martes, 8 de enero de 2013

Roscón de reyes




La víspera de Reyes nada más levantarme fui a hacer cola para comprar un roscón de reyes, como hago todos los años, para mandárselo a un amigo mío que vive en Pamplona y al que no veo prácticamente desde que hicimos la mili. Es una vieja tradición que mantenemos con el único fin de estar en contacto al menos una vez al año, que ya me contarás tú para qué. Lo bonito de esta tradición y además lo absurdo (todas las tradiciones tienen un lado discutible que es bonito, y un lado innegable que es absurdo)  es que a su vez mi amigo de Pamplona hace exactamente lo mismo que yo: el día cinco de enero me compra un roscón de reyes y me lo manda a continuación con un tarjetón en el que me desea todo tipo de maravillas, con el añadido final de a ver cuándo nos vemos. Ni que decir tiene que todos los años, tanto él como yo, nos comemos el roscón duro como una piedra, pues tardan tres o cuatro días en llegar a su destino. Para mayor inri, los dos sabemos que no vamos a volver a vernos jamás, pues como dije anteriormente, ya me contarás tú para qué. Pues bien, a pesar de tanta certeza de lo inútil y sacrificado de nuestra particular tradición, la seguimos manteniendo año tras año desde hace veinte sin faltar ni uno sólo, y parece que el hecho de comernos el roscón duro, nos une más, pues un roscón cuando está blandito puede ser bueno malo o regular, pero cuando está duro solo tiene una opción, y es estar duro; es decir, que no hay quién se lo coma. Es como si estuviéramos juntos, uno al lado del otro comiendo el mismo roscón de granito, una especie de comunión mística entre mi amigo, al que no veo desde hace veinte años (ya me contarás tú para qué), y yo.
He de confesar que he pasado por momentos de debilidad y muchas veces he tenido la tentación de mandar a paseo la vieja tradición y sobre todo a mi amigo de Pamplona, para comer, por fin, un roscón como dios manda, que ya no sé ni a qué sabe cuando está hecho del día. Pero cada vez, una fuerza interior, la increíble fuerza de la tradición, me ha hecho desistir de tan sabia decisión y siempre he vuelto al absurdo rito de hacer cola para acabar comiendo un roscón que todo él parece la sorpresa de cerámica que ponen en su interior.
El otro día, como decía, me levanté temprano para cumplir con nuestro viejo compromiso, pero me sucedió algo terrible: cuando ya tenía mi roscón casi envuelto, el señor que estaba delante de mí se dio la vuelta para marcharse y justo en el momento en que pasaba  a mi lado se detuvo mirándome fijamente. Tras unos momentos de vacilación, nos reconocimos. Se trataba, sí, de mi amigo de Pamplona que había venido a Madrid a un bautizo. Apenas nos dijimos nada. Sencillamente nos dimos el roscón, el uno al otro, y tras desearnos feliz año nuevo nos dijimos adiós marchándonos cada uno por su lado. Antes hicimos un tímido comentario  de a ver cuándo nos veíamos.
Ahora los dos sabemos que nunca más volveremos a mandarnos un rosón por reyes. Es el fin de la tradición. Por fin.


4 comentarios:

  1. JAJAJAJA
    Me he partido la sorpresita que cual roscón guardo en mi interior, pero que puede ser todo menos dura...
    ¿Por qué no me mandas un roscón a Burkina y yo te correspondo con cualquier cosa local tan incomestible como dura (no serían 2-3 días, que serían meses con el correo local)?
    Podría llegar a convertirse en una bonita tradición: averiguar de qué se trataba el envío (mandémonos cosas muy caducables, sin tendencia al diamante, sino al desarrollo de bichitos y vida en general)

    Besos, rey

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    1. Vale. Me parece una experiencia que puede ser interesante. Yo te mandaré un roscón de reyes (ya para la próxima epifanía) y tú lo que diantres se lleve por alá. A ver qué nos llega. Lo dejo apuntado en My Day para que no se me olvide.
      Besotes y no descartes tan pronto lo del diamante, que me haría ilusión.

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  2. Hasta ahora es lo mejor que he leído en el 2013.
    Antonio L.

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    1. Muchas gracias. Puedes hacerte seguidor y así no tienes que subir tus comentarios con el perfil de anónimo ;-))

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