domingo, 25 de marzo de 2012

¿Para qué?

Esta mañana, como siempre que me levanto medio dormido, he estado a punto de chocarme contra la librería que tengo en mi dormitorio. Un rápido juego de cintura impropio a esas horas me ha librado de un buen porrazo, pero no he podido evitar que mi nariz quedara a escasos centímetros de un ensayo sobre España en el siglo XlX de Tuñón de Lara. Dado que la rapidez de movimientos no suele acompañarme a esas horas, me ha dado tiempo a observar el libro que había a su lado, de Diaz Plaja, también sobre la España del XlX, confirmando así que es un tema que me interesa pues no lejos está un estudio coordinado por Javier Paredes Alonso, de diferentes autores, escribiendo sobre ese momento tan importante de nuestro país. Mater Magistra es otro título indispensable para conocer el origen del concepto de hispanidad que también anda en la misma zona de mi librería. Este último, junto con el de Javier Paredes y el de Lara los he leído, el otro no. Aún, no.

Luego he descubierto un libro con una pinta fenomenal, aún sin abrir las tapas, que trata de la teoría del caos, en un mismo grupo donde se apilan tomos con títulos tan atractivos como uno que se llama “ la Historia de la Luz ”, también sin leer. He seguido mirando y he encontrado libros de filosofía, antropología, historia, alguna novela de ciencia ficción, todos con claras señales de no haber pasado de un simple hojeo.

Tengo un montón de volúmenes en la librería de mi dormitorio que nunca he leído, no porque me parezcan poco interesantes, sino porque he ido encontrando otros que me lo han parecido más. Son libros que en el mismo momento de comprarlos ya sabía que no los iba a leer, no al menos, inmediatamente. Los tengo de la misma forma que las hormigas almacenan alimentos en sus hormigueros y las ardillas hacen acopio de bellotas, pensando que en algún momento podrán dar cuenta de la provisión. Con una enorme diferencia: tanto unos bichos como otros, acabarán comiéndose todo lo que han almacenado, mientras que en mi caso sé que jamás leeré la totalidad, ni siquiera una parte significativa, de esos libros.

Esto me hace pensar que también tengo, aún sin sacar de su caja, un curso completo para aprender piano que me compré hace años y una complicadiísima maqueta de avión que tiene que ser una delicia verla terminada.

Y digo yo, si me sobra material para no aburrirme, por qué mierdas se me ocurre meterme en un curso de parapente y romperme el tendón del biceps izquierdo. El miércoles que viene me operan. Supongo que no podré mover mi brazo durante lustros, así que abadonaré mi maldito blog por un tiempo.

Además, estaré muy ocupado leyendo alguno de los libros que he mencionado anteriormente. Empezaré por los de menos peso.




domingo, 18 de marzo de 2012

Retraso justificado y paliado

Normalmente subo una nueva entrada a mi blog, mi maldito blog, cada semana. Llevo 15 días sin hacerlo y se debe a dos motivos, cada uno de ellos suficiente para justificar el retraso, pero de naturaleza totalmente diferente.

El más prosaico de los dos es porque tengo una lesión en mi brazo izquierdo, producida por mi natural tendencia a hacer disparates, que me impide escribir cómodamente con el ordenador. El otro motivo, más enjundioso, sobre el que probablemente hable en otra ocasión, es por exceso de trabajo. Sí, creo que de eso hablaré en otro momento, merece la pena.

Para hacerme todo más sencillo, tal como están las cosas, voy a subir un cuento mío escrito hace tiempo. Forma parte de un libro de relatos publicado por la editorial Galisgam que ha resultado… bueno, digamos que sin saber cuántos libros se han vendido, me siento profundamente decepcionado, de modo que cuando ese dato me sea revelado, mi frustación alcanzará ya niveles incompatibles con el manteniminento de la necesaria paz interior.

Así, que de momento, espero que al menos os guste el relato seleccionado. He escogido uno que entre otras cualidades cuenta con la de la brevedad.

Es peligroso asomarse al interior

Que se sepa, nadie ha visto a Heracles con prisas. Nunca. Por eso me sorprendió tanto ver cómo cruzaba el otro día la calle a paso ligero y dando de vez en cuando grandes zancadas olvidando su proverbial compostura. Él siempre ha mantenido que a no ser que te dediques a ello profesionalmente no existe ninguna razón que te haga correr, ninguna. Y aún va más lejos con esta teoría pues dice que una de las formas más lamentables de perder la dignidad se produce precisamente en el momento en que alguien romper a correr, sobre todo si corre pretendiendo que nadie se da cuenta de que está corriendo. Esta situación se da especialmente cuando has empezado a cruzar una calle y de repente se acerca una avalancha de coches que miras de reojillo sin que se note, con la intención de no acelerar, pero claro, ante el inminente atropello, no te queda más remedio que echar el cuerpo hacia atrás y dar ridículos pasos a una velocidad mucho mayor de la mantenida hasta ese momento. Eso era justo lo que de forma grotesca estaba haciendo mi buen amigo Heracles, por lo que, picado por la curiosidad, corrí tras él para descubrir cuál podía ser la causa de su comportamiento. Le alcancé justo cuando acababa de parar un taxi. Tenía ya medio cuerpo dentro.

-¡Heracles! –resoplé- ¿a dónde vas con tanta prisa?

Heracles se volvió sorprendido.

-¿Eh?, ¡Ah, hola, qué tal! Perdona pero es que voy un poco acelerado.

-No me digas –respondí entusiasmado al ver a mi gran amigo en apuros- ¿te puedo acompañar?

Esta última frase la pronuncié ya dentro del taxi, pues no existe mejor política que la de hechos consumados.

-Claro, claro, pero siéntate a mi lado, no encima.

-Tenías que haberte visto cómo cruzabas la calle, parecía que te perseguía un perro.

-¿Un perro dices?, sí, seguro que también... ¡Coja la Gran Vía, la Gran Vía, por favor! –Heracles estaba fuera de si, gritando al taxista- ¡mejor por la Gran Vía!

-La Gran Vía estará más atascada...pero cuéntame, viejo amigo, por qué huyes de esta manera... ¿quién te persigue?

