lunes, 4 de agosto de 2014

El gran vagón. Primera parte.



Dentro de la oportuna sección "relatos de verano", voy a subir un cuento que por su extensión, lo voy a dividir en tres partes.
Hoy, claro, corresponde la primera. La segunda, probablemente la suba mañana o pasado. o al otro.




EL GRAN VAGÓN. RELATO EN TRES PARTES PARA LA TERTULIA PEREZOSA.









Cuando yo era pequeño pasaba los veranos en un pequeño pueblo de la sierra de Madrid, debido, por lo visto, a que padecía una ligera dolencia en el corazón y según mi abuelo, el aire serrano me vendría de maravilla. Allí conocí al que se convirtió en mi gran camarada y compinche de mil fechorías, que también sufría cierta insuficiencia cardiaca, aunque yo creo que lo suyo era otra cosa pues muy a menudo interrumpía su respiración normal para dar paso a una extraña tos ronca y seca que le salía del fondo de la garganta.
Fuera una cosa u otra, el caso es que nuestra deficiente salud nos dio la oportunidad de hacernos amigos y compartir tardes de chicharras, caminatas por montes abruptos, excursiones al río y sobre todo nuestro gran secreto del que hablaré más adelante.
El primer verano que coincidimos Daniel y yo sirvió como toma de contacto con la naturaleza que nos rodeaba sin que hubiera grandes hazañas dignas de ser contadas. Quizá había demasiadas cosas que teníamos prohibidas y por tanto las posibilidades de pasar a la gloria por nuestras aventuras se veían muy reducidas. Sin embargo, el segundo año, y mucho más el tercero y definitivo, fue algo muy diferente, en primer lugar porque aprendimos a engañar en casa y hacíamos cosas distintas a las que confesábamos hacer y sobre todo porque nos hicimos amigos de El Cagarrutas, que nos descubrió un planeta de posibilidades.
El Cagarrutas era el hijo del matarife del pueblo. Era un chaval despierto, de mirada inteligente, y tan desgarbado en todos sus movimientos que parecía mucho más alto de lo que realmente era. Si hubiera nacido en la ciudad sería delgado, pero como nació en un pueblo, era enjuto. Tenía el pelo como una oveja, acaracolado, increíblemente apretado y permanentemente sucio. Su verdadero nombre era Sisebuto (que también se las trae) y todo el mundo le llamaba El Cagarrutas, porque ese era el apodo de su padre el matarife y que antes también lo fue de su abuelo. Vaya herencia. 
MI casa lindaba con la de Daniel, compartiendo tapia, y estaban a las afueras del pueblo en una especie de colonia para veraneantes. El Cagarrutas vivía en una callejuela, también a las afueras del pueblo pero al otro lado, yendo hacia el río, que era por donde entraba el ganado y por eso las calles estaban permanentemente cagadas por las vacas. 
El Cagarrutas nos enseñó algo que hacer con esas plastas, realmente divertido. Consistía en coger una buena cagada, reciente a poder ser, lo cual no era ningún problema, y envolverla en unos papeles de periódico. Después, con sumo cuidado transportábamos el paquete hasta colocarlo justo delante de la puerta de alguna casa. A continuación prendíamos fuego al envoltorio hecho con el periódico y llamábamos insistentemente al timbre. El siguiente paso era salir corriendo a escondernos y ver cómo salía la señora de la casa que al ver el pequeño incendio trataba de apagarlo a base de dar vigorosos pisotones a lo que ella creía que eran sólo papeles. Nosotros en nuestros escondites teníamos que taparnos la boca los unos a los otros con fuerza para no reventar de risa y ser descubiertos por la enfurecida señora que gritaba auténticas barbaridades.
La afición que mostraba el Cagarrutas por esa broma encajaba perfectamente con su apodo, por lo que de alguna forma, parecía estar destinado. Ignoro si la gamberrada también se la transmitían de padres a hijos.
El Cagarrutas, Daniel y yo formábamos un grupo preparado para sacar todo el partido a la vida. Aprovechábamos cualquier oportunidad para disfrutar y eso era algo con lo que no siempre estaban de acuerdo nuestros respectivos progenitores.
De todos los lugares que ofrecía aquel pueblo para pasarlo bien, el que más nos atraía a todos, incluso al Cagarrutas que estaba más habituado, era la estación y sus alrededores. Ir allí a jugar era nuestro gran secreto pues lo teníamos completamente prohibido. Los padres de Daniel y los míos pensaban que podía ser peligroso juntar trenes y niños y no andaban desencaminados pues la mayor parte de nuestros juegos tenían como elemento principal algún tren a toda velocidad. 


