domingo, 16 de noviembre de 2014

Determinismo







Cuando yo iba al colegio, en literatura se enseñaban muchas cosas, y entre ellas, la generación del 98, y recuerdo que había algo en esa lección que llamaba muchísimo mi atención aún infantil y dispuesta a sorprenderse por cualquier cosa que me pareciera llamativa. Era, y se me ha quedado como un epitafio, la frase: “el pesimismo de la generación del 98”. Según lo repetía una y otra vez el profesor, “el pesimismo de la generación del 98”, yo me imaginaba una España con todo el mundo deprimido, andando cabizbajos por las calles con una pena inmensa en su corazón, incapaces de ver las cosas buenas de la vida. “Sentíamos el destino infortunado de España, derrotada y maltrecha, más allá de los mares”, escribió Azorín. “España me duele” añadió Unamuno por si quedaba alguna duda del trago que estaban pasando las criaturas. Dudas no cabían: los españoles estaban tristes. Una pena que cíclicamente se repite, y ahora estos pensamientos me llevan a otros.


Cada persona es de una manera y los cambios que sufre (o disfruta) se producen a lo largo de mucho tiempo. Normalmente son muy pequeños, a veces más perceptibles, pero vamos, que en general, no cambiamos tanto. ¿Esto es bueno? Pues por un lado sí, porque nos reafirma en lo que somos, nos dota de identidad y de esencia, que dicen los filósofos, y nos define; claro que a veces, eso es un maldito inconveniente porque hay algunos que más les valdría dejar de ser como son y que cambiaran un poco. En cualquier caso no es algo que esté a nuestro alcance, pues si los cambios inconscientes son tenues, los que nos proponemos son imposibles. El que es vago lo va a seguir siendo por mucho que madrugue; quizá durante los primeros días de haber hecho el propósito de cambio, se muestre más activo, pero poco a poco volverá a su ser, regresará a su esencia que siguen diciendo los filósofos, ya que estos tampoco cambian. De esta forma tenemos personas que SON antipáticas, otras cariñosas, tacañas, ambiciosas, sensibles, generosas, depresivas, expansivas, sociales, hurañas, maleducadas, mentirosas, francas, sinceras, embaucadoras, honradas, criminales, pacíficas, violentas… una variedad que por ejemplo no se da en las cornejas, que vista una, vistas todas. ¿O quién diferencia un pulpo de otro?
Es lo que tenemos los humanos: complejidad. Pues bien, y aquí entran las matemáticas sin que tenga que irse la filosofía: las personas, cuando se juntan por debajo de una cantidad, que vamos a llamar masa crítica, conservan cada una su personalidad intacta, con  el resultado de que ese grupo es amorfo, heterogéneo y sin ningún rasgo que lo diferencie de otro grupo que esté formado también por un número por debajo de la masa crítica, pero… y aquí viene lo bueno porque a las matemáticas y filosofía se une la sociología: cuando el número de miembros del grupo es francamente grande y excede en mucho a esa masa crítica, el grupo se ve dotado de una personalidad propia y exclusiva que lo distingue de otros grupos también formados por un número exagerado de personas, y curiosamente, esa personalidad única que adopta el grupo, como grupo, no es necesariamente la suma de las personalidades individuales de las personas que lo componen, pues cada cual tiene la suya propia aunque, y esto es lo malo, parte de la personalidad del grupo trasciende al individuo.  Este hecho resulta fascinante, pues explica que los españoles sean diferentes a los ingleses, los italianos a los alemanes y los cubanos de los franceses, sin que elimine la posibilidad de que un español determinado sea exactamente igual en su comportamiento que un canadiense dado, o un australiano igualito que un noruego.
Ahora vamos a añadir la química a todo este follón que ya tiene filosofía, sociología y matemáticas: ¿un grupo grande, por encima de la masa crítica, tiene las mismas propiedades que una parte muy pequeña del grupo, incluso una molécula, es decir una persona? (una molécula de agua tiene las mismas propiedades químicas que un océano, por ejemplo) Pues me temo que sí, y esto significa que si las personas no podemos cambiar, los grupos de personas, tampoco pueden hacerlo, de modo que por mucho que se empeñen, los ingleses van a seguir siendo como son, y también los italianos van a seguir siendo como han sido hasta ahora y los alemanes serán alemanes por muchísimo tiempo, y todos, todos mantendrán su esencia. Esta es una regla a la que tampoco podemos escapar nosotros, los españoles. Por mucho que lo intentemos.
Ahora viene lo gordo y que enlaza con el inicio de este artiblog. ¿Cómo somos?
Que cada cual se responda a si mismo.