Heracles se calmó aparentemente y tras intentar respirar a un ritmo normal me dijo de la forma más natural que pudo:

-En este momento andan detrás de mi unos cuantos asesinos a sueldo, los peores y más sanguinarios sicópatas y decenas de piratas entre los que incluyo filibusteros, bucaneros y corsarios. Me quieren dar alcance temibles espadachines borrachos y pendencieros, criminales de todo tipo,... también me persiguen guerreros galácticos, pistoleros salvajes, indios apaches,... ah, sí, y los enanos wanda.

-¿Qué has hecho? –por supuesto, yo no ponía en duda lo que acababa de confesarme Heracles. Él nunca miente.

-Una catástrofe, un accidente,... un accidente doméstico eso es.

Mi cara tenía la severidad suficiente para que sin decir nada, Heracles siguiera dándome explicaciones.

-He tenido un escape. ¿Sabes qué ocurre, por ejemplo, cuando se suelta la manguera del desagüe de tu lavadora?

-Que se sale toda el agua y pone la cocina perdida. Una vez se me inundó a mí y caló hasta tres pisos por debajo del.... –Heracles me interrumpió. No le interesaba mi anécdota particular, simplemente ver que había entendido lo que era un escape.

-Exacto. Pues eso me ha pasado a mí, pero en un libro. Por aquí a la izquierda, por favor –Heracles indicó al taxista el camino hacia donde sólo él sabía que íbamos- Un libro terrible. Se llama “historias de los peores criminales de la literatura”. Lo estaba leyendo tranquilamente y por una maldita estupidez, se me ocurrió arrancar una hoja que tenía medio suelta. Fue como quitar el tapón de seguridad a una caldera. En seguida empezaron a salir todo tipo de personajes en un torrente imparable. Todo el salón de mi casa anegado de maniacos,... yo no daba abasto a recogerlos y cuantos más echaba al cubo con la fregona, más seguían saliendo,... una auténtica inundación que no podía controlar. Se me ha puesto la casa perdida de asesinos y tunantes,... no te puedes hacer una idea. Luego, empezó a salir otro tipo de inmundicias: verbos defectivos, conjunciones copulativas, oraciones de ablativo absoluto, sintagmas de todo tipo,... un auténtico desastre – Heracles hizo una pausa para respirar-. Bueno, al menos, estos últimos según se derramaban por la habitación se quedaban ahí quietos, acumulándose unos encima de otros, sin hacer nada, pero los personajes son todos muy violentos y en cuanto se dieron cuenta de mi presencia empezaron a perseguirme. Bueno al principio se mataban unos a otros, pero luego la emprendieron conmigo... en fin. ¡Pare, aquí es!

Heracles se bajó del taxi tan apresuradamente como había subido y luego desapareció engullido por un oscuro portal. Yo le indiqué al taxista que volviera al mismo punto donde nos había recogido y según nos alejábamos tuve tiempo de ver una placa en el portal que indicaba que ahí vivía un encuadernador de libros. Grimorios, pensé para mis adentros, y por primera vez me di cuenta de lo extraordinariamente raro que puede resultar Heracles a quién no lo conozca.

domingo, 4 de marzo de 2012

Microrrelato 2

Este microrrelato forma parte de una colección de microrrelatos que tiene la característica de que todos han sido escritos en algún viaje. Los viajes son momentos estupendos para sorprenderse, ver cosas nuevas y disfrutar de cierto tiempo libre. Circunstancias inmejorables para encontrar una pequeña historia que nos sirva de recuerdo.

No hace falta decir dónde escribí la siguiente.

GALLINAZO

Se habían criado juntos. Vivían en El Porvenir, un pequeño pueblo en la costa atlántica de Panamá, plagado de gallinazos, a los que, a pesar de su gran tamaño, no dejaban de acosar. Tanto formaban parte de sus vidas que uno de sus juegos se llamaba así, el juego del gallinazo. Consistía en alejarse de la costa nadando, los dos juntos en paralelo, hasta que uno de ellos gritaba, ¡gallinazo!, señal de que se rendía. Entonces, tras descansar unos minutos a la deriva, regresaban felices y satisfechos a la playa. Tenían un pacto no escrito, según el cual, cada vez gritaba Gallinazo uno de los dos, de forma que nadie ganaba dos veces seguidas. Era parte del juego. Un día, sin embargo, a quien le tocaba gritar gallinazo no lo hizo y siguió nadando. Su amigo, extrañado, también siguió pues era su turno de quedar victorioso.

Desde entonces no hay nadie que acose a los gallinazos de El Porvenir y todas las tardes se reúnen en la playa, expectantes, por si regresan los dos amigos.

martes, 28 de febrero de 2012

Decepciencia

Estaba a punto de escribir algo sobre Urdangarín, o cosas de aún mayor calado, como el inminente fin del mundo (ligeramente posterior al fin de Europa), cuando me he dado cuenta de que todo eso son bagatelas.

Hay algo muchísimo más importante y son las pequeñas decepciones que sufrimos a diario, pequeñas pero que si las ponemos todas juntas nos pueden amargar una mañana. En este orden de cosas, hace un rato me he llevado una desilusión que puede acabar con toda la confianza que tenía yo puesta en el Universo.

Leyendo un suplemento científico, me he enterado de la siguiente verdad incontestable: “hay más moléculas de agua en una sola gota que estrellas en todo el universo”. Me ha sorprendido, sí, pero sobre todo me ha decepcionado. Yo siempre había pensado que el universo era algo inabarcable, un sitio tan desmesurado que la palabra enorme resultaba insignificante para intentar describir sus dimensiones y donde el número de estrellas, tan solo en una de sus incontables galaxias, excedía con mucho cualquier cantidad imaginable. Y encima está en expansión. Pues bien, resulta que toda esa admiración por el cosmos que yo sentía se me ha venido abajo en cuanto me he enterado de que es mucho más incontable lo que hay dentro de una simple gota de agua. Una gota de agua que si la soplas durante unos pocos segundos desaparece evaporada.

Y es que la naturaleza guarda secretos grandiosos al lado de otros que resultan terriblemente decepcionantes como el hecho de que si coges dos moléculas de ADN, una de un ser humano (que se supone que tiene que ser un ADN formidable) y otra de un melocotonero, a no ser que te fijes mucho, serías incapaz de distinguirlas. Entonces, yo me pregunto, qué sentido tiene que nos pasemos toda la vida pensando que somos los reyes de la creación, inteligentes, con sentido de la trascendencia, discernimiento moral, etc, etc, si al final, cuando rebuscas en nuestra esencia, en lo más oculto de nosotros mismos, nos llevamos la sorpresa de que realmente no son para tanto las diferencias que nos separan con un aguacate, y encima con el agravante de que el aguacate no tiene que trabajar todos los días. Es que para ser iguales, prefiero ser aguacate.