CONTINUARÁ MAÑANA. POR QUÉ LO DIVIDO EN TRES PARTES ES ALGO QUE SOLO SE PUEDE ATRIBUIR, POR UN LADO, A MI INCLINACIÓN PERMANENTE POR CREAR INTERÉS,Y POR OTRO, A TRATAR DE NO ABURRIR, QUE VIENE A SER LO MISMO. DE ESTE MODO, QUIEN ESTÉ INTERESADO, LO SEGUIRÁ, Y QUIÉN NO, SE VERÁ LIBERADO DE CONTINUAR LEYENDO MUCHO ANTES DE QUE ÉL MISMO SE DE CUENTA.




sábado, 26 de julio de 2014

¿Quién era yo?








Primero murió mi madre y luego mi gato. Después mi empresa tuvo que cerrar. Todo esto sucedió en menos de una semana de modo que cuando lloraba, no sabía si era porque había perdido a mi madre, a mi gato, o porque estaba en el paro. Al poco tiempo me abandonó mi mujer, quizá porque con tanto llanto yo había dejado de ser el hombre que antes era. Entonces me fui a vivir a un pueblo lejano y pequeño en el que nunca antes había estado, sencillamente porque tenía casas en alquiler muy baratas y allí la vida, en general, supuse que también estaría más acorde con mi nueva economía.
Al poco tiempo me di cuenta de que la panadera, además de vender unas hogazas estupendas, de esas de pueblo de toda la vida, olía a magdalenas recién horneadas, y eso, desde que yo era muy pequeño siempre me ha resultado irresistible, de tal modo que inicié un romance con ella. Yo no tengo hijos, pero ella para compensar mi carencia tenía tres. Nos fuimos a vivir juntos. Ahora el que huele a magdalenas recién horneadas soy yo, con lo que soy doblemente feliz. Todo esto ha ocurrido en menos de cinco meses y tengo la sensación de que llevo toda mi vida en este pueblo, casado con la panadera y con tres hijos, que son hijas, estupendos.
La persona que fui ya no existe, quizá jamás existió y todo ha sido una ilusión mía. Probablemente tampoco han existido nunca ni mi madre, ni mi gato ni mi empresa. Mi mujer, en cambio, sé que sí ha existido y que sigue existiendo porque de vez en cuando me llega alguna carta de su abogado para que firme cosas que yo sin discutir firmo. Total, ¿qué más me da?
Ahora mi única preocupación es la tahona, el fuego del horno y que suba la masa en el momento indicado. Mis tres hijas cada día están más guapas y su madre cada vez huele mejor. La felicidad es plena.
Me apena saber que en cualquier momento yo puedo dejar de existir y conmigo, todo lo demás. O quizá, al revés.





viernes, 18 de julio de 2014

Relato de verano 2










El gato permanecía quieto sin decir nada a pesar de que era de ese tipo de gatos que no se callan fácilmente. Nunca se había encontrado en una situación como aquella. De repente todo adquirió un tono diferente y el universo entero se transformó. En la cocina, la criada seguía muda por el espanto y el policía se mantenía circunspecto y callado como el mismo gato. Llamaron a la puerta.

Año y medio no es mucho, pero es el tiempo suficiente para coger cariño a un jefe si éste se lo ha sabido ganar. Desde que vino de Sosúa, su pueblo natal en la República Dominicana, Nelsa había trabajado en tres casas diferentes y en la que más a gusto se encontraba era en la última. El trabajo no era excesivo, tenía más tiempo libre y como inconveniente sólo cabía destacar la presencia de un horrible gato que se subía por todas partes llenando todo de pelos. Lo malo era que una vez encaramado a donde fuera, optaba o bien por maullar de forma insistente, o aún peor, defecar mefíticas bolas de mierda reconcentrada. Afortunadamente para todos, esta última opción era menos frecuente, por lo que a su amo, no parecía preocuparte mucho mientras fuera Nelsa la encargada de limpiar lo que debería estar, según las reglas establecidas, en un cajón lleno de arena.
Nelsa siempre pensó que el amo del gato y señor de la casa, en el fondo estaba un pelín trastornado, pero mientras fuera buena persona, lo demás no tenía que importarle.

Su mejor amigo, que además era psiquiatra, sabía que estaba atravesando una crisis, y se alarmó al ver un coche de policía a la puerta de la casa cuando fue a visitarlo.

Era agosto, hacia mucho calor, y al día siguiente se suponía que empezaban sus vacaciones. Qué mala suerte, se dijo a si mismo, mientras tomaba nota de todo el desaguisado que había en la cocina. Mandó al fotógrafo que tomara un par de instantáneas más desde fuera de la casa y también del jardín, donde aparentemente, todo estaba en orden. De forma profesional buscó alguna pista oculta a los ojos de los profanos. Su mirada se cruzó con la de la criada, una mulatita que estaba la mar de buena, pensó para si. El gato, enorme, parecía estar de acuerdo.

