viernes, 27 de enero de 2017

Mis ojos tienen la nariz fría




                                                                       





Mis ojos tienen la nariz fría, solía decir Roberto para referirse a Sam. Roberto era ciego, claro, y Sam era su perro lazarillo. Todas las tardes salía a pasear por el parque guiado por Sam, su compañero inseparable sin el que no podría dar un paso. Se había acostumbrado a él y aunque en principio nunca había sido amante de los animales, con Sam no tuvo más remedio que hacer una excepción desde que perdió la vista. No solo era su perro guía, también era su amigo, aunque esto le sonaba a topicazo insoportable.
Naturalmente en el parque había otros perros pero Sam no estaba allí para jugar. No hacía caso a ninguno de los que se acercaban a olisquearlo para detectar sus intenciones de formar parte de sus carreras y persecuciones y era tan seco en sus respuestas que ninguno insistía para que se animara a jugar. Tan solo prestaba atención a Trapo, un precioso golden retriber que en cuanto olía su presencia, iba a su encuentro. Trapo tenía un olfato superior a cualquier otro perro del parque de modo que detectaba a su amigo mucho antes, incluso, de que entrara  por la verja que daba a la calle, y allí lo esperaba. No trataba de jugar con él, tan solo quería estar a su lado, con eso le bastaba, moviendo el rabo incesantemente los dos en señal de que estaban muy a gusto así, sin necesidad de corretear como cabras locas. Trapo tampoco podía jugar. Su dueño lo llevaba con un arnés como el que tenía Sam y también estaba acostumbrado a caminar despacio. Mientras Trapo y Sam se decían sus cosas y se olían otras, los dueños también hablaban de las suyas pero manteniendo las narices fuera de otros asuntos. El dueño de trapo se llamaba Julio y llegó a hacerse muy amigo de Roberto y todas las tardes, sin faltar ninguna, se veían en el mismo sitio, a la entrada del parque, y juntos daban una vuelta hasta un kiosco en el que se sentaban a tomar algo; los perros también.
Una tarde, nada más entrar en el parque, Roberto observó que Sam estaba intranquilo. Hizo algo que jamás había hecho, dio un tirón que hizo adelantar el paso a su dueño para evitar perder el equilibrio.
    -Quieto Sam, ¿qué te pasa?
Inmediatamente llegó Julio, pero Sam seguía inquieto.
    -Hola Roberto, hola Sam –saludó Julio.
Su voz sonaba triste. Sam se movía inquieto, gimoteando, tratando de saltar sobre Julio, parecía tener preguntas que necesitaban una respuesta inmediata. Roberto también notó la ausencia de Trapo con un sentido que solo tienen los invidentes.
    -¿Por qué no ha venido Trapo? –preguntó- No me digas….
Roberto no pudo ver el gesto de tristeza de Julio, tampoco una lágrima que no pudo contener. Sam si lo vio y se tumbó a los pies de Julio olisqueando sus pantalones en busca del olor de su amigo. También comprendió lo que había pasado y contuvo un gemido de dolor.
    -Pero… pero –Roberto no atinaba a encontrar las palabras-. Si Trapo ha muerto, ¿cómo te atreves a  venir tú solo al parque sin tu guía?
Julio contestó con un nudo terrible en la garganta.

-Yo no soy ciego –dijo-. Trapo era el que había perdido la vista. Yo era su lazarillo.












viernes, 13 de enero de 2017

Prim resucita










Vuelve Prim. No en persona, pero sí en novela. El viernes que viene, día 20 de enero, habrá una nueva presentación de  La Tabla de Prim, en Torrelaguna, un precioso pueblo a solo ocho horas de Nueva York.

Dentro del programa de actividades culturales que el Ayuntamiento de Torrelaguna  mantiene con admirable constancia, figuran unas charlas en la biblioteca municipal para difusión de los valores históricos de la Villa. No es para menos: Torrelaguna tuvo una enorme importancia a lo largo de toda su historia que merece la pena conocer. Casi todo el mundo sabe que allí nació el Cardenal Cisneros, aunque solo sea porque es la marca de uno de sus mejores quesos, y también  que allí murió Juan de Mena, sin que haya ningún lácteo que lo honre, pero Torrelaguna también aportó su granito de arena al agitado siglo XIX español, sobre el que hablaremos en la presentación de mi novela.

Y por supuesto hablaremos de Prim y de un intento de asesinato que aunque no acabara con él, es uno de los más intrigantes de la historia de España y que solo conocen los que han leído La tabla de Prim.


Para los que no pueden ir pero quieren tener el libro, o que sí pueden pero prefieren ahorrarse la charla, lo pueden recibir pinchando en la portada de la novela que aparece a la derecha. 