Claro que si en una sola gota de agua hay más moléculas que estrellas en todo el universo, nosotros que estamos hechos básicamente de agua, un setenta por ciento, gota arriba gota abajo, resulta que contenemos una infinidad de universos dentro de nosotros mismos y eso sí que te hace sentirte grande.

Está claro que la ciencia aunque te decepcione al principio, al final te da consuelo.

domingo, 19 de febrero de 2012

Las recetas del Profesor Franz de Copenhague

Ya sabemos que estamos en un mundo extraño, al menos, yo sí sé que estamos en un mundo extraño. Y no es una opinión, es que me pasa cada cosa. Sin ir más lejos, el otro día me levanté con un dolor de cabeza terrible, tan intenso que apenas me permitía pensar. Como no desaparecía, no tuve más remedio que acudir al médico. El doctor me recibió muy amable y al verme tan apurado me prometió mil veces que no me preocupara que eso lo arreglaba él en un decir Jesús. Me tranquilizó bastante tanta seguridad. El galeno tras hacerme un reconocimiento básico me recetó una crema para la inflamación de los tobillos. Parte de mi tranquilidad se vino abajo. Le pregunté incrédulo si el ungüento aliviaría mi problema, y sin titubear me aseguró que por supuesto que lo aliviaría, hasta ahí podíamos llegar. Eso sí, esto no es la purga de Benito, me dijo, tardará un tiempo en hacer efecto, pero vamos, el tratamiento es el más acertado en estos casos de migraña aguda. Qué cosas, pensé yo aún sin terminar de convencerme del todo. Me compré la crema en la farmacia de al lado y ahora estoy en casa con mi dolor de cabeza esperando que haga efecto. De momento, creo que mis tobillos están fenomenal, pero la verdad es que nunca me han dado problemas.

En este mismo orden de cosas vi un anuncio en la televisión en el que recomendaban unas zapatillas deportivas estupendas para combatir la tos, seguido de otro en que mantenían que no había nada como un buen trago de ginebra Gin Rock para hacer desaparecer la caspa. Me imaginé a mi médico como responsable de esas campañas de publicidad. Volví a aplicarme crema para mis tobillos o mi cabeza, ya no lo tenía claro, y tras apagar la televisión cogí la prensa para ver qué se comentaba.

El impacto fue aún mayor a pesar de que ya empezaba a acostumbrarme a que todo fuera tan extravagante. En primera página, en grandes titulares venía la noticia de la reforma laboral que todos conocemos. Decía que era una medida contra el paro. Es decir, que los orígenes de que haya tanto paro en España hay que buscarlos en el Estatuto de los Trabajadores. Algún artículo o alguna disposición legal hay por ahí, que no están del todo bien pensados, y son la causa de que la tasa de desempleo siga aumentando y aumentando sin parar. Caramba, qué descubrimiento, nunca se me hubiera ocurrido, y yo que creía que era más bien por cuestiones financieras, bonos basura, especulación, todo aún sin resolver, y resulta que no tiene nada que ver. Claro, si eso es así, es evidente que en cuanto cambiemos unas cuantas ordenanzas por Real Decreto, volverá a haber trabajo para todo el mundo.

Pues qué bien, pensé, y volví a darme más crema contra la inflamación de los tobillos a ver si se me pasaba de una maldita vez el dolor de cabeza que ya empezaba a resultarme insoportable.

jueves, 9 de febrero de 2012

Santo y seña

Me levanto por la mañana y lo primero que hago, después de desayunar y pasar cerca de cuarenta minutos en el cuarto de baño tratando de empezar el nuevo día mejor de cómo dejé el anterior, es encender mi ordenador. Me pide una contraseña. Luego conecto el disco externo para tener siempre un backup (da miedo tener algo con semejante nombre pero es imprescindible, por lo visto) y me vuelve a pedir otra contraseña. Entro en mi correo para gastar una hora en atender mailes (esta palabra ya no da miedo), completamente prescindibles la mayoría, y por supuesto tengo que introducir previamente otra contraseña.

A partir de este momento, mientras esté conectado a Internet tendré que repartir contraseñas y códigos secretos a diestro y siniestro en un número incalculable, como hisopazos de un cura loco ante la feligresía ávida de bendiciones.

A veces, al entrar en una nueva página hasta entonces desconocida o en el blog (esta palabreja es simpática) recomendado por un amigo, tengo que proponer una contraseña para ser admitido. Ese es un momento delicado que no tiene retorno. Trato de poner algo sencillo de recordar, por ejemplo el nombre de mi gato, pero oh, qué mala suerte, ya está cogida por otro usuario, no sé si porque tiene un gato con el mismo nombre o por otra casualidad. Busco una alternativa pero el sistema de seguridad del dichoso blog, que por otro lado ya ha dejado de interesarme, me recomienda que busque otra más segura pues la que torpemente he elegido resulta demasiado facilona para los criterios de seguridad del administrador del dichoso blog (ya me cae peor la palabrita de marras). En este momento pienso dos cosas. La primera, ¿es necesario una contraseña segura para subir comentarios a un blog.? No me imagino a ningún maleante intentando suplantar mi personalidad para colocar sus comentarios como míos, pero transijo y pienso otra contraseña con la idea de que mi próximo gato en lugar de llamarse Renato, que por lo visto es obvio para cualquier suplantador de personalidades, le llamaré AnqujiokatuMp147act87cAtimPataplimbas. A fin de cuentas, llamándose Renato tampoco atiende.

Los teléfonos móviles también se las traen. Alguna vez me he quedado sin batería después de llevar meses encendido, y para volver a conectarlo me ha pedido el pin. Yo, por supuesto, no he sabido que decir, se ha bloqueado y me ha pedido el puk. Peor, claro.