Nota: tengo por norma hacer artiblogs muy cortos, y en esta ocasión me he excedido. Es lo que tienen los momentos bajos, que no atinas.






19 comentarios:

  1. ¿que no atinas, dices? Para mi es buenisimo. Muy bien explicado y acertado. Eso si, has conseguido que me venga el pseimismo del 98, o del 14, mas bien.

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  2. Lamento no estar de acuerdo contigo esta vez, amigo mío. De entrada, con eso de que las personas somos inmutables. Es cierto que hay aspectos individuales que apenas cambian, como el carácter, que tiene una fuerte naturaleza genética. Pero en cuanto a algunos componentes de la personalidad, o el comportamiento, y no digamos ya las creencias, la gente cambia, y a veces radicalmente. En gran medida, somos lo que somos en respuesta a nuestras circunstancias; si éstas cambian (y cambian), las respuestas varían. Nuestra “identidad” (sea eso lo que sea) depende en gran medida del contexto. ¿Crees que tú y yo, por ejemplo, somos básicamente iguales que hace 40 años? Pues en algunas cosas sí, pero en otras radicalmente no. Hemos cambiado.

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    1. el que no estés de acuerdo nos proporciona el placer del debate, mon ami.

      (Mas abajo)

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  3. Luego está lo que antes llamaban la “idiosincrasia de los pueblos”, esa especie de carácter patrio que supuestamente es intrínseco a las poblaciones. Sencillamente, no creo que eso exista más allá del tópico. Es verdad que ciertas características externas pueden determinar a los pueblos de forma estadística, como la geografía, el clima o algunos memes culturales que tienden a perpetuarse generación tras generación (pero que pueden ser sustituidos por otros memes). Pero de ahí a creer que las naciones tienen una personalidad coherente y, encima, inmutable... No, yo no lo creo.
    ¿El pueblo español es igual ahora que hace, digamos, 40 años? En algunos aspectos (pocos) sí, pero en otros ni de coña. Por ejemplo, cuatro décadas atrás entre los españoles se daba una profunda tendencia hacia la intolerancia en cuanto al comportamiento individual; sin embargo, tras el franquismo, los españoles nos convertimos en uno de los pueblos más tolerantes respecto a las costumbres.
    Por supuesto, algunos memes culturales aún perduran; pero es que los cambios sociales suelen ser muy lentos. Los españoles de hoy no son iguales a los españoles del franquismo, y ni mucho menos a los españoles del Siglo de Oro. Porque el contexto es distinto. En ese sentido, estoy con el viejo Heráclito: todo fluye, nada permanece.

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    1. Sí, cambiamos, tanto las personas individualmente, como en grupo, pero esos cambios son lentos (es mi tesis). Por supuesto que hay aspectos en que esos cambios son muy notorios y rápidos, por ejemplo, todos los comportamientos que se pueden ver modificados por la tecnología, la comunicación, la movilidad... pero eso, yo creo, afecta a la superficie. En el fondo, en el fondo (la esencia), los cambios que tenemos son mucho más lentos y sutiles de lo que nos gustaría.


      Pero ese no es el punto más importante que quería destacar ni muchísimo menos. Más bien quería hacer hincapié en lo que pongo al final cuando pedía un ejercicio de autoexamen sobre cómo somos, un análisis de cómo nos vemos. Y me refería a que todos, absolutamente todos estamos de acuerdo ante las noticias de corrupción generalizada, de que los políticos de este país son tal y cual, y lo que trato de poner de relieve, es que los políticos de este país, han salido de este país, no vienen del extranjero, son … como somos todos. Han ido al mismo colegio que nosotros y a la misma universidad. En fin, no me quiero extender sobre lo que cada cual en su triste dimensión es capaz de hacer, pero que hay mucho listo suelto, no solo en el parlamento y senado.
      En mi barrio los hay a millares. Creo que el único tonto que hay soy yo.

