lunes, 28 de mayo de 2012

¡País!


Que nadie diga que en este país la justicia no funciona y mucho menos poner en duda la profesionalidad y entrega de sus representantes. Si os parece poco el ejemplo de dedicación que ha dado el presidente del CGPJ y del Tribunal Supremo (ahí es nada), capaz de sacrificar su merecido descanso de fin de semana para atender asuntos propios de su cargo lejos de su hogar (nada menos que a Puerto Banús se tuvo que ir el pobre hombre, y 20 veces, que se dice pronto), ahora un nuevo caso pone en evidencia la eficacia y tino de nuestras instituciones judiciales, o como diablos se denominen los negociados encargados de repartir justicia. Hoy, por fin, se sienta en el banquillo Javier Krahe para ser juzgado por un delito (presunto, de momento presunto delito y mira que es evidente su culpabilidad) contra los sentimientos religiosos.
Antes de continuar, debo exponer un ligero estupor (que sin ser grave, chincha lo suyo), que me invade al leer la noticia: el delito se tipifica como “ofensa contra los sentimientos religiosos”. ¿Ofender sentimientos es delito? Bueno es saberlo, porque yo me sé de algún sinverguenza que se puede agarrar a esto para empezar a poner demandas a diestro y siniestro.
Pues bien, como decía, se trata de un video realizado en 1978 y que se emitió en 2004 (como imagen de fondo, mientras le hacían una entrevista, por lo visto), en Canal Plus. En el video se daba una receta para cocinar un cristo para dos personas, aunque es bien sabido que donde comen dos, comen tres, por lo que la cosa es aún más grave. Le piden una fianza de 192.000 €, cantidad a todas luces justa, incluso un poquito corta, por atreverse a blasfemar en público.
El demandante es El Centro de Estudios Jurídicos Tomás Moro, que no deja pasar una, y me parece bien. Su labor consiste, no en dar de comer a los pobres, sino en perseguir ateos, blasfemos y criaturas de peor calaña que supongan una amenaza para lo sagrado. Supongo que incluirán dibujantes que se atreven a realizar representaciones caricaturizadas de la divinidad. Esta organización, según proclaman, tiene como fines la defensa de la dignidad de la persona, de la familia y de los derechos humanos, y en especial la protección del derecho a la vida del nasciturus y del embrión humano. Pues eso.
Le he comentado la noticia a un amigo mío (que yo no sabía que fuera así de mala persona) y me ha contestado con insolencia: si no quieres que se rían de tus creencias, no tengas creencias que dan risa.
Estoy pensando en demandarle porque ha herido mis sentimientos religiosos.

martes, 22 de mayo de 2012

Amor sin entropía


Os voy a contar una historia que de haberme sucedido a mi, no tendría ningún recuerdo de ella, por lo que difícilmente podría contarla. Demos gracias al destino, por tanto, de que hayan sido otras personas las protagoniestas, para que yo pueda explicar qué les pasó.
Ana y Luis se conocieron como se conocen casi todas las parejas, en casa de unos amigos comunes. Luego coincidieron de nuevo en otra fiesta y se dieron cuenta de que eso de volver a verse estaba muy bien, con lo que quedaron una tercera vez, esta vez solos. Fue una tarde estupenda y se lo pasaron de lo lindo. A la siguiente semana, Ana  se iba con sus padres a la Costa Brava a pasar unos días de vacaciones, y para marcharse con algo en qué soñar, volvió a ver a Luis y esta vez sí que se lo pasaron verdaderamente bien. Decidieron que mientras durara su separación, todas las noches miraría cada uno una estrella, y si notaban algo especial, es que ambos estaban contemplando la misma. A pesar de que es casi imposible, siempre coincidían, lo que demuestra (de una forma poética) que estaban hechos el uno para el otro. Si te ocurre algo así, es evidente que el siguiente paso es contemplar las estrellas juntos todas las noches que puedas, y eso es justo lo que se propusieron. Primero se hicieron novios, luego vivieron juntos sin casarse y más tarde siguieron viviendo juntos casados.

Un buen día, Luis pensó que estaban mucho mejor solteros, por lo que se divorciaron aunque siguieron viviendo en la misma casa, más enamorados, por cierto, que cuando estaban casados. Más adelante a Ana se le ocurrió que no había nada como la vida de novios, algo con lo que estaba plenamente de acuerdo Luis; entonces cada uno se fue a vivir por su cuenta. Se veían casi todos los días y cuando podían, se quedaban a dormir juntos, muy pegaditos uno al lado del otro, enamoradísimos y contemplando la estrella más hermosa que tuvieran sobre sus cabezas. Se sentían dichosos de compartir aquellos momentos tan especiales. Y de repente, Ana se marchó a la Costa Brava una semana con sus padres y todas las noches, antes de dormir, elegía una estrella para comprobar que era la misma que estaba mirando Luis. Y sí, era la misma. Estaba claro que estaban hechos el uno para el otro. Volvieron a verse a la siguiente semana y se lo pasaron muy bien. La siguiente vez que se encontraron, cenando en casa de unos amigos comunes, se dieron cuenta nada más mirarse a los ojos de que sus vidas tenían que transcurrir juntas.

Después no volvieron a verse nunca más y jamás se echaron de menos. 