Tengo una libreta con multitud de contraseñas que confundo sistemáticamente a la hora de aplicarlas. Esa es la razón por la que en mi casa hay cientos, quizá miles, de ordenadores, teléfonos y otros dispositivos que nos hacen la vida más fácil y cómoda, totalmente bloqueados sin que nadie pueda usarlos a pesar de encontrarse en perfecto estado. Por culpa de las malditas contraseñas que no consigo recordar en su inmensa mayoría. Qué mundo.

sábado, 4 de febrero de 2012

Microrrelato 1

Desde el momento en que decidí abrir este blog sabía que tarde o temprano podía acabar haciendo alguna confesión sobre mí. Me resisto a hacerlo, pero como preámbulo de lo inevitable, os adelanto que tengo cierta tendencia hacia la brevedad. No en todos los ámbitos, y como tampoco quiero extenderme mucho en explicaciones (para ser consecuente con las dos afirmaciones anteriores), sin más, subo (qué expresión más absurda) a mi blog, mi maldito blog, un microrrelato. Me gustan los microrrelatos, eso es lo que quería decir.

POR PARTES

El otro día iba andando por la calle, tan campante y feliz, cuando repentinamente se me desprendió un brazo. No me dolió nada, pero el hecho es que ahí estaba, tirado en el suelo algo que había formado parte de mí desde… toda la vida. Lo cogí y me lo llevé por si alguien me lo podía volver a colocar, aunque estas cosas nunca tienen buen arreglo. Llegué a mi casa, y en el ascensor me encontré con una pierna que habría perdido algún vecino sin darse cuenta. Abrí la puerta y me recibió mi suegra sin orejas. A su lado estaba Trapo, mi perro, al que le faltaba el rabo, por lo que no supe distinguir si estaba contento o no. Me senté en el sofá con cuidado de no aplastar la cabeza de la tía Dalia y pensé que algo extraño estaba pasando en el mundo.

lunes, 23 de enero de 2012

Las edades del hombre

Ya sabemos que hay personas de distintas edades, vaya noticia, pero ¿por qué?. Parece una tontería de pregunta pero tiene su enjundia. La respuesta sencilla es que partimos de cero y según va pasando el tiempo todos nos vamos haciendo mayores, cumpliendo años, recorriendo etapas,… Ya, pues no. No es así la cosa, ni mucho menos.

Os voy a contra algo que descubrí el otro día en un transporte público, que además de reducir la contaminación atmosférica, te brinda la oportunidad de observar muy de cerca a tus paisanos sin llamar la atención. Estuve estudiando a cada quisqui que se me ponía a tiro, y aunque al principio no me di cuenta, luego me fijé en algo que aparentemente resulta obvio: de la misma forma que unos son bajos, otros chepudos y alguno con el entrecejo poblado, los hay que tienen veinte años, treintaycinco o cuarenta. ¿Dónde está la sorpresa?, os preguntaréis impacientes, a lo que inmediatamente os voy a responder. El descubrimiento está en que no se trata de una etapa sino de una condición. Sí, la edad es una forma de ser, es algo inherente a la esencia de cada cual, de modo que el que tiene catorce años es que ha nacido así y así llegará a viejo. Toda su vida tendrá el aspecto y el carácter de un adolescente de 14 años, y en el mejor de los casos, si es que llega a vivir mucho, puede pasar a tener quince o dieciseis. Y esto es así para todo el mundo. Hay personas que tienen ochenta años sencillamente porque son así, viejos desde que eran pequeños, que en realidad nunca lo fueron, pues toda su vida la han pasado siendo octogenarios. Al principio de sus vidas, cuando se encontraban con alguien, tanto si era conocido como si no, todo el mundo exclamaba admirado: ¡parece mentira, ochenta años, con lo joven que se le ve a usted! (y tanto, a lo mejor, en ese momento tenía doce). Sin embargo, ya al final, esas mismas personas u otras distintas, qué más da, comentarían que se le ve muy estropeado y con muy mala pinta.

Esto es así y así ha sido desde el principio de los tiempos. La prueba irrefutable es que aparece en la Biblia, palabra de dios, y ya sabemos que Dios no miente. Pablo de Tarso, uno de los inventores del cristianismo, también lo menciona en varias de sus epístolas a los corinitios, que dicho sea de paso, no paraba de escribirles cartas. Habla de la resurreción de los muertos, y de la resurrección de la carne. Son referencias a que el día del Juicio Final todos resucitaremos de nuestras tumbas para desfilar ante el implacable tribunal, y digo yo, que si resucitamos, lo que es un hecho indiscutible, lo haremos con un cuerpo gentil. Ya, ¿pero un cuerpo de qué edad? ¿El que teníamos con veinte años, o el que ya estaba hecho una piltrafa con noventaycinco, que cada vez duramos más? Pues bien, amigos, esta ardua cuestión solo admite una posible respuesta, y es que resucitamos con el único cuerpo que hemos tenido durante toda nuestra mortal vida. Al ser único, no admite otras posibilidades.

Es evidente que mi descubrimiento del otro día está validado por las más altas instancias.

¿Qué os decía yo? ¿Tengo o no tengo razón? Y por si aún queda algún escéptico con la ceja levantada que no acaba de creerme, os dare otra prueba: ¿Alguien puede imaginarse a Rajoy con una edad distinta de la que tiene? Cuando habla, lo hace utilizando expresiones de quien ha sido así siempre. Habla como mi abuela que también tuvo toda su vida ochenta años, y cada dos por tres incluía un “como Dios manda”, para dar solvencia a lo que decía. Además, en el caso de Rajoy os diré que está aún en sus años mozos, vamos que tenemos Mariano para rato.

martes, 17 de enero de 2012

Uno mismo

Es terrible darse cuenta de lo poco que duramos siendo nosotros mismos. La típica expresión que a menudo oímos de “he cambiado tanto que ni yo me reconozco”, es lo más acertado que podemos decir de nuestra persona, término que se queda totalmente desdibujado, pues a qué persona nos referimos, a la que somos ahora o a la que fuimos hace cinco años. Cambia nuestra forma de pensar y con ello cambiamos nosotros. Muchas veces, nos parecemos más a un desconocido que a lo que hemos sido en un tiempo pasado. Un bebedor, mujeriego y amigo de broncas, se puede convertir en un tranquilo, fiel y abstemio marido.