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  4. Hablando de literatura, y sin ser un estudioso del tema, tengo la impresión que de existir un movimiento literario que calara bien hondo en nuestra idiosincrasia, este sería, sin duda alguna, la novela picaresca. Y parece ser que desde entonces poco nos hemos movido. Este abrazo a sus principios nos proporciona una sensación de desapego profundo sobre las administraciones gubernamentales. Parece que Hacienda, los ayuntamientos o los ministerios no nos pertenecen, y que son instrumentos creados por élites para que estas se sirvan de ellos a la hora de desangrar al pueblo. Y debería ser todo lo contrario. O, mejor dicho. Son todo lo contrario. Son herramientas de servicio público para gestionar el dinero de todos, por mucho que nos parezca que nada tienen que ver con nosotros. Y las herramientas no tienen la culpa de ser utilizadas por manos corruptas. Hasta que no cambiemos esa mentalidad no saldremos realmente del pozo. Y eso sólo se consigue con educación, porque nuestra generación, al menos en ese sentido, creo que ya está perdida. Hay que moldear los valores desde la más tierna infancia. Si logramos ese objetivo, puede que algún día seamos capaces de instalar la creencia, en la mente de los ciudadano, de que lo verdaderamente detestable es robar, meter la mano en las arcas públicas, y no que te pillen.

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    1. Tú lo has dicho: la única forma de CAMBIAR es hacerlo desde el inicio de nuestras vidas, desde el momento de salir del cascarón, es decir, con la educación. Según la educación que demos a los que vengan, así serán. No existe otra manera. Y así, a través de la educación (en colegios y universidades) podremos hacer que cambien las siguientes generaciones, pero será un proceso muy lento, pues además del colegio, los niños aprenden por lo que ven en casa, y en casa lo que ven ha sido aprendido en colegios de antes de que se pusiera en marcha la voluntad del cambio. Estamos hablando de varias generaciones para que se note algo. Fíjate que tú mismo has mencionado la picaresca como atributo que nos acompaña solidariamente, y eso es del siglo de oro (que fue más de un siglo) y empezó a finales del XVI. Y ahí seguimos, en el patio de Monipodio.
      Pero lo que más tiempo nos va a llevar es llegar a un cambio en la enseñanza que provoque todo lo demás, nada más tienes que ver a Wert. La educación para la ciudadanía, fue un buen comienzo, pero otra vez estamos hablando de sexos separados en las clases. y la religión como asignatura, y... ¡que no, que no vamos a cambiar en la puta vida, coño!

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  5. Estoy de acuerdo en que al pueblo español le falta tradición democrática, cultura cívica y cultura a secas. Pero eso es sólo una parte del problema, y no la mayor. No creo que los españoles seamos más corruptos que otros pueblos, ni que llevemos en nuestro ADN el cromosoma de la picaresca. Es más, ni siquiera creo que el problema sea que existan demasiados corruptos, sino que existan demasiadas posibilidades de corromperse.

    Y ahí está la clave: nuestra estructura estatal, nuestras instituciones, tienen demasiados agujeros por donde puede colarse la corrupción. El excesivo poder de los partidos no solo ha demolido la división de poderes (¡pobre Montesquieu!), sino que ha colonizado los organismos que, en principio, deberían servir de control (es decir, se controlan a sí mismos; ergo, no se controlan). Eso, unido a legislaciones anticuadas, justicia lenta e inexistencia de un cuerpo administrativo independiente, nos ha conducido a la situación actual.

    Como Acemoglu y Robinson demostraron en su (por cierto, interesantísimo) libro "Por qué fracasan los países", la prosperidad de una nación no depende de cuestiones culturales, ni geográficas, ni climatológicas, sino de la estructura de su sistema político y económico. Y ese es nuestro problema; no que seamos golfos, ni tontos, ni pícaros, ni siquiera incultos, sino que tenemos un sistema de mierda.

    En resumen: no se trata tanto de que debamos cambiar (que sí, que también, pero no es lo importante), sino de que debemos cambiar la estructura de nuestras instituciones.

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    1. Bien, estoy de acuerdo, pero es que ese sistema, esa estructura estatal que permite la corrupción sin castigo (corruptos los va a haber siempre, aquí y en cualquier lugar civilizado, pero en cualquier lugar civilizado se les castiga y aquí no), decía, que me pierdo, que esa estructura estatal no nos la ha impuesto nadie, la hemos creado, aceptado y todo lo que se pueda hacer con una estructura estatal, nosotros mismos. De la misma forma que aceptamos la dictadura más larga de la historia de Europa y creo que también de África. No nos engañemos. Aquí a los corruptos se les vuelve a votar, y eso no es cuestión de tener una estructura estatal inaceptable, eso solo se debe a tener una mayoría de votantes inaceptables. Que son españoles, tanto como tú, pero en mayor cantidad. Ganan.

