miércoles, 30 de enero de 2013

La verdad sobre la verdad



Yo antes me levantaba, según el día, de buen humor o con un humor de perros, y con esas dos alternativas acababa toda la variedad que cabía esperar de mí a esas horas. Sin embargo, últimamente mi capacidad para despertarme de una forma determinada es infinita. Desde que me he hecho hiperactivo ya no me conformo con tener buenos o malos despertares, ahora amplío el abanico de posibilidades a distintas ocupaciones. Así, hay días que me despierto crítico de arte, otros dentista, o agrodimensor, pediatra, pintor de brocha gorda, cantante de boleros (las menos veces)… no tengo límite. Ayer, por ejemplo, me desperté ingeniero de montes y ordené un plan de reforestación para la sierra norte de Madrid que incluía variedades de pino autóctono de las Baleares, que en caso de seguir adelante (lo puse en marcha ayer mismo), todos los municipios de la zona quedarán muy agradecidos.
Hoy sin embargo me he levantado filósofo y tengo la impresión de que he resuelto el gran problema que la filosofía ha tratado de resolver desde Aristóteles.  ¿Qué es la verdad? Mi conclusión es demoledora, pero qué quieres, es el resultado de utilizar el pensamiento crítico al entorno que me rodea y en el entorno que me rodea veo a un señor, tesorero él, que le pillan con 22 millones (auténticos y verdaderos) de euros en Suiza, a un juez inhabilitado por buscar la verdad y demostrar  cositas relacionadas con los 22 kilos pero que alguien dijo que eso no valía porque había utilizado escuchas telefónicas sin avisar, a una deportista a la que la Guardia Civil la registra y graba con video pruebas que la inculpan de verdad pero vuelven a decir que eso del vídeo tampoco vale y ahora es senadora, a varias Cajas de Ahorros hundidas sabiendo todo el mundo la verdad de por qué se han hundido,… puedo seguir, pero mi filosofía no da para tratar el concepto de infinito. Pues bien, después de mis observaciones he encontrado la respuesta a la gran pregunta planteada por los grandes pensadores sobre cuál es la naturaleza de la verdad (algunos aportando soluciones bastante peregrinas, he de decir), y mi conclusión es, atención, la siguiente: LA VERDAD NO AÑADE NADA DE INFORMACIÓN.
Esta sentencia es tanto como decir que la verdad es irrelevante, lo cual resulta obvio.
Y como buen filósofo, extiendo mis conclusiones a corolarios tratando que resulten fáciles de recordar por futuros alumnos de filosofía, y es el siguiente: EXISTEN INDIVIDUOS QUE CONTEMPLAN LA POSIBILIDAD DE TENER EL PODER DE LOS DIOSES, Y OTROS QUE NO ADMITEN ESTE HECHO COMO UNA IMPOSIBILIDAD.
En fin, a ver cómo me levanto mañana.