martes, 15 de mayo de 2012

Contexto


No encajo, ya no encajo aquí. Esta frase demoledora se la escuché el otro día a un anciano que se veía en las últimas. Probablemente era una visión acertada pues la dijo mientras le transportaban en camilla por los pasillos de un hospital. Ignoro si iba o venía, qué más da, el caso es que el hombre, en lugar de quejarse de que le dolía la próstata o el bazo, se lamentaba porque ya no se veía “encajado”. Era una forma de decir que sobraba, que ya no había sitio para él.
Claro, todos tenemos un lugar que ocupamos con plenitud de derechos pues la vida nos ha llevado hasta ahí, y ahí estamos, en el sitio que nos corresponde. Es nuestro lugar y nadie lo pone en duda, pero los lugares, como todo, están sometidos a las leyes de la naturaleza, y una de las primeras (he estado a punto de decir la primera, pero odio ser taxativo), es que nada es eterno. Ese lugar tarde o temprano desaparece, y la persona que lo ocupaba, de repente se queda suspendida en el aire, sin sitio donde poner los pies, y entonces desaparece también.
Tiene que ser duro. Después de tantos años (tantos que uno se llega a acostumbrar), ocupando un sitio, resulta que llega un momento en que una fuerza irresistible te expulsa de ahí, como si fueras un pipo de cereza, inútil y molesto. 
La cosa es así: todos, personas, animales y cosas, nos encontramos en un contexto. Mi abuela, por ejemplo, tenía un contexto formado por mi tía, mi madre y yo mismo, como elementos principales. ¿Qué hubiera sido de mi abuela si los tres nos hubiéramos ido a Australia? Se hubiera quedado sin contexto y de ahí a desaparecer, sólo hay un paso. Pues bien, sin llegar al extremo de irse a Australia, esto es algo que está sucediendo todos los días. Según envejecemos nos vamos quedando sin contexto, que es tanto como decir que nuestro lugar en el mundo desaparece. Llega un momento en que no “encajamos”.
También puede ocurrir lo que me ha pasado a mí esta mañana, que he descubierto que ocupo dos lugares, tengo dos contextos distintos y bien diferenciados. Me he dado cuenta al entrar en Internet buscando noticias sobre el 15M. De repente me he visto a mí mismo en la Puerta del Sol. Estaba siendo desalojado por dos policías que me llevaban en volandas. Todos muy tranquilos, eso sí, sin ofrecer yo resistencia y los otros a lo suyo pero sin mostrarse violentos. Me ha complacido ver mi serenidad y aplomo, dominando (es un decir) la situación. Luego el video se ha cortado por lo que ignoro qué me habrá pasado, pero conociéndome, sé que no ha llegado a mayores. Además la noticia era de hace un par de días, y dado que ahora no me noto nada raro, deduzco que en mi otro contexto sigo estando bien, en mi sitio. Eso es lo importante.

miércoles, 9 de mayo de 2012

Pregunta



¿Qué prefieres, sorpresa o costumbre? La sorpresa es aventura, descubrimiento, de alguna forma también es ruptura y desde luego, forma parte ineludible de las primeras etapas de cualquier ser vivo, ya que al principio todo es nuevo y por tanto, sorprende. La costumbre es lo que viene después, aunque no en todos los casos está presente de la misma forma. La sorpresa supone un esfuerzo, mientras que la costumbre es cómoda. Pero no nos engañemos, no todo en la sorpresa es deseable, también entraña riesgos. No es necesario decir que hay sorpresas extremadamente desagradables. Ahí está la aventura. En cambio la costumbre es seguridad, pero eso sí, una seguridad extremadamente aburrida, y desde luego, no siempre deseable. Por eso la pregunta formulada al principio admite todo tipo de respuestas: los hay que sin pensárselo dos veces dicen que sorpresa, otros, con la misma rapidez, que costumbre, y luego están los que tardan en contestar y al final lo hacen  sin estar demasiado convencidos de su elección (da igual la respuesta), lo que con toda probabilidad les llevará a no estar a gusto en una vida dominada por la costumbre, pero se ven incapaces de buscar otra que abra la posibilidad a la sorpresa.
Una lástima, sí, pero este grupo tienen muchos afiliados, pero no es por ahí por donde quería conducir yo mis reflexiones, en el caso de que a esto se le pueda llamar reflexión, que no estoy muy seguro. A veces pienso que las reflexiones para ser tales, han de tratar sobre asuntos extremadamente serios y trascendentales, y otras veces en cambio, creo que se pude reflexionr sobre cualquier memez, y  no por eso deja de ser reflexión. No sé, tendré que reflexionar sobre el asunto.
A donde quería llegar yo es a lo siguiente: es evidente que no todos los seres humanos somos de la misma forma, pero tambien es evidente que los esfuerzos de unos benefician a la totalidad, y si hemos avanzado, y aquí está por fin el quid de la cuestión inicial, es gracias a congeneres nuestros que preferian la sorpresa a la costumbre. De hecho, la labor del investigador es la busqueda constante de la sorpresa. Los grandes pensadores lo son porque han soprendido con sus conclusiones. Las innovaciones en el arte, sin las cuales el arte sería un cadáver fosilizado, se debe a los artistas que no se conforman con el canon establecido y a riesgo de perder su seguridad, rompen los moldes buscando… algo sorprendente.
El conservadurismo, la tradición la herencia…. La ruptura, el cambio, la evolucion.
En fin, no quiero sacar ninguna conclusión, eso sería reflexionar demasiado. O no, pues todo esto tiene pinta de ser una gran memez.

lunes, 30 de abril de 2012

La tetera misteriosa


Hay algo que siempre me ha llamado la atención y es, lo que yo llamo, el misterio de la tetera. O para darle un toque más literario, el misterioso caso de la tetera. Es un misterio, o un fenómeno, no lo sé. A veces es muy difícil discernir entre algo que obedece a un plan preestablecido por alguien con la intención de que no resulte evidente (misterio), de lo que es fortuito y puro capricho de la naturaleza (fenómeno). El caso es que todas, y cuando digo todas me refiero al cien por cien, de las teteras que existen en cafeterías, bares y restaurantes de Madrid, son iguales. He tenido ocasión de comprobar que coinciden con las que se ven en otras ciudades y pueblos de España, por lo que de momento hay que felicitar a los distribuidores. No existe nada que las diferencie, todas son del mismo modelo. Acero inoxidable, aspecto de pucherete, con un asita plana que siempre cogemos con tres dedos, y una tapita que suena “clak” cuando la cerramos después de comprobar que en el interior de la tetera hay exactamente lo que ya sabíamos que había sin necesidad de abrirla.
Modelo único, sí, y ahora viene aquello que la convierte en un misterio (o un fenómeno): se trata a todas luces de un cacharro extremadamente inútil. El modelito está diseñado para que indefectiblemente el té se desborde al servirlo, por mucho cuidado que uno ponga en evitarlo. Son teteras fabricadas para manchar de té lo que haya alrededor. No cabe otra explicación, pues hay teteras (las que cada uno tiene en su casa) que no dejan derramar ni una gota, o sea que no es culpa del té. Es fácil observar en las mesas de cualquier cafetería, cómo sorprendidos clientes saltan con presteza sobre el servilletero a proveerse de unas cuantas salvíficas servilletas de papel para tratar de secar su teléfono móvil, o la carpeta con valiosos documentos, ya, manchados de ocre con limón para siempre.
Pues bien, a pesar de la certeza de que el té se derramará por doquier con profusa generosidad en el momento de intentar servirlo, la dichosa tetera mantiene su dominio sin permitir que otros diseños más acertados se establezcan en el mercado.
Lo que decía, todo un misterio. O un fenómeno, qué sé yo. En cualquier caso un exitazo de ventas.