Un par de horas antes, cuando todo empezó, entró en la cocina con el ánimo por los suelos. Como todas las mañanas estaba retrasando todo lo que podía el momento de ponerse a trabajar, y no es que no le gustara escribir novelas de misterio, que además se las pagaban generosamente, es que su naturaleza era incompatible con el esfuerzo a quema ropa. Pero en esta ocasión además, notaba la presión de un problema irresoluble.

Entró su gato, al que llamaba Tetris por la facilidad con que se metía en cualquier hueco, y enseguida notó, con esa perspicacia que solo tienen los gatos, que algo extraño pasaba.
Se preparó para lo peor; esta vez poco más podía hacer.

Cuando oyó la detonación se subió a la cortina. Tenía que maullar.





viernes, 4 de julio de 2014

relato de verano 1







Cada día que pasa noto cómo voy perdiendo memoria y aunque esto es algo que todo el mundo puede decir a poco sincero que sea, estoy convencida de que no a todo el mundo le pasa de la misma forma que a mí. El otro día me ocurrió un suceso que aún no sé cómo afrontarlo. Yo trabajo en una compañía aérea como azafata, ya saben, repartiendo sonrisas y cocacolas por igual a gente que en general no se merece ni una cosa ni la otra. Pues bien, estaba yo en plena tarea cuando de repente me di cuenta de que no sabía cuál era el destino del avión. Esto es algo que me sucede bastante a menudo, pues vuelo con demasiada frecuencia y es normal que confunda los sitios a los que voy, pero tarde o temprano, siempre vuelve a mi mente la programación completa sin demasiados problemas. Sin embargo, el otro día por más que me esforzaba, seguía sin saber a qué ciudad nos dirigíamos. De la forma más natural se lo pregunté a mi compañera, según repartíamos naranjada a diestro y siniestro.
    -Oye, Cristina, ¿adonde vamos hoy?
    -¿Estás de broma? vamos a…. ¡coño!, ¿adónde vamos que no me acuerdo?
Mi compañera y yo estuvimos intentando recordar el lugar al que iba el avión sin conseguir ni la más remota pista.
    -Vamos a ver, ¿tú qué has metido en la maleta, bikinis o anoraks? Lo digo para centrar un poco el tiro.
   -Pues, ¿me puedes creer que no sé siquiera si me he traído la maleta?
 Con cierto rubor se lo preguntamos a otros compañeros que después de exclamar  según lo exquisito de su sentido del humor lo taradas que estábamos, se sorprendieron de que tampoco ellos recordaran nada. La pregunta se fue extendiendo y al final ninguno de los quince tripulantes de cabina que íbamos en aquel vuelo tenía la menor idea de nuestro destino. Con muchísimo tiento empezamos a preguntar al pasaje de la forma más disimulada de la que éramos capaces.
    -¿Qué, un poquito más de café? porque al sitio que vamos, lo mismo no es fácil tomarse uno tan bueno como este, ¿verdad?
    -Sí por favor, un poquito más … por cierto le va a extrañar mi pregunta, pero ¿me puede decir a donde vamos?
Sondeamos a la totalidad del pasaje de discretísima forma sin que nadie fuera capaz de decirnos nada. Al final, conseguimos convencer al sobrecargo para que se lo preguntara al comandante. Yo me ofrecí a acompañarle en la misión. Con cautela entramos  en la cabina de los pilotos a los que encontramos inmersos en sus tareas, sumergidos en mapas y hablando entre ellos en tono preocupado. Era evidente que ninguno de los tres sabía ni remotamente adonde iba el avión.
Finalmente aterrizó en una ciudad que creo que es la mía pero no estoy demasiado segura. Llegué a mi casa, o eso es lo que creo, besé amorosamente a mi marido, supongo, y desde entonces vivo con la sensación de que estoy algo perdida.

   




