jueves, 1 de mayo de 2014

Mis personajes famosos- 1








Carlos Peralta, poeta, profesor de latín, coleccionista de sellos y alguna otra cosa igual de inútil que no recuerdo, cuando se emborrachaba, lo cual sucedía con notable frecuencia, se convertía en una auténtica bestia. Podía despedazar con sus manos a quién se pusiera por delante, solo necesitaba, además de la ayuda del alcohol, una razón que le moviera a la acción. La única razón que existía era no caerle bien.
No soportaba a cierto tipo de personas: Aduladores, banqueros, soldados (especialmente paracaidistas), periodistas (especialmente deportivos), mentirosos, timadores, aprovechados, pederastas, curas (los curas pederastas se llevaban doble paliza), fanáticos del futbol, y sobre todo, por encima de todos los grupos anteriormente mencionados, no toleraba a los admiradores de Arturo Pérez Reverte. Es que Arturo Pérez Reverte me pone enfermo, sentenciaba sin separar los dientes, antes de liarse a mamporros con el desdichado que aseguraba haber disfrutado leyendo Alatriste.
En una ocasión en que estaba compartiendo unas botellas de vino con otros parroquianos y la influencia del alcohol ya era evidente, entró en el establecimiento el mismísimo Arturo Pérez Reverte. Todas las conversaciones se fueron apagando según la gente se iba dando cuenta de quién era el visitante y el camarero corrió a parapetarse detrás de la barra. Todo el mundo, como si fuera una película del oeste, se echó a un lado dejando un enorme pasillo de silencioso vacío entre Arturo Pérez Reverte y el poeta Carlos Peralta. Lentamente, el poeta se dio la vuelta sabiendo que algo iba a pasar. Las dos miradas se cruzaron, una asesina y la otra con incierta placidez. Se acercaron silenciosamente estudiando cada uno los movimientos del otro.
El poeta, profesor, coleccionista de sellos, y por cierto, también jugador de ajedrez, volvió a girar sobre si mismo, dando la espalda al autor de tantos libros de éxito. Cogió su vaso de vino y lo apuró sin prisas. Después cayó de rodillas, aún con el vaso en la mano, sobre un charco de la sangre que manaba de sus pulmones. Detrás, Arturo Pérez Reverte, mantenía con firmeza una pistola humeante. La guardó en su espalda, entre el cinturón y el pantalón, y sin prisas salió del local.
Poco a poco la gente se fue arremolinando alrededor del cadáver del poeta sin poder hacer ya nada por él.
Realmente se llevaban mal, dijo el camarero y cogió el teléfono para llamar a la policía.





9 comentarios:

  1. Vaya, no conocía ese carácter tan fuerte de Arturo Perez Reverte. Nunca he leído nada de él, aunque mejor no lo intento, por si no llega a gustarme. De todas formas, ante un hombre con una pistola, puedo llegar a ser el mentiroso más adulador sobre la faz de la tierra.

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    1. a mi me pasa lo mismo, pero no es por miedo, es porque sangro con mucha facilidad cuando me dan un tiro.

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    2. Ah, claro. No, lo mío es por el susto que me provoca el ruido.

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  2. Está claro porque uno es famoso, académico, con citas en facebook (aunque no tantas como el baboso de Coelho) en la cima del éxito, y el otro un borracho de barra de bar de barrio: sabe tomar las decisiones, radicales, de acuerdo, en el momento justo...

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    1. sí, pero esta vez le falló el momento... ;-)

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  3. fue un duelo justo. Yo estaba en aquel bar cuando sucedio todo.

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  4. Sí, una lástima, sobre todo porque siempre confié en el poeta Carlos Peralta, pero se ve que ese día bebió más de la cuenta.

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