Lo mucho que cambiamos físicamente es muy evidente, pero los cambios que se producen en nuestro interior son aún más notorios y también más terribles, pues afectan a nuestra propia esencia poniendo en duda incluso que exista algo parecido a una esencia de nosotros. Ni siquiera es necesario haber tenido recientemente experiencias resaltantes (volverse abstemio, votar al partido que siempre nos ha caído fatal…) para que surja la evidencia de lo efímero de nuestra mismidez.

Si a todo esto le sumamos que ninguna de las moléculas que componen nuestro cuerpo físico, formaban parte de nosotros quince años atrás, salvo, por lo visto, algunas que tenemos en los huesos, la certeza de que cambiamos tanto que dejamos de existir en vida para convertirnos en otros seres, es ya total.

Y para terminar con el galimatías, ¿qué ocurriría si replicáramos molécula a molécula nuestro cuerpo físico? Naturalmente es pura conjetura, pero en el terreno teórico nada nos impide copiar nuestro cuerpo colocando los mismos átomos que lo componen en las mismas posiciones, con lo que obtendríamos, no ya una copia de nosotros, sino que también seríamos nosotros. Con los mismos derechos a ser llamados por nuestro nombre. Incluso, si eso ocurriera, seguro que responderíamos. O responderían, porque ya no sé si seríamos nosotoros o no. Entonces, ¿podemos haber varios “yo”? La misma formulación de la pregunta parece un error sintáctico de lo absurdo que resulta, pero insisto en que en el plano teórico es posible. Quizá algún día, la forma habitual de viajar sea introduciéndonos en un desmaterializador en el punto A, y surgiendo en un materializador en el punto B, de forma que vamos de A hasta B, en fracciones de segundo. Y sin tener que quitarnos los zapatos en la aduana, pues en realidad, nos quitarían todo, hasta el cuerpo.

Presumimos de poseer una identidad clara y de que cada uno de nosotros tiene su propia personalidad y resulta que eso no es más que otro deseo producido por nuestra vanidad. Estoy seguro de que el futuro nos pondrá en nuestro sitio, ya veréis.

Pero ahí no acaban las malas noticias para los que se creen únicos y creadores de su propia genialidad que los distingue del resto. Hace poco se ha realizado un estudio en el Instituto Karolinska de Estocolmo que revela que el éxito o fracaso del hombre en su matrimonio viene determinado por un gen. Si tienes ese gen, ya puedes ir preparando los papeles del divorcio y más vale que no te metas en hipotecas para toda la vida con tu pareja. Por lo visto actúa sobre una hormona del cerebro llamada vasopresina. Según los investigadores, dos de cada cinco varones poseen el gen de marras, lo que no contradice en modo alguno las estadísticas sobre divorcios con la corrección necesaria de que muchos hombres, a pesar de sentir la llamada de la naturaleza para divorciarse no lo hacen por motivos que creen ser personales, pero que seguro que aparecen motivados por otro gen.

Hace ya algunos años se descubrió que también un gen era el causante de la ludopatía. Si seguimos así, seguro que existe otro gen que nos hace ser del Real Madrid o del Atlético, otro que nos define claramente como coleccionistas de cucharillas de ciudades del mundo y ya puestos, algún gen habrá que sea el responsable de que haya personas que no soportan el cante jondo, como es mi caso, y que tanto me gustaba comentar entre los amantes del flamenco para hacerme el interesante.

Resulta que todas nuestras capacidades, gustos, perversiones, aficiones, preferencias, tendencias, manías, sicopatías, y demás rasgos de personalidad, están determinados por grupos de moléculas, muy semejantes a las que puedas encontrar en la parte más oculta de una acelga.

Somos pura química, y por tanto no hay sitio para el orgullo desmedido. Cristales evolucionados, eso es lo que somos. Pues vaya.

jueves, 12 de enero de 2012

Por principios

En mi útimo post hablaba de los memes, como agentes trasnmisores de todos los rasgos culturales que se transmiten de generación en generación dentro de una sociedad, y la posibilidd de cambiar ciertas pautas culturales manipulando esos memes. César, amigo y sin embargo visitador de este blog, sugirió que esa manipulación puede verse bloqueada por una especie de sistema inmunológico contra memes extraños que las sociedades crean para evitar precisamente eso, alteraciones en aquellos memes con los que se sienten más seguros. Le he dado vueltas, pocas pues la cosa es evidente, y ese sistema inmunológico se llama, principios.

Tenemos que admitir que lo que mejor se nos da a los seres humanos es pensar, pero eso no significa que cada vez que lo hagamos, acertemos. De la misma forma que no siempre que emprende su veloz carrera un guepardo, acaba alcanzando a la presa. Lo que nos diferencia del guepardo es que el felino sí es consciente de que puede fallar, mientras que nosotros creemos que cada vez que tenemos un pensamiento éste es certero, único e indiscutible. Me temo que la soberbia nos impide ver nuestras limitaciones.

Resumiendo: no todas las ideas son buenas por el hecho de haber sido pensadas por nosotros, seres supremos en la cosa de pensar, y mucho menos únicas. Es decir, todos deberíamos admitir que cualquier idea por buena que nos pueda parecer en un momento dado, es susceptible de ser revisada, mejorada, ampliada, y ¿por qué no? excluida y reemplazada por otra.

Sin embargo esto es algo que muy pocas personas tienen presente, y aquí es donde aparece ese sistema inmunológico que decía César y que yo llamo principios, inspirado en un encuentro que tuve con un amigo mío de la infancia que me declaró orgulloso que sus principios son inamovibles.

-Mis principios son inamovibles –me dijo mientras se ajustaba el nudo de la corbata para dar mayor seriedad a la declaración.

Principios es más que ideas, claro, pero no entiendo por qué.

Según mi amigo y sus ideas inmutables, entiendo que si en un momento dado te han gustado los toros, te tienen que gustar hasta que te mueras, aunque alguien te explique que es una barbaridad. Si tal cosa sucede lo mejor es no escucharle, y argumentar a favor de la tauromaquia sin atender otras razones, no sea que te puedan llegar a convencer y tus principios se tambaleen como una gelatina.