miércoles, 23 de enero de 2013

Harto de estar harto




Estar harto de algo me pone de muy mal humor con todo, y eso no está bien. Pagan justos por pecadores. Ayer sin ir más lejos, llamé escoria maloliente (en el buen sentido, eso sí), al perro de mi vecino porque le pillé levantando la pata sobre un arbusto de arizónicas. El suceso es revelador de mi estado de excitabilidad, sobre todo si tenemos en cuenta que los perros siempre me han caído fenomenal, mientras que no soporto a las arizónicas y nunca me ha parecido mal que alguien se mee en ellas.
Sí, ya se que todos estamos hartos, tan hartos que el hecho de reconocerlo ya nos produce hartazgo, como dice Serrat, pero yo, en mi modestia, voy a proponer una solución. Y la solución, una vez más, nos la ofrece la naturaleza por cortesía de la física, o al revés, pues una cosa nos lleva a la otra y la otra a la una, y aquí está precisamente el quid de la cuestión.
Me refiero a los procesos reversibles. Aunque todo el mundo, sin necesidad de saber nada de termodinámica, sabe qué es un proceso reversible, pues basta con conocer el significado de la palabra reversible, voy a fijar una definición para que no quepa ninguna duda: si haciendo A, consigo B, el proceso será reversible si haciendo B consigo A. De esta forma tan llana evitamos hablar de sucesivos (infinitos) estados de equilibrio, y lo que es mucho más lamentable, de incrementos de entropía, con lo que yo disfruto hablando de entropía en general y de sus incrementos en particular.
Pues bien, ya está, ésta es precisamente la solución a tanto hartazgo. Basta con darse cuenta de que tanto lo que nos produce enfado y depresión como lo que nos lleva a un estado de alegría y euforia,  son procesos reversibles. Es decir, y volviendo a la definición anteriormente convenida que la puse para usarla: si cuando estoy alegre, lo que hago de forma natural es cantar, reír, y corretear por el campo con los brazos extendidos haciendo el avión, lo que tengo que hacer nada más levantarme, es cantar, reír y salir a correr con los brazos extendidos haciendo el avión, pues todos estos gestos traerán como consecuencia inmediata, que yo me encuentre contento, alegre, eufórico y pletórico de energías. No es teoría, lo vengo haciendo desde hace varios días y la cosa funciona.
El perro de mi vecino ya puede mear tranquilo, y a su dueño, ya no le cabe ninguna duda de que me he vuelto loco. Seguramente. Confío en que sea reversible.


martes, 15 de enero de 2013

Reciclaje




Lo del reciclaje tiene su historia. Corta, porque antes nadie reciclaba, ni siquiera los ecologistas, más que nada porque no existían. Ahora, en cambio, cada vez reciclamos más cosas: papel, vidrio, pilas, aceite, bombillas, envases de latón, envases de plástico, envases de cartón, madera,… todo cosas inútiles, porque las importantes, las que cuestan dinero, esas no se reciclan, directamente las tiramos a los pocos meses de haberlas comprado. Es más rápido y barato comprar una impresora nueva que cambiarle los cartuchos de tinta y si se nos estropea cualquier electrodoméstico, a nadie se le ocurre intentar repararlo. Ahora, por donde fallan todos es por la fuente de alimentación, que nadie sabe exactamente a qué se refieren con eso de la fuente de alimentación. ¿El enchufe? ¿Tengo que tirar a la basura el ordenador que compré el año pasado porque le falla el enchufe? Estamos como auténticas cabras.  Llenamos nuestras cocinas, que ya ni nos queda espacio para cocinar, con un montón de cubos de basura de distintos colores  para no equivocarnos a la hora de reciclar diferentes porquerías, y luego asumimos  como corderitos que la televisión home cinema no tiene arreglo porque falla la fuente de alimentación (es decir, el enchufe o algo parecido) y cuesta más cambiarla (repararla es imposible) que la misma televisión. Pues vaya. Para empezar no me lo creo.
Que conste que no estoy en contra de reciclar, todo lo contrario, pero con criterio, no a lo tonto. Por ejemplo, podíamos reciclar expresidentes de gobierno antes de que se les ocurra a ellos por si mismos cómo darse otra aplicación. Incluso, en algunos casos podíamos reciclarlos antes de que lleguen a ser ex.
A mí se me ocurre que también se podían reciclar otras cosas que tienen mucho más valor que un expresidente, o presidente aún en funciones. Por ejemplo, las últimas navidades yo las podía reciclar y usarlas como vacaciones de semana santa, a ver si me salen mejor. También podíamos reciclar esa típica tarde que echamos a perder sin hacer nada interesante, y usarla como una hermosa mañana de primavera para salir al campo a corretear como una vaca. O a la vaca misma; cogemos y la reciclamos en un amigo, o mejor aún, en una pareja estable (las vacas son extremadamente cariñosas). Claro, que a ver dónde ponemos un cubo para reciclar vacas, y sobre todo, de qué color sería el cubo, porque ya no quedan.
No se, hay muchas cosas que podemos reciclar para contribuir a preservar el medio ambiente y conseguir un mundo más sostenible. Como todo, solo es cuestión de echarle imaginación.