lunes, 23 de abril de 2012

Dimisión

En la mesa de al lado –mientras yo estaba en la mía tomando unas ostras- había un grupo de cuatro personas opinando sobre la situación de España. Uno ponía a parir a Rajoy, otro al gobierno anterior, un tercero a los bancos y el otro no sé qué farfullaba sobre el Real Madrid. Cada cual a lo suyo sin prestar demasiada atención a lo que decían los demás, pero eso sí, todos estaban de acuerdo en que nos encontrábamos en una situación espantosa por culpa de… y aquí es en lo que diferían. Cada cual culpaba a uno distinto sin que hubiera unanimidad en encontrar la causa de que nuestra prima de riesgo, sea eso lo que sea, estuviera por las nubes. A medida que pedían más cervezas, más seguros estaban de sus propias tesis y menos escuchaban las de los demás. Yo, cuando ya iba por mi tercer verdejo (o cuarto, no se, porque pierdo la cuenta con facilidad) tuve que admitir, según pedía unas gambas, que estaba de acuerdo con los cuatro. Es lo que tiene que ninguno fuera amigo mío. Bueno, estaba de acuerdo con tres de ellos pues al que hablaba del Real Madrid no le entendía.

-Lo que tiene que hacer es dimitir – dijo uno de ellos como si acabara de encontrar la solución.

Los otros, a su vez, exigían la dimisión de otros individuos distintos. Todos coincidían en que había que mandar a casa a alguien.

-Es que aquí no dimite ni dios.

-Si hubiera dimitido hace tiempo quien tenía que haber dimitido, otro gallo nos cantaría.

-Eso sí.

Yo seguía dando la razón, ahora sí, a los cuatro pues el del Real Madrid pedía la dimisión de Pep Guardiola y de un par de árbitros que no recuerdo su nombre. Por fin, después de tanta discusión, todo el mundo estaba de acuerdo en lo fundamental, en que tenían que dimitir. Ahora solo había que decidir lo accesorio: quién.

Entonces yo encontré la solución. Ya estaba bien de echar balones fuera. Había que pasar a la acción, movilizarse, que decíamos cuando no había mercados pero había otras cosas que también agobiaban lo suyo. Así, que sin más, decidí en ese instante que era yo quien iba a dimitir. Desde ese mismo momento, con carácter irrevocable, dejaba mi puesto de ciudadano. Me levanté y salí del local, sin pagar la cuenta por supuesto, pues los dimisionarios nunca pagan nada (no iba a ser yo el primero en hacerlo) y ahora vivo mucho más tranquilo, sabiendo que ya nadie puede decir que todo lo que pasa es por mi culpa.

Desde entonces he dejado de hacer lo que se espera que haga cualquier miembro de la sociedad. Ya no leo el periódico, no voy al cine, no subo al autobús, ni acudo a restaurantes o espectáculos. No consulto mis puntos Movistar para cambiar de móvil ni pido más megas para navegar a mis anchas. No voy a las fiestas de mis amigos ni escucho los pregones de las fiestas de mi pueblo. Hago burla a los guardias de tráfico (sin que me vean, claro) y me choteo de todo el mundo, artistas, cantantes, escritores, catedráticos, analfabetos, jueces, inmigrantes, diplomáticos…. todo me trae al pairo y todo me la suda.

Por fin he descubierto lo bueno de la vida. Eso sí, sin gambas. No hay rosa sin espinas.





lunes, 16 de abril de 2012

Centauros

Hay cosas que uno se cree sin ningún tipo de discusión sencillamente porque se las ha creido toda la vida. Desde que era muy pequeño. Al menos eso me pasa a mí, como se verá más adelante, pero en general le ocurre a todo el mundo, pues es así como funcionan las religiones. Nadie en sus cabales se creería siendo adulto, ni media palabra de lo que le cuentan cuando son niños. Imaginaos la escena con un registrador de la propiedad o un inspector fiscal, por poner dos casos que entrañan cierta madurez y supongamos que jamás ha llegado a sus oidos ninguna historia sagrada: ¿y dices que dios nació en una cuadra, que su madre nunca dejó de ser virgen, que resucitó y su cuerpo subió hacia arriba, así, flotando? ¿y eso de la zarza que habla?. Podríamos poner muchos ejemplos de este tipo para cada una de las religiones, pero este no es el caso.

Quería contar algo que me ha pasado recientemente y necesitaba ambientación para entender mejor mi enorme decepción. La decepción y desilusión de descubrir que algo en lo que había creido toda mi vida de repente se me revela como una falsedad enorme.

Resulta que yo siempre he pensado que los centauros existían de verdad, mejor dicho, que habían existido, pues es obvio que en la actualidad ya no queda ninguno. Pues bien, resulta que no es así: jamás, en ningún momento anterior, ha habido centauros en este mundo. Ni hadas, me direis. Ya, pero es que a mí las hadas me dan igual, lo que me gustaban eran los centauros.

¿Qué cómo me he enterado de que son una gran mentira? Pues precisamente observando con atención una de las más fehacientes pruebas de su remoto pasado. El otro día cayó en mis manos un reportaje realizado por prestigiosos paleontólogos donde en una fotografía aparecían ufanos mostrando un esqueleto perfectamente conservado de centauro. La osamenta pertenecía a un joven ejemplar de dos años, un potrillo en vías de convertirse en un animal magnífico dispuesto a pasear su libertad por las montañas de Tesalia. Al principio me llevé una gran alegría ya que se trataba de la prueba más contundente de su existencia, sin embargo, en su grandeza estaba su misería. El esqueleto, lejos de demostrar la realidad del centauro dejaba al descubierto su imposibilidad. Nunca, hasta entonces, me había dado cuenta de un detalle que es la clave para determinar si alguna vez han tenido vida estos híbridos entre mula y mulero, y ahora lo veía con toda claridad. El esqueleto dejaba en evidencia dos cajas torácicas, dos espacios diferentes para albergar los pulmones, protegidos por unas costillas que yo veía innecesaria su repetición. Si admitimos que puede haber dos sistemas respiratorios, ya podemos admitir cualquier cosa por disparatada que sea. No, definitivamente eso no puede ser. No me imagino al centauro cambiando la necesaria oxigenación de su sangre, de los pulmones superiores a los inferiores, como si fuera un coche híbrido que pasa de la gasolina a la electricidad según le de. No. Eso no puede ser así, por lo que quedaba demostrado el fraude y mi consiguiente chasco.