Era sólo un ejemplo, los hay más perjudiciales. Fijaros sino en la religión. Si por educación y por influencia de tu entorno, has creído en un dios determinado, más vale que ni te plantees dejar de hacerlo una vez que tienes una mente mucho más preparada para la crítica que cuando te inculcaron la idea de dios. Esto trae como consecuencia directa que tampoco puedes cuestionar ninguna de las ideas derivadas de creer en ese determinado dios, que siempre marca sus propias pautas de cómo pensar. En el caso de España y su cultura católica, tu opinión sobre el aborto, los matrimonios gay, la eutanasia y otros asuntos en que la iglesia ha mostrado su postura, ha de responder a lo que se espera de quien tiene esas ideas, sin preguntarte siquiera si no hay otra opción mejor. O simplemente admitir que otras personas tengan otra opción. Es una cuestión de principios y ya está.

Por eso, por principios, hay personas que se pasan toda su vida manteniendo las mismas ideas, unas ideas que a veces son acertadas, en cuyo caso, mira tú qué bien, pero que también existe la posibilidad de que sean superadas por otras mejores o simplemente por otras más acordes con los nuevos tiempos, que esos sí que cambian lo queramos o no, en cuyo caso, mantenerse firme en sus ideas guardadas como piezas arqueológicas, con orgullo y sin permitir que nadie las toque, no deja de ser un gran error de la función pensante.

Es triste ver que a veces en lugar de encontrarte con personas que tienen ideas, te topas con ideas que poseen personas.

sábado, 7 de enero de 2012

Memes

Muchas personas no saben qué es un meme, y sin embargo todos rezumamos memes cada vez que hacemos algo. Un meme, por así decirlo, es como un gen, pero en vez de en el terreno biológico, en el cultural. Es decir, memes son aquellos rasgos culturales hereditarios que nos transmitimos dentro de una sociedad dada, de generación en generación. Dicho así, para resumirlo. Es un término que acuñó Richard Dawkins en su gran obra El Gen Egoísta, y lo llamó meme por su aproximación fonética a gen al tiempo que señalaba su vinculación con memoria y mímesis. Es por lo tanto una unidad de información cultural transmitible de un individuo a otro.

Tan meme es en nuestra sociedad ir a misa los domingos como entre los yanomamos, llevar el prepucio atado a la cintura. Los europeos compartimos muchos memes, pero también incomprendemos los exclusivos de nuestros vecinos. Los memes de los chinos son bastante diferentes de los que se llevan en los emiratos árabes y éstos de los que se transmiten entre los judíos y así, a base de memes demostramos la gran diferencia que existe en la forma de entender la vida según en qué sociedad hayas nacido.

Cada cual siente sus propios memes como los mejores y los luce con orgullo haciéndolos resaltar cuando la ocasión lo precisa para dejar claro al mundo que para memes, ninguno como los suyos. Aunque sean de una cutrez evidente. Como el famoso Spain is different que blandíamos con callada tristeza en una época en que efectivamente se notaba una gran diferencia entre nuestras costumbres y las aledañas.

Pues bien, se me ha ocurrido una idea estupenda: propongo que de la misma forma que a base de la manipulación genética se consiguen peras más gordas, sandías sin pipos, incluso cuadradas para facilitar su almacenamiento, o un maíz formidable resistente a plagas y ciclones, por qué no hacer, siguiendo la analogía, una manipulación memética en los aspectos débiles de una sociedad con el fin de mejorarla. Por ejemplo, se me ocurre, que los investigadores de turno podían lograr una mutación en los memes transmitidos en España para que las siguientes generaciones surgieran con mayor amor a los animales. Así, se dejarían de ver perros ahorcados al final de las temporadas cinegéticas, o arrojados a la carretera en verano, y por supuesto, ya no se daría la tortura estival de toros, tanto en los cosos, exterminados por matadores profesionales, como en las fiestas populares en que son lanceados, alfilereados, y martirizados, en fin, de mil maneras diferentes. Y ya puestos, también pediría otra ligera manipulación memética para poder dormir en verano nuestras siestas, propiciadas por irrenunciable meme, sin que el escape libre de una moto, los petardos de una feria o la radio insufrible del vecino, lo impidiera.

Se me ocurren más manipulaciones meméticas en nuestro menoma nacional, pero de momento sólo quería poner un par de ejemplos para ilustrar mi gran idea.




sábado, 31 de diciembre de 2011

objetos perdidos.

Todos somos caprichosos y a todos nos gustan ciertas cosas en un momento dado y en otro diferente dejan de gustarnos. Eso es inevitable y a nadie le parece extraño, lo que sí resulta llamativo es que nos pongamos todos de acuerdo en apreciar ciertos objetos de forma unánime y a continuación y con la misma facilidad, ignorarlos. No me refiero a la moda que ya sabemos que está dirigida por intereses comerciales, sino a un impulso colectivo que se produce de forma inconsciente sin que medie la voluntad de nadie. De repente, por ejemplo, dejan de fabricarse paragüeros, o al menos, la gente ya no los pone en sus casas. Yo recuerdo de pequeño que en mi casa y en casa de mis abuelos y en las casas de mis tíos y de los tíos, las tías, abuelos y padres de mis amigos, en todas, digo, había un paragüero nada más entrar (claro, perdería su sentido si lo pusieran lejos de la puerta de entrada). Ahora, sencillamente, es un artilugio que ha dejado de existir. El caso es que sigue lloviendo de la misma manera y de hecho, se siguen comprando paraguas, supongo que con la misma asiduidad que antaño. ¿Dónde se dejan una vez que estás a resguardo de la lluvia dentro de una casa? Yo no lo sé pues he de reconocer que no uso paraguas. Menos paragüero.

Lo mismo le sucede a otro objeto odioso y repulsivo y que sin embargo, parecía vital en su momento. Me refiero a las escupideras. En las casas de bien, había una en cada rellano de escalera. Por supuesto proliferaban en todos los lugares públicos, a veces, acompañadas del nada glamuroso cartelito de “se prohíbe escupir en el suelo”. ¿Qué ha sido de nuestras flemas? Nadie lo sabe y nadie está interesado en averiguarlo pues el asunto da un poco de asco.

Otro tanto, y en la misma línea de detritus rinólogos, ha pasado con los pañuelos de nariz. Antes no había un día de la madre en que no se vendieran toneladas de pañuelos de nariz primorosamente bordados para nuestras abuelitas. Era su regalo indiscutido al que acudíamos con la certeza de acertar y la tranquilidad de no tener que estrujarnos la cabeza buscando otra opción por el mismo precio. ¿Han dejado de moquear las abuelas, o simplemente ya no nos importa que lo hagan a nariz suelta?