viernes, 27 de junio de 2014

Eficiencia ineficaz










Siempre he tenido la sospecha de que tanta obsesión en pos de la eficiencia no puede ser nada bueno. El perfeccionismo llevado a un extremo, la búsqueda de lo inmejorable, el devanamiento de la sesera hasta la extenuación persiguiendo lo sublime, el no conformarse con nada que no roce lo excelso…, todo esto es la consecuencia de un mundo pretendido impuesto por las grandes corporaciones y por las empresas dueñas de todo. Son ideas que pertenecen a consignas más que a necesidades intelectuales, es un afán competitivo llevado a un extremo de paranoia y como toda paranoia, no puede traer nada bueno. En Samsung, por ejemplo, tienen la obligación de crecer anualmente un mínimo marcado por sus amos, y si no se cumple, alguien lo paga con su puesto de trabajo. Este mandato conduce a la infelicidad, a la injusticia muy probablemente, a trabajar más horas y con mayor presión y, en definitiva, a una peor forma de estar en este mundo.
Vivimos en un universo lleno de imperfecciones, y nosotros nos empeñamos en buscar la perfección. Ni siquiera la constante de gravitación universal es realmente constante y el indispensable número “pi”, es un número irracional, que con eso está dicho todo, pero por si no fuera suficiente, diré que las cifras de sus decimales siguen y siguen sin ningún patrón hasta el infinito y aunque calculemos un millón de decimales no encontraremos ninguna pauta entre ellos. Buscamos pretenciosamente una rectitud que no existe, pues también la línea recta, a la larga, se acaba curvando, pues así es nuestro universo, deformado por su propia masa. Admitámoslo de una vez, vivimos en un espacio deforme y cualquier intento de crear la perfección acabará en un clamoroso  fracaso. Pero evitable.
Todas estas reflexiones las he recuperado de mi armario de trastos inservibles después de leer al economista Robert Reich que en un momento dado dice que Amazon es una empresa modelo. Es un clarísimo ejemplo de eficiencia donde todo está robotizado, digitalizado, sincronizado, optimizado, computerizado y como resultado de todos estos desvelos, ha facturado 75.000 millones de dólares el último año. El beneficio por acción en 2013 ha sido de más de medio dólar (aunque en 2012, tuvo una pérdida de 0,09$),  y tiene a 60.000 personas trabajando. Y ahora viene lo bueno. Resulta que una empresa con esos datos, debería dar trabajo, según sus cálculos a seiscientasmil personas, de modo que la búsqueda de la eficiencia, en este caso ha traído como consecuencia que trabajen la décima parte de personas que podrían haber trabajado. Ahora se me ocurre pensar, que si todas las empresas hacen algo similar para ser las más eficientes (si se reducen las plantillas y se exigen mayores resultados, aumenta la eficiencia), no quedará nadie que pueda comprar sus productos, por lo que estas grandes compañías perecerán aplastadas por su propia e inigualable eficiencia.
Ya lo sabíamos: nobody is perfect.






sábado, 21 de junio de 2014

Una de salmón






Siempre que me quiero deprimir (en mi caso las depresiones son voluntarias como medida para frenar tanta felicidad), pienso en los salmones. El salmón es un animal que goza de todas mis simpatías, o de casi todas, que tampoco quiero exagerar. Me gusta de él, lo andorrero que es, que no para quieto: nace en la parte más alta de los ríos, luego, tras dos años de infancia, si consigue que nadie se lo coma, se va nada menos que hasta el mar, y finalmente, como si de repente se acordara de algo de suma importancia que se dejó al salir de la guardería, vuelve al mismo lugar donde nació. Esto dicho así parece cualquier cosa, pero tiene un mérito enorme, pues en su regreso al lugar donde nació tiene que superar obstáculos impresionantes. Para empezar, a los osos, que no es cualquier tontería, luego a las águilas, y por supuesto al propio cansancio de remontar contra corriente (no hay otra forma de remontar) ríos muy caudalosos, a veces dando saltos de hasta 3,7 metros de altura. Por añadir un mérito más a su deportiva existencia, recorre 6,5 kilómetros diarios cuesta arriba, y yo, que soy montañero de altura, sé de qué estamos hablando. Encima, él lo hace sin porteadores.
Hay varios tipos de salmones (los del atlántico tienen una vida menos azarosa), pero al que yo me refiero, el del Pacífico, es tal cual lo he contado. Llegado este punto, podemos hacernos la siguiente pregunta: ¿y por qué pienso en los salmones cuando busco deprimirme? Por lo que he contado de su existencia, está claro que llevan una vida llena de emociones, rodeados de paisajes fantásticos, en entornos naturales lejos de las aglomeraciones urbanas, y saltando de acá par allá, ¿qué tiene todo eso de deprimente? (podemos comparar esa vida con la del escarabajo pelotero, más apacible, menos riesgos, sí, pero siempre acarreando mierda). Pues tiene  de deprimente, que este animalito, que además está riquísimo, al final de sus días presenta un aspecto lamentable, que hasta da un poco de asco verlo. De repente se le pone el pico ganchudo, le sale joroba en el dorso, y sus colores siempre discretos, cambian a unos ronchones colorados, síntoma clarísimo de mala circulación o de abusar del orujo, no sé. Además, en sus últimos momentos, ya va el pobre como si tuviera la cadera rota, a trompicones, despacito y de lado, por no decir que  va de culo. Es, junto al hombre, el animal al que más se le nota la vejez.
Pues eso, para deprimirse.





viernes, 13 de junio de 2014

¡Vaya pelotas!