Aún me quedan los unicornios. Me mantendré alejado de las publicaciones de prestigiosos paleontólogos.

viernes, 6 de abril de 2012

Tramposos y Semana Santa

Qué lástima que se me de tan mal la jardinería, con lo que me gusta, pensé yo el otro día mientras colocaba unos jacintos de plástico de lo más convincentes en un parterre. Entonces, sin saber por qué, me vino a la cabeza una frase leida y escuchada de forma insistente los últimos días, hasta convertirse en letanía: amnistía fiscal. Significa el perdón a los tramposos, me expliqué a mí mismo tratando de mostrar un gesto de comprensión y tolerancia. Qué gesto tan bonito; no el mío sino el del perdón. Yo, particularmente, me siento bastante alejado de tanta generosidad. De hecho puedo llegar a ser muy borde con los chupones, tanto que intenté acabar con un pulgón que trepaba por el tallo de un jacinto espachurrándolo entre mis dedos. No sirvió de nada pues el pulgón también era de plástico y lo único que conseguí fue deformarlo un poquito. Luego, recuperó su aspecto normal como si nada y se escabulló ágilmente entre los pétalos azules. Renuncié a perseguirlo, total, para qué.

La amnistía fiscal (no conseguía quitarme la idea de la cabeza, qué obsesión) representa un avance social en toda regla. Además de ser una iniciativa piadosa resulta que también es comprobadamente eficaz en la lucha contra el fraude fiscal, ya que los arrepentidos abrazarán la ley con mayor entusiasmo que los que nunca la han quebrantado. Eso, según los curas, lo dijo Jesucristo refiriéndose a otro tipo de pecadores pero que también engloba a estos, ¿por qué no? Yo no me lo creo, porque si alguien con mucho dinero engaña a Hacienda, es para tener aún más, y en ese terreno veo muy improbable el arrepentimiento y más todavía el propósito de enmienda. Pero Rajoy y Montoro si se lo han creido y eso es lo que cuenta. Creen tanto en lo que dicen los curas que en los Presupuestos Generales del Estado, recientemente presentados, hay recortes para todo el mundo salvo para la Iglesia que mantiene su asignación intacta. Me parece justo (y necesario, por supuesto). Crisis, sí, pero sólo de la terrenal, nada de crisis de fé. Eso jamás, y como prueba de ello, ayer vi en Telemadrid una procesión, la de Jesús el Pobre (esta aclaración me hace pensar que en algún sitio habrá otra que sea la de Jesús el Rico), en la que nada más sacar el paso fuera de la iglesia (San Pedro el Viejo, para los interesados), la banda municipal tocó el himno nacional. Sí señor, como si fuera una película de Berlanga.

Yo, por si acaso, como no quiero correr riesgos con mis jacintos, los he rociado de veneno contra los limacos. Al menos que las flores de mi jardín sean hermosas aunque sean de plástico.





domingo, 25 de marzo de 2012

¿Para qué?

Esta mañana, como siempre que me levanto medio dormido, he estado a punto de chocarme contra la librería que tengo en mi dormitorio. Un rápido juego de cintura impropio a esas horas me ha librado de un buen porrazo, pero no he podido evitar que mi nariz quedara a escasos centímetros de un ensayo sobre España en el siglo XlX de Tuñón de Lara. Dado que la rapidez de movimientos no suele acompañarme a esas horas, me ha dado tiempo a observar el libro que había a su lado, de Diaz Plaja, también sobre la España del XlX, confirmando así que es un tema que me interesa pues no lejos está un estudio coordinado por Javier Paredes Alonso, de diferentes autores, escribiendo sobre ese momento tan importante de nuestro país. Mater Magistra es otro título indispensable para conocer el origen del concepto de hispanidad que también anda en la misma zona de mi librería. Este último, junto con el de Javier Paredes y el de Lara los he leído, el otro no. Aún, no.

Luego he descubierto un libro con una pinta fenomenal, aún sin abrir las tapas, que trata de la teoría del caos, en un mismo grupo donde se apilan tomos con títulos tan atractivos como uno que se llama “ la Historia de la Luz ”, también sin leer. He seguido mirando y he encontrado libros de filosofía, antropología, historia, alguna novela de ciencia ficción, todos con claras señales de no haber pasado de un simple hojeo.

Tengo un montón de volúmenes en la librería de mi dormitorio que nunca he leído, no porque me parezcan poco interesantes, sino porque he ido encontrando otros que me lo han parecido más. Son libros que en el mismo momento de comprarlos ya sabía que no los iba a leer, no al menos, inmediatamente. Los tengo de la misma forma que las hormigas almacenan alimentos en sus hormigueros y las ardillas hacen acopio de bellotas, pensando que en algún momento podrán dar cuenta de la provisión. Con una enorme diferencia: tanto unos bichos como otros, acabarán comiéndose todo lo que han almacenado, mientras que en mi caso sé que jamás leeré la totalidad, ni siquiera una parte significativa, de esos libros.

Esto me hace pensar que también tengo, aún sin sacar de su caja, un curso completo para aprender piano que me compré hace años y una complicadiísima maqueta de avión que tiene que ser una delicia verla terminada.

Y digo yo, si me sobra material para no aburrirme, por qué mierdas se me ocurre meterme en un curso de parapente y romperme el tendón del biceps izquierdo. El miércoles que viene me operan. Supongo que no podré mover mi brazo durante lustros, así que abadonaré mi maldito blog por un tiempo.

Además, estaré muy ocupado leyendo alguno de los libros que he mencionado anteriormente. Empezaré por los de menos peso.




domingo, 18 de marzo de 2012

Retraso justificado y paliado

Normalmente subo una nueva entrada a mi blog, mi maldito blog, cada semana. Llevo 15 días sin hacerlo y se debe a dos motivos, cada uno de ellos suficiente para justificar el retraso, pero de naturaleza totalmente diferente.

El más prosaico de los dos es porque tengo una lesión en mi brazo izquierdo, producida por mi natural tendencia a hacer disparates, que me impide escribir cómodamente con el ordenador. El otro motivo, más enjundioso, sobre el que probablemente hable en otra ocasión, es por exceso de trabajo. Sí, creo que de eso hablaré en otro momento, merece la pena.