martes, 8 de enero de 2013

Roscón de reyes




La víspera de Reyes nada más levantarme fui a hacer cola para comprar un roscón de reyes, como hago todos los años, para mandárselo a un amigo mío que vive en Pamplona y al que no veo prácticamente desde que hicimos la mili. Es una vieja tradición que mantenemos con el único fin de estar en contacto al menos una vez al año, que ya me contarás tú para qué. Lo bonito de esta tradición y además lo absurdo (todas las tradiciones tienen un lado discutible que es bonito, y un lado innegable que es absurdo)  es que a su vez mi amigo de Pamplona hace exactamente lo mismo que yo: el día cinco de enero me compra un roscón de reyes y me lo manda a continuación con un tarjetón en el que me desea todo tipo de maravillas, con el añadido final de a ver cuándo nos vemos. Ni que decir tiene que todos los años, tanto él como yo, nos comemos el roscón duro como una piedra, pues tardan tres o cuatro días en llegar a su destino. Para mayor inri, los dos sabemos que no vamos a volver a vernos jamás, pues como dije anteriormente, ya me contarás tú para qué. Pues bien, a pesar de tanta certeza de lo inútil y sacrificado de nuestra particular tradición, la seguimos manteniendo año tras año desde hace veinte sin faltar ni uno sólo, y parece que el hecho de comernos el roscón duro, nos une más, pues un roscón cuando está blandito puede ser bueno malo o regular, pero cuando está duro solo tiene una opción, y es estar duro; es decir, que no hay quién se lo coma. Es como si estuviéramos juntos, uno al lado del otro comiendo el mismo roscón de granito, una especie de comunión mística entre mi amigo, al que no veo desde hace veinte años (ya me contarás tú para qué), y yo.
He de confesar que he pasado por momentos de debilidad y muchas veces he tenido la tentación de mandar a paseo la vieja tradición y sobre todo a mi amigo de Pamplona, para comer, por fin, un roscón como dios manda, que ya no sé ni a qué sabe cuando está hecho del día. Pero cada vez, una fuerza interior, la increíble fuerza de la tradición, me ha hecho desistir de tan sabia decisión y siempre he vuelto al absurdo rito de hacer cola para acabar comiendo un roscón que todo él parece la sorpresa de cerámica que ponen en su interior.
El otro día, como decía, me levanté temprano para cumplir con nuestro viejo compromiso, pero me sucedió algo terrible: cuando ya tenía mi roscón casi envuelto, el señor que estaba delante de mí se dio la vuelta para marcharse y justo en el momento en que pasaba  a mi lado se detuvo mirándome fijamente. Tras unos momentos de vacilación, nos reconocimos. Se trataba, sí, de mi amigo de Pamplona que había venido a Madrid a un bautizo. Apenas nos dijimos nada. Sencillamente nos dimos el roscón, el uno al otro, y tras desearnos feliz año nuevo nos dijimos adiós marchándonos cada uno por su lado. Antes hicimos un tímido comentario  de a ver cuándo nos veíamos.
Ahora los dos sabemos que nunca más volveremos a mandarnos un rosón por reyes. Es el fin de la tradición. Por fin.


lunes, 7 de enero de 2013

Año nuevo, nuevas costumbres




Queridos amigos visitadores de La Tertulia Perezosa. Llevo un año y 22 días, exactamente, con este blog, mi maldito blog. Todos los lunes sin excepción he cumplido con mi autocompromiso de publicar un artiblog, la mayoría de las veces, escrito el mismo lunes (bueno, digamos que un 51%, escueto porcentaje pero suficiente para ser mayoría). El correspondiente al día de hoy está escrito desde ayer, y sin embargo no lo voy a subir hoy. Es más, no los voy a volver a subir ningún lunes. Como dice el titular, año nuevo costumbres nuevas, y a partir de esta semana la fecha de aparición de mis historias será los martes. O quizá los miércoles.
Si os interesan, estad atentos.

Abrazos mil.