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  6. Es cierto, esa estructura la votamos nosotros. Justo después de una dictadura, amenazados por múltiples golpes de estado y con dirigentes, leyes y estructuras provenientes del franquismo. ¿Qué podía salir mal?... En cualquier caso, ninguna de las generaciones nacidas a partir de 1961 eligió (votó) nuestra actual estructura institucional; todas ellas la heredaron, así que no se les puede culpar de eso.

    Pero no es responsabilidad de la gente que no se castigue a los corruptos, sino del sistema. Con lo cual no pretendo obviar la parte de culpa que nos corresponde a los ciudadanos; como apuntas, cualquiera que vote a un corrupto, a sabiendas de que lo es, se convierte automáticamente en cómplice de la corrupción. Lo que quiero decir es que, para empezar a arreglar las cosas, no hace falta esperar a que los españoles cambiemos; bastaría con corregir los defectos de nuestras instituciones. Y con unas instituciones fuertes, justas, eficaces e igualitarias ya verías con qué rapidez los españoles nos convertiríamos en daneses.

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    1. Efectivamente, no se puede culpar a los que, como Mazcota, nacieron después del 61. Yo creo que ya han dado pruebas de su interés en cambiar la constitución (como es lógico, pues las constituciones han de ser algo vivo, que se vaya adaptando a los nuevos tiempos), pero que sepamos todos, no se ha hecho nada hasta ahora. No heMOS hecho nada.

      Dices que el corrupto es el sistema, y estoy de acuerdo, pero el sistema lo teneMOS que cambiar nosotros, y efectivamente si “corregimos los defectos de nuestras instituciones” y las hacemos “fuertes, justas, eficaces e igualitarias” seremos como daneses, pero es que no van a venir los daneses a hacernos el trabajo, tenemos que hacerlo nosotros. En ese punto es cuando entra mi pesimismo y mi desconfianza. Fíjate qué oportunidad tan estupenda teníamos ahora después del escándalo nº 3.472, el de José Antonio Monago. Y la hemos aprovechado, no te creas: el PP ha votado junto el PSOE, un pacto de transparencia en las actividades de los diputados, y a partir de ese acuerdo, a partir de ahora se publicará en la web del parlamento el monto de los viajes que tengan lugar. Eso sí, sin especificar a quien corresponden ni qué iban a hacer, es decir, una pura farsa que en absoluto va a impedir, porque es imposible que lo impida tal como está acordado el pacto, que se repita un nuevo caso Monago. Ten por seguro que se repetirá (otra vez mi pesimismo/determinismo/convencimiento de que nada va a cambiar).
      Como he dicho en otras ocasiones, me encantaría creer en dios, pero me conformaría con creer en los ángeles.

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  7. Muy interesante la derivación del debate. Por un lado el convencimiento de educar a las personas para cambiar al sistema, y por el otro la convicción de que hay que cambiar primero el sistema para lograr educar a las personas. O al menos eso es lo que he entendido. Pues yo pienso que lo primero que deberíamos hacer como pueblo, es ser capaces de mirar más allá de nuestro ombligo y hacer un poco de autocrítica. Porque, como bien dice Samael, somos tan guapos, tan listos y tan espabilados, que consideramos tontos al resto del mundo. Así, con ese pequeñísimo vuelco en la mentalidad de las personas, igual nos fijamos en los sistemas que funcionan más allá de nuestras fronteras y los podemos ir implementando, también poco a poco (no sea que cometamos el sacrilegio de dejar de ser españoles), hasta lograr ese sistema que nos transforme en un país próspero. Y, si algo parecido a esto sucediera, el cambio de sistema y de mentalidad podrían ir casi de la mano. Aunque sospecho que no será así, pues nos ciega tanto el brillo que desprende nuestra belleza, que somos incapaces de ver en el resto algo más que no sea una cara de burro.

    Por cierto, yo soy de esa generación nacida después de 1961. Y nunca pondré en duda los logros que se consiguieron en la transición. Que yo no votara la constitución no significa que la menosprecie. De hecho, estoy completamente convencido de que fue una gran herramienta para instaurar la democracia, pero eso no quita que lo que resultara en su día un gran avance, hoy se esté quedando obsoleto a pasos forzados.