Para hacerme todo más sencillo, tal como están las cosas, voy a subir un cuento mío escrito hace tiempo. Forma parte de un libro de relatos publicado por la editorial Galisgam que ha resultado… bueno, digamos que sin saber cuántos libros se han vendido, me siento profundamente decepcionado, de modo que cuando ese dato me sea revelado, mi frustación alcanzará ya niveles incompatibles con el manteniminento de la necesaria paz interior.

Así, que de momento, espero que al menos os guste el relato seleccionado. He escogido uno que entre otras cualidades cuenta con la de la brevedad.

Es peligroso asomarse al interior

Que se sepa, nadie ha visto a Heracles con prisas. Nunca. Por eso me sorprendió tanto ver cómo cruzaba el otro día la calle a paso ligero y dando de vez en cuando grandes zancadas olvidando su proverbial compostura. Él siempre ha mantenido que a no ser que te dediques a ello profesionalmente no existe ninguna razón que te haga correr, ninguna. Y aún va más lejos con esta teoría pues dice que una de las formas más lamentables de perder la dignidad se produce precisamente en el momento en que alguien romper a correr, sobre todo si corre pretendiendo que nadie se da cuenta de que está corriendo. Esta situación se da especialmente cuando has empezado a cruzar una calle y de repente se acerca una avalancha de coches que miras de reojillo sin que se note, con la intención de no acelerar, pero claro, ante el inminente atropello, no te queda más remedio que echar el cuerpo hacia atrás y dar ridículos pasos a una velocidad mucho mayor de la mantenida hasta ese momento. Eso era justo lo que de forma grotesca estaba haciendo mi buen amigo Heracles, por lo que, picado por la curiosidad, corrí tras él para descubrir cuál podía ser la causa de su comportamiento. Le alcancé justo cuando acababa de parar un taxi. Tenía ya medio cuerpo dentro.

-¡Heracles! –resoplé- ¿a dónde vas con tanta prisa?

Heracles se volvió sorprendido.

-¿Eh?, ¡Ah, hola, qué tal! Perdona pero es que voy un poco acelerado.

-No me digas –respondí entusiasmado al ver a mi gran amigo en apuros- ¿te puedo acompañar?

Esta última frase la pronuncié ya dentro del taxi, pues no existe mejor política que la de hechos consumados.

-Claro, claro, pero siéntate a mi lado, no encima.

-Tenías que haberte visto cómo cruzabas la calle, parecía que te perseguía un perro.

-¿Un perro dices?, sí, seguro que también... ¡Coja la Gran Vía, la Gran Vía, por favor! –Heracles estaba fuera de si, gritando al taxista- ¡mejor por la Gran Vía!

-La Gran Vía estará más atascada...pero cuéntame, viejo amigo, por qué huyes de esta manera... ¿quién te persigue?

Heracles se calmó aparentemente y tras intentar respirar a un ritmo normal me dijo de la forma más natural que pudo:

-En este momento andan detrás de mi unos cuantos asesinos a sueldo, los peores y más sanguinarios sicópatas y decenas de piratas entre los que incluyo filibusteros, bucaneros y corsarios. Me quieren dar alcance temibles espadachines borrachos y pendencieros, criminales de todo tipo,... también me persiguen guerreros galácticos, pistoleros salvajes, indios apaches,... ah, sí, y los enanos wanda.

-¿Qué has hecho? –por supuesto, yo no ponía en duda lo que acababa de confesarme Heracles. Él nunca miente.

-Una catástrofe, un accidente,... un accidente doméstico eso es.

Mi cara tenía la severidad suficiente para que sin decir nada, Heracles siguiera dándome explicaciones.

-He tenido un escape. ¿Sabes qué ocurre, por ejemplo, cuando se suelta la manguera del desagüe de tu lavadora?

-Que se sale toda el agua y pone la cocina perdida. Una vez se me inundó a mí y caló hasta tres pisos por debajo del.... –Heracles me interrumpió. No le interesaba mi anécdota particular, simplemente ver que había entendido lo que era un escape.

-Exacto. Pues eso me ha pasado a mí, pero en un libro. Por aquí a la izquierda, por favor –Heracles indicó al taxista el camino hacia donde sólo él sabía que íbamos- Un libro terrible. Se llama “historias de los peores criminales de la literatura”. Lo estaba leyendo tranquilamente y por una maldita estupidez, se me ocurrió arrancar una hoja que tenía medio suelta. Fue como quitar el tapón de seguridad a una caldera. En seguida empezaron a salir todo tipo de personajes en un torrente imparable. Todo el salón de mi casa anegado de maniacos,... yo no daba abasto a recogerlos y cuantos más echaba al cubo con la fregona, más seguían saliendo,... una auténtica inundación que no podía controlar. Se me ha puesto la casa perdida de asesinos y tunantes,... no te puedes hacer una idea. Luego, empezó a salir otro tipo de inmundicias: verbos defectivos, conjunciones copulativas, oraciones de ablativo absoluto, sintagmas de todo tipo,... un auténtico desastre – Heracles hizo una pausa para respirar-. Bueno, al menos, estos últimos según se derramaban por la habitación se quedaban ahí quietos, acumulándose unos encima de otros, sin hacer nada, pero los personajes son todos muy violentos y en cuanto se dieron cuenta de mi presencia empezaron a perseguirme. Bueno al principio se mataban unos a otros, pero luego la emprendieron conmigo... en fin. ¡Pare, aquí es!

Heracles se bajó del taxi tan apresuradamente como había subido y luego desapareció engullido por un oscuro portal. Yo le indiqué al taxista que volviera al mismo punto donde nos había recogido y según nos alejábamos tuve tiempo de ver una placa en el portal que indicaba que ahí vivía un encuadernador de libros. Grimorios, pensé para mis adentros, y por primera vez me di cuenta de lo extraordinariamente raro que puede resultar Heracles a quién no lo conozca.

domingo, 4 de marzo de 2012

Microrrelato 2

Este microrrelato forma parte de una colección de microrrelatos que tiene la característica de que todos han sido escritos en algún viaje. Los viajes son momentos estupendos para sorprenderse, ver cosas nuevas y disfrutar de cierto tiempo libre. Circunstancias inmejorables para encontrar una pequeña historia que nos sirva de recuerdo.