El fútbol es un deporte que a mí, por lo menos, me tiene fascinado. Fascinado en el sentido de dejarme estupefacto, que no lo entiendo, vamos. No entiendo su adicción social. Todas las semanas, hay dos o tres días en que la totalidad de las emisoras de radio (en España, al menos) están dedicadas a transmitir partidos de fútbol, que en el 98% de los casos, ignoro qué equipos juegan. Esta invasión exagerada tiene el efecto, en mi caso, de resultarme, por abusiva intromisión, un deporte insoportable. Y es una pena, porque no lo es. Es un deporte que en el caso de tener una preferencia clara para que gane uno de los dos contendientes, puede resultar muy excitante. Yo he mirado este invierno, creo que unos tres partidos, que me han mantenido atrapado en el sillón, sufriendo y disfrutando, según el pelotón estuviera en un bando o en otro, y lo he pasado en grande, como cualquier otro aficionado, supongo. Es decir, que el fútbol en si, está bien, lo que no está bien es su abuso. Y ahora viene una temporada de no parar, y la temo.
Ya hay tres himnos oficiales del mundial (lo cual tiene la ventaja de repartir el hastío), espacios diarios para hablar de lo que está pasando en Brasil, anuncios con el mundial de protagonista, promociones, ofertas de televisiones, camisetas y advertencias de que comprar la que no es oficial, es delito también para el comprador (manda pelotas, y yo qué sé si me están vendiendo la buena), y por supuesto, polémicas. Parece que el pueblo brasileño no tiene muy claro eso de gastarse una animalada de dinero en estadios, infraestructuras despejadas y trenes, y pide que se atiendan antes otras necesidades más acuciantes. Para evitar que las protestas vayan más lejos, las calles de las ciudades donde se celebran los encuentros están tomadas por la policía. No quiero ni pensar, qué puede pasar si la selección brasileña es eliminada en la primera fase. Entonces, ya no habrá nada que detenga a los que no aceptan los fastos, pues ni siquiera podrán disfrutar de la emoción de ver a su país metiendo goles.
Aquí, tenemos nuestra particular guerra con las primas que se van a llevar los jugadores por participar. Según vayan pasando de fase, van cobrando más pasta (la primera son 60.000 € y la victoria final, 720.000€). Es una barbaridad,  y esta es otra de las particularidades del fútbol que me tiene fascinado: el dinero que ganan, y el dinero que deben. Por lo visto no hay club en España que tenga sus cuentas en paz con hacienda, y los que más dinero deben (mucho), son los que más dinero reparten a sus jugadores. Tampoco entiendo que se les permita seguir debiendo tanta pasta a las arcas públicas mientras se pagan esas primas y esos fichajes. Ignoro si eso también sucede en otros países.
El fútbol es capaz de unir a los pueblos, y los une tanto que hasta puede conseguir que renuncien a su independencia (cualquier adiccióun esclaviza, queridos niños). Según he leído, la noticia de que el Barsa dejara de jugar en la liga española, en caso de la independencia de Cataluña, junto a que Francia ha dicho que no va a aceptar que juegue en la suya, ha creado más desafectos a las ridículas pretensiones de Mas que cualquier razonamiento bien argumentado. Lo que la razón y el sentido común, no pueden conseguir, la perspectiva de quedarse sin el “clásico” arrasa.

Sí, el fútbol me tiene fascinado.

Por cierto, si queréis que parte de las primas de los jugadores vayan a parar a comedores escolares, en caso de que ganen, podéis intentarlo firmando  AQUÏ.