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    1. Creo Mazcota, que has puesto el dedo en la clave del asunto: si cambiamos a las personas a través de la educación, estas nuevas personas cambiarán el sistema. También funcionaría al revés, como dices: si cambiamos el sistema, el sistema se encargará de crear nuevas personas. Este es el círculo virtuosos del que es imposible escapar (según mi visión pesimista). Y ciertamente, el cambio del sistema y de mentalidad, irían de la mano, pero yo, personalmente, albergo pocas esperaanzas de verlo.
      Ya he mencionado antes mi acuerdo en que la constitución hay que cambiarla, es más, yo creo que es urgente hacerlo, pero joder, es que quién tiene que hacerlo no tiene ninguna gana, y como le van a seguir votando seguirá sin cambiarse nada.

      Thomas Jefferson decía que cada 19 años las constituciones debían ser reemplazadas, algo que los americanos vienen haciendo desde entonces. Llevan ya casi 30 enmiendas, y nosotros estamos aún por hacer la primera.

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  8. Es curioso pero estoy de acuerdo con los tres. M´as con Mazcota y Samael, aunque entiendo el punto de Cesar, quiza porque yo tambien soy optimista. Tambien sigo tu blog Cesar.
    En defrinitiva y por aportar algo: creo que tenemos solucion y que vamos a cambiar, pero dentro de muuuuucho tiempo. desde luego no sera en las proximas elecciones, el PSOE ha tenido muchas oportunidades y no ha hecho lo que, al menos yo, esperaba. El PP ha sido mas consecuente y ha (no) hecho lo que si esperaba. y de Podemos.... ¿que podemos decir?

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    1. Creo que ya estamos de acuerdo todos los que hemos participado. mira qué bien, al final, vamos a tener solución. Gracias

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  9. Bueno, en realidad se han hecho dos enmiendas a la constitución; una en 1992 y otra en 2011. Esta última para fijar un techo a la deuda. Pero no es de esa clase de enmiendas de lo que estamos hablando.

    Te quejas de que los españoles no hemos hecho nada para cambiar nuestras instituciones. Vale; ¿cómo se supone que íbamos a hacerlo? Porque, por ejemplo, la constitución no se puede cambiar por iniciativa popular. Ya puedes reunir cuarenta millones de firmas solicitando la reforma, que dará igual. Las leyes no contemplan esa posibilidad. Sólo se puede cambiar la constitución desde el parlamento.

    Entonces, votando a partidos que propugnen el cambio constitucional. Pero, ¿qué partidos son esos, dónde están? Ningún partido ha propuesto un proyecto de reforma concreto, ni siquiera Podemos, al menos por ahora. Pero supongamos que exista ese partido. Para cualquier cambio de la carta magna hace falta el voto afirmativo de al menos dos tercios de la cámara, así que habría que contar con la oposición. Además, si se quiere cambiar alguno de los artículos esenciales, haría falta, tras la aprobación parlamentaria, convocar un referéndum. Y, por último, disolver las cortes y convocar elecciones generales. Es complicado, ¿verdad? Además, el principal problema es el exceso de poder de los partidos; ¿vamos a esperar que los partidos se quiten poder a sí mismos de buen grado? Difícil.

    ¿Qué queda entonces? ¿La revolución? Quizá, pero la historia nos enseña que el principal detonante de las revoluciones es el hambre. Y aquí aún no hemos llegado a eso (aunque casi).

    ¿Alguna sugerencia más? Quizá la creación de una plataforma ciudadana que se presente a las elecciones con el único objetivo de forzar un cambio constitucional. Pero eso requiere una gran organización muy difícil de sacar adelante.

    ¿Entonces?... Pues esperar el momento, supongo; y quizá el momento sea ahora. Los grandes cambios no suelen producirse en épocas de bonanza (¿para qué tocar lo que parece que funciona bien?), sino en momentos de crisis, como ahora. Por primera vez, votantes de izquierda y de derecha están unánimemente cabreados con sus líderes políticos, y lo más probable es que les castiguen electoralmente. Entonces, si los partidos quieren sobrevivir, tendrán que realizar cambios en el sentido que exige la ciudadanía. Quizá no todos los que no gustaría, ni con el alcance que desearíamos. Pero serán pasos adelante. O no, vete tú a saber, y todo sigue igual. Pero entonces vendrá otra crisis aún más grande y puede que entonces las cosas cambien.

    Todo ese proceso nos parece lento y vacilante, en términos de una vida, pero apenas es un parpadeo según el tiempo histórico. La historia a veces corre mucho, pero por lo general va despacio.

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