Podíamos enumerar un sinfín de objetos caducos, como pitilleras, monederos para caballeros (curiosamente las carteras de las mujeres llevan acoplado un compartimiento para guardar las monedas, inexistente en las carteras de los hombres. Por cierto, ¿por qué hacen diferentes unas y otras, si su función es la misma para ambos sexos?), agendas de bolsillo, bambas de nata,... en fin, cosas que ya no forman parte de nuestras vidas y que han sido reemplazadas por otras de las que no nos desprenderíamos ni bajo amenazas (véase el móvil) hasta que les llegue su hora de forma natural y pacífica como a todo lo que existe y dejará de existir.

domingo, 25 de diciembre de 2011

Apariencia

Hay cosas que dentro de su apariencia normal ocultan terribles realidades muy diferentes a lo que nosotros suponemos que son. Tienen la capacidad de camuflarse en la rutina, de esconder su verdadera forma a los ojos más perspicaces y aparecer como un conjunto de diminutas subcosas que visto sin prestar demasiada atención y a cierta distancia resultan uniformes hasta en el tacto. Una vez descubrí en la portería de una casa, un gato de formidable aspecto, pero que su piel estaba formada por un número infinito de ratoncitos. Lo descubrí cuando fui a acariciarlo, y note que una multitud de pequeñas colas se agitaban según acercaba mi mano. Además, sus ojos eran un conglomerado de bolitas de cristal que giraban sin orden establecido, con lo que parecía que brillaban de una forma extraña. Supongo que si cogiera a uno de los pequeños ratones que estaban tapizando la piel del gato y lo analizara con un microscopio, descubriría que a su vez, estaba compuesto por miles de puercoespines dispuestos de forma ordenada y con las púas peinadas dócilmente hacia atrás. Esta puede ser la razón por la que no se debe acariciar a un gato a contrapelo.
En otra ocasión me di cuenta de que una de mis uñas estaba formada por una cantidad increíble de conchitas de mar. Desde aquel día introduzco de vez en cuando la mano en un barreño con agua y sal, para que se sienta feliz en un ambiente que en algún momento le fue familiar.
Esto es solo lo que yo he conseguido desentrañar, pero estoy seguro de que si nos fijamos en profundidad nos daremos cuenta de que este fenómeno afecta a todas las cosas que nos rodean y de las que solo percibimos su apariencia más exterior. Seguro que debajo de nosotros, de cada una de las personas que conocemos, hay algo que nos sorprenderá.
Me imagino por ejemplo a un vecino que tengo pesadísimo, hecho de diminutas barbacoas, por eso siempre que pasa a mi lado deja un inconfundible olor a chorizo criollo a la brasa. Su mujer, en cambio, debe estar compuesta de colas de lagartija pues es la persona más nerviosa que conozco, nunca se queda quieta y siempre la ves corriendo de un lado para otro, arrastrano algún niño formado por diminutos ositos de peluche.
¿De qué están hechos nuestros amigos más cercanos? ¿O ya puestos, qué guardan en su interior Rajoy, Esperanza Aguirre, Rubalcaba, el mismo rey que parece que nunca ha roto un plato…? Yo no quiero ni pensarlo pero mi recomendación es que nos fijemos muy bien. Pueden ocultar una realidad muy distinta que somos incapaces de ver.

viernes, 16 de diciembre de 2011

Introito, y luego el cuento.


Me parece que he sido de las últimas personas en comprarse un teléfono móvil, de hecho el primero que tuve ni siquiera era mío, usaba el de Conchita que a su vez también se lo había cogido a alguien. Hay cosas, sin embargo, que en cuanto salen, zas, trato de hacerme con ellas lo antes posible y si lo consigo con anterioridad a mis amigos más cercanos, mucho mejor, pero con el teléfono móvil, ya digo, no me sucedió.

Exactamente lo mismo me ocurre con el blog. Siempre me he resistido como gato panza arriba a tener uno. En cierto modo me resulta un ejercicio de exhibicionismo, una falta de pudor. ¿Por qué diablos iba a querer yo mostrar a todo el mundo que pase por aquí, lo que yo digo, pienso, escribo, amo, detesto, o admiro? ¿Mis aficiones, las películas que he visto, el teatro, los conciertos, o los casinos y lupanares a los que acudo semanalmente?

No, en ese terreno jamás voy a entrar, pero dado que si no estás de alguna forma, la que sea, en la Red, sencillamente no existes, pues he pensado que quiero seguir existiendo, por lo que aquí me tenéis. Procuraré estar siempre de buena cara y si no lo consigo,… pues cierro y santas pascuas, que para algo uno es huraño ermitaño.


Mi primer post (ya empezamos mal, vaya palabreja más absurda), quiero que sea lo más amable posible, que sirva de felpudo para acoger al visitante antes de entrar. ¿Y qué mejor que un cuento de Navidad, mi cuento de Navidad, ancestral y machacón? Pues eso, aquí lo tenéis, y como ya he dicho que es un felpudo, si os place podéis limpiaros los pies en él.

Os deseo a todos felices fiestas y a mí, además, que me toque la lotería.




BLANCA Y LA NAVIDAD


El cuento de Navidad que a continuación vais a leer, en realidad no es un cuento, pues ha sucedido en la vida real, y como la historia se repite, ya lo sabemos, ha sucedido no una, sino varias veces.

La última fue, hace muchos, muchos años. Era abril, hacía mucho frío y la nieve aún se extendía por todo el valle…

-¡Alto!, si esto es un cuento de Navidad, ¿por qué lo sitúas en abril? ¡No puede ser!

-Puede, claro que puede, ten paciencia y verás que todo llega.

Pues bien, como os decía, ese año el invierno se resistía a dejar paso a la primavera, los árboles no florecían y el campo amanecía siempre escarchado. En el pueblo se comentaba que nunca se habían encontrado en una situación tan desesperada y que si los árboles no iban a dar fruto y tampoco la tierra, a ver qué iban a comer.

Todo el mundo se mostraba pesimista, con razón, y nadie sabía cómo se las iban a apañar para sobrevivir a un invierno tan duro y tan largo. Las gallinas ponían menos huevos, las ovejas pasaban hambre y los lobos también, aunque gracias a las ovejas, bastante menos. Las vacas daban poca leche…

-Un momento, un momento. En esas condiciones es de suponer que habrá una niña desvalida, ¿no?, además tratándose de un cuento de Navidad, pega bastante.