jueves, 5 de junio de 2014

Gin&tonic








Me acuerdo de cuando yo bebía gin-tonic. En realidad yo bebía casi todo, pero más que nada gin-tonic, y he de decir que dejé de beberlo porque llegó un momento en que me cansé de repetir siempre mis exigencias, que casi nunca eran atendidas, y siempre me miraban como a un bicho raro al solicitarlas. En aquella época gloriosa era una lucha perdida cualquier intento de disfrutar de ese combinado mágico. Supongo que también sucedería algo parecido con su hermano de taberna, el cuba libre, pero dado que en mi vida lo he probado, me trae sin cuidado lo que hicieran con él.
Me cabe el honor de ser de las primeras personas en exigir que me sirvieran el gin-tonic en una copa, no en esos ridículos vasos de tubo diseñados para no se qué, pero desde luego, no para beber un combinado. Primero, porque no cabe en sus proporciones canónicas (siempre quedaba la mitad de la tónica dentro de su botella), luego porque es tan estrecho que la nariz está excluida en un momento tan sumamente delicado como es el de saborear, y por si todo eso fuera poco, para rematar su inutilidad para el trasiego de una bebida fría, la única forma de sujetarlo es poniendo la manaza, siempre caliente, a su alrededor.  Pero ese era el vaso que siempre te ponían al pedir un gin-tonic, independientemente de la categoría del establecimiento. La diferencia es que en los de mayor fuste, sí tenían copa de balón cuando la solicitabas.  Claro, que aún con copa de balón, el gin-tonic seguía siendo una porquería. ¿Por qué? porque la tónica la ponían caliente, jamás estaba fría, con el efecto de que nada más servirla, la mitad del hielo se convertía en agua y el resultado era que te bebías un gin-water-tonic. Pero yo, una vez más, precursor, exigía la tónica fría, y aquí sí que siempre, siempre, incluso en el Ritz, me topaba con un muro imposible de sortear. La reacción era invariable a mi pregunta de si podían ponerme la tónica fría: el camarero, con un destello de superioridad en la mirada, me respondía como si me estuviera revelando el misterio más insondable del universo: “no se preocupe, le pongo más hielo”.
Así es como yo dejé de tomar gin-tonic. Ahora también dejaría de tomarlo, pero por todo lo contrario. Digo yo que entre la mierda que había antes, y el vaso de macedonia que te ponen ahora, tiene que haber un punto intermedio. Resulta que el gin-tonic está de moda, y las cosas que están de moda, no sé que tienen, pero acaban infectadas de estupidez y eso me produce casi tanto rechazo como el vaso de tubo.
¿Quién me iba a decir a mí, después de tantas peleas mantenidas con diferentes camareros, que aún había una forma de tomar un gin-tonic que me iba a resultar más irritante que la acostumbrada?
Afortunadamente, ahora bebo tal cantidad de vino en la cena, que el gin-tonic es completamente innecesario para acabar una buena velada. Si acaso, una infusión, que tampoco. Precisamente el otro día estaba con mi vecino en un bar de supermoda oye, y el pobre infeliz se pidió un gin-tonic. Mi sorpresa (él estaba acostumbrado) es que traía una bolsita de infusión que tintaba de colorines la mar de vistosos la bebida arrebatándole su sobria presentación y yo diría que su dignidad. Ufano, me dijo: ahora, lo que se lleva es poner los botánicos en bolsa de infusión.
No entiendo qué hago con mi vecino tomando copas, la culpa es mía.
Así es mucho más cool, me dijo para rematar la faena.






jueves, 29 de mayo de 2014

Feria del libro de Madrid









Todos los años por estas fechas me pasa lo mismo: se me parte el corazón. La culpa la tiene la feria del libro, que me produce sentimientos contradictorios, con el resultado de que no voy.  Me gustan los libros pero no me gustan las ferias. Será porque a las ferias va mucha gente, demasiada. Para mí, buscar, rebuscar, hojear, mirar y toquetear libros, requiere cierto aislamiento, es un placer íntimo que es más placer cuanto más íntimo. Incluso agradezco el silencio. Por eso me gusta meterme en las librerías cuando menos público hay, es entonces cuando más disfruto. Y la feria del libro del Retiro, en Madrid, es precisamente todo lo contrario, tanto que hacer lo mismo delante de tanta gente me parece hasta un poco obsceno, si seré rarito.
Curiosamente, esto no me ocurre con la feria del libro antiguo del Paseo de Recoletos.  Todos los años voy, por lo menos una vez. También es cierto que acudo movido por un afán de coleccionista, y para satisfacerlo, nada mejor que las ferias. Hago colección de libros científicos y técnicos, cuánto más antiguos, mejor, y más caros, claro, pero eso es harina de otro costal.
Y según digo esto, me pregunto cómo serán las ferias del libro dentro de unos cuantos años, y me respondo que todas las ferias serán ya, del libro antiguo, por lo que entonces no me perderé ninguna. No me imagino, más que nada porque no tiene sentido, una feria de eBooks. 
Sí, eso es a lo que vamos, nos guste o no. Sin darnos cuenta, de una manera sutil, casi oculta,  nos estamos digitalizando en todo lo que hacemos. Alguien nos está digitalizando. Incluso nosotros mismos, nuestros cuerpos me refiero, también se están digitalizando. Nos estamos reduciendo a ceros y unos, que es la mínima expresión de todo.  Yo cada vez veo más ceros andando por la calle, y de vez en cuando, algún uno que destaca entre tanta nadez. Mucha gente está aún en proceso y los hay que se les ve claramente que van camino de acabar siendo orondos ceros, y otros, los menos, en estirados unos.
El que no me crea que se pase por la feria del libro del retiro de Madrid uno de estos días, a ver si no.


Y ya que estamos de feria, yo también voy a vender mi novela, El Ladrón de Nubes. Arriba a la derecha, podéis ver el libro y si pincháis encima, ¡zas!, lo podéis comprar.  Sin hacer colas ni aguantar aglomeraciones. No se puede pedir más. De hecho, aunque sea una tontería, ahora mismo yo me voy a comprar un par de ejemplares, a ver si quedan.