Fácil, cómo y rápido, y además estarás ayudando a que yo pueda cambiar de moto.








miércoles, 11 de enero de 2017

El ministro que no fue trillo limpio







Mi amigo César ha enumerado en su blog sus renovados propósitos para el próximo año y entre ellos figura no hablar de política. Me parece una decisión acertadísima pues es una forma de evitar alteraciones que acaban repercutiendo en la salud, porque hablar de política significa inevitablemente hablar de las ignominias y afrentas que cada día sufrimos por parte de quien tiene precisamente como misión hacer la vida más fácil a todos los ciudadanos. Los griegos definían así los objetivos de la política: conseguir la felicidad para el mayor número posible de hombres.
Pero el saqueo impune, las mentiras repetidas y las promesas incumplidas no es el camino para alcanzar ese objetivo, de modo que mejor no hablar de política.
Tampoco es el camino la postura achulada de quien ha traicionado a las personas por cuyos intereses debería haberse preocupado, de modo que es mejor seguir sin hablar de política.
Nombrar embajador en el Reino Unido a un señor que no sabe hablar en inglés… de momento es raro, así que sí, mejor no entrar en esos detalles de la política. Seguro que hay alguna razón, pero si nos preocupa nuestra salud mejor ignorarla.
No voy a decir qué pasaría si a cualquiera de nosotros nos pillaran conduciendo un vehículo que no ha pasado la ITV, sin seguro y sin carné de conducir y mucho menos qué pasaría si además provocáramos un accidente con 62 muertos. Seguro que tendríamos problemas. Sin embargo el avión Yak 42 , un avión de mierda, que hasta se le veían los alambres de los neumáticos del tren de aterrizaje, volaba sin seguro y con unos pilotos que, de forma reconocida, no tenían formación suficiente… y nadie ha tenido ningún problema. Solo fueron condenados los responsables de las 62 autopsias y Rajoy los indultó. Pero esto sería hablar de política.
Que hayan desaparecido todo rastro de los contratos que alguien tuvo que hacer y firmar para el transporte de los militares que venían de dar la cara en una zona de guerra, y como forma de agradecerlo se apandaron 110.000 € a costa de su seguridad, eso es meterse en política, y ya sabemos que es mejor no hacerlo.
Tampoco aparecen otros 43 contratos de trasporte de tropas anteriores al accidente del Yakolev, con la curiosidad de que Defensa jamás ha reconocido que se hayan perdido dichos contratos. Cosas de la política, supongo. La causa fue archivada en su día y el caso fue sobreseído y así ha estado todo el tiempo sin molestar las tranquilas conciencias de nadie hasta que el Consejo de Estado se ha pronunciado sobre este espinoso asunto. Cospedal, como nueva ministra de Defensa también lo ha hecho y lo ha hecho bien. Bien hecho.

A ver qué pasa y en qué queda todo esto, pero de momento yo seguiré sin hablar de política que me pone malo, en serio.







miércoles, 4 de enero de 2017

Yo









Siempre he sido acusado de ser una persona superficial.
¿Qué significa que soy superficial?, pregunté una de las primeras veces que me llamaron así. Pues… pues eso, que te tomas todo a la ligera, me dijeron en un tono claramente de reproche, que no profundizas.
La verdad es que no me quedó nada claro así que no hice nada por cambiar. Seguí siendo superficial.

He de reconocer que vivía perfectamente con esa losa sobre mis espaldas, no me sentía diferente ni mermado ni que tuviera un gran problema que resolver, de hecho ni siquiera me sentía superficial. Hasta que un día conocí a alguien que me importaba de verdad, y lo que pensara de mí era fundamental. Entonces sí me preocupé. Desde el principio de nuestra relación intenté mostrar lo mejor de mí mismo con el fin de enamorarla, de cautivarla con mi personalidad. Era un esfuerzo terrible pues esa actitud que yo juzgaba que sería muy valorada, me obligaba a estar a veces serio, incluso taciturno… quería dar la imagen de una persona reflexiva y profunda. Ella me importaba demasiado como para permitir que tuviera una mala opinión de mí; por nada del mundo daría pie a que pensara que yo no merecía la pena y si tenía que fingir, pues fingiría como un auténtico bellaco.
Pero llegó un día, terrible claro, que después de besarla con lentitud, como alguien que se piensa mucho las cosas, se separó de mí y me dijo así, a bocajarro:
    -Eres estupendo, lástima que seas tan superficial.
En ese momento me sentí la persona más desgraciada del mundo.
    -¿Cómo que superficial? –dije balbuceando-. Soy muy profundo y no me tomo las cosas a la ligera –dije con orgullo, sacando pecho.
Ella me miró sonriéndome, no sé si con ternura o con lástima, me pasó su mano por la cara como si fuera su golden retriber y a continuación, se marchó. Antes, como si fuera un juez que dicta sentencia, me dijo:
    -Mira dentro de ti, mira a ver qué encuentras, pero mira sin miedo.
Ha sido lo más doloroso que me han dicho jamás. Sin entender aún el alcance de sus palabras noté un dolor  que me quemaba dentro… parecerá una tontería, pero yo juraría que me dolía dentro del corazón.
Llegué a mi casa conteniendo la tentación de emborracharme por el camino, me encerré en mi habitación, apagué la luz y me dispuse a buscar en mi interior. Lo que estaba buscando se encuentra mejor a oscuras, sin el peligro de que una visión parcial pueda interpretar lo que hay. Porque tenía que haber algo, tenía que encontrar lo que fuera, ya que de no ser así todo el mundo que me había llamado superficial estarían en lo cierto.

