espía chivato, te vas a enterar; y todo el mundo a obedecer. Y como de costumbre, sin rechistar.
Y para terminar haciendo un bucle, que tanto me gusta, Obama, igual que Hamsun, citado al principio, también recibió el premio Nobel. Uno por su obra literaria y el otro por haber ganado unas elecciones. ¿No deberían haberle exigido algo más?