No hace falta decir dónde escribí la siguiente.

GALLINAZO

Se habían criado juntos. Vivían en El Porvenir, un pequeño pueblo en la costa atlántica de Panamá, plagado de gallinazos, a los que, a pesar de su gran tamaño, no dejaban de acosar. Tanto formaban parte de sus vidas que uno de sus juegos se llamaba así, el juego del gallinazo. Consistía en alejarse de la costa nadando, los dos juntos en paralelo, hasta que uno de ellos gritaba, ¡gallinazo!, señal de que se rendía. Entonces, tras descansar unos minutos a la deriva, regresaban felices y satisfechos a la playa. Tenían un pacto no escrito, según el cual, cada vez gritaba Gallinazo uno de los dos, de forma que nadie ganaba dos veces seguidas. Era parte del juego. Un día, sin embargo, a quien le tocaba gritar gallinazo no lo hizo y siguió nadando. Su amigo, extrañado, también siguió pues era su turno de quedar victorioso.

Desde entonces no hay nadie que acose a los gallinazos de El Porvenir y todas las tardes se reúnen en la playa, expectantes, por si regresan los dos amigos.

martes, 28 de febrero de 2012

Decepciencia

Estaba a punto de escribir algo sobre Urdangarín, o cosas de aún mayor calado, como el inminente fin del mundo (ligeramente posterior al fin de Europa), cuando me he dado cuenta de que todo eso son bagatelas.

Hay algo muchísimo más importante y son las pequeñas decepciones que sufrimos a diario, pequeñas pero que si las ponemos todas juntas nos pueden amargar una mañana. En este orden de cosas, hace un rato me he llevado una desilusión que puede acabar con toda la confianza que tenía yo puesta en el Universo.

Leyendo un suplemento científico, me he enterado de la siguiente verdad incontestable: “hay más moléculas de agua en una sola gota que estrellas en todo el universo”. Me ha sorprendido, sí, pero sobre todo me ha decepcionado. Yo siempre había pensado que el universo era algo inabarcable, un sitio tan desmesurado que la palabra enorme resultaba insignificante para intentar describir sus dimensiones y donde el número de estrellas, tan solo en una de sus incontables galaxias, excedía con mucho cualquier cantidad imaginable. Y encima está en expansión. Pues bien, resulta que toda esa admiración por el cosmos que yo sentía se me ha venido abajo en cuanto me he enterado de que es mucho más incontable lo que hay dentro de una simple gota de agua. Una gota de agua que si la soplas durante unos pocos segundos desaparece evaporada.

Y es que la naturaleza guarda secretos grandiosos al lado de otros que resultan terriblemente decepcionantes como el hecho de que si coges dos moléculas de ADN, una de un ser humano (que se supone que tiene que ser un ADN formidable) y otra de un melocotonero, a no ser que te fijes mucho, serías incapaz de distinguirlas. Entonces, yo me pregunto, qué sentido tiene que nos pasemos toda la vida pensando que somos los reyes de la creación, inteligentes, con sentido de la trascendencia, discernimiento moral, etc, etc, si al final, cuando rebuscas en nuestra esencia, en lo más oculto de nosotros mismos, nos llevamos la sorpresa de que realmente no son para tanto las diferencias que nos separan con un aguacate, y encima con el agravante de que el aguacate no tiene que trabajar todos los días. Es que para ser iguales, prefiero ser aguacate.

Claro que si en una sola gota de agua hay más moléculas que estrellas en todo el universo, nosotros que estamos hechos básicamente de agua, un setenta por ciento, gota arriba gota abajo, resulta que contenemos una infinidad de universos dentro de nosotros mismos y eso sí que te hace sentirte grande.

Está claro que la ciencia aunque te decepcione al principio, al final te da consuelo.

domingo, 19 de febrero de 2012

Las recetas del Profesor Franz de Copenhague

Ya sabemos que estamos en un mundo extraño, al menos, yo sí sé que estamos en un mundo extraño. Y no es una opinión, es que me pasa cada cosa. Sin ir más lejos, el otro día me levanté con un dolor de cabeza terrible, tan intenso que apenas me permitía pensar. Como no desaparecía, no tuve más remedio que acudir al médico. El doctor me recibió muy amable y al verme tan apurado me prometió mil veces que no me preocupara que eso lo arreglaba él en un decir Jesús. Me tranquilizó bastante tanta seguridad. El galeno tras hacerme un reconocimiento básico me recetó una crema para la inflamación de los tobillos. Parte de mi tranquilidad se vino abajo. Le pregunté incrédulo si el ungüento aliviaría mi problema, y sin titubear me aseguró que por supuesto que lo aliviaría, hasta ahí podíamos llegar. Eso sí, esto no es la purga de Benito, me dijo, tardará un tiempo en hacer efecto, pero vamos, el tratamiento es el más acertado en estos casos de migraña aguda. Qué cosas, pensé yo aún sin terminar de convencerme del todo. Me compré la crema en la farmacia de al lado y ahora estoy en casa con mi dolor de cabeza esperando que haga efecto. De momento, creo que mis tobillos están fenomenal, pero la verdad es que nunca me han dado problemas.

En este mismo orden de cosas vi un anuncio en la televisión en el que recomendaban unas zapatillas deportivas estupendas para combatir la tos, seguido de otro en que mantenían que no había nada como un buen trago de ginebra Gin Rock para hacer desaparecer la caspa. Me imaginé a mi médico como responsable de esas campañas de publicidad. Volví a aplicarme crema para mis tobillos o mi cabeza, ya no lo tenía claro, y tras apagar la televisión cogí la prensa para ver qué se comentaba.

El impacto fue aún mayor a pesar de que ya empezaba a acostumbrarme a que todo fuera tan extravagante. En primera página, en grandes titulares venía la noticia de la reforma laboral que todos conocemos. Decía que era una medida contra el paro. Es decir, que los orígenes de que haya tanto paro en España hay que buscarlos en el Estatuto de los Trabajadores. Algún artículo o alguna disposición legal hay por ahí, que no están del todo bien pensados, y son la causa de que la tasa de desempleo siga aumentando y aumentando sin parar. Caramba, qué descubrimiento, nunca se me hubiera ocurrido, y yo que creía que era más bien por cuestiones financieras, bonos basura, especulación, todo aún sin resolver, y resulta que no tiene nada que ver. Claro, si eso es así, es evidente que en cuanto cambiemos unas cuantas ordenanzas por Real Decreto, volverá a haber trabajo para todo el mundo.