miércoles, 21 de mayo de 2014

Europa y no sé qué






El día 24 son las elecciones a no sé qué de Europa. No, perdón, ese día es el partido entre el Real Madrid y el Atlético de Madrid para disputar la copa de la Champions (vaya nombre hortera para una copa), donde los “hastags” (este nombre es aún peor) para apoyar a cada equipo son #HalaMadrid o #AupaAtleti. Se juega en el estadio Da Luz en Lisboa y el Cholo Simeonoe se las verá con Ancelotti, cada uno con su alineación, cuyas bajas ya conoce todo el mundo y yo desde luego no voy a repetir. Además, nuestro presidente (me refiero al del país, no al del equipo) irá, porque según él, es parte de su trabajo.
Un momento, un momento, gritará un exaltado, ¿cómo que es parte del trabajo del presidente (del país) ir a la final entre dos equipos en un partido que no es ni de la Copa del Rey, ni de la Liga Española?  Si fuera la selección podría llegar a entender que fuera parte de su trabajo, pero así, de ninguna manera… ¿iría también si la final se jugara entre El Logroñés y El Numancia? Hombre claro, el trabajo es el trabajo. Ya.
Entonces, si el partido es el 24, las elecciones a no sé qué son el 25. Tenemos que votar, eso está claro, pero lo que no está nada claro es para qué. ¿Cuáles son los programas que presenta cada partido? Y  no solo los nuestros, sino los de los otros países europeos para ver si podemos hacer algo para equilibrar. ¿De estas elecciones qué va a salir y qué consecuencias va a tener? ¿Tendrán incidencia en el terreno legislativo? Por ejemplo, ¿existe la posibilidad de que no prospere la reforma del aborto por anticuada, machista  y meapilas, y no ser aceptable en una Europa moderna? Más preguntas: ¿Cuáles serán sus consecuencias en los grandes acuerdos comerciales? ¿Será determinante para decidir el presupuesto de la Unión Europea? ¿Nos darán pasta (esta pregunta tarde o temprano tenía que salir, además, formulada así) para, por ejemplo,  apoyar los derechos de la mujer, aunque gane Cañete y olé?
En fin, que de la misma forma que lo del fútbol está clarísimo, que hasta yo, que no me interesa lo más mínimo conozco cada detalle, de esto de las elecciones a no sé qué, no pillo una.
Bueno, sí, solo tengo una cosa clara, muy clara después de escuchar el otro día lo único que parece ser interesante de las elecciones a no sé qué: hay que impedir que ese babuino gane por la sencilla rezón de que sería una vergüenza para todos los españoles ver que su representante al Parlamento Europeo es semejante mandril. Sí, ya sé que es el mejor y que su superioridad intelectual está fuera de toda duda y que cuenta con el voto de todas las mujeres, sumisas, eso sí, de su partido que parece que ninguna se sienta aludida. Todo eso es cierto, pero aún así, preferiría que no saliera de su pueblo. Estrasburgo le queda lejos y muy grande.
Por cierto, no puedo evitar que mi alma de publicitario aflore de vez en cuando regalando bonitos eslóganes, claims o titulares de campaña, así que le brindo el siguiente al PP que espero sepa aprovecharlo:

¡EUROPA, CAÑETE Y OLÉ!

Última hora: parece ser que cañete y olé ha pedido rápidamente disculpas por sus declaraciones de hace 6 días, y según una mujer intelectualmente superior como él, ha dicho que sigue siendo el mejor y que pedir disculpas le honra. La mujer es Ana Botella.


Artiblog relacionado: La Fraternidad de Babel 



miércoles, 14 de mayo de 2014

Vida inteligente








El ordenador de muñeca revisó la composición del aire, como hacía cada diecisiete segundos, y en esta ocasión recomendó con un lacónico mensaje de voz el uso de la máscara AD (antidead). PedroH21 hizo caso y se la puso inmediatamente, satisfecho de haber mandado que la revisaran hacía apenas una semana, pues aunque nunca pasara nada, últimamente las autoridades estaban advirtiendo de que los niveles de SPPCT (sustancias peligrosas para casi todo), estaban subiendo de forma alarmante en la ciudad donde PedroH21 vivía.
Tenía un trabajo estupendo en una de las plantas recicladoras y aunque no tuviera vacaciones en todo el año, apenas llegaban a las diez horas diarias la duración de su jornada laboral. En realidad, el hecho de tener trabajo era ya una gran suerte de la que tan solo una parte muy pequeña de la población podía disfrutar.  Había terminado sus estudios con unas notas brillantes, y aunque el esfuerzo había sido enorme, la recompensa era aún mayor. Hizo una carrera que en realidad no le interesaba en absoluto, más bien le desagradaba,  pero era la que le habían recomendado cinco años antes en el Instituto para la Colocación, y todo el mundo sabe que lo que te recomienda el IC, es lo que hay que hacer sin plantearte otras opciones.
PedroH21 cogió su vehículo, un viejo autodeslizante de hacía un par de temporadas, pero aún en buen estado, y se dirigió a su nicho en una de las mejores zonas de la ciudad. Tenía casi seis metros cúbicos de espacio, y daba a una de las calles más frecuentadas, con vistas a un edificio de nichos totalmente moderno que apenas hacía ruido por la noche, con lo que había veces que podía dormir sin necesidad de tomarse un par de pastillas de OPM (estas siglas corresponden a complicadísimas sustancias químicas, sintetizadas en prestigiosos laboratorios, que permiten mantenerse con vida en ambientes en los cuales tal cosa es una remota posibilidad, y además, conciliar el sueño cuando todo tipo de frecuencias conocidas y desconocidas andan revoloteando a tu alrededor). Una vez que llegó pudo descansar con toda comodidad después de darse un buen homenaje en la cena a base de dos tabletas de la conocida Foodgreen, la mejor marca de ECPNMD (elementos comestibles para no morirse desnutrido). Después, enchufó su ordenador de pulsera en la salida de TSS (telesueños sintéticos), y antes de dormirse pensó en la suerte que tenía por pertenecer a la especie animal más inteligente del planeta. En realidad, era la única que quedaba.