-Pues sí, efectivamente, ahora mismo iba a mencionarlo. Hay una niña desvalida que se llama,… su nombre es lo de menos. Es menuda, frágil, su rostro es el de un ángel y su cabello….

-¿…es como el trigo en agosto, y su mirada tiene la profundidad del mar?

-Pues no. Es morena con unas trenzas que parecen cables de ascensor y tiene mirada de pirada, con los ojos inyectados en sangre de ponerse ciega de canutos, ¿vale?

Como iba diciendo, esta niña era desvalida y su aspecto nada pone ni quita al drama en que de forma inopinada se vio envuelta. El drama de la vida y la muerte, la lucha eterna cuyo vencedor ya sabemos quién va a ser antes de iniciarse la contienda. Una condena irrevocable y cruel sobre la que a veces nos creamos la ilusión de estar amnistiados, una farsa, una pantomima, un engaño sin sentido pues nada lo tiene en esta representación a la estamos obligados a asistir como primeros actores…esto, ejem, ¿por dónde iba? ¡Ah, sí!, resulta que el mes de abril pasó y llegó mayo. Un mayo tan terrible como había sido abril y antes marzo. El viento helado agrietaba las piedras, los días pasaban solitarios y en las noches las luces temblaban en la lejanía, moribundas y pálidas. Tan solo se escuchaba las campanas de la iglesia de forma monótona y, claro, triste, muy triste. Nadie se atrevía a salir de sus casas, nadie salvo Blanca. Blanca es el nombre de la niña desvalida, por cierto.

-Pero dijiste que el nombre era lo de menos.

-Ya, pues mentí. El nombre tiene una importancia capital en esta historia. Quizá sea lo más importante de todo, fíjate hasta dónde llego.

Bien, pues como os contaba, Blanca era el único habitante del pueblo que parecía sentirse ajeno a la maldición, incluso a veces, si estabas atento, podías observar como se dibujaba una sonrisa en su angelical rostro. ¿Acaso Blanca se había vuelto loca?. Su abuela estaba convencida, pero eso es algo que siempre había pensado de su nieta por lo que no tiene nada de extraordinario.

Pasó mayo y no pasó nada más. El tiempo seguía igual, con los mismos fríos y rigores de un invierno invasor que había entrado en el verano sin permitirle dar señales de vida. Ni en julio , ni en agosto. Todo invierno. El pueblo languidecía lentamente, los alimentos escaseaban y el fuego cada vez duraba menos en los hogares. Todo el mundo sufría las consecuencias de aquella anomalía, salvo Blanca, que como siempre había sido extremadamente delgada, su aspecto no había variado en nada. Su abuela, en cambio, había perdido más de 15 kilos, si bien es cierto que la orondez de la señora daba para perder unos cuantos más, de hecho, seguía estando gorda como un lechón.

Al verano le sucedió el otoño, con lo que el tiempo no hizo nada más que empeorar.

Blanca, impertérrita, tan solo un brillo acerado en su mirada.

Bien, os preguntaréis cómo podían sobrevivir en esas condiciones, ¿verdad? ¿cómo era posible que no desfallecieran por el hambre, el frío y sobre todo por el desánimo? Ya, pues esto no es nada comparado con lo que vino a continuación.

-¿Qué vino a continuación?

-El invierno, naturalmente.

El ser humano tiene algo mucho más admirable que su cacareada inteligencia, amigos míos, y sin duda es su enorme capacidad para adaptarse a las peores condiciones imaginables. Cuando todo parce que va ser el final, el hombre saca de su interior una fuerza sobrenatural que lo mantiene con entusiasmo en la lucha por la supervivencia. En esos momentos surge una energía incomprensible, infinita, de algún lugar inexplorado, que le salva la vida.

Esto sucede así en general, sin embargo los habitantes de aquél pueblo carecían de esta facultad salvífica, por lo que estaban, los que aún permanecían con vida, sumidos en la más profunda de las depresiones, sin ánimo para luchar y sin energías para intentarlo.

Pero de repente hubo algo que les hizo cambiar a todos de actitud y ver las cosas con renovadas esperanzas. Donde solo había oscuridad apareció la luz. Sí amigos, lo que pasó es que llegó la Navidad y ese pequeño acontecimiento llenó de ilusión de nuevo los corazones de aquella pobre gente.

Todo el mundo salió a la calle para recibir con alegría una nueva Navidad que como todos los años venía acompañada de… frío, nieve, heladas, niebla, temperaturas extremas, la noche más larga del año, cencellada,…

-¿cencellada, qué es cencellada?

-Cencellada es un hidrometeoro que consiste en que las gotas pulverizadas que forman la niebla se congelan. Resulta muy desagradable.

-Eso se llama cellisca.

-Cellisca es otra cosa, aún más desagradable si cabe, pues consiste en eso mismo pero impulsado por el viento a gran velocidad, y ahora que lo dices, también trajo celliscas la Navidad a aquel pueblo perdido y abandonado.

El caso es que, como he dicho, lo peor del año vino acompañando a la Navidad, con el agravante de que todo el mundo salió de sus casas a tocar la zambomba, a tirarse bolazos de nieve, a cantar villancicos,… todos estaban encantados, ilusionados, y por supuesto, todos estaban ateridos de frío. Pero no les importaba, por fin reinaba la alegría, y el optimismo había llegado de nuevo al pueblo. La vida volvía a ser bella.

Poco les duró la dicha: el resultado es que nadie pasó de la primera noche y antes de terminar la Navidad ya habían muerto todos. Pero eso sí, y esto es lo realmente aprovechable de este cuento, murieron felices pues a todos les inundaba la ilusión y es más valioso tener el corazón lleno de alegría que el estómago de turrón, aunque sea lo último que se experimente en la vida.

-Caramba, me dejas helado, no se si estar alegre por ellos, porque fueron felices, o sentirlo muchísimo.

-Si quieres mi opinión, me alegro una barbaridad de no haber estado allí.

-Ya, ¿y qué tiene que ver con todo lo que has contado la niña desvalida?

-¿Quién, Blanca?. Nada, nada en absoluto. La verdad es que lo de blanca me lo he inventado.