Pues qué bien, pensé, y volví a darme más crema contra la inflamación de los tobillos a ver si se me pasaba de una maldita vez el dolor de cabeza que ya empezaba a resultarme insoportable.

jueves, 9 de febrero de 2012

Santo y seña

Me levanto por la mañana y lo primero que hago, después de desayunar y pasar cerca de cuarenta minutos en el cuarto de baño tratando de empezar el nuevo día mejor de cómo dejé el anterior, es encender mi ordenador. Me pide una contraseña. Luego conecto el disco externo para tener siempre un backup (da miedo tener algo con semejante nombre pero es imprescindible, por lo visto) y me vuelve a pedir otra contraseña. Entro en mi correo para gastar una hora en atender mailes (esta palabra ya no da miedo), completamente prescindibles la mayoría, y por supuesto tengo que introducir previamente otra contraseña.

A partir de este momento, mientras esté conectado a Internet tendré que repartir contraseñas y códigos secretos a diestro y siniestro en un número incalculable, como hisopazos de un cura loco ante la feligresía ávida de bendiciones.

A veces, al entrar en una nueva página hasta entonces desconocida o en el blog (esta palabreja es simpática) recomendado por un amigo, tengo que proponer una contraseña para ser admitido. Ese es un momento delicado que no tiene retorno. Trato de poner algo sencillo de recordar, por ejemplo el nombre de mi gato, pero oh, qué mala suerte, ya está cogida por otro usuario, no sé si porque tiene un gato con el mismo nombre o por otra casualidad. Busco una alternativa pero el sistema de seguridad del dichoso blog, que por otro lado ya ha dejado de interesarme, me recomienda que busque otra más segura pues la que torpemente he elegido resulta demasiado facilona para los criterios de seguridad del administrador del dichoso blog (ya me cae peor la palabrita de marras). En este momento pienso dos cosas. La primera, ¿es necesario una contraseña segura para subir comentarios a un blog.? No me imagino a ningún maleante intentando suplantar mi personalidad para colocar sus comentarios como míos, pero transijo y pienso otra contraseña con la idea de que mi próximo gato en lugar de llamarse Renato, que por lo visto es obvio para cualquier suplantador de personalidades, le llamaré AnqujiokatuMp147act87cAtimPataplimbas. A fin de cuentas, llamándose Renato tampoco atiende.

Los teléfonos móviles también se las traen. Alguna vez me he quedado sin batería después de llevar meses encendido, y para volver a conectarlo me ha pedido el pin. Yo, por supuesto, no he sabido que decir, se ha bloqueado y me ha pedido el puk. Peor, claro.

Tengo una libreta con multitud de contraseñas que confundo sistemáticamente a la hora de aplicarlas. Esa es la razón por la que en mi casa hay cientos, quizá miles, de ordenadores, teléfonos y otros dispositivos que nos hacen la vida más fácil y cómoda, totalmente bloqueados sin que nadie pueda usarlos a pesar de encontrarse en perfecto estado. Por culpa de las malditas contraseñas que no consigo recordar en su inmensa mayoría. Qué mundo.

sábado, 4 de febrero de 2012

Microrrelato 1

Desde el momento en que decidí abrir este blog sabía que tarde o temprano podía acabar haciendo alguna confesión sobre mí. Me resisto a hacerlo, pero como preámbulo de lo inevitable, os adelanto que tengo cierta tendencia hacia la brevedad. No en todos los ámbitos, y como tampoco quiero extenderme mucho en explicaciones (para ser consecuente con las dos afirmaciones anteriores), sin más, subo (qué expresión más absurda) a mi blog, mi maldito blog, un microrrelato. Me gustan los microrrelatos, eso es lo que quería decir.

POR PARTES

El otro día iba andando por la calle, tan campante y feliz, cuando repentinamente se me desprendió un brazo. No me dolió nada, pero el hecho es que ahí estaba, tirado en el suelo algo que había formado parte de mí desde… toda la vida. Lo cogí y me lo llevé por si alguien me lo podía volver a colocar, aunque estas cosas nunca tienen buen arreglo. Llegué a mi casa, y en el ascensor me encontré con una pierna que habría perdido algún vecino sin darse cuenta. Abrí la puerta y me recibió mi suegra sin orejas. A su lado estaba Trapo, mi perro, al que le faltaba el rabo, por lo que no supe distinguir si estaba contento o no. Me senté en el sofá con cuidado de no aplastar la cabeza de la tía Dalia y pensé que algo extraño estaba pasando en el mundo.

lunes, 23 de enero de 2012

Las edades del hombre

Ya sabemos que hay personas de distintas edades, vaya noticia, pero ¿por qué?. Parece una tontería de pregunta pero tiene su enjundia. La respuesta sencilla es que partimos de cero y según va pasando el tiempo todos nos vamos haciendo mayores, cumpliendo años, recorriendo etapas,… Ya, pues no. No es así la cosa, ni mucho menos.

Os voy a contra algo que descubrí el otro día en un transporte público, que además de reducir la contaminación atmosférica, te brinda la oportunidad de observar muy de cerca a tus paisanos sin llamar la atención. Estuve estudiando a cada quisqui que se me ponía a tiro, y aunque al principio no me di cuenta, luego me fijé en algo que aparentemente resulta obvio: de la misma forma que unos son bajos, otros chepudos y alguno con el entrecejo poblado, los hay que tienen veinte años, treintaycinco o cuarenta. ¿Dónde está la sorpresa?, os preguntaréis impacientes, a lo que inmediatamente os voy a responder. El descubrimiento está en que no se trata de una etapa sino de una condición. Sí, la edad es una forma de ser, es algo inherente a la esencia de cada cual, de modo que el que tiene catorce años es que ha nacido así y así llegará a viejo. Toda su vida tendrá el aspecto y el carácter de un adolescente de 14 años, y en el mejor de los casos, si es que llega a vivir mucho, puede pasar a tener quince o dieciseis. Y esto es así para todo el mundo. Hay personas que tienen ochenta años sencillamente porque son así, viejos desde que eran pequeños, que en realidad nunca lo fueron, pues toda su vida la han pasado siendo octogenarios. Al principio de sus vidas, cuando se encontraban con alguien, tanto si era conocido como si no, todo el mundo exclamaba admirado: ¡parece mentira, ochenta años, con lo joven que se le ve a usted! (y tanto, a lo mejor, en ese momento tenía doce). Sin embargo, ya al final, esas mismas personas u otras distintas, qué más da, comentarían que se le ve muy estropeado y con muy mala pinta.

