martes, 15 de septiembre de 2015

Cosas del pasado



             Madrid, 7 de octubre de 1969. Los astronautas Aldrin, Collins y Amstrong, se dirigen a la Plaza de Colón, donde depositarán una corona ante el monumento. Ellos también recibirán su regalo (ver foto inferior).







Esta mañana me encontraba yo discutiendo conmigo mismo, y como es lógico, al final era yo quién tenía razón. La polémica era sobre la nostalgia, si era buena cosa o no sentirla, y ahora que lo pienso los dos teníamos razón, tan solo es una cuestión de enfoques. El caso es que una cosa me ha llevado a la otra y he terminado mirando libros de fotografías, que como todo el mundo sabe cualquier fotografía pertenece al pasado, incluso la más reciente.
Me he ido nada menos que al año 1969. Parece que hace mucho tiempo, pero es el año en que el hombre pisó por primera vez la superficie lunar y eso a mí me sigue pareciendo algo del futuro. Por muy bien planeado que esté todo y muy precisos que sean los cálculos y avanzada la tecnología, estamos hablando de salir un lunes de un punto de la Tierra, que no se queda quieta ni un momento, y llegar el viernes a la luna, que también está dando vueltas por ahí.
Sin embargo aquel primer viaje se hizo con una tecnología que al día de hoy nos parece que sea cosa del pasado más remoto. La hazaña se hizo con un ordenador que  tenía 1 KB de memoria RAM, 12 KB de memoria ROM y funcionaba a 1 Mhz de velocidad. Esa memoria ROM sólo podía almacenar un único programa, llamado Colussus 249 para control de vuelo (Fuente: exposición en la Universidad de Stanford)
Para más señas, el reloj que llevaban los astronautas lo único que hacía era dar la hora y los instrumentos de navegación de la cápsula hacían sus indicaciones a base de muellecitos, ejes engrasados pulcramente y cosas así, pura mecánica. Parece mentira, ¿verdad? pero aún hay una prueba mayor del atraso con el que se movía el mundo, al menos el nuestro. Resulta que los astronautas vinieron a España el 7 de octubre de ese mismo año, y para agasajarlos no se les ocurrió otra cosa que regalarles unos trajes de torero. No sé yo si encaja muy bien un viaje a la luna, por muy rudimentario que fuera el ordenador, con un traje de torero, pero así fue la cosa.


Los primeros hombres en la Luna con su montera bien calada.


Eso ocurrió en 1969, y un poco antes, en 1964, cuando el afán por la conquista del espacio contaba con un entusiasmo sin límites, tuvo lugar otro suceso que demuestra hasta qué punto nos encontrábamos a caballo entre la edad media y los viajes a las estrellas. Es la historia de la señora Lillian O’Donahue, la operadora de teléfonos de Carnarvon, un pequeño pueblo en el extremo más occidental de la costa australiana. Resulta que a las afueras de Carnarvon había una antena enorme que puso la NASA para hacer los seguimientos de las naves espaciales cuando pasaban por el Índico. Pues bien, una noche de ese año, 1964, se cortó la comunicación entre la antena y la estación de rastreo situada en Adelaida y todos los mensajes en clave que mantenían a la nave Géminis atada a la tierra, tuvieron que ser atendidos por la señora O’Donahue que celosamente los transmitía a la estación de Adelaida a través de una centralita de clavijas. ¿No es maravilloso? El destino de una misión espacial estuvo durante toda una noche en las manos de una anciana que hacía su trabajo mientras tejía calceta en su vieja mecedora, con un sueldo que le alcanzaba a cubrir todos los gastos del mes gracias a las horas extras.

Es lo bueno que tiene la nostalgia, que te lleva a lugares del pasado que no conviene olvidar.










4 comentarios:

  1. Es que el futuro, cuando empieza, se parece muchísimo al pasado. Bonito post.

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    1. Gracias. y sí, nada más empezar, es idéntico.

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  2. Miro la fotografía de los astronautas y me traslado al pasado. De golpe, surgidas de no sé dónde, empiezo a escuchar sus voces y la conversación que mantuvieron durante el acto.

    Primero habla el de la derecha. El hombre culto y refinado que estudió en Harvard y que era un ferviente lector de los mejores poetas americanos.

    — ¿Habéis visto la sutileza de estos presentes? —pregunta a sus compañeros. A lo que añade— Nosotros creamos trajes para caminar sobre las estrellas. En cambio, estas gentes, asumiendo su evidente retraso tecnológico, dejan volar la imaginación y tejen las estrellas sobre estas vestimentas para que paseemos acompañados de ellas.

    — Cierto —aprueban los otros dos al unísono.

    Pero el de la izquierda no está del todo convencido con esa apreciación. El hombre de tez más morena y cuarteada, seguramente por haber nacido en alguna zona rural de las profundidades de América, intenta exponer su inquietud.

    — Sí, me parece un traje precioso. Y supongo que, ante la posibilidad de que el paseo por Madrid se alargue, hemos de agradecer estos urinales que tan amablemente nos han prestado. Lo que ya no comprendo es ese tenaz empeño en que los llevemos puestos en la cabeza.

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    1. sí, jajaja, seguramente fue algo parecido.

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