                                                                          FIN 




martes, 13 de mayo de 2014

injurias y desavenencias








Ayer asesinaron a tiros a la que fue, entre otros importantes cargos, presidenta de la Diputación de León, Isabel Carrasco. Dios la tenga donde se merezca, que para eso es dios y por tanto infinitamente justo. Yo, sin ser tan justo, lamento que alguien esté tan ofuscado, cabreado, indignado, encolerizado, enajenado, decepcionado, perturbado, etcetereado, como para pegar cuatro tiros a otra persona. Es terrible y jamás debería haber ocurrido. Todo parece indicar que la víctima tenía muchos enemigos, no solo los que fueron sus verdugos, y por tanto, a la hora de su muerte no todo el mundo la ha llorado de la misma manera. Incluso habrá personas que se han llevado una alegría y esto, aunque sea abominable,  es algo con lo que un personaje que se dedica a la política debe contar y nadie debe escandalizarse porque así suceda; no es el primer caso en que alguien celebra que la espiche el poderoso que te ha hecho la vida imposible. Es humano y comprensible, no todo va a ser “era una bellísima persona que supo granjearse la simpatía y cariño de cuantos le conocieron”, fórmula políticamente correcta, usada y abusada en cada entierro.
Esto, que resulta evidente para todo el mundo, no lo admite el ministro del interior, Fernández Diaz, que ha dado orden (madre mía, si es que da hasta miedo) a la policía y la guardia civil para que investigue y, en su caso, lleve ante la justicia las decenas de mensajes injuriosos que se propagan por las redes sociales, sobre la muerte de su presidenta en León. Lo voy a repetir: el ministro ordena investigar los mensajes de Twiter por si hay delito. Caramba, yo creo que aquí el ministro, una vez más se ha excedido en su pretensión de limitar la libertad de expresión, la libertad de sentimientos y la libertad de que cada cual lamente o se alegre de la muerte de quien le venga en gana. ¿También habrá puesto micrófonos ocultos en el entierro para detectar desafectos a Carrasco? Ya puestos, también vale. 
Una concejala de Vilagarcia de Arousa, escribió en Face Book: “no voy a comentar pero quien siembra vientos recoge tempestades”. Su partido, el PSOE, le exigió la dimisión inmediata por su comentario, y ella ha aceptado la decisión y ya ha entregado el acta. Además ha pedido disculpas públicamente, también a través de la radio; ha pedido disculpas a la familia de Carrasco, al PP y al PSOE. Ahora le queda lo peor: la condena de nuestro opusiano ministro del interior, a cuyos ojos espero que jamás llegue este blog, porque algo encontrará para empurarme también a mi.

Y otra cuestión importante, quizá la más importante de todas: exijo que esta orden de rastrear las redes sociales se mantenga, como mínimo, hasta que yo me muera. ¿O  a caso, el ministro vería con buenos ojos que a mi muerte todo el mundo al que le caigo mal me pusiera a parir? Si a Isabel Carrasco se le garantizan comentarios elogiosos de su persona y obra, no veo por qué no hemos de tener el mismo derecho el resto de españoles. Solo se muere una vez.



NOTA ACLARATORIA: este artiblog lo he escrito a raíz de haber leído la noticia de que el ministro del interior había puesto a la policía y guardia civil a buscar en Twitter y Facebook comentarios que fueran injuriosos sobre Isabel Carrasco, lo cual me sigue pareciendo una medida desafortunada. No obstante, he de decir que no había leído ninguno de los comentarios que se han escrito; ahora, por curiosidad, he estado leyendo algunas de las cosas que aparecen y he de decir que son simplemente impresentables y de una gran bajeza moral. Nadie debería escribir cosas así y menos de forma anónima. No tienen defensa de ningún tipo: una cosa es declararse enemigo y otra las barbaridades que aparecen.

para más de lo mismo, ver: La Virgen censura Twitter