Busqué, seguí buscando y después de varias horas de verme a mí mismo cómo era por fuera, cuando ya estaba a punto de rendirme y asumir que era una persona superficial, de repente descubrí cómo era por dentro. Fue una epifanía, una auténtica revelación, una visión súbita y extremadamente clara. Me vi por dentro y me gustó lo que vi porque era yo mismo. Dentro de mí había un ser idéntico a mí, con mis mismos rasgos, la misma sonrisa cínica, hasta los bigotes eran clavados. Ya no era una persona superficial. Era profundo, además mucho más profundo de lo que yo mismo imaginaba, pues en lugar de conformarme satisfecho por el primer hallazgo, seguí buscando a ver qué había dentro de ese otro yo que era idéntico a mí y lo que vi me fascinó aún más porque había otro yo que también era yo. Y Dentro de ese yo, había otro yo que me miraba exactamente igual que el primero de todos, de la misma forma que me mira un espejo, porque también era yo.
En un último esfuerzo, seguí buscando dentro del último yo encontrado, que ya iba por el cuarto, y lo que vi… ¡joder!, lo que vi, eso sí que me dejó realmente intrigado. Dentro de mi último yo había un dado de laca japonesa, un exaedro perfecto, la piedra cúbica. Era negro y cada lado estaba marcado por un número. Lo cogí con muchísimo cuidado, casi con reverencia temiendo que pudiera pasarle algo, a fin de cuentas es lo que había en mi interior más profundo; algo de respeto merecía. Era precioso, mucho más bonito que un dado de laca japonesa negro con las caras marcadas con números correlativos. Sí, ya sé que se trataba exactamente de eso, de un dado de laca japonesa negro con las caras marcadas con números correlativos, pero ese en concreto estaba dentro de mí, circunstancia que lo hacía único e infinitamente más valioso.

Hice con mi dado lo que se hace con cualquier dado: lo agité dentro de mi puño ahuecado y lo lancé para que corriera sobre la mesa. Tras varias vueltas que fueron amortiguándose, finalmente se detuvo en una de las caras, lo cual no tiene nada de sorprendente, pero sí el hecho de que no mostrara ninguno de los números. En su lugar aparecía una nota musical. Inmediatamente empezó a salir del dado una dulce melodía, tranquila, envolvente, que lo llenaba todo, pero eso no era lo único que salía del dado. También emanaban de él cinco líneas que trataban de mostrarse paralelas, las cinco líneas del pentagrama sobre las que bailaba la nota musical. Las líneas se movían sinuosamente alrededor de mis yos, que estaban los cuatro encima de la mesa como las cajas matruskas rusas que cada una guarda otra más pequeña en su interior.  Entonces me fijé en un detalle que me había pasado inadvertido hasta ese momento. Mis yos que había ido descubriendo no eran exactamente iguales ni mucho menos. Cada uno mantenía una expresión diferente que tan solo podías detectar mirando la posición del bigote. Mis cuatro yos representaban cuatro expresiones que respondían a cuatro estados del alma: paciencia, ternura, sabiduría y venganza. La nota musical, melodiosa y tranquila, se movía en las cinco líneas del pentagrama que rodeaban a mi yo paciente. Luego pasó a mi yo ternura y la música era aún más maravillosa, enamoradiza. Las cinco líneas siguieron danzando en el aire como si fueran una proyección holográfica y llegaron a mi yo inteligencia. Lo envolvieron con una música perfecta, matemática, con el ritmo y la estructura que hace vibrar al universo. Me dejé llevar por sus acordes hasta que alarmado me fijé en que solo quedaba un yo que rodear: el yo de la venganza. Inmediatamente retiré el dado y lo guardé en mi último yo, el de la paciencia. Luego seguí la secuencia y el yo de la paciencia lo guardé en el de la ternura y éste en el de la inteligencia. Solo quedaba un yo sobre la mesa. Dudé. Me miraba con los bigotes despeinados, furioso, había odio. No me reconocí. Pero también era yo. Recordé a la persona que tanto me importaba y de sus palabras: Mira sin miedo, me dijo.
Entonces hice lo cualquier persona que no se considere superficial debe hacer. Guardé mis tres yos estupendos en mi yo venganza con la esperanza de que siempre se impusieran cualquiera de los otros tres sobre él. Pero consciente de que también habita dentro de mí.
Por fin había dejado de ser una persona superficial.