Esto es así y así ha sido desde el principio de los tiempos. La prueba irrefutable es que aparece en la Biblia, palabra de dios, y ya sabemos que Dios no miente. Pablo de Tarso, uno de los inventores del cristianismo, también lo menciona en varias de sus epístolas a los corinitios, que dicho sea de paso, no paraba de escribirles cartas. Habla de la resurreción de los muertos, y de la resurrección de la carne. Son referencias a que el día del Juicio Final todos resucitaremos de nuestras tumbas para desfilar ante el implacable tribunal, y digo yo, que si resucitamos, lo que es un hecho indiscutible, lo haremos con un cuerpo gentil. Ya, ¿pero un cuerpo de qué edad? ¿El que teníamos con veinte años, o el que ya estaba hecho una piltrafa con noventaycinco, que cada vez duramos más? Pues bien, amigos, esta ardua cuestión solo admite una posible respuesta, y es que resucitamos con el único cuerpo que hemos tenido durante toda nuestra mortal vida. Al ser único, no admite otras posibilidades.

Es evidente que mi descubrimiento del otro día está validado por las más altas instancias.

¿Qué os decía yo? ¿Tengo o no tengo razón? Y por si aún queda algún escéptico con la ceja levantada que no acaba de creerme, os dare otra prueba: ¿Alguien puede imaginarse a Rajoy con una edad distinta de la que tiene? Cuando habla, lo hace utilizando expresiones de quien ha sido así siempre. Habla como mi abuela que también tuvo toda su vida ochenta años, y cada dos por tres incluía un “como Dios manda”, para dar solvencia a lo que decía. Además, en el caso de Rajoy os diré que está aún en sus años mozos, vamos que tenemos Mariano para rato.

martes, 17 de enero de 2012

Uno mismo

Es terrible darse cuenta de lo poco que duramos siendo nosotros mismos. La típica expresión que a menudo oímos de “he cambiado tanto que ni yo me reconozco”, es lo más acertado que podemos decir de nuestra persona, término que se queda totalmente desdibujado, pues a qué persona nos referimos, a la que somos ahora o a la que fuimos hace cinco años. Cambia nuestra forma de pensar y con ello cambiamos nosotros. Muchas veces, nos parecemos más a un desconocido que a lo que hemos sido en un tiempo pasado. Un bebedor, mujeriego y amigo de broncas, se puede convertir en un tranquilo, fiel y abstemio marido.

Lo mucho que cambiamos físicamente es muy evidente, pero los cambios que se producen en nuestro interior son aún más notorios y también más terribles, pues afectan a nuestra propia esencia poniendo en duda incluso que exista algo parecido a una esencia de nosotros. Ni siquiera es necesario haber tenido recientemente experiencias resaltantes (volverse abstemio, votar al partido que siempre nos ha caído fatal…) para que surja la evidencia de lo efímero de nuestra mismidez.

Si a todo esto le sumamos que ninguna de las moléculas que componen nuestro cuerpo físico, formaban parte de nosotros quince años atrás, salvo, por lo visto, algunas que tenemos en los huesos, la certeza de que cambiamos tanto que dejamos de existir en vida para convertirnos en otros seres, es ya total.

Y para terminar con el galimatías, ¿qué ocurriría si replicáramos molécula a molécula nuestro cuerpo físico? Naturalmente es pura conjetura, pero en el terreno teórico nada nos impide copiar nuestro cuerpo colocando los mismos átomos que lo componen en las mismas posiciones, con lo que obtendríamos, no ya una copia de nosotros, sino que también seríamos nosotros. Con los mismos derechos a ser llamados por nuestro nombre. Incluso, si eso ocurriera, seguro que responderíamos. O responderían, porque ya no sé si seríamos nosotoros o no. Entonces, ¿podemos haber varios “yo”? La misma formulación de la pregunta parece un error sintáctico de lo absurdo que resulta, pero insisto en que en el plano teórico es posible. Quizá algún día, la forma habitual de viajar sea introduciéndonos en un desmaterializador en el punto A, y surgiendo en un materializador en el punto B, de forma que vamos de A hasta B, en fracciones de segundo. Y sin tener que quitarnos los zapatos en la aduana, pues en realidad, nos quitarían todo, hasta el cuerpo.

Presumimos de poseer una identidad clara y de que cada uno de nosotros tiene su propia personalidad y resulta que eso no es más que otro deseo producido por nuestra vanidad. Estoy seguro de que el futuro nos pondrá en nuestro sitio, ya veréis.

Pero ahí no acaban las malas noticias para los que se creen únicos y creadores de su propia genialidad que los distingue del resto. Hace poco se ha realizado un estudio en el Instituto Karolinska de Estocolmo que revela que el éxito o fracaso del hombre en su matrimonio viene determinado por un gen. Si tienes ese gen, ya puedes ir preparando los papeles del divorcio y más vale que no te metas en hipotecas para toda la vida con tu pareja. Por lo visto actúa sobre una hormona del cerebro llamada vasopresina. Según los investigadores, dos de cada cinco varones poseen el gen de marras, lo que no contradice en modo alguno las estadísticas sobre divorcios con la corrección necesaria de que muchos hombres, a pesar de sentir la llamada de la naturaleza para divorciarse no lo hacen por motivos que creen ser personales, pero que seguro que aparecen motivados por otro gen.

Hace ya algunos años se descubrió que también un gen era el causante de la ludopatía. Si seguimos así, seguro que existe otro gen que nos hace ser del Real Madrid o del Atlético, otro que nos define claramente como coleccionistas de cucharillas de ciudades del mundo y ya puestos, algún gen habrá que sea el responsable de que haya personas que no soportan el cante jondo, como es mi caso, y que tanto me gustaba comentar entre los amantes del flamenco para hacerme el interesante.

Resulta que todas nuestras capacidades, gustos, perversiones, aficiones, preferencias, tendencias, manías, sicopatías, y demás rasgos de personalidad, están determinados por grupos de moléculas, muy semejantes a las que puedas encontrar en la parte más oculta de una acelga.

Somos pura química, y por tanto no hay sitio para el orgullo desmedido. Cristales evolucionados, eso es lo que somos. Pues vaya.